Disclaimer: Los nombres de Eithan y Alba son de mi propiedad, pero sus espíritus pertenecen a Stephenie Meyer, al igual que la mayoría de los personajes de la historia.
Chapter 3:
The Meadow
A.
—Escuché ruidos en tu habitación anoche —susurró mi madre al día siguiente, mirándome desde su taza de café. La preocupación emanaba desde sus moteados ojos marrones—. ¿Estás teniendo pesadillas de nuevo?
—No —traté de que la mentira no de destapara mientras masticaba mi cereal—. Estaba leyendo, el final fue muy trágico. Me puse a llorar con la muerte de un personaje, lo siento.
—Espero que tu incidente de ayer no comience a afectar tus emociones de nuevo —me observó sugestivamente, pues era evidente que no me había creído ni una palabra. Le preocupaba tanto como a mí que lo de ayer me descompensara de manera indefinida.
Existió un período en el que sufrí de pesadillas todos los días durante más de una semana. Un desgaste emocional de aquél alcance me dejó mentalmente agotada, deprimida, y con un pésimo humor a lo largo de varios días. Tener una pesadilla ocasional era acontecimiento ordinario, y podía manejar mi día con la misma seguridad que de costumbre; pero soñar cosas horribles ocho días seguidos era para querer pegarse un tiro.
—Bien. Tengo que ir a trabajar, cariño, nos vemos esta noche.
Me besó la frente antes de caminar hacia la salida para tomar su chaqueta, colgada en el perchero a un lado de la puerta.
—¿Tienes que irte hoy? Es domingo.
—Sí, lo siento, bebé. Estamos abarrotados en el hospital y necesitan enfermeras hoy. Por cierto, llamó Jennifer mientras dormías. Dice que le regreses la llamada —se encogió de hombros, arrojándome un beso volador antes de cerrar la puerta.
Terminé mi desayuno, lavé los platos, y organicé la cocina. Mientras dejaba que el esmalte de uñas de mis pies se secara, recordé el mensaje de Jennifer y la llamé de vuelta. Desistí de mis intentos y me dirigí de nuevo a mi habitación cuando no atendió el teléfono, sopesando las opciones disponibles para distraerme durante el día.
Comencé instalándome unas horas al ocio en internet del adolescente promedio ya que, honestamente, no me avergonzaba declararme públicamente como una adicta a las redes sociales.
Cuando me estiré para encender la lámpara de mi mesa de noche, mis ojos dieron con el boceto del prado que había hecho dos años atrás, el cual descansaba misteriosamente sobre mi mesa de noche. No era en lo absoluto una buena artista, pero he recorrido el prado el número suficiente de veces como para realizar un diseño detallado de las flores coloridas que lo adornaban. Un secreto oculto en medio de un bosque inapetente.
Fruncí el ceño, segura de haberlo guardado con el resto de mi desorganizado papeleo. Lo coloqué de nuevo dentro de la gaveta, preguntándome con humor si en algún momento me había convertido en una sonámbula que involuntariamente removía sus cosas durante la noche.
Después de un largo rato comprendí que permanecer sola en mi casa no me divertía en lo absoluto, y que resultaría una desperdicio desaprovechar un domingo tan esporádicamente soleado como este. Me sentía particularmente fresca, preparada para una larga excursión, y emocionada por ejercitar un poco más las piernas para que Marianne dejara de molestar mi incompetencia.
Suspiré, inundada por una emoción expectante. Adoraba las caminatas en el bosque. El clima, el paisaje, la tranquilidad, el sonido de la naturaleza. Sí, definitivamente le sacaría provecho.
Me apresuré en darme una ducha y en vestir unos desgastados pantalones holgados y una cómoda franela, portando mi suéter de capucha, una botella de agua y un paraguas. Desenredar mi largo cabello tomaría tiempo, así que me limité a sujetarlo en una trenza que alcanzó mi espalda baja.
Menos mal que Jacob me había devuelto la camioneta a horas tempranas de la mañana. Para llegar a mi prado, debía conducir vía norte por la carretera 101, hasta que el asfalto de la carretera se convirtiera en un ancho sendero. Acostumbraba a estacionar la vieja camioneta lo más alejada posible del centro del sendero para que no obstaculizara el paso, desentendiéndome totalmente a la posibilidad de que se la llevaran. Estaba segura de que no existiría ladrón en el mundo interesado en hurtar un cacharro que apenas podía andar, y Forks era un pueblo tan recóndito que no imaginaba a alguien deseando asistirlo con una finalidad distinta a visitar a los padres y abuelos. Y eso, por supuesto, no ocurría muy a menudo.
