"Te Encontré."
B.B. Asmodeus.
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Fandom: Gotham (2014).
Parejas: Jim Gordon/Bruce Wayne & Alfred Pennyworth/Harvey Bullock. Ya saben, los OTP's absolutos.
Rating: Adult.
Resumen: (Alfa/Omega/Beta 'verse) Desde el momento en que Jim viró hacia sus espaldas, su destino estuvo marcado.
Continuidad: Rise of The Villains, MOTHERFUCKERS. Spoilers de 2X01 "Damned If You Do…"
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22.
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"Conozco todos tus secretos
Conozco todas tus mentiras
Sé dónde los guardas
En lo profundo de tu ser."
-Ruelle, ("Secrets and lies.")
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"Ah. Mary, Mary, Mary. ¿Qué nos has traído hoy?"
La bolsa negra fue abierta con precisión. El cuerpo asomándose estaba intacto, a excepción de una línea punteada alrededor del cuello. Nada que no pudiera ser arreglado, sin embargo.
Mary revisó su clipboard, a pesar de ya tener la información en su cabeza. Se quiso abofetear a sí misma por dejar que los nervios le ganasen de forma tan evidente. ¡Necesitaba de ser más asertiva si esperaba seguir trabajando en esta división! Había trabajado por tanto tiempo para poder llegar aquí…
"Mujer de 30 años. Caucásica. El cuerpo fue donado a la ciencia a petición de la fallecida. Intercepté su destino al Centro de Investigación AOB justo a tiempo. Creí…" Asertiva-asertiva-asertiva. "Sé que apreciaría un cuerpo menos dañado. Ha sido mantenido en perfecto estado, se lo aseguro."
"Mm." Los nudillos cubiertos en látex del Jefe de División acariciaron la mejilla áspera y seca del cadáver. "Oh, vieja colega. Que tragedia, reencontrarnos así."
Por un momento, Mary entró en pánico. ¿Vieja colega? ¿Qué demonios quería decir con eso? Sin embargo, la sonrisa totalmente satisfactoria de su Jefe, le puso límite a su inquietud.
"Buen trabajo." Desaparecido estuvo, el breve tono suave con el Jefe se había dirigido al cuerpo inerte. Con un ladeo de su mentón, los enfermeros prosiguieron a llevarse el cuerpo a los adentros del laboratorio F. "Es exactamente lo que necesitaba."
Mary fue dejada, sin más. No se percató de las fuerzas con la que había estado apretando el clipboard contra su pecho, hasta que se le dificultó respirar. De inmediato dejó sus brazos caer.
Buen trabajo.
Mary cerró sus ojos. Exhaló.
Luego, su pie izquierdo fue atropellado por una camilla en movimiento. "¡Novata, quítate del camino!"
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UN MES DESPUÉS.
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Por más que Alfred intentara ser un ninja al respecto, Bullock era sensible a sus movimientos.
"¿'Onde vas?" Murmuró desde su almohada, ojos todavía cerrados. Porque aún era de madrugada, y nadie debería estar levantándose a las 4 de la maldita mañana.
"Tengo que irme, antes de que Bruce despierte."
Harvey tapó su rostro con la manta, cuando Alfred encendió la luz del baño adjunto. "El niño no se va a morir de hambre sin ti, Alf." Esperó que el hombre terminara con su ritual de higiene, atrapando unas cuantas Z's en su vigilia. Volvió a despertarse a percibir el olor combinado, de enjuague bucal y colonia, recorrer la recámara. Finalmente, destapó su rostro y abrió un sólo ojo. "¿Ves? Ahora, luciendo tan bien, sólo me obligarás a desgreñarte de nuevo."
La sonrisa que Alfred le mandó por sobre su hombre, fue la cosa más suave que Bullock había visto en muchos años. Como mantequilla derretida sobre pan tostado, incluyendo el placer de aquella primera mordida. "Te creería, si tuviera 'greñas' que pudieras desgreñar." Después de terminar de abotonar su camisa de vestir, el Alfa se acercó a la cama para despedirse—Otro ritual.
El beso que Harvey recibió fue corto. Bullock gruñó. "Oye, hace frio. Es peligroso salir. Espera un par de horas más. No es cómo últimamente si el chico estuviera en modo agradecido."
La dulzura se denigró ante la mención del malcriado Beta.
Maldita sea. Ahí iba Harvey, diciendo lo menos oportuno.
"Mi preocupación… va más allá que consideración hacia al amo Bruce. Podría volar con dinamita el terreno entero, si no estoy allí. ¿Dónde demonios viviría, entonces?"
Bullock alzó sus cejas, la invitación clara.
"Oh, shush." Alfred colocó un dedo en su boca, antes de que aquella invitación se volviera explícita. Ambos permanecieron en silencio un momento, quietos en la tranquilidad de la habitación. "Tengo que irme." Alfred susurró, seguro de su propósito. "Ten un excelente día en el bar, ¿de acuerdo?"
"Mmm."
"Sin pucheros." Alfred se puso de pie. En tiempo récord, encontró su chaqueta y su bufanda. Un guiño antes de salir, fue su última forma de despedida.
Harvey volvió a cubrir su cabeza.
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Fecha de nacimiento de Bruce Wayne.
ACCESO NEGADO
La fecha de nacimiento de Thomas Wayne.
ACCESO NEGADO.
Nacimiento de Martha Kane.
ACCESO NEGADO.
Fecha de construcción de la mansión Wayne.
ACCESO NEGADO.
Fecha de nacimiento de Alfred Pennyworth.
ACCESO NEGADO.
Año de la llegada de los Wayne de Escocia a Nueva York.
ACCESO NEGADO.
Bruce abofeteó el teclado con un gruñido que resonó por todo el pasillo de roca.
No fue sorpresa que Alfred se asomara, segundos posteriores.
"¿Todavía intentándolo?"
"Obviamente." Bruce murmuró. Estaba sudando. Las cuevas eran cálidas, sofocantes en estos momentos. Salió del pasillo más por necesidad, que por deseo.
"Necesita ducharse. Ha estado todo el día metido allí."
Antes de que el hombre se inspirara en un discurso más prolongado, Bruce se apresuró fuera de la sala. Se dirigió a su habitación, pateando sus zapatos por el piso de la recamara. Alfred tenía la razón—¿Cuándo no?—Bruce apestaba a sudor, aunque odiaba admitirlo a la cara del mayordomo. No estaba de humor.
Sumergirse en la tina fue rutina. Aguantar la respiración, para medir el límite de tiempo sin respirar, fue algo cotidiano. Bruce siempre estaba poniéndose a prueba. No debería sorprenderle a nadie, mucho menos a sí mismo.
Todo en esta vida, era un examen minucioso, cuyo fin siempre caía en la supervivencia de uno mismo.
Salió de la ducha, usando la toalla correspondiente para cubrir la mitad de su cuerpo. Caminó por la alfombra derramando gotas de agua desde su cabello. La cama estaba deshecha, porque así lo había ordenado. Alfred no tenía permitido entrar a su territorio sin advertencia previa, por más que el desorden de éste lo estuviera torturando.
