Disclaimer: creo que la misma palabra lo define todo: fanfiction
(Nada de Naruto y sus personajes me pertenece salvo las candentes escenas producto de mi imaginaci
ón como efecto de la cafeína)


Después de la lluvia

Capítulo 8


—Perdona que te lo diga, senpai, pero pareces una mierda pinchada en un palo.

Esas palabras me dieron la bienvenida cuando aparecí en la estación de enfermeras aquella mañana luego de una de mis alocadas, y poco sanas, guardias nocturnas. No resultó difícil regresar días después al hospital luego de mi ausencia injustificada porque todo el mundo asumió que había entrado en crisis por ver a Shikamaru tan malherido. Como si fuera la primera vez que tenía a un ser querido desangrándose en mis brazos...

Era experta en dejar que la culpa de mis acciones recayera en otras personas, así que eso fue lo que hice. Fue lo más sencillo.

—Caray, Haruhi, muchas gracias.

Rodeé el escritorio en la estación de enfermeras y comencé a buscar las carpetas que contenían los expedientes de mis pacientes de aquel día mientras fingía no prestar atención a las miradas preocupadas de Haruhi y Sakura siguiendo con toda su atención mis movimientos.

—No puedes culparla por decirlo, ¿cuándo fue la última vez que dormiste fuera de aquí?

—Ayer… —Fruncí el ceño—. No, espera… Hoy es miércoles, ¿verdad?

—Viernes. —Me corrigió Sakura. Yo ignoré su tono irritado.

—Oh, en ese caso, fue hace tres días.

Continué con mi tarea de apilar carpetas sobre el mesón como si aquello no fuera la gran cosa. Volví a sentir el peso de sus miradas, pero no alcé la cabeza; sin embargo, parecía que ni Sakura ni Haruhi estaban dispuestas a dejarse amilanar por una técnica tan simple como la de evitar el contacto visual.

—Ya sabes que puedes hablar con nosotras si lo necesitas, sobre lo que sea.

—Gracias, pero quedarme a hacer un par de turnos extra aquí no me matará.

No fue su preocupación lo que hizo que mirara a Sakura, sino el suspiro de impaciencia que soltó después.

—No estaba hablando de tu desastroso horario de trabajo, Ino.

—¿No?

Negó con la cabeza.

Hubo un intercambio silencioso de miradas entre ellas que yo pretendí no haber notado.

—Hablé con Naruto el otro día.

Yo me congelé a medio pasar de página y, como no contesté, me fijó con la mirada de sus brillantes ojos verdes. Llevaba un ligero toque de brillo labial, que yo ya había atañido a que estaba viéndose con alguien aunque no había tenido oportunidad de interrogarla al respecto. Ahora que lo pensaba, últimamente pasaba mucho tiempo en el hospital.

Al ver que su boca se tensaba un poco por mi silencio, me preparé para el sermón que se avecinaba.

—Me dijo que habían terminado y que tú no querías volver a saber nada más de él.

Intenté reír, lo intenté de verdad, pero de mis labios salió un extraño sonido estrangulado.

—¿Te dijo que habíamos terminado?

—¿Es cierto?

—Nosotros no estábamos...

—Ino —posó la mano sobre la mía y yo dejé a un lado el bolígrafo con el que iba a empezar a escribir—, ¿qué pasó?

Pude notar la mirada de Haruhi fija en mi rostro también y la preocupación de ambas casi me traspasa como una navaja a una hoja de papel. Ni siquiera iba a empezar a preguntarme desde cuándo habían planeado esta intervención o cuánto tiempo llevaban sabiendo lo que había entre Naruto y yo.

Miré a Sakura a los ojos y le dije con firmeza:

—No quiero hablar del tema.

—De acuerdo.

Regresé a mi tarea de revisar expedientes. Ahora pasaba las hojas con un mayor ahínco aunque, en realidad, ni siquiera estaba prestando atención real a lo que leía.

—Y aunque tuviera algo que decir al respecto... que no es el caso, por supuesto... no quiero hablar del tema. —Mi boca no suele ganarle la partida a mi mente, pero en aquella ocasión no pude contenerla. Cuanto más hablaba, más quería decir. Necesitaba explicarme, negar, postular, considerar, justificarme porque si había alguien que conocía a Naruto mejor que nadie, ésa era Sakura.

Por una vez, ambas permanecieron en silencio y se limitaron a escuchar.

—No era mi novio, sólo nos veíamos de vez en cuando para pasar un buen rato. No tengo relaciones serias, se lo dije desde el principio. Se lo dejé muy claro y él estuvo de acuerdo —Las palabras caían, se dividían y se ramificaban como gotas deslizándose por una ventana, siempre aparecían más cuando parecía que estaban a punto de acabarse—. No tengo la culpa de que me malinterpretara, fui muy sincera con él. Siempre lo fui, desde el principio, y él lo sabía. Los dos lo sabíamos. Y ahora se ha acabado, pero... ¿puede acabarse algo que ni siquiera ha empezado?

