Disclaimer: Los nombres de Eithan y Alba son de mi propiedad, pero sus espíritus pertenecen a Stephenie Meyer, al igual que la mayoría de los personajes de la historia.


Chapter 2:

Fear

A.

Gemí de dolor cuando caí de bruces al suelo, lastimándome el trasero.

—Reeves, será mejor que dejes la pereza y empieces a estirar esa rodilla, o te juro que te la estiro yo.

Retuve el impulso de proferir un improperio hacia mi profesora, poniéndome de pie. Respirando profundamente a través del diafragma, me recordé a mi misma que era plenamente natural sentirme así reducida desde hacía casi siete años. Era una reacción justificable cuando se trataba de ballet clásico.

Me incorporé rápidamente en nuestro ejercicio de resistencia de rutina, en el cual la profesora Marianne nos obligaba a mantenernos en un perfecto passé sin apoyo de la barra, instándonos a hacer uso de ésta sólo en caso de pérdida total del equilibrio. Pero incluso, contando con la prodigiosa fuerza de mis tobillos, me resultaba sumamente difícil conservar la postura sin flaquear en mi balance. Lo mismo ocurría durante la ejecución de pirouettes y fouettes, donde solía acabar en el suelo al menos una vez por ensayo.

El empeine me ardía, las zapatillas de punta me estaban matando, estaba segura de que casi no podía sentir las piernas, y un hilo de largo cabello negro tomó la decisión de rebelarse en mi contra al desprenderse de mi elaborado moño.

La reprimenda no se hizo esperar. Volví a apoyar la planta del pie en el suelo cuando Marianne se posicionó a mi lado, tirando suavemente del cabello suelto.

—Por favor, tómate el día libre. No estoy de humor para enseñarles a recogerse el pelo como si fuesen unos bebés.

Cuanto la odio.

Suspiré, asintiendo con la cabeza y tomando mis cosas para retirarme de la clase, dirigiéndome pesadamente hacia los probadores. El agotamiento no me transmitió la paciencia de deshacerme del leotard y de las medias, por lo que me coloqué la ropa por encima del uniforme y abandoné la academia, bebiendo tanta agua que sentí que la vejiga terminaría por estallar manejando a casa.

El gélido clima del pueblo modificó mi sudorosa temperatura, en cuanto puse un pie fuera de la pequeña Academia de Danza de Forks. Y a pesar de la fatiga y del gigantesco agotamiento, todavía me quedaba una razón lo suficientemente estimulante como para dar cabida suelta a mi optimismo.

Al fin el instituto había terminado. Las últimas semanas habían sido el paraíso para mí, sin preocupaciones ni responsabilidades, porque contaba con un montón de tiempo de sobra para leer una pila enorme de libros pendientes y dormitar todo lo que quisiera, en recompensa por la aprobación de otro ciclo estudiantil.

Después de aventar las llaves sobre la mesa de la cocina, recibí una llamada telefónica de mi jefe, si es que resulta correcto decirle "jefe" al hijo del dueño de la cervecería. El jefe rara vez aparecía, debido a que se encontraba demasiado atareado atendiendo a su esposa y a Isabella, su hermosa hija recién nacida. Me preguntaba cuál era la fijación por un nombre que no ha dejado de darle vueltas al pueblo desde que tengo memoria.

Que tal —saludó el chico, con la actitud de un adolescente completamente drogado.

—Hola, Alex.

Hola Alba. ¿Estás libre? Sé que hoy no trabajas, pero en serio necesito ayuda en la caja, y todos están ocupados.

—Estás de suerte, porque me corrieron de mi clase. Estaré ahí en cuarenta minutos.

Odio cuando te pones tan calculadora. Sólo ven —y me colgó el teléfono.

Cuarenta y cinco minutos más tarde estaba aparcando en el estacionamiento de la cervecería. Alex casi me tira el trapeador encima cuando me vio parada en la entrada.

—Necesito resolver un asunto con Annie, algo sobre que ya no quiere seguir conmigo. Me estaba volviendo loco.