Bruce no quería sus sabanas lavadas. Se eliminaría… la esencia.
Una vez listo, bajó al primer piso en atuendo sencillo, lo que usualmente escogía para entrenar, guiado por su estómago hambriento. Encontró sándwiches fríos esperándolo en el refrigerador. En el comedor, Alfred tomaba té, fingiendo que no desaprobaba de la manera que Bruce comía de pie en la barra, y no a su lado.
Ante su última mordida del emparedado, Bruce se percató de la hora. Quinces minutos para las 5 de la tarde. Justo a tiempo.
"Me gustaría dar una vuelta por la ciudad."
Alfred suspiró. No presentó objeción más que su mirada. "Claro, amo B. ¿Misma ruta del día de ayer?"
Bruce asintió.
Misma ruta que la del día de ayer, de anteayer, y del día anterior a aquel, retrocediendo hasta la suma de las cuatro semanas en las Bruce había comenzado a realizar este otro paso rutinario.
En el Cadillac de su padre, Alfred los llevó al oeste de Gotham, escogiendo la ruta menos transitada, rodeando por los muelles y el barrio chino. Entre las calle 12va y 13va, Bruce sintió la misma excitación de siempre—el objetivo de su viaje acercándose.
Alfred bajó de velocidad. Transitó con cuidado, dándole la vuelta a la cuadra que los llevaría al conjunto de altos de tránsito, donde un oficial en uniforme se mostraba en turno de trabajo.
Ya cerca, Bruce bajó la ventanilla.
Inhaló con gula.
James regulaba el tráfico sin pasión, o dedicación. Era una tarea, más que nada. Sus brazos aleteaban en automático para dirigir, el timbre de su silbato sonando con claridad por el cruce peatonal.
Desde el punto que Alfred se estacionó, Bruce tuvo vista completa de la silueta del Alfa. Desde aquí, podía olerlo. Observarlo.
-Espiarlo. Una voz, muy parecida a su tutor, le acusó mentalmente.
Hoy, Bruce se sintió más perturbado de la normal. Tal vez, porque esta ocasión, James parecía girar su rostro hacia su automóvil con más frecuencia de lo usual. Fue como si Gordon finalmente notara la presencia de su visitante, después de treinta días de estar inconsciente de ella.
Bruce carraspeó su garganta, cerrando la ventana. "Vámonos."
"¿Qué?" Alfred parpadeó por el espejo, móvil en mano, aparentemente en proceso de escribir un mensaje. "Demasiado pronto, ¿no? Usualmente disfruta de la estimulación visual de Gordon en uniforme por otros veinte minutos."
Bruce sintió su rosto calentarse. "No sé a qué te refieres—"
"Venimos desde muy lejos, amo Bruce. Sáquele más provecho al asunto."
James estaba, definitivamente, mirando en la dirección del Cadillac. El corazón del Beta se paró dentro de su pecho. "Alfred, no bromeo. Enciende el auto."
Alfred lo miró detenidamente. A la cuenta de cuatro segundos, el hombre aspiró, resoluto. "No. No lo haré."
James estaba caminando en su dirección, pausando en la esquina para dejar pasar autos correspondientes, antes de seguir avanzando. Bruce gruñó. Había caído en una trampa, y sospechaba quien era el responsable. "Alfred, es una orden. ¡Enciende el auto, ahora mismo!"
Para su terror-frustración-excitación, el mayordomo abrió la puerta del piloto. Bruce distinguió sus intenciones. "Sé que no lo verá así, pero el cambio es bueno, amo Bruce. Regresaré en diez minutos."
El mentón de Bruce colgó, aun después del cerrar de la puerta.
Definitivamente, una trampa.
Dos golpes ligeros a la ventanilla lo tomaron desprevenido. Giró hacia el origen de la conmoción.
Bruce tragó saliva, puesto que si el olor había sido placentero desde lejos, tenerlo ahora a centímetros de distancia, le anuló los sentidos.
Habían transcurrido más de treinta días, desde la última vez que había visto a James en persona.
Salió del auto, incapaz de ser el cobarde. Al abrir la puerta, el cuerpo de James le cedió espacio.
"Cielos, te has estirado."
Bruce apretó sus nudillos. La voz del Alfa le hizo estremecer. Mirarlo directo a la cara, fue un reto.
"Hola."
Frente a él, Jim Gordon sonrió. Un mohín sensible a la ocasión, frágil. "Hola, Bruce."
El Beta relamió sus labios. "He leído tus mensajes."
"Oh." James se mostró sorprendido. Bruce no comprendió el por qué. Los mensajes diarios del Alfa eran siempre simples en naturaleza, desde un saludo de buenos días, hasta un anuncio de que James odiaba los jueves. "No estaba seguro. Nunca respondes."
Oh. Bruce se sintió tonto. "No estaba seguro… que quisieras una respuesta."
"¿Por qué te mandaría mensajes si no quisiera tu respuesta?"
"No lo sé. Sigues mandándolos, independientemente de que siga sin responder—"
"De acuerdo. Olvídalo. ¿Vinieron de compras? Me pareció ver a Alfred dirigirse a la carnicería…"
Bruce se acercó al Alfa, por qué con un demonio, había extrañado a este hombre inmensamente. "Pensé que estarías aun enojado conmigo. Por eso nunca respondí. Nunca… sé que decirte."
Los ojos de James persistían en su conjuro índigo, atrayendo a Bruce aun cuando el Beta sabía que su cercanía no sería bienvenida. A pesar de haber sido el valiente en venir a enfrentarlo, Bruce observaba a James duro de tensión.
Jim suspiró, manos en la cintura, expresión resignada. "Sí. Estaba… bastante molesto."
"Lo asumí cuando te diste la media vuelta y no regresaste."
"No hagas eso." De repente, Jim estaba en su nariz, feromonas siendo disueltas sobre su rostro. "No… minimices el impacto de lo que sucedió, Bruce. No actúes como si todo haya sido una exageración de paranoia de mi parte."
"¿Incluso si lo fue?" Su boca fue impulsiva, como de costumbre.
James fue interrumpido en el acto de prepararse con una réplica, gritos viniendo de la cuadra a sus espaldas, justo en el punto donde Jim se suponía debería estar trabajando. Un sujeto robusto armaba una revuelta entre los civiles, vestido de manera extraña. El Alfa no se despidió, sacando su arma en el momento que disparos se escucharon a lo lejos.
Bruce dudó por un segundo.
Luego, le siguió, protegiéndose entre los automóviles estacionados.
Gordon se acercó al sujeto con órdenes firmes de bajar su arma.
"¡Soy Zaardon!" El sujeto gritó, sacando una katana de su espalda. Al verla, Jim bajó la guardia, intentando convencer al desconocido por las buenas.
