Disclaimer: Los nombres de Eithan y Alba son de mi propiedad, pero sus espíritus pertenecen a Stephenie Meyer, al igual que la mayoría de los personajes de la historia.


Chapter 4:

Misunderstandings

A.

Mantuvimos una extensa y casual conversación en el prado echados boca arriba y compartiendo galletas, hasta que el cálido ambiente se transformó paulatinamente en aquél clima encapotado característico de la zona, así que emprendimos nuestro viaje de regreso.

A pesar de mi moderada agilidad para las caminatas, me esforcé en no tropezar con alguna raíz elevada mientras me movilizaba aceleradamente cuesta abajo, pero no logré mi objetivo, perdiendo el equilibrio en dos ocasiones. Para la segunda vez, Eithan ya estaba prevenido, así me sujetó de los codos antes de que mi rostro se estampara contra una roca. Ahora que ya no estaba aterrada ni tampoco tenía intenciones de golpearlo, su contacto me encogió de vergüenza. No porque fuese una muchacha reservada, sino porque él era excesivamente bien parecido y eso me hacía desconcentrarme la mayor parte del tiempo.

A unos pocos kilómetros de llegar la senda comenzó a llover, haciendo que descendiéramos apresuradamente con la esperanza de alcanzar la camioneta antes de terminar tan mojados como una esponja. Yo cargaba un paraguas, pero me parecía egoísta hacer uso de él sabiendo que Eithan se llevaría la peor parte, y como compartirlo sólo nos retrasaría demasiado, me tocó ser castigada por la lluvia, también. Al pasar de los minutos, nos dimos por vencidos y normalizamos el ritmo. Estábamos empapados.

Cuando finalmente alcanzamos el sendero, saqué las llaves de la pickup para abrirle la puerta del copiloto.

—¿Ésta es tu camioneta? —cuestionó, mirando a mi vieja Studebaker Transtar del 59 como si fuese un perro de dos cabezas. Es cierto que este auto tenía más de sesenta años, pero no por eso era inservible.

El observar como la franela de Eithan se adhería a su cuerpo levemente ejercitado hizo que mi respuesta no fuera tan grosera como lo pretendía.

Maldición.

—Lamento que no todos contemos con espectacular Corolla —rodé los ojos, girándome para asegurarme de que no se fijara en mi infantil sujetador de corazones azules a través de la blusa mojada y transparente.

—Oye, yo colaboré también para pagar esa cosa —levantó su bicicleta y la colocó sobre el maletero—, además, no es que tu camioneta esté mal, sólo que está pidiendo a gritos una remodelación. O una destrucción.

¡Era tan odioso!

—Que yo sepa lo han restaurado… una vez —me detuve fuera de la puerta de la pickup para destrenzar mi cabello y exprimir el agua, aunque no podía decir lo mismo de la ropa. Los asientos permanecerían húmedos por el resto de mi vida.

Eithan se la pasó la mitad del camino alternando las emisoras de la radio, frunciendo la boca y el ceño cada vez que nos instalábamos en alguna canción de una banda de pop comercial del momento, o cualquiera sus derivados.

—Déjala —protesté con cierto berrinche cuando pasó de Life is Wonderful—, es todo un clásico.

—No quiero convertirme en una flor gigante gracias a Mraz —repuso, eligiendo una emisora de rock con la que ambos estuvimos conformes—. ¿Pretendes llegar al pueblo a las nueve de la noche?

—Soy una mujer precavida —mentí, ignorando la cualidad de su sarcasmo. Prefería tragar tierra antes que admitirle al propietario de un Toyota que mi vieja pickup no podía pasar de los 90 km sin colapsar—, ¿por qué? ¿Tienes prisa?

—Créeme, esta tarde sería perfecta si no fuese porque estoy mojado de los pies a la cabeza.

