Disclaimer: creo que la misma palabra lo define todo: fanfiction
(Nada de Naruto y sus personajes me pertenece salvo las candentes escenas producto de mi imaginaci
ón como efecto de la cafeína)


Después de la lluvia

Capítulo 7


Las noches de verano empezaban más tarde, y solía estar cansada para cuando empezaba a anochecer. Tal vez tenía que ver con mis turnos exagerados en el hospital, aunque también estaba el hecho de que había vuelto a entrenar al salir del trabajo. Naruto fingía no darse cuenta de eso ni tampoco lo mencionaba, pero siempre había ese brillo distintivo en su sonrisa cuando iba a su casa y me daba demasiada pereza levantarme para irme a la mía. A veces pasaba más de tres noches a la semana con él y ni siquiera me molestaba en escabullirme de vuelta. Como aquello pasaba cada vez con más frecuencia, incluso había optado por dejar allí un cepillo de dientes y una muda de ropa.

Tampoco habíamos vuelto a conversar sobre el estatus de nuestra relación, aunque tácitamente parecía que habíamos terminado de adoptar una. Es decir, yo la había adoptado. Incluso cuando me había esforzado en poner reglas entre nosotros, eso no había implicado que fuera inmune al encanto del romanticismo. Era incapaz de convencerme a mí misma de que existía de verdad, pero eso no significaba que no quisiera creer en él.

Acababa de terminar mi ducha matinal y como siempre el espejo había quedado opaco. Mi cabello caía en mechones húmedos por las mejillas. La toalla que había liado en torno a mi pecho sólo me llegaba a la mitad del muslo y no estaba muy bien sujeta. Cuando Naruto asomó la cabeza en el baño y me volví hacia él, se resbaló.

—Linda vista —Él sonrió.

—Ja, ja. —Repliqué con ironía mientras reacomodaba la toalla a mi alrededor.

En las primeras semanas, él siempre se había quejado de nuestras contrastantes rutinas, especialmente en cuanto a horarios para despertarse se refería, pero ahora parecía bastante acostumbrado a levantarse tan pronto como yo lo hacía cuando me quedaba en su apartamento. Lo seguí con la mirada mientras entraba, completamente sin ropa y sin preocuparse por su desnudez. No es que me molestara a mí tampoco, es decir, tener el cuerpo de un shinobi perfectamente formado para mi disfrute visual siempre era algo que terminaba agradeciendo.

Tomó la toalla y tiró de ella con una sonrisa traviesa haciéndome chocar contra él porque no me resistí demasiado. Yo estaba desnuda en un segundo y sentía el tacto de las yemas de sus dedos deslizarse sobre la curva de mi cintura hasta ahuecar mi trasero.

—Voy a llegar tarde al trabajo. Otra vez. —Me quejé cuando sus intenciones quedaron manifiestas. Él se inclinó para mordisquear mi cuello y cerré los ojos.

—Valdrá la pena.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo. Voy a hacerte gritar hasta que los vecinos nos oigan.

Su intento de charla sucia me hizo reír a pesar de que me encendió también. Alcé una ceja.

—Te escucho hablar, pero no te veo de rodillas.

Se dejó caer tan rápido que dejé escapar un pequeño grito de sorpresa. Sus labios comenzaron a recorrer mis piernas, dejándome sentir su aliento cálido sobre la piel de mis muslos y el espacio entre ambos. Di un paso atrás hasta que mi trasero golpeó con el mostrador.

—¿Así está mejor?

Cualquiera que fuese el ingenioso comentario que yo había planeado se perdió cuando sentí el contacto de su lengua. Apoyé una mano en el borde del lavabo y la otra sobre su cabeza, mis dedos encontrando refugio entre los mechones de su cabello. Le había crecido desde que estábamos juntos, necesitaba un corte, pero era perfecto para agarrar.

Él abrió mis muslos con sus manos y encontró mi clítoris con los labios y la lengua y de inmediato a mi mente le resultó difícil concentrarme en otra cosa que no fuera el placer creciendo a través de mí. Incluso cuando lo intentara, Naruto siempre conseguía hacer que me olvidara del resto del mundo fuera del espacio que compartiéramos. Me conformé con poner la otra mano en su hombro, dejando que el suave ascenso y descenso me indicaran qué tan rápido y duro me estaba acariciando.

Mantuve mi cabeza inclinada hacia atrás mientras me perdía en la sensación de su tibia y húmeda boca, mis gemidos y jadeos haciendo eco entre las estrechas paredes del baño, y cuando añadió un dedo y luego dos dentro de mí, grité. Casi pude imaginarlo sonriendo contra mi carne, pero cuando me incliné un poco hacia el frente pude notar su mano libre subiendo y bajando sobre su miembro mientras continuaba centrado en estimularme sin piedad alguna. Aquella imagen parcial y sus gemidos terminaron de animarme. Mis caderas comenzaron a ondearse al ritmo de sus arremetidas e intenté presionar los muslos para acercar mi clítoris hacia su lengua.

Llegó antes que yo. Dejó salir un gemido, ese lamento-suspiro que conocía tan bien, y fue suficiente para conseguir que mi orgasmo rasgara por todo mi cuerpo. Sentí como si el mundo girase completamente. Tomé aire, y luego otra vez, jadeando.

