Disclaimer: creo que la misma palabra lo define todo: fanfiction
(Nada de Naruto y sus personajes me pertenece salvo las candentes escenas producto de mi imaginación como efecto de la cafeína)
Después de la lluvia
Capítulo 5
Como lo dije antes, ni la euforia ni la tranquilidad, ni ninguna otra emoción placentera dura por siempre. Tal vez sea por eso que las buscamos con tanta insistencia, que las atesoramos tanto como duren, y que nos duele y nos sentimos incompletos cuando ya no podemos sentirlas más.
Bueno, pues mi buena vibra terminó cuando decidí almorzar con mi abuela aquella mañana.
—¿Has engordado, Ino?
Como siempre solía suceder, me puse tensa al escuchar su comentario. Se había quejado con mi madre que en los meses que llevaba viviendo con nosotros no había convivido conmigo lo que (según mi mamá) la había puesto muy triste. Era por eso que prácticamente fui obligada a elegir quedar con ella en un lugar neutral, en casa o en el hospital.
Como era una nieta responsable, y seguía siendo lista, escogí lo primero.
Debo decir que mi abuela ni es ninguna inválida, ni se está muriendo, ni nada por el estilo. Es una mujer que a sus setenta y pico de años se conserva muy bien; sin embargo, su único fin al hacerse la víctima es que el mundo se compadezca de ella porque es una mujer mayor que vive sola en una villa lejos de su única familia.
Claro que no sería así si ella no se comportara como una bruja todo el tiempo.
—Es probable, abuela.
La comida la había mantenido callada desde que habíamos llegado al pequeño restaurante en el centro de la aldea, pero ahora que nos dedicábamos a hacer sobremesa, nada impedía que se le soltara la lengua.
—A ningún hombre va interesarle una mujer que no se cuida —dijo por millonésima vez.
Desde que tenía cinco años, ésa era la frase que siempre me había repetido hasta el cansancio cuando pasaba tiempo con ella. Durante gran parte de mi vida seguí sus palabras al pie de la letra, esforzándome al máximo por mantenerme delgada, con la piel perfecta y el cabello brillante. Pero fue hace mucho tiempo.
Después aprendí que nada de eso me había hecho la vida más fácil en realidad. No me había convertido en una gran kunoichi ni tampoco me había hecho menos inteligente. Ahora me cuidaba más por hábito que por querer llamar la atención de alguien.
—Eso no me preocupa —respondí con una sonrisa bastante falsa.
Soltó un resoplido y bebió un poco más de su té. Yo intenté ignorarla mientras le ponía más mermelada al pan que sostenía entre mis dedos.
—¡Ino!
A juzgar por su expresión cualquiera diría que, en lugar de un pedazo de pan, estaba por llevarme a la boca la cabeza de un bebé y que la mermelada de fresa era la sangre que le había exprimido a un cachorrito.
—Abuela —le dije con calma, porque sabía que eso la enfadaría más. Le di una gran mordida al trozo de pan.
Se enderezó sobre el asiento y me miró por sobre la punta de la nariz.
—Lo haces para fastidiarme, ¿verdad?
—Tengo mucha hambre y poco tiempo para almorzar.
No me molesté en discutir con ella ni en tratar de explicarle que anoche había llegado al hospital un comerciante herido de gravedad después de haber sido asaltado por unos bandoleros, y que había participado en un jutsu de regeneración de partes perdidas. El hombre apenas había tenido pulso cuando sus hijos lo trajeron y, a pesar de que casi nunca era requerida en la ejecución de ese tipo de técnicas, fue mi obligación participar porque había pocos ninjas médicos en el turno nocturno. Había estado despierta toda la noche y apenas me quedaba chakra suficiente para caminar y mantenerme alerta en esos momentos.
—Al menos el negro adelgaza —señaló, negándose a zanjar el asunto.
Bajé la mirada hacia el suéter negro de cuello doblado en diagonal y la falda corta de color gris oscuro que vestía desde hacía más de un día. Necesitaba un baño y una buena noche de sueño, pero más necesitaba que ella dejara de retorcer mi autoestima.
—Abuela, por favor, ¿te importaría dejar el tema? —pedí casi suplicante porque no sabía cuánto tiempo más podría soportar aquella situación—. Estoy feliz con mi apariencia.
No sé si mi comentario la molestó, pero la vi alzar la barbilla todavía más si es que eso era posible. De seguir así, terminaría viendo el techo en lugar de a mí. Lo que no necesariamente era algo malo.