—Y la entiendo completamente, porque con esta tremenda falta de delicadez con las mujeres…

—Gracias, Alba. ¡Y lo siento! —llegó exclamar, antes de echar a correr.

Bien acomodada y con los audífonos a toda potencia, me hice cargo de su caja. La Cervecería La Push -me desmotivaba la ausencia de ingenio para bautizar los recintos- se encontraba repleto en cualquier instante de la semana, existiendo un considerable aumento de esa clientela durante las quincenas y los días feriados. Si bien me mantuve ocupada la mayor parte de la tarde, el día transcurrió con placidez.

Alex regresó a las ocho de la noche, cuando el bullicio abarrotado del local apenas me permitía traducir sus palabras.

—Annie no…

—¿Qué?

—Que Annie no me va a dejar —sonrió, victorioso. De fondo, se escuchó el sonido de varios gritos y un montón de cerveza siendo derramada en el suelo. Algún equipo de futbol había hecho un gol.

—¡Me alegro mucho! —le felicité, apoyando una mano amigable sobre su hombro.

—Papá está…

—¿Qué qué?

—Que papá está aquí —gruñó. Ahogué una risita—. Vino con Sarah, y trajeron a Isabella para que todos la conocieran. Se quedaron afuera en la playa, para que el ruido no le hiciera daño.

—Oh, me gustaría saludarlos. ¿Podrías atender tu caja, querido? —me reí, simulando una pequeña reverencia de retirada y saliendo disparada en dirección a la playa, antes que se le ocurriera alguna otra maravillosa excusa para dejar de trabajar.

Las nueve de la noche era la hora perfecta para que se encendiera una fiesta en la playa, especialmente en un día tan memorable como lo era el de la victoria del equipo de… ¿Alemania? No estaba segura. Me dije a mi misma que donde más personas estuviesen reunidas en círculo, era ahí donde estaba Isabella.

Recorriendo la playa con la mirada, di finalmente con el conglomerado de personas que rodeaban a la madre primeriza.

—Hola, Sarah —me hice notar, asomando la cabeza entre ese montón sujetos altísimos y musculosos, un rasgo fenotípico predominante en prácticamente todos los habitantes de género masculino en La Push. Bueno, y también en algunas mujeres.

—¡Alba! Muchas gracias por el detalle, cariño —contestó con una voz acaramelada, señalando el hecho de que por primera vez no me dirigí a ella por su apellido. Odiaba que la trataran como a una señora—. ¿Ya conociste a Isabella?

—Sólo en fotos. Está bastante gordita —acaricié tiernamente la cabecita de la pequeña bebé durmiente.

—¿Verdad? Me atraganté de comida como una cerda durante el embarazo. ¡No podía detenerme!

Asentí, ansiosa de saber sobre su experiencia, pero una mujer bajita y enérgica se aproximó hacia ella con la fuerza de un remolino para estrecharla en brazos, y mi presencia fue completamente anulada del mapa.

Me decidí a buscar al padre de la criatura, barriendo la playa con la mirada hasta que mis ojos dieron con los suyos. Agradecía que la oscuridad de la noche camuflara mi evidente sonrojo. Incluso después de tanto tiempo conociéndolo, su imponente y prominente figura todavía me abría la boca del asombro.

Me avergonzaba confesar que estaba un poco enamorada de él. No desde una perspectiva romántica, sino más bien de su increíble atractivo, el cual era un poco bastante difícil de ignorar. Era algo así como un flechazo inocente, puesto que no estaba en mis planes involucrarme con un hombre tan maduro y mucho menos interponerme en un feliz matrimonio. Disfrutaba de su compañía porque relucía en él este carisma y este sentido del humor tan conciliador y refrescante que no aparentaba en lo absoluto ser un hombre de treinta y tantos años.