Cuando abrí los ojos, Naruto estaba mirándome con una sonrisa complacida. Se puso de pie y me besó lenta y profundamente. Puse mis brazos alrededor de él, abrazándolo, apretándolo contra mi cuerpo y él gruñó desde lo profundo de su garganta.

—Quisiera hacer más, pero llegarás tarde al trabajo —Murmuró sobre mis labios, acariciándome el inferior con la lengua antes de apartarse.

Iba a golpearlo, pero le oí silbar alegre cuando se puso bajo el agua y muy a mi pesar tuve que sonreír. Parte de mí siempre le envidiaría su naturaleza de hacerlo todo tan ligero y fácil.

Me volví hacia el espejo y vi mi cara enrojecida antes de que el vapor de nuevo cubriera el vidrio. En medio de la intensidad de aquel momento, había terminado con mis dedos bien cerrados contra el borde del lavabo y el ardor en mi mano derecha me hizo abrirla, obligándome a mirar la gruesa cicatriz que cruzaba la palma, una que por lo general yo hacía todo cuanto era posible para no notarla.

Pero sabía que estaba ahí. Siempre lo haría.

—¿Cómo te hiciste eso? —Escuché a Naruto preguntarme desde el interior de la ducha. Sabía que él ya la había visto hacía mucho tiempo, pero se había refrenado de preguntarme al respecto hasta ahora cuando había podido sacar el tema con cierta casualidad.

Parpadeé varias veces y dejé que mi mente volviera al presente para así salvarme de los recuerdos que estuvieron a punto de aflorar.

—En la guerra. —Respondí mientras pretendía continuar con mi rutina de arreglo matutino, aunque en realidad era porque repentinamente no podía mirarlo, ni siquiera a través del espejo. Sequé mi cabello, con algo más de ahínco del usual, y comencé a aplicar algo de maquillaje sutil.

Fui muy consciente del momento en que Naruto salió de la ducha y se envolvió las caderas con una toalla, pero seguí concentrada en mi preparación. Las manos habían comenzado a temblarme ligeramente y lo odié.

—Fue con chakra, así que no sanó como debía —Me forcé a explicar cuando se situó junto a mí y tomó mi mano. Me encogí de hombros como restándole importancia, pero entonces noté que él no dejaba de mirar la cicatriz. Probablemente estaba preguntándose exactamente cómo había terminado con ella y si me lo hubiera preguntado, tal vez se lo hubiera dicho; pero el silencio se prolongó entre nosotros y al final ya no pude soportarlo más. —Deja de mirarme así. Sé que es fea, pero son gajes del oficio ¿no?

Hice el intento por liberar mi mano, pero él afianzó un poco más su agarre y sonrió apenas un poco mientras la recorría con la yema de su dedo. Tenía una forma alargada, como una rama de casi un dedo de grosor y pequeñas salientes en distintas direcciones, producto de no haber sido un corte limpio.

—Yo no dije que fuera fea. —Presionó sus labios sobre ella y yo me encogí más.

—No lo hagas…

Él depositó otro beso en el pulso que latía en mi muñeca y después en la curvatura de mi cuello.

—Las cicatrices prueban que podemos sobrevivir, Ino. —Susurró contra mi oído, liberando mi mano por fin. Como yo no tenía qué responder a sus palabras, simplemente asentí en silencio y entonces terminé de poner distancia entre nosotros al salir del baño.

Miré el reloj despertador que descansaba junto a la cama y maldije por dentro al ver la hora que era. Me vestí a toda velocidad, yendo de aquí a allá para terminar de acomodar mis pertenencias antes de regresar al baño para recogerme el cabello. Como siempre ocurría, Naruto terminó de alistarse antes que yo, y aunque no dijimos palabra alguna en los minutos siguientes, podía sentir su mirada sobre mí con más insistencia de la usual.

Al final, cuando estuve por fin lista, ambos dejamos el apartamento y no opuse resistencia cuando él sugirió acompañarme hasta el hospital antes de ir a ver a Tsunade-sama.

—¡Ino!

Naruto y yo nos congelamos a medio paso completamente tensos al reconocer aquella voz. Vaya que la reconocía…

Intercambiamos miradas contrariadas durante un segundo y entonces me giré despacio, haciendo todo lo posible por no mostrarme lo culpable que me sentía.

—Oh… hola, mamá. Abuela. —Saludé a ambas mujeres.

La mirada de mi abuela claramente decía lo que pensaba mientras actuaba como si Naruto no existiera, aunque mi madre fue más discreta y se limitó a preguntarme si había hecho bien al no despertarme antes de salir de casa. La buena mujer había asumido que me había levantado tarde y que me había encontrado con Naruto en la calle, o al menos eso dijo.

Decidimos (porque no tuvimos más opción, en realidad) caminar con ellas hacia el restaurante al que se disponían a ir para desayunar mientras yo conversaba con mi madre sobre los preparativos para el próximo cumpleaños de mi padre y al mismo tiempo ignoraba los intentos de mi abuela por remarcar que estaba ahí. Era consciente de la presencia de Naruto junto a mí, pero él permanecía en silencio sin tomarme de la mano. Estaba observando con una expresión de interés, como si fuera la primera vez que presenciaba una conversación de madre e hija y le pareciera lo más interesante.

—Permítame, señora —Eran las primeras palabras que Naruto le decía a mi abuela cuando se adelantó para sostenerle la puerta al llegar al restaurante.