Declaraciones incoherentes siguieron saliendo de Zaardon, jalando a una mujer comerciante del cuello para usarla de amenaza. "¡Tus armas primitivas no pueden lastimarme! ¡Prepárate a morir, insecto!"
James guardó el arma en favor de salvar a la mujer rehén. "Vamos, hombre, no quiero dispararte, es demasiado trabajo hacer el papeleo. Así que, ¿por qué mejor no bajas la espada…?"
Funcionó. Zaardon soltó a la mujer, aunque aprovechó para embestir contra Jim, katana en mano. Bruce salió de su escondite automáticamente, corriendo hacia los objetos que habían caído de las mesas de los comerciantes. Mayormente joyas baratas, a excepción de una mochila llena de palos de golf. Bruce estaba golpeando las espaldas de Zaardon-el-robusto en cuestión de segundos, con uno de los palos.
Trabajando en equipo, James empujó al quejumbroso vándalo contra la pared, insertando dos puñetazos que le sacaron gran parte del entusiasmo. Torció un brazo del hombre hasta tenerlo en el piso, prosiguiendo a esposarlo rápidamente.
Bruce recogió el sombrero del oficial, caído durante la trifulca. Fue la primera vez que admiró que tan largo el cabello de James había crecido.
"¡Quédese abajo! No sea un bebé, y relájese."
"¡Yo, Gordon!" Un policía se les acercó con toda la calma del mundo. Bruce hizo una mueca al ver… la inmensidad corporal del oficial, que seguramente, no le auxiliaba a realizar una trabajo adecuado. Ciertamente, la enorme torta en sus manos, no ayudó a mejorar la impresión. "¿Qué pasa? ¿Turno movido el de hoy?"
"Llegas tarde." Jim gruñó, arrastrando a Zaardon en dirección del oficial.
"Vamos, no te enchiles, Gordon." El oficial se ganó un empujón que lo hizo retroceder. En un parpadeo, Gordon había sacado su pistola de nuevo, ahora apuntando a espaldas de Bruce.
"¡Oigan! ¡Mala idea!"
Los delincuentes, en mitad del acto de hurtar los objetos de los comercios, tuvieron las suficientes neuronas para obedecer.
Hasta que Gordon tuvo al prisionero en la cabina de la patrulla, Bruce se atrevió a estirar el gorro en dirección del Alfa.
"Gracias." James se colocó el sombrero con una sonrisa.
"De nada."
"¡No comprendo! ¡Soy inmune a los encantos de los mortales!"
Bruce rio. James rodó sus ojos. "Los encantos mortales no son tan malos."
"No le sigas la corriente." El oficial carraspeó su garganta. "Escucha, Bruce. Debo llevarlo a la estación."
"Entiendo."
"Te mandaré un mensaje. Quiero decir, ¿si quieres—?"
"¡Claro! Prometo responder esta vez."
Ambos se detuvieron, atascados, mientras Jim se movió hacia la puerta del conductor sólo para ser bloqueado por el Beta y la indecisión palpable entre los dos. Finalmente, Bruce decidió tragar un poco de su orgullo.
James olió maravillosamente. Su mejilla, cuando Bruce se estiró para otorgarle un beso, supo a crema de afeitar y sudor.
Mientras se alejó, no perdió vista la expresión de Gordon. Le desconcertó la flaqueza.
Cuando regresó al Cadillac, Alfred ya lo estaba esperando al volante.
Bruce aguardó a que el auto estuviera andando de nuevo.
"Encuentro fascinante, y no menos molesto, tu deseo por meter tus narices en mi relación con James."
"Bueno, alguien tiene salvarlo de su propia estupidez." Pennyworth sonrió. "Si cree que todo este tiempo ha sido divertido para mí convivir con usted, piénselo de nuevo, amo B. Todo lo que hago—lo hago por el bien de todos."
Bruce jugueteó con el botón que se encargaba del control de la ventana. Pensó detenidamente en cómo decir lo siguiente, optando al final, por ser directo y claro.
"No lo hagas de nuevo." Por el retrovisor, los ojos de Alfred se llenaron de sorpresa. Una sorpresa de mal sabor. "Deja de actuar sin mi permiso, aunque tus intenciones sean buenas."
Algo denotó en el mayordomo de una manera que Bruce nunca había previsto. Alfred estacionó el Cadillac en movimiento súbito. "¡De acuerdo! Hablemos de aquella noche. Esa noche, donde usted le hubiera mentido a Gordon en la cara y hubiera sido un error de inmensurable daño. Muy posiblemente, un daño que no se hubiera logrado remediar. ¿Hubiera preferido perderlo todo, por una maldita cueva?"
Bruce abrió su boca—
"No, piénselo muy bien. Piénselo por un largo tiempo, antes de responder con algo analítico y frio que en verdad, no puede aplicarse a la vida diaria. Piense en la manera que su Alfa le hizo sentir momentos atrás, y traté de compararlo a la satisfacción volátil que hubiera sentido al seguir adueñado de sus secretos. Fíjese bien… si las dos cosas llegan a la misma medida."
Con tremendo sermón, toda plática casual estuvo asesinada el resto del camino. Al llegar a la Mansión, Bruce se dirigió directo a la cueva.
Siguió intentando combinaciones hasta que sus yemas se entumecieron. No supo la hora exacta, al regresar al estudio. El teléfono estaba sonando. No había señal de Alfred.
"¿Aló?"
"Hola, amigo."
Bruce apretó sus nudillos.
Kean siguió hablando. "Sólo quería llamarte para decirte que deseo, de todo corazón, que mueras gritando de agonía. ¡Bye!"
"Púdrete en el infierno." Bruce desconectó la llamada.
Genial.
Ahora, hasta los psicópatas tenían su número.
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"Oficial Gordon, favor de presentarse en la oficina de la Capitana, de inmediato."
Jim terminó de lavarse las manos con un mal presentimiento. La voz del intercomunicador era de Loeb, la comadreja.
Se despidió del callado Ed. Cuando llegó a la oficina, el oficial Franks permanecía en una esquina, junto a Loeb y a Essen. Jim sospechó de qué se trataba todo el asunto, y quince minutos después de alegatos de parte de Loeb, lo confirmó.
"Es una pregunta simple, oficial Gordon. ¿Le pusiste o no las manos encima al oficial Franks?"
"Sí, lo hice." Jim miraba al frente, ausentándose, para no terminar con su mano en el cuello de Loeb.
El rostro de Essen comunicaba su frustración compartida.
Franks se retiró.
Loeb apenas comenzaba.
"Desde el primer día de trabajo usted ha sido un causa-problemas insubordinado. Hubiera pensado que ser bajado de rango hubiera sido suficiente para provocar que renunciara. Ciertamente funcionó con su compañero, Bullock."
Jim giró su rostro en dirección de la rata de Loeb, odiando escuchando el nombre de Harvey saliendo de su asquerosa boca.
"Con tu confesión y la violación que realizaste a la Sección 12 ordeno despido inmediato."
