Disclaimer: Los nombres de Eithan y Alba son de mi propiedad, pero sus espíritus pertenecen a Stephenie Meyer, al igual que la mayoría de los personajes de la historia.
Chapter 8:
Hurt
A.
Los días transcurrieron con una prisa que me impidió digerir los arrolladores sentimientos que se abrían paso a través de mi estómago. En un parpadeo nos encontrábamos a principios de septiembre, un poco más de un mes de haber conocido a Eithan, y me inquietaba la impactante influencia de mis emociones sobre mi sentido común.
Me había convertido en una mujer sumamente dependiente de Eithan. Mis intenciones con él ya no formaban parte de un plan para divertirme sin preocupaciones ni sentimientos de por medio, tal como lo había venido haciendo con todos los chicos con quienes había coqueteado o salido en alguna oportunidad. Mi fijación ya no se debía solamente a su actitud carismática y su indudable atractivo. Ahora mismo, me enfrentaba a una necesidad irracional, pero esta necesidad no fue repentina. Emergió desapercibidamente desde las profundidades de mis más ridículas fantasías, de modo que ya era demasiado tarde cuando comprendí lo completamente jodida que estaba.
Nunca fui una niña ilusa. Mucho menos soñadora. La sola mención del amor me hacía querer vomitar, puesto que no entendía la necesidad de aferrarse desesperadamente a alguien como un ancla. Y no me refería a los lazos familiares, como el profundo e incondicional amor que la mayoría de los padres profesaban hacia sus hijos; me refería a los amores completamente condicionales, aquellos que te darían la espalda y quebrarían tu corazón cuando la pasión se hubiese agotado, cuando se arrepintieran y decidieran que ya no eras lo suficientemente valioso. En conocimiento de esto, ¿por qué las personas se empeñan arduamente en encontrar alguien que los complementara? ¿No se supone que todos nacíamos completos? ¿Cuál era esta necesidad enfermiza de ser amado? La dependencia emocional siempre me había parecido un destructor del espíritu humano. Atarse a alguien era producto de los miedos e inseguridades más recónditos, más no del amor. El amor es libertad. El amor es mutua felicidad. Había visto suficientes divorcios, traiciones e infidelidades como para confiar de un constructo que sólo unos pocos afortunados habían tenido la oportunidad de alcanzar con sus dedos.
Y no es que no fuese una romántica; aquellos que me conocían sabrían que el sentimentalismo y la empatía eran parte de mi identidad, y era esa misma afinidad emocional que solía tener hacia los seres humanos la que me impedía disponerme a que alguien me lastimara. Era demasiado feliz siendo yo misma, sin creer en cuentos ni hadas que sólo me alejarían cada vez más de la realidad. No necesitaba enamorarme perdidamente de alguien en mi vida para ser feliz, no necesitaba a nadie más que a mi madre o a mí misma, no necesitaba de nadie, de nadie...
Hasta ahora.
Porque Eithan había acabado con todo.
Lo supe cuando, un día, me tomó en brazos y sentí aquél bienestar líquido recorriendo mis venas y adormeciendo mi pecho. Y más tarde, cuando me haló del pelo para besarme, que sentí aquella fiebre burbujeante, esa fuerza pujante que pulverizó todos mis sentidos. Debía enfrentarme cara a cara al muchacho más maravilloso del mundo. Al más molesto, al más testarudo, al más insoportable, al más atento, al más listo, al más crítico, al más dulce, al más hermoso, y yo definitivamente no estaba preparada para amar a alguien. Era demasiado joven, y esta emoción demasiado desgarradora.
Por otra parte, nuestra perseverante interacción había modificado su conducta conmigo. Aquél comportamiento amistoso y desinteresado del principio se fue transformando paulatinamente en apodos cariñosos, besos en la mano y suaves caricias en el rostro. Y la manera en la que me miraba… era tan hermoso que resultaba insoportable. No era simple afecto, era algo más, algo que me hacía suponer que él experimentaba un enredo como yo, era… era…
El hilo de mis pensamientos fue interrumpido cuando chasqueó los dedos frente a mi rostro.
—¿Tierra a Alba? Te perdiste de la caída del surfista de los esteroides.
