Disclaimer: creo que la misma palabra lo define todo: fanfiction
(Nada de Naruto y sus personajes me pertenece salvo las candentes escenas producto de mi imaginación como efecto de la cafeína)
Después de la lluvia
Capítulo 6
—Ino, ¿podemos hablar? —dijo mi padre cuando me levanté de la mesa después de desayunar.
Fui hacia el fregadero donde lavé los pocos platos que había y entonces me volví hacia él.
—Claro, ¿sucede algo, papá?
Me indicó el vestíbulo y supuse que quería hablar fuera de la casa y del alcance del oído agudo de mi abuela.
Ambos nos despedimos de mi madre y salimos al mismo tiempo, yo al hospital y él a la florería. A pesar de que era mucho más temprano que de costumbre para abrir el negocio familiar.
—Ayer te pedí que fueras a la florería —comenzó cuando estuvimos a un par de calles de casa. En ese momento debimos separarnos, pero él siguió caminando conmigo en dirección al hospital—, ¿recuerdas lo que me dijiste?
—Que no podía porque iba a ver a Shika, ¿por qué? —pregunté extrañada. Me tomó un segundo sospechar lo que seguramente seguiría, pero no quise delatarme.
—Porque casi enseguida de que te fuiste, Shikaku se apareció aquí y dijo que su hijo estaba de misión. Además, dijo que tú y Shikamaru habían discutido y que no se habían hablado en semanas.
Sí, efectivamente, eso era lo que me imaginaba.
Me detuve de golpe y lo miré con ojos de sorpresa al saberme descubierta.
—Papá… lo siento, yo…
—¿Con quién estabas en realidad? —me preguntó, lleno de una seriedad que pocas veces usaba conmigo. A pesar de mi edad, y de que tenía cierta independencia sobre lo que hacía o dejaba de hacer, me sentí como si de nuevo fuera una adolescente que necesitaba rendirle cuentas.
Desvié la mirada concentrándola en todo cuanto había a mi alcance, esperando que alguna buena idea (entiéndase, mentira) apareciera en mi mente. Sin embargo, si había una persona con la que siempre había hecho lo posible por mantenerme honesta, ésa era mi padre. Yo era su princesa, me complacía en todo y le hacía feliz que hubiese elegido un modo de vida como el suyo, donde destacaba igual que él, a pesar de haber sido mujer y tener a una abuela como la que tenía.
Así que no pude mentirle.
—Fui a ver a Naruto —admití luego de un rato. Bueno, no había ido a verlo. Había decidido ir a su casa para hablar con él, pero cuando estuve en el corredor del piso donde vivía, me había arrepentido y había regresado sobre mis pasos para irme a otro lado. Me había convencido de que no era cobardía sino que todo se debía que no sabía qué decirle ni tampoco cómo.
—¿Cuál Naruto?
Alcé la mirada hacia él, extrañada por su repentina pregunta. ¿Cuántos Narutos podría haber pululando por las calles de Konoha?
—Uzumaki —especifiqué con una sonrisa obvia.
Él me devolvió el gesto brevemente y luego volvió a mirarme con seriedad, cruzando los brazos sobre su pecho.
—¿Por qué me mentiste?
—Porque no sabía cómo ibas a reaccionar. No es nada serio así que no quería armar un alboroto. —En realidad, no quería que él armara un alboroto.
—¿Están… tú y Uzumaki Naruto… sa…? —Noté sus dificultades para decir la palabra "salir" porque siempre había sido muy aprehensivo en cuanto a mí y el tema de los chicos se refería. Tuve que contener mis ganas de reír al verlo en tal aprieto. Nadie podría imaginar al temido Yamanaka Inoichi con semejantes problemas—. Quiero que lo traigas a casa para conocerlo —dijo finalmente, haciendo que me detuviera de golpe.
—¿Qué? —pregunté sin entender—. Ya lo conoces.
—No, conozco al shinobi. Quiero conocer al chico que anda tras mi princesa.
Esta vez no pude evitar sonreír abiertamente. Sabía que no podía negarme así que sólo me quedaba aceptar o sino nunca iba a dejar en paz el asunto. O peor aún… podría enclaustrarme en la cima de una torre custodiada por un dragón para siempre.
—Bien —accedí segundos después—. Le diré que quieres hablarle la próxima vez que lo vea, sólo si prometes que te comportarás —le condicioné porque lo conocía. Después de todo, era miembro de la Fuerza de Tortura e Interrogación de Konoha, y sólo el cielo sabía qué tan lejos podría aplicar sus conocimientos en el pobre Naruto.
Por toda respuesta, puso una expresión de falsa inocencia mientras con su índice dibujaba una aureola imaginaria sobre su cabeza.
Cuando el asunto quedó resuelto, se despidió de mí besándome en la frente y regresó sobre sus pasos para ir en dirección a la florería. La sonrisa se mantuvo en mi rostro hasta que estuve en la entrada del hospital, cuando me di cuenta de lo que acababa de hacer.