—Ninguna mujer está satisfecha del todo con su aspecto, Ino. Estamos condenadas a querer ser más delgadas, tener unos senos más grandes, unas caderas más angostas o unas piernas más largas.
—Soy algo más que par de pechos y un trasero duro, también tengo un cerebro.
Frunció el ceño al ver que utilizaba un vocabulario tan ordinario, y me dijo:
—Nadie puede ver tu cerebro.
—¡Y no sabes cuánto me alegra! Sería un fenómeno si así fuera —repliqué con algo de ironía que no pude contener.
—Vaya, quizás también tienes la lengua demasiado larga.
—Perdona —susurré, agachando la mirada cuando esta vez sí me di cuenta de que la había ofendido.
Tomé la taza de café que tenía frente a mí y le di un gran trago. Noté cómo me miraba y estaba casi segura de que la boca le hormigueaba por decirme que el café manchaba mis dientes. Sin embargo, se contuvo.
Permanecimos en silencio hasta que, al cabo de un rato, suspiró e hizo a un lado la taza de té.
—Deberías considerar pasar una temporada conmigo —dijo con más calma. Creí que era porque ya no le quedaban fuerzas para seguir criticando mi apariencia, pero tarde comprendí que iba a abordar el otro tema con el que solía sofocarme—. Podrías conocer a un buen hombre que esté dispuesto a hacerse cargo de ti y…
—No necesito a un hombre que cuide de mí, abuela —le interrumpí, dejando la delicadeza aparte—. Puedo hacerlo yo misma.
—Por lo que veo, eso no es verdad.
Volvió a dedicarle una significativa repasada a mi apariencia algo descuidada, no porque me viera sucia sino porque estaba segura de que tenía unas ojeras del tamaño del País del Fuego y la piel más seca que de costumbre. Sin mencionar mis uñas, mis labios, y cualquier otra parte de mi cuerpo a la vista que hiciera notoria mi fatiga.
Dejé el cuchillo y el bollo sobre la mesa, y la miré con los ojos cansados.
—Abuela, ¿podemos hablar de otra cosa? —volví a pedir.
En ese momento apareció la mesera que nos había atendido y me preguntó si necesitaba algo más. Al pedirle la cuenta, pues ya no soportaba estar en ese lugar ni un minuto más, preguntó si quería llevarme los bollos que habían sobrado.
—No, gracias.
—¡No hay que desperdiciar nada! —exclamó mi abuela.
—Voy a pagar yo, así que no te preocupes.
—No es eso. No puedes darte el lujo de ir derrochando el dinero, Ino.
—Porque no tengo un hombre que se ocupe de mí. Ajá, ya entendí —le respondí, buscando en el pequeño bolso que traía en la cadera antes de volverme hacia la mesera—. Tráiganos la cuenta, por favor.
La pobre chica no tuvo que escucharme dos veces antes de alejarse con paso rápido. Parecía demasiado asustada por haber quedado atrapada en medio del fuego cruzado de nuestra disputa familiar.
Calculé el costo de lo que habíamos consumido y saqué dinero que parecía suficiente para saldar la cuenta y dejar una propina generosa a manera de disculpa por la escena.
—¿Es todo? ¿Te irás? —preguntó cuando vio que me levantaba. Solté un suspiro y volví a sentarme.
—Tengo mucho trabajo por hacer, abuela. No he dormido en las últimas treinta y seis horas y, en serio, necesito regresar al hospital. —Bueno, necesitaba alejarme de ella, pero eso no podía decirlo en voz alta.
Alargó la mano hacia mí con una rapidez que me dejó pasmada teniendo en cuenta que no había dejado de quejarse por la fibromialgia que "la estaba convirtiendo en una inútil". Abrió el cierre plateado de mi suéter y frunció el ceño al ver la piel que había quedado al descubierto.
—¡¿Trabajo? —exclamó demasiado fuerte—. ¿Así lo llamas?
Me llevé la mano al cuello de forma automática, y subí el cierre para cubrir la marca morada que había encima de mi clavícula. El recuerdo que me había dejado Naruto la última vez que nos habíamos visto dos días atrás, antes de que se fuera de misión con Sai y otros shinobis a la aldea de Suna.
—¿Eres una ramera?, ¿a eso te dedicas? —Su rostro se convirtió en una esfera roja y pequeñas venitas se le asomaron en las sienes. Sus ojos ardían con una ira que nunca le había visto antes, mucho menos dirigida hacia mí—. A lo mejor no es el trabajo lo que te tiene tan ocupada, lo que impide que te comportes como una buena nieta. A lo mejor es otra cosa, puede que estés demasiado ocupada haciendo cosas… impropias.
