*Esta historia se desarrolla en la época feudal europea*

Inuyasha's PoV:

"Mi corazón es un jeroglífico, habla en lenguas"

El menor del linaje, ese era yo. No el que heredaría la corona, ni aquel que tomaría las decisiones del reino. Yo solo era una joya más en el mostrador del palacio, un reemplazo en caso de que mi hermano mayor y heredero al trono, Sesshomaru, cayese en batalla.

Sin embargo, mi padre se esforzaba en hacer de mi vida un infierno. Él quería casarme con una doncella, hija de un poderoso señor feudal aliado, Kikyo. Pero mi corazón pertenecía a la hija de una de las sirvientas del palacio, Kagome, con quien tuve la suerte de crecer. Entre visitas secretas, juegos a escondidas y besos prohibidos, ella robó mi corazón.

"Diez mil voces llenan mis pulmones rotos"

―En una semana se celebrará tu compromiso con una mascarada, a la cual asistirán los más importantes Lords y...―Anunciaba mi padre durante el desayuno, más yo no soportaba escuchar ni una sola palabra más.

Durante todo este tiempo me había dejado al cuidado de una institutriz, preocupado por la estricta educación de su primogénito. Yo no sería su exhibición de carnaval.

―Quita esa falsa sonrisa de tu rostro y no finjas que ahora te importo―Sentencié interrumpiendo sus palabras, me levanté de mi asiento, e ignorando los llamados de mi padre, me retiré del salón.

"No creas que ahora puedes jugar conmigo. No seré tu ave en la jaula. Prefiero morir."

"Pero a través de la ola blanca,
aún escucho su llamado"

Entonces, a través de oscuros callejones y pasajes secretos, me dirigí a las afueras de las murallas, perdiéndome entre la multitud de la aldea. Bajo la tela de la capa que vestía, logré pasar desapercibido hasta el establo tras su casa.

Una vez allí me tomé el tiempo de tranquilizar toda la furia que albergaba, y comencé a acariciar a Shikon, una preciosa yegua blanca.

Unos instantes después tenía una daga contra la garganta.

―Quien quiera que seas, lárgate o te mato.

―Wow estrellita, cada vez eres mejor en esto―Respondí a la voz fingiendo absoluto asombro.

―¿Inuyasha?―Bajó la guardia.

―Pero no lo suficiente―Y en un solo movimiento la desarmé, derribándola sobre el montículo de heno que yacía tras de ella.

―Maldición―Dijo con fingida ofensa la azabache, mientras yo la observaba cruzado de brazos con la victoria plasmada en mi rostro. Y en cuanto curveé mis labios en una sonrisa, la chica se vengó con una patada a mis pies, perdiendo el equilibrio y haciéndome caer justo encima de ella.
―¿Estás completamente seguro de ello, eh Majestad?― Me tomó por el cuello de la camisa, obligándome a mirarla a los ojos...sus ojos. Luego me besó, y yo le correspondí gustoso.

Con ambas manos apoyadas a sus costados, acorralandola contra el pasto seco, esto pudiese haber terminado de otra manera. Sin embargo, ese no sería el día.

―Kagome―Murmuré separandome de ella, al tiempo que me sentaba a su lado.

"Así que respira hondo,
vamos a desaparecer"

Noté al instante el cambio en su semblante al notarme extrañamente melancólico.

―¿Qué sucede, Inu?― Inquirió preocupada, mientras yo mantenía la mirada pegada al suelo.

―Quieren casarme con otra mujer―Solté de golpe y todo el aire a nuestro alrededor se hizo denso, como el silencio que se posó entre ambos. Eterno, pesado, doloroso.

Entonces ella suspiró.

―Sabíamos que esto pasaría algún día―Murmuró, contagiada de mi inquietud.

―Al final eres el hijo del Rey, y yo, solo soy la hija de una sirv...―Sus palabras me quemaban, odiaba cuando comenzaba a compararse; así que sellé sus labios con los míos, para que dejase de decir tonterías.

―Escapemos―Murmuré a unos cuantos centímetros de su rostro.

Aquella idea había rondado mis sueños por años, sabiendo que lo nuestro siempre había sido algo indebido, mal visto ante la sociedad. Y ahora que el momento había llegado, no dudaría ni un solo segundo en hacerlo realidad.

"Nadie nos echará de menos,
¿Entonces por qué seguimos aquí?"

―¿¡Qué!?―Exclamó ella en una mezcla de emoción y angustia.

―Kagome, escapa conmigo, no estoy dispuesto a vivir separado de ti―Tomé sus manos, mientras la seriedad en mi rostro hablaba por sí sola.

―Pero Inuyasha, no puedes dejar tu lugar, ¿Estás seguro de lo que dices?

―Sí puedo, y lo haré. Estoy seguro de que no me echarán de menos cuando arruine su impecable reputación.

