Capítulo 4: El Segundo en el que el Mundo Termina
Oogami Souma presionó el botón ubicado al lado del gran portón de la mansión Himemiya.
"¿Sí? ¿En qué podría servirle?".
Anunció la voz de una mujer que sonaba hastiada y hasta casi grosera…
Souma frunció el seño pues esperaba que lo atendieran en la familia Himemiya con cortesía…
Dejó de lado su irritación y le respondió:
"Me llamo Oogami Souma y soy un conocido de Kurusugawa-San. Por favor quisiera hablar con ella".
"¿Se refiere a Kurusugawa Himeko-Sama…?".
Souma parpadeó pues tampoco se esperaba que la sirvienta de cabello dorado (la había reconocido por la voz) mencionara un nombre con un marcado desprecio puesto que siempre había sido amable y complaciente.
"¿Y bien…?".
Demandó la mujer.
"Sí, a ella quiero ver".
Respondió Souma y cuando más oía la voz de la mujer menos le agradaba su tono…
"Muy bien, por favor espere que ya le voy a informar de su visita".
Entonces Souma le preguntó algo más…:
"¿Cómo se llamaba usted…?"
"Me llamo… Kisaragi Otoha, soy la ama de llaves".
Por el pitido Souma supo que la mujer había partido a entregar el mensaje pero luego él se quejaría sobre los modales de Otoha a Himemiya pues ahora mismo se encontraba sin palabras ante la idea de que una sirvienta maleducada atendiera las llamadas… ¿y si fuera ella la que atendiera a Himeko…?
En el interior de la mansión Himemiya…
Kurusugawa Himeko se puso de pie frente al espejo de cuerpo completo y estaba vestida sólo con su ropa interior. Se dio media vuelta viéndose la espalda con la cabeza vuelta a un lado y mordiéndose con ligereza el labio inferior…
Como a cada día su pieza ubicada en el ala oeste de la mansión se llenó de la luz solar, de las canciones armoniosas de los pájaros y de las maravillosas fragancias de las flores del gran jardín trasero. Pero en vez de maravillarse como sería lo normal en ella esta vez se quedó plantada viéndose la parte superior de la espalda en el espejo… Allí tenía la marca desgarradora y ya oscurecida de una espada… No le hacía falta ver toda la extensión de la cicatriz para saber que le llegaba del hombro izquierdo hasta el lado derecho de la parte inferior de la cintura… Recordaba muy bien el dolor penetrarte del espadazo de Arashigumo… Y le seguía picando cada vez que se movía… Se estremeció…
Las espadas elementales eran armas verdaderamente terribles pero ahora sabía de primera mano cuánto lo eran… Antes se creía que no habían heridas que los sacerdotes no fueran capaces de curar del todo… Pero qué tonta había sido… Pero no había razón para quejarse de algo así cuando su vida fue salvada por los sacerdotes paternales… y por Oogami Souma…
Cuando Himeko recuperó en primera instancia la consciencia hace dos días una de las muchas cosas que le contó que Oogami Kazuki, el sumo sacerdote, fue que él tenía un hermanastro menor y que las heridas de este pariente político suyo estaban agravándose por el aura oscura que lo estaba consumiendo poco a poco… y aquel pariente de Kazuki no era otro que el mismísimo Souma…
¿Cómo debía enfrentar ahora al joven…? Él era un acólito de Orochi que trató de matarla pero ahora le salvó la vida y eso no podía negarlo… y pese a todo le tenía aún un poco de miedo… Le agradecería por salvarla en cuanto tuviera oportunidad aunque en el fondo tuviera ganas de seguir lejos de él.
Himeko suspiró pensando en que estaba hecha un desastre…
Luego vio la hora en el reloj de pie y que faltaba poco para un nuevo día de secundaria así que abrió el armario, se vistió con su uniforme y justo cuando termino de alistarse llamaron a la puerta:
"Himeko, soy yo, ¿puedo pasar?".
Preguntó la princesa de Himeko.
"Claro que sí, por favor pasa".
A Himeko se le aceleró el corazón mientras se veía en el espejo de arriba abajo para cerciorarse de que estuviera presentable ante su amada.
Himemiya Ojou-Sama abrió la puerta (ella también vestía el uniforme de la secundaria Ototachibana) y ante la vista de su hermosa cara a Himeko se le aceleró aún más el corazón si cabía… Porque a pesar de que se habían estado reuniendo prácticamente todos los días desde el año pasado seguía sin poder evitar que se sonrojara cada vez que veía a su princesa de cabellera azulada…
Ayer durante la conversación con Oogami Kazuki-Sensei a Himeko a cada oración del sumo sacerdote se le dificultaba cada vez más prestar atención estando muy cansada y presa del sueño… Kazuki apreció con indulgencia el estado de Himeko ya que confesó que la curación de los sacerdotes y de propio poder de curación la habían dejado en ese estado somnoliento… Así que tras decir lo más importante en aquel momento ambas partieron hacia la mansión Himemiya...
Himeko se despertó en su habitación del ala oeste pero no estaba sola… A su lado sentada en una silla estaba adormilada la princesa de cabellera azulada sosteniéndole una mano con ambas manos… El corazón de Himeko parecía que se le iba a derretir…
"Chikane-Chan…".
Himeko pudo sentarse en la cama pero enseguida un gran dolor le atravesó todo el cuerpo y casi cayó de espaldas de vuelta hacia la cama pero Chikane la había agarrado…
"Himeko, sigues sin estar bien…".
Confirmó Chikane tras dejarla suavemente de espalda sobre la cama y acto seguido agarrarle la mano a su amada. Himeko apenas logró sonreír mientras seguía notando retazos de aquel dolor…
"Parece que te sigue doliendo mucho…".
Mencionó Chikane al momento en que le acariciaba el cabello a Himeko y a esta última como no podía ser de otra forma se le aceleró el corazón mientras se sonrojaba. Y por la mirada de Chikane casi se podría decir que fuera la misma Chikane la que sufría una herida cortante… Parecía que cada dolor que notaba Himeko para Chikane era el doble de doloroso… Pese a esto Himeko no pudo evitar notar algo de soberbia ante el pensamiento de que todo esto significara lo que ella deseaba que notara la princesa azulada hacia ella misma...
"Sí, así es…".
Respondió Himeko con sinceridad.
"Duerme, Himeko. El sumo sacerdote me contó que el ser la sacerdotisa del sol te concede poderes de regeneración así que seguramente estés mejor para mañana a la mañana tras una noche de sueño".
"De acuerdo… ¿pero hace cuánto que estoy de vuelta en la seguridad de la mansión…?".
"Desde hace unas horas. Aunque luego tendremos que tenerte de vuelta bajo el cuidado directo de los sacerdotes… pero Oogami Kazuki me aseguró que podrás volver muy pronto a la mansión… Fue Oogami Souma el que abrió un portal y te dejó sobre esta cama…".
Tras decir estas últimas palabras la voz y la expresión de la princesa se endurecieron.
"¿Estuviste conmigo todo el tiempo…?".
Le preguntó Himeko.
"Claro que sí porque aunque no sabía cómo curarte por lo menos podía quedarme a tu lado".
"¿Pero vas a seguir a mi lado aunque duerma hasta mañana a la mañana…?".
"¿Tendría algo de malo…?".
"Sí, por favor no te quedes exhausta por algo que puede evitarse con facilidad… Por favor vuelve a tu pieza para descansar…".
Himeko sabía que era imposible que ambas durmieran juntas en la misma cama… La princesa de cabellera azulada se hería la dormida mientras seguiría vigilando el sueño de Himeko y eso era algo que la última tampoco quería…
"¿Y si quieres algo mientras no estoy a tu lado…? ¿Y si quieres un vaso con agua o cualquier otra cosa…?".
La voz de Chikane empezaba a sonar exasperada…
"Chikane-Chan, creo que esto servirá…".
Himeko le avisó divertida apuntando hacia le botón rojo que tenía al lado de la cama para llamar a las sirvientas.
Chikane se quedó en silencio como para pensar en una excusa para quedarse a su lado aunque no parecía que hallase alguna…
"Además no quisiera que te quedaras despierta toda la noche cuidándome porque así yo tampoco podría reposar del todo bien… No debemos quedar exhaustas por algo así…".
"Himeko, buenas noches".
Himemiya dejó de apretar con suavidad la mano de Himeko, se paró y se empezó a retirar de la habitación. A Himeko tampoco le gustaba mucho la situación ya que el calor de su camisón bien confeccionado y de las frazadas no se comparaba al que notaba ante el contacto con la piel de su princesa azulada…
"Chikane-Chan, buenas noches".
Himeko apenas pudo evitar sonar decepcionada…
Pero antes de retirarse Chikane volteó y le plantó un beso en la frente a Himeko…
"Mi querida amiga, que duermas bien y que tengas buenos sueños".
Tras esto Chikane finalmente salió de la pieza y Himeko se preguntó si podría lograr que Chikane le diera así las buenas noches todos los días.
"Chikane-Chan, buenos días".
La saludó Himeko al amor de su vida con calidez…
"Buenos días, ¿ya estás mejor?".
"Sí, estoy bastante mejor que ayer…".
La noche anterior supuso que tendría que seguir postrada en cama pero se alegró de ser una sacerdotisa con poderes de curación… Aunque exilió la alegría cuando recordó que por justamente ser una sacerdotisa es que estaba metida en estos problemas…
"¿Pero cómo estás vos…?".
"Estoy bien pero por favor déjame hablarte de algo en específico antes de asistir a clases".
"Claro, no hay drama. Sentémonos. ¿Quieres leche, jugo o soda?".
"Nada, gracias".
Rechazó la princesa con cortesía…
"¿De qué quieres hablarme…?".
"En realidad me gustaría algo de vos".
Aclaró la heredera Himemiya.
"¿De qué se trata…?".
"Me gustaría que nunca te vuelvas a poner en peligro independientemente por la razón que sea".
Himeko parpadeó y tardó unos segundos en comprender lo que le estaba pidiendo la chica de cabellera azulada.
"Lo dices por el incidente contra la Orochi…".
"Así es, ¿tengo tu palabra…?".
Himeko volvió a parpadear. Habían permanecido juntas todo el último año pero jamás Chikane le pidió favor alguno y ahora su tono sonaba suplicante… Esa expresión llena de preocupación era algo que Himeko nunca había apreciado en su amada… Himeko estuvo por acceder pero cuando abrió la boca para aceptar la cerró de golpe y ahora fue el turno de Chikane para sorprenderse por la actitud de su amada…
"Por favor primero dime por qué quieres que haga esa promesa".
"¿En serio quieres saberlo…? Ayer casi pierdes la vida…".
Le dijo Chikane a Himeko mientras la primera le sostenía una mano. La calidez que emanaba de ésta era algo muy preciado para Himeko.
"Lo dices como si tendría algo de malo".
Himeko sonrió al repetir las palabras de su amada secreta.
"¡Es algo malo!".
"¿Dices que está todo bien si no arriesgo mi vida para cuidar la tuya en caso de que haga falta…? Si me das una buena razón para ello te lo voy a prometer en el acto".
La princesa de cabello azul se quedó allí sentada abriendo la boca para enseguida volver a cerrarla por la confusión y la vergüenza... Himeko volvió a sonreír…
"¿Quizás es porque piensas que soy una debilucha a la que le hace falta protección todo el tiempo…?".
Chikane se llevó tres dedos a la frente…
"¿Entonces es porque crees que soy una torpe ofreciendo mi asistencia en cualquier faena…? ¿Es porque no te hace falta que alguien como yo te cubra la espalda…?".
Himeko tenía que admitir que lo que le decía a Chikane era duro porque la otra chica no podría haber pesando en algo así a juzgar por su expresión de asombro. Pero bien, tenía que asegurarle a la que amaba con todo su corazón que hablaba muy en serio sobre esta cuestión.
"No, no es por eso. ¿No tienes alguna especie de noción de por qué te lo digo…?".
"Dime el porqué".
Se produjo otro momento de silencio hasta que la princesa decidió hablar:
"Porque no deseo que te hagan daño ya que creo que tu vida es más importante que la mía".
Chikane empezó a temblar y Himeko la abrazó de frente. Hace dos días no se hubiera atrevido a realizar una acto semejante pero tras todo lo que ya habían vivido quedó demostrado que darse algunas muestras de afecto no era algo tan difícil… En comparación a los tres besos que le dio como regalo de cumpleaños una abrazo no era demasiado…
Pero igualmente Himeko no podía evitar notar el corazón acelerado a mil…
"Me pasa lo mismo, Chikane-Chan".
Murmuró Himeko con el mentón sobre el hombro de Chikane.
"Por favor entiende que sos mi amiga querida y alguien a la que considero bendecida por los dioses. Te aprecio tanto que no soporto la idea de quedarme quieta mientras vos luchas por mi bien...".
La princesa le devolvió el abrazo a Himeko pues Chikane también tenía el corazón latiéndole a mil…
"Además me necesitas".
Himeko deseaba que Chikane la necesitara tanto como ella la necesitaba a ella.
"Soy la sacerdosita del sol así que aunque de momento no tenga mucho poder déjame que te asista a estar segura".
La princesa abrazó con más fuerza a Himeko y le replicó con una voz tierna:
"Himeko, sos vos la que fue bendecida por los dioses por sobre mí".
No había nada que Himeko lograra replicar ante lo dicho por la princesa así que se limitó a mirarla con una sonrisa mientras se ponía a cada segundo más colorada…
"Himeko, discúlpame por ser una grosera y una ingrata… Me salvaste la vida pero no hice sino ser desconsiderada con vos".
"No importa, sólo te preocupabas por mi bien y te doy las gracias por tu… consideración…".
Le aclaró Himeko siguiendo con el abrazo.
"Sos muy amable…".
Murmuró la princesa.
Quizás Chikane suponía que Himeko al igual que ella iba a terminar con el abrazo pero la princesa se sonrojó aún más cuando la rubia no dio señales de dejar de abrazarla.
"Che, Chikane-Chan, ¿te acuerdas de lo que me dijiste ayer justo antes de que la Orochi se presentara?".
Claro que Chikane lo recordada… pues además le iba a dar un beso en los labios pero justo la tercera cabeza de Orochi tuvo que arruinar el momento. Himeko no creía que podría llegar a causa de eso a Hibiki Shizuku.
"Me acuerdo, ¿qué hay con eso?".
Chikane estaba al borde del pánico pensando en que Himeko descubriría sus sentimientos de amor hacia ella.
"Dijiste que me protegerías porque yo era especial para vos pero ibas a decirme algo más antes de que la Orochi nos atacara… ¿De qué se trataba…?".
Chikane se ruborizó hasta las orejas y lo colorado de su cara contrastaba con su bello cabello azulado… Himeko pensó entonces que no podía existir en la tierra alguien más adorable que su bella y amada princesa.
Chikane la miró directamente a los ojos tan seria como podría estarlo aunque estuviera a la vez muy colorada… No decía nada más aún pero Himeko casi podría escuchar un "porque te amo" para sus adentros. Su amada parecía que iba a decir precisamente algo así. Himeko entrecerró los ojos notando algo de la calidez del aliento de Chikane cuando ésta se le empezó a acercar más. En los cómics románticos que Himeko había leído casi siempre había un beso en los labios garantizados en partes como estas. Así que en verdad deseaba que su persona más importante la besara en los labios…
lo cual no se dio…
"Kurusugawa-Sama…".
Kisaragi Otoha la ama de llaves no había estado precisamente espiándolas sino que solamente pasaba por el pasillo cuando vio lo último de esta escena por la puerta un poco abierta… Otoha pensó que Kurusugawa ya tenía a su Ojou-Sama aprisionada entre sus brazos... Pero otras gentes hubieran llamado a lo suyo "comprometerse".
Himeko casi saltó a un costado de Chikane con una expresión de sorpresa y de algo de fastidio. ¿Cómo habían podido dejar algo entreabierta la maldita puerta…? Chikane por su lado era un torbellino de emociones encontradas mientras miraba a su sirvienta personal…
Hubo un tenso silencio.
"Otoha-San, ¿hay algo que necesites decirme…?".
¿Cómo era posible que la gente las siguiera interrumpiendo…? Primero la Orochi y ahora la ama de llaves… ¿Había alguna especie de complot contra ella…?
"Kurusugawa-Sama, tienes que atender a una visita… Es un chico llamado Oogami Souma y dice ser un conocido tuyo".
La expresión de Chikane se volvió indescifrable y Himeko se encontró internamente a sí misma gritando de desesperación. ¿A qué venía el chico…? ¿Y por qué justo tuvo que presentarse en este momento…?
Unos minutos después…
Sentado en uno de los cómodos sofás del Salón Principal de la Mansión Himemiya, Oogami Souma no estaba muy feliz.
Bueno, claro, su corazón había saltado en su garganta y la felicidad había subido en su alma en el momento en que vio la esbelta figura de Kurusugawa Himeko, quien estaba bajando la gran escalera de piedra que unía el primer y el segundo piso. Sin embargo, ella no estaba sola. Caminando a su lado estaba la hija del Himemiya, cuyo rostro vacío él podría haber jurado que fue tallado en roca. Con solo ver a la chica rica, a quien esos estudiantes tontos llamaban Miya-sama y adoraban como una verdadera Diosa, le amargó el estómago. Antes del incidente en el cumpleaños de Himeko, que también era el de Himemiya, habían sido rivales. Ahora, no tenían enemigos declarados, especialmente después que la chica había declarado que lo mataría si le hacía daño a la chica de cabello rubio. Bueno... la chica rica realmente no dijo eso, pero su aguda y fría voz lo implicaba. La chica no sabía nada sobre Souma. Como si él pudiera lastimar un mechón de cabello en la cabeza de Himeko...
