Disclaimer: Los nombres de Eithan y Alba son de mi propiedad, pero sus espíritus pertenecen a Stephenie Meyer, al igual que la mayoría de los personajes de la historia.


Chapter 7:

Dreams

A.

Había olvidado lo deliciosamente placentero que se sentía suspirar por alguien. Sólo que, en esta oportunidad, mis suspiros iban acompañados de la involuntaria flexión de mis rodillas cuando mi cuerpo cedía ante el peso del deslumbramiento.

Menos mal que contaba con Eithan para no dejarme caer.

Había transcurrido una semana desde que confesó sus sentimientos por mí en la desastrosa cocina de mi casa, y todavía sonreía tontamente ante el recuerdo, como si acabase de pasar hace sólo unos segundos. La relevancia de tal emoción propició que Edward visitara mis sueños esa noche, para terminar de completar mi dosis de felicidad. Nos encontrábamos en el prado, y su resplandeciente torso desnudo de diamantes me distraía de las palabras de amor que me profesaba bajo la cálida luz de sol: el cómo su profunda adoración por mí superaba con creces el instinto de matarme para beber mi sangre. Su voz estaba salpicada en miel y sus ojos eran topacio líquido y móvil, petrificante.

Casi me dio ganas de llorar cuando me desperté en la mañana y una vez más, recordé que todo fue un sueño y que nada de lo que experimenté en el mismo real. Sabía perfectamente que ya debería estar acostumbrada, pero mi mente insistía en hacerme flotar en esa nube de éxtasis, me introducía como primer pensamiento matutino el deseo de estar con el imaginario hombre de mis sueños. ¿Por qué no podía ser de verdad?

Pero esa fue la única vez que tuve un sueño conciliador. El resto de las noches fue tan horrible como el de la semana anterior, perseguida por las pesadillas; El prado, el acantilado, el bosque, el dolor, la abundante pérdida, la desorientación... y el olvido.

—Bueno, Alex. Ya me voy —anuncié, sacudiendo mis manos con satisfacción.

El interpelado alzó la cabeza como si acabase de darse cuenta de que yo estaba ahí. El hecho de que ya no fuésemos a trabajar juntos más nunca no pareció enmendar en lo absoluto las distracciones que atrapan su atención en el trabajo. Le enviaba mensajes de textos desde su teléfono a su novia con más esmero del que atendía la maldita caja. Creo que aun no se había tomado la molesta de descubrir que sus responsabilidades se doblarían durante el tiempo que a Jacob le tomara encontrar un reemplazo para mi puesto.

—¿Me ayudarías a contar las ganancias en efectivo?

—Estás como loco, ese es tu trabajo. Yo estoy fuera.

—¿Por favor? ¿Un último favor?

—Esa cara no funciona conmigo.

—Ni conmigo —Jacob estaba parado detrás de nosotros con una mirada que prometía problemas—. Has tu trabajo, Alex, para eso te pago.

—¡Pero soy tu hijo! ¡Tu deber es hacerlo!

—No, mi deber es patearte el trasero hasta que dejes de ser un flojo conformista, así que andando.

Descargué mis carcajadas mientras Alex bufaba y resoplaba con indignación. Por diez segundos completos su dedicación a la caja fue exclusiva, hasta que el móvil volvió a repiquetear.

—Juro que a veces me pregunto si ese chico es mi hijo —gruñó Jacob por lo bajo.

—Me parece imposible que no lo sea, son dos gotas de agua.

—Oh, no, yo jamás he sido un muchacho vago —pareció pensárselo mejor—. Bueno, un poco, pero por culpa de Alex dejé de serlo. ¿Ves? Todo nos lleva a Alex —ambos reímos.

—¿De joven usted tenía el pelo largo? —pregunté de repente, observando su cabello corto, negro como la noche.

Me miró de forma curiosa.

—¿Por qué lo preguntas?

—No lo sé. Pareciera que lo tenía largo.

Yo estaba algo loca, pero no lo suficiente como para confesarle que parte de mi energía mental era invertida en arrastrarlo conmigo al mundo de los sueños. Preferiría enterrarme yo misma primero.

—De hecho, sí lo tuve.

—Oh.

Se extendió un raro silencio. Me aclaré la garganta para proseguir.

