7. Decisión

Tomó el vaso con su mano derecha. El trago quemó su esófago. ¿Qué estaba haciendo allí? Solo, cansado, ojeroso y ridículamente disfrazado. Apoyó el vaso con violencia. Estaba harto. Hacía más de cuatro horas que estaba allí esperando a una mujer que quizá jamás volvería a ver. La música lo aturdía, la cabeza le daba vueltas. No sabía si era el alcohol o la jaqueca. Pagó y se levantó con pesadez.

− Veo que el Señor Pirata volvía al asalto – lo saludó un hombre alto y delgado. Tenía su rostro tapado con una fea máscara.

− No estoy para bromas – lo evitó y caminó hacia la salida. Abrió la cortina negra que lo separaba del exterior y se chocó contra alguien, que supo más pequeño que él. Miró y unos ojos intensos lo acechaban. Sonrió sin poder evitarlo.

− Hola – dijo ella con sorpresa.

− Hola – respondió él. La tomó de la mano y la arrastró afuera.


La noche era cerrada y sólo lograba ver e sus pensamientos a Ulquiorra. No podía quitarse de encima sus ojos verdes y la profundidad de su mirada. Suspiró y se apoyó en la baranda del pequeño balcón de su departamento. Podía ver las estrellas. Era una noche oscura, sin luna. Nuevamente suspiró. Cerró la sus ojos un momento. Lo había dejado acostado y durmiendo, ¡pero la ventana aún estaba abierta! Abrió los ojos desmesuradamente. ¡Lo había olvidado! ¡Había olvidado cerrar la ventana! Y comenzaba a sentir frío. Tomó su abrigo y apagó la luz antes de salir.

Entró presurosa por la puerta de la cocina, de la cual tenía llave gracias a que Ichigo se la había dado hacía unas semanas. Se conocieron en la fiesta de cumpleaños de un amigo que tienen en común y desde entonces sostuvieron una relación armoniosa, llena de buenos momentos. Pero, desde que Ulquiorra había llegado, todo el mundo le parecía diferente.

Él era un joven adolescente de sólo diecisiete años, pero se veía triste y apagado, sin poder interpretar el mundo que lo rodea, sin poder sentir, caminar, ver, oír, ni nada que sea parecido fuera de una habitación de hospital. Chasqueó la lengua. Después de todo, ella sólo tenía veintitrés años y no podía hacer demasiado tampoco para ayudarlo. Apretó los puños volviendo a pensar en los comentarios de Ichigo y se golpeó a sí misma en la cara, con ambas palmas, por pensar que no podía hacer nada.

− Si lo haré. Haré todo lo que pueda por él. Y lo que no pueda, también


− ¡Basta! – gritó la mujer gatuna cuando descubrió que el pirata la arrastraba a un lugar alejado y oscuro.

− No voy a hacerte nada, sólo quiero conversar en un lugar que no esté infestado de gente y lleno de ruidos molestos

− No quiero – dijo ella, zafándose del agarre de él. Ambos se detuvieron en una luz de mercurio. El pirata, de un rápido movimiento, la arrinconó contra la pared, debajo de la luz.

− No me importa – gruñó. – Estuve esperándote toda la maldita noche y ahora que te encontré, no voy a dejar que huyas