Él apartó la mirada del rostro sin emociones de Himemiya, por más agradable que fuera para sus ojos, al de Himeko, la chica que amaba. Le dolía enormemente mirarla, a pesar de que ella sostenía su corazón, porque todo lo que podía ver era a una chica cuyos ojos estaban llenos con la imagen de nadie más que la que secretamente llamaba Chikane-chan, su compañera de piso. Por supuesto, durante todo el tiempo que estuvieron caminando por las escaleras, Himeko siguió mirando furtivamente a la otra chica como si no pudiera tener suficiente de ella. Y el calor que irradiaba de su corazón, recogido por su mente Orochi, le dijo que era my cierto.
Souma hizo una mueca. Él sabía desde hace dos días que Himeko albergaba un gran afecto hacia la chica Himemiya. No sería una exageración decir que la chica de cabellos rubios le gustaba tanto la de cabello azul como cualquiera de los idiotas del Fanático Trío… pero sus instintos supernaturales Orochi informaron a Souma que cada vez que Himeko miraba a su... compañera de piso, el fuego florecía en su corazón de una manera que no mejoraba el humor de Souma. Lástima que su habilidad no lo dejaba profundizar demasiado en el alma de otro. Por más poderoso que fuera, solo podía sentir el humor de la gente y nada más. No podía leer las mentes, ni podía aprender los secretos que alguien escondía en las profundidades más oscuras de sus corazones. Ojalá pudiera... sin embargo. Hubiera pagado mucho de lo que poseía para saber exactamente cuánto significaba Himemiya Chikane para la chica que amaba. Eso le daría una ventaja en una batalla que no podía perder...
Souma suspiró por dentro. De nada sirve desear cosas que están más allá de sus capacidades ahora. Él debería dedicar su tiempo y energía a objetivos más realistas y alcanzables. Después de todo... ¿no fue eso para lo que vino aquí esta mañana?
"Buenos días, Oogami-kun,"
Himeko sonrió para Souma una vez que se sentó en el sofá enfrente al él. Casi se estremeció ante el miedo que sintió envolviendo el corazón de la chica. Ella aún le tenía mucho miedo.
"Bienvenido a la Mansión Himemiya, Oogami-san,"
Dijo Himemiya en voz baja y con una ligera inclinación de cabeza. ¿Fue una desilusión lo que vio en sus ojos de zafiro e irritación que sintió en su corazón?
"Por favor, disfruta tu estadía".
La chica rica se inclinó para susurrarle algo al oído de Himeko. Tal vez pensó que la distancia entre ella y Souma era suficiente para silenciar cualquier sonido, o que su voz era demasiado baja para escuchar. Lo que sea que ella pensó, ella estaba equivocada. Souma podía oír cada palabra con tanta claridad que podría haber jurado que era su oído en el que estaba susurrando. "No tardes demasiado, Himeko",
Había dicho Himemiya,
"La escuela espera. Ven directo al auto cuando hayas terminado".
"Claro, Chikane-chan".
Himeko sonrió dulcemente a la chica rica mientras ésta caminaba hacia las puertas, abiertas por dos sirvientas de rostro serio. La expresión en la cara de la chica de pelo rubio le molestó infinitamente.
¿Qué pasa con la mirada de anhelo, Himeko? Él pensó. No es como si no fueras a verla otra vez.
"Oogami-kun," llamó Himeko. Su voz era neutra, pero su corazón, temblando por el miedo creciente, desmintió su calma.
"Um... gracias por salvar mi vida ayer",
Mencionó tratando de sonar más alegre. Bueno, ella quiso decir lo que dijo, porque podía sentir la sinceridad en sus palabras. Aún así... él sabía que en sus ojos, él era más como un monstruo que su salvador. Souma suspiró.
"No hay necesidad de eso", dijo. "¿Pero por qué Oogami-kun? No era así como me llamabas cuando éramos pequeños, Hime-sama".
Sus ojos color amatista, hermosos y brillantes, se desviaron lo más que pudieron.
"¿Sou... chan?" ella murmuró con incredulidad.
"Tu leal Caballero a tu servicio, Hime-sama".
dijo Souma mientras se arrodillaba frente a la chica que amaba. Él nunca había querido revelar esto. Nunca había tenido la intención de dejar que Himeko supiera quién era realmente. Sin embargo, él siendo un seguidor de Orochi y ella siendo sacerdotisa estaban poniendo más y más distancia entre ellos. No había otra manera de superar eso... No tenía otra opción.
De pie frente a su ventana, Yue dirigió su mirada plateada a través de la vasta tierra sobre la cual se encontraba la Ciudad Santa. Como su habitación estaba en el nivel más alto de la Torre de Crescientes - una parte del Palacio Celestial, que fue contruído sobre una colina alta en el centro del cielo, ella tenía una vista de al menos la mitad de Izumo, y el otro la mitad, también, si ella abría la ventana al otro lado de la habitación. Suponía que muchas personas se maravillarían del tamaño de la gran ciudad de los Inmortales, de la belleza de sus castillos, de los exuberantes bosques y de los jardines ricamente coloreados organizados en un patrón agradable a la vista alrededor de la ciudad, y de la grandeza que era lo Palacio Celestial. Lo que ella vio, infelizmente, fue una prisión. Enorme y hermoso, tal vez, pero aún así era una prisión. Y en vez de tener barras de acero para confinar a la gente, la Ciudad Santa tenía los Pilares de Kusanagi, que eran infinitamente peores.
Los ojos plateados de Yue se entrecerraron con disgusto cuando vieron los obeliscos de metal negro de pie al borde de Izumo. Había doce de ellos, similares unos a otros como gotas de lluvia y tan mortales como enormes. Construido hace tres mil años en un comando imperial del propio Señor del Cielo, los Pilares de Kusanagi se habían alzado sobre Izumo y representaban un símbolo de terror y disgusto. Yue todavía podía recordar el alboroto que su padre había causado cuando anunció que iba a construir el sistema Kusanagi, y le aseguró al público que solo era para defensa propia y nada más. Es cierto que los doce obeliscos habían sido construidos por el temor de que la guerra estallara entre el Cielo y el Inframundo... pero los Inmortales en esta Ciudad lo sabían mejor. Los Pilares de Kusanagi todavía eran armas, y nada de lo que Izanagi dijera podría convencer a sus súbditos de lo contrario. Tener estas agujas enormes alrededor de Izumo era casi como tener una espada descubierta en la garganta de cada Dios o Diosa. No les gustó eso, por supuesto, así que trataron de evitar que la construcción sucediera, por lo que gritaron y se enfurecieron frente al Palacio Celestial, sin embargo, se quedaron en silencio así que la Torre final fue completada. Todos se dieron cuenta de que en caso de que expresaran otra palabra de protesta, correrían el riesgo de ser freídos por el rayo del sistema Kusanagi.
Y aquí habitan sus creadores, pensó Yue con disgusto cuando sus ojos encontraron un alto castillo en el extremo norte del bulevar Ama no Ukihashi. Era el único Instituto de Ciencia del cielo, sede de la infame División R&D de Izumo, donde trabajaban y vivían los peores ladrones de los Tres Mundos. El castillo era tan hermoso como cualquier otro en la Ciudad Santa, de hecho, sin embargo, verlo la enfermó sin fin. Ella desvió la mirada para que la vista del castillo le vaciaba el estómago.
Yue siempre había odiado a los Santos Mensajeros, pero incluso esos ególatras entrometidos, detestables e insolentes parecían corderos inocentes además de los Vestidos Blancos, el nombre con el que los investigadores se autodenominan. Por supuesto, por insoportables que fueran los Mensajeros, nunca diseñaron armas de asesinato tan temibles como los Pilares de Kusanagi, nunca hicieron un Dios cuya mente era tan pura que su corazón se convulsionó con cada vida que tomó, nunca inventaron un hechizo tan cruel que torturaba a un Alma de la chica durante tres milenios, y ciertamente los Mensajeros nunca crearon la Torre de Kannazuki para encarcelar a las Sacerdotisas del Sol y la Luna. Los Batas Blancas hicieron todo eso... y no recibieron castigos por sus atroces crímenes. Cuánto más injusto podría llegar a ser este mundo, se preguntó...
Yue cerró su ventana y caminó hacia una silla en el centro de la habitación, donde se sentó en una depresión. Ella odiaba esta ciudad. Odiaba la Torre de Crescentes. Odiaba a la mayoría de las personas que conocía, especialmente al Señor del Cielo, su padre adoptivo, frente al cual la gente de los Tres Mundos se encogía de rodillas y a quienes deseaban el destino más espantoso en sus corazones. A decir verdad, ella había pasado menos de veinticuatro horas aquí durante los últimos tres milenios, y eso fue porque se le ordenó regresar. Si tuviera sus medios, nunca hubiera puesto un pie en Izumo por el resto de su vida natural, lo que significaba para siempre. Por supuesto, prefería pasarla todas las noches en una rama de árbol en el jardín del Himemiya que descansar un segundo en el colchón de futón de esta habitación. Al menos en la Mansión Himemiya podía cuidar a los niños que tanto apreciaba. Aquí, solo el tedioso aburrimiento la esperaba. Eso, y la vista de una sola persona que ella quería evitar, Amaterasu, apodada Yui, la Diosa del Sol, que fue honrada como la mujer más hermosa de los Tres Mundos.
La boca de Yue apretó. Pensamientos sobre Yui siempre la irritaban. Ella habría dejado el Palacio Celestial tan pronto como hubiera dado un paso hacia él. Ella habría partido hacia el mundo humano, donde podría proteger a sus hijas desde las sombras... pero no pudo. La libertad que solía tener le había sido quitada, todos sus privilegios revocados. Ahora, ella no era más que un pajarito en una jaula, incapaz de volar a donde ella más quería estar. Ella suspiró. ¿Por qué tenía que pasarle esto?
"Tsukiyomi-sama," la voz de un hombre, fría y profunda, llamó afuera de su puerta,
"el Señor te mandó a buscar. Por favor, ven conmigo inmediatamente".
"Muy bien".
Yue respondió y caminó hacia la puerta shoji. Cuando ella la abrió, vio a tres hombres, cuyas capas blancas llevaban los pentagramas dorados de los Santos Mensajeros, cuyas caras eran tan frías que podrían haber sido talladas en piedras invernales, cuyos ojos brillaban con odio. Desde ayer, la miraban de la misma manera que cada vez que ella los veía.
No fui yo quien torturó a tu jefe, pensó irritada. No fui yo quien hizo que tus colegas se postraran en la cama. Todos esos habían sido trabajos de Yui, no de ella. Sin embargo, Yue fue quien recibió toda la culpa al final, por razones que no pudo comprender. Ella suspiró. Pero bueno, Yui hizo lo que hizo por el bien de Yue, por lo que podría tolerar esto por lo menos, suponía.
"¿Va a ir?"
Dijo el hombre en el medio, su mano gesticulando bruscamente hacia un Portal Dimensional que había abierto antes de tiempo. Yue asintió, caminó hacia adelante y entró en la superficie plateada. Casi dejó escapar un suspiro de alivio un segundo después, cuando se encontró parada debajo de un amplio pasillo, justo enfrente del escritorio de su padre, no al Núcleo del Santuario. Este siempre había sido un lugar que quería evitar a toda costa, uno que temía tanto como los Pilares de Kusanagi. Había secretos que ella debía guardar. La seguridad de una persona que ella quería proteger hasta el final de los tiempos. Por eso, no podía permitirse obedecer una convocatoria de la Asamblea Celestial. En el peor de los casos, se mataría antes de dejar que aprendieran lo que había en las profundidades más oscuras de su corazón.
"¿Ahora es este el Palacio celestial o un mercado ruidoso?"
Murmuró el hombre que había venido a la Torre de Crescentes para entregar el llamado del Señor. Él estaba parado detrás de ella, frunciendo el ceño sombrío a algo a su derecha. Girando la cabeza, Yue encontró a tres personas, que apoyaban la espalda contra la pared y charlaban con entusiasmo.
El primero a la derecha era el más alto del grupo, Kagutsuchi el Dios del Fuego, un hombre de gran altura y musculoso, cuyo cabello era una melena de llamas vivas. Mal humorado, violento, impaciente, el chico tendía a pensar con sus bíceps en vez de su cerebro. No había nada que amara más que los duelos, especialmente aquellos en los que una o ambas partes terminaban tendidas inconscientemente en el suelo, preferiblemente con algunos huesos rotos o un brazo o una pierna retorcida. Si no fuera por el hecho de que Tecnologías Curativas del Cielo eran tan avanzadas, reemplazando extremidades no era más que un trámite el niño habría paralizado mitad de la población de Izumo.
Aún así, a pesar de todos estos defectos, Kagutsuchi siempre fue alguien con un gran sentido de la justicia y la caballerosidad. Claro, desafió a otros dioses a duelos todo el tiempo, pero se iría si su oponente se negara. Era fuerte, pero nunca despreciaba a los débiles ni los intimidaba. Solo deseaba fortalecerse luchando contra el más fuerte que podía encontrar, eso era todo. Para desilusión de Kagutsuchi, últimamente no había tenido éxito en encontrar adversarios valiosos en Izumo. Probablemente los otros Dioses del Cielo se habían dado cuenta de que no podían vencerlo. Si ese fuera el caso, Yue estaría muy contenta. El chico puede disfrutar de ser herido por otras personas... pero seguramente eso a Yue no le gustaba.
El que estaba en el medio era un hombre cuya cara, enmarcada por un cabello corto, brillante y oscuro, era tan bonita que casi rayaba en la feminidad. A pesar de que era más alto que la mayoría de los hombres, solo se puso de pie en el pecho de su hermano de sangre, Kagutsuchi. A las Diosas del Cielo nunca les importó ese pequeño detalle. Yue tenía la certeza de que, a sus ojos, Susanou, el Dios de las Tormentas, era tan alto como cualquier hombre, y Kagutsuchi podría haber sido un enano. Pero, por supuesto, el chico siempre fue el amado del Cielo, a quien cada mujer inmortal deseaba presentar su corazón, esperando fervientemente que la aceptara. Lástima, se negó a tomar a cualquiera de ellas como su novia, independientemente de cuán bonitas eran. Cuando Yue le preguntó por qué, Susanou respondió que él no tenía ningún uso para las mujeres sonrientes que carecían por completo de inteligencia.
"Pero hermanito, ¿no fuiste tú quien enredó los suyos?"
Ella le dijo una vez. Él solo se rió y declaró que no necesitaba de chicas de mentalidad débil. Yue pagaría cualquier precio para verlo enamorado por primera vez. El chico haría bien en aprender cómo se sentía exactamente al tener su mente aturdida y sus ojos cegados por el amor. Entonces tal vez él empezaría a tratar a otras chicas más amablemente.
La mirada de Yue se deslizó de la cara impresionante de Susanou para el de la izquierda, que resultó ser Yui, que era in poco menor que el Dios de las Tormentas. Como siempre, la mujer de cabello rubio no mostró ni una pulgada de piel debajo de la cara. En vez de su habitual abrigo de manga larga y pantalones de mezclilla, hoy la mujer usaba un vestido blanco de manga larga, que estaba acompañado por un pañuelo negro alrededor del cuello y guantes blancos cubriendo sus manos. Yue a veces se preguntaba cómo Yui, el famoso maníaco de la higiene del Cielo, había sobrevivido al calor de los veranos de Onogoro.
Los tres eran hermanos de sangre, Yui era la mayor y los dos chicos gemelos. Bueno, claro, todos parecían personas de veintitantos años, pero Yue y Yui eran seis años mayores que los dos hombres. Aún así... si alguien fuera a juzgar por la forma en que Yui se comportaba, habrían jurado que la mujer era la más joven. Yue no podía culparlos. Después de todo, todo Inmortal del Cielo consideraba a la Diosa del Sol como una niña mimada e infantil que se negaba a actuar según su edad. ¿Qué tipo de mujer madura amaba engañar a otras personas y burlarse de ellas en cada oportunidad que tenía? Un alborotador hasta el hueso, eso era lo que Yui era.
Sin embargo... Yue había aprendido ayer que la Diosa del Sol era algo más que una alborotadora hiperactiva. A decir verdad, Yue todavía no podía creer que la Yui que ella conocía, siempre pareciendo alegre, tuviera un lado que Yue nunca conoció. La forma en que la Diosa del Sol se había posado sobre el cuerpo palpitante de Yuusaku, envuelto en llamas doradas que no podían apagarse, y vio que el hombre con un rostro digno de un asesinato a sangre fría asustó incluso a la propia Yue. Incluso ahora, el recuerdo todavía la asustaba.
"¡Hola, Yue-nee!" Kagutsuchi gritó y agitó su enorme mano más enfáticamente cuando vio a Yue caminando hacia él. Susanou, en contraste, se contentó con una reverencia seria y un suave "Buen día para ti, Yue-nee-san". El chico siempre fue tan educado, a diferencia de su hermano bruto. En cuanto a Yui, Yue eligió ignorar el saludo de la mujer y un gesto de su mano. La sonrisa deslumbrante de la Diosa del Sol, de la que se rumorea que puede hacer que un hombre se arrodille, se marchite y muera. Si la mujer pensaba que Yue se sentiría bien con ella solo por lo que hizo ayer, estaba muy equivocada.