Mientras andaba cuesta arriba, sonreí con agradecimiento, puesto que el camino era tan similar a como lo recordaba. La vía contaba con la estabilidad necesaria para no ocasionar ninguna fractura de tobillo si ponía atención en esquivar los musgosos robles caídos y en alejar los helechos de mi rostro. Recordaba ser peculiarmente torpe de niña, pero es una desventaja que fui corrigiendo con los años.
Me tomó cerca de dos horas llegar hasta mi destino manteniendo un paso apresurado y evitando detenerme innecesariamente, siempre orientándome a través las coordenadas de la brújula. Atravesando la última franja de helecho, me adentré al paisaje más hermoso que había visto en persona; una pradera adornada de flores silvestres amarillas, blancas y violetas. El sonido del arrollo localizado a unos cuantos metros de distancia confirmó que se trataba de mi paraíso personal, por lo que doblé las rodillas, dispuesta a tenderme sobre la húmeda hierba y cerrar los ojos en medio de este círculo perfecto.
Entonces escuché el ringtone de un móvil.
Abrí los ojos, demasiado asombrada como para activar un solo músculo. ¿Era mi imaginación, o de verdad era un celular lo que estaba escuchando? No, imposible que estuviese loca. Yo reconocería el sonido del atorrante falsete del vocalista de Muse en cualquier rincón del mundo. ¿Qué demonios…?
Caminé lentamente en dirección al ofensivo sonido que estaba interrumpiendo mi mágico día. Se trataba de un celular último modelo, abandonado a la intemperie en medio del espacio más recóndito de todo el maldito bosque. Sin salir de mi estupor, me arrodillé en el suelo, sujetando el móvil entre mis manos para verificar a cuál irresponsable y descuidado sujeto pertenecía. Tenía código de seguridad.
Me le quedé mirando unos segundos, preguntándome cómo demonios había parado un celular ahí. ¿Acaso estaba equivocada, y mi supuesto encantado y misterioso lugar era una zona de visita para turistas? ¿Y sí… este sitio lo usaban para traer a los secuestrados, gente raptada y todo lo demás? No quería empezar a ponerme paranoica, pero había visto varias películas y leído suficientes encabezados de secuestros en los noticiarios como para no descartar esa opción. Descubrir el claro había sido una completa coincidencia para mí. Nunca estuve en búsqueda de ningún cambio en la flora o estructura de la naturaleza. Simplemente lo encontré. ¿Existía algún patrón en el ambiente que le permitiese a alguien más dar con él? ¿Se vislumbraría el claro desde la distancia de un helicóptero? ¿Y sí…?
—Bueno, creo que hallaste mi móvil.
Mientras que mi cuerpo se paralizaba, la respiración se atoró en mi garganta, y sentí la adrenalina fluir nerviosamente por mis venas. La voz provenía a tan sólo unos centímetros de distancia.
Desde un punto de vista racional, hubiese optado por actuar de una forma más inteligente, como girarme cautelosamente y preguntar con calma de quien se trataba para no levantar sospechas. O podría haberme alejado a varios metros de distancia antes de voltearme para encararlo. Pero cuando una situación de crisis se presenta de forma tan improvista, lo único que responde es el más puro instinto de supervivencia, porque era absolutamente preocupante encontrarme sola, con un hombre desconocido, y en un bosque totalmente alejado de la civilización.
—¡Espera! —exclamó su voz alarmada cuando al fin reaccioné.
Tropecé al levantarme del suelo y comencé a correr como alma que lleva el diablo, sin tomarme la molestia de comprobar si seguía mis pasos o sí permanecía en pie con la misma postura. No podía pensar en otra cosa que no fuera en un posible psicópata a punto de asesinarme y enterrar mi cuerpo en algún recóndito del bosque, en quitarme los órganos, en secuestrarme, en…
Unos brazos me atajaron en plena carrera, amortiguando la caída cuando ambos rodamos al suelo. Pataleé, luchando con todas mis fuerzas por atizar en su estómago o su entrepierna, pero él fue fuerte, inmovilizando mis piernas con las suyas y tomándome de las muñecas para que ninguna de mis uñas alcanzara su rostro.
