Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. Sin embargo, la historia si es de mi propiedad.
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PRIMERA PARTE
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Suicide
E.
No terminaba de adaptarme al deprimente clima de Forks.
Eran circunstancias como éstas las que me hacían apreciar cuán importante resultaba Chicago para mí, con todo y sus defectos. Era un hecho que tolerar este pueblo recóndito y apartado de la civilización sin llegar a hastió definitivamente era un acto digno de los valientes, una categoría en la que no podía incluirme. Los últimos tres días se habían convertido en un interminable calvario, pero no era capaz de romper las ilusiones de mi madre manifestando mi desprecio hacia nuestro pueblito de origen, porque aquello solo la desilusionaría. Y ya había llevado suficientes desilusiones en su vida.
Estábamos instalados en la casa de mis abuelos maternos. Todo comenzó hace dos semanas, cuando Elizabeth me abordó en la cocina para insistirme que quería volver a sus raíces. Y en vista de esta condenada situación que sólo iba a declive, no pude dejar de complacerla, independientemente de cuánto detestara la idea de volver a Forks. Sin embargo, creo que fue la mejor decisión que pudimos correr. Desde que mi padre falleció, tanto mi madre como yo habíamos caído en una especie de hoyo profundo de depresión. En tanto yo me esforzaba por no estropear mi ingreso a la universidad nadando a escondidas en un mar de alcohol y cigarrillos, mamá no paraba de llorar, y mis responsabilidades de hijo se transformaron en las responsabilidades de un padre cuando me encontré obligándola a re-habituarse a conductas rutinarias como comer, ducharse, o sólo parecer mínimamente decente frente los estándares de la sociedad, temiendo que el imbécil que tenía como jefe encontrase alguna excusa bastante justificada para despedirla.
—Casi había olvidado el exquisito aroma del bosque. ¿No te gusta, Eithan? —musitó mi madre, cerrando los párpados con deleite—. Me trae recuerdos de mi infancia. Pero cuánto extraño Chicago. Es una lástima que ya no estarás conmigo.
Apreté la boca, sintiendo un azote de culpa ante este hecho. Mi vida universitaria comenzaría dentro de dos meses, lo que conllevaba descuidar físicamente a mi madre durante la cima de nuestro duelo. Afortunadamente, sabía que podía contar con el apoyo de Marise, su vecina de toda la vida y mejor amiga, quien me aseguró que se encargaría de cuidarla.
Me acerqué para envolverla con mis brazos. No podía resistirme con ella luciendo así de indefensa.
—Lo siento mucho, mamá. Sabes que puedes contar conmigo si algo llega a suceder. Volveré tan rápido que no tendrás tiempo de pedírmelo.
Elizabeth había sido recepcionista desde que cumplió los diecinueve años. Esa tediosa labor la había convertido a lo largo de los años en una mujer amable, aunque aquello no disminuía ni un ápice de su excéntrica personalidad. Mi padre, por otra parte, fue un hombre con quien no sostuve nunca una relación completamente armoniosa, ante su incesante necesidad de controlar cada faceta de mi vida. Solía trabajar en un bufete de abogados medianamente prestigioso de Chicago antes de fallecer en ese accidente automovilístico. Los médicos aseguraron que no tuvo la oportunidad de sufrir. El impacto fue fulminante.
Tragué pesado. Pensar en su rostro hacía que se me formara un nudo en la garganta.
—No, hijo —mamá cerró los ojos, negando con la cabeza—. Han sido unos meses difíciles, pero ya fue suficiente. No renuncies a tus sueños por mí. ¡Mis fotos del instituto! Qué bueno que a tu abuela se le antojó hacerme este álbum.
—Elizabeth, ¿no te cansas de verlo? —pregunté juguetonamente.
—¡Es que me pone tan nostálgica!