En shock, Jim tragó saliva. Su mentón se suspendió en medio movimiento, por dentro el Alfa chillando en suplica. Miles pensamientos pasaron por su cabeza en un sólo minuto. -¿Qué? No. ¿Qué demonios haré ahora? No soy bueno para otra cosa- Jim amaba ser detective. Era para lo que había nacido.
Había sido lo único bueno, que le había quedado.
Hasta ahora.
"Comisionado. Esto es una violación descarada de justicia." Essen golpeó su escritorio, saliendo de su área de comando para colocarse a lado de Gordon. "El Oficial Franks no obtuvo daños de ningún tipo. Y el oficial Gordon mostró inmenso autocontrol al manejar una peligrosa situación involucrando a un rehén."
"Muchas gracias por su opinión, Capitana. Pero los hechos hablan por sí mismos—"
"¡Los hechos hablan de que la conducta profesional de Gordon no merece ser menospreciada, pero premiada!" Jim intentó frenarla, pero la Alfa estaba encendida, abalanzándosele a Loeb. "Usted está mezclando la política con el verdadero principio por lo que trabajamos—"
"Es suficiente, jovencita." Loeb siseó en amenaza. "Retírale al Oficial… No, al Señor Gordon, su insignia y su arma."
Jim clavó miradas con Loeb de nueva cuenta. "Está bien." Automáticamente sacó su arma. "Déjelo ir, Capitana." Prosiguió con su insignia. "Gracias, sin embargo. Ha sido un honor trabajar para usted."
Essen tomó ambos objetos con incredulidad.
"Esto es para bien."
¿Por qué el hombre no podía cerrar la boca? Gordon se tornó hacia él, ahora libre, sin códigos o lineamientos.
"Algunos hombres sencillamente… no están hechos para ser policías."
Jim le ofreció su mano, amando la reacción primordial de pánico que obtuvo de Loeb, antes de que el sujeto -titubeante- aceptara el apretón.
"Te dije que algún día te rompería." El Alfa brotó en su voz, dejando de ser Gordon. "Lo haré."
Esperó hasta que anocheciera. En su apartamento, por su cuenta, con nada qué hacer más que mirar su mejor traje expandido en la silla de su dormitorio.
Tenía llamadas y mensajes pendientes en su móvil. Pero Jim no tocó el objeto. No quería hablar con nadie, avergonzado por ser menos de lo que quería ser.
A las 7 en punto, Jim estaba en la guarida del Pingüino.
-Soy un policía. Se repitió, una y otra vez, entre más se acortaba la distancia entre Oswald y su persona. -Soy un policía.
"Jim, mi queridísimo amigo."
"Tenemos que hablar."
"Oh." Los matones que los rodeaban fueron despedidos con gestos impacientes de su jefe. "¿Qué esperan? ¡Arriba! ¡Retirada, caballeros!"
Mientras la sala era vaciada, Jim asintió en dirección de alguien que no esperaba ver por aquí. "Hola, Selina." Vaya que la chica cambiaba de bandos tan rápido como de chaquetas de cuero. "Subiendo de puesto, ¿eh?"
"Lo intento." Selina rezongó en usual aire desganado.
Oswald tomó asiento en la cabeza del comedor, haciendo comentarios sobre Selina y su utilidad de gata de casa, ganando dos pares de miradas escépticas.
"Necesito un favor." Jim no encontró su lugar en la silla opulenta. Se sentía, erróneamente, como un trono que no se merecía. "Y tú me debes uno."
"¿En serio? Siempre me gusta ayudarte, Jim, pero no recuerdo que te deba algo."
"¿Qué hay del hospital? Te salvé de los hombres de Maroni."
"Pero, sólo estaba ahí porque tú me arrestaste."
"Por intento de homicidio." Ante el semblante cambiante del Omega, Jim prosiguió, sonriendo con frialdad bien practicada. "Recuérdame por qué te dejé ir, Oswald."
"Es que somos buenos amigos. Estaríamos a mano, pero temo que no."
Bullock consideraba a Cobblepot un payaso sin cerebro. Jim, no tanto. Un segundo Oswald podía estar sonriendo en júbilo, y al siguiente, podía tener una pistola en la sien de su enemigo—Predecible en su impredictibilidad. Ante los ojos de Jim, Cobblepot siempre era agua clara. Jim entendía las motivaciones del Omega, sus necesidades patológicas, así como sus debilidades y fortalezas. El Pingüino era un criminal amoral, sin código alguno, pero atrapado en una constante: tener lealtad hacia aquellas dos personas que le habían traído vida, su propia madre, y Jim Gordon.
Sin olvidar la red de sus químicas, Alfa y Omega, escondida bajo el velo de favores a pagar.
"En fin, no peleemos. Me alegra que me pidieras ayuda, Jim. La respuesta es sí. Te concederé tu puesto."
Jim frunció su ceño. "No sabes lo que quiero."
"Quieres que se despida a Loeb y recuperar tu puesto, ¿no?"
¿Tan transparente era? Si Jim había tenido sospechas de ser vigilado por lo matones de la Mafia, ahora se confirmaban. "Sí."
"Para un buen amigo como tú. Puede hacerse. Si estás seguro que eso quieres."
"Muy seguro."
"¿Puedo saber por qué? Ser policía en Gotham es un trabajo bastante ingrato."
Jim hizo una mueca. "Buena pensión."
"¿Y qué opina Bruce?"
La temperatura corporal de Jim bajó de golpe. Miró a Oswald con ojos ensanchados, sintiendo que tenía al Diablo mismo frente a sus ojos. "¿Quién?" Masculló entre dientes.
Buscó a Selina con su mirada; la chica era más sutil con sus reacciones, pero Jim reconoció sorpresa siendo reflejada.
"Aw, vamos ustedes dos. ¡No luzcan tan sorprendidos! ¡He leído los periódicos! El mismísimo Príncipe de Gotham, ¿huh, Jim? Desconocía que tus estándares fueran tan altos."
Los puños de Jim se apretaron. Le costó no usarlos. La mención de Bruce no pertenecía en esta pocilga, donde Jim estaba vendiendo su alma. "¿Vas a ayudarme, o no?"
Los ojos de Oswald bajaron haca sus nudillos. Rodó sus ojos. Su tono de voz fue una broma continua, provocando al Alfa sabiendo que no podía ser lastimado en su propio territorio. "Relájate, Jim. Ya te dije que te voy a salvar."
Jim se disparó de su asiento, arrepintiéndose de haber acudido a la boca de lobo, después de todo. Oswald seguía riéndose de sus reacciones.
"Es muy brusco, ¿no?" Trató de arrastrar a Selina a la broma, pero la chica sólo batió su cabeza de lado a lado, quizás en desaprobación, quizás en advertencia.