Me tensé creyendo que ella iba a pasar al ataque, pero me equivoqué; al fin y al cabo, mi abuela era inigualable en muchos aspectos, y una de sus especialidades era el arte de conseguir crear en su presa una sensación de falsa seguridad.

—Gracias, uh...

—Naruto. Uzumaki Naruto.

—Uzumaki-san —Alzó la barbilla con un gesto imperioso. Era obvio que le parecía una vergüenza que yo ni siquiera le hubiera dicho cómo se llamaba mi acompañante—. ¿Es compañero de mi nieta en el hospital?

Tuve que reprimir las inmensas ganas que tenía de entornar la mirada sabiendo a la perfección a donde quería llegar.

—Oh, no señora, yo sólo acompaño a Ino al hospital.

Ella soltó un bufido cargado de desprecio.

—Si no es médico, entonces ¿qué es?

Naruto esbozó una sonrisa, y le dijo—: Un jōnin estándar. El próximo Hokage de esta aldea.

Por una vez en su vida, mi abuela pareció quedarse sin palabras. Yo misma me quedé boquiabierta porque no esperaba que añadiera aquello, aunque me recuperé de inmediato, Naruto nos miró con un brillo de diversión en los ojos y mi madre sonrió abiertamente.

—Ya veo —dijo mi abuela.

Yo estaba segura de que no veía nada, y de que era la primera vez en toda su vida que conocía a un jōnin que no fuésemos mi padre o yo. Me sorprendió un poco que no le pidiera que se apartara el pelo para poder verle los cuernos.

Naruto me miró a los ojos y su boca se curvó en una pequeña sonrisa. Se encogió un poco de hombros, y yo le devolví el gesto.

—¿Te gustaría acompañarnos a cenar esta noche, Naruto-kun? —preguntó mi madre cuando el silencio se prolongó demasiado.

—Muchas gracias, pero tal vez otro día. La verdad salgo de misión esta tarde y debo prepararme.

Mi madre asintió y mi abuela giró el rostro para hacer más notoria su mueca de desdén antes de que nos dejaran seguir nuestro camino. Abrí la boca en un par de ocasiones para disculparme con Naruto por la actitud de mi abuela, pero las palabras nunca terminaron de salir de mis labios, ni siquiera cuando nos detuvimos en la entrada del hospital.

—Te veré cuando vuelva, ¿si? —Dijo él a modo de despedida con una sonrisa antes de dejar un casto beso sobre mi mejilla y entonces lo vi alejarse para seguir su camino hacia la oficina de la Hokage.

El siguiente par de semanas transcurrieron a una velocidad más lenta de la que usualmente habría imaginado, pero eso comenzaba a hacerse costumbre cuando se trataba de estar separada de Naruto.

Me enfoqué en el trabajo tanto como me fue posible con tal de no pasar en casa más tiempo del necesario, en especial si eso implicaba pasarlo con mi abuela. Ella no había mencionado nada frente a mí, pero estoy segura de que en alguna ocasión debió haberle dicho a mi madre sus opiniones sobre Naruto. No es como si me importara o temiera una reacción desfavorable por parte de ella. Es decir, mi madre al igual que mi padre sabían la calidad de shinobi y ser humano que era Naruto, lo había demostrado convirtiéndose en la pieza clave durante la guerra y se había ganado el respeto de todos en la aldea, incluido el de ellos. Pero además, casi podía jurar de que mi padre ya la había prevenido sobre mi relación con él después de que me pidiera conocerlo. Eran pocos los secretos que había entre ellos, eso también lo sabía.

Al final, como un intento de llenar mis horas fuera de casa, también había ampliado mi horario de entrenamiento y además me había incluido en la organización de los exámenes chūnin próximos como la encargada del servicio médico destinado para esas fechas. Eso me había hecho pasar más tiempo con Sakura y Haruhi, algo que no me había dado cuenta de que necesitaba sino hasta que sucedió. Si bien nunca había tenido problemas para socializar, era muy evidente que en los últimos años había hecho hasta lo imposible para evitar las salidas en grupo, pero ahora estaba algo más dispuesta a volver a interactuar como lo había hecho hacía tiempo atrás.

Aquella mañana estábamos algo cortos de personal en el hospital. Como solía ocurrir cada cierto tiempo, los regresos de múltiples escuadrones ninja se empalmaban en un mismo día y era parte del protocolo que unidades médicas salieran a sus encuentros a pocos kilómetros de la aldea para asegurarnos de darles atención pronta en caso de ser requerida. No era muy común que yo participara en ello, es decir, atendía urgencias que llegaban al hospital, pero mis límites parecían encontrarse en los de la aldea, aunque cuando me indicaron que encabezara una unidad para posible tratamiento crítico, no pude negarme.

Tras reunirme con Haruhi y otros dos ninja médico, fuimos a las puertas principales para informar nuestra salida autorizada y emprendimos el camino sobre la ruta establecida de acuerdo con el último reporte del equipo. No pasó más de una hora antes de que diminutas siluetas comenzaran a tomar forma a lo lejos. La distintiva cabellera rubia de Naruto fue suficiente para saber cuál era el escuadrón shinobi que debíamos recibir. Él había ido de misión en compañía de Kakashi-sensei y Shikamaru, pero a la distancia, únicamente podía ver al primero junto a él.

