II
Naruto no regresó a la mesa del juego de pulso con los demás. Se quedó una hora, dos horas, hasta después de las doce y media de la noche en aquella banqueta incómoda. A veces encorvado y a veces recto como si tuviera una tabla en la espalda, con las piernas cruzadas o abiertas, con el tacón de su zapato golpeteando ansiosamente una de las patas de su asiento. Jugaron más rondas de las que Naruto había planeado. Después de cada triada tenía que comprarle una bebida al pelinegro. Una, dos, tres, seis, ocho; veintiuno. Naruto no estaba dispuesto a aceptar su derrota. Y aparentemente el otro no estaba conforme con la persistencia de Naruto. La testarudez de ambos podía más que el dolor en la parte externa de sus manos.
Por lo menos había descubierto el truco. Y sí era trampa.
—No lo es. No hay ninguna regla que diga que es trampa. Conocer los puntos de presión de la mano es parte de mi fuerza. Voy a usarlo si es necesario para ganar.
—Quien te viera de lejos no se lo cree, pero eres bastante competitivo.
—Hm. –una mirada gélida, desafiante, que se derretía como el hielo de un vaso de whisky a cada minuto que pasaba. El bar se vaciaba poco a poco.
Veintitrés.
¡BAM!
Veinticinco.
¡BAM!
Treinta.
¡BAM!
Treinta y dos…Ya no sabía. Era el otro quien llevaba la cuenta.
¡BAM!
Naruto contempló con tres parpadeos su mano presionada por la otra más pálida en la madera barnizada de la barra. Era un contraste algo crudo. No había ganado ni una.
—Estoy borracho.
—¿Oh? ¿Te rindes?
Movió la cabeza en un gesto demasiado amplio y algo se traqueó en su cuello. Cuando por fin pudo enfocar sus ojos ligeramente aturdidos en los del pelinegro, le apuntó con un dedo.
Ya le habían disparado demasiadas balas de cañón aquellos ojos.
—Escucha lo que te voy a decir, tú… – No sabía su nombre – Yo, escucha, YO, nunca me rindo. Como que, nunca… – se inclinó involuntariamente hacia adelante y su dedo tocó la nariz del otro. El pelinegro se echó hacia atrás levemente. – Ene, ú, ene…cehh…Á. ¿Entiendes-ttebayo? Nunca. No hemos terminado-
—No, ya terminaste por hoy, Naruto.
El barman se acercó a donde estaban y se echó su toalla sobre el hombro con un ademán familiar.
—Ya voy a cerrar.
—Oww… – Naruto se apoyó en la barra y ajustó su expresión de perro apaleado e indignado – Oye, no puedes hacerme esto, tengo que ganarle.
—Hm-hm, no. – Le dirigió una mirada al pelinegro, otra a Naruto, y luego se llevó sus botellas y sus copas en una bandeja.
El otro se deslizó fuera de la banqueta con movimientos precisos, y se puso su chaqueta; Naruto apenas veía que había estado todo el tiempo colgada en el corto espaldar.
Trastabilló un poco cuando se bajó de la suya, pero Naruto sabía soportar el licor. Había empezado a beber desde los doce años por la mala influencia de su padrino. Aun si era un adulto cuestionable, se lo agradecía.
(Y Tsunade le había pegado la afición por los juegos.)
El pelinegro se quedó quieto después de terminar de colocarse su chaqueta. Naruto no dejaba de verlo, aun si su mirada se nublaba un poco a cada segundo y los párpados le pesaban. Los ojos oscuros, ahora como los de una noche de nubes grises, se clavaron suavemente en los suyos.
El pelinegro caminó hacia la puerta y salió del bar. Naruto le siguió cuando su cerebro registró que se había ido y sus oídos captaron el suspiro exasperado del barman.
—¡Oye, espera!
Se detuvo. Las luces naranjas y amarillas de la calle delineaban su figura en líneas gruesas, como las de un pincel. Su sombra era un charco negro a sus pies. Naruto tomó aire. El pelinegro le daba la espalda.
—¿Cómo te llamas?
Continuó caminando. Y entonces, en el murmullo madrugada, con voz clara:
—Sasuke.
En su séptima visita, fue que se acercó a la otra punta de la barra. En su séptima visita, Naruto conoció a Sasuke.
Fue difícil olvidarlo en toda la semana.
Sentía como si hubiera sucedido algo inmenso aquella noche, algo a lo que le costaba y le era imposible ponerle palabras o conceptos. Era como si el bar se hubiera transfigurado en buque y hubiera encontrado una tormenta, y luego hubiera naufragado, y luego hubiera llegado a tierra, solo, a una playa nocturna con una selva inmensa y misteriosa que no hacía más que susurrarle: ¿Te atreves?