—Dímelo tú —Sakura inclinó la cabeza hacia un lado y me miró con calma.

—Sí —le dije con firmeza—. Digo... no.

Esbozó una sonrisa y me dijo:

—Ino... ¿por qué tienes tanto miedo? ¿Qué tiene de malo ser feliz?

Al principio, no supe qué contestarle. De repente sentía la boca extremadamente seca y una pesada piedra hundida en el estómago a pesar de que había pasado casi medio día desde la última vez que había comido algo.

Haruhi se adelantó un paso para quedar a la misma distancia que Sakura y me ofreció una sonrisa comprensiva que, contra toda lógica, me crispó los nervios.

—Oye, ya sé que no soy la reina de los buenos consejos. He tenido un montón de novios, y no sé si eso es mejor que no tener ninguno. Pero tengo muy clara una cosa: cuando encuentras a alguien que te hace reír y sonreír, que hace que te sientas segura... no deberías dejar que se te escape por miedo.

Debí mantener la boca cerrada, pero no pude refrenarme de preguntar:

—¿Satoru es esa persona para ti?

—Sí —Su rostro reflejó la felicidad que sentía. Un par de pequeños hoyuelos aparecieron en sus mejillas cuando sonrió y era inconfundible el brillo en sus enormes ojos castaños.

—¿Y no te da miedo que lo suyo se acabe así, de repente?

—Claro que sí, pero prefiero disfrutar de algo maravilloso durante un tiempo a no tener nada nunca.

Presioné los labios en una línea recta esperando que no se notaran mis ganas de hacer una mueca, y me alejé un paso antes de decir:

—Gracias por el consejo, pero me parece que lo mío con Naruto se ha acabado.

—Es un buen hombre, Ino. ¿Por qué no le das otra oportunidad?

Oh, vaya. Ahora había pasado de ser "Sakura, mi amiga" a ser "Sakura, la amiga e intermediaria de Naruto".

Me sorprendió que diera por sentado que era yo la que tenía el derecho a darle algo.

—No hay nada que darle, no hizo nada malo. No fue él quien...

Minutos antes mi boca había soltado palabra tras palabra, pero en ese momento, mis labios se movieron y fui incapaz de hablar, ni siquiera sabía lo que quería decir. Afortunadamente, a mis amigas no les hizo falta que les dijera nada.

—Podrías buscarlo para hablar con él y solucionar las cosas.

Por un instante, aquella posibilidad me llenó de felicidad, pero mi entusiasmo se desvaneció de inmediato.

—No creo que sea buena idea, Haruhi.

—¿Por qué no? —Preguntó Sakura. Parecía decepcionada conmigo y eso me dolió más de lo que esperaba.

—¡Porque no tengo suficiente de mí misma para dárselo a alguien más, ¿de acuerdo?! Y, hasta que lo tenga, Naruto se merece algo mejor que una persona que sólo puede entregarse a medias.

Ella me observó en silencio durante unos segundos y yo comencé a sentir en la boca el conocido sabor amargo de la rabia. Rabia contra mí misma.

—A nadie le gustan los mártires, senpai.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Tomé la carpeta frente a mí y la dejé caer encima de la pila que estaba reservando con un fuerte golpe antes de apretar los puños. Pasé mi mirada del rostro de Haruhi al de Sakura varias veces. Yo tenía la respiración y el corazón acelerados, pero ellas se mantenían demasiado serenas.

—¿Por qué se ponen del lado de Naruto?, ¡se supone que son mis amigas! —les dije con voz trémula.

—No seríamos buenas amigas si no intentáramos ayudarte...

—¿Creen que así me ayudan?

—Sí.

—No sabes nada sobre mí. —Le gruñí a Haruhi porque había sido ella quien había respondido.

—¿Y quién tiene la culpa de eso?

Mi mente se debatía entre la furia y la desesperación. Retrocedí un poco y alcé las manos como sí quisiera apartarlas de mí.

—Mira, cuando una se enamora, todo lo demás no desaparece como por arte de magia, Haruhi. Lo de encontrar al príncipe de brillante armadura pertenece a los cuentos. No cambia nada, y en caso de que cambie, estás engañándote a ti misma. Me alegra que conocieras a Satoru, felicidades, espero que vivan felices para siempre. Pero no es real, ¿entiendes? Sólo es un sueño. El amor no hace que todo se vuelva de color rosa como una jodida varita mágica, no cambia las cosas de golpe, no es decir: "¡Nos amamos, qué bien! Ven, vamos a correr agarrados de la mano por un jodido prado lleno de flores".

Mi voz destilaba un veneno que me corroía en la garganta, pero que una vez que había comenzado a brotar, sencillamente no había podido detenerlo. Ambas estaban mirándome boquiabiertas, pero sólo pude enfocarme en el rostro de Haruhi, en la forma en que parpadeó con rapidez, y tendría que haberme sentido avergonzada de mí misma al ver que tenía los ojos llenos de lágrimas.