Había accedido a que mi padre conociera a Naruto, eso sólo significaba que… había reconocido tener una relación con él.
…
La idea no dejó de darme vueltas en la cabeza durante la primera parte de la mañana. Pensaba en eso antes de entrar a la habitación de algún paciente y volvía a meditarlo tan pronto como cerraba la puerta detrás de mí al salir.
Mi primer pensamiento había sido desentenderme de la situación. Desde que la abuela se había instalado en casa, mi padre, al igual que yo, había optado por mantenerse lejos el mayor tiempo posible, así que no dejaba pasar la oportunidad de aceptar cualquier misión que implicara dejar la aldea, así fuera sólo por un par de días. Más temprano que tarde volvería a embarcarse en una y para cuando volviera a casa, muy probablemente, ya habría olvidado el asunto.
"¿A quién engaño? Eso no va a pasar…", me dije a mí misma, soltando un suspiro desanimado.
Entonces pensé en esperar un tiempo y cuando él volviera a preguntar al respecto, decirle que las cosas con Naruto habían terminado y que ya no sería necesaria la presentación. Sin embargo, volví a desechar la idea porque sabía que, en algún momento, mi padre comenzaría a notar que mi comportamiento evasivo no había desaparecido, lo que volvería a enfrascarnos en la charla de "¿por qué me mentiste?".
Cuando terminé de atender al último paciente de aquella ronda, decidí salir a tomar un poco de aire fresco con la esperanza de que eso ayudara a aclarar mi mente. Sin embargo, tuvo el efecto contrario cuando, al llegar a la estación de las enfermeras para entregar los expedientes de mis pacientes, vi a Naruto platicando con una muy animada Haruhi.
Los vi antes de que ellos me vieran a mí y pude notar que parecían estar pasándola bien. Entonces recordé la noche pasada, cuando había visto el pinchazo de dolor que había conjurado en los ojos de Naruto ante mi cruel honestidad. Él me hacía reír y parecía que lo único que hacía yo era lastimarlo a la menor provocación.
—Oh, Ino-senpai —dijo Haruhi con una sonrisa al verme—. Naruto-kun me estaba contando sobre la vez que ayudó a Konohamaru-kun a buscar un trébol de la suerte para su novia cuando eran pequeños. —Volvió a mirar a Naruto— ¡No puedo creer que te hayas metido al Bosque de la Muerte para encontrarlo!
Yo sonreí al escuchar aquello. Definitivamente sonaba a algo hecho por Naruto Uzumaki.
La jefa de las enfermeras apareció en ese momento y llamó a Haruhi para que la acompañara. Ella hizo un pequeño puchero por tener que abandonar la conversación y se despidió de nosotros con una sonrisa.
—Ese senbon me recuerda a alguien —dijo Naruto sin dejar de mirar el objeto que siempre traía jugando Haruhi—. Se apellida Shiranui, ¿verdad?
—Es sobrina de Shiranui Genma —comenté distraídamente mientras recorría con la mirada cada una de la carpetas que iba a entregar—. La habilidad con las agujas viene de familia.
Era la primera vez que hablábamos desde que yo había metido la pata, pues en los días que no nos habíamos visto ni por equivocación. Había hecho el intento de poner en orden mis ideas y mis prioridades. Había querido que, cuando me reencontrara con él, todo resultase más fácil. No sabía si quería volver a la rutina que teníamos o si estaba dispuesta a dar otro paso más hacia lo desconocido.
Esperaba que verlo de nuevo fuese la ligera brisa que me empujara hacia un camino o hacia el otro, pero no resultó así.
Cuando verifiqué que todo estuviera en orden en mis carpetas, las puse en los archiveros y solté un suspiro.
—¿Estás bien? —me preguntó, inclinándose un poco para buscar mi mirada. Noté que sus palabras tenían cierta frialdad, lo que quería decir que todavía no había olvidado lo que le había dicho. No obstante, su tono de voz también estaba lleno de sinceridad al pronunciarlas.
—Mi padre quiere hablar contigo.
Él pareció tan sorprendido como yo lo había estado al escuchar eso. Tanto que, por primera vez, lo veía quedarse sin qué decir.
—¿Por qué?
—Porque descubrió que le mentía sobre a dónde iba y tuve que decirle la verdad —respondí, mirándolo a los ojos. No tenía ningún caso darle vueltas al asunto
—¿De todo lo que hacemos?
—¡No! —exclamé, sintiendo que me ruborizaba—. ¿Cómo crees? Le dije que tú y yo… que tú y yo…
—Salíamos —concluyó por mí.
Descubrí que, irónicamente, yo también tenía el mismo problema que mi padre con relación a esa palabra así que sólo me quedó asentir con la cabeza.
Pensé que se negaría, que tal vez me echaría en cara los términos que yo misma había fijado sobre lo que pasaba entre nosotros. Después de todo, yo no había perdido la ocasión para recordárselos cuando más cerca lo sentía. Sin embargo, todo lo que hizo fue sonreír y aceptar.