Mi mirada viajó en dirección a las olas. El chico se había alejado de la orilla nadando para alcanzar la tabla de surf que se había desprendido de su tobillo.
—Lo siento, creo que me quedé pegada —susurré en disculpa, llevándome a la boca una cucharada de sopa instantánea de fideos, ya fría.
—¿Estás bien? Te noto distraída —su mano tomó un mechón de mi cabello y lo puso detrás de mi oreja. Cuando se tomaba la molestia de realizar esos gestos tan dulces se me aguaba el corazón.
—Estoy bien. Es sólo que ya es tarde y deberíamos irnos a casa.
—Son las seis de la tarde y la fiesta apenas está comenzando. Además, me prometiste enseñarme a bailar —señaló con la mano al conjunto de jóvenes riendo alrededor de la fogata. Algunos ya habían comenzado a danzar al ritmo de la música proveniente de las enormes cornetas instaladas en una Jeep. Al menos contaban con la educación de no ponerla a todo volumen para no importunar a los habitantes de la reserva. El pensamiento colectivo nos decía que armar un alboroto en la reserva era un derecho exclusivo de la Cervecería la Push.
—De acuerdo —me puse en pié, jalándolo con mi mano hacia el bululú de personas—. Es muy sencillo, no tiene ciencia. Sólo deja que la música te guie.
Cuando lo conocí pensé que, si era un buen músico, debía ser también un excelente bailarín, pero supongo que una cosa no tiene nada que ver con la otra. Le tomó un poco de tiempo adaptarse al ritmo, hasta que después de unos cuantos intentos detuvo sus movimientos de espagueti y se acopló con elegancia. Cuando la canción fue sustituida por una más romántica, tomé sus manos y las posicioné delicadamente sobre mi cintura, antes de envolver su cuello con mis brazos para acariciar el sedoso cabello de su nuca. El tenerlo así de cerca despertó en mi interior la más pura pulsión de deseo.
—Esto es muy cómodo —dije en un suave murmullo. Me gustaba el cuerpo de Eithan, porque no era escuálido como muchos chicos de su edad, ni larguirucho, pero tampoco muy macizo, y sus amplios hombros y ancha espalda me proporcionaban un cómodo espacio para poder recostar mi cabeza en sus suaves pectorales, justo como ahora.
Mientras bailábamos pensé en el gracioso encuentro que tuve con Edward la noche anterior. Aparentemente era uno de mis favoritos, puesto que mi mente no se cansaba de repetirlo. Edward se había burlado de mi poca tolerancia a su velocidad vampírica después de haber corrido a lo largo del bosque, conmigo cargada a su espalda como una garrapata. Mientras yo recuperaba el aliento, él no esperó: tomó mi cabeza entre sus manos y vaciló, mirándome fijamente, antes de presionar sus fríos labios de mármol contra los míos. Normalmente, justo después de despertarme de sueños así, me obligaba a mi misma a dormir sólo para que él me besara de nuevo. Era bastante ridículo debo admitir, pero absolutamente adictivo, porque deseaba desfallecer de esa forma con alguien... y entonces apareció Eithan, quien me demostró que ambos eran absolutamente incomparables porque Eithan era real, y Edward no era nada más que mi amor platónico e inalcanzable, el hombre mítico de mis sueños.
Pensar en Edward me puso deseosa. Me alcé para besar tiernamente la mandíbula de Eithan, justo sobre la barba corta. En respuesta al estímulo, él bajó la suya para poder verme, derritiéndome con esos ojos que jamás me habían mirado de la forma en la que lo hacía ahora, como si yo fuese lo más valioso que tenía en el mundo. Su boca se abrió con la intención de decir algo, pero pareció cambiar de idea cuando se limitó a depositar un suave beso sobre mi garganta con una premura que me dejó sin aliento.
Y entonces, como en una revelación, lo entendí.
Eithan me quería. Sus gestos, sus palabras, su tacto… todo en él era el reflejo de mis propios sentimientos, plasmados como fuego en el brillo en mi mirada y en el rubor de mis mejillas cada vez que me detenía frente al espejo. Era él, sintiendo lo que yo. Y si la situación se nos había ido de las manos de esta forma, ¿qué haríamos al respecto? ¿Qué haría yo al respecto? ¿Sería prudente decírselo? ¿O era recomendable terminar con él antes de el tiempo transcurriese y nuestra inevitable separación fuera más dolorosa?