La voz de Sakura claramente ofuscada hizo que la mirara.

—¿Y qué pasa si es así, Ino? ¿Qué pasa si al enamorarse todo parece mejor? ¿Acaso es un crimen? ¿Es un pecado dejar que alguien te ayude un poco de vez en cuando? —Me cuestionó mientras sus ojos ardían con intensidad. —Pero no, tú tienes que ser una jodida mártir que carga con todo a sus espaldas. Sigue odiándote a ti misma para que los demás también lo hagan, ¿okay? Sigue así de desdichada porque te da demasiado miedo dejar a un lado el pasado. Por todo el cielo, ¿es que no quieres ser feliz?

—¡Claro que quiero ser feliz, pero no intenten servirme a Naruto en bandeja de plata para convencerme de que es la solución mágica a mis problemas! El amor verdadero no va a transformarme, ¿si? No todos somos como ella. —Sentencié apuntando a Haruhi, quien sólo se encogió un poco más.

—Sólo intentamos ayudarte.

Su voz trémula me hizo sentir como la basura más grande del planeta porque con unas simples palabras yo le había robado la energía radiante que siempre emanaba.

—¡Ya lo sé! Pero… —Respiré hondo antes de añadir—: Miren, se los agradezco, de verdad, pero esto es problema mío. No tiene nada que ver con Naruto, no es algo que él hiciera o dejara de hacer. No está relacionado con él, se trata de algo que tengo que superar por mí misma.

—No tienes por qué hacerlo sola. Tienes amigos, gente que te quiere. Sea lo que sea, Ino.

Sabía que Sakura tenía razón, que tanto ella como Haruhi estaban dispuestas a escucharme, aconsejarme y a consolarme, que harían todo lo que estuviera en sus manos para ayudarme; pero la verdad era que lo que yo necesitaba era deshacerme de la infección que tenía dentro y que ya no podía seguir ocultando más, arrancármela si hacía falta. Abrir la herida, y limpiarla a fondo. El problema era que no tenía ni la más remota idea de cómo hacerlo.

Tomando otra respiración honda, abracé mi pila de carpetas al pecho y retrocedí un paso más.

—Debo trabajar. Las veo después.

Sakura me miró como si quisiera añadir algo más, pero al final lo único que le escuché fue un llano:

—Está bien.

Podría haber dicho algo para arreglar la situación tensa que se había creado entre las tres, pero fui incapaz de abrir la boca. Últimamente se me estaba dando mejor destruir que construir y eso fue lo que hice. Las dejé en la estación de enfermeras, y más tarde las vi comiendo junto al novio de Haruhi en una banca fuera del hospital. Estaban charlando y riendo, pero se callaron al verme pasar y Haruhi me sonrió como si apenas nos conociéramos.

Sakura y Haruhi estaban equivocadas. Yo no era una mártir; al menos, eso creía. No quería alardear de mi dolor ni hundirme en la autocompasión. Por eso jamás había hablado con nadie de lo que había pasado cuando Izumo había muerto. No quería que nadie excusara mis acciones presentes basándose en lo que me había pasado, no quería excusarme a mí misma por ello. En el mundo pasan cosas malas todo el tiempo, cosas incluso peores que las que yo había sufrido, y a menudo les suceden a las personas que menos lo merecen. Me había tomado un tiempo, pero al final había aceptado que todo lo que me había sucedido en el pasado eran solo piezas más de mí como un rompecabezas, de la persona en que me había convertido, pero no lo que me definía. No busqué justificaciones a mi comportamiento porque si lo hacía entonces era como admitir que mis acciones eran un error; y me destrozaría por completo asumir que había comenzado a equivocarme hacía mucho tiempo atrás.

Aunque sí tenían razón en algo: yo apartaba a la gente de mí, especialmente a las personas que consideraba más cercanas a mi corazón. Hacía mucho tiempo que me había dado cuenta de lo que hacía. Estaba tan aferrada a la idea de que ventilar mis remordimientos no iba a resolver el resto de mis problemas que ante la sola presencia de alguien que pudiera servirme de apoyo, yo simplemente lo empujaba lejos. Claro, había que admitir que mis problemas tampoco los había podido resolver la bebida ni el sexo.

El trabajo era lo único que me quedaba y fue a eso a lo que me aferré como si mi vida dependiera de ello. En cierto sentido, realmente lo hacía.

Después de la guerra, y buscando una mejor convivencia con el resto del País del Fuego, Tsunade había creído adecuado ampliar las posibilidades de servicio a otros ramos que no fueran la milicia y la seguridad; por eso había liberado el tránsito por la aldea y además había establecido campañas de servicios de salud y enseñanza a los pueblos que así lo solicitaran. Así que no era algo completamente extraño para mí dejar Konoha para ofrecer mis habilidades como ninja médico a las comunidades cercanas a la aldea.