"Veo que están bien, hermanos"
Supuso Yue con una sonrisa que no incluía a la mujer de cabello rubio. Si Kagutsuchi y Susanou lo notaron, no lo demostraron.
"Estoy bien."
La amplia sonrisa de Kagutsuchi dividió su rostro en dos.
"¡No es así Susanou! ¿Eh? ¿Eh…?"
El hermoso Dios de las Tormentas hizo una mueca.
"¿Debes hablarle a todos en los Tres Mundos antes de que te detengas, Kagutsuchi-san?"
Susurró Susanou. Yui, por otro lado, se limitó a una risa silenciosa detrás de una mano enguantada.
"Bah, ¿qué?"
Yue preguntó.
"Alguien subió a la cama de Susanou anoche".
La risa rugiente del Dios del Fuego resonó ruidosamente en el pasillo, lo que endureció la cara del Mensajero Sagrado hasta el punto de que podía romper rocas. Sin embargo, el hombre sabía que era mejor que expresar su opinión.
"Me asusté muchísimo"
agregó el hombre más alto. Susanou se agarró la frente y suspiró. La risa de Yui se puso un poco más alta mientras que Kagutsuchi parecía no poder detenerse. En cuanto a Yue, ella encontró las esquinas de su boca temblando.
"¿Cómo?"
Ella le hizo una pregunta a Susanou. Su hermano adoptivo era un hombre muy cuidadoso, por lo que para una mujer poder entrar en su casa sin ser notada era casi imposible, y mucho menos llegar a su cama.
"Pasé la mayor parte de mi tiempo trabajando en el Salón de las Memorias, así que estaba bastante cansado"
Explicó Susanou cuando un leve color se apoderó de sus mejillas.
"Cuando llegué a casa, fui directo a la cama sin recordar cerrar con llave las puertas, así que..."
Susanou no tenía idea de lo difícil que era para Yue mantener la cara seria mientras intentaba contener su risa. Ella apretó los labios, con fuerza.
"Y deja de reírte, ¿quieres?"
el Dios de las Tormentas rodeando su hermano y su hermana, con su habitual serenidad imperturbable a la vista.
"¿Se las arregló para hacerte algo indecente?"
Yue tosió en su mano para ocultar la sonrisa en sus labios. Eso invocó un rugido aún mayor de risa del Dios del Fuego. La Diosa del Sol, por otro lado, empezó a golpear con su puño enguantado en la pared detrás de ella y se rió tan alto como pudo. Susanou, mientras tanto, se puso más rojo que un tomate maduro.
"¿Quién... dijo... que era... ella?"
El Dios de cabello brillante logró entre ataques de risa.
"¿Fue un hombre?"
Dijo Yue, con todo su cuerpo temblando. No se reirían. ¡No lo harían! Pero en realidad, Susanou no estaba ayudando, la forma en que apretó los dientes con gran indignación.
"Aparentemente, ese hombre, quien quiera que sea, pensó que ya que Susanou nunca le retornó los sentimientos de esas mujeres, tal vez se movió... de una manera diferente"
Dijo Yui, resollando.
"Lástima por nuestro hermanito…. Lástima, ese tipo era bastante lindo, creo".
La joven mujer de cabello rubio le guiñó un ojo al Dios de las Tormentas, que estaba decidido a ignorarlo.
"No pongas esa cara, Susanou,"
Kagutsuchi sonrió a su hermano.
"Es tu culpa por haber nacido tan bonito que hasta incluso un hombre te quiere. También es tu culpa por ser tan estúpido como para decírnoslo en primer lugar".
"Tranquilo, estúpido, grosero, lagarto que escupe fuego"
Susanou dijo bruscamente. El chico había perdido los estribos, algo que Yue consideraba aún más raro que un sol saliendo en el oeste.
"Eso es dragón para ti, analfabeto gusano marino sin escrúpulos",
Respondió Kagutsuchi, aparentemente solo más divertido por el insulto. "D-r-a-g-ó-n", repitió el Dios del Fuego. Kagutsuchi era el Alto Comandante del Primer Batallón Imperial, el sello representado en una pancarta cuyo estandarte era un dragón que respiraba fuego. Susanou era del Segundo, su sello era una gran serpiente marina en medio de nubes de tormenta. A Yue no le gustó la criatura - encontró su forma serpentina y sus colmillos venenosos muy repugnantes - pero por alguna razón, Susanou estaba muy encariñado con ella. Ella nunca entendió por qué.
"¡Voy a tomar tu lengua por eso, payaso malabarista de fuego!"
escupió Susanou.
"Oh, ¿quieres llevarlo afuera?"
Kagutsuchi preguntó con esperanza. Yue de repente recordó que el chico reclamó con ella hace unos días de que no había tenido ningún buen oponente en mucho tiempo. Ella hizo una mueca. Susanou y Kagutsuchi tenían más o menos la misma fuerza... lo que lamentablemente era suficiente para arruinar a la mitad de Izumo si se desata una pelea.
Bueno... a Yue no le importaba si ese era el caso. De hecho, estaría aún más contenta si de algún modo los Dioses de las Tormentas y el Fuego lograran reducir toda la ciudad a escombros. A lo que le tenía miedo era a la posibilidad de que su padre, el Señor, los arrojara a ambos en una celda de prisión y los encerrara para siempre. Es cierto que eran sus hijos de sangre, cuyas almas él fragmentó para crear, pero no se podía negar que el mismo hombre había encarcelado a su hijo menor durante los últimos tres mil años. ¿Quién podría decir lo que le haría a Kagutsuchi y Susanou si ocasionaran en su ira? Yue no quería perder a más de sus hermanos...
"Cállense, ustedes dos",
Yue levantó la voz.
"Ya son adultos, así que actúen como tal".
Los gemelos inmediatamente se callaron y empezaron a estudiar seriamente el piso de madera, ambos parecían terriblemente avergonzados. Yue se permitió un gesto satisfecho. Kagutsuchi era un fusible de una tonelada de fuegos artificiales, esperando ser encendido, y Susanou un egócentrico que despreciaba a casi todo el mundo, pero cuando Yue dejaba claro, ellos harían lo que ella deseara sin siquiera una palabra de protesta.
"Ahora, ¿podrías decirme por qué estoy aquí?" Los ojos plateados de Yue miraban a cada uno de los gemelos en forma pareja.
Kagutsuchi se rascó la cabeza, Susanou apartó la mirada, y Yui empezó a sonreír suavemente, casi para sí misma.
"¿Papá los convocó también?" ella preguntó.
"Uh no."
Kagutsuchi negó con la cabeza.
"Él solo te mandó a llamar y Yui-nee. ¿No es así, Susanou?"
"Así es," respondió el hombre más bajo.
Yue de repente entendió. Pero por supuesto...
"Estaban preocupados por mí, ¿verdad, hermanos?"
ella dijo en voz baja. Sabían demasiado bien que Yue había desafiado la orden de su padre... por lo que temían por su seguridad, tal como había temido por la de ellos hace un momento.
Los gemelos asintieron, lo que hizo sonreír a Yue. Ella les dio a cada uno un fuerte abrazo y susurró un suave "Gracias" en sus oídos. Este era otro lado de ellos que ella amaba. No importa cuán diferentes fueran Kagutsuchi y Susanou en apariencia y personalidad, ambos tenían una cosa en común: amor interminable por su familia. Aún recordaba cuánto habían amado a su hermanito, Akira, y arruinaron al chico hasta el punto de que si Akira decidía que quería algo del otro lado del universo, Kagutsuchi y Susanou irían allí a buscarlo. Cuando el Señor de los Cielos aprisionó al joven Dios de las Espadas, los gemelos se arrodillaron frente a su escritorio durante todo un año para suplicar a su padre que perdonara al niño. Izanagi, con el corazón frío como estaba, se negó a cambiar de opinión.
"No tienes que agradecernos, Yue-nee",
dijo Kagutsuchi.
"Somos tus hermanos, ¿verdad?"
Susanou asintió con la cabeza. Nadie podría saber que ambos estuvieron a punto de intercambiar golpes hace unos momentos, supongo.
"Qué conmovedor"
comentó Yui.
"¿Cómo es que nunca me dijeron cosas tan agradables antes, hermanitos?"
"Porque amamos a Yue-nee mucho más que a ti, obviamente"
respondió Susanou con un brillo juguetón en sus ojos oscuros.
"Susanou tiene razón". Kagutsuchi asintió con un gesto fingido.
"Yue-nee siempre se comporta. A diferencia de cierta persona que nos dejó tan preocupados que ya no nos preocupamos por ella".
"¡Eso es!"
declaró Yui.
"¡A partir de este punto, los repudio oficialmente!"
Kagutsuchi y Susanou solo se rieron. Sabían que Yui no quería decir una palabra de lo que dijo.
"Me encantaría quedarme y hablar, hermanos",
dijo Yue.
"pero mi padre me estaba esperando. No debería hacerlo esperar mucho más".
"S,í Sí."
Kagutsuchi asintió vigorosamente.
"Entra, y no te preocupes. Si él quiere castigarte, le suplicaremos por ti".
"Por supuesto."
Yue sonrió y caminó hacia la puerta de la sala de estuudio de Izanagi. No pudo dejar de notar que la Diosa del Sol la estaba siguiendo en silencio. Incluso podía sentir los ojos dorados de Yui sobre su espalda. Ella decidió fingir que la mujer nunca existió.
"Oogami-san ... ¿era tu amigo de la infancia?"
Himemiya Chikane preguntó en voz baja. Ella y Himeko estaban dentro de la limusina de su familia, camino a la Academia Ototachibana. Sentadas en el asiento trasero una al lado de la otra, sus hombros estaban separados por una décima de pulgada. Durante el primer viaje desde la mansión Himemiya a la escuela, Chikane se encontró en un extremo del banco y Himeko en el otro. Sin embargo... después del tercer viaje más o menos, Himeko había decidido reducir la distancia entre ellas. Ahora, cada vez que subían a la limusina, el angelito siempre se sentaba lo suficientemente cerca como para que Chikane sintiera la necesidad de poner su brazo alrededor de la cintura de la chica y apoyar la cabeza en el hombro de Chikane. Ese impulso todavía estaba allí hoy, como siempre, pero su efecto se vio considerablemente disminuido por otro sentimiento en su corazón, que no podía nombrar.
"Sí"
respondió Himeko con una sonrisa brillante en los labios. Esa misma sonrisa no se había desvanecido desde que Oogami Souma se fue y Himeko entró en la limusina. Chikane una vez pensó que tal sonrisa estaba reservada para ella y para ella sola. Ahora ella sabía que no era así.
"Increíble, ¿verdad?"
"En efecto."
Chikane asintió.
"¿Era el mismo muchacho que me mencionaste una vez?"
"Te dije sobre él?"
Himeko parecía un poco perdida.
"Sí, lo hiciste."
Chikane dio a sus labios un toque pensativo.
"Hace poco menos de un año, si no recuerdo mal".
Sólo habían sido amigas durante un poco más de dos meses, así que Chikane se sorprendió mucho cuando Himeko comenzó a contarle todo sobre ella, incluyendo lo que había sucedido en su infancia, que involucró a un chico llamado Hiraishi Souma. Según el angelito, el chico siempre había actuado como su caballero, un escudo para evitar que la lastimaran, y una espada para repeler a los otros muchachos, que pensaban que podían intimidarla y salirse con la suya. El pequeño caballero había sufrido innumerables moretones como resultado. Chikane había escuchado esa historia con gran diversión... hasta que la chica de cabello dorado mencionó que una vez había adorado al niño tanto que quería ser su novia al crecer. Chikane no se atrevió a imaginar qué hubiera sido de ellos si el chico no se hubiera mudado de Tokio, donde él y el pequeño ángel habían nacido,
"¿Cómo recuerdas algo de hace tanto tiempo?"
Preguntó Himeko mientras miraba a Chikane con esos adorables ojos color amatista, abiertos de par en par por la sorpresa.
Recuerdo cada palabra que me dijiste, Himeko, pensó Chikane. Sin embargo, con lo que respondió el angelito fue:
"Soy afortunada de tener buena memoria".
"Ojalá tuviera una igual de buena",
Comentó Himeko.
"Mi calificaciones hubieran sido mucho mejores".
Ambas sonrieron ante eso.
"De todos modos",
Dijo Chikane:
"Si Oogami-san fue tu amigo de la infancia, ¿por qué ahora él tiene un apellido diferente?"
Honesto con los cielos de arriba, Chikane nunca se imaginó que el chico con el que Himeko solía enamorarse - seguramente esperaba que fuera solo un "acostumbrado" - fue el mismo que casi la mató recientemente. Claro ... ambos tenían el mismo nombre de pila ... pero no era como si Souma fuera un nombre poco común de todos modos ...
"Sobre eso"
respondió Himeko,
"Sou-chan me dijo que fue adoptado por el Clan Oogami poco después de mudarse a Mahoroba. Por qué, él no me lo contó".
"Ya veo".
Chikane se preguntó por qué Oogami Souma no podría haberse mudado a otro lugar ... como Hokkaido, o alguna ciudad al otro lado de la Tierra, en lugar de Mahoroba, donde nació Chikane. Quizás los dioses pensaron que sería divertido complicar aún más su relación con Himeko, lo cual ya era bastante complicada.
"Aún así ... nunca lo reconociste durante el primer año que estuviste aquí, Himeko"
señaló Chikane.
"Eres una princesa terriblemente desalmada por haber ignorado a tu fiel caballero".
Ella rió en silencio mientras la cara de la chica de pelo dorado empezaba a enrojecer.
"No tengo la culpa", protestó el ángel.
"Cuando era pequeño, Sou-chan era un niño de cara lisa y mocosa. Ahora se ve ..."
Himeko hizo una pausa como si buscara alguna palabra.
"¿Diferente?" Ofreció Chikane.
"Sí, diferente",
La otra chica estuvo de acuerdo.
"¿Él tampoco te reconoció durante el año pasado?"
Chikane preguntó. Pequeña posibilidad de eso. Himeko una vez le mostró un álbum viejo que tenía fotos de su infancia. A pesar del hecho de que había crecido hasta convertirse en una chica hermosa a través de los años, nadie podría haber mirado a la linda niña con las dos trenzas en la foto y la actual Himeko y dijo que eran personas diferentes.
"No lo sé, Chikane-chan"
respondió la amada de Chikane.
"Yo misma le pregunté eso, pero él solo sonrió y cambió el tema".
Chikane le dio a sus labios otro toque. Ella se preguntó por qué.
"¿Cuál es el problema?"
Preguntó al notar que la niña la miraba con una expresión culpable en su bonita cara.
"Lo siento", murmuró Himeko.
"¿Por qué?" Chikane parpadeó.
"No puedo ir al Jardín de las Rosas contigo hoy"
dijo la chica de cabello dorado con una mueca triste. "
Sou-chan me pidió que almorzáramos juntos".
Esa sensación incómoda, que había estado plagando la mente de Chikane desde que Himeko entró en la limusina, se multiplicó por diez.
"Padre, por tu llamado he venido,"
Yue la Diosa de la Luna murmuró las palabras sobre sus rodillas.
"Espero tu orden".
Se suponía que debía sonar solemne, se esperaba que pareciera asombrada y respetuosa con el siempre glorioso Señor del Cielo, incluso trató de actuar de esa manera, también ... sin embargo, cada vez que se acercaba a él, todo lo que sentía era odio. Si no hubiera sido por el hecho de que Izanagi el Gobernante de Izumo tenía en sus manos su debilidad, ella habría tratado de matarlo en cualquier oportunidad dada. Estaba cansada de obedecer todas sus órdenes como una hija obediente que nunca fue. Estaba harta de estar allí sentada y sin hacer nada mientras él jugaba con el destino de sus hijas tal como lo deseaba.
Yui simplemente se contentó con un
"Padre, ¿nos necesitabas?"
Su voz inusualmente callada. La alegría que vestía sobre su persona como lo haría con la ropa se había desvanecido en el olvido. Si Yue no hubiera visto el rostro asesino que la mujer había levantado ayer, Yue se habría sorprendido de verla así.
Yue miró una vez más a la Diosa del Sol, preguntándose si la joven estaba sintiendo lo mismo que ella. Después de todo, el hombre nunca la había considerado una hija... Después de todo, nunca le había mostrado una sonrisa a Yui desde que vino a este mundo ... Después de todo, si podía cometer un crimen tan indescriptible contra él alguien que creó de su sangre y alma ... no podría haber estado viéndola más que un objeto del cual él quiso aprovechar. Qué hombre tan despreciable.
"¿Padre, Tsukiyomi?"
El Señor del Cielo dijo fríamente.
"¿Todavía te consideras mi hija?"
Sentado detrás de un enorme escritorio, con la barbilla entre los dedos entrelazados, Izanagi, el Hacedor del Mundo, parecía a lo más un joven de veintitantos años. Él tiene una estructura pequeña, pero su estudio fue una de las cámaras más grandes en todo el Palacio Celestial. Aun así, esta habitación enorme, llena con la luz del sol brillando a través de la ventana de gran tamaño detrás de la espalda del hombre, no parecía poder contener la impresionante presencia del hombre. Cada Inmortal que pisó la puerta no pudo dejar de ver por qué a Izanagi se le llamó la entidad más fuerte en los Tres Mundos. Incluso cuando estaba sentado, relajado, todavía emitía un aura temible que estaba en desacuerdo con su cara inusualmente bonita. A veces, Yue se preguntaba por qué el Gobernante de Izumo, más viejo que cualquier Dios o Diosa en el Cielo, se hacía ver tan joven que la gente podría haber pensado que no era más que uno o dos años mayores.