"Oh, ¿te vas sin un gracias? ¡Bien!" Un estruendo sobre la mesa, obligó a Jim a frenarse en mitad de la huida y a Selina brincar de la silla. Ambos voltearon hacia Oswald. "Pensándolo mejor. Tal vez hay un favor que podrías hacer por mí, a cambio. Sé que odias deber favores." Levantándose para seguir a Jim, seriedad se plasmó en Cobblepot. "Estoy teniendo una pequeña disputa de negocios con un amigo, Ogden Barker. Y tú, Jim, tienes una personalidad persuasiva. Tal vez puedas convencerlo."
Jim resopló por sus narices. Por supuesto. Retornó a Oswald con pasos fuertes, examinándolo de pies a cabeza. La intensidad de su atención afloró en el Omega una oleada de feromonas, receptivo a la atracción hacia el Alfa—siempre—sin importar contextos. Le alegró a Jim aún tener aquel poder—aquella ventaja—sobre las artimañas de Oswald. "¿Quieres que cobre una deuda por ti?"
"Sólo quiero que me pruebes que nuestra amistad es algo real. Basado en la confianza y la equidad."
Amistad. Oswald seguía repitiendo la palabra cómo si el término fuera su escudo, y no una ridícula minimización de lo que su vínculo, era en verdad. "Entiendo." Justo cuando una sonrisa victoriosa estaba alargando los labios de Oswald, Jim le cortó las alas. "No. Lo siento. No puedo ayudarte. Felicidades por tu éxito. Pórtate bien, Selina."
"Siempre."
"¡No te niegues ahora, Jim! ¡Piénsalo!"
Pensar en lo qué estaba haciendo, era lo último que Jim necesitaba.
[+]+[+]
"Al diablo Loeb, al diablo el Pingüino, al diablo el GCPD… ¡Y odio esta maldita ciudad!"
"Amén."
Alcohol era lo que necesitaba. Bullock, frente a él, relajado en su nuevo estilo de vida. Aun dos horas posteriores a su encuentro con Oswald, Jim se seguía sintiendo atrapado.
"Estás haciendo lo correcto, hermano." Harvey le sirvió más whisky al Jim terminar con su shot. "Aléjate, Jim. Aléjate."
"Tú harías lo mismo, ¿cierto?"
"¿Yo? Pues no. Le prepararía los sándwiches a Beelzebub. Pero ése soy yo. Tú eres un moralista, Jim. No puedes trabajar para el Pingüino. La vergüenza te comería las entrañas."
Cuánta razón. Jim frotó sus sienes. Acabó con el shot y pidió por otro. Harvey frenó la botella en su mano.
"Wow. Cálmate, Don Chupetes."
Jim resonó su vaso de vidrio sobre la mesa. "¿No te me unes?"
"Llevo sobrio 32 días."
Jim alzó sus cejas, impresionado. "32 días, ¿eh?"
"Bah. No es para tanto. Cuando dejé de trabajar en la estación no fue problema dejar de beber. Es el trabajo, Jim. Nos deja molestos, nos endurece, hasta volvernos insensible…"
Jim siguió viendo el líquido recién servido en el fondo del vidrio. El mes trabajando de agente de tráfico se reprodujo en cabeza. Recordó la humillación. La tremenda soledad. El enojo, mezclado con culpabilidad. Había sido, definitivamente, el peor mes de su vida entera. No había asistido al funeral de Lee, ni había acompañado a Bruce durante el proceso de juicio de Bárbara, aislándose por elección propia.
"Sí, lo hace."
"Jim." El tenor fraternal de su excompañero, le trajo un nudo a su garganta. "Es difícil de alejarse, pero puede hacerse. Ya no podía traer esa placa… Mírame ahora. Estoy sobrio…" Sus cejas bailaron. "Tengo un buen hombre, que todos los días a las tres de la tarde, me trae un tupperware de excelente comida. Duermo por las noches." Se encogió de hombros. "Tú también puedes hacerlo. Puedes tener lo mismo que yo."
Jim alzó su nuevo shot en brindis. "Esta va por la vida civil."
El ardor entumeció su garganta. Jim recibió el trago con nueva fortaleza en su ser. Se sintió determinado, algo que le había abandonado.
Miró a Harvey en solemne cariño y agradecimiento.
Harvey sabía que algo más pasaba con Jim, pero no había insistido con preguntas. Lo había dejado ser, nunca mencionando a Bruce durante sus encuentros; siempre manteniendo su relación con Pennyworth bastante aparte.
Se levantó de su banco. Tomó al cabeza de Bullock para presionar sus frentes. "Estoy feliz por ti, hermano."
[+]+[+]
Bruce tenía un martillo en su puño. Lo alzó. Pausó.
Lo olió.
James.
Tragando saliva, el Beta bajó el martillo lentamente. Se sintió culpable, al instante. Se apresuró a salir del pasillo.
"—pensé que tenías llave, hombre. ¿Qué hacías esperando allá afuera? Debiste entrar.
"No quise asumir."
Jim vestía un traje oscuro en su totalidad. Neutro. Sombrío. Su cabello era oro, ante la iluminación de la sala. Cuando Bruce hizo colisión con el Alfa, se percató de que su cuerpo ya casi llegaba a la altura del otro hombre.
"Ni siquiera escuché tu coche llegar."
"Caminé."
Bruce parpadeó, boquiabierto. "¿Caminaste desde la ciudad, hasta aquí?"
"Necesitaba…" Jim jaló de su chaqueta con obvio nerviosismo. "necesitaba aclarar mi mente." Antes de que Bruce continuara con cuestiones, una respuesta clara salió de su boca. "He sido despedido del Departamento de Policía. Bruce… Vine a decirte que no podré cumplirte la promesa de encontrar al asesino de tus padres."
Alfred fue el primero en reaccionar. "¿Sin ninguna posibilidad de ser reintegrado, Gordon?"
"No."
Bruce frunció el ceño. Reconoció la terquedad en la voz del Alfa. "Alfred, ¿nos das un momento?"
Gustoso, el mayordomo salió del estudio, cerrando las puertas tras de sí. Bruce limpió sus manos con un trapo que había dejado sobre el sofá, de reojo mirando a Jim acercarse al orificio que estaba destapado en los adentros de la chimenea. Era la segunda ocasión que el Alfa estaría cerca del descubrimiento. Bruce tuvo ansías. No se interpuso cuando James se introdujo al pasillo de roca, optando por seguirlo en silencio, y con una linterna para iluminar los escalones.
Ya abajo, los dedos de James tocaron brevemente el teclado que había estado a punto de ser destrozado. No los presionó. Sólo los acarició, minucioso.
James lo tomó desprevenido al rotar súbitamente, teniéndolo cara a cara después de haberse evitado por un mes entero.
"Debes estar enloqueciendo." El hombre apuntó alrededor. "¿Averiguar algo de este calibre, y no poder entrar a explorarlo? Apesta, ¿cierto? Ser traicionado por alguien que amas."
La dureza en la expresión del Alfa fue algo que Bruce despreció. "Nunca fue mi intención lastimarte. Tienes que creerme… Después de todo, te invité a vivir a la Mansión, ¿no es así? Es obvio que no planeaba esconderte este descubrimiento… a largo plazo."
