Regalo de Reyes 2019 para Cris Snape.

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El Despertar

Capítulo 2

Munich. Alemania. Principios de los años 20 del siglo XX

- Impresionante todo lo que tienen aquí.- Dos hombres caminaban por un pequeño museo bastante desierto. El más alto se detuvo ante una vitrina donde se exponía un extraño cráneo con dos protuberancias, que según una tarjeta mecanografiada correspondía a un hiperbóreo intraterrestre. - ¿Puedo preguntar dónde lo encontraron?

- Lo trajimos de Constantina, una ciudad en la Argelia francesa.

- ¿En la costa?

- Ligeramente al interior. Se trata de una ciudad fundada por fenicios . Nos costó bastante acceder al yacimiento.

- ¿Trabas burocráticas?

- No. Las autoridades son asequibles. Es más bien la geografía. Se trata de un lugar poco accesible, créame, rodeado de impresionantes barrancos. Y una noche aparecieron unos cuantos indígenas, vestidos con harapos, que pretendían impedir las excavaciones. Hubo que hacer un pequeño esfuerzo para persuadirlos… debían considerar el lugar como una especie de santuario.

- Y al final ¿cómo se avinieron a dejarles excavar?

- Bueno, hizo falta un poco de … persuasión. En el fondo son pobres diablos. No cuentan para nadie. Ni siquiera para los nativos argelinos, mucho menos para los colonizadores...

- Entiendo.

El visitante guardó silencio entonces y volvió a dedicar su atención a la vitrina. Había memorizado las explicaciones cuidadosamente, especialmente el lugar de procedencia, y ahora, con el rostro muy cerca del cristal, observaba mejor el cráneo. Era bastante evidente que las protuberancias eran falsas, pero dejando a un lado aquellos añadidos, la calavera destilaba algo muy sutil pero a la vez, inconfundible. Un ingenioso fraude, magia mediante.

- Es impresionante.- Dijo por fin.- Sin duda, mereció la pena el esfuerzo para conseguirlo.

Su interlocutor, un alemán fornido de pelo engominado y peinado hacia atrás, sonrió con satisfacción.

- He de reconocerle, señor Gindelwald, que cuando recibimos su carta nos sentimos un tanto…¡Ah!... escépticos, si me permite la expresión. Ahora que lo conozco personalmente, he de admitir que mis temores eran infundados.

- Lo comprendo perfectamente. Yo, en su lugar, me habría sentido exactamente igual. Uno nunca sabe con quién trata hasta que no le ve la cara

El pequeño museo se hallaba en la sede de una Sociedad llamada Thule, donde hacía no mucho que habían recibido la carta solicitando una entrevista personal con alguno de sus jerifantes, y la habían tratado con cierta precaución que a la postre se reveló infundada. El sujeto que tenía delante Herr Rosemberg, que así se llamaba el muggle, era irreprochable: alto, rubio platino, un ojo azul (la otra órbita iba tapada con un parche, pero no osaría cometer la falta de delicadeza de preguntar qué le había ocurrido), muy correcto y hablando un perfecto alemán. Además, mostraba un interés poco corriente en ciertos temas objeto de estudio de la sociedad, amén de mostrar un elevado grado de cultura. Se notaba a la legua que se trataba de lo que los miembros de la Sociedad definían como "un perfecto ario".

- Comprenda que hace relativamente poco tiempo, vivimos tiempos convulsos aquí en Baviera.- El cicerone, con el orgullo un poco crecido ante el interés despertado por el ilustre visitante, le indicó el camino hacia la siguiente vitrina.

- Conozco lo acontecido durante el soviet de Baviera. Una enorme iniquidad.- Se refería a que, menos de una década atrás, Baviera había sido gobernada por una administración revolucionaria que, entre otras medidas, había detenido a varios de los miembros más insignes de la sociedad en la que se hallaban, acusados de planear un golpe de estado. Los detenidos fueron ejecutados.

- Una afrenta imperdonable. Pasará mucho tiempo hasta que se haga plenamente justicia y la Sociedad ocupe el lugar que le corresponde en la historia del glorioso pueblo alemán.

- Quizás no tanto.- El visitante se detuvo ante un círculo plagado de líneas quebradas negras. La elección del objeto pareció complacer sobremanera a su acompañante, puesto que sonrió sin disimulo e inició de inmediato una explicación.

- Nuestro sol negro...

- De doce rayos… el símbolo del poder de la raza aria.

- Veo que… conoce nuestra filosofía.- Herr Rosemberg se sintió íntimamente complacido al confirmar su juicio sobre su visitante.

- Es bastante obvio que no todas las almas son iguales… en algunas se manifiestan talentos... especiales, que no deberían desperdiciarse quedando ocultos por tanta mediocridad. ¿No cree?

- No lo habría expresado mejor.- Replicó Rosemberg con satisfacción.

- Precisamente, en aras de reducir la mediocridad del mundo, creo que sería interesante profundizar en sus investigaciones…- Grindelwald sonrió seductoramente.- …¿No han considerado continuar con las excavaciones en Argelia? Los fenicios son un pueblo muy antiguo, su religión inspiró los panteones griego y romano... y al mismo se opuso el judaísmo...

-¡Es usted todo un erudito! ¿Puedo preguntarle cómo lo adquirió?

- Recibí una sólida educación de base, interno en un colegio en el norte de Suecia. El frío fortalece el caracter de los muchachos... después, he sido autodidacta. Sobre todo, he viajado mucho. Por eso me gustaría contribuir a sus excavaciones… quizás podría financiar otra visita a ese lugar… ¿Dónde me dijo? Constantina.

- ¿Está interesado en algo en particular? ¿Quizás los restos del hiperbóreo?

- Mi querido Herr Rosemberg... ¡Qué perspicaz es usted! Sí. En definitiva, sí estoy interesado en el hiperbóreo. Y en otros restos que hayan podido quedar de una raza tan... interesante. Creo que merece la pena excavar un poquito más. Quizás la prueba irrefutable del origen superior de la raza se halle al alcance de las puntas de los dedos… por supuesto, colaboraría generosamente en la financiación.

- Perdone la indiscreción pero… ¿De cuánto estaríamos hablando?

- De lo que haga falta. Proveame de un equipo competente de arqueólogos. Por supuesto, completamente leales a la causa.

-¡Por supuesto!

Lo último que esperaba Rosemberg del visitante era que le ofreciera financiar otra expedición arqueológica a Argelia. En realidad, no creía demasiado en los hiperbóreos, pero quizás darle el capricho al señor Grindelwald no era una mala idea. Parecía un hombre influyente, con mucho mundo, y además se ofrecía a financiar holgadamente la expedición. Le había omitido que aquello de la persuasión había sido un puro eufemismo, que los arqueólogos salieron a duras penas de aquel horrible lugar y que algunos acabaron en psiquiátricos, convencidos de que les habían abierto fuego con armas potentes bajo la apariencia de simples palos. Quizás eran una panda de blandos, poco dignos. Habría que buscar un equipo verdaderamente ario para ir por un cráneo para dar satisfacción al señor Grindelwald.

Continuará