—Bueno, creo que mejor me voy, jefe- Fue un placer trabajar con usted —me alcé de puntillas para alcanzar su cuello, y él tuvo que encorvarse para corresponder a mi abrazo. Era el único integrante del grupo a quien no había dicho adiós.

—Fue un placer tenerte como empleada. Tu presencia de verdad iluminó mi caverna —sus ojos me transmitieron un poderoso sentimiento, despertando algo en mi interior—. Espero poder verte pronto antes de que te mudes. Y Alba… —sus labios se apretaron en una fina línea, observándome con una intención que no supe definir—. Recuerda tener cuidado, por favor.

—Lo haré —aseguré con una sonrisa, dándome la vuelta y saliendo disparada hacia mi pickup.

Desde el encuentro con Jacob en mi casa la situación entre nosotros se había tornado extraña, por no decir tensa. No conseguiría explicar qué había ocurrido con nosotros, pero cuando su intensa mirada penetró sobre la mía sentí como si todo mi mundo se desvaneció, dejándonos completamente solos. Incluso me atrapó el deseo de alzarme para acariciar su rostro, como para comprobar si su tranquilizadora presencia allí era real. Pero desperté en el momento en el que él cortó la conexión, mirando tímidamente hacia el suelo. No podía dejar de pensar en sus ojos plagados de una profunda tristeza, como si el hecho de mirarme fuese doloroso para él.

Pero, ¿a qué se debía esa reacción? ¿Sería posible que se sintiera atraído hacia mí? ¿Que me extrañaría? No, no debería ser así. Él estaba casado, tenía hijos, y por más apuesto y enigmático que fuera, era demasiado mayor para mí. No valía la pena a estas alturas reconsiderar mis sentimientos hacia él. Sólo es un enamoramiento superficial, me dije. Sólo eso.

Entonces, ¿por qué sentí ganas de llorar cuando me miró de aquella forma?

Apreté mis párpados con fuerza. Estaba dejando que estos pensamientos obsesivos me hicieran daño de nuevo. Algo no estaba bien conmigo, pero, ¿qué podía hacer? Mi única solución hasta ahora había sido ignorar mis impulsos, justo como lo he venido haciendo durante toda mi vida.

Con lágrimas en los ojos, dejé que la corriente de mis pensamientos me llevara hacia otro lado, y me despedí de la cervecería para siempre.

Renunciar había sido una de las cosas más duras que había hecho en mi vida. Cuando empecé a buscar empleo, seis meses atrás, nunca imaginé que terminaría siendo camarera en una cervecería. Recordaba a la perfección la poca convicción de Jacob cuando me anunció que estaba contratada. Tal vez habrá sido mi falta de experiencia la que lo hizo vacilar -¿qué tan complicado podía ser atender unas cuantas mesas?-, o el que tenía dieciocho años recién cumplidos, lo cual era comprensible, aunque en el Estado de Washington la ley permitiera a los adolescentes a partir de esa edad a laborar en locales que promovían el consumo de bebidas alcohólicas. Pero el asunto es que nunca tuve consciencia de qué lo motivó a darme una oportunidad, pero nunca dejaría de agradecérselo, porque fue gracias a este trabajo que desarrollé todas mis nociones de responsabilidad y constancia.

Dejar atrás el lugar que me acogió por tantos meses fue doloroso, y fue inevitable que los ojos se me llenaran de lágrimas cuando mis compañeros me dedicaron un pastel de despedida y me bombardearon con abrazos y besos. Después de Alex, yo era la integrante más joven del equipo, y creo que eso despertó un instinto protector en todos los empleados varones. Más de una vez habían tenido que espantar a uno que otro desubicado que intentaba insinuárseme mientras atendía las mesas, pero aunque yo les insistiera que podía defenderme sola, ellos no me escuchaban. Estaban convencidos de ser mis guardaespaldas personales contra borrachos solitarios.

Se me escapó una sonrisa. Los echaría tanto de menos.

Podría haber permanecido en la cervecería unas semanas más, sólo para cobrarlas, pero de cualquier modo sabía que aquello sólo extendería un poco más mi sufrimiento. En menos de un mes estaría mudándome a California a estudiar Literatura en la Universidad de Santa Bárbara, y mi prioridad era obtener un empleo para no morir de hambre y facilitarme una nueva academia de danza que sustituyera a aquella que, por obvias razonas, también había abandonado. De hecho, la despedida de las chicas en la academia no había sido menos emotiva, e incluso Marianne declaró que había sido una buena estudiante. Pienso que solo quería hacerme sentir bien.