Acto seguido, me dedicó una brillante sonrisa. Para ser mi jefe, nos habíamos convertido en buenos compañeros de trabajo. Solía decime que era más madura que muchas chicas de mi edad, y nuestras conversaciones fluctuaban desde la política y la economía hasta el último escándalo de la celebridad más famosa. Muy pocos de mis amigos me hacían reír como él lo hacía.

—Hola, pequeña —saludó, y ambos chocamos nuestras las palmas.

—No soy pequeña —me quejé—. Tengo dieciocho años.

—Apenas una mayor de edad.

—Oh, vamos, ni que fuese usted tan viejo —repliqué educadamente. Todavía no me sentía en confianza de tutearlo. Mi madre había hecho una excelente labor conmigo en materia de modales frente a figuras de autoridad—. Dígame, ¿qué se siente ser padre por segunda vez?

—Fabuloso. La primera vez fue toda una pesadilla —admitió, rodando los ojos.

El pobre hombre había embarazado accidentalmente a su novia a los dieciséis años, la edad de la revolución hormonal. Sin embargo, obtuvo un empleo decente para hacerse cargo de él. La madre de Alex se había trasladado a Portland a causa de un nuevo trabajo, por lo que Alex se mudó con su padre cerca de los trece años, y a los dieciocho años le otorgó el derecho de tomar las riendas del lugar durante los días que llegase a ausentarse. Aunque se la pasaba más tiempo coqueteando con chicas que atendiendo la caja.

—Pienso que hizo un terrible trabajo con él —me burlé, refiriéndome a Alex.

—Lo sé. Pero te lo juro que no pude hacer más. ¿Ya conociste a Isabella?

—Sí —respondí, y algo en mi rostro consiguió que me mirara ceñudo.

—¿Qué tiene?

—Es que yo… —suspiré, maquinando la forma más sensible de abordar el tema—. ¿Por qué justamente Isabella?

—¿Eres supersticiosa? —alzó la ceja, invitándome a justificar mi credulidad.

—No… es que… no sé, espero que ese nombre no traiga mala suerte o algo así…

En realidad, no deseaba confesarle que Isabella Swan era la culpable de que yo no pudiese conciliar un sueño libre de complicaciones. Por ese motivo prefería arriesgarme a que creyera que mis motivos se debían a la ingenua e irracional superstición. De cualquier forma, y personalmente hablando, jamás me atrevería a llamar a mi hija como a una muchacha que enloqueció y se lanzó por un acantilado.

No obstante, él no pareció ofendido por ello. Se sentó sobre la arena y me instó a acompañar el movimiento, mientras contemplábamos el suave rugir de las olas bajo la luna.

Después de varios segundos de considerarlo, exhaló con cansancio.

—Si llegaba a tener una hija, la iba a llamar como ella. Me lo prometí.

—¿Era su amigo?

—Sí. Después de lo que pasó, y con lo mal que la pasó, comenzó a venir a La Push, y me di cuenta de que ella… de que ella se veía mucho más feliz cuando estaba conmigo. Todo parecía ir bien. Yo estaba muy dispuesto a ayudarla a superar toda su pena. De hecho, estaba enamorado de ella.

Me descompuse ante la seriedad de su confidencia, de modo que mis mejillas se encendieron con arrepentimiento. ¿Por qué tenía que inmiscuir mi enorme bocota en los asuntos ajenos? Él se veía tan dolido… Debí quedarme atendiendo los clientes de la maldita caja de Alex.

—Entonces pasó —continuó—. Me sentí fatal durante el primer año, hasta que conocí a Lily y me hizo sentir mucho mejor. O al menos temporalmente, luego se embarazó —se echó a reír—. Y entre el embarazo y Alex, la superé con el paso de los años. Aun así, ponerle a mi hija su nombre era lo mínimo que podía hacer por todo lo que ella hizo por mí.

—Lo siento mucho —susurré, con los ojos inundados, tratando de lidiar con el inexplicable impulso de abrazarlo. Quería consolarlo, y acariciar su cabello con el fin de ahuyentar todas sus penas. El reconocimiento de tal abrumadora intensidad hacía que me picaran las manos por tocarlo, así que apreté los puños, intentando controlar esta emoción de cariño desgarrador que me resultaba tan ajena, tan íntima, tan extraña.