Mi salida más reciente bajo aquel noble propósito me llevó a visitar a una familia a las afueras de Shukuba. Un niño tenía problemas respiratorios recurrentes y no podía hacer el viaje a Konoha, pues su madre trabajaba turnos extra para mantenerlos y su abuela era muy mayor para hacer el viaje con el pequeño cada mes. Así que era yo quien los visitaba puntualmente. Incluso ya no tenía que pedir autorización para salir de la aldea, pues se había convertido en una más de mis rutinas.

—El clima es más seco este año, así que aumentaremos la dosis del medicamento para ver cómo evoluciona en estos días, ¿de acuerdo? —Le informé a la anciana luego de terminar con mi revisión.

Deposité los frascos de medicación en las temblorosas manos de la mujer y le ofrecí una sonrisa comprensiva antes de despedirme, asegurando que volvería en cuanto tuviera oportunidad.

Me había sorprendido que el estado de salud del pequeño hubiera decaído tanto en comparación con el mes anterior, pero confiaba en que sólo fuera debido al cambio de estación. No quería ni pensar en la posibilidad de que nos estuviéramos acercando al punto de no retorno que yo tanto había temido desde la primera vez que había visitado aquella casa.

Tenía las mejores intenciones de volver a Konoha antes del anochecer, pero la sensación de vacío que me había acompañado en los últimos días dio paso a algo más cuando vi los cientos de luces de Shukuba brillando no muy lejos de donde me encontraba.

Aquella villa había surgido ante la necesidad de una parada para los viajeros y comerciantes cuando el acceso a Konoha había sido más restringido, así que no era sorpresa que la mayoría de las actividades económicas de sus habitantes estuvieran relacionadas con la hospedería, la comida y el entretenimiento. Y sí, también me refiero a ésa clase de entretenimiento.

Hasta hacía un par de años, yo había sido una asidua de esta zona en particular y había permitido que completos desconocidos me invitaran a una copa a cambio de un baile o de un poco de manoseo. A veces, muchas veces, les había hecho una paja o se las había chupado sin más porque descubrí lo fácil que era dejar de pensar mientras lo hacía. Me avergüenza admitir que el noble propósito de brindar atención médica de calidad a aquellos que la necesitaban sirvió también para crear mi ruta de escape cuando los nubarrones en mi cabeza eran demasiado densos como para ignorarlos.

Envuelta en una capa negra, oculté mi banda shinobi y el armamento oficial en el bolso que traía con mi equipo médico, y me interné en el distrito que destacaba por su ambiente de juerga. Mis pies se movían por voluntad propia, daban un paso tras otro sin que mi atención estuviera plenamente centrada en lo que me rodeaba, y no sé a ciencia cierta cuánto tiempo estuve vagando simplemente mezclándome con las decenas de personas que abarrotaban la calle llena de bares, burdeles y restaurantes. Una vieja rutina que tan familiar me resultaba ya.

A pesar de que aquella noche no iba vestida para conseguir algo,entré en uno de los locales. El recibimiento fue mucho mejor de lo que pensé. A aquella hora ya se respiraba en el ambiente una especie de desesperación porque el local cerraba su acceso en un par de horas, así que cada vez quedaba menos tiempo para poder obtener lo que se iba a buscar a un lugar como ése.

Bajé la capucha y me abrí paso entre la gente que había cerca de la puerta para dirigirme hacia la barra. Varias cabezas se giraron para verme, pero yo mantuve la vista al frente metiéndome en mi antiguo papel con la misma facilidad con la que tomaba una bocanada de aire. Al igual que lo había hecho la noche después del primer festival de conmemoración por el fin de la guerra, esta vez no me detuve a pensar en por qué estaba haciéndolo, por qué había ido a un bar para comprobar hasta dónde podía hacerme llegar un desconocido.

Avancé entre la gente y pedí algo de sake. Me lo bebí de un trago, disfrutando de la conocida sensación que recorrió mi garganta y después pedí otro y luego otro más. Al final me decidí por pedir la botella completa y quitarle al hombre tras la barra el tener que llenar mi vaso a la velocidad en que yo lo vaciaba. Nunca me he considerado alcohólica, pero era en momentos así en los que apreciaba la calidez en el pecho y la niebla en mis pensamientos que me proporcionaba emborracharme.

No pasó mucho tiempo antes de que un hombre se situara a mi lado, o tal vez ya estaba ahí antes de que yo llegara y no me había dado cuenta. Daba igual.

El hombre señaló con su botella de cerveza hacia la mesa que yo estaba observando y comentó:

—Hay tres hombres y dos mujeres, alguien va a quedarse fuera

Usó la técnica de acercarse a mí para que pudiera oírlo y no me molesté en seguir buscando.

—Parece que se lo están pasando bien —comenté con una sonrisa.

Él asintió. Era alto, moreno, y parecía un poco mayor que yo. Tenía una cicatriz cerca del mentón, pero lo consideré atractivo así que me acerqué un poco más. Olía bien, a pesar de que se notaba que había pasado horas sudando en aquel ambiente tan cargado. Me eché un poco hacia atrás, nuestros ojos se encontraron y no hizo falta más: era obvio que ambos conocíamos el comportamiento propio del distrito de Shukuba.