Me mordí el labio, haciendo todo lo posible por contener la enorme sonrisa de alegría que quería reventarme la boca. ¿Acababa de lanzarme un piropo? ¿Se refería a que su tarde era perfecta gracias a mí?

De reojo advertí que no paraba de analizarme con la mirada. Su insistencia me hacía preocuparme por la espantosa integridad de mi apariencia, y a juzgar por el desastre enmarañado que representaba mi cabello, no quería ni imaginar hasta qué punto la lluvia me había destruido la imagen.

Traté de ocultar mi aturdimiento con una sonrisa de amabilidad.

—¿Cuánto tiempo te quedarás en el pueblo?

—No lo sé. Empezare la universidad a finales de septiembre, aparentemente, pero esperaba convencer a mi madre de no permanecer aquí más de un mes. No me gusta Forks.

Me medio reí, haciendo como que no me fastidiaba que se fuera tan pronto.

—¿Echas de menos Chicago?

Un silencio se cernió sobre nosotros. Echándole un breve vistazo, percibí su actitud reservada y su expresión seria. Por un instante me preocupó haber dicho algo malo.

—Honestamente, no. Sólo quiero irme de ahí —contestó secamente.

—Hum.

Nos sumimos en otro de nuestros extraños silencios. Él fue el primero en romperlo, cantando en voz baja un clásico de un tipo llamado Lenny Kravitz. No tenía la menor idea, ya que toda la música contenida en mi Ipod se la debía a mis compañeros del instituto.

—Sabes mucho de música —comenté. Ahora canturreaba algo de uno de los intérpretes más populares del momento, pero esa si la conocía.

—Tuve una bandita de rock con mis amigos de preparatoria. Hicimos muchos covers.

—¡Oh! Que interesante, ¿qué tocabas?

—La batería —arrugó la nariz en una mueca—; pero soy malísimo.

Nos detuvimos frente a la dirección que me había descrito. La casa de sus abuelos era muy similar a la mía y a todas las casitas pintorescas de este pueblo.

—Gracias por traerme, Alba. Estuvo bien.

—No hay problema —agité la mano en el aire. Tenía muchísimas ganas de arrojarle una insinuación acerca de verlo de nuevo, pero era demasiado orgullosa y el estereotipo de que "el chico invita" estaba demasiado arraigado en mi comportamiento como para abrir la boca.

Era una vergüenza para las feministas.

—Fue un placer conocerte —sonrió, bajando de la pickup y tomando la bicicleta de la parte trasera de la camioneta antes de adentrar a su casa.

Permanecí sentada durante varios segundos, observando cómo los omóplatos de Eithan se marcaban a través de la camiseta, hasta que ingresó finalmente a la casa, cerrando la puerta sin mirar hacia atrás.

"¿Fue un placer conocerte"? pensé, cuando la rabia acumuló la sangre en mi rostro. Claramente, eso había sido una despedida. Al parecer yo no le parecí tan interesante como él a mí.

Apreté el volante y conduje con violencia hacia mi casa, tratando de desquitar el enojo y la decepción que hacía que mis ojos se humedecieran y mi rostro ardiera de la furia. Aprovechando la ausencia de mi madre, quien ahora tenía turno en el hospital, azoté la puerta con fuerza y me dirigí entre grandes pisadas a mi habitación para ir a dormir, esperando que mis sueños esta noche tuviesen relación con el cuello de Eithan entre mis manos.

Jennifer me pateó levemente en el talón con la punta de su zapatilla. Se encontraba detrás de mí en la barra.

—¿Se puede saber por qué viniste con cara de asesina hoy? —murmuró muy bajito, mientras realizábamos nuestra rutina de calentamiento.

—No quiero hablar de eso —grazné. Una gota de sudor resbalaba por mi mentón y me hacía cosquillas.

—¡Cambio! —canturreó Marianne, obligándonos a girar en relevé y comenzar con el lado izquierdo.

—Has estado amargada hoy. Tú no eres así —insistió.