—¡Deja de golpearme! ¡No voy a lastimarte!
Alcé la cabeza, deteniéndome en el acto cuando mis ojos se encontraron con los suyos.
Unos ojos tan verdes como el bosque.
Mi pulso se aceleró, pero esta vez no fue producto del miedo. Las manos comenzaron a temblarme, y mis ojos de llenaron de lágrimas, sin poder creer el alivio espectacular que se deslizaba por mis huesos y me exprimía los pulmones, impidiéndome respirar, hablar, hacer algo distinto que observar esos ojos cálidos que me atravesaban con una indescriptible energía que me destrozaba y que había estado anhelando por tantos años.
Volviste.
Volviste.
Volviste.
Él aflojo el agarre de mis muñecas y me observó con la misma expresión trastornada, con ojos como platos y completamente pálido. Me soltó con rudeza, apartándose de mi cuerpo cuando rompí en llanto.
…
Me esforcé por acompasar el ritmo de mi respiración durante los siguientes minutos. El chico desconocido aun seguía presente, sentado con una decente distancia entre nosotros. No me atreví a mirarlo todavía, pues temía volver a recaer en aquella inexplicable desesperación. Estaba segura de que mi cerebro no se había oxigenado lo suficiente.
—¿Te sientes mejor? —susurró el chico tiernamente, como tratando de no asustarme.
Me tomó mucho esfuerzo poder abrir la boca para contestarle.
—Sí —respondí, aunque no fuese del todo cierto.
—Lamento haberte atrapado así, fue completamente estúpido. Entiendo que reaccionaras como lo hiciste.
Asentí con la cabeza, dominada por la incertidumbre causada por mi propio comportamiento. ¿El llanto se debió a un ataque de pánico? Eso tenía sentido. ¿Pero, qué pasó con todo lo demás? ¿Con esas ganas tan inmensas de… fundirme con él, si es que existía otra explicación? ¿Era todo eso producto del descontrol de todas mis emociones?
Recuperada la cordura, me concedí una profunda aspirada antes de echarle un vistazo.
Mi respuesta no fue la misma que la anterior. No obstante, no pude evitar que el aire se atorara en mi garganta, más producto de mis hormonas que de mi instinto de huida. Poseía una piel levemente bronceada, permitiendo que aquellos labios carnosos y esas cejas oscuras contrastaran perfectamente con ella; la barba incipiente pero bien delineada le proporcionaban un aspecto de fingida adultez, dado que no le calculaba muchos más años que a mí. El cabello castaño ondulado se le adhería a la frente por el sudor, haciéndolo lucir tan adorable como un niño. Pero nada de eso era tan impresionante como esos intensos ojos verdes como el follaje del bosque, y aquella admiración hizo que me percatara de mi propio enrojecimiento.
Era guapo, muy guapo.
—Yo… —me aclaré la garganta, tratando de extraer las palabras de mi memoria—. ¿Qué estás haciendo aquí?
Alzó las cejas, toda la preocupación convirtiéndose en entretenimiento.
—¿Te acabo de dar un susto de muerte y esa es tu pregunta?
—Lo siento —sacudí la cabeza para despabilarme—. Estoy diciendo tonterías. Lo que realmente quería decir es: ¿por qué diablos me tiraste al suelo de ese modo? ¿Estás loco?
—¿Me llamas a mí loco? ¿Quién fue a la que le dio un ataque y salió corriendo?
—Me arrollaste.
—Lo siento, pero toda mi caballerosidad se esfuma cuando huyen despavoridos con mi nuevo y costoso móvil.
—Yo… —guardé silencio, dándome cuenta de que todavía sostenía el celular como si mi vida dependiera de ello. Lo solté de inmediato, apoyándolo suavemente sobre la hierba—. No me di cuenta.
—Lo noté —se rió, y lindo o no, juro que me provocó golpearlo.
—Mira, lo siento, es que me asustaste. Tenía miedo de que fueras un violador o un asesino serial.
Sus risas se detuvieron.
—Lo sé, de alguna manera fue imprudente actuar como lo hice pero… tenías que verte, saliste corriendo tan asustada que tenía miedo de que no te detuvieras a escucharme o que mi móvil se hiciera trizas. Debes comprenderme, aunque no quita que fue tonto.
