8. Una noche diferente

Apenas abrió la puerta del cuarto, notó la brisa fría de la noche. Tragó saliva, sintiéndose culpable. Entró y cerró la puerta. Todo era silencioso y se podía escuchar el murmullo de la ciudad a lo lejos. Se recostó sobre la puerta, acostumbrando sus ojos a la oscuridad y pudo verlo. Ulquiorra estaba sentado en la cama, vestido con la pijama que ella misma había ayudado a ponerse a la tarde, que era color blanco y negro. Estaba quieto, mirando por la ventana, como solía hacerlo a diario. Soltó el aire, entre aliviada y preocupada.

De pronto recordó que ella lo había dejado acostado y durmiendo y que con anterioridad nunca lo había visto moviéndose por sí mismo. Y ahora lo encontraba sentado y con las piernas recogidas en posición de loto. Sonrió. Él parecía no haberse percatado de la presencia de Orihime porque ni siquiera se movió.

Ella se acercó a la ventana, parándose junto a la cama de Ulquiorra. Se detuvo allí, observando en la misma dirección que él. Mantuvo sus manos juntas, detrás de su espalda, sintiéndose nerviosa. ¿Por qué se sentía así? Si sólo estaba en la habitación de su paciente…


– ¿Qué es lo que quieres? – soltó el Gato Negro, bramando de ira. ¿Cómo era que había llegado a esa situación?

– Sólo quiero hablar contigo un momento – insistió el Pirata. – No pienses que soy un pervertido o algo así – sonrió. Rukia forcejeada para zafarse del agarre de él, sin conseguir nada.

– Déjame tranquila. No tengo nada que hablar contigo – lo miró a los ojos. Instantáneamente dejó de luchar y se perdió por un momento en la mirada profunda de él. Se sentía rara y todo a su alrededor la confundía aún más. El ruido de los autos y de la música se mezclaba con los latidos de su corazón y el sonido de su respiración entrecortada. Cerró los ojos con fuerza, como queriendo despertar de un supuesto sueño.

– ¿Qué te sucede? ¿Estás bien? – preguntó él al notar la confusión de ella. – Sólo estoy intentando retenerte para que no te escapes otra vez – dijo y la soltó.

– No planeaba irme – contestó ella, acomodándose la ropa. Haber cerrado los ojos parecía haberla traído nuevamente a la realidad. – ¿Qué es lo que quieres de mí? – insistió, pero esta vez en un tono más relajado y amable.

– Ya te lo dije – la miró. – Sólo quiero saber algo más de ti. Desde el otro día no puedo quitarte de mi cabeza

– Será mejor que me quites – Rukia sintió algo en su estámago.

– ¡Ey! – la mujer que venía corriendo desde el bar se detuvo en seco. Pareció querer gritar el nombre del Gato Negro, pero se contuvo. Ambos la miraron. – ¿Todo está bien? – preguntó, caminando hacia ellos. El Pirata supo que perdería su oportunidad.

Giró y tomó a Rukia por la cintura, atrayéndola hacia su cuerpo. Ella notó inmediatamente sus músculos marcados y el fuerte batir de su corazón. Se sonrojó. Se miraron intensamente y él, sin dejarla reaccionar, la besó.


Orihime se mantuvo en silencio intentando encontrar las palabras para decir. Había ido allí a cerrar la ventana, pero ver a Ulquiorra tan interesado en el cielo nocturno le impedía hacerlo. Lo miraba de reojo, temiendo que él reaccionara mal. Su corazón latía con fuerza y hubiese jurado que se podía escuchar en el silencio de la habitación.

¿Cómo era posible que un joven adolescente como Ulquiorra se encontrara postrado en una cama? ¿Tan terrible había sido su trauma para nunca superarlo? ¿O era otra cosa la ue no le permitía evolucionar favorablemente? Además, estaba su padrino, Sosuke Aizen. Jamás le había dado confianza aquel adinerado hombre y ver que pagaba fortunas a la clínica para que atendieran a Ulquiorra para luego no ir a visitarlo nunca la llenaba de ira e impotencia. Apretó sus puños y sus dientes, cerrando sus ojos.

Cuando retomó su autocontrol y volvió a ver, se encontró con los ojos del chico sobre ella. Estaba segura de que él parecía querer preguntarle algo, pero la verdadera hazaña era saber qué. Abrió la boca para hablar, pero la cerró inmediatamente, desviando sus ojos hacia un lado. Cuando regresó, él permanecía aún fijo en ella, esperando.

– Es una bonita noche – comentó, naturalmente. – Pero hace algo de frío – continuó. – Será mejor que cierre la ventaba – se acercó a la ventana, pero se detuvo en seco, sorprendida.

– No – soltó Ulquiorra, dejando patitiesa a Orihime que se volvió a verlo.

– ¿Quieres que la deje abierta? – él asintió con la cabeza. Ella sonrió. – Está bien – se sentó en la cama. – Me quedaré contigo