Un golpe seco en el pecho me obligó a ponerme en movimiento tan pronto como vi que Shikamaru era cargado en la espalda de Naruto, al parecer inconsciente. No, yo sabía que estaba inconsciente. Porque no había manera en el mundo que Shika aceptara viajar así sin existir un verdadero motivo.

Llegamos hasta ellos en cuestión de segundos, escuché a Haruhi preguntar qué había ocurrido, pero no distinguí la respuesta que Kakashi le daba ni tampoco reparé en las heridas superficiales que tenían él y Naruto; estaba demasiado ocupada examinando a Shikamaru ahora que habíamos conseguido recostarlo sobre la camilla pórtatil. Necesitábamos estabilizarlo antes de intentar moverlo. Había demasiada sangre sobre él, su sangre. Estaba pálido, su pecho se movía con dificultad y al sentir su pulso en el cuello, éste apenas se mantenía. Rápidamente supe que el problema no eran las heridas que alcanzábamos a ver sino las internas.

Entonces dejó de respirar y eso confirmó mis sospechas.

La voz titubeante de alguien diciendo cosas intelegibles me crispó los nervios haciéndome realmente desear gritarle que se callara hasta que me di cuenta de que quien murmuraba era yo. Las manos me temblaron de más y no tuve la fuerza suficiente como para presionar una aguja entre sus costillas para liberar el aire que colapsó su pulmón derecho así que uno de los ninja médico que iban conmigo tuvo que hacerlo en mi lugar. Sangre oscura empezó a brotar del tubo que le insertamos, salpicándome la bata del uniforme, y mi primer impulso fue sostener su mano y dejar fluir mi chakra hacia él para así detener el sangrado y la inflamación de sus órganos.

Ni siquiera me di cuenta del momento en que llegamos al hospital. Fueron los minutos más largos de mi vida. O casi. Sólo podía pensar en Shika y en la estúpida discusión que habíamos tenido hacía semanas. Me repetía que debí arreglar las cosas cuando supe que iba a salir de misión con Naruto hacia una zona de conflicto en el norte, que debí de haberlo buscado, debí aceptar su ofrecimiento para acompañarlo a misiones de tal riesgo, debí… debí…

—¡Su pulso está cayendo! —Escuché a alguien alarmar con urgencia.

No, no, no, la palabra se reproducía en mi cabeza como un metrónomo, inútil. ¿Qué había hecho?

La culpa es un enemigo cruel, el más silente de todos los shinobis. Aparece con sigilo, respirando en tu nuca y jamás te das cuenta de que está ahí sino hasta que sientes el frío de su navaja contra la garganta, lista para hacerte sangrar.

—Ino, dije que lo sueltes —Me ordenó Shizune con un tono que rara vez había utilizado cuando se dirigía hacia mí.

Ni siquiera me había dado cuenta que mi mano ensangrentada estaba aferrada con la fuerza a la de Shikamaru. Bajé la mirada hacia ahí, pero por más que intentaba hacer que mis dedos liberaran los ajenos, simplemente no conseguía hacer que obedecieran. Quería decirle que yo debía entrar al quirófano con ellos, que era mi mejor amigo y que podía ser útil, pero ni siquiera podía abrir la boca para respirar.

Una mano firme tomó la mía por la muñeca y tiró de ella, mi agarre cedió por fin.

—Tsunade-sama…

El dolor que tenía en el pecho estalló y suplantó el lugar del pánico. Mi pulso destrozó la calma que debía estar mostrando, pero al parecer nada más que el shock estaba escrito en mi rostro.

—Tienes que dejarlo ir, Ino. —Fue su estocada final antes de desaparecer tras las puertas de aquel quirófano siguiendo la camilla.

Por un segundo, tan largo que bien podría haber sido una eternidad en realidad, todo fue un frágil silencio. No había ni siquiera el sonido de una respiración cerca, aunque tal vez eso se debía a que el aire había quedado contenido en lo más profundo de mis pulmones y se negaba a encontrar el camino de salida.

Y entonces, tan delicada y fugaz como se antojaba la atmósfera a mi alrededor, algo comenzó a desquebrajarse en mi interior. No de la manera en que se rompe un cristal al ser golpeado por una roca, o una taza al alcanzar el piso desde la alacena. Por el contrario, fue la abertura de algo que había creído sellado para siempre, como el arreglo en una presa que finalmente comienza a ceder ante la presión del agua, reagrietándose no sólo a través del hueco inicial sino creando fracturas nuevas en la superficie, grietas que iban ampliándose por todo mi ser mientras mis ojos se mantenían fijos en mis manos manchadas de sangre.

La sangre de mi mejor amigo. De alguien a quien yo amaba. Otra vez.

—¿Ino?

—¿Senpai?

De repente, era como si me encontrara inmersa en un sueño, una terrible ilusión onírica en la que todo se desdibujaba a mi alrededor. Donde las paredes del hospital daban cabida a una niebla borrosa y donde la voz de Naruto y la de mi compañera de trabajo sonaban como si estuvieran al otro lado del túnel más largo del mundo.

Sentía una opresión en el pecho como hacía mucho tiempo no la había sentido, un viejo fantasma que se materializó en forma de recuerdos que revivían en mi mente como una película proyectada justo delante de mí, una de la que yo conocía el final y que no importaba cuánto tiempo ni todos mis intentos por escapar, siempre terminaba volviendo.