James se contuvo unos momentos, observando al Beta para medir su honestidad. Bruce le permitió el análisis, sólo queriendo que hubiera fin a este malentendido. "Tu padre no fue, ni será, el único padre en la faz de la tierra que tendrá secretos, Bruce. Padre y madres mienten todo el tiempo. Algunas ocasiones, tienen razones válidas para hacerlo."
"Tengo que saber la verdad, aun así." Bruce susurró.
El mentón de James se inclinó, prosiguiendo con un suspiro.
"Mi padre…" James se balanceó sobre las plantas de sus botines. "Podría decirse que mi padre llevaba una doble vida. Era un fantasma en mi hogar; un desconocido que llegaba a cenar y a dormir. Mientras crecía, me tocó ver a mi madre sufrir por sus constantes infidelidades y las largas horas de trabajo."
Con la mano que tenía libre de la linterna, Bruce tomó el antebrazo del Alfa. Lo apretó con suavidad.
"Cuando miré la cueva, fue como estar en la posición de mi madre, y lo detesté. Me sentí como un idiota."
"No lo eres." Bruce bajó la linterna para iluminar sus zapatos. Se guio por el aroma de Alfa para acercar su rostro al de James. "Sé a lo qué temes, James. Pero que escoja ocultarte partes de mi persona, no significa que no te quiera. Es que… son partes feas que no se me facilitan mostrarte."
Un gemido débil salió del Alfa. "¿Crees que soy una excepción? Mi vida no es menos sucia que la tuya."
"Y de ella, siempre tratas de protegerme, ¿cierto? ¿Por qué no puedes entender que yo intento hacer lo mismo contigo?"
"Oh, por favor. Al que quieres proteger en primer lugar, es a ti mismo."
Auch. "Puedes que tengas razón. Pero sólo un poquito." Sonrió, porque James sonrió. Bruce comprendió la tregua que se le estaba ofreciendo. "Soy transparente frente a sus habilidades de perfilamiento, Detective."
Con una mueca, James se tornó al teclado. "Ya no lo soy. Recuérdalo."
"La última vez que me dijiste tal cosa, recuperaste tu puesto."
"Esta ocasión es diferente. Loeb nunca permitirá que regrese."
"¿En verdad no hay una forma…?"
James desplomó otra exhalación. "Existe una alternativa. Pero, es bastante fea."
"¿De qué manera?"
"Tendría que trabajar para el Pingüino."
Ah. "¿Y lastimaría tu ego?"
Jim gruñó. "Le debería un favor, para empezar."
"Oh. Entonces, sería tu orgullo."
"Tendría que cobrar una deuda para él, implicándome en las actividades de su sucia organización."
"Y supongo que no valdría la pena recobrar tu empleo a cambio, para seguir con la investigación de mis padres."
Jim gruñó. Se dirigió a las escaleras. "Chantaje. Vaya."
Bruce siguió alegando mientras subía las escaleras junto a su acompañante. "Simplemente trato de comprender tu lógica. Si trabajar para el Pingüino es denigrante para ti, entonces deberíamos pensar en otra opción."
"¿'Deberíamos'?"
"Por ejemplo: podría hablar con el Comisionado, y por hablar me refiero, a ofrecer una considerable suma—"
Jim le levantó un dedo en advertencia, una vez de regreso al estudio. "¡Ni lo pienses! No te necesito para que combatas mis batallas, Bruce."
Bruce escogió su sonrisa con mano, fingiendo limpiar sudor de su rostro. "De vuelta al ego y al orgullo de macho."
"¿Estás diciendo que estarías de acuerdo conmigo trabajando para el Jefe de la Mafia?"
Bruce se encogió de hombros. Ahora que tenían algo parecido a resolución a la Guerra Fría que habían sufrido, Bruce no se frenó en acercarse a su Alfa. Aventó la linterna al sofá en favor de plantar sus palmas en el pecho de James.
"No requieres mi aprobación para realizar lo que se necesite."
Emociones complejas, y no menos válidas, transpiraron por aquellos ojos azules que a Bruce tanto le gustaban. "¿Y si lo que quisiera fuera alejarme?"
Estaban gastando saliva, en su opinión. Bruce ajustó los botones que se habían abierto de la camisa de vestir, reincorporando a James para volver a salir al mundo exterior. "Jim Gordon, cuando te conocí me prometiste que encontrarías al homicida de mis padres. Me diste tu insignia, asegurándome que limpiarías el departamento de policía. Ibas a luchar por justicia. Ibas a cambiar a la ciudad."
"Esperaba hacerlo."
"Aun podrías realizar todas esas cosas buenas. Pero tu sentido de honor no te lo permite."
Jim emitió un perturbado sonido.
"Por favor, piénsalo… ¿No estarías sacrificando el bien mayor por tu dignidad y autoestima?"
Las manos del Alfa se encajaron en los codos de Bruce. James se mostró estupefacto a las palabras que le dieron frente.
"Seguro, a veces, el modo feo… ¿es el modo correcto?"
[+]+[+]
No había duda que Ogden estaba muerto.
¡Ese maldito Pingüino! Por supuesto que el maniaco sabía que Barker era un hombre de temperamento explosivo. Jim había caído en su trampa, redondito.
Jim comenzó a alejarse del cuerpo, escuchando a los policías acercarse a la escena. Salió del estacionamiento bruscamente, sin mirar, y por ello, casi termina atropellado por el viejo Honda que se atravesó en su camino.
De la ventana abierta escuchó el comando fuerte, "¡ENTRA!", y en automático, Jim se introdujo en el asiento del pasajero.
Había esperado encontrarse con Harvey. Inclusive, hasta con Alfred.
Pero al voltear hacia el piloto, ojos oscuros le dieron recibimiento, ligeramente manchados por el delineado mezclado con sudor. El olor—Dios, Jim reconoció el olor, la voz, y el rostro.
"Alguien me dijo que has estado merodeando el Gazette, buscándome."
Jim escondió la bolsa del dinero en lo más profundo de su chaqueta. "Y casualmente, nunca estás en tu escritorio. ¿Te cansaste de ocultar tu trasero en los baños de mujeres, McGinnis?"
Terry conducía de manera errática. Jim fue aplastado contra la puerta en más de una ocasión, al momento de las curvas.
"Bueno. ¿Quién en su sano juicio se queda esperando a que Jim Gordon venga a partirle la cara?" El tenor de Terry no había perdido su cualidad gangosa de la adolescencia, siempre en el borde del sarcasmo y silabas arrastrándose a fuerzas por su garganta. Una barba esponjosa cubría la mitad de su rostro, algo que Jim nunca hubiera imaginado como una elección de belleza por la que Terry optaría.
"¿A dónde me llevas?" Jim se concentró hacia el frente.
