4. Discusión

– Estoy preocupada por Ulquiorra – Hime se refería a su nuevo paciente con auténtica preocupación. Miraba a su novio con tristeza en sus ojos. Ichigo chasqueó la lengua con desaprobación.

– ¿Ulquiorra? – apartó la vista. – ¿Es el nuevo? – preguntó, haciéndose el desentendido. – Yo no me preocuparía tanto por él, es ahijado de Aizen – comentó con asco. Orihime arrugó el entrecejo.

– No digas eso. Es un chico extraño. Siempre está encerrado. No quiere salir al parque y no habla con nadie – miró fijo a Ichigo por más que él viera hacia otro lado. – Además, desde que ingresó hace una semana nadie lo ha visitado. Mucho menos ese tal Aizen – el pelinaranja volvió a verla.

– Es inútil que te preocupes por él. Será difícil que salga de esto. Además, hace años que no camina. ¿Piensas que tú o yo podremos hacer algo? – realmente le molestaba la presencia de ese joven. Y le daba absolutamente la razón a Uryu, su padre se había vuelto loco al admitir al pendejo ese.

Desde que Ulquiorra había entrado en la clínica, el único tema de conversación con su novia había sido ese chico. Y también terminaban peleando por eso. Apretó los dientes y giró, caminó unos pasos y se sentó en su sillón, ignorando a Orihime que lo veía con malos ojos. Apretó el botoncito verde de su comunicador.

– Rukia, cancela mis citas de la tarde. Me la tomaré libre – dijo.

– ¡¿Qué? – gritó su secretaria. – ¿Quieres que cancele "todas tus citas"? – irónica. – No tienes una mierda qué hacer esta tarde y deberías ir a ver a tu padre que hace dos días que te pide que vayas – lo regañó.

Orihime se levantó del sillón y apoyó ambas manos sobre el escritorio con fuerza. Ichigo se sorprendió sobremanera. Observó los ojos grises de ella y notó que su molestia no era leve.

– No entiendo tus motivos. ¿No eres médico? ¿No te interesa la salud de tus pacientes? – estaba consternada por la actitud de su novio y no le entraban en la cabeza sus explicaciones. – No quiero que vuelvas a referirte a Ulquiorra de esta forma frente a mi – se alejó y tomó el picaporte de la puerta, abriéndola. – Y deberías ir a ver a tu padre – salió dando un portazo.

Rukia se sorprendió al ver a Orihime salir de esa forma. Ya los había visto discutiendo antes, pero esta vez era diferente. No quiso entrometerse, pero fue la castaña quien se acercó. La miró profundamente.

– Ten cuidado con Ichigo – se rostro daba escalofríos. Rukia tragó saliva. Orihime se sentó y apoyó su frente en el escritorio, soltando un sonoro bufido. – ¡¿Qué tonterías estoy diciento? – Rukia se relajó. – Nada de esto tiene que ver contigo – hizo una breve pausa. – Ni con Ulquiorra – se acomodó en su asiento. – De veras que quiero que le insistas a Ichigo para que vaya a ver a su padre. Seguramente sea importante lo que quiere decirle – se levantó. – Y si me busca, dile que no quiero verlo y que estaré con Ulquiorra Cifer, en la habitación número cuatro. Por favor que no nos moleste – se fue por el pasillo, refunfuñando. Rukia sonrió.

Dobló a la izquierda en la bifurcación. Previamente miró por la ventana notando que el auto de Uryu ya no estaba en el estacionamiento. Su rostro se ensombreció. Desde que Ulquiorra había ingresado, él había comenzado a ir menos a la clínica. Estaba segura de que estaba muy molesto con Isshin y en realidad no entendía sus razones. ¿Qué tenía de terrible que un adolescente de 17 que ni siquiera podía salir por sus propios medios de su habitación hubiera sido admitido allí? Soltó involuntariamente un suspiro y viró, cerrando los ojos.

Luego no supo bien qué sucedió. Sintió un fuerte golpe frontal contra algo duro. No identificó aquello como un cuerpo humano hasta que abrió los ojos. Un enorme brazo se posó sobre sus hombros, empujándola contra la pared, provocando un sonoro "crac". Como consecuencia se golpeó la cabeza, pero no pudo escuchar otro sonido que el "plaf" de una gran mano chocando sobre la pared junto a su rostro.

El sujeto que la inmovilizaba olía a desodorante barato y feromonas. Suspiró con nerviosismo, dándose cuenta de que no podía identificar a aquel hombre. Cuando tomó consciencia, sólo vio la pared contraria a la que estaba a sus espaldas, la penumbra del pasillo y la respiración entrecortada de aquel que la sostenía.

– Lo siento – ronroneó él en su oído, provocando un escalofrío que la atravesé de la cabeza a los pies. La voz de él era demasiado sensual. Apretó su labio inferior con los dientes, obligándose a volver a la realidad. ¡Había sido arrinconada contra la pared por un desconocido!

– ¿Lo sientes? – preguntó, incrédula. – ¿Me dices eso y ni siquiera me sueltas? – el aludido la soltó y se retiró hacia atrás un paso. Orihime hubiera preferido que no lo hubiese hecho. Aquel hombre era casi irresistible a su parecer. Tenía unos hermosos ojos azules, casi felinos, que la acechaban a muy corta distancia. Él la observaba queriendo adivinar quién era. Notó su vestimenta y apartó la vista.

– De veras lo siento. Fue una reacción. No quise atacarte – se disculpó. Hime sonrió. A pesar de lo que le había hecho, él parecía un sujeto interesante. – Nos vemos – dijo y comenzó a caminar hacia la salida.

– Nos vemos – contestó ella, sin poder articular más palabras.