Había querido creer que podía mantenerlo bajo control, que podía seguir adelante sin preocuparme de ello si me mantenía alejada lo suficiente de todo, hasta el más mínimo detalle, que pudiera recordármelo. Pero había fallado al final. La sangre endureciéndose contra mi piel era un recordatorio constante.

Tienes que dejarlo ir, Ino, escuché mientras huía de ahí caminando a paso firme por las calles de Konoha, con la bata de médico y las manos cubiertas de sangre, completamente ajena a las miradas que atraía sobre mí.

Tienes que dejarlo ir, Ino, escuché mientras me las arreglaba para sacar la llave de la maceta de peonías que decoraba la entrada de mi casa y giraba el picaporte para entrar a un hogar vacío.

El llamado a la puerta me provocó un sobresalto, pero no me moví del vestíbulo.

—Ino, por favor, déjame entrar —me dijo Naruto, mientras movía el pomo de la puerta.

Respiré hondo antes de contestarle.

—Déjame sola, por favor. —No respondió así que me volví hacia la madera, y dije: — ¿Naruto?

Sabía que estaba allí, pero lo pregunté de todas formas. Al ver que no intentaba abrir, me lo imaginé al otro lado de la puerta y posé la palma de la mano sobre la madera como si pudiera tocarlo a través de ella. Apoyé la frente también, y cerré los ojos.

—Sigo aquí. —me dijo.

Tuve que tragar con fuerza antes de poder hablar.

—Necesito que te vayas, Naruto.

—Ino...

No me preguntó por qué, y yo no quise decírselo. ¿Qué iba a decirle, que me resultaba más fácil cargar sola con el peso de la vergüenza y la culpa? ¿Que en aquel momento no podía soportar mirarlo a la cara sabiendo que él era consciente de la clase de enorme desastre que era, una completa fracasada que no podía hacer lo mínimo por las personas que amaba?

—No quieres que me vaya —la seguridad de su voz era un consuelo que podía destrozarme si lo aceptaba.

Tragué saliva con dificultad y me humedecí los labios.

—Eso no va a funcionar esta vez. Naruto. Quiero que te vayas, por favor... lo necesito —Supliqué.

—No tienes por qué estar sola —me dijo.

—Pero quiero estarlo.

No contestó y finalmente tras una eternidad, sentí su chakra desaparecer.

Mis piernas flaquearon en ese instante y en un intento por no perder el equilibrio, mi codo hizo contacto con la pequeña mesa que decoraba el recibidor. El simple movimiento hizo caer el florero que había encima de ella con un sonido atronador que me congeló en mi sitio. Como el de una explosión.

El de esa explosión.

El terror se detonó a lo largo de mi espina dorsal como si estuviera en ese momento de nuevo, un destello de luz borró el vestíbulo a mi alrededor y, una vez que el recuerdo afloró hasta la superficie de mi mente, entonces no pude parar.

¡Ino, cuidado! —Le escuché decir un parpadeo antes de que todo a nuestro alrededor temblara haciéndome perder el equilibrio. La alarma en su tono usualmente tranquilo me obligó a girar el rostro en su dirección, pero sentí su brazo empujarme con fuerza, la suficiente como para lanzarme lejos del alcance de aquella trampa.

Mi cabeza golpeó de lleno contra el costado de una enorme piedra y durante unos segundos todo fue un vacío negro rodeándome.

La nube de humo y polvo comenzó a ceder muy despacio, dando paso a la claridad que me permitió ver el verdadero grado de devastación. Los árboles entre los que habíamos estado deslizándonos se hallaban convertidos en troncos dispersos aquí y allá, algunos con pequeñas llamas devorando lo que un segundo atrás había sido su follaje, otros siendo fragmentos enclavados en el suelo gracias a las raíces y asomándose como restos puntiagudos que decoraban el inesperado claro en el que el bosque se había convertido tras aquella explosión.

No podía gritar, apenas podía respirar en medio de aquella espesa nube, pero mis ojos encontraron lo que estaba buscando tan pronto como reconocí la silueta de mi compañero de misión a algunos metros de mí. Tenía las piernas parcialmente ocultas debajo del grueso tronco de un pino y tosía con fuerza en busca de recuperar el aliento.

I-Izumo

Sus ojos oscuros siguieron el sonido de mi voz y la expresión en su rostro se suavizó por el alivio de verme casi ilesa, aunque yo podía sentir el tibio río de sangre correr a lo largo de mi rostro desde algún lugar de mi frente.

No lo vi… debí… debí saber que tendrían una trampa… no… no lo vi.

Shh, tranquilo. No importa, ¿si? —Intenté calmarlo mientras intentaba quitar de su piel la capa de polvo que le daba un aspecto pálido y avejentado, a pesar de que nunca había considerado la diferencia de años entre ambos. ¿Cómo podía creer que era el culpable? Yo iba al frente. Yo debí poner atención. —Déjame echarle un vistazo —pedí al notar que una de sus piernas sangraba cerca de su cadera.

Intenté en vano mover el par de troncos que lo aprisionaban, no podía hacerlo sola. Y mi mente me exigió actuar rápido cuando comenzó a desplazar ante mí todos los peligros que ocurrían cuando un miembro quedaba atrapado por mucho tiempo.