En vista de todo esto, había un montón de tiempo disponible para estar con Eithan.

Ese mismo lunes, tras renunciar a mis únicas dos actividades, nos entretuvimos en el pequeño museo del pueblo, y el martes almorzamos juntos en un picnic estratégicamente improvisado en uno de los días misteriosamente más soleados del año. Nuestro destino del miércoles había sido Port Angeles, en una salida repleta de risas en el cine y besos de palomitas de maíz, seguido de un poco de intelectualidad cuando nos prendamos de una antigua librería. Aprovechando mi última paga, me tomé la libertad de poner unos cuantos en el carrito, en su mayoría romances clásicos reconocidos y misterios policíacos. A Eithan le interesaban cosas totalmente opuestas, como libros de ciencias sociales o de física y que con un sólo vistazo de los títulos me ocasionaban una crisis de aburrimiento agudo. Pero a él le encantaba todo eso, y yo estaba fascinada con su intelecto, suspirando por él como una fanática atolondrada, hasta que introdujo en el carrito tres mangas de portadas ridículas y toda la magia se esfumó en el aire. Al menos seguía viéndose lindo. Un otaku-nerd lindo.

Se apareció por la casa el sábado a la una de la tarde. En vista de la popularidad de mis cupcakes, me entregué gran parte de la mañana en prepararlos con un poco más de elaboración, empleando colorantes, crema batida y brillantina. La idea de convertir esto en una tradición fue desechada con rapidez al recordar que mi tiempo con Eithan tenía fecha de vencimiento. Dentro de unas semanas él se iría, y lo único que podía hacer para remediarlo era sacarle todo el jugo que pudiera.

—Hola hermosa —saludó dulcemente—. Huele bien. ¿Cocinando de nuevo?

—Por supuesto. Son de chocolate —sonreí como una tonta, evitando desmayarme cuando me tomó de la barbilla y se apoderó de mis labios. La experiencia de los primeros encuentros con Eithan desquiciaba todo mi sistema nervioso, y las inquietas mariposas revoloteando en mi estómago me impedían disfrutar el momento con la precisión que merecía.

—Mis favoritos —aseguró, volviendo a besarme—. ¿Tu madre está aquí?

—No, pero volverá más temprano hoy —todavía no me había atrevido a decirle a mi madre que estaba teniendo una relación furtiva y pasajera con un muchacho. Lo que menos necesitaba mi felicidad eran sus prohibiciones.

—¿Estás segura de que no vives sola?

—Estoy muy segura —le di la espalda para continuar con mis actividades culinarias—. Simplemente se la pasa más tiempo en el hospital que en la casa. Ya sabes, madre soltera y todo eso. Fue un poco molesto cuando era una niña, porque me la pasaba la mitad del tiempo sola o siendo custodiada por una niñera. Y bueno, mis abuelos murieron antes de haberlos conocido, así que no los tuve para que me cuidaran.

—Me parece difícil imaginar eso —admitió él, torciendo precavidamente el gesto—. Siempre he contado con el apoyo de mi madre para absolutamente todo. Ella comenzó a trabajar después de cumplí mi primer año, pero no duró mucho, porque papá comenzó a ganar muy bien en su bufete y ella prescindió del empleo para estar conmigo como hasta los siete años, que comenzó a trabajar de nuevo. Pero ella siempre ha estado ahí. Nunca pasó una noche fuera.

La acaramelada voz con la se refería a su madre me colmaba de una ola de ternura. Mírese donde se mire, era evidente que Eithan la adoraba. Me parecía un dato curioso que evitara mencionar a su padre, y no sabía si eso se debía a que su muerte todavía lo afectaba, o si no tenía el mismo afecto por él como con su madre. Fuera cual fuera el motivo, yo no iba a ser quien estropeara nuestra cita sólo para despejar mis dudas. La muerte del señor Grant era tema delicado.