—Sí, tienes razón —admití, comenzando a sentirme genuinamente avergonzada por mi reacción anterior.
Él silbó por lo bajo.
—Vaya, entiendo que no soy el hombre más atractivo del mundo, pero no pensé que las chicas huirían desesperadas de mí —bromeó, aligerando el ambiente, y haciéndome sonreír un poquito. Mientras lo observaba, advertí que algo en su mirada, en sus gestos, en la forma de torcer la boca y achicar los ojos me resultaban absolutamente familiares.
—¿Nos hemos visto antes?
—Estaba a punto de preguntarte lo mismo —sus ojos brillaron con curiosidad, conforme me observaba con detenimiento—. Me pareces muy conocida. ¿De dónde nos conoceremos?
—Sólo me he trasladado por Washington, pero he vivido en Forks toda mi vida.
—Espera, ¿llevas toda la vida viviendo ahí? —me observó como si estuviese enormemente ofendido. Como si él viviese en un jodido paraíso y Forks no fuera más que un sucio agujero del inframundo.
Ignoré su comentario clasista y reprimí el deseo de rodar los ojos.
—¿Has venido tú antes?
—Desde que era un bebé, no —se limitó a decir.
—Ah.
Nos acogió un silencio incómodo mientras mi respiración terminaba de normalizarse. Me costaba muchísimo mirarlo sin sentir ese impulso de… tocarle el rostro, de comprobar si era real y no un invento de mi trastornada cabeza.
La sacudí con sutileza para alejar todos esos pensamientos estúpidos. Definitivamente algo estaba mal conmigo.
—Comencemos de nuevo —cambió de tema, adquiriendo una apariencia más pacífica—Evidentemente este primer encuentro fue una mierda. Soy Eithan Grant.
—Alba Reeves —respondí, levantando la mano para estrechar la suya.
Salté cuándo un corrientazo se deslizó por mi cuerpo. Al igual que yo, el pareció sorprendido por el impacto, expresándolo en un leve sobresalto.
—Lo siento —su boca se curvó en una sonrisa divertida.
—Dios mío, si tu intención no es matarme del susto pero si electrocutarme, entonces vas por buen camino.
—Dije que lo siento.
Permanecimos sentados estudiándonos detenidamente. Su mirada curiosa viajó con escrutinio desde mi rostro hasta mis rodillas y de regreso, haciendo que me fuera imposible no ruborizarme como un tomate bien maduro. Me preguntaba si a él no le habían enseñado modales en su casa, porque definitivamente a una chica no se le miraba de esa forma y mucho menos si la acababas de conocer. Pero estaba demasiado cohibida como para improvisar algún comentario sardónico.
Una de las esquinas de su boca se torció en una sonrisa contenida, como leyéndome el pensamiento.
—¿Cómo llegaste hasta aquí? —pregunté, recordando lo enojada que estaba hace unos minutos por no ser exclusiva.
—¿Te digo la verdad? No lo sé —se pasó la mano por el cabello, en un gesto que me sorprendió por la familiaridad que me comunicaba—. Tenía intenciones de recorrer el pueblo en bicicleta y regresar, pero de pronto me dieron ganas de adentrarme en el bosque. Simplemente… bueno, sólo llegué hasta aquí. ¿Y tú?
Tuve el presentimiento de que esa no era toda la verdad, pero decidí no ahondar en el tema.
—Sí, más o menos así me pasó.
Había muchas cosas en este mundo de las que ni yo misma estaba segura. Creo que la mayor parte del día se centraba en un esfuerzo por descifrar qué demonios estaba ocurriendo con mi vida. Había soñado con un prado miles de veces, incluso antes de que mis pesadillas iniciaran, pero cuando lo descubrí físicamente, los sueños del prado solitario fueron reemplazados por la visión de mí misma recostada sobre la hierba, tomada de la mano del amor de mi vida. Conforme me fui acercando a la adultez, comprendí que no sabía discernir si el prado de mi niñez era exactamente el mismo que el de mi descubrimiento. Lógicamente, era improbable que lo fueran. Lógicamente.
—Y dime, Alba —la voz de Eithan interrumpió mis pensamientos—. ¿Qué haces en un sitio como este? No quiero sonar ofensivo, pero me tomó como tres horas llegar hasta aquí y no me imagino que una chica venga sola a pie hasta este lugar sólo para admirar el claro, porque estás sola, ¿no?