—Está bien —me sonrió tranquilizadoramente—. Fue hace muchísimos años. Las cosas de ese tipo te demuestran que la vida sigue.

Se puso en pie cuando de pronto escuchamos la voz de Sarah llamarlo a lo lejos, agitando la mano.

—¡Jacob, ven aquí!

—Vuelvo más tarde. Ve y coge una cerveza —dijo sonrientemente, recuperando ese optimismo que lo caracterizaba.

—Vaya manera de corromperme. Todavía no tengo edad para tomar alcohol.

—Lo harás de todas formas, conmigo o sin mí. Además, es mi local, nadie va a decir nada. Pero sólo una, ¿de acuerdo? No quiero jovencitas ilegalmente borrachos por ahí.

—No le prometo nada, señor Black.

Me eché a reír, observando el tatuaje en forma de atrapa sueños en la espalda del Jacob Black mientras se alejaba.

No había prestado atención a las advertencias de Black.

Tomando ventaja de su total falta de atención, consumí seis cervezas más de las… en fin, de la única permitida, y terminé entablando amistades con algunos de los habitantes de La Push. Todos estaban jugando entre todos, empujando sus hombros y lanzando risotadas.

—¡Gallina, gallina, gallina! —comenzaron a cacarear, empujando a Derek hacia el agua. Dejé salir una carcajada, pero todo el buen humor se desvaneció cuando comprendí que el objetivo del juego era terminar revolcados en la orilla del mar.

Un presentimiento me agarrotó los músculos, y no tuve tiempo para abrir la boca y explicarles que yo no deseaba participar, antes de que uno de ellos me cargara sobre sus hombros y empezara a correr hacia la orilla.

Hacia el mar.

El helado y profundo océano.

Un pitido comenzó a aturdirme los oídos y mi cuerpo reaccionó, pataleando y clavando las uñas sobre el estómago del raptor que estaba intentando asesinarme, luchando desesperadamente por mi vida mientras comprendía que aquel atorrante pitido en mis oídos era el resultado de mis gritos.

Iba a morir. Me ahogaría hasta que mis pulmones explotaran, y el océano enviaría mi cuerpo hasta el fondo del mar, donde nunca nadie podrá encontrarme de nuevo.

Por favor, por favor. ¡No quiero morir!

—¿Qué demonios…? ¡¿Alguien podría ayudarme?! ¡Esta chica se volvió loca!

El chico me depositó en el suelo casi con violencia. Asustada, corrí en dirección a mi camioneta con todo el alcohol esfumándose de mi sistema. Entonces choqué contra un muro de piedra, y el muro repentinamente cobro vida, sosteniéndome son sus fuertes brazos hasta quedar inmovilizada, mientras que la ardiente furia líquida en mis venas se convertía en una espesa desorientación.

—Alba, Alba…

Insistió Jacob, e intenté patearlo con toda la ira que me quedaba, suplicándole que me soltara, porque estaba segura de que él también quería matarme, quería atarme las manos y tirarme por el maldito acantilado para que las olas me arrastraran hacia el olvido.

—Alba, cálmate, maldición. Alba, estás bien. ¿De acuerdo? Alba…

Cuando comencé a salir de mi euforia, la sangre circulando en mi cerebro y el raciocinio volviendo a su lugar, entendí que Jacob no iba a asesinarme y entonces mi cuerpo se quebró, debilitado por la adrenalina, y con esos sollozos histéricos abandonando mi garganta.

—¿Desde cuándo le tienes fobia al agua?

Jacob decidió llevarme hasta casa en su auto, con la promesa de traerme mi camioneta al día siguiente. Había encendido la calefacción, así como me había ofrecido un delicioso vaso de chocolate caliente, esperando que recobrara la calma. Los malvaviscos, fundiéndose sobre el fluido lleno de glucosa, me permitían llevar una conversación medianamente coherente con él.