Terry todavía fumaba. El hombre se hizo tonto un rato, tratando de encender su cigarrillo con el encendedor eléctrico, nunca quitando una mano del volante. De reojo, Jim notó que vestía guantes de cuero negro. "Oh, tú sabes. Pensé que daríamos una vuelta por el camino Directo al Infierno pavimentado de Buenas Intenciones. ¿Ah, no se te antoja? Bueno, entonces… Calle 8va, al Barrio Italiano."
El Barrio Italiano. La mala suerte de Gordon no tenía límites, o misericordia. "¿Trabajas para el Pingüino?"
"¿Qué?" Otra curva súbita. Otro impacto contra la ventana. "¡Claro que no! ¿Estás loco?"
"¿Entonces?"
"¡Es mi trabajo, Jim! ¿Crees que he estado persiguiéndote por toda la ciudad de a gratis? A la gente inepta de Gotham puede gustarles esos mediocres artículos de tu romance con el Principito, pero no alcanzan para pagar la renta."
Jim estiró su mano izquierda para apoderarse del volante. "¡Estaciónate!"
"Qué—¡Demonios, sí estás loco!" En la siguiente intersección, McGinnis arrastró el auto al cordón. "¡Jim, espera!"
"¡Consíguete a otro para tu historia!" Jim aventó la puerta con todas sus fuerzas. Se inclinó por la ventanilla para entregar su siguiente mensaje. "Si me percato de que sigues husmeando en mi vida personal, te prometo, ahora sí te partiré la cara."
"¡Y yo que pensaba que estarías feliz de verme!" Se escuchó desde sus espaldas.
Jim no se detuvo, una vez andando. Le tomó media hora llegar a pie a la guarida del Pingüino. Para entonces, Jim sólo quería retacarle la bolsa de dinero por el trasero.
Oswald hizo un gran espectáculo de estar agradecido por tener su dinero. Negó cínicamente haber conocido la naturaleza problemática –psicópata- del matón de Ogden Barker, pero al final de todo, a Jim sólo le importó una cosa.
"¿Tenemos un trato?"
"Así es." Oswald cantó en éxtasis, contento de haberle ganado a Jim en su propia jugada. Después de todo, el asesinato a manos de Gordon, sería algo que el Pingüino le tendría guardado hasta que fuera a necesitar algo del Alfa. El círculo vicioso entre los dos, no tendría fin. "Así es, Jim."
En cuestión de 24 hrs, se hizo pública la renuncia de Loeb a su puesto, y Jim Gordon fue reincorporado como Detective. Además, recibió en grata sorpresa el subimiento de puesto de su Capitana a Comisionada, justo frente a los ojos de Loeb. Jim asistió por su cuenta a la ceremonia de despedida en el Ayuntamiento, puesto que no se atrevió a invitar a Harvey.
Loeb no tuvo las pelotas de cruzar miradas con Gordon, ni una sola ocasión. El hombre era una vergüenza para todo Alfa.
McGinnis estaba presente, estacionado en la primera fila junto a todos los reporteros. Realizó preguntas al sujeto de nombre Theo Galavan—otro filántropo, enamorado de Gotham—aunque Jim no estaba particularmente interesado en seguir poniendo atención, después de la conmemoración a Essen.
Al final de la ceremonia, fue la nueva Comisionada quien tuvo el placer de regresarle su insignia.
"Bienvenido, Jim. No sé cómo lo lograste. Pero me alegra que lo hicieras." Essen brillaba con felicidad. Jim nunca la había visto tan positiva.
"Ciertamente, he escuchado que el Señor Gordon es un hombre muy capaz."
McGinnis, manos sujetadas en su espalda con aire inocentón, incurrió en el momento privado con una sonrisa. De su cuello colgaba su cámara periodística, y su carnet de identificación. A la luz del día, sus facciones fueron más reconocibles para Jim. Se le facilitó ver al muchacho con el que había jugado baloncesto durante la clase de educación física, hacía más de una década atrás.
Essen frunció su ceño, curiosa. "Lo siento. No recuerdo su nombre, señor…"
"Terrence McGinnis, representando al Gazette." El reportero estiró su mano enguantada para estrecharla con la Comisionada. "Felicitaciones en su promoción, Comisionada." Un silencio incomodo fue el resultado de su presencia. "Eeeeeh. Esperaba averiguar si podía convencerla de darme una entrevista exclusiva. Armo un artículo sobre el desempeño poco apreciado que sus peones—digo, oficiales—realizan por nosotros." Le guiñó un ojo a la mujer, Essen no se mostró impresionada. McGinnis carraspeó su garganta, y en instantes, fue otra persona. Seria y firme. "Su ascenso es un símbolo de algo de progresismo entrando en la administración de la alcaldía, ¿no lo cree así? Desearía capturar algo de esta evolución en papel; la ciudad lo necesita en estos tiempos difíciles."
Essen miró a Gordon, en consulta silenciosa. Jim se encogió de hombros.
"Bueno, Señor McGinnis. Tiene razón. Estaba por decirle al Detective Gordon que hoy es un nuevo día. Vamos a hacer grandes cosas juntos, eso se lo puedo asegurar."
"Buena cita."
Fue el turno de Essen para guiñar. "Puede utilizarla, si lo desea."
McGinnis sonrió en buen humor.
Gotham era Gotham, sin embargo, y un asistente del ayuntamiento no tardó en acercársele a la Comisionada para susurrarle malas noticias. Jim y McGinnis se encontraron a solas, por segunda vez.
"¿Qué haces?" Jim preguntó en voz baja.
"Enmiendas." Como Jim se rehusaba a darle la cara, McGinnis se le plantó enfrente. "Espero que la bolsa de dinero haya valido la pena."
Jim tragó saliva. "No sé de qué hablas."
Essen se aceleró en regresar, llamando su nombre.
"Ha sucedido algo terrible." Desconfiando de la compañía de un reportero, Essen jaló del brazo de Jim hasta colocar una distancia segura de McGinnis. "En el Manicomio Arkham. Seis pacientes han escapado… Bárbara Kean es uno de ellos."
[+]+[+]
Bárbara estaba irritada.
Su cabeza dolía por la droga que la había mandado a dormir. Sus pies estaban fríos. Tenía hambre, y no le habían terminado de pintar sus uñas.
"Cielos. ¿Cómo puede respirar?"
Detrás de Tabitha-Hermana-de-Theon-Pomposo-Galavan, Leslie hacía muecas de mal gusto, mientras calificaba a la femme-fatal. Los senos levantados de manera exagerada de la matona, eran a lo que Lee se refería. Babs la miró de reojo apretando sus propios senos en imitación. Se tragó su risilla.
"Imagínense… Un grupo de forajidos brillantes. Cada uno seleccionado por una habilidad única. Todos trabajando juntos como un equipo. Imagínenlo. La sinergia. Imaginen el impacto. Gotham temblaría ante ustedes."
"Suena fabuloso." Bárbara obtuvo la atención de Galavan en predecible facilidad. "Pero yo no soy ninguna forajida brillante. Sólo estoy… Mm." Sus ojos no se despegaron de la silueta caminante de Les', ahora caminado hacia ella. Ambas se sonrieron. "Loca."