Dejé que me condujera hasta la parte trasera del local y apenas atravesamos la puerta de salida, sentí sus labios en mi cuello y su mano metiéndose debajo de mi falda.

No le pregunté cómo se llamaba y él no me lo dijo. Cuando le dije que me llamaba Hikari y que tenía veinte años, pareció creerme. Luchó por meterme la mano por debajo de las bragas mientras se desabrochaba el haori y aflojaba sus pantalones para colocar su erección en mi mano. La rodeé con mis dedos y comencé a frotarla tratando de acompasar el movimiento con el que él rozaba mi clítoris, pero aquello fue algo meramente mecánico.

Al menos intentó hacer que me corriera y no fue culpa suya que no lo consiguiera. Solté los ruidos de rigor y me retorcí entre su cuerpo y la pared, aunque estaba a años luz de conseguir llegar al orgasmo. Él en cambio tardó cinco minutos en correrse. Hacía cuatro que yo había perdido el interés. Gritó mientras eyaculaba en mi puño y se apoyó contra mí como si se hubiera desmayado. Nos quedamos así durante uno o dos minutos y al final lo empujé para que se incorporara.

Nos miramos en silencio por un momento. Cuando me limpié la mano en su haori, hizo una mueca y bajó la mirada hacia la prenda, pero no protestó. Me alejé un paso y me puse bien la ropa.

—¿Quieres que te lleve a tu hotel? —Al menos ganó unos puntos por su caballerosidad y por asumir que estaba de visita.

—No, gracias.

Lo miré con una sonrisa falsa luego de recoger mi capa y mi bolso del piso. No era culpa suya que hubiera querido utilizarlo a modo de distracción.

—¿Estás segura? Porque...

Comencé a andar antes de que pudiera acabar la frase. El bullicio de la calle principal me dio la bienvenida al salir de aquel callejón y me sentí totalmente sobria. En más de un sentido. Y a diferencia de mi primera vez en aquel lugar, en esa ocasión seguí caminando y fui directamente a casa.

Los días fueron pasando y yo continué centrada en mi trabajo porque así no tenía que pensar tanto en Izumo ni en Naruto. Uno de ellos estaba muerto y el otro lejos. Ni Sakura ni Haruhi intentaron hablar conmigo de nuevo y al final dejé de esperar que lo hicieran. Honestamente, creo que fue lo mejor; no quería volver a pelear con ellas.

No podía seguir con los turnos interminables en el hospital, durmiendo de vez en cuando y comiendo cuando recordaba que debía hacerlo porque eso levantaría sospechas y entonces me vería obligada a tomar días de descanso, algo que no podía permitirme, así que pretendí que me había acoplado a los horarios del personal en hospital.

Y es que, tanto como me distraía el tratar con mis pacientes, estar en el hospital también era la forma de mantener mi vigilancia sobre el estado de salud de Shikamaru. El daño en su cuerpo había sido demasiado grave, pero afortunadamente Shizune había hecho un trabajo excepcional para tratarlo. No podía esperar menos de ella. De todas formas, el período de recuperación de Shikamaru iba a tomar un par de meses y la Quinta Hokage había determinado que gran parte de ese tiempo lo debía pasar en el hospital.

Por obvias razones, no había sido asignada como su médico a cargo, aunque eso no impidió que me diera una vuelta por su habitación un par de veces al día cada día para ver su evolución.

Como cada mañana, me escabullí en silencio dentro de la habitación de Shikamaru y le eché una ojeada a su expediente mientras él dormía profundamente. Otra de las ventajas de que Shizune fuera su médico eran las notas extremadamente detalladas que atiborraban las hojas dentro de aquella carpeta, algo casi patológico pero también sumamente útil para mí porque así me ahorraba el tener robarlo de la estación de enfermeras o recibir de nuevo el discurso de "la información de los pacientes es confidencial y no debe compartirse".

Sentí una oleada de alivio al ver los resultados del último escaneo que le habían practicado la tarde del día anterior. Su proceso de recuperación se había mantenido en un ritmo constante desde que había despertado hacía más de una semana atrás, aunque debía admitir que estaba resultando más lento de lo que me habría gustado. Me mordí la uña de mi pulgar, en un gesto ansioso que rara vez dejaba que saliera a la superficie, mientras meditaba todas las posibilidades que había para complementar su tratamiento, pero justo cuando pensé que había llegado a la mejor opción, vi a Shikamaru moverse en la cama y contuve el aliento.

Durante las últimas dos semanas y media ni una sola vez había estado en su habitación mientras él estaba despierto; siempre aparecía a primera hora de la mañana o muy tarde en la noche.

Sí, era una pésima amiga, lo sabía.