¿Te atreves a qué? Naruto quería saber. ¿Te atreves a qué? La pregunta no le detuvo aquella noche, y esa idea sin forma no paró de sobrevolar las cumbres de su mente mientras trabajaba en su oficina del Ministerio, mientras se encontraba con sus amigos en los pocos ratos libres que podía colar en su horario o cuando veía televisión en su casa cinco minutos antes de quedarse dormido en el sofá.
¿Te atreves? No, no me atrevo. No me atrevo a perder. No me atrevo a rendirme.
¿Te atreves? Sí, me atrevo a volver a buscarlo.
A la misma hora en la misma banqueta en el mismo día de la semana con la misma apariencia que la última vez.
Pero ya no era un extraño.
Naruto saludó a sus amigos del bar y conversó un rato, apoyado en el espaldar de la silla en la que estaba sentado Tazuna, uno de los clientes más viejos. Hoy alguien había tenido la buena idea de traer una baraja. Cuando la impaciencia no le pudo más y la mirada que sentía en su nuca se tornó demasiado insistente, se dio la vuelta y marchó hacia su banqueta en la barra. Había un par de personas más hoy, pero no les prestó atención.
—¿En dónde nos quedamos? – Ese fue su saludo, acompañado de una sonrisa zorruna que trepaba hasta sus ojos como el alba.
Sasuke se llevó su copa a los labios, bebió un poco sin mirarle, y tragó el líquido con expresión tranquila.
—Nunca te rindes, ¿cierto?
—¡Hah! Y tú no te dejas ganar – tomó asiento – Creo que eso quedó claro la última vez.
Sasuke soltó un bufido y, finalmente, alzó la mirada.
Fue un saludo silencioso.
El barman pasó por al lado de ellos, dejó una botellita y una copa frente a Naruto, procedió a rodar los ojos, se echó la toalla sobre el hombro y no dijo nada.
Tomó aire por la nariz con fuerza. Su pecho se hinchó y se desinfló lentamente. Sasuke terminó su bebida y se remangó la camisa como si aquello fuera lo más normal del mundo.
Veinte minutos después, Naruto había ganado una.
—¡Ho, ho, ho! Ya sé cómo hacer esa cosa tramposa que haces-ttebayo. – estrechó los ojos con una expresión pícara, su risa casi infantil – Hehehehe, ¿cómo se siente tener una probada de tu propia medicina, Sasuke?
El pelinegro frunció el ceño, tronó sus nudillos y volvió a poner su brazo en posición.
—Cuarenta y tres a una. Felicidades. Sigues perdiendo.
—¿No sabes que el que ríe último ríe mejor? – respondió con descaro con una sonrisa de oreja a oreja en la cara.
Lo que había dicho aquella primera noche había sido mentira. No tenía que acercarse mucho para notarlo: Sasuke tenía brazos fuertes, si bien delgados. Tenía la constitución de un guerrero letal, de esos que podrían deslizarse entre los lazos sombríos de la noche y estrangularte en tu cama.
(Naruto veía demasiadas películas de acción con ninjas y vikingos.)
Sasuke no era de hombros tan amplios, pero sus caderas eran estrechas y toda su presencia emanaba un aura de fortaleza que dejaba poco espacio para tonterías como ¿tendrá cosquillas en el cuello?
El rubio volvió a ganar la siguiente ronda. Y la siguiente y la siguiente y la siguiente. Luego Sasuke volvió a ganarle.
—Nada mal. Creo que si te esfuerzas podrás llegar a los cuarenta puntos en dos o tres horas.
Tenía de nuevo esa sonrisilla simple y perfectamente crispante que provocaba en Naruto el deseo de estamparle la mano en la cara y de tocarle las orejas. Era un sentimiento muy extraño.
(Todavía no estaba borracho.)
—¡Oye, Naruto! ¡Dígnate a una partida por lo menos, hombre!
Miró detrás de sí. Quien le había llamado era Tachibana-san, un jardinero de sesenta años con una barba gris tupida y crispada. En la mesa le esperaban sus amigos marineros, compañeros de esta travesía de fin de semana. Las luces del bar derramaban calidez sobre las sillas, las mesas y las espaldas de aquellos personajes. Realzaban el brillo del blanco de sus ojos y el de sus sonrisas.
Se volteó hacia Sasuke.
—¿Quieres jugar-ttebayo?
Esperaba que le dijera que no, que no le interesaba, que no veía beneficio en perder su tiempo con una panda de borrachos desconocidos. Pero debió percibir la promesa de un reto en la mirada de Naruto. Debió darse cuenta de que al sentarse en la mesa del juego y tomar su baraja, no estaría jugando sólo con los otros. Jugaría con Naruto, tendría la oportunidad de derrotarlo de nuevo, de ganar brevemente o por largo tiempo hasta que Naruto aprendiera el camino a la victoria.
Sasuke tomó su chaqueta y se fue con él hacia la mesa.
La isla apareció en el mapa.
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Próximo capítulo: 4 de enero