Cambiando de tema, no me sentía atraída a la idea de que Eithan presumiera que mi madre me había prácticamente abandonado toda mi vida, si es que accidentalmente llegué a insinuar eso. Desde que papá nos dejó cuando yo era un bebé, mamá no había vuelto a tener novio, o al menos, ninguno que me hubiese presentado formalmente. De cualquier forma, yo dejé de presionarla para que se consiguiera uno cuando descubrí ciertos mensajes comprometedores en su teléfono y comprendí que durante años viví en una burbuja de engaño en donde mi madre no practicaba sexo rudo sobre ciertas superficies. Todavía seguía traumatizada con eso.

—No pienses que es malo. De todos modos, no es como si mamá pudiese hacer algo, está sola y ese empleo ha sido la única forma de darme todos los lujos medianamente buenos que tengo. Trabaja como una posesa todos los días por mí, por nosotras. A fin de cuentas, somos ella y yo contra el mundo. ¿Hora de almorzar?

—Me lees la mente —me regaló su sonrisa de lado, mi favorita hasta ahora.

Disfrutamos mayormente en silencio del delicioso pollo agridulce y de los cupcakes rellenos de crema. Le asigné a Eithan la tarea de lavar los platos mientras yo limpiaba la cocina, conversando tranquilamente y enseñándole a no dejar ni una pizca de grasa sobre ningún plato. No había que ser demasiado listo para suponer que él era un chico consentido que carecía de cualquier conocimiento de tareas hogareñas.

Finalizada la limpieza, lo invité a mi habitación para que viésemos las películas.

—¿Qué? ¿Te parezco atrevida por pedirte que subas? —me burlé con sorna cuando Eithan vaciló en la punta de las escaleras.

—No, y no quiero que después te estés quejando porque soy un pervertido que no duda ni un segundo en tenerte a solas en tu cuarto.

—Ay, Eithan. Estoy bastante segura de que lo eres, pero yo confío en que sabrás comportarte.

Lo dejé a él y a su cara de shock a mis espaldas y continué mi camino, esperando pacientemente a que saliera de su estupor para que se incorporara conmigo. Ya estaba encendiendo el televisor cuando decidió ingresar al cuarto, mirándome enternecidamente cuando advirtió todos los detallitos que lo decoraban.

—Es tan… dulce.

Me encogí de hombros.

—Odio las cosas serias.

—Está lleno de muñecas. Parece la habitación de una niña.

—Son de colección, casi ni las usé. ¿Y cuál es el problema con eso?

—Dieciocho años —alegó con diversión—. Y tus paredes son rosa. Me dijiste que odiabas ese color

—No; te dije que odiaba vestirme de rosa. Por algún motivo me da dolor de estómago.

—A eso se le llama clásico condicionamiento pavloviano —se detuvo frente a mi biblioteca llena de libros, estudiándolos con interés. Su mirada bajó hacia mi escritorio—. ¿Romeo y Julieta? —señaló, tomándolo entre sus manos—. ¿Este es el momento en el que me dices que es la mejor historia de amor y que es uno de tus favoritos?

Lo miré como si me hubiese insultado.

—Odio Romeo y Julieta. Es la historia de amor más estúpida que existe. Ambos son unos idiotas.

—¿Entonces por qué lo tienes afuera?

—Pensaba decirle a mi mamá que lo donara al hospital. Sólo lo leí para un trabajo de último año, no quiero saber más nada de él —casi gruñí, arrebatándoselo de las manos y lanzándolo junto con una pila de papeles. No estaba de ánimos de discutir mi disgusto por esa novela. Ya bastantes enfrentamientos al respecto tuve con mi profesora de Lengua y Literatura en el instituto.

Eithan me miró sorprendido antes de esbozar una sonrisa

—A mí tampoco me gusta.

Se aventó a si mismo sobre mi cama sin ningún tipo de respeto ni consideración, deshaciéndose de sus zapatos con sus propios pies. Puse una película de acción y me recosté a su lado, tomándome el atrevimiento de apoyar mi cabeza sobre su hombro. Por un breve instante lo sentí tensarse debajo de mí, indeciso sobre la manera correcta de comportarse, pero cedió rápidamente cuando comencé a acariciar el cabello ondulado de la frente. Permanecimos en silencio durante casi los primeros veinte minutos, abriendo la boca esporádicamente para reírnos o burlarnos de las escenas.

—Estoy enamorado —comentó Eithan, refiriéndose a la alta y esbelta pelirroja protagonista que no dejaba de disparar una metralleta sobre sus indestructibles tacones de aguja.