Es imposible saber cómo es la expresión de tu propio rostro a menos que tengas un espejo enfrente, pero sentí que la mía se volvía impávida y gélida. Supongo que mi reacción fue patente porque mi abuela esbozó aquella pequeña sonrisa típica en ella que indicaba que había triunfado, que había conseguido inquietarme. Es curioso que nos dé por participar en juegos así, aun cuando sepamos que no podemos ganar.
—¿Estás revolcándote con tu jefe, Ino? ¿Fue él quien te dejó esa marca en el cuello?
—¿No te preocupaba hace cinco segundos que no encontrara un hombre? —le pregunté, con el mismo tono endulzado que ella acababa de utilizar.
El color de cabello y de ojos no es lo único que tenemos en común. Mi abuela y yo compartimos la misma vena vengativa. Ella es una experta a la hora de guardar rencor, pero yo no me quedo atrás. Sabía que las palabras pueden llegar a hacer más daño que un kunai envenenado, lo había aprendido de la mejor.
—Además, mi jefa es mujer y se llama Shizune. Eso lo sabes.
—Estoy tan avergonzada de ti —dijo con expresión realmente afligida. Cualquiera que nos viera pensaría que era yo quien estaba diciendo cosas espantosas, pero claro, el papel de mártir parecía estar destinado para ella.
Me mantuve en silencio, no dejé que ninguna palabra o sonido saliera de mi boca, y eso me hizo la ganadora de aquel juego. Mi abuela no soportaba el silencio pues necesitaba algo que le diera pie a seguir con su drama. Si me hubiera disculpado, se habría hecho la digna y hubiera continuado con sus reclamos; si le hubiera dicho que me dejara en paz, entonces no habría dejado el asunto.
Finalmente, se puso de pie, agarró su elegante bolso y me dijo:
—No te molestes en acompañarme a la puerta, conozco perfectamente el camino de regreso.
La culpa intentó aparecer, pinchó un poco mi pecho, así que luché con todas mis fuerzas para mantenerme en mi sitio, mordiéndome la lengua.
…
Regresé al hospital no porque tuviera que hacerlo, sino porque no quería ir a casa, ya que sabía que mi abuela estaría ahí. Habría podido ir a la florería, pero mi padre seguramente se daría cuenta de que había tenido otro desastroso round con su suegra, y eso no haría nada más que ponerlo de mal humor.
En realidad, mientras caminaba por el pasillo del primer piso del hospital, descubrí que el lugar al que quería ir era al apartamento de Naruto. Quería pasar la tarde con él, no sólo por el sexo, sino porque su simple presencia hacía que dejara de pensar, al menos un poco. Sin embargo, él estaba de misión y no regresaría en las próximas semanas, por lo que tuve que elegir otra cosa para dejar de escuchar la voz de mi abuela en mi cabeza.
Haruhi estaba en la estación de las enfermeras platicando animadamente con Sakura, y ambas se sorprendieron al verme acercar.
—¿Qué haces aquí, Sakura? —pregunté tan pronto como estuve junto a ellas. Me incliné sobre el mostrador para alcanzar algunos de los expedientes que había en el espacio bajo éste, y que Haruhi debía estar revisando en vez de charlar.
—¿Has notado que, últimamente, en lugar de decir 'hola' como la gente normal siempre preguntas lo mismo? —inquirió en respuesta haciéndome sonreír. Era verdad.
Saqué el bolígrafo del bolsillo superior de mi bata y comencé a escribir mientras hacía la misma pregunta de nuevo. Ella me dedicó un puchero y después sonrió.
—Vine a conocer al shinobi misterioso que ha alejado a mi amiga de la solitaria monotonía —dijo provocando que la atención de Haruhi se centrara por completo en mí. Hasta el senbon había dejado de moverse entre sus dedos.
—¿Estás saliendo con alguien, Ino-senpai?
—¿Es ese nuevo y sexy ninja médico del que todas hablan aquí? —preguntó cada una al mismo tiempo logrando que la sonrisa se hiciera más grande en mi rostro.
Dejé de escribir en el expediente y alterné mi mirada con tintes enigmáticos entre ambas. Ellas se inclinaron un poco más hacia mí, sus expresiones reflejaban tal interés que parecía que estaba a punto de revelarles cuál era la fuente de la eterna juventud.
—Para empezar, si quieres saber de alguien interesada en "ese nuevo ninja médico", pregúntale a ella —le dije a Sakura apuntando con mi bolígrafo hacia Haruhi, quien se puso más roja que un tomate—. Y para continuar, no creo que él tenga nada de misterioso.