"Soy tu hija, padre"
Eespondió Yue.
"Siempre lo tengo presente".
Hasta el día en que incumples nuestro pacto, 'terminó mentalmente.
"¿Yuusaku no te dijo que no deseaba que dejaras el cielo ayer?"
Izanagi dijo, su voz era hielo.
"Sí, me lo comentó",
Admitió Yue.
"Entonces, ¿por qué desobedeciste a él y al Sello Regente en su mano?"
el Señor de los Cielos exigió.
"¿No sabías que Yuusaku hablaba con mi voz y cargaba con toda mi autoridad?"
Su voz se hizo más y más fuerte con cada palabra.
"¿O fue que mi orden pesaba tan poco en tu mente que elegiste ignorarla?"
"No fue así, padre", mintió Yue.
"Entonces, ¿por qué sigues yendo a Onogoro a pesar de mi deseo expreso?"
Izanagi miró a Yue, sus ojos oscuros ardían de ira.
"Mis hijas me necesitan, padre", respondió Yue.
"¿Cuántas veces más debo decirte que las Sacerdotisas no son tus hijas?"
Izanagi dijo, con voz dura y muy dura.
"¿Cuántas veces más debo decirte que las amo como a los míos a pesar de que nunca fueron mi carne y mi sangre?"
Yue insistió.
"¿No te diste cuenta de que estabas arriesgando mi descontento y la seguridad de todo Izumo uniéndote a ellos, Tsukiyomi?"
el gobernante de Izumo tronó.
"¿Vale la pena eso para dos mortales?"
Yue habló sin vacilación, "Sí".
"Por qué tú..."
"No creo que estés en condiciones de sermonear a Yue, padre".
La Diosa del Sol tosió delicadamente en su mano enguantada, pareciendo ser impermeable a la mirada gélida que su padre había cambiado su camino. Yue estaba bastante segura de que cualquier otro Inmortal se habría estremecido. Había Dioses y Diosas a quienes se había escuchado decir a otros que la mirada de Izanagi los ponía nerviosos y los hacía sentir como un mortal... culpable por eso. La mujer de cabello dorado o bien había ocultado bien su miedo... o tenía una cantidad suicida de coraje.
"¿Qué quieres decir con eso, Amaterasu?"
el Señor del Cielo preguntó con voz tranquila y suave. Los pelos de Yue comenzaron a levantarse. Había estado con su padre adoptivo lo suficiente como para darse cuenta de que solo había una cosa en la que podía pensar cada vez que usaba esa voz ... Asesinato.
"Bueno, padre, ¿tal vez todavía recuerdas lo que pasó hace tres mil años?"
Yui dijo, voz igualmente suave. Las cejas de Izanagi se juntaron en un oscuro y ominoso ceño fruncido.
"Por supuesto, no podrías haber olvidado que arriesgaste tu vida, y la seguridad del Cielo, viniendo al Inframundo para rescatar a mi hermana la Diosa de la Luna. Yue debe haber sentido los mismos sentimientos hacia las hijas que amaba".
La Diosa del Sol sonrió triunfante al final mientras los labios del hombre se comprimían en una delgada línea de ira. Bueno ... Yue no podía culparlo. Después de todo, su propia hija solo compartió palabras con él ... y tuvo éxito.
En el estudio, se produjo un incómodo silencio, donde su dueño y su hija se miraron como se hacían los enemigos, hasta que Yui decidió hablar de nuevo.
"Supongo que encontrarás suficiente perdón en ti como para perdonar a mi hermana esta vez, padre. No la castigarías por lo que hizo por amor, ¿o sí?"
"Si hubiera querido castigarla, ella habría estado retorciéndose en el Núcleo Sanctum en este momento".
Murmuró Izanagi.
"A ella no le gustará eso".
"Seguramente no"
estuvo de acuerdo la Diosa del Sol.
"¿Eso significa que soy libre de ir, padre?" Yue preguntó. El Señor del Cielo suspiró en respuesta.
"Sí",
dijo de manera resignada.
"Puedes quedarte lo más cerca posible de las Sacerdotisas. Pero sabed esto, Tsukiyomi, te colgaré por los tobillos en la puerta del Palacio Celestial si alguna vez descubro que has interferido alguna vez. ¿Lo dejé claro? "
"Perfectamente"
respondió Yue mientras se preguntaba si el hombre era un idiota. Ya debería haberse dado cuenta de que Yue interferiría en el mismo momento en que el peligro amenazaba a sus preciosas hijas. ¿Qué le daba la idea de que a ella le importaban los castigos que pudiera infligirle? Pero bueno, ella ciertamente no iba a decirle eso…
"Muy bien, puedes irte".
Izanagi le dio un gesto desdeñoso de su mano.
"Vos quédate, Amaterasu".
"Como mandas, padre,"
dijo alegremente Yui.
Yue se levantó elegantemente y caminó hacia la puerta del estudio, donde encontró a Yuusaku el Mensajero Jefe al deslizarlo a un lado. La cara del hombre estaba morada de ira. Ella le dirigió una mirada fría y despectiva y se alejó. Los pensamientos del hombre se desvanecieron de su mente tan pronto como sus hermanos pequeños, Susanou y Kagutsuchi, corrieron a su lado y le preguntaron si Izanagi la había castigado. Aun así, en medio del aluvión de preguntas que lanzaron en su dirección, no pudo evitar preguntarse por qué Yui continuó ayudándola a pesar de la hostilidad y el desprecio con el que ella, Yue, siempre la trataba.
Luego…
Después de entrar en el estudio de Izanagi-sama, Yuusaku cerró la puerta del shoji, sintiendo la furia florecer en su interior cuando su mirada encontró a la Diosa del Sol. La mujer de cabello dorado estaba arrodillada en el suelo de tatami, frente al enorme escritorio del Señor de los Cielos. En silencio, Yuusaku cruzó la habitación para pararse al lado de Izanagi-sama, como siempre lo había hecho. Para su irritación, la mujer nunca le dio siquiera una mirada. Era como si él no existiera... Llegará el momento, mujer, pensó, cuando te enseñe que no soy alguien que puedes cruzar y sobrevivir después.
"Últimamente has estado bastante petulante, Amaterasu,"
dijo Izanagi-sama, su voz un poco más cálida que un viento ártico.
"¿Qué quieres decir, padre?"
la despreciable mujer preguntó inocentemente.
El Señor miró a Amaterasu sobre sus manos entrelazadas y no dijo nada. Por lo general, el silencio que acompañaba su mirada penetrante habría hecho que cualquier objetivo se estremeciera y se encogiera. Sin embargo, la Diosa del Sol no parecía afectada por eso. La mujer tenía valor. Yuusaku tuvo que admitirlo.
Justo cuando pensaba que la pelea fija entre padre e hija continuaría hasta que llegara la noche, el Señor de Izumo dijo:
"¿Qué estás tratando de hacer?"
"No puedo decir que te entiendo",
Respondió Amaterasu.
"No juegues tímido conmigo",
advirtió Izanagi-sama.
"Sé que has estado escondiéndote en Onogoro desde el renacimiento de las dos Sacerdotisas. ¿Qué secretos me ocultas?"
Yuusaku sintió una punzada de vergüenza en su corazón. Durante diecisiete años, La División de Mensajeros había estado tratando de controlar a la Diosa del Sol. Durante diecisiete largos años no obtuvieron ningún resultado positivo. No importaba cuántos Mensajeros envió Yuusaku para espiar a la mujer pues nunca lograron aprender nada. ¿Cómo podrían hacerlo, cuando Amaterasu se les escapó con tanta despreocupación? ¿Cómo podrían ellos, cuando solo encontraron a la mujer cuando ella eligió ser encontrada? Ella irritó tanto a él como a Izanagi-sama sin fin.
"Si tuviera secretos, ¿te los revelaría, padre?"
La mujer de cabellos dorados se rió en silencio.
"¿Por qué no tratas de aprenderlos por tu cuenta? Es más divertido de esa manera".
"No te parecerá divertido cuando te envíe al Núcleo Sanctum",
amenazó el Gobernante de Izumo. Sin embargo ... sus palabras sonaron huecas en los oídos de Yuusaku.
"Te harán aullar lo suficientemente pronto".
"¿Vamos allí, ahora?" La risa de Amaterasu se hizo más fuerte, más rica y mucho más insolente.
"Sabes que no le temo a tu Asamblea Celestial".
"Vete, ahora",
dijo Izanagi-sama.
"Ten cuidado o algún día desearás que nunca hayas nacido".
"Dudo que ese día llegue pronto".
Amaterasu se puso de pie.
"Buen día, padre".
La mujer se fue sin siquiera asentir.
"Gracias a tu incompetencia, Yuusaku, tengo que sufrir la burla de gente como ella".
Mencionó Izanagi-sama con acidez una vez que los pasos de la mujer fuera del estudio se habían desvanecido en el silencio.
"No tengo excusa, mi señor",
Respondió Yuusaku superficialmente. Fue la respuesta que le había estado dando a su empleador durante los últimos diecisiete años.
"Estoy bastante cansado de escuchar eso".
El Señor de Izumo le dio a Yuusaku una mirada dura.
Yuusaku tragó y decidió callarse. No serviría de nada decir en este momento, porque cualquier palabra podría verter aceite en el fuego.
"Informa todo lo que necesites y déjame",
dijo Izanagi-sama.
Quince minutos más tarde, cuando Yuusaku se estaba inclinando ante la presencia de Izanagi-sama, el otro hombre dijo: "Detente". De repente, la luz afuera de la ventana abierta del Señor se atenuó hasta que todo lo que quedó fue oscuridad. El trueno comenzó a retumbar. Los vientos fríos comenzaron a rugir. Sin un sonido, el empleador de Yuusaku se dirigió a su ventana, con las manos enlazadas a la espalda. Escalofríos se deslizaron por la espina dorsal de Yuusaku.
"Lo recordarás, Yuusaku",
dijo el hombre.
"La próxima vez que toques un mechón de cabello en la cabeza de Tsukiyomi, te mataré".
Un relámpago iluminó la cara del hombre, que era más frío y más asesino que nunca.
Yuusaku sabía que su señor feudal hablaba en serio. Él comenzó a temblar.
En otro lado…
Himemiya Chikane estaba de mal humor. Ella no lo mostró, los otros no lo sabían, pero eso no significaba que no estuviera allí.
Han sido cinco días escolares desde la visita de Oogami Souma a la Mansión Himemiya, y también han sido cinco días en los que Chikane nunca se había sentido peor en su vida. Ella no sabía qué método había empleado, qué hechizo había lanzado sobre su angelito, pero había tenido más éxito en llevarse a la otra chica. Desde que llegó a la casa de Chikane y le reveló a Himeko que era su amigo perdido de la infancia, le había pedido a Himeko que almorzara todos los días, lo que privó a Chikane de los escasos treinta minutos que podía pasar con Himeko en la escuela. Nunca había imaginado cómo el pequeño espacio dentro del Jardín de las Rosas podía crecer tan extensamente sin el angelito. Nunca pensó cómo media hora podía durar tanto tiempo.
Lo que empeoró la situación fue que Chikane tampoco había podido pasar tiempo con Himeko en casa. Al comienzo del período escolar, no tenía mucho que hacer, pero en este momento, las actividades del club y las responsabilidades y deberes del presidente del cuerpo estudiantil habían comenzado a acumularse. Durante los últimos cinco días, Chikane se había estado quedando en la escuela hasta que el cielo se oscureció y las estrellas brillaron. Sin embargo, no importaba lo duro que trabajara, la montaña de papeleo en la Oficina del Gobierno Estudiantil solo parecía crecer más. La exasperaba sin fin.
Además, no ayudó que Himemiya Kyou, su padre, decidiera que ya era hora de que empezara a aprender las formas del mundo de los negocios. Desde el otro lado del océano, en los Estados Unidos, su Mightiness había emitido un comando de que Chikane iba a encontrar tiempo -no le importaba cómo- para poder tomar lecciones de un equipo de MBA a quienes había enviado a Japón. camino de Los Estados Unidos. Su padre hablaba en serio cuando le dijo que tenía la intención de convertirla en una digna sucesora del Imperio Himemiya antes de graduarse de la escuela secundaria. No tenía idea de que gracias a él, Himeko estaba oficialmente fuera de su alcance. ¿Cómo podría no ser el angelito cuando Chikane fue arrastrada al estudio de su padre tan pronto como regresó a la mansión?
Si había algo de consuelo en este infierno al que Chikane había sido arrojada, fue el esfuerzo de Himeko para alcanzarla. El angelito había intentado esperar a Chikane en la biblioteca mientras ella trataba con los otros estudiantes en el Gobierno Estudiantil solo para poder irse a casa juntas. Chikane estaba profundamente agradecida con ella por eso, y también estaba muy feliz ... hasta que encontró a Himeko asintiendo con la cabeza en la biblioteca, tratando de mantenerse despierta. Esperar a Chikane por tres horas seguidas cansó a la niña por completo. Después de eso, Chikane había insistido en que Himeko iría primero a casa sin ella. No había sido fácil convencer a la chica de pelo dorado. Y tampoco había sido fácil persuadirse a sí misma de que había hecho lo correcto, a pesar de que resultó en separar a los dos aún más.
Sí, mientras la distancia entre Chikane e Himeko crecía, la chica de pelo dorado y la de Oogami Souma debieron haberse acortado. Después de todo, tenían mucho que poner al día, supuso Chikane. Después de todo, el niño era amigo de la infancia de Himeko, quien tal vez estaba más que ansioso por restablecer su... relación. Él también parecía querer ser promovido de caballero a príncipe en los ojos de su princesa, notó Chikane. El conocimiento solo empeoró su ya terrible estado de ánimo.
Lo más deprimente de todo el asunto fue que Chikane había empezado a perder la confianza en sí misma y también en su amor. A pesar del hecho de que Chikane había perdido casi todas sus posibilidades de permanecer cerca de Himeko, los diez minutos durante el viaje desde la Mansión a Ototachibana permanecieron intactos. Curiosa y ligeramente preocupada por el lugar donde se encontraba el afecto de la chica de pelo dorado, Chikane había intentado averiguar de qué hablaban Himeko y Oogami Souma durante todo el tiempo que pasaron juntos. El angelito, curiosamente, se sonrojó y cambió el tema. La chica probablemente no estaba consciente de cuánto le preocupaba la mente de Chikane al hacer eso. ¿Era posible que Chikane hubiera estado bajo una ilusión todo el tiempo? ¿Podría ser que Himeko solo la viera como una amiga y no albergara sentimientos románticos hacia ella a pesar de lo que Chikane esperaba?
Chikane suspiró y dejó el Jardín de las Rosas, su lonchera intacta pues su apetito completamente arruinado.
Más tarde…
Kurusugawa Himeko se ahogó en apuros. Trató de no mostrarlo, no creía que otros, a excepción de Chikane-chan y Sou-chan, se preocupaban por ella lo suficiente como para notarlo, pero estaba allí.
Habían pasado cinco días desde que Sou-chan visitó la casa de Chikane-chan, y también habían sido cinco largos días en los que Himeko nunca tuvo la oportunidad de hablar con Chikane-chan sobre lo que deseaba. Claro, pasaron diez minutos juntos dentro de la limusina todas las mañanas, pero no era lugar para que Himeko les preguntara a las chicas de pelo azul cosas que solo eran adecuadas cuando eran privadas. El chófer estaba allí, indudablemente informado de cualquier cosa que Himeko dijera. A veces deseaba que la familia de Chikane-chan le proporcionara una limusina que tuviera algún tipo de amortiguación de sonido entre el chófer y los pasajeros. Eso proporcionaría una gran ayuda.
Bueno, aunque la mayoría de los problemas de Himeko se debían al hecho de que la vida había alcanzado a su querida princesa y la hacía casi inalcanzable, su amigo de la infancia no jugó ningún papel en ella. No es que estuviera culpando a Sou-chan ... pero no se podía negar que el chico era la única razón por la cual Himeko no pudo ver a Chikane-chan en el Jardín de las Rosas durante el almuerzo.
Bueno ... ella supuso que ella misma también tenía la culpa. Ella había tenido la intención de almorzar con él el primer día solamente, pero cuando él siguió pidiéndole que almorzara los días siguientes, ella no había podido rechazarlo, aunque deseaba desde el fondo de su corazón que él simplemente la dejara en paz. Nunca se arrepintió de haber sido una presa fácil durante toda su vida hasta ahora…
Pero Himeko se aseguraría de que terminara hoy. Nada que Sou-chan dijo iba a hacerla cambiar de opinión, y eso fue todo. Echaba de menos terriblemente a su princesa de cabellos azules, y no iba a sufrir más de lo que debía.
Agitando sus pasos, Himeko se dirigió hacia la cafetería, donde Sou-chan esperó. Tenía la sensación de que no le iba a gustar esto.
En la cafetería…
Oogami Souma estaba fuera de sí con frustración. Himeko hizo lo posible por ocultarlo, Himeko no lo notó, pero tenía la impresión de que sus compañeros de clase, que caminaban muy a su alrededor estos días, sabían con certeza que estaba allí.
Habían pasado cinco días desde que Souma llegó a esa mansión ridículamente sobredimensionada, y también habían sido cinco largos días en los que se encontró hundiéndose lentamente hacia el infierno. Su hermano, el Sumo Sacerdote Shingetsu, no entendía cómo Souma podía ser incomprensiblemente feliz el primer día y se deprimía tristemente el siguiente. Trató de preguntar qué pasaba, pero Souma se negó a decírselo. Sería embarazoso dejar que Kazuki-nii-san supiera que Himeko estaba volteando su mundo, y que no había nada que él pudiera hacer al respecto.