¡Lo siento, lo siento! —Dije cuando recibí el primer grito desgarrador de su parte. —Tengo que…

Tiré de él otra vez haciendo caso omiso a sus gritos porque aunque sabía que debía dolerle como el demonio, sacarlo de ahí era más importante. Realmente necesitaba sacarlo de ahí. No sólo por sus heridas, mucho más graves de lo que aparentaban ser, lo sabía. Sino porque estábamos en territorio hóstil y si nuestros enemigos se encontraban lo bastante cerca como para escuchar la detonación de su trampa, entonces podrían regresar en cualquier momento.

Hice un nuevo intento, imprimiendo algo más de fuerza, y entonces noté la mancha oscura que comenzó a humedecer la tierra bajo su espalda.

Me acerqué para echar un vistazo a profundidad y vi que justo al final de sus costillas, un pedazo de madera parecía fundirse entre el nivel del suelo y su chaleco.

"No, no, no, no…"

Tiré de él junto con el trozo de madera con la esperanza de que se tratara de un fragmento de tronco y desgarré la piel de mi palma derecha en el proceso. No importó. Un nuevo grito acompañado de la resistencia férrea del suelo me hicieron saber que no era la rama de un árbol lo que tenía incrustado, sino una raíz. Un segundo después, el sangrado se hizo más profuso debido a mi negligente intento de remoción, así que puse mi mano lacerada sobre su abdomen, ignorando el ardor de mi propia herida, y deje fluir mi chakra en su interior y a través de él con la intención de ser un parche energético que impidiera que se desangrara.

Okay, okay… sólo… sólo tenemos que aguantar un poco, ¿si? —Le animé buscando su mirada mientras intentaba mostrarme calmada. —Mi padre se dará cuenta de que estamos retrasados y enviará un escuadrón. Sólo… sólo hay que esperar…

Pero aquello fue más fácil de decir que de suceder.

Las horas comenzaron a pasar a una velocidad que me hizo dudar de que realmente hubiera sido mediodía cuando nos habíamos quedado varados en aquel lugar, y cuando el cielo desvaneció sus tonalidades rojizas en colores púrpuras y azules demasiado oscuros, mi esperanza alcanzó el nivel más bajo que había tenido en toda mi existencia junto con la temperatura a nuestro alrededor.

Aun así, me negué a rendirme. Y me negué a dejarlo rendirse a él también.

En mi intento por mantenerlo consciente, le hablé de cómo habían sido mis primeros días en el equipo genin con Shikamaru y Choji, y él a cambio me contó cómo se había hecho mejor amigo de Hagane Kotetsu. Reímos juntos cuando recordamos aquella primera conversación real que tuvimos, cuando él había entrado a la florería y me había pedido consejos sobre qué flores eran apropiadas para regalarle a una chica triste y sus torpes intentos de parecer desinteresado cuando dicha chica resultaba ser yo. Sonrió de manera especial cuando le recordé que él había sido la primera persona en hacerme sonreír sinceramente desde la muerte de Asuma-sensei y él se disculpó por enésima vez por no haber conseguido ser de ayuda para evitar que lo asesinaran. Le confesé que me había enamorado de su estúpida sonrisa avergonzada y de la manera en que se sonrojaba cuando lo miraba fijamente. Había sido entrañable ver a un shinobi como él perder la compostura sólo porque estaba cerca.

Por fin le dije a mi padre que estamos saliendo, aunque sospecho que ya lo sabía desde hace mucho —confesé en un suspiro. Nuestra relación había sido un secreto a voces en los últimos meses, o eso suponía yo porque incluso Sakura me había dado un montón de indirectas en las que 'para el amor no había edades' como si fuera la cosa más natural del mundo.

Él sonrió de lado.

Te gané. Le dije a Kotetsu hace tres semanas. ¿Y sabes que me dijo? Que era un completo estúpido.

¿En serio?

Él asintió.

También me acusó de ser un corruptor de menores, o más bien lo gritó frente a todos en el restaurante de dango —Lo vi hacer una pequeña mueca mientras recordaba, aunque yo no pude evitar reír un poco al imaginarme aquello. —Pero le dije que no habíamos llegado tan lejos todavía.

Me incliné para dejar un beso en sus labios y acaricié su mejilla con el pulgar de mi mano antes de aferrar el mango de un kunai, teniendo al mismo tiempo cuidado de no levantar la mano que tenía descansando sobre su abdomen.

Incontables anécdotas continuaron fluyendo entre nosotros, algunas más felices que otras, la mayoría últimamente más tristes de lo que nos hubiera gustado, pero ambos confiábamos en que el mundo iba a cambiar y los días de paz llegarían pronto. Estábamos peleando en medio de una guerra buscando eso, después de todo.

Nuestra misión había sido salir a conseguir información de inteligencia realmente valiosa y lo habíamos logrado. Casi.

Quizás hubiera sido mejor que no hubiera dejado que él fuera mi acompañante. Comenzaba a creer que ese había sido el verdadero error.

No te duermas, Izumo. —Volví a decir cuando sus párpados comenzaron a cerrarse. —No… no se te ocurra dormirte.

Él parpadeó buscando alejar el cansancio, o al menos eso creí hasta que me di cuenta de lo desorientado que parecía. Llevaba las últimas horas así. Desde que el color de su piel había empezado a desvanecerse mientras se enfriaba y su pecho subía y bajaba cada vez con mayor dificultad.

Tienes… tienes que dejarme ir, Ino. —El temblor en su voz me provocó escalofríos. No había sido difícil para él darse cuenta de que si seguía vivo era debido a mi chakra bloqueando sus heridas.