Sakura se apartó un poco con una expresión complacida en el rostro.
—Oh, ya entendí… —dijo con una sonrisa antes de inclinarse hacia mí otra vez—. ¿Es Inuzuka Kiba?
—¿Qué? —Eché la cabeza hacia atrás, sorprendida—. ¡No! Sakura… —No podía creer que hubiera concluido algo así.
—¿Quién es, senpai? —me interrumpió Haruhi—. Dinos.
Como sabía que no iba a poder con ellas atacándome por dos flancos, decidí salir de ahí. Respiré profundo y cerré la carpeta en la que había estado escribiendo.
—Bien, ¿saben qué, par de acosadoras? Comienzan a darme miedo. —Apilé otras carpetas más y me las pegué al pecho—. Así que me iré en este instante porque, a diferencia de ustedes, señoritas, tengo mucho trabajo por hacer.
Me di vuelta y comencé a caminar hacia las escaleras.
—¡¿Te has vuelto loca? ¡Llevas más de treinta y seis horas despierta!
—¡Si sigues así, serás tú a quien tengamos que atender!—exclamó Sakura en voz alta, haciendo que las pocas personas que había en ese momento en el corredor se tomaran la molestia de mirarnos
Giré sobre mis talones para mirarlas mientras caminaba hacia atrás. Conocía el hospital como la palma de mi mano, así que no me preocupaba en lo absoluto caerme o tropezar.
—¡Soy súper fuerte! —les dije con una sonrisa—. ¡Y apenas estoy entrando en ritmo, deberías verme cuando llevo cuarenta y ocho!
Lo que recibí fue un par de sonrisas y eso hizo que la mía se hiciera aún más grande. Había regresado al hospital porque sabía que mi abuela no me buscaría ahí ni en un millón de años, pero ahora que había platicado con ellas, las que podría considerar mis dos únicas amigas, hacía del lugar un sitio mucho más agradable para mí.
…
El mes se fue volando con tanta prisa que apenas si lo noté. Claro que, también tenía mucho que ver el hecho de que hubiese pasado trabajando turnos de hasta cincuenta horas seguidas en el hospital, lo que había provocado que mi percepción temporal se viera seriamente afectada. A veces dormía de noche, otras de día, la mayor parte del tiempo ni siquiera lo hacía.
Mi abuela no me dirigía la palabra desde esa discusión que habíamos protagonizado en el restaurante. Prefería hacer como si no existiera cada vez que nos encontrábamos las dos juntas en casa, ya fuera dándole los buenos días sólo a mis padres o pidiéndoles alguna clase de favor para el cual antes me hubiese requerido a mí.
Yo no tenía ningún problema al respecto porque por fin había logrado que dejara de criticarme, salvo por las miradas reprobatorias que mi mamá me echaba ahora que mi abuela se había vuelto más demandante con ella por mi causa.
Cuando regresó Naruto de su misión, lo primero que hizo fue ir a buscarme al hospital. Verlo ahí me sorprendió demasiado, a pesar de que Sakura me había comentado sobre su retorno el día anterior mientras almorzábamos juntas.
—Devuélvemelas —dije tan pronto como estuve cerca de él.
—¿Qué cosa? —Una sonrisa pícara apareció en sus labios mientras su mirada intentaba adquirir un aire de inocencia que no le creí ni por un segundo.
—Sabes perfectamente bien qué.
La última vez que habíamos tenido sexo había sido, de nuevo, en el armario junto a la estación de enfermeras antes de que se fuera de misión. En ese momento me habían voceado por el altavoz y había tenido que vestirme con toda premura, olvidando ponerme la ropa interior que él se había guardado en el bolsillo de su chaqueta.
Cuando alcé los ojos para mirarlo, su expresión era desfachatez absoluta. No tenía ni el más mínimo signo de remordimiento y arrepentimiento, de hecho, parecía hasta orgulloso por lo que había hecho.
Tal vez lo mejor hubiera sido que me mostrara enfadada con él, así mis palabras habrían adquirido mayor poder, pero fui incapaz de mantener fuera de mis labios esa pequeña sonrisa divertida que luchaba contra mi voluntad.
Entonces él se inclinó y puso sus labios sobre la sonrisa de forma casi casta. Fue sólo un suave roce de sus labios sobre los míos que duró un instante.
—Te las daré cuando nos veamos esta tarde —declaró, dando por hecho que yo iría a buscarlo.