Mi corazón se encogió ante el pensamiento. No, yo no quería terminar. No ahora, no así. Algo en mi interior me decía que me derrumbaría en pedazos si Eithan se atrevía a dejarme.
Y, ¿qué pasaría si encontrábamos otra solución? ¿Estaría él dispuesto a sostener una relación a distancia conmigo? Y de ser así, ¿cuánto tiempo duraría? ¿Hasta qué punto nos agotarían los miles de kilómetros que separaban a Ohio de California?
El silencio que se extendió a continuación permaneció durante varios segundos, y fue entonces el susurro de unas palabras, tan suaves como un arrullo, me libró del estupor que me despertó la epifanía ocasionada por su íntimo gesto.
—No tiene por qué ser el final —le dije en respuesta, sonriendo como una idiota contra su pecho antes de besárselo.
¡Él me quería también!
—¿El final de qué?
—Del crepúsculo.
Se separó de mi garganta para mirarme.
—¿De qué hablas? —preguntó, confundido.
—De lo que acabas de decirme.
—No dije nada.
—Claro que sí. Dijiste "El crepúsculo, otra vez. Otro final, no importa lo perfecto que sea el día, siempre acaba" (1), o algo así.
Su expresión fue todavía más perpleja.
—Alba, no he abierto la boca desde que empezamos a bailar sino hasta ahora, para responderte.
Eché el cuello hacia atrás para confirmar su ceño fruncido, tragándome el azote de indignación y decepción que me ardía en la lengua. Sin dejar de mirarlo, guardé silencio, en espera de que me dijera que sólo se trataba de una broma, pero mantuvo su mismo semblante sereno mientras estudiaba fijamente mi rostro.
Entonces yo lo había imaginado todo. No sabía escoger qué era más alarmante, si el hecho de que escuchara voces que no existían, o el hecho de que Eithan no estaba insinuando lo que pensé que estaba insinuando mientras supuestamente me las decía.
Me guardé las lágrimas que amenazaban por emanar de mis ojos.
—¿Estás bien? —Eithan alzó mi mentón con un dedo.
—Sí, sí. Perdón, pero pensé que había sido tú quien dijo eso. Seguro fue alguien más, y creí que eras tú.
No parecía en lo absoluto convencido. Sin embargo, no quiso presionarme.
—Anda, quiero irme a casa. ¿Puedo conducir esta vez?
El cambio de tema al menos funcionó. Formó una mueca de fastidio, accediendo con un asentimiento de cabeza.
…
El viernes tomamos la decisión de ir a un billar en Port Angeles. Me puse medias pantis y botas negras con tacón. Mi largo cabello, sumado al maquillaje oscuro, me ofrecía un aspecto más bien gótico, pero me sonreí en el espejo ante lo cómoda que me sentía de este modo. Era la clase de atuendo que pocas veces empleaba, y quería en demasía darle una nueva impresión a Eithan, porque él era de este tipo de chicos de diversión, fiestas y locura. Lo mínimo que podía hacer para erradicar mi aspecto infantil era lucir para él más atractiva, adulta y sexy. A lo mejor así se enamoraría más de mí y decidiría quedarse conmigo para siempre.
Soy tan patética.
Eithan me esperaba en el sofá de mi sala leyendo un manga. Después de la acalorada manera en la que defendió la integridad de Star Wars, aprendí a no burlarme de sus gustos de ñoño, así que me quedé calladita. Cuando alzó la cabeza para mirarme, el efecto fue inmediato. La sonrisa que le adornó el rostro parecía que estuviese a punto de partirle la boca.
—Alba… te ves genial.
Hice una expresión de disgusto.
—Sí, pasé dos largas horas de mi vida arreglándome para recibir un simple "genial".
—Sabes lo que quiero decir —se pasó una mano por su cabello. En todo este tiempo saliendo con él me di cuenta de que esa era una de sus mañas más usuales—. Vámonos, o no saldremos de aquí si comienzo a besarte —me tomó el brazo y comenzó a empujarme juguetonamente hasta la puerta.