Basta, deja de pedirlo. —Ésta era la quinta vez. —Alguien vendrá. Nos van a ayudar.

"Mi padre sabrá que nos hemos retrasado, enviará a alguien, saldremos de aquí y todo estará bien…", intenté convencerme a mí misma, cada vez con menor resolución.

Llevas horas repitiendo eso. Pero nadie vendrá porque nadie sabe que estamos aquí.

¡No! ¡Deja de hablar! —Presioné un poco más mi mano sobre él e incrementé el flujo de mi chakra aunque sólo me provoqué una nueva dosis de dolor en la palma herida y no había mucha diferencia porque llevaba horas haciéndolo y mis reservas de energía estaban llegando a su límite.

Ino, ya basta. —Dijo firme de repente. —Suéltame.

Soltó un gemido ahogado y su mano ensangrentada comenzó a luchar para quitar la mía de su cuerpo. Pensé que a estas alturas no tendría fuerzas, pero su resistencia me obligó a soltar el kunai con el que pensaba defendernos y poner ambas manos sobre él para mantenerlo quieto. Me estremecí ante el contacto de su piel, estaba helado, pero me negué a ceder.

No, no… por favor, no me pidas eso. —Supliqué buscando su mirada bajo la pálida luz de la luna que evitaba que nos quedáramos sumidos en la oscuridad cada vez menos absoluta. Sentí algo cálido en mi rostro. ¿Estaba llorando? No podía estar llorando. Se suponía que debía ser fuerte por ambos. Pero entonces el primer gimoteo se escurrió entre mis labios y más sollozos siguieron después.

El tiempo se nos estaba acabando, lo sabía. Con tal certeza que dolía más que cualquier herida física que hubiese sufrido.

Ino… Ino… escúchame. —Puso su mano en mi mejilla y me obligó a mirarlo. Su cabello castaño se había adherido a su frente producto de la sangre seca y ahora tenía un tono más oscuro al usual. —Está por amanecer. No… no puedo aguantar más, tú ya casi no tienes chakra y el enemigo puede seguir cerca… no vale la pena que los dos muramos aquí, tienes… tienes que dejarme ir.

P-pero

Por-por favor… esto duele demasiado. —Una tos húmeda ahogó un gemido en su garganta y casi pude ver sus ojos humedecidos por las lágrimas. Comencé a temblar sin poder evitarlo. —Por favor, mírame. —Lo hice y él intentó sonreír mientras se esforzaba para levantar su mano y acariciar mi rostro. —Tranquila, tienes que hacerlo. No puedo obligarte, ¿si? Tienes que hacerlo tú, por favor. Ya… ya no puedo más. Tienes que hacerlo. Hazlo.

Lo miré por tanto tiempo como fue posible, como si quisiera que mi cerebro terminara por asimilar lo que estaba a punto de suceder. Lo que sabía que en el fondo debía hacer. Sabía que de haber sido otra persona, alguien a quien no conociera, probablemente habría actuado de manera distinta hacía mucho tiempo. Pero era él. Izumo. El hombre con el que había estado saliendo los últimos meses. De quien me había enamorado como una tonta antes de darme cuenta.

Ojalá se lo hubiera dicho antes. Ojalá él me lo hubiera dicho antes.

En el fondo de mi corazón había deseado no haberlo dejado entrar el día de la muerte de Asuma-sensei porque mi madre siempre me había dicho que las cosas que mal empezaban, mal terminaban y ese inicio triste entre nosotros parecía estar marcando nuestro final también.

Entonces me incliné sobre él y besé sus labios tan lenta y delicadamente como fue posible mientras trataba de ignorar su tacto ríspido y la frialdad que había en ellos. Despacio volví a enderezarme y dejé de apoyar la mano sobre su abdomen para entrelazar mis dedos con los suyos y así de a poco fui disminuyendo el flujo de mi chakra entre nosotros.

Su sangre comenzó a fluir con libertad desde la herida en su pierna, su abdomen y el resto de sus heridas ahora que la barrera se había debilitado y la sentí humedecerme las rodillas y las manos, pero me negué a apartarme. Mantuve la mirada fija en su rostro, detallando cada uno de sus rasgos porque no quería olvidarlos, y acaricié los mechones de su cabello oscuro con ternura. Él me dedicó una pálida sonrisa triste y yo le devolví el gesto. El subir y bajar de su pecho se alentó y cuando finalmente cesó al cabo de un instante, contuve el aliento. Su agarre entre mis dedos languideció también y todo quedó en silencio a mi alrededor.

"Él se ha ido", susurró una voz en lo más profundo de mi mente.

La certeza llegó a mí tan abruptamente que casi me desmayé. Una dolorosa presión comenzó a crecer en mi pecho, impidiéndome respirar con normalidad y subió a través de mi garganta, perdiéndose entre mis labios trémulos. Apreté sus dedos con fuerza, como si eso fuera a ocasionar alguna reacción en el cuerpo inerte que ahora yacía ante mí, y las lágrimas nublaron mi visión cuando apoyé la frente sobre su pecho inmóvil.

Estaban por caer, podía sentirlo.

Y justo cuando estaba a punto de suceder, una mano tibia se posó en mi hombro y las ahuyentó de golpe.

Ino

Alcé el rostro atónita y me encontré con Shikamaru y Chouji acompañados de otros dos shinobis que no reconocí. Realmente ellos estaban ahí.