"Tienes ferocidad." Galavan se deslizó hacia la Omega, intenso en su pequeño discurso. "Belleza. Deseo." Era un Alfa seductor. Le recordó a Jason. "Con eso basta. Ven conmigo, Bárbara." El mentón de Bárbara fue alzado con los nudillos del tipo. "Lo que quieras de este mundo, será tuyo."
"Ella ya lo tiene todo." Leslie susurró, por detrás de las espaldas de Galavan. "¿Cierto, nena?"
El momento fue interrumpido por el Fan #1 de Bárbara, Richard Sionis. El Beta hizo berrinches, cuando previamente había sido el primero en querer seguirle la corriente a su captor. Actuando posesivo de Bárbara, sin embargo, no le ayudó en llegar lejos…
Sus pies ni siquiera tocaron la puerta. El látigo de Tabitha lo ahorcó, y el filo de sus navajas lo abrieron como res en el matadero. Chorros de sangre volaron por doquier, manchando a algunos de los demás prisioneros. Jerome parecía estar teniendo el mejor orgasmo de su vida—Sino es que el único.
"No me gustan los cuchillos." Les' sobó su propio cuello, acurrucándose a lado del cuerpo de Bárbara. "Y no me agrada este hombre."
Bárbara pensó. –Pero una chica tiene que ingeniárselas para sobrevivir. Si negarse a trabajar para Galavan le llevaría al mismo destino que el de Sionis, no había otra opción para Bárbara, más que seguirle el juego.
Tabitha se alzó del cuerpo de su víctima. Al girar en su dirección, Bárbara tuvo la imagen completa de su rostro.
Por un momento, Bárbara miró a sus padres en el suelo, no a Richard. En el placer neto de la fisonomía de la mujer, Bárbara se reconoció a sí misma. Fue transparente. De nuevo, se encontraba bailando en aquella gala, del brazo de un asesino serial.
Bárbara tendría que seguir bailando.
[+]+[+]
"No puedes tener ambas cosas: felicidad, o la verdad. Tienes que elegir… Te ruego, hijo mío, por favor elige la felicidad. A menos… a menos que sientas un llamado. Un verdadero llamado."
El silencio que reinó en la cueva les robó el aliento. Alfred tenía súplica en su rostro, pero Bruce no podía comprender sus razone de ello. Dobló la carta con finura—sus manos temblaban. Bruce no podía hablar. Había escuchado la voz de Thomas en su cabeza, mientras había estado leyendo. Por un momento, Bruce lo había percibido a su lado, respirando sobre su nuca.
Por Dios…
"¡¿Alfred?! ¿BRUCE? ¿DÓNDE ESTÁN?"
James vociferó en terror, seguramente asustado por los escombros causados por la explosión.
"¡Acá abajo!" Alfred corrió a la entrada de la cueva. Bruce observó la silueta de James no tardar en aparecer, aunque con sus sentidos silenciados. Bruce estaba entumecido, atrapado en las palabras de un muerto.
"Por un demonio, ¿qué hicieron?" El Alfa cubrió su boca contra el polvo que aun flotaba por la cueva. Sólo por su guardarropa, Bruce supo que James había recuperado su puesto. Su pistola estaba de regreso a su cintura. "¿Se encuentran bien?"
"Estamos bien. Tuvimos que acudir a medidas drásticas, como puedes ver…"
"¿Una bomba, Alfred? ¿En serio?" El Alfa entró con suma cautela, mirando el alrededor de la cueva. "Acaban de quitarme diez años de mi vida. Pensé que Bárbara había sido la responsable del derrumbe—"
"¿La Señorita Kean?"
"¡Sí! Acabamos de ser informados de que ha escapado el manicomio… de Arkham… ¿Bruce, qué pasa?"
Quizás fue la forma tan frágil, tan considerada, en la que Jim le llamó, lo que lo quebró. Quizás, Bruce simplemente había llegado a su tope. La verdad fue, que Bruce saltó directo a los brazos del Alfa y el sollozo gigante explotó de su garganta, y las lágrimas quemaron sus ojos por salir.
"Oye…" Jim siempre era cuidadoso al responder. Sus brazos, siempre, actuaban con paciencia y mesura, al rodearlo. "Oye, todo está bien."
Bruce encajó sus dedos en las espaldas del Alfa con verdadera desesperación. Fue sentir la desolación de la muerte de Thomas por renovada ocasión. Bruce no podía encontrar autocontrol en sus llantos. Las feromonas de su pareja entraron en acción, amansándolo con su aroma para querer relajarlo de alguna forma. Bruce cerró sus cejos y se dejó llevar por ellas. Las manos de James acariciaban su espalda, de arriba hacia abajo. De abajo hacia arriba.
"Felicidad, o la verdad. Tienes que escoger."
Bruce gimió, hundido en la camisa de James. ¿Qué había escogido su padre? ¿Qué había escogido su madre?
¿Qué había significado ser felices para ellos?
"Ya no llores."
Bruce jadeó. Sus pestañas pegajosas, hicieron su mejor esfuerzo por abrirse.
"Odio que llores." El murmullo acarició su sien, donde James tenía posada su boca. "Rompes mi corazón, cariño."
Su atención fue hurtada por James. Por su angustia. Bruce peleó por separar sus cuerpos, sólo lo necesario para levantar su rostro. Sus ojos hinchados hicieron inventario de la expresión preocupada del Alfa.
Bruce lo miró por primera vez.
Y lo supo.
En su pecho tuvo la certeza de lo que había estado cargando dentro, todo este tiempo: una bomba en cuenta regresiva, protegida por inhibiciones y temores. Sintió la denotación en su interior, entonces. El calor de los abrazos de su madre, las risas de su padre, la ternura con la que Alfred solía taparlo por las noches, cuando creía que Bruce dormía profundamente—fue una mixtura de experiencias previas de afecto, pero ahora llevada a un nivel más alto. Se sumó el recuerdo de los besos de James, las sensaciones que el Alfa le arrancaba de su propia piel, con sólo una caricia…
Bruce fue consumido por el poderío de uno de la más gloriosos sentimientos, que jamás lo había tocado.
"Te amo."
Los ojos de James le correspondían las palabras. No necesitaba decirlo de vuelta, sólo había estado necesitando que Bruce sintiera lo mismo que él. Que lo sintiera todo, de la misma manera desgarradora que James lo sentía.
El pulgar de James delineó la curva de un pómulo del Beta, borrando rastros de lágrimas. Cuando lo besó, Bruce estuvo listo para recibir su afecto.
"Tienes que escoger."
Su padre había estado equivocado.
Porque James había hecho la elección por ambos, desde hacía mucho tiempo ya.
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Fin de Parte 22.
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NdA: Sólo para que lo sepan, este capítulo fue de 8,194 palabras. A eso se le llama dedicación. ¡MEREZCO TODAS LAS OREOS EN EL MUNDO!