—No dormí bien —esperaba que la indirecta cortara la conversación. Usualmente me encantaba compartir confidencialidades con Jennifer, pero hoy no era el día.

La clase fue mucho mejor que la de anteayer pues logré realizar limpiamente todos los ejercicios, y para mi sorpresa, me gané una felicitación de Marianne. Acababa de descubrir que aparentemente mi mal genio se canalizaba en concentración. Debería que enojarme más a menudo.

Mientras ejecutaba grácilmente los movimientos, no dejaba de pensar en el imbécil comportando Eithan conmigo. Él mismo me había dicho que no tenía nada que hacer en Forks, que le aburría, que estaba contando los días por largarse de aquí. ¿Por qué no se sentía interesado en ser mi amigo, cuando era evidente que habíamos disfrutado de la compañía del otro? Es cierto que nuestro comienzo no fue nada de lo que me enorgullezca, pero, ¿tan poco atractiva o atrayente resultaba para él? ¿Tanto así?

Dos horas más tarde estaba oficialmente agotada por nuestra ronda de fouettes en el centro. Casi arrastré los pies hasta los probadores, donde tampoco me tomé la molestia de quitarme el uniforme sino que me encaramé toda la ropa encima.

—¿Y qué harás esta tarde? —preguntó Caroline, gimiendo de placer al liberarse de sus zapatillas. Si sus pies eran un desastre no quería ni imaginar cómo habían quedado los míos—. Estaba coordinando con las chicas para irnos a casa de Mary y practicar nuestros solos contemporáneos. Ya sabes, corregirnos entre nosotras y esas cosas.

—Por esta ocasión, paso —me daba flojera explicarle que todos mis pensamientos estaban dirigidos a la espectacular limonada que había preparado en la mañana antes de asistir a la clase. Uf.

—¡Alba! —Jennifer corrió de regreso a los probadores, mirándome con ojos repletos de emoción.

—¿Qué pasa, Jenny?

—Hay un muchacho muy cogible afuera preguntando por ti.

¿Qué?

Creo que intuía a cual "muchacho muy cogible" ella se refería. Prácticamente volé hasta la salida, ahogando un jadeo de sorpresa cuando me encontré a nada más y nada menos que Eithan Grant apoyado sobre un viejo auto, fumándose un cigarro con toda la tranquilidad del mundo.

Me sonrió desde su posición al verme.

—¿Lo conoces? —inquirió Jennifer.

—Eh… sí —confesé, roja como un farol. Las pocas chicas y chicos de nuestra clase se habían arremolinado a chismorrear sobre el desconocido chico de la vida high, así que me apresuré en terminar con esto de una buena vez.

—¿Qué estás haciendo aquí? —demandé, pero el tono de mi voz sonó más como un reclamo.

Me miró con las cejas alzadas, claramente a la defensiva.

—Mencionaste ayer que tomabas clases de danza hoy en la mañana —contestó lentamente, exhalando una bocanada de humo—, y resulta que esta es la única escuela de baile del pueblo. No fue muy difícil encontrarte.

Parpadeé, sintiéndome como una completa estúpida por haber olvidado eso. Aunque eso no opaco ni un poquito mi determinación.

—Hubiese sido mucho más fácil simplemente avisarme por celular —esta vez gruñí, recordando la manera en la que se despidió el día anterior—, si hubieses querido —remarqué.

Me miró con una expresión inescrutable, antes de fruncir el ceño con irritación.

—Alba, si no estuviese interesado en ti no hubiese venido hasta aquí para buscarte —acotó.

—Tú… bueno. Te burlas de mi pickup, pero vienes a buscarme en un auto súper viejo —le acusé desesperadamente. Fue lo primero que se me ocurrió.

—Es un Volskwagen del 99 —repuso, entrecerrando los ojos con un poquito de odio. Sonreí victoriosamente —. Es de mi abuelo, y aun así está mucho más conservado que ese cacharro al que llamas camioneta.