…
—Papá. Quiero que conozcas a alguien —dije en cuanto llegué a la florería esa misma tarde.
Shizune había dejado en claro que debía descansar un poco más debido a las jornadas laborales maratónicas que había hecho en los últimos días, así que había dado por terminado mi turno de aquel día en cuanto el reloj marcó las tres de la tarde y, ya que Naruto había aceptado ir con mi padre, quise aprovechar la oportunidad para terminar con esto a la brevedad.
Mi papá salió de detrás del mostrador tan pronto como me vio entrar con Naruto siguiéndome. Sacudió la tierra que se había adherido a sus pantalones y se limpió las manos con un paño que había sobre el mostrador antes de acercarse.
—Yamanaka-san —dijo Naruto, haciendo una reverencia que me sorprendió. No esperaba que fuera a comportarse con tal seriedad, no parecía propio de él. Además, estaba realmente tenso.
Mi padre mantuvo la mirada fija en él durante un rato que se me hizo eterno. No sé qué buscaba o que esperaba ver, si debía haber algo en Naruto que le dijera que debía aprobarlo, además del hecho de que vestía el uniforme de jōnin de nuevo.
Finalmente, optó por mantener la casualidad y le extendió la mano para que la estrechara.
—Hola, Naruto —saludó con una sonrisa, paseando su mirada por nuestros rostros.
Durante las horas previas, me había imaginado mil y un escenarios de lo que podría llegar a suceder. Habían ido desde el indiferente hasta en el que había visto a mi padre utilizar sus técnicas de tortura en Naruto, y tengo que reconocer que su actitud desenfadada no había estado dentro de los escenarios más posibles que había pensado.
—¿Y bien, qué tienen planeado para hoy? —inquirió cuando el silencio se prolongó demasiado.
Di un respingo involuntario al escucharle porque, en realidad, no había pensado que él preguntaría algo así. Sin embargo, Naruto se apresuró a responder.
—Iremos al cine. Veremos la película, señor, se lo prometo —aclaró cuando la mirada de mi padre se endureció ligeramente. Su nerviosismo hizo que una sonrisa apareciera en mis labios. Era curioso: los nervios se habían desvanecido de mi cuerpo al ver que él estaba, incluso, peor que yo.
Mi papá pareció tomarse su tiempo para meditar aquel plan propuesto, aumentando el suspenso. Entonces sonrió y dijo:
—Bien, sólo… no la traigas de regreso a casa muy tarde.
Naruto asintió varias veces con la cabeza.
Mi papá se despidió de ambos y entonces volvió a la parte trasera de la florería.
—Eso salió bien —dijo Naruto en un suspiro cuando estuvimos fuera de la tienda de mi familia. Parecía realmente aliviado.
—Sí, mejor de lo que esperaba. ¿A dónde vamos? —inquirí cuando comenzamos a caminar.
—Al cine, por supuesto —respondió con una sonrisa—. Sé que dijiste que no te gustan las citas y…
—No —le interrumpí, deteniéndose al instante. En su cara había una clara expresión de pánico. Tuve la oportunidad de negarme, pero decidí no hacerlo porque sentía que se lo debía después de haberlo herido aquella noche—. Dije que no eran necesarias, pero no que no me gustaran.
Él me miró con una ceja alzada y después sacudió la cabeza.
—Estás cambiando las reglas del juego, Ino. Eso no es justo.
—Ambos sabemos que la vida no lo es —comenté, encogiéndome de hombros. Él no tuvo respuesta para eso.
Tal y como dijo, fuimos al cine al ver la película que estaba siendo exhibida. Era una de acción ninja, por supuesto, aunque afortunadamente no era la enésima adaptación de la guerra o algún evento similar. Ésta más bien se centraba en lo que ocurría en un pueblo pequeño que era asolado por una banda de delincuentes que secuestraban a la hija del jefe de dicho lugar, y un valiente y poderoso ninja que estaba de paso se encargaba de los maleantes, ganándose el corazón de aquella doncella raptada en el proceso.
No era la trama más profunda, pero al menos sirvió en su propósito de relajarnos. Comimos palomitas y bebimos soda hasta el cansancio. No estaba acostumbrada a ir al cine con alguien que no fuera Sakura, pero resultó ser un cambio agradable.
A mitad de la película, comencé a sentirme adormilada producto del cansancio que había acumulado en las últimas semanas. Además, la escasa iluminación no ayudaba mucho a contrarrestar la sensación.
Al final me quedé dormida, recostada en el brazo de Naruto, así que no supe si el héroe de la película se quedaba en el pueblo o si se fue después de todo.
—Hola, dormilona —me dijo con una sonrisa cuando abrí los ojos. Creí que había parpadeado sólo un segundo, evidentemente, me había equivocado. Las luces habían sido encendidas, la sala estaba casi vacía y los créditos corrían por la pantalla.