Yo jamás en mi vida había jugado al billar, pero esperaba que Eithan me enseñara. Las miradas insinuantes de los sujetos que se encontraban en el sitio iban directo a mis piernas, pero ninguno de ellos se atrevía a decir ni una sola palabra al percatarse de que venía acompañada. De cualquier modo, Eithan tenía algo, esta aura atrayente que imponía respeto y le permitía entablar amistades en absolutamente todos los lugares. En menos de veinte minutos se ganó la confianza del barman, quien nos ofreció una ronda de tragos alcohólicos a escondidas en uno de los gestos más ilegales del país, y Eithan, después de haber bromeado unos instantes con un grupo de enormes y tatuados sujetos, nos consiguió una mesa sólo para nosotros dos, a pesar de que todas estuviesen ocupadas.
El grupo de muchachos que pasó a nuestro lado chocó las palmas con él y se retiraron en dirección a la barra, y una de las chicas que los acompañaba le guiñó un ojo.
—No sé como lo haces —comenté con asombro, deseando que no fuese tan ilegal como moralmente incorrecto empujar a esa chica por las escaleras.
—¿Hacer qué? —preguntó, tomando todas las bolas y acomodándolas en el centro de la mesa dentro de esa... cosa triangular.
—Deslumbrar a la gente.
Se encogió de hombros, manteniendo su petulante sonrisa.
—Siempre se me ha dado bien leer a las personas. Pero me interesa saber más bien, ¿te deslumbro a ti?
"De verás, no deberías hacerle eso a la gente. Es muy poco cortés".
"¿Qué cosa?"
"Deslumbrarla… probablemente ahora está en la cocina hiperventilando".
"¿Los deslumbro?"
"¿No te das cuenta? ¿Crees que todos ceden con tanta facilidad?"
"¿Te deslumbro a ti?"
"Con frecuencia".
—Frecuentemente —parpadeé, digiriendo la sensación de deja-vú.
Me regaló una sonrisa preciosa, preciosa, maldición.
—Esa es la intención. Leí un manual de seducción hace tiempo. Creo que me ha servido hasta ahora.
—Oh, ¿es decir que me has tenido engañada y que toda esta manera de ser tuya es una actuación?
—Obviamente mi trabajo como buen caballero que soy es encantarte —de pronto, su semblante adoptó una expresión seria—, pero aun así, contigo yo jamás finjo nada. Me sale natural porque… bueno, porque quiero.
Sus ojos eran jade derretido. Fuerte, potente. Me estaban acorralando, amordazando, suplicándome que entendiera el mensaje puesto en ellos. Luego vino algo que no me esperaba: dio dos pasos firmes en mi dirección y estampó sus labios con los míos con la determinación más potente de todas. Estuve a punto de caerme si no fuese por sus brazos, los cuales me estabilizaron e impidieron mi estrepitosa vergüenza. Mientras me devoraba la boca, escuché el sonido del gentío silbando y gritando que nos fuéramos a un hotel.
A regañadientes, me separe de él, con la cabeza dándome vueltas.
—Pues te diré que ese librito funcionó... —jadeé—, ha sido el beso más jodidamente ardiente del mundo.
Se rió entre dientes y me jaló una mejilla como el fanfarrón que era
—¿Cómo se supone que se juega esto? —me esforcé en no sonar como una retardada.
Eithan se la pasó la primera hora del juego instruyéndome cómo sostener el taco y cómo calcular los ángulos para introducir las bolas. Me ganó todas las partidas, como era de esperarse, aunque admitiendo que él no era para nada un buen jugador y que sólo me venció porque era una principiante. Comentó, también, que yo era muy mal perdedora. Eso me molestó. Jamás he sido una perdedora fastidiosa, ni si quiera cuando la insoportable y grosera de Sasha Reynolds obtuvo el solo contemporáneo que yo me moría por interpretar para la presentación de danza del año pasado. Y, mientras yo no lo hiciera realidad, fantasear con que se le esguince un tobillo en pleno arabesque definitivamente no era ser un mal perdedor.
—¡Ja! —le apunté con un dedo, brincando de la emoción cuando accidentalmente introdujo una de mis bolas rayadas—. Gracias, necesitaba ayuda.
—Fue mala suerte —protestó.
—No. Eres malísimo también.
—Como tú digas.