Ino, ¿estás bien? ¿estás herida?

Mi labio inferior tembló con mayor intensidad, pero yo no podía emitir sonido alguno. En completo shock, bajé la mirada hacia Izumo y entonces un jadeo escapó de mis labios cuando comencé a comprender la magnitud de lo que sucedía: la ayuda había llegado, tal y como yo tanto dije que sucedería, pero eso ya no importaba.

Porque él acababa de irse.

Contra todo mi buen juicio, yo lo había dejado irse y había dejado que se llevara un montón de partes importantes de mí.

Si tan sólo hubiera aguantado un poco más…

Si tan sólo hubiera sido más fuerte…

Si tan sólo…

En medio del silencio y la soledad, pude sentir que aquel recuerdo me quebraba por fin y apenas logré abrazar mis propias costillas antes de sentir los pedazos de mi interior colarse hasta dejarme hecha añicos.

Me dolía el pecho, pero no tenía ganas de llorar. No había derramado una sola lágrima en los últimos ocho años. Ni una sola. Pensé que ése era el momento en que cambiaría, sentía el escozor irritar mis ojos como lo había sentido muchas veces, la humedad comenzando a formarse en los bordes de mis párpados. Cerré los ojos a la espera de que la primera lágrima cayera, no pedía más que eso, realmente necesitándolo; pero entonces, igual que muchas veces antes, nada sucedió.

Solté una maldición para mis adentros, odiándome realmente por ser tan maldita y negarme a mí misma el alivio de una simple lágrima.

Entonces subí hasta el baño y pasé casi una hora lavándome las manos temblorosas dedo a dedo, enjuagándolas una y otra vez hasta que la piel me quedó enrojecida.

Pero al final, sin importar cuando las froté, la sangre siguió ahí junto con mi cicatriz, y yo sabía que ninguna de las dos se iría nunca más.

Pasé los siguientes días evitando a todo el mundo, incluso dejé de ir a trabajar y básicamente no salí de mi habitación para nada. Quise ir a ver a Shikamaru en varias ocasiones, sobre todo cuando mi madre me dijo que se encontraba estable aunque delicado y que todavía no despertaba; pero al final la culpa era demasiada que no podía pensar en los rostros de sus padres cuando me vieran. Se suponía que yo debía proteger a su hijo y había sido una completa inútil. En realidad, a quien más traté de evitar fue a Naruto. No quería ver que algo había cambiado en sus ojos cuando me miraba.

—No puedo seguir viéndote —le dije al fin, cuando lo descubrí esperándome sentado en la baranda de mi pequeño balcón. Recordar que ese comportamiento era uno de los sellos personales de Shikamaru volvió la situación aún peor—. Lo siento, pero soy incapaz. No puedo afrontar lo nuestro, lo intenté pero... no puedo.

Lo vi agachar la mirada y soltar una suave exhalación derrotada.

—No sé qué quieres que te diga. Ino.

—Que te parece bien.

—No puedo decir eso, porque no es verdad —me dijo con voz un poco más seca, el viento agitando suavemente las puntas doradas de su cabello—. Si quieres terminar conmigo, adelante, pero no pienso facilitarte las cosas.

—¡No estoy pidiéndote que me facilites nada! —le dije con furia, mientras empezaba a pasear de un lado a otro.

—Es justo lo que estás pidiendo.

—¡Bien, pues hazlo!

—No —me dijo después de unos segundos que me parecieron interminables—. No puedo, Ino.

Detuve mis pasos y quedé de frente a él, mirándonos fijamente en completo silencio. En aquel momento, por fin acepté que no sólo nos separaba esa escasa distancia entre ambos.

—Lo siento. —Musité abrazándome a mí misma para así ocultar el temblor que no había abandonado mis manos desde hacía días.

—Sí, yo también.

Quería marcharme, pero fui incapaz así que esperé que él lo hiciera primero.

—Adiós, Naruto.

—No tienes por qué estar sola. —se apresuró a decir en lugar de despedirse. —Ya sé que crees que no tienes otra opción, pero estás equivocada. Avísame cuando cambies de idea.

—No lo haré.

Se bajó de la baranda y avanzó un paso hacia mí, pero se detuvo cuando hice el amago de alejarme.

—Quieres hacerlo, Ino. Sé que quieres cambiar de idea.

Como no pude negar que lo que estaba diciéndome era cierto, di vuelta para entrar a mi habitación y cerré la puerta.

Lo dejé marchar, dejé que se alejara de mí. Me convencí a mí misma de que era lo mejor, me dije que era mejor decirle adiós a algo antes de darle tiempo a germinar.

Las grietas en mi interior se hicieron más grandes cuando dejé de sentir su chakra cerca, el dolor me consumía pero me castigué diciéndome que no tenía tiempo para nada más.

«Continuará…»


¡Hola, mundo!

Ya sé que ha pasado mucho tiempo, pero lo prometido es deuda y aquí estuvo el nuevo capítulo de esta historia, por fin develando muchas cosas que habían quedado vagas en los anteriores y sí, por si se lo preguntan, estamos ya muy cerca del final (dos capítulos más si no me equivoco).

En fin, les agradezco infinitamente por todo su apoyo a manera de reviews, PM's, alertas y follows, además de su paciencia con esta ficker mega lenta.

¡Hasta la próxima!