Me sentí un poco avergonzada porque no había sido mi intención quedarme dormida, pero me sorprendió que a Naruto no le molestara. Ambos nos levantamos de nuestros asientos. Me tomó de la mano y me dio un pequeño apretón antes de entrelazar nuestros dedos. La acción hizo que lo mirara, pero por una vez no parecía estar leyéndome la mente. No me aparté, aunque aquel gesto tan posesivo me puso un poco nerviosa.
No necesitaba ser una genio o una psicóloga para poder racionalizar que el hecho de que él me tomara la mano en público no debería incomodarme si tomábamos en cuenta las cosas que habíamos hecho hasta el cansancio a puerta cerrada. Miré a mí alrededor y me di cuenta de que el cine estaba lleno de muchas otras personas que hacían lo mismo
Pero eran parejas, novios, amantes. Lo que había entre Naruto y yo era diferente. Teníamos un hábito, un ritual, un pasatiempo. No éramos una pareja, ¿verdad?
Cuando salimos del cine, pensé que iríamos a su apartamento como lo habíamos hecho tantas veces antes, pero nuestros pasos nos llevaron a un lugar muy diferente: los campos de entrenamiento.
—¿Qué hacemos aquí? —pregunté, sintiendo la tensión acumularse en la parte trasera de mi cuello. No había visitado ese lugar en años hasta la noche del Festival y recordar aquello lo había convertido en el número dos en mi lista de los lugares que debía evitar en la aldea.
—Nada. Caminamos. —Su respuesta no me pareció suficiente.
Sabía que no era casualidad que hubiésemos ido a dar a ese lugar, y eso sólo hizo que mil y un teorías aparecieran en mi mente con respecto a los posibles motivos que había tenido él para llevarme allí.
Cuando nos detuvimos frente a unas dianas de tiro, sacó un juego de shurikens del bolsillo de su chaleco y arrojó tres de ellas dando en el blanco perfectamente.
—¿Quieres probar? —me preguntó, extendiéndome las piezas que quedaban. De manera inconsciente me abracé a mí misma y retrocedí un paso.
El sol comenzaba a ocultarse tras de mí, así que me perdí en las formas alargadas de nuestras sombras que se dibujaban sobre el suelo arenoso.
—Estoy algo fuera de práctica.
Él sonrió por mi respuesta y avanzó hacia mí.
—Vamos, Ino, ¿qué no dicen que lo que bien se aprende nunca se olvida? —comentó, tomando mi mano para colocar las tres pequeñas estrellas en mi palma.
Lo miré y noté que él me miraba expectante.
Permanecí en silencio largo rato mientras le daba la vuelta al asunto mil veces. Miré las dianas, calculé la distancia, sentí el peso de las shurikens, el viento acariciando mi mejilla. Hice todas esas cosas que había aprendido años atrás a hacer por instinto, y que había dejado de hacer cuando me había retirado de las misiones.
Volví a mirar las dianas a la distancia y por un instante creí verme a mí misma a los tres años, cuando mi padre me había llevado ahí por primera vez para enseñarme a usarlas. Me había explicado todo paso a paso, aunque me había costado algo de trabajo lograr atinarle a algo más que el último aro rojo. Al final de aquel día, había conseguido dar en el blanco… después de que mi padre nos acercara un par de metros más.
Él me había sonreído diciendo que estaba feliz porque yo hubiera dado en el blanco. Yo, por mi parte, me enojé. Tenía tres años y me había enojado porque había tenido que recibir ayuda, porque no podía ser tan buena como él.
Años más tarde, cuando me gradué de la academia, volvimos al campo de entrenamiento. Nos colocamos a la distancia a la que Naruto y yo nos encontrábamos y habíamos practicado. No había logrado vencerlo, pero me había sentido feliz y satisfecha cuando me dijo que lo había hecho bien.
"Estoy muy orgulloso de ti, princesa…", habían sido sus palabras.
Volví mi atención al presente y miré las dianas otra vez. Quería hacerlo, pero las shurikens temblaban muchísimo entre mis dedos. Iba a fallar. Estaba segura.
—¿Qué sientes? —me preguntó Naruto, colocándose tras de mí.
—Que no puedo hacerlo.
—¿Por qué?
—No lo sé —admití con toda honestidad—. Conozco a la perfección lo que debo hacer, cómo lanzarla, pero…
No podía controlar mi miedo ante el posible fracaso. Sabía que era una tonta, una necia. Sabía que mi reacción no era racional, pero el corazón tiene razones que la razón desconoce. Había leído una vez, y siempre me había parecido una frase muy acertada.
Esas armas básicas debían ser como una extensión de mi mano, algo que manejar con maestría, pero en ese momento no hacían más que provocarme ansiedad. Parada ahí me sentía débil, indefensa; la seguridad y comodidad que me provocaba el hospital no estaban en ninguna parte.
Sentí su mano deslizarse por mi brazo hasta alcanzar mis dedos y acunarlos entre los suyos. El calor que irradiaba se coló por cada poro de mi piel, reanimando las terminales nerviosas que se habían adormecido a causa del miedo. Por un instante, todo lo que pude percibir era él. Su voz, su calor, su respiración, su olor, su cuerpo protegiendo mi espalda.