Me sonrió y comenzó a alejarse mientras yo seguía sin ser capaz de procesar lo que había pasado. Cuando lo vi desaparecer por las puertas del hospital, esa sonrisa que había intentado mantener a raya apareció en todo su esplendor. Era la primera vez que me besaba en público… y no me había importado en lo absoluto.
Continué mi trabajo en el medio turno que Shizune había decidido que tomara después de haber trabajado hasta el cansancio, y en lugar de ir a mi casa a dormir fui al apartamento de Naruto.
Lo encontré sentado en el piso, con la espalda recostada en el borde de la cama y un montón de pergaminos a su alrededor. Algunos eran mapas y otros tenían un contenido que no alcancé a distinguir, pero supuse que eran parte de la misión que había hecho recientemente. En cuanto me vio entrar, dejó de prestarle atención a los pergaminos, me agarró por la muñeca y tiró de mí, sentándome en su regazo antes de que tuviera tiempo de apartarme.
El movimiento fue tan rápido que tuve que aferrarme a él para mantener el equilibrio.
—Oh, ya veo cual es tu plan —dije con una sonrisa, dejando que él me acariciara la mejilla con la nariz—. Me hiciste venir aquí con intenciones muy poco serias, ¿verdad?
—Culpable —me respondió, alzando un poco la cara para mirarme. Sus manos se posaron con naturalidad en mi cadera y noté la calidez de sus dedos a través de la tela de mi falda.
—Eso no es de un chico bueno, creo que le has mentido a todo el mundo.
Nos miramos sonrientes. Al ver el reflejo de pasión que brillaba en sus ojos, sentí una oleada de deseo.
—Número uno: me conoces desde pequeños, así que sabes que nunca he sido bien portado —respondió mientras se dedicaba a mordisquear el contorno de mi barbilla. Entonces sus manos me soltaron—. Número dos: nunca te obligaría a hacer algo que no quieras. Así que puedes irte si lo deseas.
Fingí que intentaba levantarm, y él se echó a reír antes de que tirara de mí otra vez para besarme con todo lo que tenía. Me estremecí entre sus brazos al notar cómo su lengua se adentraba en mi boca y su erección palpitaba contra mi muslo.
—Dijiste que no me obligarías a hacer algo que no quiero —le dije apartándome un poco. Él me sonrió abiertamente.
—Quieres hacer esto, Ino. Yo sé que quieres. —Dejé que me besara otra vez y volví a apartarme. Estaba un poco cansada después de todas las horas que había dejado en el hospital, pero él debía estar peor si apenas había regresado luego de un mes de misión.
—¿Nunca te cansas?
—No soy como los demás, ya te lo dije —respondió con una sonrisa—. Ésa es la ventaja de tener una fuente inagotable de chakra, puedo hacer esto todo el día si quieres.
—¿Es una amenaza? —pregunté con ironía, dando por hecho que estaba alardeando.
—Yo diría más bien una sugerencia si no tienes nada más qué hacer esta tarde.
Como mi otra opción era regresar a casa a soportar los desplantes de mi abuela, acepté su sugerencia. No pude hacer más que rendirme ante esas caricias que había echado de menos en las semanas anteriores.
Cinco horas después sentía que cada músculo de mi cuerpo se quejaba como si hubiera corrido un maratón después de que él cumplió con su amenaza. Cuando le dije que ya no podía más, comimos algo de ramen instantáneo, que nunca faltaba en su alacena.
Se acercó a mí para besarme antes de levantarse para tirar en el cesto de basura los recipientes de comida vacíos y yo aproveché para meterme al baño.
No protesté cuando decidió entrar en la ducha conmigo, aunque me mantuve de espaldas a él y no intenté apartarme para que compartiéramos el agua. Él me rodeó con un brazo, me metió una mano entre las piernas y empezó a acariciarme con suavidad. Después de abrir mi sexo para que el agua me diera de lleno, me frotó con un dedo y mi clítoris se endureció de inmediato.
Como la ducha era bastante pequeña, el agua cayó sobre los dos cuando me apretó contra la pared. La piel se me estaba enrojeciendo debido al calor. Estábamos rodeados de vapor y el ruido del agua ahogaba el sonido de nuestra respiración.
Estaba agotada, pero volví a excitarme con su mano entre mis piernas y su boca en mi cuello. Teníamos la piel resbaladiza por el agua y el jabón y nuestros cuerpos se frotaron el uno contra el otro. Me estremecí mientras apoyaba la frente contra la pared y cerré los ojos.
La palma de su mano me acarició y recorrió la curva de mi trasero. Inhalé, inhalé, y volví a inhalar. Se me olvidó sacar el aire, hasta que al final escapó entre mis labios en un gemido trémulo.