—¿Sí? A mí no me parece tan bonita. Prefiero a la otra, la rubia.

—Bueno, pensándolo mejor, me gustan más pelinegras.

Levanté la cabeza, y algo en la forma de mirarlo lo hizo jalar mi rostro hacia el suyo para besarme. La emoción se abrió paso en mis articulaciones, la sangre me hervía en la piel y en alma misma, el corazón me latía desbocado, mientras recibía con satisfacción un goce pleno que no había experimentado en mi vida jamás, con absolutamente nadie. El tacto en su beso era encantador, pero yo nunca fui una muchacha delicada, así que le mordí el labio. El ahogó un sonido de sorpresa, pero luego enterró la mano en el cabello de mi nunca y profundizó el beso con un delicioso suspiro, mientras mis labios sufrían las consecuencias de una pasión retenida.

En algún rincón de mi cabeza, mi vampiro me observó con tristeza. Eso me llevó a perder la concentración, sintiéndome ridículamente culpable por engañar a mi inmortal novio imaginario.

Algo sucedió para que Eithan me apartara con una delicada fuerza.

—¿Qué dijiste?

—¿A qué te refieres? —pregunté con inocencia.

—Me llamaste Edward —su voz era serena pero sus ojos echaban chispas.

La sangre huyó de mi rostro y por un momento sentí mi corazón detenerse. Él aguardó unos segundos, en busca de una explicación, pero algo en mi semblante tenía que ser demasiado evidente como para hacerle levantarse de cama.

—Espera, Eithan. No te vayas —casi le supliqué.

—Dame alguna maldita razón para quedarme luego de que acabas de pronunciar el nombre de otro tipo mientras te estaba besando —su comportamiento generalmente amable conmigo había desaparecido, reemplazado por los celos y la ira. Incluso retiró su mano de la mía cuando traté de tomarla. Me pregunté si él era de la clase chicos que insultaba a las mujeres por equivocaciones de este tipo, pero no tenía demasiadas ganas de averiguarlo, por más que la situación ameritara una buena patada en mi trasero. No me consideraba la clase de chica que aceptaba las agresiones verbales, y estaba demasiado encantada con la existencia de Eithan como para verme forzada a echarlo de la casa si se le pasaba la mano conmigo.

—Tengo una razón.

—Alba… —su mano viajó hasta su rostro y con frustración lo ocultó. Parecía estar considerando seriamente el salir huyendo del cuarto—. Sé que dijimos que lo nuestro no era serio, pero créeme que no me gusta para nada la idea de que la chica con la que me estoy viendo piense en otro mientras está conmigo y mucho menos cuando la estoy besando.

—No es lo que piensas —me apresuré a explicar—. No tengo novio y tampoco estoy enamorada de nadie. La situación es que… Edward no existe. Lamento si pensaste lo que pensaste, te juro que no me di cuenta de que dije su nombre.

La confusión que ocasionaron mis palabras era probablemente el único motivo por el cual seguía montado sobre mi cama, frunciendo el ceño.

—¿A qué te refieres con que no existe?

—¿Conoces de casualidad la historia de Isabella Swan? —pregunté, preparándome para explicárselo cuando me diera la negativa. Me sorprendió verlo alzar las cejas en afirmación.

—Sí, sé algo. ¿Qué hay con eso?

Tomé un impulso con ayuda de un largo suspiro, antes de comenzar a contarle sobre el suicidio, los Cullen, los sueños, y mi fobia al océano. Para cuando termine mi relato Eithan se había sentado en el borde de la cama, observándome con una especie de extraño recelo. Probablemente estaba sopesando mis excusas, considerando si debía creerme o no.

—Alba, lo que me dices es bastante perturbador. ¿Has ido al psicólogo?

Asentí con la cabeza.

—Sí, cuando tenía como once años los sueños empezaron y asistí a las sesiones por medio año. Me ayudó muchísimo, durante meses no volví a soñar de nuevo, pero luego de un tiempo las pesadillas volvieron. No siempre, podía durar semanas teniendo un sueño profundo y sin problemas, y tener una pesadilla esporádica no era particularmente perjudicial para mí vida. Incluso la mayoría de las veces en las que las tenía no despertaba horrorizada, simplemente las recordaba, así que solía ignorarlas. A pesar de que dejé de ir al psicólogo mi mamá me inscribió en clases de danza, pensó que podría ayudarme a canalizar mis emociones con esfuerzo físico.