Decidí desaparecerme de su vista cuando rompió en llanto. En medio de este período de ajuste, bajo ningún concepto me atreví a abandonarla en estas condiciones en otros tiempos, pero con el pasar de los meses me percaté de que cada vez que mamá se detenía a apreciar mi rostro, aquello generaba que su llanto se transformara en auténticos gemidos de dolor. Supongo que ella me agradecía en silencio que me marchara. Mi marcado parentesco físico con mi padre la hacía perder la cabeza.
Lamentándome por no tener mi propio auto conmigo, tomé las llaves del viejo modelo de mi abuelo y conduje hasta el centro del pueblo para comprar un paquete de cigarrillos. Los habitantes que revoloteaban por el pequeño y concurrido supermercado de Forks interrumpían sus actividades para estudiarme sin una pizca de discreción, percatándose de que yo no pertenecía al lugar, como si fuese alguna clase de forastero. Era tan ridículo que no pude evitar rodar los ojos.
Agarré mi caja de Lucky, unas golosinas, y luego me entretuve un buen rato coqueteándole con la mirada a la cajera mientras le entregaba el efectivo de mi compra. Era joven, quizás de unos veinte años, y lo suficientemente tímida como para sonrojarse con mi escrutinio. Era tan tierno que no podía evitar seguir fastidiándola un poco, y en medio de esa distracción, choqué accidentalmente con un anciano que abandonaba la caja a mi lado.
Instintivamente sostuve su brazo para prevenir su caída.
—Demonios. Lo siento mucho, señor. ¿Lo lastimé? —pregunté como un idiota.
—Descuida, hijo, aunque podrías poner atención y fijarte por dónde vas.
El señor rondaría cerca de los sesenta años y parecía mantenerse en muy buena forma, a pesar de la edad. El bigote canoso con aspecto de brocha era tan cómico que casi me pongo a reír en su cara, pero yo tenía mejores modales que eso.
—Lo ayudaré con esto —ofrecí cortésmente, portando una mirada dudosa mientras recogía sus bolsas del suelo—. ¿Dónde está su auto?
—¿Auto? No, muchacho, yo vine a pie. El auto está en el taller. Además, caminar le hace bien a mis piernas. Pero ya que te ofreces en ayudarme…
Suspiré, comenzando a arrepentirme de haberme ofrecido. Supongo que éste sería un aporte más útil y productivo para la sociedad que asegurar mi espalda a la colcha de la cama.
—Lo llevaré, entonces.
—Mi casa no se encuentra muy lejos de aquí, aunque sí está algo aislada del resto —agregó, sonriendo como si pudiese leer mis pensamientos—. Últimamente sufro de unos dolores de espalda espantosos, un poco de ayuda no estaría de más.
Asentí, esbozando la sonrisa más educada de mi repertorio, puesto que el atrevimiento de ese viejo me causaba tanta gracia como molestia.
—Bueno, muchacho, jamás te había visto por aquí. ¿De dónde eres?
—Chicago. Vine con mi madre por unas semanas, de vacaciones —respondí secamente. Mi estado de humor no se prestaba para contarle a un completo extraño acerca de mi vida privada
—Forks es una buena elección si quieren despejar la mente. Jamás me he sentido más a gusto que viviendo aquí.
—¿Nunca ha abandonado el pueblo? —inquirí, sin poder creérmelo. Aquello debía ser horrible.
—¡No, que va! Nunca he salido de aquí. Pero no me arrepiento, es mi hogar, todos mis recuerdos se encuentran aquí.
Las últimas palabras arrastraron un matiz melancólico. Me pregunté que ocasionó que se viera tan desolado, pero no me sentía realmente interesado en indagarle la vida al viejo. No era de mi incumbencia, de todos modos. Y en vista de que no se me antojaba mucho seguir conduciendo rodeando de un silencio tan incómodo, preferí cambiar de tema.
—¿Y qué hace para matar el tiempo por aquí?