Sabiendo que no tenía mucho tiempo, dejé la carpeta de su expediente justo donde la había encontrado y entonces rodeé los pies de la cama para mirar el tablero de shōgi que estaba puesto sobre una pequeña mesa cerca de la ventana. Lo había llevado yo misma en una de mis primeras visitas clandestinas, sabiendo que a Shikamaru le haría bien tener ese bendito juego cerca ahora que pasaría mucho tiempo encerrado en aquella habitación de hospital. Al menos así no se aburriría.

Fue una sorpresa para mí cuando al volver la siguiente vez, descubrí que una de las piezas había perdido su formación inicial y había sido desplazada una casilla hacia el frente. Sin pensarlo demasiado, moví una de las piezas contrarias y dejé la habitación. Al día siguiente, habían movido otra pieza así que yo hice lo mismo, repitiéndose aquello en cada una de mis visitas hasta que ahora el tablero tenía una partida complicada ejecutándose sobre él.

Fruncí el ceño meditando a consciencia cuál sería mi siguiente movimiento. Honestamente, nunca he sido muy adepta al shōgi, pero había decidido aprender a jugarlo siendo adolescente sólo para demostrarle a Shikamaru y a Asuma-sensei que podía hacerlo. Aunque, claro, nunca había podido ganarle a ninguno de los dos.

Mordí mi labio inferior con fuerza al darme cuenta de que estaba acorralada. No necesitaba ser una genio para saber que en un par de movimientos más, mi rey sería puesto en jaque y todo habría terminado. Tuve que ahorrarme soltar un gruñido frustrada porque ni siquiera en estas circunstancias había sido capaz de ganarle a Shikamaru.

Estuve a punto de sacar una hoja para declarar mi derrota en una nota, porque aunque la etiqueta del juego decía que debía hacerlo en voz alta, yo no podía hablar con Shikamaru todavía, y fue cuando noté algo. El particular orden en el que estaban dispuestas las piezas de shōgi…

No era la primera vez que veía este escenario.

Sin perder tiempo, cogí mi alfil y lo moví en el tablero. A primera vista, aquél movimiento podría parecer ilógico considerando el espacio abierto que creaba con el resto de mis piezas -las cuales ya no eran demasiadas, por cierto-, pero eso no importaba porque entonces evitaba el futuro jaque a mi rey.

Reprimí una exclamación de júbilo y tuve que conformarme con sonreír satisfecha, sabiendo que así había alargado la partida un poco más. Tenía que felicitarme a mí misma, estaba a punto de...

—Sabía que eras tú.

Todo mi cuerpo se tensó al escuchar aquella voz.

No quería hacerlo, pero despacio giré la cabeza para encontrarme con la expresión adormilada de Shikamaru, quien me observaba con una pequeña sonrisa ladeada.

—Ese movimiento. —Apuntó a las piezas cuando notó mi ceño fruncido—. Yo te lo enseñé, es mi especialidad.

Oh.

Claro, por eso se me había hecho conocida la disposición de las piezas. Había sido en una partida contra él cuando las había visto así. Tonta Ino.

Por un largo instante no supe que decir o hacer que no fuera observar cómo apoyaba el antebrazo sobre el colchón para sentarse en la cama. De repente, realmente comencé a temer la posibilidad de que Shikamaru me odiara. No sólo por el hecho de ser una completa inútil a la hora de atenderlo sino porque, tal vez, creía que yo era la peor de las amigas que ni siquiera se había dignado a aparecerse para ver cómo se encontraba mientras él agonizaba en el hospital. Ya había alejado a demasiadas personas en las últimas semanas como para que él terminara alejándose también, aunque me lo merecía, lo sabía.

—Si… —Tragué con dificultad porque mi labio inferior no dejaba de temblar—. Si has estado haciendo trampa mientras no estoy, voy a enfadarme mucho.

Él sonrió de lado aún con la vista fija en el tablero.

—En realidad sí. Estaba esperando a que te dieras cuenta.

Se encorvó para estirar el brazo y mover un par de piezas en el tablero. Justo me di cuenta en ese momento que no habían estado en el mismo lugar en que se habían quedado la noche anterior. Shikamaru debía haberlas movido para obligarme a usar la jugada que él me había enseñado y así comprobar que su oponente invisible de los últimos días era yo.

Maldito chico listo.

A diferencia de mí, él no pensó mucho su siguiente movimiento. Deslizó una pieza sobre el tablero y con una mirada me indicó que esperaba a que hiciera lo propio.

Pensé seriamente en excusarme y decirle que tenía mucho trabajo, pero mi cuerpo actuó por voluntad propia cuando, en vez de dejar la habitación, alcancé la silla cercana y me senté frente al tablero.

Fue mi turno para mover.

—Escuché que te peleaste con Sakura.

—¿Escuchaste? —Alcé una ceja. Él movió su torre. Adiós a mi último peón.

—Las enfermeras hablan. A veces en voz muy, muy alta. Es imposible no escucharlas.

Me mordí el labio. De nuevo estaba acorralada.

—Cosas de chicas. Nada de qué preocuparse.

Tic.

Moví mi lancero. El caballo de Shikamaru lo quitó del camino.

—Asumo que también te peleaste con Haruhi, ya que no está pegada a tus talones como siempre.