Bien, estaba muy feliz cuando la chica de cabellos dorados aceptó almorzar con él el mismo día que llegó a la Mansión Himemiya. Estaba en la nube nueve mientras estaban sentados en la cafetería la tarde siguiente, hablando alegremente y reviviendo el recuerdo de la antigüedad de su amistad. Sin embargo, había cometido un terrible error, uno que lo empujó a un laberinto donde no pudo encontrar una salida: invocar el nombre de Himemiya.
Incapaz de profundizar en la conciencia de Himeko y leer su mente, Souma había intentado aprender cómo se siente la chica de cabello dorado acerca de su "compañera de piso" haciéndole preguntas sobre su vida con la princesa Himemiya. Este error le costó caro, ya que abrió la compuerta de una presa que tenía un suministro de agua aparentemente interminable. Himeko, cuyos ojos amatista habían brillado como los más brillantes comienzos que había visto en la mención de la chica rica, comenzó a decirle con entusiasmo cada cosa que tenía la menor conexión con Himemiya. Trató de fingir que estaba interesado, estaba convencido de que, de lo contrario, ofendería a la chica de cabello dorado, trató de desviar la conversación del peligroso tema y fracasó. De alguna manera, Himeko siempre fue capaz de devolver el tema a la chica rica a pesar de los esfuerzos de Souma. La niña era como una avalancha de nieve, para la cual la resistencia no tenía sentido y era inútil. Ese día, él había salido de la cafetería con una sonrisa tan frágil como un trozo de vidrio y un corazón tan pesado como una roca. El único consuelo que tenía era que había tenido éxito en pedirle a Himeko que almorzara al día siguiente. La niña no estaba muy feliz por eso, pero bajo la presión de Souma, ella estuvo de acuerdo.
En el camino a la cafetería al día siguiente, Souma había pensado que sería diferente, que podrían encontrar algo más de lo que hablar, y que tal vez Himeko se había quedado sin cosas para hablar sobre la princesa Himemiya. Él estaba equivocado. Tan pronto como Himeko se sentó a su lado en la mesa, ella retomó donde lo había dejado. Solo pudo gemir por dentro con exasperación durante los siguientes treinta minutos. Al final de cada reunión pedía a Himeko que almorzase al día siguiente. Himeko no era muy buena rechazando a las personas, especialmente a él, y al comienzo de cada una de ellas estaría deprimido cuando se dio cuenta de que Himeko no iba a dejar de hablar de su compañera de piso, a quien pensaba que era la chica más bonita, más inteligente y más amable de todo este mundo. Él no estaba de acuerdo con eso,
Para colmo, Himeko había mostrado cada vez más renuencia a aceptar su invitación diaria a almorzar, y la incomodidad crecía en su corazón con cada momento que pasaba con él. Fue deprimente A menos que encontrara alguna manera de cambiar la situación a su favor, tenía la sensación de que escucharía la palabra "No" de Himeko lo suficientemente pronto.
Enojado, agarró la taza de plástico vacía sobre la mesa y la arrugó en su mano. ¿Cómo fue que pasó todo esto?
Después…
Sentada frente a su escritorio, en un pijama, bajo la cálida luz de su lámpara eléctrica, Kurusugawa Himeko miró fijamente la libreta de tareas en blanco, que había estado haciendo durante la última media hora. Honesto con los Dioses de arriba, a pesar de que la cosa estaba prevista para la clase de mañana, había descubierto que no podía obligarse a trabajar en los problemas. Sus pensamientos se desmoronaban, su mente se desmoronaba y su corazón le dolía tanto que pensó que iba a morir. Suspirando, dejó que un lado de su cara descansara sobre el cuaderno y decidió olvidarse de la tarea. Ella no creía que pudiera terminar ni siquiera una de ellas esta noche, entonces, ¿para qué molestarse? Finalmente, su mirada errante cayó sobre un vestido de una pieza de color esmeralda acostado en su cama. Su corazón, ya atado en un nudo, se sumergió profundamente en su estómago.
El día no comenzó demasiado mal ... ¿quién podría haber pensado que terminaría de esta manera al final?
Sonriendo para sí misma de pie frente a su escritorio, Himeko abrió su mochila, sacó sus cuadernos y su caja de lápices, y luego los colocó prolijamente en la superficie de madera que parecía tan brillante como el bronce pulido. A través de las ventanas abiertas, el aire fresco de la noche de octubre entraba con brío, aliviando el calor de la lámpara eléctrica y llenando la habitación con la suave fragancia de las flores plantadas en el amplio jardín trasero de los Himemiya. Hacía bastante frío a esta hora de la noche, alguna otra chica podría haberse puesto otra capa de abrigo, pero a Himeko no le importó ni un poco. De hecho, lo encontraba más estimulante ... aunque su buen humor no tenía nada que ver con el clima, suponía. Ella se rió en silencio.
Himeko había tenido una conversación con Sou-chan ese mismo día, y el resultado fue muy agradable ... al menos para ella. Sou-chan no se había sentido feliz en absoluto, escuchándole decir que no iría a la cafetería de la escuela con él todos los días. Su expresión, que se había vuelto amarga tan pronto como miró fijamente, la hizo sentirse tan culpable que tuvo que agregar que lo invitaría a almorzar de vez en cuando. Por alguna razón, parecía haber hecho que el chico se sintiera aún peor, porque solo hizo una mueca en respuesta y se agachó en su silla, luciendo seriamente deprimido.
Himeko hizo una mueca ante el recuerdo. De ninguna manera era una buena manera de tratar a su amigo y salvador de la infancia, tenía que admitirlo, pero ¿qué otra cosa podía hacer? Sou-chan era un amigo que adoraba... pero importante para ella como lo era el chico, no podía acercarse a la posición de Chikane-chan en su corazón. Después de todo, la princesa de cabello azul era el amor de su vida, no había ninguna razón para que Himeko no le prestara más atención. No es que ignore a Sou-chan a partir de ahora, lo dijo en serio cuando dijo que lo invitaría a almorzar y pasar el rato con él de vez en cuando, pero tenía que llegar a término con el hecho de que no podía estar ella todo para él.
Pero en cualquier caso, Himeko no se sintió tan mal por esto. En realidad, no podía, cuando la idea de poder pasar el almuerzo con Chikane-chan en el Jardín de las Rosas a partir de ese momento la hacía tan feliz que apenas podía evitar sonreír como una tonta desde que regresó a su clase de la hora del almuerzo Oh, cómo sus compañeros de clase la habían mirado extrañamente por el resto del día. No es que ella les haya prestado atención, por supuesto...
Ahora solo necesitaba esperar que Chikane-chan fuera liberada de ese aterrador equipo de MBA que su padre había contratado para ser tutora en privado. Himeko había estado allí cuando la princesa regresó, luciendo un poco agotada, pero no había podido hablar con ella antes de que cuatro hombres y tres mujeres, todos vestidos de negocios y con gafas gruesas, rodearon a la niña y prácticamente la arrastraron a los estudios para ser CEO. La Himemiya Ojou-sama parecía tan triste por la manera en que miró desesperadamente a Himeko, que estaba de pie en la escalera de mármol, antes de desaparecer. Himeko solo podía hacer una mueca y desear desde el fondo de su corazón que esa gente simplemente dejara en paz a la que amaba.
Himeko suspiró y se preguntó cuánto tiempo tendría que esperar hasta que concluyera la sesión de tutoría. No le importaría mantenerse despierta hasta la mañana ... pero a veces su mente simplemente se cerraba en contra de su deseo si esperaba demasiado. Tal vez debería ir a tomar una taza de café, una grande...
Alguien llamó suavemente a la puerta. Para sorpresa de Himeko, la voz suave y baja de la princesa siguió de inmediato.
"¿Todavía estás despierta, Himeko?"
Literalmente, saltando de su silla, Himeko se dirigió hacia la puerta y agarró el pomo de la puerta solo para recordar un segundo después que podría haber respondido a la llamada de Chikane-chan. Sonriendo suavemente a sí misma, Himeko giró la perilla y abrió la puerta.
"Entra, Chikane-chan"
La dijo mientras miraba fijamente a la princesa de cabello azul, que vestía un vestido azul que fluía, que tal vez solo sirviera como un camisón. Sus hombros, descubiertos por el vestido, estaban ocultos debajo de un abrigo blanco que aún dejaba la mayor parte de la piel sobre su pecho descubierta. Himeko sintió que la sangre corría a su cara.
"Estoy sorprendida de que no te hayas ido a dormir, Himeko".
Chikane-chan, sujetándose la parte delantera de su abrigo, entró en la habitación con una sonrisa que era más brillante que la luna afuera. Debía de haberse bañado, porque Himeko se dio cuenta de que la totalidad de la chica estaba empapada con el aroma del jabón a base de hierbas, y su pelo azul brillante brillaba con humedad. Ella olía realmente bien.
"Ya era bastante tarde".
La princesa miró el reloj del abuelo, que decía las diez de la tarde.
"Ah, yo estaba ... um ... ocupada con la tarea",
Mintió Himeko, con la cabeza girando por el aroma fresco y crujiente de Chikane-chan, que se había sentado a su lado en la cama. De cerca, la otra chica estaba más hermosa que nunca con su tez blanca como la nieve aún húmeda después del baño, el lustre brillante de su cabello y los ojos de zafiro que estaban atrayendo cada parte de la existencia de Himeko. Y ciertamente, poder notar las curvas sensuales del cuerpo bajo el yukata blanco no ayudó en absoluto. Los hombros pequeños de la princesa Himemiya, sus amplias tetas agitándose suavemente bajo las telas, su cintura esbelta conformaba una figura tan bien proporcionada que una chica se moría por tener ... un cuerpo que la misma Himeko está deseando abrazar...
"Ya veo",
respondió el Himemiya Ojou-sama, cuya mera presencia aceleró el corazón de Himeko. Le recordó a Himeko la conversación inconclusa que tuvieron hace cinco días, cuando Sou-chan decidió visitarla y la arruinó toda su semana. Tal vez ella podría encontrar una manera de recomenzarlo ahora.
Himeko abrió la boca para hablar, pero Chikane-chan fue más rápida.
"Ey, Himeko, tengo un día libre mañana",
dijo la princesa con voz alegre.
"¿En serio?"
preguntó Himeko, sorprendida.
"Pensé que tendrías lecciones de tus tutores durante los fines de semana también"
.
"Se suponía que sí."
La princesa de cabellos azules sonrió suavemente.
"Pero les dije que quería tener libre el día de mañana, y podrían informarlo a mi padre si lo desearan".
La joven colocó una mano encima sobre el hombro de Himeko.
"Te extrañé. Parecía que había pasado una eternidad desde que hablé contigo por última vez. ¿Quieres pasar el rato conmigo mañana? Podemos ir a un centro comercial para divertirnos, ver una película y luego cenar en un restaurante".
Su mano se apretó cariñosamente alrededor de Himeko, y la suave luz en sus ojos de zafiro hizo que Himeko quisiera llorar.
Por primera vez, Chikane-chan le había pedido a Himeko una cita, nada podría haberle hecho más feliz a Himeko que eso, pero ¿por qué tenía que elegir el sábado?
La princesa Himemiya notó el silencio de Himeko.
"¿Qué está mal?"
Chikane-chan preguntó con una expresión preocupada que solo profundizó la culpa de Himeko.
"¿No estás libre mañana?"
"Lo siento, Chikane-chan",
se disculpó.
"Tengo una ... cita con Sou-chan mañana ya".
La otra chica solo la miró, su rostro completamente inexpresivo. Himeko nunca podría decir lo que su princesa estaba pensando cada vez que lo hacía.
Himeko quería suspirar. ¿Por qué tenía que pasarle esto a ella? ¿Por qué Sou-chan tuvo que invitarla a salir? ¿Y por qué oh por qué ella tenía que estar de acuerdo? Claro, se sentía mal por decirle que ya no pasaría la hora del almuerzo con él todos los días ... pero si hubiera tenido alguna idea de que podría tener una cita con Chikane-chan mañana, lo habría rechazado. y la simpatía sería colgada.
"Ya veo",
dijo la princesa.
"Lo siento, Chikane-chan. ¿Podemos llegar a salir el domingo?"
El corazón de Himeko se hundió en el momento en que Chikane-chan sacudió su magnífica cabeza.
"Tengo una reunión en el centro el domingo",
le dijo la chica de cabello azul.
"Mi padre deseaba que me presentaran a la Junta de Ejecutivos de Himemiya International. No puedo dar marcha atrás".
Himemiya Ojou-sama hizo una mueca.
"Me va a llevar todo el día, o eso me aseguró mi padre cuando me habló por teléfono esta mañana".
El silencio se extendió entre ellas mientras Himeko intentaba con todas sus fuerzas encontrar una salida. Todavía no había encontrado una cuando la princesa de pelo azul decidió hablar:
"Entonces, una cita entre Oogami-san y vos".
Ella sonrió.
"¿Tu príncipe sobre el caballo blanco finalmente reunió suficiente coraje para invitarte a salir?"
"Él no es mi príncipe",
protestó Himeko.
No quiero un príncipe. Quiero una princesa Te quiero a ti, Chikane-chan, pensó. "
Y no es una cita".
Fue una compensación, una muestra de gratitud y una punzada de culpa. Eso seguramente no podría contar como una cita, ¿o sí?
"¿A dónde van ustedes dos?"
La chica de pelo azul sonrió.
"Un parque de atracciones", respondió Himeko... y parpadeó ante una risa suave y melodiosa de la princesa.
"Un lugar perfecto para novio y novia, ¿no estás de acuerdo?"
Chikane-chan comentó, sus ojos de zafiro brillando divertidos.
"¡Él no es mi novio!"
Himeko insistió en exasperación.
La Himemiya Ojou-sama no parecía haber escuchado.
"¿A qué hora te reunirás con él?"
"A las cuatro de la tarde, pero Chikane-chan, yo...".
La Himemiya Ojou-sama pasó sobre ella como si no hubiera hablado.
"Entonces puedo pedirle a mi chofer que te lleve al parque de diversiones".
La chica de cabello azul le sonrió cálidamente a Himeko.
"Él estará allí, también, para llevarte a casa".
"Escúchame, Chikane-chan, y ..."
Antes de que Himeko pudiera terminar, la princesa de pelo azul le había agarrado la mano y la había puesto suavemente de pie.
"Ven conmigo",
dijo el amor de su vida.
"Necesitarás prendas adecuadas para tu cita. Vamos a encontrarte algunas".
Y así, Chikane-chan la llevó a una enorme habitación donde cada puerta, debía haber al menos una docena de ellas, abrió un armario, el contenido de cualquiera de ellas era diferente de las demás. Desde ropa informal hasta atuendos de negocios, desde ropa de verano hasta ropa de invierno, desde vestidos de noche hasta vestidos formales adecuados para fiestas de clase alta, esta habitación los tenía a todos. Himeko se preguntaba si la Himemiya simplemente compraba todo tipo de ropa que había para la princesa, independientemente de si ella se los pondría o no.
"Elige cualquiera de ellos y es tuyo, Himeko",
declaró la Himemiya Ojou-sama con una pequeña sonrisa.
"¡No puedo hacer eso!"
Himeko protestó.
"¡Son muy caros!"
Himeko no estaba tan ciega que no podía darse cuenta de que la ropa de esta habitación pertenecía a marcas famosas y diseñadores de renombre. Cualquiera de ellos costaría más de lo que Himeko podría ganar en un año. Y honesto con los cielos de arriba, incluso si tuviera tanto dinero, ¡no habría manera de que se lo gastara en un vestido!
"¿Y qué?"
Chikane-chan preguntó, su sonrisa sin inmutarse.
"¿Hay alguna regla que diga que las amigas no pueden darse regalos caros?"
"No, pero..."
"Si es así, no hay problema, ¿verdad?"
Himeko no pudo encontrar ninguna palabra para decir eso, por lo que se mantuvo callada y frunció el ceño en el suelo. Cuando levantó la vista otra vez, encontró a la princesa de pelo azul sonriéndole tan dulcemente como siempre. Suspirando, ella negó con la cabeza y murmuró:
"No".
Las otra chica sonrió ampliamente e iluminó su rostro ya deslumbrante.
"Ven aquí y echa un vistazo, Himeko", invitó Chikane-chan.
Una hora más tarde, una vez que Himemiya Ojou-sama hizo que Himeko mirara cada pieza de ropa que había en todos estos armarios, Himeko terminó con un vestido de satén de color esmeralda. Era uno de los más caros, y lo había evitado tan pronto como se dio cuenta del número de seis cifras en su etiqueta de precio, pero parecía que Chikane-chan había estado observando todo el tiempo. La chica nunca dudó antes de volver al armario que estaba al otro lado de la habitación y sacarlo sin tener que mirar. Himeko estaría más que dispuesta a apostar que la chica tampoco había escatimado una sola mirada al precio antes de ponerlo en la mano de Himeko.
"Pruébalo, Himeko,"
instó la princesa mientras su mano señalaba hacia una puerta que conducía al vestuario. Lanzando otro suspiro, Himeko hizo lo que su amada amiga y enamorada secreta deseaba. Cuando salió a buscar a Chikane-chan, se encontró sonriendo. La diferencia en altura, constitución y los tres tamaños hicieron que el vestido pareciera incómodo para ella. Todas las razones por las que necesitaba devolvérselo a la chica de pelo azul y obtener una ... pieza de tela menos costosa.