—¿Y ahora? —me susurró en el oído—. ¿Qué sientes?
Entonces lo recordé.
Fue como un chispazo que se abrió paso en medio de la borrosidad que resultaba mi mente a causa de todo tipo de pensamientos que corrían sin control en mi interior, sin descanso todo el tiempo.
Mi corazón siempre había estado con el ser shinobi. Era lo que disfrutaba hacer, lo que había necesitado en aquellos tiempos oscuros de la guerra para creer que podía marcar una diferencia. Ser kunoichi era lo que había querido ser desde siempre, lo que me había hecho sentir feliz, poderosa, en control. Era lo que quería mi corazón… y mi mente estuvo de acuerdo.
—Lánzalas —lo escuché de nuevo.
Inhalé tan profundamente como mis pulmones me lo permitieron. Mis dedos aferraron las shurikens con determinación mientras mi mirada se mantenía fija en aquel grupo de dianas que parecían estar a kilómetros de distancia. Aparté el rostro en la dirección contraria y arrojé las shurikens.
La primera dio en el centro, junto a una de las que había arrojado Naruto, la otra se clavó en la punta y a ésta se le clavó la última, formando una cadena de estrellas que se sostenían sólo por los picos de la primera que se habían clavado en la diana.
Creo que todo se detuvo durante el segundo que me tomó procesar que realmente le había atinado. Solté una exclamación emocionada y di un pequeño salto. Me giré para ver a Naruto y lo abracé por el cuello, sentí sus brazos cerrarse en mi cintura y levantarme del suelo sin ninguna dificultad.
—¿Lo ves? ¡Puedes hacerlo! —exclamó igual de emocionado que yo—. Eres capaz de todo lo que quieras, Ino. —Aquellas palabras me tomaron por absoluta sorpresa, sobre todo porque las sentí tan sinceras y cercanas que me habían quitado el aliento.
La ola de calidez se extendió por mi cuerpo y, antes de darme cuenta de lo que hacía, tomé su rostro entre mis manos, me alcé sobre las puntas de mis pies y lo besé con todo lo que tenía. Era la primera vez que lo hacía. Siempre había sido él quien me besaba primero, siempre dándome el tiempo para retractarme en caso de que quisiera hacerlo. Pero nunca había sucedido y mucho menos ahora.
Sentí su abrazo tensarse a mi alrededor, pero no me importó.
Lo que había sucedido esa tarde había sido excepcional. En ese momento comprendí que gran parte de mi miedo a regresar a las misiones había sido originado porque creía que no volvería a estar a la altura de lo que esperaban de mí, que tal vez no podría ejecutar mis jutsus como antaño o que mis habilidades en general no serían las mismas.
Sin embargo, acababa de descubrir que nada de eso era verdad. Y lo había descubierto gracias a él.
…
Llegamos a su apartamento por obra divina cuando el sol había terminado por ocultarse. O al menos así me lo había parecido a mí. Había pasado todo el camino recordando una y otra vez lo que había ocurrido en el campo de entrenamiento que apenas si había sido consciente de que nos habíamos movido de aquel lugar.
Al cerrar la puerta del apartamento, él volvió a besarme y yo se lo permití como sucedía cada vez que lo hacía. Sentí el calor de sus manos contra la piel que quedaba desnuda en mi abdomen gracias a mi top.
—Dijiste que sólo veríamos una película —susurré apartándome un poco cuando sus dedos jugueteaban con el borde de mi ropa.
Él sonrió de lado mirándome de tal manera que sus ojos parecían iluminados por un toque de picardía.
—No, dije que veríamos la película. No mencioné lo que haríamos después de eso.
—Eres malo —le dije con una sonrisa que no podía ocultar por más que lo intentaba. Como respuesta inicial, él volvió a acercarse a mí, lo suficiente como para que su aliento me acariciara los labios cuando dijo:
—Y te encanta que lo sea. Admítelo.
No tuve que admitir nada, sólo dejar que me besara de nuevo mientras usaba su cuerpo para empujarme hacia la cama. Las prendas que nos cubrían fueron alcanzando su destino en alguna parte del suelo del departamento y, en realidad, no nos tomó mucho tiempo quedar desnudos. Después de todo este tiempo, ya conocíamos a la perfección el cuerpo del otro. Me había convertido en un libro abierto que él se había encargado de descifrar por completo. Sabía cómo acariciarme, cada zona de mi cuerpo, lo que me hacía temblar y, sobre todo, que no podía negarme a él.
Se colocó encima de mí, y se apoyó en los brazos para evitar aplastarme. Cuando abrí las piernas y alcé un poco las caderas, frotó el glande contra mi sexo, Empujó un poco, bajó la mano para guiarse, y me penetró con fuerza.
Los dos gemimos de placer. Apoyó la frente contra la mía, y cerró los ojos por un instante antes de volver a abrirlos. Sin apartar la mirada de la mía, empezó a moverse.
