2. De vuelta a la aburrida normalidad

– Esto es inaceptable – recriminó el fino y elegante hermano de Rukia, Byakuya Kuchiki. Era muy temprano por la mañana. El dolor que emitía la cabeza de Rukia se estaba volviendo insoportable, además del sueño y el mal gusto en la boca. – ¡¿Cómo olvidaste la reunión? – gritó, casi exasperado.

– Es que no me siento bien, hermano – se excusó Rukia, intentando ocultar un enorme bostezo.

– No importa. Arreglé otra entrevista con el Dr. Kurosaki, en su clínica. Deberás presentarte hoy mismo, a mediodía

– ¡¿Hoy? – Rukia pareció despertar de pronto. Byakuya clavó sus ojos en los de la morena.

– Si, hoy. Y no pondrás ninguna excusa

Eso sí era el colmo. Ella no quería trabajar, menos en una clínica de rehabilitación para niños. El Dr. Kurosaki era uno de los más prestigiosos traumatólogos pediatras del país, y tenía una gran clínica en esa ciudad. Pero lo que más le afectaba a ella era que a Byakuya se la había ocurrido que ella debía trabajar allí, por un supuesto favor que se debían mutuamente él y el doctorcito ese. ¡A ella qué le importaba! Bufó antes de dar un portazo en su habitación y tirarse bruscamente sobre la cama.


Pasadas unas tres horas desde la orden de su hermano, estaba lista para entrar en la clínica. El lugar era realmente reconfortante. La decoración infantil era de excelente gusto y calidad y no faltaban los juguetes por ningún sitio. Ella esperaba en la gran sala de espera del hall principal, observando los dibujos animados que pasaban en un enorme plasma colgado de la pared. Estaba muy disgustada por tener que estar ahí, pero sonreía falsamente cada vez que alguna de las enfermeras pasaban y la saludaban, con buen humor.

– Señorita – una mujer delgada y alta, con una pollera ajustada y corta, color negro. Que además, usaba unos zapatos con una altísimo taco aguja, le habló. Lo primero que atinó a hacer es a mirarle los pies, porque justamente estaba observando el resplandor del porcelanato. – Kuchiki – continuó la mujer, con un tono serio, mirando una planilla. Rukia, al fin, llegó a mirarla a la cara. Le daba unos cuarenta años. Piel bronceada y cabello rubio, recogido en un rodete. Llevaba lentes para leer. – Por favor, llene estos papeles con sus datos – le extendió una carpeta celeste y una lapicera. – Cuando termine búsqueme en el cuarto piso, oficina 23. Allí el Dr. Kurosaki le hará algunas preguntas de rutina – sin sonreír, la secretaria se retiró.

La carpeta contenía unas planillas con varios casilleros, donde debía completar sus datos. Nombres y apellidos, fecha de nacimiento, números varios, dirección, teléfono, celular, mail, estudios cursados... Todo bien hasta que llegó a los anteriores empleos. ¡Ella no había trabajado jamás desde que terminó la escuela! Si es que no era para nada necesario en su familia. ¡Su hermano era dueño de un banco! ¡De un banco! ¿Para qué tenía ella que trabajar? Apretó su mano y sintió un clic desde la lapicera. Se serenó. Lo único que le faltaba era mancharse con tinta antes de ver al doctor.

Finalizó muy rápido las planillas y subió. El ascensor era enorme y fresco. Bajó de él y caminó unos cuantos metros por un largo pasillo lleno de puertas, hasta que llegó a la número 23. Debajo del número, había una placa. "Dr. Kurosaki hijo".

– ¿Hijo? – pensó Rukia en voz alta. Levantó los hombros en señal de indiferencia y golpeó. Nadie contestaba. Golpeó más fuerte. Nada. Bufó cansada y giró bruscamente. Luego, un golpe en su lado derecho y los papeles desparramados por el piso.

– ¿Eh? – la voz de un hombre joven, confundido y cansado, se escuchó en el pasillo. Rukia se sobaba sus costillas, con los ojos cerrados. Lo único que le faltaba era pasar un papelón como ese. Se agachó, rápidamente, para levantar las planillas y la carpeta, pero volvió a chocar con lo que había chocado antes, ahora con un sonoro ruido de huesos, que pertenecían a sus cabezas.

Se miraron, con bronca, ira, asco… y cansancio. Sostuvieron sus miradas, ahí agachados en medio de un pasillo largo lleno de puertas, en una clínica para niños. Él tenía el cabello naranja. ¿Naranja? Rukia arqueó una ceja. ¿Cómo alguien podía tener el cabello de ese color? Y traía puesto un guardapolvo, en el bolsillo del cual leyó "Dr. Kurosaki".

– ¿Kurosaki? – dijo despectivamente. El aspecto del joven no era precisamente el que se había imaginado. Ninguno de los dos atinaba a levantarse.

– Si – contestó escuetamente él. – ¿Kuchiki? – devolvió la pregunta.

– Si, Rukia Kuchiki

– ¿No es mejor que entren en la oficina? – la voz de la secretaria de antes los trajo de nuevo a la realidad. Se levantaron como resortes y entraron en la oficina 23.


¿Qué loco, no? Esta es mi historia loca. No sé a dónde irá, así que acepto todas las sugerencias que deseen. ¡Necesito reviews! Que son el alimento perfecto para la inspiración. Espero que esto vaya tomando forma. Ya verán cómo sigue... Jeje. Mil gracias! Mary