Sentí su aliento en la nuca mientras permanecía inmóvil, y me atravesó una descarga eléctrica de deseo que se centró en mi clítoris y se extendió por todo mi cuerpo. Me cosquillearon hasta las puntas de los dedos. Sentí su erección deslizarse entre mis muslos. Se guió con una mano, dobló un poco las rodillas y se enderezó para poder penetrarme.
Lo escuché soltar una imprecación antes de morderme el hombro para sofocar un gemido.
Colocó las manos sobre mis muñecas con el pecho apretado contra mí espalda, y deslizó mis manos hacia abajo por la pared hasta que me incliné más hacia delante. Creía que no podía penetrarme más hondo, pero aquel pequeño movimiento bastó para que me llegara hasta el cuello del útero. Solté otra exclamación al sentir una pequeña punzada de dolor que no disminuyó en nada el placer.
Me sujetó de las caderas para dejarme quieta y empezó a moverse con envites pequeños y suaves que fueron ganando intensidad poco a poco. Deslizó una mano hacia delante y me acarició el clítoris siguiendo el ritmo de su cuerpo.
Todo se desvaneció a mí alrededor, sólo existía él.
Aquello era glorioso, era felicidad pura, era placer, era el infinito. Era sexo, aunque no podía negar que también había algo aterrador que solía evitar, pero que en ese momento fui incapaz de rechazar: intimidad.
Ese pensamiento robó mi concentración. Mis manos se resbalaron sobre el azulejo de la pared y estuve a punto de golpearme la cabeza cuando casi me caigo. Mis hombros se sacudieron hasta que ya no pude contener la risa y él apretó la boca contra mi cuello para intentar sofocar su propia hilaridad. En medio de la carcajada, sentí el orgasmo llegar a mí, sacudiéndome de pies a cabeza y haciendo que me retorciera contra su mano y me moviera contra él.
Fue entonces cuando Naruto cambió la intensidad de sus movimientos. Más fuerte, más rápido. La mano que tenía sobre mi cadera me aferró con tanta fuerza que me hizo un moretón. La que estaba sobre mi clítoris dejó de acariciarme y se limitó a sujetarme. Volví a correrme. Fue un orgasmo más pequeño, pero igual de placentero.
Me rozó el cuello con los dientes, bajó la boca hasta mi hombro, y sofocó un grito de placer contra mi piel. Su pene se sacudió en mi interior, y dio una última embestida tan fuerte que ahora sí me golpeé la frente contra la pared.
A pesar de que me dolió un poco, la situación me hizo gracia y solté una carcajada. Él se rió conmigo y me dijo:
—Creo que tengo que sentarme. —Su brazo me envolvió los hombros y sentí su nariz acariciarme la mejilla—. Cielos, Ino, eres increíble.
No me sentía increíble, sino… exhausta. También necesitaba sentarme, pero la ducha no era el lugar adecuado. Después de cerrar el grifo, agarré dos toallas, le di una a él y me envolví en la mía antes de salir.
Me acerqué a su cama donde había dejado la pequeña maleta que había traído conmigo y saqué un cambio de ropa que llevaba siempre porque no sabía cuándo me darían ganas de hacer doble turno en el hospital.
—Piensas en todo, ¿sabías lo que íbamos a hacer cuando te dije que nos veríamos aquí? —me preguntó en tono de broma, manteniéndose recostado sobre el marco de la puerta del baño. Yo me acomodé las bragas y alcancé mi sostén.
—No, no lo sabía.
—Pero siempre estás preparada.
Terminé de abrocharme el sostén, lo miré sonriente y le dije:
—Por favor, Naruto, ¿para qué sino iba yo a venir aquí? —Metí los brazos en mi blusa corta— ¿No debería dar por hecho que va a pasar algo así cada vez que quedamos en vernos?
En cuanto las palabras salieron de mi boca, supe que había cometido un error. Aunque realmente creyera que lo que acababa de decir estaba justificado, no estaba bien que lo admitiera en voz alta. La sonrisa de Naruto se desvaneció, sus ojos se volvieron impenetrables y apartó la mirada.
—Sí, supongo que tienes razón.
Era consciente de que lo había herido, pero no sabía cómo arreglar las cosas sin admitir que me había equivocado. Era mucho más fácil ignorar la situación y eso fue lo que hice.
Cuando terminé de arreglarme, me acerqué a él para despedirme, pero insistió en acompañarme de camino a casa y no pude negarme.