Salpicó mi rostro de besos... frente, ojos, la punta de mi nariz, mejillas, mandíbula y barbilla… su lengua se introdujo en mi boca y no pude evitar gemir cuando la sentí acariciarme el paladar.
Se detuvo de pronto, y hundió el rostro contra mí cuello antes de decir con voz ronca:
—Oh, Dios…
Deslicé las manos por su espalda, sentí la forma de su columna vertebral y los hoyuelos que tenía en la base de la espalda. Me penetró más hondo, retrocedió un poco como experimentando, y volvió a entrar.
Se apoyó en las manos para alzarse un poco, y miró hacia abajo mientras me penetraba con embestidas más rápidas. Yo seguí su ritmo, mi cuerpo le dio la bienvenida al suyo. Empezó a moverse con más fuerza, y alcé las caderas para que llegara más hondo.
Soltó un grito ronco de placer, y sus movimientos se volvieron erráticos. Tenía los músculos de los brazos y del pecho tensos, el rostro rígido, los ojos cerrados, y los tendones del cuello tiesos.
Entonces abrió los ojos, y soltó un grito ahogado. Su cuerpo se sacudió, y noté que palpitaba en mi interior. Se desplomó encima de mí, pero su peso no me molestó. Sentí la calidez de su rostro contra mi cuello, y me besó en el hombro.
Permanecimos en silencio mientras nuestra respiración se normalizaba y el aire secaba nuestros cuerpos sudorosos. Se apartó a un lado y después de taparnos con la colcha, me abrazó desde atrás y apretó su pecho contra mi espalda. Me besó entre los omóplatos, y yo apoyé la mejilla sobre una de mis manos. Sus dedos empezaron a subir y a bajar por mí cadera, y la sábana que los cubría se movió en un modo que me recordó a las olas del mar.
El cansancio se esparció por mi cuerpo tan pronto como la candencia de nuestras respiraciones volvió a ser la usual y los ojos comenzaron a pesarme. Me removí inquieta, inclinándome un poco más hacia delante hasta que sentí el brazo de Naruto tensarse en mi abdomen.
—No te vayas, Ino. Quédate conmigo esta noche —me dijo en un susurro que me sorprendió.
Cada fibra de mi ser se puso tensa al instante, tanto que pensé que el cuello me quedaría tieso para siempre. No me di cuenta de que había dejado de respirar hasta que el pecho me ardió cuando mis pulmones exigieron aire.
Él me abrazó con más fuerza y entonces supe que esto era más de lo que podía manejar. Me levanté rápidamente y comencé a vestirme a toda velocidad, tratando de ignorar el temblor que sacudía mis manos en ese momento.
—No puedo —dije con la voz quebrada—. Lo siento.
Fui hacia la puerta, salí del apartamento y la cerré tras de mí.
…
Al día siguiente, agradecí en silencio cuando no tuve que ir a trabajar. Me quedé toda la mañana en cama, sin dejar de pensar en lo que había pasado entre Naruto y yo. En todo. Había estado negando lo que sentía por Naruto y había intentado convencerme de que sólo era sexo, de que lo que nos unía era pasajero y carente de ataduras. Pero no podía seguir fingiendo que no estaba convirtiéndose en mucho más que eso.
Tampoco había podido sacarme de la cabeza las palabras que me había dicho Shikamaru.
Ino, no tienes que conformarte…
Conformarse… qué palabra tan horrible.
Finalmente, cuando no pude seguir hundida en mi miseria, me levanté para ir a la florería a pasar la tarde. Mi madre me agradeció que me quedara ahí el resto del día mientras ella se iba a atender a mi abuela y sus excentricidades.
Como no había mucho qué hacer por las tardes ahí, me puse a regar todas las plantas y flores, y después fui al invernadero que teníamos en la parte de atrás y traje conmigo algunas plantas más para exhibirlas. Pensé seriamente en ponerme a hacer ungüentos y otras tantas cosas con las que solía complementar mi trabajo en el hospital, pero al final decidí no hacerlo. No tenía cabeza en ese momento para centrarme en realizar mediciones exactas ni en elaborar preparaciones complejas.
Sobre el mostrador había un enorme florero de cristal con forma de un botón de tulipán y en su interior estaban los tallos de bambú que me había regalado Haruhi en mi cumpleaños. Me había sorprendido tanto su regalo, considerando que en ese entonces yo ni siquiera me había tomado la molestia de averiguar cuando era su cumpleaños, que había decidido dejarlo en la florería, donde lo vería siempre ahora que pasaba el menos tiempo posible en casa.
Al darme cuenta de que lo había descuidado mucho últimamente, fui al baño para lavar el florero y cambiarle el agua.
—Hola, Ino.
Escuchar su voz me sobresaltó tanto, que dejé caer el jarrón. El tulipán se hizo añicos, y el bambú, el agua y las piedritas ornamentales se esparcieron por el suelo.
—¡Mierda! —exclamé cuando, al agacharme para recoger el desastre, me hice un corte bastante profundo en el dedo. Agarré el trapo que había siempre encima del mostrador y rompí una tira para enrollármela y así detener la pequeña hemorragia.