Medité seriamente cuál de mis piezas mover a continuación.

—Estoy en una racha, ¿no? A punto de batir el récord de la persona que se queda sola más rápido. —Resoplé con ironía—. Soy una completa imbécil.

—A veces.

—Tú tampoco eres un santo. —Alcé una ceja. Él fingió no notarlo mientras continuaba dándome una paliza.

—No, no lo soy. Qué aburrido.

Más silencio.

Más piezas moviéndose.

Jamás lo admitiría en voz alta, pero había algo ciertamente relajante en jugar shōgi. Claro, siempre y cuando estuviera consciente de que no conseguiría una victoria y que debía conformarme con ser usada para limpiar el piso con mi dignidad.

—Ino. —Terminé de deslizar mi general de plata para deshacerme de su alfil y entonces alcé la mirada al notar que él no decía nada más—. Gracias por salvar mi vida.

El aliento quedó contenido a medio camino en mi garganta.

—En realidad, hice lo opuesto. Casi te mato. —Admití bajando la mirada hacia el tablero.

—¿De qué estás hablando? Haruhi dijo que de no haber sido por ti, ni siquiera hubiera llegado al hospital.

—Eso no es cierto.

Abrí la boca para decir algo más, pero no tenía nada más que decir. Él había estado inconsciente, pero yo no. Yo había sentido el temblor incontrolable en mis manos, la neblina en mi cabeza impidiéndome actuar con prontitud, de manera profesional. Yo había fallado nuevamente al no haberme comportado a la altura y eso casi lo había matado. De eso estaba hablando.

—Shizune también lo dijo. —Continuó él—. Pocas personas tienen la habilidad de infundir su propio chakra en el de alguien más para el tratamiento de emergencia sin terminar matándolo, ella dijo que si tú no hubieras estado ahí para recibirme, entonces yo habría muerto desangrado antes de llegar a Konoha.

Movió su torre y mi rey ya no tuvo oportunidad.

Jaque mate.

—Además, escuché tu voz. —Alcé la mirada hacia su rostro. Él hizo un pequeño mohín mientras miraba hacia arriba, como intentando recordar. Con esa expresión y su pijama de hospital, se veía absolutamente ridículo—. Todo me daba vueltas y ni siquiera estoy seguro de cuándo fue, pero recuerdo escuchar tu voz diciendo: "no te mueras, Shikamaru, no se te ocurra morirte. No te mueras, no te mueras, no te mueras…" —Agudizó su voz intentando imitar mi tono; pero lejos de molestarme, fue toda una revelación para mí descubrir que eso era lo que yo había estado murmurando mientras lo atendía aquel día—. Y recuerdo haber pensado: "diablos, no puedo morir. Si lo hago, Ino me resucitará para matarme ella misma y dolerá un montón más".

Me fue imposible no sonreír.

—No seas idiota. —reproché. Él alzó ambas manos en gesto de paz.

—Lo digo en serio.

—¡Yo también lo digo en serio, no seas idiota!

Un segundo completo de silencio y entonces ambos estallamos en una risa poco adecuada para el tema que estábamos tratando. Pero así era estar con él y su seco sentido del humor, uno que pocos conocían y que yo me sentía afortunada de atestiguar. En especial en aquel momento porque significaba que estaba bien. Que todo estaba bien entre ambos.

Esa era una de las cosas que volvían tan especial a Shikamaru, su increíble capacidad de dar vuelta a la hoja y no aferrarse a pequeñeces por considerarlo algo problemático. De aprender de los errores, dejarlos ser y esforzarse para no volver a cometerlos. Le envidiaba ser capaz de seguir adelante cuando había pasado por un montón de cosas que podrían haberlo hundido desde el principio. Realmente en muchas ocasiones deseaba ser un poco más como él.

—Si yo hubiera ido contigo, nada de esto habría pasado. —Murmuré antes de poder detenerme.

Él soltó un suspiro mientras comenzaba a acomodar las piezas para iniciar una nueva partida. A veces creía que sólo podía jugar shōgi conmigo y con su padre ahora que Asuma-sensei no estaba, así que no protesté.

—Eso no lo sabes. Por lo que recuerdo, aún así habríamos caído en aquella emboscada, y alguno de nosotros habría resultado igual de herido. Probablemente hubieras sido tú porque el protocolo es mantener a los ninja médico atrás, y adivina desde dónde nos acorralaron. —Se encogió de hombros—. Quién sabe. No puedes echarte la culpa basada únicamente en una serie de supuestos que no alcanzan a reflejar la realidad. Creí que ya habíamos superado esta etapa.

Él creía que ya lo habíamos superado. Yo había convertido el echarme la culpa en un fino arte que perfeccioné con los años.

Primero Asuma-sensei. Después Izumo. Ahora Shikamaru.

Pero no tenía sentido seguir así. No me gustaba, no quería, no podía soportarlo.