—¿Y ahora? ¿Sigues teniendo pesadillas?

—Bueno, últimamente… sí. Todas las noches —sus dedos acariciaron gentilmente las bolsas debajo de mis ojos. Supongo que ni el mejor maquillaje podía ocultarlas.

—Todo esto suena demasiado absurdo y pienso que necesitas ayuda. Que sueñes esas cosas… todo el tiempo, el mismo sueño, no es normal. No es normal que menciones involuntariamente el nombre de otra persona cuando me estés besando o cuando te tropieces con un desconocido por la vida.

—¿Tropezar con un desconocido? —pregunté, ladeando la cabeza.

—El día que nos conocimos y colapsaste y comenzaste a llorar, me pareció que murmuraste su nombre. Pensé que a lo mejor había escuchado mal, pero ahora sé que si fue cierto.

Me quedé de piedra al escuchar sus palabras. No recordaba para nada haber llamado a Edward.

Eithan me observaba con cierto atisbo de duda, y por dentro yo estaba que me desfallecía del miedo. ¿Y sí decidía que no quería salir con una chica loca de remate y se marchaba? ¡No podía dejarlo pensar que estaba loca!

—Es sólo que… no lo sé, Eithan, seguramente era demasiado joven cuando me contaron la historia de esa chica. Mi mente tomó cartas en el asunto y comenzó a crear toda una fantasía en mi cabeza, con vampiros, hombres lobos y demás. El motivo por el cual pienso siempre en Edward Cullen es porque es mi hombre ideal. Mi mente lo diseñó específicamente para ser perfecto.

—¿Lo has visto alguna vez?

—Nunca. Lo he inventado yo. Su aspecto es simplemente incomparable. Siempre aparece con esa piel pálida y ese cabello cobrizo revuelto, y sus espectaculares ojos siguen siendo hermosos, sean negros o dorados. Nadie puede compararse con su perfección, y de alguna forma estoy un poco enamorada de él, a pesar de ser una fantasía. Es el hombre... vampiro de mis sueños, literalmente.

Por la forma en la tensó la mandíbula me di cuenta de que aquellas palabras habían herido su aparentemente susceptible ego. Pero en lugar de indignarme por una reacción tan ridícula, alcé la mano para acariciar tiernamente esa dura zona, notando la asperidad de la barba corta y perfilada que lo hacía parecer algún modelo de revista juvenil.

—El motivo por el cual no lo saco de mi cabeza estando contigo, es porque te pareces mucho a él. Sus gestos… No lo sé. Ustedes dos están por la misma onda.

Parpadeó varias veces, sintiéndose halagado.

—Supongo que estás admitiendo que soy el hombre más hermoso del mundo, entonces.

—Hmm. El segundo más hermoso, ¿está bien para ti?

—Puedo vivir con ello.

—No debería estarte consintiendo el ego o algún día saldrás flotando de aquí. Eres un jodido engreído.

—Pero tengo con qué serlo —decretó, tomando mi mentón con fuerza y estampando otro beso perfecto, de esos que medio me desvanecían—. Me da igual todo este asunto, soy mejor que el hombre de tus fantasías. Soy real.

...

En el poco tiempo que compartimos juntos, Eithan y yo nos volvimos inseparables.

Nuestras aventuras se extendieron a las grandes ciudades. Eso de conducir mil horas para llegar a Seattle era propio de los sujetos guerreros, y yo definitivamente no era una de ellos. Permanecer dentro de un auto por más de una hora me inundaba de una angustiante ansiedad que me hacía querer salir corriendo, y por ese motivo no solía abandonar el pueblo sino para ocasiones muy puntuales. De ese modo, en consenso, decidimos no hacer nuestra vida más complicada, así que nos decidimos por un viaje en avioneta.

¡Hacía tanto tiempo que no venía a la gran ciudad! Las parpadeantes luces de las tiendas de los centros comerciales me incitaban a dar cabida a suelta a mi vena materialista, pero sentido común era mayor que el impulso de despilfarrar parte de los fondos de la universidad, por lo que me limité a observar con tristeza aquél hermoso broche de flores de oro blanco que me hacía señas desde la vitrina de una joyería. Cuál fue mi sorpresa cuando Eithan caminó decididamente hasta el mostrador y pagó por él, y antes de que pudiera poner la primera palabra de protesta sobre mi boca, apartó una porción de cabello rebelde y lo fijó con el broche sobre el resto del pelo. Mis reclamos fueron acallados cuando insistió en que no era nada, que ya tendría tiempo de reponer su dinero cuando consiguiera otro empleo.