—La pesca, hijo. No hay nada mejor que la pesca —hice una mueca. No me atraía para nada una actividad tan estática como esa—. Yo era jefe de policía de aquí, pero las cosas cambian.
Estacioné frente a una casa pintoresca y de aspecto desgastado, de un pálido color verde, pero innegablemente encantadora. Después de esperar pacientemente a que el viejo terminara de gruñir y forcejear con la cerradura de la puerta, me invitó a ingresar a la casa con un movimiento de muñeca. La intuición me llevó a encontrarme con la cocina para descargar las bolsas sobre la encimera, suponiendo que era ahí el lugar donde querría que las colocara.
Más o menos me sonrió, estirando el brazo para darme una palmada cariñosa en el hombro. Aunque yo era más alto que él, tuve el presentimiento de que en su época de oro había gozado de más altura, siendo la vejez la responsable de haberlo achicado y encorvado con su paso.
—Gracias por la ayuda, muchacho.
—No hay problema.
Le sonreí con la intención de despedirme, al momento en que mis ojos se desplazaban a una fotografía colgada sobre los azulejos de la pared. Se trataba de una muchacha de espeso cabello castaño y unos enormes ojos marrones. Sonreía tímidamente al camarógrafo, vistiendo una chaqueta de invierno color mostaza que duplicaba su tamaño, lo que hacía relucir su delgadez y su piel incuestionablemente pálida. No pude evitar pensar que tenía un rostro particularmente bonito, con ese labio superior más grande que el inferior.
Detallándola con cuidado, me di cuenta de que su rostro me era sumamente familiar. Mucho. Estaba seguro de haberla visto antes, puesto que era exactamente igual a como la recordaba, aunque en este momento no supiese distinguir de dónde exactamente. ¿Del instituto, tal vez? ¿Del vecindario?
Sí, definitivamente la conocía. En mi mente recorrió un remolino de imágenes: ella ocultando el rostro con su espeso cabello en medio de la cafetería, el rubor de sus mejillas, ese encogimiento al morderse el labio, el jugueteo constante de los anillos en sus dedos. Recordaba su frecuente torpeza al caminar, incluso sus desbaratados zapatos marrones.
Di un fuerte respingo cuando el viejo carraspeó. Supongo que en algún momento me había quedado observando la imagen de la chica de una forma bastante obsesiva.
—Esa es mi hija.
—Oh —se me ocurrió que se trataba de su nieta, por algún motivo—. Lo siento. Es que me parece extremadamente conocida. Creo que la he visto en algún lado.
—Eso resulta bastante imposible, muchacho. Ella murió seguramente antes de que tú nacieras.
Me volteé para observarlo con los ojos fijos en desconcierto, removiéndome con incomodidad, porque, ¿qué palabras podrían sonar adecuadas? Entendía en carne viva lo que significaba la pérdida de un ser querido, pero no contaba con el tacto suficiente como para proporcionarle un discurso de consuelo lleno de sentimentalismo. Por otro lado, nadie me sacaba de la cabeza que yo a esta chica la había visto antes. ¿La estaría confundiendo con alguien más? ¿Una hermana, quizás? No había entrado en suficiente confianza como para preguntarle si su difunta hija tenía una hermana que curiosamente vivía en Illinois o que asistió al mismo instituto que yo.
—Lo siento —opté por la respuesta más segura.
Me acompañó amablemente hacia la puerta. Me encontraba a tan solo dos pasos de retirarme, no sin antes asomar la cabeza en dirección al pequeño buró de madera dispuesto con una larga hilera de fotos enmarcadas, una serie de capturas de la chica en distintas situaciones, posiciones y sonrisas. Cuando ya había descartado la ridícula idea de conocerla, observé los horribles Keds marrones. Esta chica tenía que estar viva.
Observé al viejo de refilón, sospechando de su sanidad mental al diseñar una mentira tan delicada y retorcida en donde su hija estaba muerta.