Lo miré con desconfianza.
—¿Seguro que no eres un psicópata? ¿Algún caníbal o algo así?
Lanzó una breve carcajada al aire tan encantadora que inmediatamente me enamoré del sonido de su risa.
—Lo comprobé justo antes de salir de mi casa.
Hice una mueca, fingiendo con todas mis fuerzas que ese comentario no me ocasionó ninguna gracia.
—Hoy no tengo sed de jovencitas —me guiñó el ojo—. De verdad.
Una sensación de deja vú me azotó con tanta fuerza que mi visión se reemplazó por otra imagen de tanta similitud; porque en ese momento no concebía una explicación para convencerme de que esto no lo había vivido antes, de que encontrarme en medio de este claro perfecto, frente a frente con un joven apuesto, jamás me hubiese ocurrido. No cuando el reconocimiento ante la situación era tan grande que casi podía intuir lo que pasaría a continuación.
Entonces surgió una nueva imagen: largo cabello cobrizo que caía sobre la frente de un rostro insoportablemente hermoso de facciones perfectas; nariz perfilada, mandíbula cuadrada, pómulos salientes, labios redondeados, y esos profundos ojos tan dorados como el topacio y tan resplandecientes como el sol.
El rostro imaginario con el que he soñado desde que era una niña.
El rostro de mi Edward Cullen.
Fue ahí cuando comprendí el por qué este muchacho me resultaba tan conocido; no por la apariencia física, pues eran indudablemente diferentes, sino porque me recordaban tanto al chico de mis sueños. Tenía un aire de… él. Algo.
Y aquí estábamos, en el prado de mis maravillas, sentados uno frente al otro en una situación que he revivido cientos de veces con el Edward de mis sueños.
Fingí que estaba demasiado distraída observando algún pájaro reposado sobre una rama, sólo para que no creyera que tenía alguna especie de retardo mental al durar tanto tiempo sin responderle.
—No lo sé, este sitio es precioso, me hace sentir calmada, en paz, como si todo lo bueno del mundo podría hallarse justo en este sitio y yo lo estuviese disfrutando a costa de toda la humanidad. Además, me gusta ejercitarme.
—¿Y recorres comúnmente todos estos kilómetros de caminata completamente sola sólo para venir aquí?
Se levantó, ofreciéndome su mano para ayudarme a incorporarme. La sostuve con precaución, pero esta vez no hubo descarga eléctrica. Ahora que ambos estábamos de pie, tuve que echar la cabeza hacia atrás para verla la cara, porque era mucho más alto que yo.
Me percaté de su atuendo; franela blanca y pantalones deportivos, zapatos deportivos negros desgatados, y una pequeña mochila verde colgando del hombro. Tenía todo el aspecto de un muchacho que había salido a ejercitarse. Nada de qué preocuparse.
—No, no… no lo hago a menudo, de hecho es la primera vez que vengo desde hace como un año.
Arqueó suavemente las cejas.
—Entonces es una enorme coincidencia que nos hayamos conocido.
—Sí… —concordé, seguramente observándolo de la misma extraña forma con la que él no paraba de estudiarme—. Una enorme coincidencia.
Ambos sonreímos con complicidad.
(Re-editado). 08/09/17
N/A: En mi perfil de FF encontrarán los links de mi Fb personal y una Página Abierta de Fb que tuve que crear para subir la Portada Oficial del fic, más unas fotos de cómo es la apariencia física de Alba y Eithan, para quienes desean complementar su descripción. En la página estaré colocando notas e información importante para ponerlas al día, en el supuesto caso en el que no actualice a tiempo o etc., también pueden compartir lo que deseen en la página o comentar lo que quieran.
GRACIAS POR SUS REVIEWS Y ALERTAS! Y Disculpen la tardanZa, estaba de viaje!
Eithan es físicamente parecido a Henry Cavill (El Hombre de Acero), un actor que la misma Stephenie Meyer consideró que más se acercaba a la descripción de su Edward Cullen. De todos modos, la foto que elegí para presentárselos se encontrará en la página de Fb ya mencionada.
¿Les gustó el capítulo? ¿Lo odiaron? Sí es así, haganmelo saber en un review, su opinión me importa muchísimo. Ya saben que responderé a cualquiera de sus preguntas en lo que tenga la oportunidad.
¡Hasta el próximo sábado!
Vicky.