Podía soportar muchas cosas, pero no que se metieran con mi pickup, no así. Y lo malo de sacarme de mis casillas, es que me adueñaba el impulso de parlotear imprudencias, así que me mordí la lengua para no insultarlo por su actitud despectiva hacia mi preciosa camioneta.

—Ug. Eres insoportable.

Comencé a andar hacia mi camioneta. Lo sentí caminar a mi lado, y de reojo visualicé fugazmente las manos en sus bolsillos.

—¿Por qué estás tan molesta conmigo?

—¿Por qué? Primero me derribas como si fuese un maldito juego de fútbol, y luego te despides de esa forma tan impersonal cuando claramente estabas coqueteando conmigo minutos atrás. De paso, tienes la audacia de venir hasta aquí para insultar a mi pickup.

Su expresión era de pura irritación; expresión razonable viniendo de un muchacho que estaba siendo bombardeado por los reclamos sin sentido de una completa desconocida. Sabía que me estaba comportando de la forma más irracional de toda mi vida, pero podía detenerme, porque el sólo imaginar que ese muchacho no se haya fijado ni un poco en mí hacía que algo dentro de mi pecho se removiera con tristeza, estrujando mi orgullo y enterrando mi ego en las profundidades.

—Mira —se adelantó bruscamente cuando estaba a punto de abrir la boca, arrojando el cigarro al suelo—. No quiero hablar de lo de ayer. Vine porque quería preguntarse si querías hacer algo más tarde.

—¿Algo… con quién?

Me observó como si tuviese alguna especie de retraso.

—¿Con quién más, Alba? Contigo. Te lo diré con manzanitas: ¿quieres salir conmigo hoy en la noche? ¿Juntos? ¿Solos?

Me sentí un poco aturdida, puesto que no entendía como el chico que me había restregado ayer en cara lo poco interesado que me encontraba, ahora me buscaba interesadamente para invitarme a una cita. ¿Qué demonios pasaba con él?

—Lo siento, pero no salgo con muchachos como tú —negué rotundamente, abriendo la puerta de mi camioneta.

Él la cerró antes de que pudiera subirme.

—Explícame a que te refieres con muchachos "como" yo, por favor.

Suspiré, cruzándome de brazos.

—A donjuanes como tú, ya sabes: engreídos, atrevidos, auto perfecto, tan guapos que debería ser ilegal.

La última parte lo hizo reír entre dientes.

—No te refutaré nada de eso —continuó sonriendo—, pero quiero que te quede clara una cosa, quiero… no, necesito que salgas conmigo.

La firmeza e intensidad con la que me observaba hacía que me temblaran las rodillas, y yo no podía apartar la mirada de sus ojos tan hipnóticos. Sentí que el mundo se detuvo mientras me perdía, inmersa entre esa mirada tan noble que había visto tantas veces y en tantas ocasiones en el hombre que me había amando de maneras infinitas. Mi Edward Cullen. Mi caballeroso vampiro de cabello cobrizo.

—¿Por qué? —finalmente pregunté, después de una larga pausa.

Tras estudiarme durante unos segundos, las líneas de su rostro se suavizaron, y vi un brillo en su mirada tan fugaz como un cometa.

—Porque me gustas, Alba, mucho, y quiero conocerte mejor. ¿Aceptarás mi propuesta?

Y ahí me encontraba, considerando seriamente salir con este extraño chico de sentimientos contradictorios. No es que yo no los tuviera, porque era muy difícil modular mis expresiones cuando una parte de mí sentía la necesidad de mandarlo al diablo y la otra parte se moría por arrojarse en sus brazos.

Quise responder algo elaborado e inteligente, pero me había quedado completamente en blanco. E independientemente de la semántica de mí respuesta, la cual no podía organizar ahora mismo debido a la perplejidad, no estaba dispuesta a ir en contra de mis impulsos y deseos adolescentes. Por lo que esbocé la sonrisa más coqueta que tenía y respondí:

—Sí.