Me enfadé al ver que Naruto se acercaba para ayudarme. Fue una reacción irracional, incluso infantil, pero le indiqué con un gesto que se apartara mientras yo agarraba un paño y me agachaba para secar el agua.
—Sobrevivirá, Ino. El bambú es resistente.
—Fue un regalo —Seguí secando el agua mientras él recogía el bambú y lo colocaba sobre la mesa—. ¡Las raíces se han roto! —exclamé al ver parte de la planta colgar del mostrador
—Se recuperarán —me dijo, mientras empezaba a recoger las piedritas.
Solté un sonido bastante grosero, y me puse de pie para escurrir el paño. Tuve que darle la espalda para evitar decirle algo ofensivo que sin duda no se merecía. ¿El hecho de saber que estás a punto de comportarte como una bruja maldita hace que sea más fácil, más justificable? En aquel entonces, al igual que ahora, pensaba que no, pero como en tantas otras ocasiones a lo largo de mi vida, fui incapaz de contenerme.
Me desesperé y fui al armario de atrás para traer una escoba y barrer todo de golpe. No me importó pasarla por encima de los dedos de Naruto, ni tampoco que estuviera mezclando los trozos de cristal con las piedritas que él tan amablemente estaba recogiendo. Lo recogí todo y lo eché en el bote de basura que había junto a la entrada. Después fui por los tallos de bambú y me metí con ellos para ponerlos en una cubeta con agua.
Cuando regresé, Naruto seguía ahí.
Quería pelearme con él; de hecho, quería enfurecerlo hasta conseguir que se alejara de mí por voluntad propia, porque así me evitaría la molestia de tener que alejarlo yo misma.
—¿Qué pasa, Ino?
—Nada —farfullé.
—Tengo la impresión de que hice algo para que te enfadaras conmigo.
"Hiciste que estar contigo me gustara demasiado, eso es lo que pasa…, pensé para mí misma.
Nos miramos ceñudos durante una eternidad. Rogué a todo lo que se me vino a la mente que enviara alguna distracción, que alguien entrara para comprar y entonces así yo tendría un pretexto para decirle a Naruto que se fuera.
—No, es sólo que… —No sabía cómo explicarme así que me rendí—. Lo mejor es que te vayas.
Se acercó a mí y me tomó de los hombros para mantenerme en mi sitio cuando yo hice el amago de irme.
—No me iré hasta que me digas qué es lo que te pasa.
—Suéltame, Naruto.
—Es por lo de anoche —declaró, dejándome saber que no era una pregunta—. Porque te pedí que te quedaras.
Me tensé de inmediato y le dije:
—No sigas, Naruto, echarás a perder todo esto.
Mis palabras parecieron sorprenderlo. Echó la cabeza hacia atrás como si yo lo hubiera golpeado en la nuca.
—¿Cómo voy a echarlo a perder si ni siquiera sé lo que es todo esto? Ino, mírame. —Tomó mi mano y la puso sobre su pecho, a la altura del corazón.— Sólo te pido que me conozcas y me dejes entrar.
Yo me alejé un paso. No quería oír lo que quería decirme, me negaba a hacerlo. No podía manejarlo y comenzaba a pensar que nunca podría.
Tuve que respirar hondo varias veces antes de poder contestar.
—Te lo dije desde el principio, Naruto.
—Sí, no tienes relaciones —me miró de arriba abajo antes de añadir—: Dejas que te folle, pero no quieres tener algo más conmigo. No importa cómo lo llamemos, Ino.
Aparté la mirada y avancé hacia la parte trasera de la florería.
—Quiero que te vayas, por favor.
—¿Por qué te empeñas en alejarme, crees que voy a hacerte daño? —preguntó, siguiéndome. Cuando ya no tuve a donde ir, me giré para encararlo. Al menos ya no estábamos expuestos a que alguien nos viera pelear.
—No creo que vayas a hacerme daño —le dije al fin. Al pronunciar cada palabra, era como si estuvieran sacándome espinas de la piel. Me dolía y el dolor era tan grande que se extendía por todo mi cuerpo—. Soy yo la que va a hacerte daño a ti.
—Eso no pasará —me dijo con voz suave mientras me acariciaba la cara—. Porque no quieres hacerlo.
Me zafé de sus manos de un tirón y le dije:
—¡No he dicho que quiera, sino que acabaré haciéndolo! No quiero, pero es lo que terminará pasando. Así son las cosas, ¡eso es lo que pasará! —No quería su comprensión, y realmente me hizo sentir furiosa que él intentara mantenerse tranquilo cuando yo sentía mi pecho convertido en una caldera a punto de explotar.
—No tiene por qué ser así.
No podía respirar. Necesitaba que se fuera antes de que esto se saliera de control, pero el problema era que cada milímetro de mi cuerpo gritaba de dolor con solo pensarlo.
—No quiero una relación. No quiero un novio —le dije recordándole los cartas que yo había puesto sobre la mesa. Cartas con las que él había aceptado jugar.