—No al agua… —aclaré mi irritada garganta—. Es al mismo océano. Le temo. No puedo pensar en entrar en el mar sin que empiece a tener un ataque de pánico. Tengo miedo de morir agitada y ahogada, y que nadie esté ahí para ayudarme. Sé que todos moriremos, pero no quiero morir así. Es lo más horrible que existe.

—¿Tuviste alguna experiencia cuando eras pequeña? Las fobias suelen iniciar así.

—No, en lo absoluto. Simplemente… le he temido, siempre, desde que era un bebé.

No quería contarle a Jacob sobre aquellas horribles pesadillas que me perseguían desde que era una niña. Pesadillas en donde me encontraba completamente inmovilizada, sin poder gritar ni salir a la superficie, siendo arrastrada por el océano hacia sus profundidades. No quería contarle sobre el profundo terror, sobre la agonía, sobre el despertar llorando por la pérdida de alguien a quien nunca podría alcanzar.

Mamá me formó un escándalo por no haberle avisado que me quedaría hasta tan tarde en La Push, pero su ira se apaciguó en cuanto Jacob le contó lo que había sucedido. En vez de seguir llenando la sala de reproches, me envió a mi habitación para que descansara, con la amenaza de hablar sobre esto mañana.

No tuve tiempo de pensar en nada más una vez que mi cabeza tocó la almohada.

Me acerqué al borde, manteniendo la mirada fija en el espacio vacío que se abría delante de mí. Los dedos de mis pies tantearon a ciegas, acariciando la repisa de roca cuando la encontraron. Respiré hondo y contuve el aire dentro de mi pecho, esperando.

"Bella".

Sonreí y exhalé aire.

"¿Sí?" No contesté en voz alta, por temor a que el sonido de mi propia voz rompiera aquella hermosa ilusión. Sonaba tan real, tan cercano. Sólo cuando desaprobaba mi conducta, como ahora, emergía el verdadero recuerdo de su voz, la textura aterciopelada y la entonación musical que la convertían en el más perfecto de los sonidos.

"No lo hagas", me suplicó.

"Querías que fuera humana", le recordé. "Bueno, pues mírame".

"Por favor, hazlo por mí".

"Es la única forma de que estés conmigo".

"Por favor". Era solamente un susurro en la intensa lluvia que me revolvía el pelo y me empapaba la ropa; estaba tan mojada como si aquél fuera ya el segundo salto del día.

Me puse de puntillas.

"¡No, Bella!" Ahora estaba furioso, y su furia era tan deliciosa…

Y me tiré del acantilado.

Desperté agitada, pero estaba lo suficientemente entrenada como para no hacer ningún ruido.

La carga emocional de este sueño había sido tan mortífera como la de los otros. Tuve que mantenerme recostada unos minutos para tranquilizar el pulso, pero resultaba demasiado difícil contener las lágrimas.

Hacía varios meses que no soñaba sobre el salto. Mi pesadilla más usual se ambientaba en el bosque, tropezando perdida entre la maleza, tratando de alcanzar a alguien, rogándole que no me dejara, que regresara. El dolor y el abandono me desgarraban por dentro, y solía despertar acalorada y agitada, sintiendo la pérdida de un hombre a quien no había conocido en mi vida. Ojos dorados, cabello cobrizo, piel pálida… esa belleza inhumana y deslumbrante. Siempre el mismo chico. Y cuando mis sueños no eran pesadillas, sino genuinas manifestaciones de deleite, la necesidad de amarlo era tan insoportable que me encontraba a mi misma acercando mi rostro hacia el suyo para alcanzar sus labios. Cuando despertaba de este tipo de ensoñaciones, arrastraba todas esas emociones con las cuales ya me sentía tan familiarizada. Una ansiedad, un vacío. La aspiración de que aquél sujeto de fantasías volviera a la vida para que me tomara en sus brazos.