Ella no tenía tales oportunidades.
Antes de que Himeko pudiera abrir la boca y hablar, Chikane-chan había llamado a una docena de sirvientas, a las que dio instrucciones para que Himeko las midiera y arreglara el vestido para que le quedara bien. Hicieron todo eso en solo una hora, lo que sorprendió tanto a Himeko que, al final, solo pudo mirar boquiabierta como un patán campestre al vestido que llevaba en la mano, mientras la princesa se reía entre dientes de una manera muy satisfecha. Eso solo puso fin a su buen humor.
En el camino de regreso a la habitación de Himeko, las dos estaban calladas. No sabía lo que estaba pensando Himemiya Ojou-sama, pero por su parte, el corazón de Himeko era tan pesado como una roca. Cuando la luz de su mundo le dio las buenas noches y le dio un ligero beso en la frente, Himeko nunca sintió la alegría que supuesto notaría. De alguna manera, el exquisito vestido en su mano, que es cierto que no muchas chicas en este país tuvieron la oportunidad de ver, y mucho menos de tener, se veía apenas diferente de cualquiera de sus uniformes Ototachibana.
Himeko arrojó el vestido casualmente sobre la cama y se dirigió a su escritorio, donde se sentó en su silla y comenzó a meditar.
Chikane-chan probablemente nunca se imaginaría cómo le había causado a Himeko un dolor tan desconsolador al demostrar su entusiasmo por ayudar a Himeko a elegir un vestido para su cita con Sou-chan mañana. ¿Por qué la princesa de cabello azul tenía que verse tan feliz sabiendo que un chico había pedido a Himeko que saliera?
Desde que se enteró de que los dos eran reencarnaciones de las antiguas Sacerdotisas de Kannazuki, Chikane-chan le había transmitido la sensación de que pensaba en Himeko más que en un amigo que vivía bajo el mismo techo. Con sus amables palabras, con sus gentiles gestos, con sus toques cariñosos, la otra chica le había dado a Himeko la esperanza de que algún día pudieran convertirse en amantes. Pero ese no fue el caso, ¿por qué el Himemiya Ojou-sama no mostró ninguna señal de tristeza o decepción en absoluto?
Himeko se mordió el labio inferior en señal de frustración. ¿Era posible que los sentimientos de Chikane-chan hacia Himeko hubieran sido una ilusión desde el principio? ¿Era posible que Himeko fuera solo un amigo de la princesa Himemiya? ¿Había sido su propia ilusión desde el principio?
Himeko profundamente esperaba que no…
Luego, en otro lugar…
Yukihito observó atentamente cómo la esfera dorada palpitaba en la oscuridad como lo haría un corazón humano real. Oogami Kazuki pensó que sólo él sabía cómo bajar aquí, la Cámara de Enrrining, que solo él estaba al tanto del mayor secreto del Gran Santuario de Shingetsu. El Sumo Sacerdote de ninguna manera era tan brillante como pensaba. Yukihito sabía de este lugar hace mucho tiempo, incluso antes de venir a trabajar en el Santuario como asistente de investigación del Sumo Sacerdote. Yukihito sonrió. Todo iba tal como esperaba.
A diferencia de los otros, los ojos de Yukihito podían ver lo que había más allá de la protección. Dentro de la protección del orbe de luz dorada atrapado en el medio de ese pilar de hielo, dos katana dormían. Una estaba enfundado en rojo, el otro en azul. Fueron llamados los Ojos del Cielo, y con razón. Después de todo, eran las mejores armas jamás fabricadas desde los albores de los Tres Mundos. Incluso las Ocho Láminas Elementales, hechas por esa miserable mujer a quien Yukihito odiaba con pasión, no serían rival para las Espadas Gemelas de la Luz Sagrada.
Sin embargo, parecía que el sueño de las espadas no era tan pacífico como de costumbre. De las hojas envainadas emergieron oleadas de luz invisibles a los ojos desnudos. Yukihito sabía lo que significaba. Las Sacerdotisas del Sol y la Luna, las verdaderas dueñas de las espadas, estaban experimentando emociones desbordantes. ¿Alegría? ¿O fue dolor? Por la intensidad de la luz, la cantidad de calor, adivinó el dolor. Aunque no importaba mucho.
Yukihito se volvió hacia la escalera de piedra que conducía a la superficie. No importaba mucho en el gran esquema de las cosas, pero ... ¿por qué le molestó tanto?
El día de la cita…
"Saludos, Alteza Real".
Sou-chan le hizo una reverencia a Himeko al verla caminar hacia él. El chico estaba de pie en la entrada del parque de atracciones de la ciudad de Mahoroba, con camisa informal y pantalones que le quedaban bien. Sin lugar a dudas, sus fanáticas en Ototachibana chillarían y se desmayarían tan pronto como lo vieran en este tipo de atuendos. Y una vez que se despertaran, desollarían a Himeko por tener una ... cita, ella se negó a pensar en ello como una cita, sin pedir primero permiso. A veces se preguntaba por qué estaban tan locos por él en primer lugar. La misma razón por la que estás loco por tu Chikane-chan, Kurusugawa Himeko, le recordó una voz suave en la parte posterior de su cabeza. Ella tragó una risita triste.
"Hola, Sou-chan",
saludó Himeko cálidamente a su amiga de la infancia. Por alguna razón, la miró con perplejidad.
"¿Pasó algo, Himeko? No te ves muy bien".
Himeko empezó con su fingimiento…
"¿De Verdad?"
"Bueno, no me refiero a tu salud. Es solo que parecías bastante... deprimida de alguna manera. ¿Qué te pasa?"
preguntó con voz preocupada. Y Himeko hizo una mueca. Ella no podía decirle la razón. No cuando Chikane-chan, el amor de su vida estaba involucrado.
Himeko no había podido dormir mucho desde lo sucedido entre ella y la princesa de pelo azul la noche anterior. Cuando se despertaba por la mañana, creía que solo tenía una o dos horas de descanso, se sentía terrible. Y cuando Himemiya Ojou-sama vio a Himeko a la limusina que la llevaría a este parque, Himeko solo se sintió peor. Si solo Chikane-chan le hubiera mostrado una señal de celos. Si solo Chikane-chan le hubiera dicho que no quería que Himeko saliera con un chico. Si hubiera hecho algo de eso, Himeko habría saltado a los brazos de su princesa, confesado, y la habría besado por todo lo que valía.
La Himemiya Ojou-sama sólo sonrió tiernamente a Himeko y le dijo que se cuidara antes de saludar a la limusina que se alejaba a toda velocidad, llevando a Himeko a un lugar que no quería. Había sido muy difícil para Himeko contener sus lágrimas en el asiento trasero del auto. Ella solo estaba agradecida de poder hacerlo. No sería bueno llorar en presencia del chófer. No sería bueno arruinar su rostro antes de ver a su amigo de la infancia. Sou-chan merecía más que eso.
"No es nada, Sou-chan",
negó Himeko apresuradamente.
"Anoche no dormí lo suficiente debido a la tarea, eso es todo".
"¿De Verdad?"
Himeko tuvo la sensación de que su amigo de la infancia no le creyó. Afortunadamente, él le dio una pequeña sonrisa y no preguntó más. Ella dejó escapar un suspiro de alivio y se volvió una terrible mentirosa, así que si Sou-chan se hubiera entrometido aún más, habría dicho algo tonto o, peor aún, habría derramado toda la verdad. Himeko no quería perder al amigo de la infancia que adoraba.
"¿Entonces vamos, Alteza?"
el chico extendió su brazo derecho hacia Himeko. Poniendo una mano en el hueco de su brazo, Himeko entró al parque con su caballero en brillante armadura.
Sin embargo, decidida a pagar la bondad de Sou-chan, tan obsesionada como estaba por hacerlo feliz, el asunto con la princesa de pelo azul se negó a abandonar su mente. No importa a dónde fueran, la montaña rusa, la casa embrujada o la sala de juegos dentro del parque, la mano invisible del dolor nunca dejaba de apretar su corazón. Hizo todo lo posible por ocultar su inquietud, trató de sonreír tan a menudo como pudo, pero creía que su amiga de la infancia había notado sus problemas. El chico de vez en cuando la miraba preocupado y le preguntaba si había algo que él pudiera hacer para levantar su estado de ánimo. Ella se sentía tan culpable con él.
"¿Estás cansada, Himeko?" Sou-chan preguntó mientras partían de la galería.
"Fue un poco ruidoso y lleno de gente, ¿no?"
"Un poco". E
lla sonrió.
"¿Quieres sentarte y tomar un respiro?" Sou-chan la invitó.
"Hay una cafetería cerca. Te invitaré a una taza".
"Gracias, Sou-chan,"
respondió Himeko con otra sonrisa. Tenía las mandíbulas rígidas por haberse obligado a sonreír durante las últimas dos horas.
Iban camino a la cafetería cuando Himeko se detuvo bruscamente y se encontró con los ojos pegados a un manga que una mujer joven, sentada en un banco no muy lejos de ellos, sostenía en la mano.
"¿Alguien que usted conoce?" su caballero preguntó.
"No."
Himeko negó con la cabeza.
"Me sorprende ver a alguien leyendo un libro por acá".
Sou-chan volvió la cabeza y miró la portada del manga. La mujer, que parecía tener poco más de veinte años, no parecía darse cuenta de la forma en que centraba su atención en las páginas ilustradas. Himeko casi se preguntó por qué eligió leer manga en un parque de diversiones de todos los lugares. Su pregunta fue respondida de inmediato, sin embargo, cuando una niña, que en su uniforme de escuela secundaria parecía más o menos de la misma edad que Himeko, salió de un baño cercano y corrió hacia el mayor. Al darse cuenta de la llegada de esta primera, esta última puso el libro en su bolso y se fue con la chica, tomadas de la mano. Sou-chan parpadeó hacia la pareja en retirada, e Himeko sintió como si estuviera a punto de sonrojarse.
"En el momento en que termina el mundo, libro seis, final".
Sou-chan dio tos.
"¿Qué hay de eso?"
"Bueno, solía tener toda la serie",
Respondió Himeko. Solía hacerlo, hasta que Sou-chan destruyó su habitación en Ototachibana. Tenía que volver a comprarlos pronto.
"¿De qué se trata?"
"Eh ... son cosas de chicas, probablemente no estarás interesado",
dijo Himeko.
"Pruébame."
Sou-chan sonrió.
"También me gustaría saber cómo ha cambiado tu gusto a lo largo de los años".
"Bueno, ¿qué tal si hago eso en la cafetería?"
Himeko sugirió.
"Por supuesto."
Nunca se le ocurrió a Himeko hasta que ella terminó de contarle a Sou-chan la historia de "El Fin del Segundo Mundo", que el chico podría tener algún problema con eso.
Y luego, en otro lugar…
Pisando sobre el amplio pasillo que conducía al jardín del Templo de los Dragones, Korona sofocó un enorme bostezo. A pesar de haber roncado en la cama durante las últimas doce horas, todavía se sentía tan somnolienta que tuvo la mitad de la mente para volver a su habitación y quedarse dormida. Bueno, ella estaba cansada. Después de todo, ella había pasado los últimos dos días trabajando sin parar en la grabación de su nuevo single pop, que debería ser lanzado pronto. Todas las canciones que interpretó para las pistas de audio y todos los bailes de los videoclips incluidos en el DVD adjunto habían exprimido cada onza de fuerza que tenía Korona. Y para un Orochi, eso decía mucho.
Suprimiendo otro bostezo, Korona abrió la puerta al final del pasillo, y se encontró sin palabras.
En el jardín, exuberante y verde con hierba verde suave como la seda sobre la cual se elevaban una multitud de árboles y fuentes de agua, Korona vio a una persona que nunca había esperado. Bajo la luz de varias farolas mágicamente iluminadas, en una mesa redonda sobre la que se sentaba un conjunto ondulante de tazas y teteras, sobre una silla acolchada de respaldo alto, descansaba la Quinta Cabeza del poderoso Orochi, la propia Oota Reiko. La joven de pelo corto, infantilmente bonita y con gafas, estaba centrando su atención en las páginas de un libro tan grueso que Korona se mataría antes de tocarlo. Aun así, fue la mera presencia de la mujer lo que sorprendió a Korona, no el libro en su mano.
Mientras Korona veía a la famoso mangaka Shoujo, Oota Reiko nunca saldría de su habitación a menos que el Señor lo convocara a la Sala de Audiencias. Korona se preguntó qué la habría traído aquí hoy…
"Escogiste un momento peculiar para tomar el té, mangaka super-sensei. ¿Seis de la tarde?" Korona se sentó frente a la otra mujer. Sin pedir permiso, se sirvió una taza de té y bebió un sorbo. Haciendo una mueca ante el sabor amargo, dejó la taza de inmediato y juró que nunca volvería a beberla.
"Me mantiene despierto en la noche, sesenta y nueve".
Reiko levantó la vista de su libro. Ella era guapa, pero se parecía demasiado a un hombre. ¡Korona había confundido a la mangaka con la primera vez que se encontraron! Para incomodidad de Korona. Ella se preguntó cómo se vería la mujer si se ponía la ropa que resaltaría las curvas de su cuerpo, que eran casi inexistentes, y dejaba que su pelo le cayera por los hombros. Debe ser algo bonito de ver, apuesta Korona.
Algo en las palabras de la Quinta Cabeza la golpeó.
"¡Es sesenta y ocho, ignorante!"
Korona dijo bruscamente.
"¿Desde cuándo tu single subió a un rango en el top cien?"
Oota Reiko bajó los ojos a las páginas, una voz monótona como la de un robot que solían mostrar en las películas de ficción científica…
"... Hace tres días,"
murmuró Korona.
"Ya veo. Felicitaciones, entonces",
dijo la mujer.
"Te ofrecería champaña, pero no me gustan los alcoholes. Te ofrecería té, pero ya te invitaste a una taza y obviamente no te gustó".
Todo fue dicho en un tono tan inmutable y sin emociones que Korona tuvo la impresión de que se burlaba de ella. Sin embargo, no tenía pruebas, por lo que solo podía rechinar los dientes y gruñirle un "Gracias", lo que obviamente no quería decir. Si desagradó a la Quinta Cabeza, ella lo ocultó bien.
"¿Por qué estás aquí hoy?"
Korona exigió.
"Porque pensé que todos ustedes se habían ido".
La mujer pasó una página de su libro.
Korona parpadeó.
"¿Eh?"
"Desde la ventana de mi habitación, vi al Primero, al Segundo y al Tercer Cabeza saliendo uno por uno no hace mucho tiempo".
Solo para causar estragos en alguna parte del mundo, sin duda, supuso Korona…
"Sabía que tú y la sexta cabeza trabajaban en turnos de tarde, así que supuse que no quedaba nadie más en el Templo".
Generalmente, cualquier Cabeza de Orochi puede sentir la presencia de otro dentro de cierto rango, dependiendo de su nivel de poder respectivo, pero no aquí, la sede central de los Seguidores del Señor. Aquí, en el corazón del mal, la presencia del Dios Oscuro envolvió a todo lo demás. Esa debería ser la razón por la cual Oota Reiko nunca detectó a Korona durmiendo dentro de su habitación.
"¿Quieres decirme que solo saldrás una vez que todos nos hayamos ido?"
Korona preguntó con suma incredulidad.
"Precisamente."
"No sé si nos odias o algo así…".
"Corrección."
La Quinta Cabeza alzó la vista y clavó sus ojos con gafas en Korona. La mirada de la otra mujer era tan fría como los vientos de la noche.
"No te odio. Simplemente desconfío de ti. Eso, y prefiero estar sola cada vez que puedo".
"Somos tus camaradas... ¿y todo lo que ganamos de ti es desconfianza?"
Korona dijo rotundamente.
"Como cualquier otro ser humano",
llegó la respuesta aburrida.
"Las cabezas de Orochi no son humanos".
"Te ves como uno".
"¡Soy mil veces más fuerte!"
"Si paso mi espada por tu corazón, ¿morirás?"
"Sí..."
"Entonces todavía eres un humano, y los únicos humanos confiables son los cadáveres".
La mangaka ladró una risa sin alegría. Hizo que los pelos de Korona se levantaran.
"Los muertos no hablan. Se quedan en el Inframundo. No pueden hacerme daño"
.
"Tú también eres humano",
señaló Korona acaloradament aunque no le molestaba que la otra se burlara de ella...
"Si odias a los humanos entonces, ¿por qué no te matas?"
"Lo haré",
dijo Oota Reiko,
"una vez que reciba lo que el Señor me prometió".
"¿Que es eso?"
"Venganza en este miserable mundo. ¿Qué más?"
Si la mirada de la mujer era fría antes, ahora era más fría que el hielo. Korona se estremeció.
"No pareces alguien que quiere que este mundo se haya ido",
observó Korona mientras trataba de mantener las manos quietas. En el nombre del Señor ... se morían de ganas de recorrer hacia arriba y hacia abajo con sus brazos para proporcionarle el calor contra el aura helada de la Quinta Cabeza.
"¿Por qué lo dices?"
"Eres rico, eres famoso y la gente ama tus obras. Cualquiera te dirá que llevas una vida perfecta".
"Lo que tengo es una vida vacía",
declaró la Quinta. en voz baja.
"Ni mas ni menos."
"Dudoso."
"¿Por qué crees que dije que me mataría una vez que mi venganza se completara?"