Seguimos jugando un buen rato. Mientras lo observaba, se me ocurrió seguir hurgando en ese baúl lleno de experiencias.
—¿Cuántas novias has tenido?
Ni si quiera apartó la mirada de la bola blanca cuando respondió. Casi parecía no estarme prestando atención.
—Sólo una, Laura. Te hablé de ella.
Cierto. Había olvidado a la ex novia de Eithan, una chica con quien sostuvo una relación durante casi tres años. A pesar de que no la conociera ni si quiera a través de una foto, imaginármela con él me producía una buena dosis de celos. Pero, ignorando esa parte, debía admitir que su respuesta me sorprendía. Había apostado por una larga lista de ex novias y ex pretendientes, porque Eithan era un muchacho demasiado llamativo como para pasar desapercibido.
—¿En serio? —inquirí sin poder ocultar mi incredulidad.
—¿Qué tiene de impresionante?
—No lo sé, esperaba que fueras un chico con muchas ex novias y conquistas por todos lados.
—Que coquetee con chicas no significa que quiera algo con todas.
El innecesario tono irritado en su voz me hizo fruncir el entrecejo.
—Bueno, de no ser así no estarías saliendo conmigo —medio bromeé. Pero lo que menos me esperaba era su mirada de desaprobación.
—¿Por qué me estás reclamando? Pensé que quedamos en divertirnos juntos. Nunca hablamos de compromiso.
Horrorizada, cerré la boca de golpe, esforzándome en no demostrar lo mucho que me afectaron sus palabras. Una fuerte opresión me desgarró el pecho y casi visualicé a mi corazón romperse en pedacitos, absorbiendo el ardiente filo de su rechazo.
Él no me quería. Yo lo había malinterpretado todo.
Pero aunque por dentro me estuviese desgarrando, mantuve una postura retadora. Y esto es lo que sucedía cuando herían mis sentimientos: comenzaba a decir barbaridades porque mi filtro de pensamientos desaparecía.
—Sí, me lo has dejado bastante claro durante todo este tiempo. Lamento haber sido tan ilógica, olvidé que el único motivo por el qué aun sigues en el pueblo es porque quieres llevarme a la cama.
Esto pareció llamar su atención más que cualquier otra cosa que haya dicho antes. Las aletas de su nariz se abrieron de la furia, mientras delicadamente depositaba el taco sobre la mesa y me fulminaba con la mirada. Me pregunté hasta que punto había dando en el clavo.
—¿De qué carajo estás hablando? ¿Perdiste la cabeza? ¿De verdad piensas que estoy esperando a acostarme contigo para poder largarme de aquí?
Al diablo con Eithan, no iba a permitir que me alzara la voz de ese modo. Ya era suficiente con toda la mierda con la que tendría que lidiar después por ser tan malditamente ilusa.
Me di la vuelta y me dirigí apresuradamente hasta la salida, esperando que por un milagro del cielo hubiese un taxista considerado que no me desbancara hasta la ruina por llevarme de vuelta a Forks.
Su brazo me detuvo cuando llevaba media cuadra fuera del lugar.
—Estás loca si piensas que te voy a dejar andar por ahí a esta hora.
—Quiero volver a casa.
—Si quieres irte, entiendo, pero te llevo yo.
—No quiero regresar contigo.
Gruñó con desespero.
—Alba, hazme el favor y deja de comportarte como una niña. Yo te dejaré en tu casa. Por favor.
Nos miramos tratando de asumir una posición autoritaria con el otro, pero después de analizarlo por unos segundos, tuve que dar mi batalla por perdida, porque no es que tuviese muchas más opciones.
Respiré profundamente y asentí con la cabeza, pero eso no detuvo a las traicioneras lágrimas. Al notarlas, Eithan dulcificó la expresión de su rostro y aflojó el agarre de mi brazo.
—Hablaremos de esto cuando lleguemos, ¿de acuerdo? —su mano tomó la mía con delicadeza y de esta manera me condujo hasta su automóvil. Esta vez no le di las gracias cuando abrió la puerta para mí.
El viaje de regreso fue verdaderamente incómodo. No le dirigí la palabra en todo el camino, ni siquiera cuando comenzó a conducir como un demente, lo cual, en otras circunstancias, estaría matándome del pánico. Mi único y primordial objetivo durante la media hora que nos tomó llegar al pueblo a esa velocidad fue no exteriorizar que estaba a punto de desplomarme del llanto.