Para esta ocasión, Eithan si había pedido mi número telefónico y la dirección de mi casa.

Casi me desmayo de un ataque cuando noté que mi vestido favorito permanecía en la cesta de la ropa sucia. Maldiciéndome a mí misma por mi descuido, me resigné por mi vestido casual verde pastel y unas zapatillas.

Me sentí mucho más tranquila cuando salí de la ducha con el olor a jabón y champú impregnados en mí piel, pero aquello cambió cuando observé mi alocado cabello y deduje el tiempo que invertiría corrigiéndolo con el secador. Usualmente me fastidiaba peinarme, pero esta era una ocasión especial. Eithan había tenido en infortunio de conocerme en mis peores presentaciones, tanto en el bosque como en la escuela de danza, en circunstancias que me implicaban mojada, llena de barro, o empapada en sudor. Se merecía algo mejor que eso.

Escuché el timbre de la casa sonar a las seis de la tarde, justo a tiempo para que mis uñas estuviesen en perfectas condiciones. Estaba tan emocionada que bajé los escalones de dos en dos, cual niña en vísperas de navidad.

—Hola —saludé, cuando abrí la puerta y me encontré con su maravillosa sonrisa. Se veía mucho más guapo ahora, con su chaqueta negra de jean, vaqueros y mocasines.

—Hola —le echó una fugaz mirada a mi aspecto de pies a cabeza—, te ves muy linda.

No me tomé la molestia de contestarle. Evidentemente estaba agradecida por el elogio, por lo que me limité a sonreírle con dulzura.

Me tendió un enorme ramo de flores. Lo recibí, dubitativa, fingiendo la mejor sonrisa que se me podía ocurrir.

—¡Gracias! ¡Están hermosas!

Me miró con una expresión inquisitiva.

—¿No te gustan las flores?

—Claro que me gustan las flores. ¿A quién no?

Dios, era una mentirosa terrible.

—¿Entonces por qué observas el ramo como si esperaras cualquier descuido de mi parte para arrojarlo por la ventana?

—Por supuesto que no haría eso, me sirven para decorar la casa —sus insistentes ojos exigían una explicación—. Diablos… me encantan las flores, Eithan. Pero me da mucha pena el… el detalle, el ramo, me parece extravagante.

—¿Te parece un ramo de flores "extravagante"?

Me encogí de hombros.

—Soy más del tipo de chica de… los pequeños detalles.

—Pequeños detalles —repitió, lanzando un bufido—. Recordaré traerte un caramelo la próxima vez.

Estallé una corta carcajada, más divertida que molesta por su odioso sarcasmo; me sentía radiante, con la alegría envolviendo mi cuerpo como si tuviese vida propia, porque la última oración significaba que él quería salir conmigo más de una vez.

Soy tan infantil.

—La próxima vez, una sola rosa estaría bien —le informé, con una sonrisa—. Adoro las rosas. ¿A dónde vamos?

—Pensé que querrías salir de Forks, así que tengo planeado llevarte a comer a Port Angeles, que me parece que está mucho más cerca. ¿Sabes cómo llegar hasta ahí? Ya tendremos tiempo para ir a otro sitio —casi me pongo a bailar de la emoción—. ¿Dónde está tu familia?

—Mi mamá está en el hospital. Es enfermera, pero tiene turno esta noche.

—Y le dijiste que saldrías conmigo, ¿cierto?

No respondí.

—Alba, ¿acabo de llegar y ya me quieres meter en problemas?

—Mamá puede ser sobreprotectora a veces —aclaré, cerrando la puerta de mi casa y caminando con él a mi lado—. No quería que me dijera que no por ser todo tan precipitado. Y bueno, aunque legalmente no necesito de su permiso, me importa mucho su opinión. No te preocupes, llegaremos antes de que ella regrese en la madrugada.