―Está bien―Rió la pelinegra, y la tensión fue reemplazada por una desenfrenada ansiedad.
―Haré de tu reputación la peor de todas― Ronroneó acercándose aventuradamente hacia mí. Y allí estabamos de nuevo, pactando nuestro loco acuerdo con un beso.

"Y en el agujero negro,
lo verás todo"

Hasta que el tan esperado día llegó, el baile de máscaras.

Había estado reprimiendo cualquier tipo de reproche, pretendiendo haber recapacitado, pidiendo perdón, sometiendome ante las decisiones de mi padre.

Más este no alcanzaba tan siquiera a vislumbrar lo que realmente sucedía.

"Como mi amigo de toda la vida, y como noble, comprendo tu situación. Sin embargo, en aquel entonces fuí yo quien debió someterse a la voluntad de mi padrastro para casarme con Lady Sango... Así que te ayudaré, lo sabes.

Te esperaré al alba en la casa de la colina, allí haz de vivir. Pero debes de renunciar a tu título y toda relación con la realeza. No debes mencionarle tu pasado a nadie. Deberás adaptarte..."

Tenía una sonrisa ladina plasmada en el rostro al tiempo que leía la respuesta de Miroku, mi mejor amigo, a la petición por desaparecer del palacio para siempre.

Todo este tiempo, desde el anuncio hasta el esperado día, Kagome y yo estuvimos planeando meticulosamente nuestra gloriosa liberación.

Entonces, sentí la puerta de mi habitación abrirse tras de mí, y con cuidado guardé la carta en uno de mis bolsillos.

―Mi padre te espera en el gran salón―Anunció Sesshomaru.
―No lo hagas enfadar, Inuyasha―Dijo apático,como siempre, luego se retiró.

―No lo haré, por ahora―Murmuré para mí mismo, y me encaminé hacia el gran salón; claro, no sin antes asegurarme de dejar todo empacado y en el lugar en el cual la madre de Kagome, quien nos apoyaba y ayudaría, habría de recogerlo para llevarlo al establo del cual saldríamos aquella noche.

"Por que esto no es suficiente,
Y no voy a esperar a que ellos me corten"

―Inuyasha, ella es Lady Kikyo.

Sin duda alguna, era una mujer hermosa, sin embargo mi corazón y mi vida pertenecían a alguien más, ni una cara bonita podría hacerme cambiar de opinión.

Después de la presentación entre familias, en donde fingir fue mi principal papel, se dió comienzo al magnífico baile real. Los aliados del reino y demás invitados se hallaban esparcidos por todo el lugar, luciendo costosos trajes y decorados vestidos tras diversas máscaras, y yo no era excepción.

Solo debía aguantar un poco más, pronto todo acabaría.

"Así que dame todo lo que tienes,
No se detendrán hasta que nos vean caer"

Entre multitudes al compás de una canción, antifaces y misteriosas miradas, concluyó el primer baile.

―Todo está listo, majestad― Me susurró una voz mientras se me acercaba con una bandeja de bebidas. Era la madre de Kagome, quien trabajaba arduamente en palacio desde que tenía uso de razón.

―Gracias―Asentí con naturalidad, manteniendo una expresión neutral. Era importante no levantar sospechas.

―Cuida de ella―Dijo en un hilo de voz y se marchó, perdiéndose entre la muchedumbre.

"Lo haré, eso es seguro"

Entonces cuando un próximo baile estaba por comenzar, aproveché la situación para huir del lugar.

Mi corazón latía como caballos enfurecidos.

Tomé la capa que había dejado en uno de los pasajes y me deshice de la ostentosa chaqueta que traía. Y en la oscuridad de la luna nueva, me escabullí hasta el lugar donde ella estaría esperándome.

"Así que corramos"

―Te tardaste―Murmuró ella desde algún oscuro rincón del lugar. Entonces la tenue luz de las estrellas iluminaron su rostro en cuanto se acercó a mí. Sin tiempo de reaccionar, solo supe que ella me besaba, en algún instante yo decidí unirme al juego tomando su delicado rostro entre mis manos, y de allí mis manos se posaron en sus caderas.

―¿Estás lista?―Cuestioné falto de aliento y está sonrió. Juro que mi corazón estaba por salir de mi pecho.

―Más que nunca―Respondió con una sonrisa.

En aquel instante la abracé, con la dedicación y amor que la única estrella en el cielo para mí se merecía.

"Así que corramos"

La luz en la oscuridad.
La valentía.
Las flores de la primavera.
Lo real.
El salvaje latido de mi corazón.
Su voz.

Ella era lo único que necesitaba, la razón por la que dejaba todo atrás.

Todo este tiempo había sido ella la única en brindarme verdadero amor, comprensión, su tiempo. Con quien había aprendido cómo vivir, lo que era realmente correcto y lo que no, cómo expresar lo que sentía, cómo amar.

No perdería nada de ello.

Cabalgamos lejos de allí, donde comenzaríamos un nuevo futuro, amándola sin ataduras.

Y no cambiaría nada de ello.

Nada.

Entonces corrimos.