Eithan aparcó frente a mi casa y me hizo quejarme de exasperación cuando no me dejó abrir la puerta.
—¿Podrías dejarme salir? —reclamé, con voz contenida.
—No hasta que conversemos.
—Creo que fuiste bastante claro. Yo fui quien malinterpretó nuestra confianza, está bien, sólo déjame ir.
—No —se liberó del cinturón de seguridad para inclinarse hacia mí—. Lamento haber sido tan brusco, no debí tratarte de esa forma.
Sus ojos lucían tristes y su arrepentimiento sincero. Terminé por encogerme de hombros, porque su supuesta disculpa honesta no me importaba en lo absoluto. Lo único que quería era salir corriendo para poder llorar en paz.
—Está bien, creo que me lo merecía, fui yo quien empezó a atacarte —acepté.
—No, Alba. Demonios, no quería hacerte sentir mal. No era mi intención.
—Está bien, Eithan. De verdad. Ya lo olvidé. ¿Podemos continuar como si nada?
—No, no podemos. ¿Por qué piensas que lo único que quiero es acostarme contigo?
—Porque, ¿por qué otra razón seguirías aquí? Para estas alturas ya tendrías que haberte ido de Forks, como tanto querías, pero aquí estás. Sé lo que quieres, he visto como me miras —me sentí sonrojarme de timidez—. Y no te culpo, es lógico, porque no tiene sentido que estés conmigo todo el tiempo y me compres cosas y me trates como… como si yo de verdad te importara, si no vas a recibir nada a cambio. Nada es gratis en la vida, ni si quiera las acciones. No soy tonta, yo también esperaba lo mismo de ti, pero luego te conocí mejor y ahora estoy loca por ti y…
Guardé silencio ante tal monumental metida de pata. ¡Era tan torpe y testaruda! Prácticamente acababa de confesarle que el único motivo por el cual todavía no había accedido a dar el siguiente paso era que me había enamorado de él. ¿Qué tanto perdería por culpa de tal descuido? ¿Mi respeto propio? ¿Mi dignidad? Pero, ¿de qué debería preocuparme? Daba igual lo que perdiera. ¿Qué importaba todo eso si él al final se iría, y ya había sido bastante claro cuando mencionó que no éramos nada? Sería sólo la chica con quien se divirtió el verano, un personaje más en su vida. Sería nadie.
Permaneció en silencio mientras analizaba mis palabras, y cuando el entendimiento chispeó en sus ojos, supe que estaba completamente perdida. Su mano se extendió con la intención de tomar la mía, más yo la aparté, desviando la mirada. No estaba dispuesta a soportar el escrutinio de sus ojos.
—Alba… podríamos intentarlo pero, ¿cuánto tiempo duraría?
—Lo sé. Fui muy estúpida al pensar que podíamos. Por favor, sólo déjame —le supliqué, con ojos colmados de lágrimas—. No quiero hablar de esto, ya entendí, está bien. Sólo aparta el brazo.
Se le escapó el aire de la boca. Aproveché la oportunidad abrir la puerta y echarme a correr hacia casa, lejos de él.
...
E.
Contemplé con horror la figura de Alba perderse dentro de su casa.
No supe en qué momento pisé el acelerador y me puse en marcha, aunque mis pensamientos se encontraban demasiado sumidos en la pesadumbre como para conducir con mi rapidez habitual. No dejaba de recrear el rostro devastado de Alba, en sus manos crispadas y su llanto desolado mientras me suplicaba que la dejara ir. En mi estupor, no encontré las fuerzas suficientes para impedir que se marchara, porque apenas estaba terminando de comprender la seriedad de su declaración cuando ya estaba a metros de distancia.