—Él estaba vivo. —Declaré por primera vez en voz alta—. Poco antes de que ustedes llegaran aquella vez, Izumo estaba vivo. Y… Y yo… yo… lo dejé morir.

Un suspiro trémulo escapó de entre mis labios resecos. Tenía las palmas de las manos apoyadas en mis muslos porque de repente habían empezado a temblarme sin ningún control y las sentía completamente heladas a pesar de que aún estábamos envueltos en el calor del verano.

—Lo sé.

Mis ojos atónitos fueron a su rostro y Shikamaru presionó los labios en una tensa línea. Ahora fue su turno de bajar la mirada.

—Bueno, no lo sabía con certeza, pero lo sospeché cuando recordé la sangre que traías encima ese día. Estaba fresca cuando llegamos. —Tomó una de las piezas de shōgi y la miró distraídamente—. Había estado tan preocupado por sacarte de la zona de riesgo que simplemente perdí de vista ese detalle hasta que todo terminó. Tú nunca dijiste nada después, así que asumí que mis suposiciones eran erróneas y que tu cambio de actitud se debía a lo que habían tenido juntos. —Su tono era sereno, pero había una intensidad en sus ojos que no pude definir cuando nuestras miradas se encontraron una vez más—. Creo que parte de mí esperaba que así fuera porque no quería pensar en la posibilidad de que hubieras tenido que pasar por una situación así otra vez.

El silencio detuvo el paso del tiempo entre nosotros.

Él siempre lo supo. Y yo siempre supe que él sabía.

Por un largo segundo quise golpearlo, reclamarle su inacción, que no me hubiera presionado para contarle las cosas, que hubiera dejado que me hundiera en esta falsa comodidad del trabajo del hospital, el alcohol y mis aventuras de una noche para intentar llenar el vacío que llevaba adentro.

Pero no, estaba equivocada. Él no era culpable de eso, lo era yo y nadie más.

No había sido obligación de Shikamaru forzarme a decir nada, yo debí haberlo hecho. Debí confiar en él, en nuestra amistad. Su único trabajo como amigo era estar ahí, ser un apoyo, y él lo había hecho, incluso cuando yo había sido tan imbécil como para no merecerlo.

"¿Es un pecado dejar que alguien te ayude un poco de vez en cuando?", me había reprochado Sakura el otro día.

No, no lo era. Y yo no era una mártir. No quería seguir siéndolo.

El temblor en mis manos se extendió hasta mis hombros y mi vista comenzó a perder nitidez.

A veces, cuando las cosas se rompen, es posible recomponerlas. Al menos de forma temporal. Basta algo de pegamento, cinta adhesiva o una cuerda. Y si se tiene suerte, las piezas embonaran a la perfección y no quedará más rastro que una tenue línea que nadie notará a menos que sepa lo que está observando. Pero otras veces no hay forma de recomponer lo que se ha roto y las piezas caen por todas partes, y a pesar de que uno cree que puede volver a encontrarlas todas, una o dos siempre acaban faltando.

En ese momento me rompí, no en silencio como había sucedido en los últimos años, esta vez me desmoroné con un estruendo, como un jarrón de cristal que se estrella contra el suelo de concreto. Me alegré al perder de vista algunas de las piezas, había algunas que no quería volver a ver en toda mi vida.

Me eché a llorar, aun sabiendo que Shikamaru se ponía extremadamente incómodo cada vez que lo hacía. En esa ocasión él no dijo nada. Sentí sus manos en los brazos cuando me levantó de la silla y me guió para sentarme a su lado en la camilla. Su brazo me rodeó los hombros y yo hundí el rostro en la curvatura de su cuello mientras me desahogaba, dejando que las lágrimas que había mantenido cautivas en mi interior por tanto tiempo por fin hallaran su camino hacia la luz, quemándome las mejillas.

—No fue culpa tuya —Susurró con voz ronca mientras su mano frotaba mi espalda—. Nada de lo que pasó fue culpa tuya. Deja de castigarte, Ino.

Pero si yo no era la culpable, ¿entonces quién lo era? ¿A quién tenía que dirigir todo este odio que había forjado el dolor que sentía por perder a las personas que amaba justo ante mis ojos, incapaz de hacer algo?

Sabía que no había respuesta para esas preguntas, pero aun así una parte de mí todavía hoy sigue preguntándose al respecto.

«Continuará…»


¡Hola!

Bien, aquí estoy con un capítulo más de esta historia a la que le tengo mucho, mucho cariño y estoy ansiosa por darle su final, aunque será a su debido tiempo. Eso sí, espero traerles la continuación pronto, siempre y cuando mis horarios me lo permitan (que creo que lo harán).

Por ahora me despido, no sin antes agradecerles por sus comentarios a AngelABC, Killer RKO, zkyzlayer, paosu,Poison girl 29,Toh Dattekay,RamiroUzumaki,Marlen yfdms85 no saben lo feliz que me hizo saber que aún hay gente leyendo esta historia a pesar de su largo tiempo en pausa.

¡Muchas gracias y hasta la próxima!