—Gracias de nuevo… eh…
—Eithan Grant —le estreché la mano con fuerza, sonriendo.
—Charlie Swan, muchacho.
Lancé un asentimiento de despedida, observando por última vez los ojos marrones de Charlie Swan, tan similares a los de su supuesta hija.
…
—¡Volviste!
No sería la primera ni la última vez que me sobresaltaría con esos variantes estados de humor. Había dejado a mi mamá llorando en un rincón del sofá, y ahora me recibía con la actitud de una mujer que acababa de ganarse la lotería. Esperaba que estas extrañas secuelas no fueran patológicas.
Le regalé la tableta de chocolate que había comprado en la tienda, esperando que no se diera cuenta de que apestaba a cigarrillos. Había fumado tres de ellos mientras conducía de regreso, con la imagen de la linda chica dándome vueltas en la cabeza. ¿Por qué el jefe Swan me había mentido? ¿Lo hizo para que no me entrometiera con su hija, nieta, o lo que sea que fuera? Podía comprender que un poco de sobreprotección a lo mejor no era tan dañino, ¿pero cómo jugar con la muerte de esa manera?
Mamá frunció la nariz cuando nuestras manos hicieron contacto. Evidentemente había percibido el olor, más no dijo nada esta vez. Me imagino que estaba demasiado agotada como para luchar contra mis vicios.
—Gracias, cielo. ¿Qué tal paseo?
—Estuvo bien. Me encontré con un señor de apellido Swan. Me dijo que fue el jefe de policía hace años. ¿Lo conoces?
—¡Claro que sí! Todo el mundo en el pueblo lo conoce. Es un hombre muy bueno, aunque muy solo.
Vaya sorpresa. La curiosidad de verdad escocía en mis manos.
—¿Por qué?
—Bueno, desde que Isabella murió se convirtió en un hombre muy apartado, y no es para menos.
—¿Isabella? ¿Su hija?
—Sí. ¿Te he hablado de ella?
—No, aunque el señor Swan mencionó algo.
—Sí —suspiró con tristeza—. Fue muy doloroso para muchos en este pueblo. Asistí a su funeral, pero por pura consideración hacia unos amigos míos que eran amigos de ella. Ella cursaba mi mismo año, aunque nunca fuimos amigas ni nos dirigimos la palabra. Pero yo la conocía de vista, y su muerte me afectó un poco ese año. El día de la graduación se organizó un homenaje a ella. Recuerdo haber llorado mucho ese día.
—¿Y sabes cómo murió?
—Bueno, según Charlie Swan tropezó y cayó por un acantilado, en La Push. Pero estaba sola. ¿Qué haría una niña de esa edad deambulando por ese sitio y con semejante clima? Hay rumores que dicen que se suicidó. Personalmente pienso que es verdad.
¿Suicidio?
—¿Por qué se suicidaría? —aclaré mi garganta, disfrazando el ligero temblor en mi voz.
—Su novio la había dejado meses atrás. Terminó con ella y luego la abandonó en el bosque. Se llamaba, o bueno, se llama Edward —su voz era aguda, una prueba de su desaprobación—. ¡Un muchacho desgarradoramente hermoso! Junto con sus hermanos adoptivos eran el centro de atención de toda la escuela, porque todos ellos eran adoptados. A pesar de que todo ocurrió hace casi veinte años aun recuerdo muchos detalles, porque este pueblo chismoso jamás olvida y cada vez que volvía a Forks de vacaciones alguien repetía la historia. Oh, Edward era tan guapo, lástima que esos son los peores.
—¿Y crees que por eso se mató?