Aquél sujeto a quien yo identifiqué como Edward Cullen.

Arrojé la cobija lejos de mí, furiosa con el idiota que intentó cargarme hacia la playa y resentida con Jacob por haberme contado sobre su relación con Isabella. Estaba exhausta de que la trágica historia de Bella Swan me persiguiera desde mi infancia, incitándome a soñar con saltos de acantilados, insensibles rupturas en el bosque y familias misteriosas de tez pálida. La historia le había dado tantas vueltas al pueblo a lo largo de los años que crecí con ella, atrapándome, asfixiándome.

Los sueños eran en su mayoría inofensivos; risas en la cafetería del Instituto de Forks, la sensación de ser cargada por los árboles, un tacto frío como el hielo… hasta que Los Cullen imaginarios me acorralaban en un callejón, enseñando sus filosos colmillos de vampiro. Las leyendas de La Push sobre "Los fríos" y la tribu Quileute no eran más que leña para un fuego lleno de traumas infantiles.

La participación de Jacob Black no se quedaba atrás. Nosotros charlábamos, a paso apaciguado, y de pronto su figura era reemplazada por el espeluznante espectáculo de un enorme lobo. Era un conjunto de elementos ficticios digno de una película de Hollywood: lobos gigantes persiguiendo vampiros, los enormes ojos marrones del lobo mirándome, con el objeto de traspasarme.

¿Por qué Jacob Black? Aun no lo había descifrado. Pero mi vergüenza al encontrármelo al día siguiente era una consecuencia segura de mi imaginación.

Sumida entre mis pensamientos, me detuve al percatarme de que, extrañamente, los sueños sobre sentirme ahogada eran menos dolorosos que los de la dramática ruptura del bosque. El miedo de morir era completamente natural; sin embargo, ese dolor, ese vacío en el pecho junto con la más horrorosa de las desdichas, parecía tan... real.

"¿Tú… no… me quieres?" Intenté expulsar las palabras, confundida por el modo como sonaban, colocadas en ese orden.

"No".

Lo miré, sin comprenderlo aún.


(Re-Editado). 08/08/16

N/A: Los párrafos y diálogos largos en cursiva fueron extraídos textualmente de Luna Nueva, de los capítulos Bajo Presión y El Final..

Como lo prometido es deuda les traje este capítulo hoy y no el sábado, como le prometí a algunas chicas de los reviews.

Quiero hacer unas aclaraciones con respecto algunas preguntas que me dejaron por escrito:

1) La apariencia de Eithan/Alba es distinta a la de Edward/Bella, debido a que es físicamente imposible que sean la misma. Sin embargo, tanto Eithan como Alba conservan muchas propiedades de su vida anterior, pero respetando sus respectivas personalidades en esta vida.

2) Con respecto a la participación de Los Cullen: todavía falta un tiempito para que aparezcan, particularmente Alice. Lo lamento por las chicas que me dijeron que esperaban fuera ella el personaje sorpresa de hoy, pero no :( Aun así, espero que nuestro sexy Jake las haya dejado igual de entusiasmadas.

¡El siguiente capítulo es el encuentro de Eithan y Alba!

Por favor, déjenme en un review que piensan sobre la historia, su opinión suele ser importante para definir el curso de la misma.

¡MUCHAS GRACIAS! A Beastyle, AnabellsPattz, janesita swan, MeimiCaro-chan, Dess Cullen, cary , , pili, mavi, Topazul, Ninacara, lemoni, ANATXP, vanecullenciprianogrey, CecyBlack, Ale74, Martu Vampira, Lucy N. Mellark Eaton, Mariees, y los "Guest" anónimos por sus comentarios. ¡Muchas gracias también por los alertas y favoritos en la historia!

Quiero informar que estoy respondiendo todos los reviews que me envían, así que si tienen alguna duda que las tiene confundidas con respecto a la historia no duden en decírmelo.

Sin más que decir, me despido. ¡Nos leemos el próximo sábado!

Vicky.