Estaba más callado que de costumbre, pero yo pretendí que el silencio era normal. No era la primera vez que nos limitábamos a estar el uno junto al otro sin hablar, pero los silencios siempre habían sido relajados, carentes de tensión. Había llegado a sentirme muy cómoda con Naruto, pero ahora acabábamos de convertirnos en desconocidos.
—Respecto a lo de antes… no lo he dicho en serio —dije al fin cuando llevábamos más de la mitad del camino recorrido.
—Sí, lo hiciste. Además, es la pura verdad, ¿no?
Debería ser la verdad, pero tenía que reconocer que no lo era.
Supongo que tendría que haber dado por supuesto que acabaría hartándose de mí, pero cuando sucedió sentí como si me hubieran pellizcado en alguna zona sensible y lo hubieran retorcido.
Habría querido ignorar el hecho de que lo había echado de menos a él y no al sexo, pero me fue imposible hacerlo. Algo más estaba sucediendo entre nosotros. Lo supe desde el momento en el que decidí acompañarlo al festival, cuando le había dicho todas esas cosas esperando muy dentro de mí que se molestara lo suficiente como para alejarse.
Ahora me daba cuenta de que no quería que lo hiciera.
—Lo siento, Naruto.
Él se encogió de hombros mientras seguía con la mirada fija en la calle. Había hundido las manos en los bolsillos de su pantalón y el cabello se le había alborotado naturalmente porque sólo se había pasado los dedos después de secárselo con la toalla.
—Tal vez podríamos ir a Ichiraku mañana en la tarde —sugerí.
No me merecía que cediera ni un milímetro y no lo hizo.
—Tengo mucho trabajo pendiente y salgo de misión pronto —me dijo—. Tal vez cuando regrese.
Volvió a mirarme y supe por su expresión que no iba a dar su brazo a torcer. Me gustó que no se dejara pisotear, que no permitiera que lo utilizara, que estuviera dispuesto a presionarme. Lo respeté aún más al ver que no me seguía como un cachorrito ansioso.
Esbocé una sonrisa vacilante y asentí con la cabeza mientras sentía una mezcla de desilusión y alivio. Estaba dispuesta a salir con él, pero la verdad era que también necesitaba tiempo para pensar en todo esto, para plantearme hacía donde se dirigía y hacía donde yo quería que se dirigiera.
Entonces llegamos a mi casa. Eran apenas las diez de la noche y las luces estaban todas encendidas, lo que significaba que mis padres todavía estaban despiertos. Como no sabían que había trabajado sólo la mitad de mi turno, no sospecharían que me había ido a otra parte pues ésa era más o menos mi hora de llegada habitual.
Saqué las llaves de mi bolso y metí la de la puerta principal en la cerradura. Me tomé un segundo para mirarlo antes de girarla. La sonrisa con la que me miró no era tan radiante como de costumbre, pero parecía sincera.
Se inclinó para besarme la mejilla y entonces dio vuelta para comenzar a alejarse.
…
Después de disculparme con mi familia porque no tenía ganas de cenar, subí a mi habitación. Encendí la luz y recorrí con la mirada todo lo que había a mí alrededor. No había ni un solo detalle fuera de lugar, ni siquiera las fotografías clavadas en una tabla de espuma estaban desordenadas; a pesar de cómo se veían, yo sabía que sus esquinas estaban relacionadas con las otras de tal manera que formaban una estrella si se les unía con líneas. Era la perfección absoluta… o era la máxima expresión de una personalidad controladora, como la mía.
Recordé la última vez que todo estuvo fuera de lugar: aquella noche cuando me había encontrado a Naruto bajo la tormenta.
Le había quitado la ropa mojada y ésta había terminado en el piso junto a la mía. El edredón de mi cama también había alcanzado su lugar en la duela y las sábanas se habían convertido un verdadero enredo. Aquel desastre me había hecho sentir realmente bien.
También recordé lo que había sido despertar con Naruto durmiendo a mi lado. Cada detalle de su rostro siendo iluminado por el sol de la mañana estaba firmemente grabado en mi memoria. Las pequeñas cicatrices en sus mejillas, sus ojos cerrados coronados por delicadas pestañas doradas, su boca ligeramente abierta, la forma en la que su pecho subía y bajaba con cada respiración.
El cansancio que había acumulado y que había olvidado casi por completo mientras estaba con él, volvió como una pesada loza que me cayó de lleno sobre los hombros. Caminé hasta el armario y saqué mi pijama limpia. Crucé los brazos para tomar los extremos de mi blusa cuando vi una sombra aparecer intermitente al otro lado de mi ventana.