"¿Qué te hizo el mundo?"
"Se llevó al único que amaba".
Los dientes de Korona comenzaron a traquetear. Ella no vio la Hoja de hielo que Reiko poseía en ninguna parte de la vecindad, ¿cómo diablos podría la mujer aprovechar sus poderes y hacer que la temperatura baje tanto? ¿Y era la escarcha lo que cubría las hojas de la hierba?
"Una vida sin ella es una vida que no vale la pena vivir".
Korona parpadeó de nuevo.
"¿Ella? ¿Te balanceas de esa manera?"
"¿Te sorprende?"
"Pues… sí…",
estuvo de acuerdo Korona. "
Nunca supe que eras capaz de amar a una persona, a otra mujer".
"Ajá…."
El mangaka devolvió su mirada al libro. Korona fue infinitamente aliviado. Su sangre probablemente se congelaría si la mujer seguía mirándola.
El silencio se extendía en el jardín, bajo la luz del sol oscuro y las farolas.
"No vas a parar ahí, ¿o sí?"
Korona exigió, molesto.
"Cuéntame el resto de la historia".
"Eres una chica curiosa, cuarta cabeza", dijo Oota Reiko. "¿Sabes lo que dicen sobre la curiosidad y el gato?"
"No soy una gata", declaró Korona.
"Quizás no, pero eres tan frágil, vulnerable y fácil de matar".
Korona apretó los dientes. Era de conocimiento común dentro del círculo de Orochi que Korona era una de las Cabezas más débiles - diablos, la único que ella encabezó era la fanática de los gatos Nekoko - y que el poder de Reiko estaba un paso por debajo del de la Primera Cabeza. Aún así, lo que le molestaba era que la otra mujer lo estaba diciendo como un hecho y sin ningún rastro de burla. Korona no estaba contenta... en absoluto.
"¿Vas a decirme o no?"
ella casi gruñó.
Korona pensó que la otra mujer iba a decir
"No"
por la forma en que la siguió estudiando con esa cara helada e ilegible. Sin embargo, cuando Oota Reiko cerró su libro y lo puso sobre la mesa, Korona supo que la respuesta era un "Sí". Ella estuvo a punto de reír a carcajadas en señal de triunfo.
La mangaka se reclinó contra su silla, cruzó las manos en su regazo y comenzó a hablar.
"Todo sucedió en una secundaria privada de sólo chicas, donde mi vida cambió para siempre..."
Oota Reiko era y siempre había sido una solitaria. Ella no tenía amigos. Sus padres, ricos y absortos en tratar de crecer aún más ricos, estaban tan cerca de ella como cualquier extraño en las calles. Creció bajo el cuidado de la niñera profesional que sus padres contrataron, que desapareció tan pronto como Reiko aprendió a sobrevivir sola en su vasta, vacía y silenciosa mansión. No fue una sorpresa para sus padres que su hija terminara siendo tan tensa como un mejillón y rara vez hablaría. Sin embargo, eso no les molestaba un poco, ya que nunca parecieron dispuestos a hablar con ella de todos modos. De hecho, Reiko había escuchado a otras personas cotilleando que ella no era más que un error por parte de sus padres, y que habrían arreglado un aborto si el Dios cristiano que ellos adoraban hubiera permitido. Para ellos, Reiko no era más que una carga y un deber obligado, ni más ni menos.
Reiko nunca se los contó, pero supuso que lo sabían desde el principio, que se preocupaba por ellos casi tanto.
Aun así, por negligentes que fueran, sus padres cumplían con su deber lo suficientemente bien. Pudieron haber dejado a Reiko para morir de hambre y se les quitó la carga del hombro. Podrían haberla enviado a alguna parte remota del país y fingir que nunca existió. Ellos no hicieron eso. En cambio, le proporcionaron todo lo que necesitaba para llevar una vida sin preocupaciones. Los consideraba tontos, ya que no podía haber nada más peligroso que darle a un niño una cantidad ilimitada de dinero y le dijo que hiciera con él como lo deseara. De hecho, eran tontos, pero tuvieron suerte porque Reiko era cielos y tierra aparte de otros niños. Nunca había tenido la tentación de usarlo más de lo necesario, por lo que la tarjeta de crédito estaba sana y salva la mayor parte del tiempo. Hubo momentos en que Reiko se preguntó si era porque no había nada que llamara su atención.
Sabía que eso estaba mal en su último año en una escuela secundaria privada para niñas, donde una persona sacudió los cimientos de su monótono mundo.
Los primeros dos años en la escuela secundaria no tuvieron suficiente efecto. Justo como lo que hizo en toda su vida, Reiko tomó los pasos necesarios para alejarse de lo que llamó "la comunidad tibia", que también odiaba hasta las entrañas. Ningún compañero de clase fue lo suficientemente valiente como para acercarse a menos de tres metros de ella, y los que se sentaron en su vecindario en clase no tuvieron suerte. Una vez escuchó a una chica susurrarle a otra una vez que la gélida mirada de Reiko la asustaba. Reiko nunca había estado tan complacida.
Aún así, algo inesperado sucedió en el tercer año de Reiko, cuando una niña se transfirió de otra escuela... a la propia clase de Reiko. Su nombre era Kawakami Natsune.
La primera impresión de Reiko de Natsune fue una torpe cabeza hueca. Claro, la chica era lo suficientemente bonita como para hacer que muchas otras chicas de la clase se pusieran verdes de envidia, pero de alguna manera, se las arregló para tropezar con cada objeto colocado en su camino, haciendo el ridículo cada vez que aterrizaba en su estómago. Claro, la chica se veía inteligente con su frente alta y sus gafas, pero sus calificaciones demostraron lo contrario. Natsune fue el único en la clase que logró anotar cinco ceros en cinco pruebas en cinco temas diferentes. Reiko a menudo se preguntaba cómo Dios pudo haber creado una persona con tan poco cerebro. Estuvo tentada de preguntarle a Natsune cómo la niña podría haberse metido en la escuela secundaria con su falta de habilidades intelectuales, también, pero pensó que sería demasiado cruel y grosero hacer eso.
Curiosamente, Reiko se encontró abrigando un sentimiento fuerte e indescriptible hacia la torpe chica. Ella había asumido automáticamente que no le gustaba.
Por supuesto, para alguien que alguna vez fue tan aficionado al silencio y la soledad como Reiko, Kawakami Natsune no era más que una espina en sus ojos. La chica parecía ser la antítesis de Reiko por la forma en que era enérgica, amistosa y absolutamente incapaz de odiar. Había otra chica que le insultó a Natsune en su rostro una vez, Reiko creía que la causa era la envidia, pero la cabeza hueca solo sonrió y dijo que lamentaba oír eso. Si hubiera sido Reiko, cualquiera que la insultara lo habría lamentado por el resto de su vida natural.
Aún así, lo que más molestó a Reiko acerca de Kawakami Natsune fue el hecho de que ella fue acosada por este último. Sin importar a dónde fuera Reiko, en la escuela o en el camino a casa, la cabeza hueca siempre estaba allí, escondida detrás de un árbol o una esquina, probablemente pensando que no había sido detectada. Irritó a Reiko sin fin, así que un día, ella decidió enfrentar a su acosadora.
Fue durante el almuerzo cuando Reiko agarró a Kawakami Natsune por la muñeca y la arrastró a un lugar desierto en el patio trasero de la escuela.
"¿Por qué me estás siguiendo?"
Reiko preguntó mientras fijaba su mirada más fría en su acosadora. Cuando hizo eso, la gente siempre afirmó haber olvidado repentinamente que tenían asuntos a los que atender en otro lugar e intentaron irse. Incluso los profesores, más altos, más fuertes, más viejos, no fueron la excepción a esa regla.
"¡Yo ... no sé de lo que estás hablando!"
Natsune declaró apresuradamente. La bonita cara de las chicas estaba roja, su respiración era rápida, y sus manos estaban inquietas entre sí en lo que Reiko estaba segura de ser culpable.
"No me mientas. Te vi".
"¡Debes haber estado equivocado! Tiene que ser alguien más..."
"¿Quién vestía el mismo uniforme escolar, tenía el mismo peinado y se veía de la misma manera?"
La cabeza hueca asintió e intentó actuar inocente. Ella falló.
"Estoy harta de tener una cola ya",
dijo Reiko.
"Te doy dos opciones, Kamikawa. Primero, dime por qué me hiciste sombra. Segundo, lo harás delante de la directora. Sin embargo, probablemente te entregue a la policía".
La tez de Natsune se puso un poco gris.
"Por favor, no me lleves allí",
suplicó.
"Voy a contar hasta tres. Después de eso, que Dios te ayude. Uno…".
"No entiendes, Oota-san, yo ... yo ..."
"Dos..."
"¿No podrías dejarme ir?"
Kawakami Natsune parecía lista para caer de rodillas.
"¡Te lo ruego!"
"Tres."
Reiko se dio vuelta para irse ... y se detuvo en el momento en que sintió a la otra chica darle la mano en el hombro y escuchó un frenético "¡Está bien! ¡Te lo diré!" emitido de su boca. Cuando Reiko se enfrentó de nuevo a la cabeza hueca, este último estaba al borde de la falla. Ella parecía tan asustada. Parecía tan diferente a su yo generalmente alegre. Reiko se habría reído entre dientes, si hubiera recordado cómo. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que lo hizo.
"¿Y bien?"
Reiko exigió fríamente. Ella frunció el ceño, sin embargo, al ver a la chica sonrojarse de nuevo, esta vez mucho más furiosa que la anterior. Reiko pensó que la boca de Natsune se movía, pero si ese era el caso, no salió ningún sonido.
"¡Dale…!".
"Te seguí porque... yo... yo ..."
La voz de Natsune de repente cayó tan bajo que Reiko no pudo oír ni una sola palabra.
Irritada, fingió girar sobre sus talones. La torpe muchacha era digna de admirar la forma en que el horror absoluto reemplazaba la expresión de vergüenza en su rostro.
"¡Porque me gustas!"
la cabeza hueca gritó con voz estrangulada.
Reiko se detuvo en seco en su camino. Kawakami Natsune había estudiado seriamente el suelo, con todo su ser temblando como si estuviera desnuda en el corazón del invierno. Estaban al menos a una distancia de unos brazos del otro... pero de alguna manera, Reiko pensó que podía sentir el calor que emanaba de las mejillas enrojecidas de las chicas.
"¿Te gusto?"
Reiko preguntó estúpidamente, su mente se deshizo. Ella había pensado que Kamikawa Natsune estaba planeando algo ... pero nunca esperó esto.
"Pero yo ... soy una chica como tú".
El "me gusta" del que hablaba la niña tenía que ser romántico. De lo contrario, nunca habría acosado a Reiko tan... persistentemente durante las últimas dos semanas.
Cuando Kamikawa Natsune levantó la vista, lágrimas derramadas brillaban en sus ojos. La niña se restregó las manos entonces, y se rindió cuando rodaban incesantemente por sus mejillas. Parecía una mezcla completa de vergüenza, horror... y más vergüenza.
"¿Quieres decir que no te quiero porque sos chica?"
Natsune sollozó.
"¿Eso significa que no corresponderás mis sentimientos?"
Reiko se encontró sin palabras. Sus habilidades sociales eran, en el mejor de los casos, insuficientes. Ni siquiera sabía cómo lidiar con sus propios padres, y mucho menos consolar a una chica llorando, alguien que le había confesado a Reiko al respecto. Estaba tan contenta de que no hubiera nadie más cerca para ver esto.
"Yo ... lo ... lo siento",
Reiko logró finalmente.
"Yo ... no estoy interesado en tener ninguna relación".
Hubiera sido inteligente agregar "ahora mismo" también, suponía, pero eso sería una mentira. Oota Reiko era muchas cosas, pero ella no era una mentirosa. Aun así, sería mejor que no le dijera a Kamikawa Natsune que la aversión era todo lo que sentía por ella. Eso podría causar alguna... reacción no deseada.
Kamikawa Natsune enterró su cara en sus manos y lloró más fuerte que nunca. Sin saber qué hacer, Reiko solo se quedó rígida y vio llorar a la niña sintiéndose extremadamente incómoda. Después de unos minutos, pensó que debería tratar de calmar la cabeza hueca por miedo a que alguien se topara con ellos. Aún así, no encontró palabras para pronunciar para que la situación pudiera mejorarse. Ella se rascó la cabeza con frustración.
Afortunadamente, el llanto de Natsune finalmente cesó por sí solo. Oh, cómo Reiko había sido relevada.
"Aquí tienes." Ella le dio su pañuelo torpemente a Kamikawa Natsune. La niña negó con la cabeza y usó sus mangas para secarse las lágrimas.
"Lo siento", R
eiko murmuró.
"No es tu culpa",
respondió Natsune con voz ronca.
"Debería haber sabido que nunca me aceptarías. Nunca debería haberte seguido. Nunca debí haberle suplicado a mis padres que me dejaran trasladarme a tu escuela".
"... ¿Eh?"
Reiko parpadeó en estado de shock.
"¿Qué quieres decir con eso?"
Natsune la miró con sus grandes ojos esmeralda. Qué brillantes eran. Que tan profundos eran Qué hermosos eran. Reiko se preguntó por qué nunca se dio cuenta.
"Eso es ... porque raramente salías, y al principio, tenía mucho miedo de hacer cualquier cosa excepto verte partir por la mañana y regresar por la tarde desde mi ventana. Probablemente no te hayas dado cuenta, pero mis casa está al lado de la a los tuya. Somos vecinas",
murmuró Kamikawa Natsune.
"De todos modos, lo hice durante dos años hasta ... hasta que ..."
Mordió su labio inferior.
"¿Hasta?"
Reiko preguntó. ¿Por qué se le estaba calentando la cara? ¿Por qué su corazón latía más y más rápido? ¿Y por qué seguía hablando con una chica a la que apenas conocía cuando nunca pronunciaba más de dos palabras al día a sus propios padres?
"Hasta que ... yo ... quería estar cerca de ti tanto, le supliqué a mis padres que me transfirieran a esta escuela. No quise molestarte cuando te seguí. Yo ... solo quería seguir mirándote, eso es todo… "
Quizás lo que ella le dijo le recordó la situación actual, los ojos de Natsune se llenaron de lágrimas una vez más. Reiko vio eso, pero los pensamientos giraban en su mente tan violentamente que su atención en la chica simplemente se escabulló. Entonces ... Kamikawa Natsune era su vecina, que había estado enamorada de ella durante los últimos tres años ... Realmente no sabía cómo reaccionar ante eso.
"¿Por qué yo?"
Reiko murmuró.
"Hay mejores personas por ahí. Tienes muchas en nuestra clase para elegir".
"Tienes que ser vos",
insistió la cabeza hueca, su voz cada vez más temblorosa.
"Pero…".
"¡Tienes que ser vos!"
Con eso, Kamikawa Natsune estalló en lágrimas de nuevo y salió corriendo, dejando a una atónita y confundida Reiko parada allí hasta que sonó la campana y la llamó de regreso a clase. La niña no estaba allí. Tampoco se la vio en ninguna parte durante la semana siguiente.
En el séptimo día desde la desaparición completa de Natsune, Oota Reiko se dio cuenta de que su mundo había sido trastornado. Debería haberlo hecho en el segundo, realmente, cuando entró al aula tarde y descubrió que todos los asientos habían sido ocupados excepto el suyo y el de Natsune, o cuando estaba tan nerviosa durante las clases que su mente rechazaba todo lo que los profesores explicaban, o descubrió que sus ojos nunca dejaban de mirar hacia el único escritorio vacío. Ella había asumido que era culpa. Incluso oró al Dios Cristiano por primera vez desde que nació, esperando que desaparecieran pronto esos molestos pensamientos y restaurara su vida a lo que una vez fue.
Dios no respondió su súplica.
Sin Kamikawa Natsune en clase, los días de Reiko eran tan atormentadores como sus noches, cuando se paraba junto a su ventana, mirando la casa a la izquierda de ella, donde no brillaba ninguna luz. Sus sueños se volvieron inquietos, ya que a menudo se despertaba sudando profusamente en el medio de la noche. Ella nunca le dijo a nadie que solo soñaba con una cara una y otra vez: la de Natsune.
Además, la extraña sensación hacia Natsune, que Reiko supuso que no le gustaba, se volvió más violenta durante la ausencia de la cabeza hueca. Apretó su corazón, aplastó su alma, y eso la volvió casi loca. Sin embargo, le hizo darse cuenta de que no era lo que ella pensaba que era. Si realmente no le gustaba, se habría sentido aliviada y pacífica sin que Kamikawa Natsune la siguiera como si fuera su propia sombra.
No, no fue desagrado. Fue amor.
Una vez que conoció su propio corazón, Reiko corrió a la casa de Natsune para buscarla y decirle cuánto la amaba. Para el horror de Reiko, nadie abrió la puerta y parecía que no podía encontrar el timbre. Al día siguiente, cuando preguntó por ahí, se enteró de que la familia Kamikawa había quebrado, por lo que tuvieron que vender su propia casa para pagar algunas de las deudas. ¿Dónde podrían haber ido? Nadie sabía. Las palabras no lograron describir el dolor que abrasaba el corazón de Reiko.