—Bueno, yo pienso que sí. A pesar de que yo no fuese amiga suya, era imposible no darse cuenta. Tenías que verla, Eithan. Estaba tan demacrada y sola todo el tiempo, arrastrándose de aquí a allá. Sus padres debieron llevarla al psiquiatra o algo así, a lo mejor hubiesen evitado que se matara. Imagino lo doloroso que fue para ella. Es que recuerdo que Edward era tan hermoso, aunque no tengo una fotografía de ninguno de los Cullen y no recuerdo mucho sus rostros, pero sé que eran hermosos, o eso es lo que pensaba de chica... ¿cariño, estás bien? Te veo acalorado.
¿Así es como me veía?
Tenía un nudo en el estómago y las manos me temblaban, completamente afectado con el destino de esa niña. De hecho estaba bastante seguro de que estaba presentando algunos de los síntomas que le precedían a un ataque de pánico.
Puse una mano sobre mi frente, repentinamente exhausto por permanecer de pie.
—¿Ah, sí? Creo que me dará fiebre. Debe ser este clima de mierda.
—Eithan…
—Este clima del demonio —corregí, esforzándome en esbozar algo parecido a una sonrisa—. Creo que subiré a recostarme.
Una vez que me desplomé en la cama, me apresuré a huir mi zona de confort escogiendo un repertorio de jazz para escuchar con mis audífonos. Por supuesto que toda esa historia era horrible y trágica, pero esa niña era una completa desconocida para mí. Sin embargo tenía que admitir lo mucho que me había traumatizado. Las manos sudadas y el cuello acalorado eran una prueba de ello.
Lógicamente, no pienso que estuviésemos hablando de la misma chica. Probablemente Charles Swan fingió la muerte de su hija en un repulsivo intento de evitar que me acercara a ella. A lo mejor ella vivía en Chicago, y el viejo en medio de su paranoia se rehusaba a decirme la verdad para que yo no decidiera contactarla. Era una explicación razonable, supongo.
Cerré los ojos, buscando tranquilizarme con el bajo palpitante de los audífonos. Sí, yo conocía a esa chica. Su recuerdo estaba grabado como fuego detrás de mis párpados. Sus manos, su sonrisa, la forma en la que arrugaba la nariz. Estoy casi seguro de escucharla reír en la cafetería de mi escuela, mordisqueando una manzana; de observarla conversar con un conjunto de estudiantes de rostros borrosos. Me sorprendió la familiaridad con la que recordaba los detalles, como si hubiese dedicado gran parte de mi vida en observarla.
Regresé a la cocina.
—Elizabeth, ¿en tu álbum no aparecerá alguna foto de Isabella Swan?
Sin dejar de cortar el tomate, giró la cabeza para mirarme de forma curiosa.
—Sí, hay una de nuestro curso de penúltimo año. ¿Por qué?
—Me interesa saber cómo era. Simple… curiosidad.
—Bueno, búscala ahí —señaló a la mesa del comedor con el cuchillo.
Caminé lentamente en dirección al álbum, reprimiendo las ansias de literalmente lanzarme sobre él. Mientras hojeaba las fotografías en cada una de las páginas me prometí a mí mismo no distraerme con las vergonzosas fotos personales de mamá, pues ya tendría tiempo para eso más adelante.
—No consigo ningún nombre —puntualicé, angustiándome por estar acercándome al final del libro—. ¿Cómo es ella?
—Es una de largo cabello marrón, creo, hasta la cintura. Muy pálida.
No requería una larga lista de detalles. Ahora que podía verla, era imposible que no se tratara de la misma chica, puesto que una versión más joven de mi madre sonreía a la cámara a seis cuerpos de distancia.
La observé con detenimiento: grandes ojos marrones, mejillas sonrosadas sobre una piel color crema, largo cabello, y esa sonrisa llena de significados ocultos… Como si su fantasma me hubiese elegido a mí para torturarme.
Cerré el álbum, furioso, porque estaba comportándome como un lunático. Sí, esa muchacha definitivamente estaba bien muerta, y yo no era más que un necio y un incrédulo.
Edward, pensé, arrugando la cara.
Odiaba ese nombre.
(Re-editado. 25/01/17).