No era propio de mí bloquearme de esa forma, pero nunca se me había presentado una situación como ésta. Ella de verdad creía que mi intención era aprovecharme de ella. ¡¿Pero de dónde carajos sacaba esa barbaridad?! Sí, debía admitir que por más que la idea de llevármela a ella y a su delicioso trasero a la cama era tentadora, en ningún momento se me pasó por la cabeza insinuar algo que la ofendiera y mucho menos presionarla a hacer nada sin su consentimiento. La bofetada que recibí por parte de Amy Anderson en la secundaria cuando me sentí en la confianza de tocarle un pecho mientras nos besábamos me enseñó a jamás meterle mano a una chica si ella no me arrojaba las señales. Y no había nada en Alba que me señalara que quería ir más allá, así como tampoco fui lo suficientemente estúpido como para buscarlas, incluso cuando nuestros besos eran todo menos inocentes.
Estacioné en el porche de mis abuelos, pero no me bajé del auto. A pesar de mi inquietud con respecto al estado emocional de Alba, sabía que era demasiado imprudente de mi parte intentar establecer contacto con ella justo después de haberme ido de ese modo, así que me conformé con un cigarrillo, mientras pensaba en cómo solucionar todo este lío. ¿Qué se supone que debía decirle a una muchacha que acaba de confesar entre lágrimas su amor por mí? ¿De qué manera podía explicarle que, independientemente de la complejidad de mis sentimientos, nuestra relación se encaminaba a un callejón sin salida? Podíamos intentarlo, pero ¿cuál de nosotros desistiría primero cuando el impedimento geográfico fuera lo suficientemente tortuoso como para no poder soportarlo?
Logré conciliar el sueño a eso de la una. Despertarme con un dolor de cabeza fue una especie de presagio que me indicó que mi mañana sería una completa mierda, y no me equivoqué. Alba se negó a responder cualquiera de mis llamadas. Sólo recibí un mensaje de texto de su parte a las dos de la tarde, y casi se me hiela la sangre cuando me pidió disculpas por su comportamiento y sugirió que lo mejor era que no nos viéramos más nunca.
Como me descolgó el teléfono cuando intenté llamarla de nuevo, supuse que simplemente no estaba de ánimos de hablar y por eso recurría a los mensajes de textos. Decidí seguirle el hilo, contestando a su estúpido comentario anterior.
¿Esa es tu solución? ¿No volver a vernos?
Su respuesta tardó menos de un minuto.
¿Cuál es la diferencia? Estás que te vas, y yo ya preparé mi maleta de viaje. Pretendo irme pasado mañana a California a casa de mi tía para vacacionar un poco antes de hacer el registro en la universidad. Podemos despedirnos ese día.
Terminando de leer el mensaje, las manos me temblaban de los nervios. "¿Podemos despedirnos ese día?" Dijo ella. ¿Podemos despedirnos ese día?
Suficiente de toda esta mierda.
(Re-editado. 30/12/16)
(1): Frase dicha por Edward. Extracto del epílogo de "Crepúsculo".
¡Hola muchachinas! Quiero darles DOS avisos importantes:
El primero: en vista de varios comentarios diciéndome que la espera entre cada actualización es algo fastidiosa (como todo, yo me pongo igualita cuando espero actualizaciones de fics) he decidido que les enviaré entre semana (puede ser martes o miércoles), adelantos del siguiente capítulo o de algún otro del futuro. Para no complicarnos demasiado, déjenme en un review quienes deseen el adelanto y se los enviaré, o contácteme a través de mi cuenta de FB en mi perfil de FF. Estos adelantos no serán diálogos y ya, serán cositas medio largas pero que tengan algo que las motive a seguir leyendo la siguiente actualización.
El segundo: No por nada este fic tiene un rating M. Quiero advertir que el siguiente capítulo contiene lemmon, y aunque me fastidie spoilerlas, me parece necesario aclararlo para quienes no se sientan a gusto con escenas explícitas. Por otra parte, quiero acotar que este no es un fic de sexo y que las escenas eróticas son muy puntuales.
*Fin de comunicado*
Ahora sí. ¿Les gustó el capítulo? Por favor déjenme un review comentándome cómo se sienten hasta ahora. También recuerden que, si están confundidas con algo (que no implique un tremendo spoiler) no duden en preguntarme.
¡Hasta el siguiente sábado!
Vicky.
Pd: como siempre, agradecimientos a Martu Vampira, Yoliki, PititaMasenSwan, Emma Emmav, Luz K, Dess Cullen, GPCS. Sonitha Pico, DiOm, Rossy04, cinthia, e Isis Janet