Por supuesto, ella se negó a darse por vencida. Abandonando la escuela y casi todo lo demás, ella buscó a la que amaba. Las semanas pasaron sin ningún resultado. Impávida, Reiko siguió surcando calles llenas de gente y no dejó ninguna hoja sin mover. Antes de que pudiera encontrar a Natsune, la fatiga la atrapó. Ella había pensado que podía ignorar sus límites. Ella creía que podía continuar. Solo notó que tenía un pie en la tumba cuando intentó cruzar la calle cuando la luz todavía estaba roja, cuando se encontró congelada a la luz de un automóvil que iba hacia ella demasiado rápido para detenerse a tiempo. Reiko miró mientras la muerte se acercaba.
Alguien la empujó fuera del peligro. Terminó de espaldas en la acera con algunos arañazos en el cuerpo, mientras su salvador yacía ensangrentada e inmóvil en la calle y el automóvil chocó contra una tienda. Por primera vez en su vida, Reiko lanzó un grito de dolor. Era Natsune la que la salvó…
Como si Dios tuviera ojos, envió una ambulancia rápidamente a la escena del accidente y la llevó a un hospital cercano. Allí, frente a la Sala de Emergencia, Reiko esperó, llorando a gritos y orando fervientemente a todo lo Santo que Natsune se salvaría. Su deseo fue concedido. Cuando los médicos salieron más de doce horas después, le dijeron a Reiko que Natsune ya no estaba en estado crítico. Todo lo que la niña necesitaba era descanso. El alivio venció a Reiko y la dejó inconsciente.
Unos días más tarde, cuando finalmente se permitió a los visitantes, Reiko encontró a Natsune dentro de la sala VIP de recuperación, que pagó utilizando la tarjeta de crédito de sus padres. El brazo derecho de la niña estaba vendado y colocado dentro de un cabestrillo, al igual que su pierna derecha. También rompió algunos otros huesos en su cuerpo, pero los doctores le aseguraron a Reiko que con el tiempo y la rehabilitación física sanarían y le permitirían a Natsune caminar como cualquier otra persona. Aparentemente, el conductor del automóvil, que golpeó a Natsune, hizo todo lo posible por aplicar el freno y dejar el automóvil a un lado para que solo rozara a Natsune en lugar de chocar contra su cabeza. Gracias a eso, la niña vivió.
"Oota-san, vamos,"
Natsune saludó a Reiko, que estaba de pie en la puerta, desde su cama.
"Esto es para ti." Torpemente, Reiko le dio a la niña el ramo que compró.
"Gracias", la cabeza hueca sonrió y puso las flores en la mesa cercana.
"Esa es mi línea", R
eiko murmuró.
"Me salvaste la vida, Kamikawa. ¿Cómo puedo devolverte semejante favor?"
"Yo diría que 'salí conmigo'",
dijo la chica con una pequeña sonrisa en los labios,
"pero eso lo pondría en una situación difícil, así que no lo haré. Además, no lo salve porque quería recompensas ... "
Reiko se sentó en la cama y tomó la mano ilesa de la niña en la suya.
"¿Serás mi novia?"
Natsune parpadeó ante ella en estado de shock.
"Yo ... yo no hablaba en serio, Oota-san",
dijo apresuradamente. "Sé que no te gustan las chicas como yo ..."
"No todas ellas",
estuvo de acuerdo Reiko,
"pero te amo, Kamikawa".
Apretó la mano de la que amaba, que miró a Reiko con una expresión absolutamente en blanco en su rostro. Ella no parecía capaz de comprender lo que acababa de escuchar.
"¿Por qué no me dijiste cuándo te mudaste?"
Reiko preguntó. "
¿Tienes idea de lo duro que te he estado buscando, Kamikawa?"
"Pero ... pero tú ... no estabas particularmente feliz cuando te confesé mis sentimientos",
respondió Natsune en un tono desconcertado.
"Así que pensé… que no tenía oportunidad".
"No sabía lo que estaba pensando en ese momento",
dijo Reiko.
"Estaba confundida. Solo me di cuenta de lo mucho que significabas para mí cuando ya no estabas. No tenerte a mi lado me duele. No verte todos los días me duele. Te he echado de menos, Kamikawa".
El silencio se extendió entre ellas hasta que las lágrimas rodaron por la mejilla de la otra chica.
"Yo también, Oota-san,"
sollozó Natsune.
"Yo también te extrañé".
Con los ojos húmedos, Reiko gentilmente tomó a la que amaba en sus brazos. Fue el día en que intercambiaron su primer beso.
A partir de ese momento, Reiko pasó todos los días en el hospital con Natsune. Ella ya estaba allí temprano en la mañana y se quedó hasta que la enfermera llegó por la noche y le dijo que tenía que irse. Hablaron, se rieron, se besaron y prometieron permanecer al lado del otro hasta el fin del mundo. Unos meses más tarde, la recuperación de Natsune se completó, por lo que se le permitió salir del hospital. Por supuesto, dado que Reiko no había ido a la clase, y Natsune se había perdido sus exámenes finales, ambos tuvieron que repetir su último año en sus respectivas escuelas. Cuando se graduaron, ambos encontraron trabajo, por lo que se mudaron de las casas de sus padres y alquilaron un apartamento para ellos. La vida no fue especialmente amable con ellos, y tuvieron que llegar a un final,
Fue entonces cuando Dios decidió que no los iba a dejar en paz.
Después de dos o tres años de felicidad y sin contacto de sus padres, llamaron y pidieron verla. Reiko había querido ignorarlos, pero a Natsune no le gustó eso.
"Quiero que te lleves bien con tus padres",
murmuró la niña una noche cuando estaban acostados cómodamente en los brazos del otro, en la cama. El deseo de Natsune siempre había sido una orden para Reiko, así que ella aceptó sin vacilar. Ella no debería haberlo hecho.
En la reunión con sus padres unos días más tarde, Reiko se enteró de que la Familia Oota estaba al borde de la destrucción. Las fluctuaciones económicas habían despojado a sus padres de la mayor parte de sus activos. A menos que recibieran ayudas financieras de alguna otra fuente, iban a llevar una vida muy empobrecida en el futuro cercano. Reiko, aburrida de su dolorosa historia, había preguntado cortésmente si había algo que pudiera hacer para ayudar. Las personas a las que llamaba mamá y papá se habían apoderado de su oferta como cualquier persona que se ahogara en un bote salvavidas. Le dijeron que si ella solo consintiera en casarse con un hombre rico que doblara su edad, su problema estaría resuelto.
Disgustado, Reiko se fue de inmediato.
Sus padres se negaron a darse por vencidos.
Con lo que queda de su poder financiero, contrataron detectives y finalmente descubrieron con quién vivía Reiko. Entonces decidieron atacar. El hombre y la mujer despreciables revelaron a los vecinos de Reiko que ella y Natsune eran amantes. Siendo hombres temerosos de Dios hasta los huesos, fruncieron el ceño sobre Reiko y Natsune de la manera en que se ensuciarían. Todos los días, cada vez que se iban a trabajar por la mañana, podían ver a esas personas susurrándose unas a otras con odio en sus ojos. Las mismas personas que invitaron a Reiko y Natsune a la fiesta de cumpleaños de su hijo o hija ahora los rechazaron y los trataron con el mayor desprecio.
Reiko podría haberse preocupado menos por sus vecinos. Ella no estaba cerca de ellos en primer lugar. Sin embargo ... Natsune fue quien resultó herido, por lo que Reiko también sufrió. Intentaron mudarse a otro lugar pero el resultado demostró ser el mismo donde quiera que fueran. Eso hizo que Reiko se preguntara cómo sus padres podrían odiarla tanto.
Y todo empeoró.
A pesar de que no les quedaba mucho en su cuenta bancaria, el padre y la madre de Reiko usaron su dinero imprudentemente y desesperadamente para llevarse los trabajos de Reiko y Natsune. Su reputación y su conexión en el mundo de los negocios solo sirvió para promover sus objetivos e hizo que la vida de su hija fuera peor que miserable.
Entonces una tragedia terminó el trabajo de los padres de Reiko.
Natsune siempre había sido una niña frágil que fácilmente podría enfermarse. Después del accidente que casi le quita la vida, la salud de la amada de Reiko se volvió aún más frágil. Gracias al trabajo de la gente a la que Reiko una vez llamó a mamá y papá, fue sometida a una cantidad de estrés tan impensable que su cuerpo se descompuso ... por completo. Luego cayó enferma, tan enferma que los médicos de todos los hospitales a los que Reiko se había llevado a Natsune le dijeron que no había nada que pudieran hacer.
"Dos semanas después, Natsune falleció"
le dijo Reiko a su compañera la Cuarta Cabeza de Orochi. El ídolo pop jadeó en lo que Reiko creyó que era dolor y simpatía. Los ojos de la niña también estaban mojados.
"Lo único que podía hacer era llorar durante sus últimos momentos. En el momento en que ella exhalaba su último aliento era, para mí, el segundo en el que el mundo terminaba".
"¿No es ese el título de tu manga?"
la Cuarta Cabeza preguntó.
"Lo vi en los estantes en alguna librería una vez".
"De hecho, es."
Reiko asintió. "
La historia retratada en ese manga era mía. Sin embargo, me llamaba a mí misma Akiha".
Ella sonrió.
"Era un nombre que coincidía con el de Natsune".
"Ya veo",
murmuró Korona.
"Así que esa es la razón por la que querías vengarte de este mundo".
Reiko asintió de nuevo.
"Creo que podríamos ser amigas, Reiko",
dijo la otra chica, que de repente había tomado la taza de té que había abandonado desde el comienzo de la conversación. Ella tomó un sorbo, hizo una mueca de nuevo, pero se lo bebió todo.
¿Alguna vez me había llamado por mi nombre? Se preguntó Reiko.
En ese momento en el parque de atracciones…
"Entonces, ¿qué piensas, Sou-chan?"
Preguntó Himeko una vez que terminó.
Oogami Souma no sabía muy bien cómo responder a la que amaba. Había preguntado sobre el manga con la esperanza de conocer el gusto actual de Himeko, pero nunca había imaginado que
"El segundo en el que el Mundo termina" era sobre la historia de amor entre dos chicas. Por supuesto, se había sentido extremadamente incómodo en el momento en que se dio cuenta de que se trataba exactamente del tema que haría todo lo posible por evitar. Había pensado en evitar que Himeko hablara de eso, pero una mirada a ese lugar encantador cerró la boca. Sin lugar a dudas, la niña no estaría feliz si Souma le hiciera saber que su historia favorita estaba tocando un nervio.
"Sabía que estarías aburrido".
Himeko sonrió con conocimiento mientras levantaba su taza de café de su mesa.
"Es un manga para chicas, te lo dije".
"Bueno ..."
Souma tosió en voz baja, de repente sintió una ráfaga de disgusto hacia quien sea el autor de este manga.
"Pero, ¿qué piensas, Sou-chan?"
Después de tomar un sorbo, Himeko dejó su taza sobre la mesa. Allí, ella daba vueltas y vueltas entre sus palmas mientras sus ojos amatistas miraban fijamente la superficie de líquido oscuro en su interior. Sus mejillas comenzaron a enrojecer.
"¿Enamorarse de otra chica es algo tan vil ante los ojos de otras personas?"
Souma escondió su mueca en su taza de café. ¿Hablarías de otra cosa, Himeko? ¡Cualquier otra cosa está bien! Pensó. Cuando levantó la vista otra vez, encontró los ojos amatistas de la princesa sobre él, esperando ansiosamente una respuesta. Él suspiró.
"No lo sé, Himeko",
dijo Souma.
"No lo he pensado mucho".
Eso era una mentira, por supuesto, pero Souma no podía pensar en otra cosa que pudiera ayudarlo a salir de esta situación.
Para su consternación, Himeko no tenía intención de abandonar el tema. La niña era simplemente... inexorable.
"Digamos que sí me enamoré de otra chica",
dijo Himeko, frente al color del atardecer.
"Quiero decir, solo hipotéticamente. ¿Qué tipo de consejo me darías entonces?"
La mano de Souma se apretó alrededor de su taza de café de porcelana mientras trataba de mantener su rostro liso. ¿Hipotéticamente? Souma nació como Orochi, no como un idiota.
"Te diría que estás caminando por un camino que conduce a tu ruina",
dijo Souma en voz baja.
"Te diría que lo que le pasó a la pareja en el libro podría pasarte a ti. Y te preguntaría si tienes miedo de tal resultado".
Hizo una pausa y miró a quien amaba.
"¿Cómo responderías eso?"
Le preguntó Souma.
La chica lo miró sin pestañear por un momento antes de decir en voz baja
"Yo diría que no".
"¿Por qué?"
Souma preguntó.
"¿Por qué, hipotéticamente, querrías seguir ese tipo de amor cuando sabes que el desastre te espera al final de la línea? El destino de la pareja en ese libro no es precisamente envidiable".
"Así es en efecto por lo que les sucedió",
Estuvo de acuerdo la chica de cabello dorado,
"pero envidio su relación. Ellas pudieron confesar sus sentimientos. Su amor fue correspondido. No todas las chicas en el mundo tienen tanta suerte, ¿no te parece?"
La cara de la niña se puso triste de repente.
"Por lo que sé, podría enamorarme de alguna chica y nunca sería capaz de expresar mis sentimientos. Por lo que sé, podría pasar el resto de mi vida sin saber cómo se sentiría ser amada".
Deteniéndose bruscamente, la niña volvió la cabeza hacia un lado.
"Lo siento, me entró polvo en los ojos". H
imeko sacó un pañuelo y se lo secó con las lágrimas que rodaban por sus mejillas.
Souma suspiró. Así que esa era la razón por la que se había sentido deprimida desde que llegó al parque de diversiones. Himemiya debe haber hecho algo que hizo que la chica de cabellos dorados pensara que no tenía ninguna posibilidad de ganar el amor de la chica rica. Eso debe haber sido un malentendido, por lo que Souma sabía, Himemiya piensa en Himeko de la misma manera que este última lo hizo…
"Bueno, Himeko ..." Souma estaba a punto de decir algo cuando una alarma sonó fuertemente en su cabeza, más efectivamente cortándolo. Estaba tratando de advertirle que un Orochi estaba cerca, sin duda. Poniéndose en pie tan rápido como pudo, exploró la vecindad con sus ojos realzados con Orochi.
"¿Sou-chan? ¿Qué pasa?"
Himeko preguntó, desconcertada.
Souma vio al Orochi. En medio del cielo crepuscular había un hombre, cuya armadura delgada estaba adornada con una capa blanca, cuya mano sostenía una espada que no se parecía a las que pertenecían a los dos que Orochi Souma había tenido la desgracia de encontrar. Donde las espadas del Orochi anterior eran rectas, la suya era torcida y tenía diamantes incrustados en la hoja. Desde lejos, la forma de la hoja se parecía a la de la famosa constelación del cielo, Hokuto Shichisei, la Osa Mayor. Cuando los ojos de Souma se dirigieron a la cara del "anciano", se abrieron con sorpresa. ¿Por qué este seguidor de Orochi se veía tan familiar? ¿Dónde lo había conocido Souma antes?
"Himeko, vete a la puerta trasera y sal de este lugar de inmediato".
Souma dijo en su tono más grave.
"Un Orochi está aquí".
"Esa es una razón más por la que no puedo dejarte solo, Sou-chan,"
protestó Himeko.
"No puedo cuidarnos a los dos al mismo tiempo, Himeko,"
Souma levantó un poco la voz. Estaba agradecido por su preocupación, pero seguramente no le haría ningún bien quedándose.
"¡CORRE! ¡SALÍ DE AQUÍ!"
Los otros clientes en la cafetería levantaron la vista de sus mesas y lo miraron en estado de shock. Les dio solo una mirada antes de volver su atención a la chica de cabello dorado, que lo miró por unos segundos antes de levantarse y apresurarse hacia la puerta trasera. Con su partida, dejó escapar un suspiro de alivio.
Una vez que Souma salió de la cafetería, levantó la mano y recitó el conjuro:
"¡Señor del cielo del trueno, ven a mí!"
Desde las nubes oscuras, relámpagos púrpuras saltaron de su mano y se materializaron en Raien la Espada Sellada.
"¿Vas a señalarme a Raien, Souma?"
Preguntó el Orochi, sus ojos carmesí taladrando los de Souma. Brillaban tan brillantemente como las primeras estrellas en lo alto... pero con odio en lugar de luz. Peor aún, Souma podía sentir los poderes del hombre muy claramente. No estaría exagerando cuando dijo que el nivel de Orochi estaba un paso por encima del suyo. Él se estremeció. Se había encontrado con otros tres Cabezas ... pero ninguno de ellos se acercó a este en el poder.
De repente, la familiaridad de la voz del hombre golpeó a Souma.
"Tú... tú eres...".
Las palabras le fallaron. Souma conocía esta voz. Pertenecía a alguien que apreciaba cuando era niño, a la segunda persona además de Himeko que le dio esperanza cuando la desesperación lo atormentaba todos los días.
"Tsubasa-Nii-san?"
Preguntó mientras las lágrimas amenazaban con aparecer en sus ojos.
"Sí, mi hermanito. He regresado",
Le anunció el Orochi.
Mientras, en la Mansión Himemiya…
Chikane estaba de pie junto a la ventana de vidrio, ahogada de dolor y soledad, cuando un terrible sentimiento se apoderó de su corazón. Ella no dudó un segundo antes de salir corriendo de su habitación gritando por el chófer. Solo se había sentido así una vez antes... en el decimoséptimo cumpleaños Himeko que también era el suyo propio. Cuando el Sol Oscuro extendió su sombra por la tierra, cuando Oogami Souma atacó a su amada. Ella solo rezó para poder llegar a tiempo…
Autor: Tsuyazakura Kouyuki.
Traducción: Saizoh y Caio.