Se detuvo frente a la puerta del copiloto para abrirla para mí. Me mordí el labio, sobreanalizando ese tierno gesto para conmigo.

Pareció percibir un cambio en mi actitud.

—Dijiste que pequeños detalles —sonrió, antes de cerrar la puerta y dirigirse al asiento del piloto.

—No, no. Es decir, sí.

Si quería que esta fuera una cita medianamente decente, prefería matarme antes que confesarle que mi ex pareja no acostumbraba a ser tan atenta y que por ese motivo celebraba la oportunidad de salir con un muchacho que si se esforzaba en esos detalles cordiales prácticamente extintos en esta generación juvenil postmodernista.

—Muy elocuente —se echó a reír, entonces entendí que él no iba a fingir amabilidad solo para sorprenderme. Parecía ser de ese tipo de personas honestas que no se limitarían a la hora de meterse conmigo.

Menos mal que yo tampoco me mordía la lengua.

—Idiota.

El restaurante al cual Eithan me llevó era Francés. Lo encontró en internet, y se decidió por él ante las buenas críticas. El perdernos por quince minutos en Port Angeles buscando el bendito local fue todo menos desesperante, porque entre las maldiciones de Eithan y mi ataque de risa, no había espacio para frustrarse.

—Te quejas por todo —contemplé, sosteniendo mi estómago.

Eithan me fulminó con la mirada.

Procuré que mis ojos no de desorbitaran cuando vi el menú de precios. Junto con las propinas, mi sueldo mínimo en la cervecería era más que suficiente para costearme mi plato, pero debía admitir que comer aquí era más o menos un lujo.

—¿No te parece que esto es algo costoso? —señalé con cierta inseguridad.

Me miró desde el menú con ojos aburridos.

—No te preocupes por eso, yo voy a pagar. Y no nos vamos a mover. Me costó mucho llegar aquí.

Coloqué el menú sobre mi cara para ocultar mi risita. Después de una breve interrogación, me enteré que trabajaba instruyendo música a nivel académico a los niños de primaria en una escuela privada de Chicago, y que con unos años más de práctica podría llegar convertirse en un excelente profesional.

—¿Disculpa? —me percaté que le avergonzaba un poco alardear sobre sus cualidades—. Pero me dijiste que eras el peor músico de tu banda.

—Porque era percusionista y en eso soy terrible. Mi padre me inscribió en clases de violín cuando tenía seis años, pero yo no paraba de envidiar a los niños del piano. Al final le dije que quería cambiarme de instrumento y me dejó, pagándome la escuela de música hasta los diecisiete.

Por supuesto, como si no fuese suficiente para el frágil corazón de una chica encontrarse cenando en un restaurante francés con un muchacho apuesto y divertido, de paso era músico. Por primera vez en mi vida toda la suerte del mundo, digna de un cliché Hollywoodiense, estaba de mi lado.

—¿Y tu papá es músico también?

—No… —se removió de forma incómoda—. Él era abogado. Pero murió hace casi un año.

Quise meterme una patada a mi misma por mi imprudencia.

—Perdona…

—No me pidas perdón —cortó, forzando una sonrisa—, todos tenemos un papá. Sólo que el mío está muerto. ¿Qué vas a ordenar?

Me entristeció distinguir cuánto lo había lastimado la mención de su padre, más no dije nada al respecto.

—Creo que pediré la sopa de mariscos.

El resto de la noche transcurrió con naturalidad, como si el incómodo momento de hace un rato jamás hubiese sucedido. Nos preguntamos sobre la escuela, el trabajo, nuestra familia, nuestros gustos, nuestras metas futuras. Él era un verdadero fanático de fútbol soccer, y en un intento de explicarme sobre la modalidad del juego me sentí perdida, confesando que el único deporte que me molestaba en disfrutar era la gimnasia rítmica. Solíamos concordar en muy pocos asuntos, con excepción de nuestra atracción a cierta música, libros, y nuestro profundo repudio a las películas románticas.