La duda afloró en mi mente disfrazada de sospecha, mientras pretendía con una actitud desinteresada que el gesto no me conmocionó. ¿Por qué gastaría tal cantidad de dinero en mí? Si el acuerdo de salir juntos era que no le íbamos a dar vueltas a las condiciones de nuestra relación, ¿por qué se tomaba la molestia de gastar tanto dinero para complacerme? ¿Qué necesitaba demostrarme? ¿Qué esperaba que yo le diera a cambio?

Un estremecimiento recorrió mi cuerpo cuando pensé en una forma de pago muy probable, por lo que preferí ahuyentar todos esos pensamientos dañinos de mi cabeza.

Con nuevo broche de pelo y una actitud reluciente, nos dispusimos a recorrer las calles de Seattle. Eithan jamás había venido y mis recuerdos eran muy obsoletos, por lo que parte de nuestra cita se resumió en una aventura de Perdidos en Seattle.

Sintiéndome culpable ante la idea de reunirme con Eithan a expensas de mi madre, se lo había presentado oficialmente la misma mañana de nuestra partida. Al principio pareció sorprendida, puesto que no había conocido a otro chico además de Aaron, a quien ella todavía le conservaba mucho cariño, incluso a ocho meses de nuestra ruptura. No se sintió particularmente orgullosa de qué estuviese saliendo con un chico a quien acababa de conocer, pero esa contradicción se le pasó en el momento en el que conoció a Eithan. El muy idiota podía ser extremadamente encantador cuando se lo proponía, y tuvo a mamá comiendo de su mano en menos de diez minutos. Sin embargo, decir que durante las horas que estuve fuera de casa, en una ciudad tan grande, y a solas con un hombre, no la dejó al punto de un ataque cardíaco, sería una completa mentira. Ella accedió a regañadientes, aunque de haberse negado rotundamente la hubiese desobedecido de todos modos.

—¿Te veo mañana? —murmuró Eithan frente a la puerta de mi casa, con su típica e irresistible sonrisa. Mamá se encontraba en su habitación tras haberse despedido de él, probablemente sonriendo como tonta mientras veía su novela favorita en la televisión.

—Claro.

—Bien. Buenas noches, Alba.

—Buenas noches —casi tartamudeé, después de que me tomara delicadamente entre sus brazos y me besara. Por alguna razón, la intensidad del contacto me dejó un sabor agridulce. Como si nos estuviéramos despidiendo. Aunque no se fuese hoy, ni mañana. Pero pronto lo haría.

Una sacudida me recorrió el cuerpo mientras lo observaba marchar.


(Re-editado). 25/01/17.

Hola de nuevo, chicuelas. Trataré en todo lo posible ir alargando los capítulos, que no serán tan cortos como el anterior, pero tampoco serán extremadamente largos, para que exista cierta equidad. Hay capítulos que requieren más detalles que otros.

Sí, lo sé. Sé que se estarán preguntando: "Bueno, pero, ¿para cuándo la acción? ¿Suspenso? ¿SOMETHING?". Sé que ya están comenzando a extrañar a nuestros queridos vampiros, y créanme, yo también. Sólo les diré que la aventura se encuentra a la vuelta de la esquina. No tendrán que esperar mucho, se los prometo. Yo también estoy ansiosa por empezar a escribir esa parte.

En fin. ¿Les gustó? ¿Se sienten hasta ahora conformes con Alba/Bella y Eithan/Edward? Por favor déjenme un hermoso review, su opinión es importantísima para definir si el hilo de la historia va por buen camino.

Como de costumbre, quiero agradecer por sus comentarios a alma alv, Isis Janet, Emma Emmv, Dess Cullen, DiOm, natak-magno, choiamberc, mariees, wen liss, GPCS. Sonitha Pico, pili, CecyBlack, Yoliki, Serena Princesita Hale, y todos los guest!

¡Nos leemos el siguiente sábado!

Vicky.