—¿Por qué no? —Avanzó hacia mí, situándose realmente cerca, pero no me tocó—. ¿Soy lo bastante bueno para hacer que te corras, pero no para ser tu novio? ¿Es eso?, ¿te avergüenzas de mí?
Levanté el rostro mientras abría los ojos, sorprendida de que él hubiera dado con aquel razonamiento que no estaba ni remotamente cercano a lo que en realidad sucedía. Parecía tan vulnerable que en ese momento me odié a mí misma… y también a él.
—Hubo muchos hombres antes que tú —fue lo único que atiné a decir, que pudiera explicar, aunque fuera mínimamente, lo que pensaba. No era yo quien se avergonzaba de él, no había manera en el mundo que eso pasara… pero no quería que él llegara a avergonzarse de mí.
—No me importan los cuarenta y ocho hombres que hubo antes que yo.
—¡Pues debería! ¡A mí me importa! —Las lágrimas habrían aliviado un poco el nudo que me obstruía la garganta, pero ni siquiera en aquel momento fui capaz de hacer que brotaran—. Tarde o temprano las personas hablan, ¿qué crees que dirán cuando sepan que el futuro hokage tiene por novia a una chupapollas experta, eh?
—Nunca me ha importado lo que los demás crean.
—¿Ah, no? ¿entonces por qué quieres ser hokage sino para que todos hablen de ti? —Sabía que estando en mi fase de bruja podía llegar a escupir el mismo veneno que mi abuela, pero eso no pareció detenerme.
Ni tampoco pareció afectarle.
—Quiero ser hokage porque puedo serlo.
—Es cuestión de semántica —le dije con firmeza.
—No, no lo es. Nunca me he rendido, ante nada. ¿Crees que me rendiré contigo sólo porque te empeñas en ponerme las cosas difíciles? Sólo dime que es lo que quieres, Ino.
Nos miramos en un silencio que pesó igual que una eternidad entera. Estábamos parados muy cerca el uno del otro, apenas unos cuantos centímetros nos separaban, podía alcanzarlo con sólo estirar mi mano, pero no lo hice. Esos pocos centímetros se sentían como un gigantesco abismo entre los dos, un abismo que seguía abriéndose con cada segundo marcado por el reloj detrás de mí.
—Quiero que no tengas que conformarte con lo poco que puedo ofrecerte —admití con honestidad, mirándolo a los ojos. El nudo que tenía en la garganta me impedía gritar, apenas podía respirar.
Él permaneció en silencio durante un largo momento, al final me apartó el flequillo de la cara y me dijo:
—¿Crees que estoy haciéndolo? —Su frente se apoyó en la mía y sentí su aliento acariciarme el rostro.
—Sé que es lo que harás, porque sí quieres algo más de mí, no vas a conseguirlo. —No podía darle partes de mí que en realidad no había tenido en mucho tiempo.
Quise echar la cabeza hacia atrás, pero sus manos me acunaban la cara así que no podía moverme. Cerré los ojos con un estremecimiento recorriéndome de arriba a abajo mientras intentaba pensar en otra cosa que no fuera él estando tan cerca. Quería ignorar las inmensas ganas que tenía de que me estrechara entre sus brazos, que me besara y que no me dejara ir; y al mismo tiempo no podía hacer más que pensar en el terror que inmovilizaba cada parte de mi cuerpo al descubrir la profundidad de lo que había comenzado a sentir por él.
—Lo mejor es que te vayas…
—¿Quieres que me vaya? —me preguntó en respuesta.
A medida que fuimos hablando, la necesidad que había sentido de que se marchara había ido desvaneciéndose. Naruto había logrado tranquilizarme, como siempre lo hacía. No sé si él sabía el efecto que tenía en mí, o si lo hacía deliberadamente, pero yo sabía lo que estaba pasando. Igual que con tantas otras cosas que habíamos hecho, se lo permití.
—No.
—Entonces no lo haré.
Muy dentro de mí sabía que esto iba a acabar mal, que si quería hacer lo mejor para ambos, entonces tenía que dejarlo ir antes de que los dos cayéramos hasta el fondo. Sin embargo, no pude hacerlo. Por primera vez en mi vida comprendí por qué era tan difícil para un adicto dejar su adicción. Por qué a pesar de que eso que al principio lo hacía feliz ahora lo lastimaba, prefería morir antes que pensar en pasar el resto de su vida sin él:
Porque no importa cuánto daño nos esté haciendo algo… a veces dejarlo ir nos duele mucho más.
«Continuará…»
¡Hola, a todos
Aquí les dejo el cap 6. ¿Qué les pareció?
No tengo mucho que decirles salvo un par de cosillas: muchas gracias por los reviews que me dejaron desde el capítulo 5; bienvenidas y bienvenidos nuevos lectores de esta locura, y también muchas gracias por sus PM's en dónde me pidieron que continuara con esta historia que había permanecido abandonada durante bastante tiempo por causas de fuerza mayor.
Espero que el capítulo haya valido la pena y espero leernos pronto :)