Nuestro postre se sumergió en un interminable debate sobre los avances de la postmodernidad; yo apoyaba el detener el consumo de los recursos y retroceder a algo más natural, mientras él insistía en que millones de años de evolución no deberían desperdiciarse por culpa de los naturistas, que podíamos continuar con nuestro ritmo de vida sin desgastar el planeta. Lo único que necesitaba para convertir esta salida en algo más maravilloso era una buena copa de vino. Lástima que no podíamos ordenarla.

El buen humor salpicaba de mi cuerpo cuando me acompañó hasta la puerta de mi casa.

—¿Podemos vernos mañana de nuevo? —me preguntó, mientras lidiaba con la cerradura de la puerta.

—Me encantaría, pero trabajo en la tarde. Tendremos una semana ocupada. ¿Te parece bien el sábado? Puedo pedir el día libre y no asisto al ballet —hubiese sido mucho más sencillo reunirnos domingo, pero no quería confesarle que no me importaba meterme en problemas en el trabajo por un sólo segundo de su tiempo.

Torció ligeramente la boca, un gesto casi imperceptible que fue reemplazado de inmediato por una sonrisa cargada de optimismo.

—Bien. El sábado paso por ti —finalizó, regalándome una de esas sonrisas ladinas que me paralizaban la vida misma.

Mi caminata hacia el cuarto estuvo llena de giros y saltos. Acababa de apoyar un pie en la habitación cuando ya me moría por encontrarme con Eithan de nuevo. Sería una larga semana.

Me preparé para dormir y me recosté en las sábanas, cayendo rendida de inmediato.

"No hagas nada desesperado o estúpido", me ordenó, ahora sin mostrarse distante. "¿Entiendes lo que digo?"

Asentí sin fuerza.

Sus ojos se enfriaron y volvió a mostrarse distante.

"Te haré una promesa a cambio", dijo: "Te garantizo que no volverás a verme. No regresaré ni volveré a hacerte pasar por todo esto. Podrás retomar tu vida sin que yo interfiriera para nada. Será como si nunca hubiese existido".

"Será como si nunca hubiese existido".

Pero existes, me encontré pensando.


(Re-editado). 09/08/16.

N/A: Los párrafos y diálogos en cursiva fueron los sueños de Alba, pero también son extractos directos de Luna Nueva, del capítulo El Final.

Les indico que este capítulo se los traje más largo porque puede que tarde un poquito en actualizar el siguiente, más de la semana acordada. ¡Estamos cerca de los 100 reviews! El trato es el siguiente: la siguiente actualización la haré si me ayudan a alcanzar esos 100 reviews. Así, me da tiempo de terminar el otro capítulo mientras eso sucede (la universidad me tiene consumida) y de paso, me motiva a continuar con esta bella historia que ya está planeada de principio a fin y ya tiene un final en mi cabeza.

Por otra parte, recuerden que estaré respondiendo todos los reviews, y si tienen alguna pregunta o sugerencia me lo indican por ahí. El siguiente capítulo será un POV de Eithan, muy interesante por cierto, aparecerán más personajes de la saga (No son Los Cullen, no todavía). ¡Comienza el misterio!

¡Muchas gracias a Rossy04, Emma Emmav, mariees, fran, vanecullenciprianogrey, Serena Princesita Hale, Topazul, linda bella , CecyBlack, Martu Vampira, Isis Janet, Adriu, karen McCarthy, , DenJoseph , allie cullen masen, Xi0t, cristina , Beastyle, adriana molina , pili, cary , Ninacara, lunaweasleycullen14, Amarilis666, MeimiCaro-chan, natak-magno, FerHdePattinson, por sus hermosos reviews! Gracias a las alertas y favoritos!

¡Nos leemos en una siguiente actualización!

Vicky.