Me reacomodé la blusa y crucé la habitación para abrir la puerta corrediza que daba hacia mi pequeño balcón.
No pude negar mi sorpresa al ver que Shikamaru estaba sentado sobre la baranda en medio de la oscuridad. Por las colillas de cigarro que había cerca de él, deduje que llevaba al menos un par de horas esperándome.
No nos habíamos visto desde el Festival de Conmemoración, y no habíamos hablado desde la última vez que me pidió acompañarlo a una misión. Me había vuelto una cobarde a la que no le gustaban las confrontaciones. Me resultaba más fácil dejar pasar temas que no me agradaban hasta que conseguía apartarlos de mi mente. Claro, si es que podía apartarlos.
Sin embargo, había extrañado mucho a Shikamaru y sus visitas inesperadas a mi balcón. No habíamos tenido tiempo para sentarnos a platicar realmente, en parte porque su trabajo y el mío no nos permitían coincidir y no puedo negar que me planteé varias veces ir a buscarlo a su casa o a la oficina de la hokage, pero finalmente decidía no hacerlo.
Por fortuna, Shikamaru no era tan cobarde como yo desde el punto de vista emocional. No le gustaba tener que tomarse demasiadas molestias, pero si existía algo que le resultara aún más "problemático", eso era una partida sin terminar.
—¿Hacemos las paces? —me preguntó dejando de mirar la vista de la aldea en la noche, volviéndose hacia mí.
Me abracé mi propia cintura y avancé hacia él para situarme justo a su lado. Incliné la cabeza y la apoyé en su hombro.
—Eres el mejor amigo del mundo. —Lo escuché soltar una pequeña exhalación y supuse que estaba sonriendo. Con esa pereza suya que tanto lo caracterizaba.
Cerré los ojos y respiré profundo llenando mis pulmones del suave aroma del tabaco que me llegaba desde él. No me gustaba fumar ni que él lo hiciera, pero desde hacía tiempo había relacionado aquel aroma con él y siempre que lo olía automáticamente me tranquilizaba, porque me recordaba a mi amigo.
—No te digo que regreses a las misiones porque me guste fastidiarte —me dijo en voz baja luego de un instante en el que nos quedamos en silencio—, y te mentiría si te dijera que no es por tu talento, pero más lo hago porque quiero que vuelvas a ser tú, Ino. La de siempre.
Me aparté un poco y busqué su rostro entre las penumbras.
—Soy la de siempre.
—No, has dejado de serlo desde que la guerra terminó. Ya ni siquiera intentas decirme lo que tengo que hacer.
Escuchar algo de lo que eres consciente no debería resultar demasiado chocante, pero suele serlo. Tuve ganas de contestarle de inmediato, pero tenía un nudo en la garganta y sentía el escozor de las lágrimas en los ojos. Parpadeé varias veces para impedir que cayeran y me llevé una mano al estómago que se me había encogido al reconocer lo ciertas que eran aquellas palabras.
—Bueno, eso es porque tienes más de veinticuatro y creo que ya puedes cuidar de ti mismo, ¿o no? —respondí, sabiendo que me estaba poniendo a la defensiva por nada.
Llegué a la conclusión de que esa conversación nos iba a llevar de regreso al callejón sin salida de la pelea y yo no quería ir ahí ahora que apenas nos habíamos contentado, así que respiré profundo y me disculpé con él. Me di vuelta para regresar a mi habitación, pero antes de que pudiera apartarme, estiró el brazo y tomó mi mano.
El impulso me hizo girar y me encontré con su mirada.
—Ino, no tienes que conformarte.
Las lágrimas volvieron a inundar mis ojos cuando él le dio voz al más grande temor que había en mi interior. Me desprendí de su agarre para acercarme y le di un beso en la mejilla.
—Te veré después, Shika —dije en un susurro.
Volví al interior de mi habitación y cerré la puerta tras de mí. Alcancé el apagador cercano y me quedé a oscuras, con la espalda recostada en el cristal de la puerta esperando a que las lágrimas cayeran.
Ni una sola llegó.
«Continuará…»
¡Hola, a todos!
Aquí les traje el nuevo capítulo de esta locura, lamento tardar tanto pero estaba inmersa en mis exámenes así que tuve que alejarme del teclado por un tiempo. Muchas gracias por sus comentarios, me alegra mucho que estén disfrutando de esta historia y espero que sigan haciéndome saber sus opiniones ahora que ya estamos cerca del final.
Así es, señoras y señores, en dos capítulos más daré por concluida esta historia.
¡Nos estamos leyendo!
