Disclaimer: Los nombres de Eithan y Alba son de mi propiedad, pero sus espíritus pertenecen a Stephenie Meyer, al igual que la mayoría de los personajes de la historia.


Chapter 10:

Coincidences

A.

—Estoy un poco nerviosa.

No podía dejar de retorcer mis dedos por encima de mis muslos. El sonido del choque de la tenue llovizna contra el parabrisas al menos me proporcionaba una sensación de armonía.

—No seas ridícula, por favor —Eithan se echó a reír—. Es sólo mi mamá. Y olvídate de mis abuelos, ni si quiera cuentan.

—¿Crees que yo les guste?

—Alba, te van a querer. Pero en un caso supuesto en el que eso no pase, me importa una mierda. No es como si necesitara su aprobación, o algo por el estilo.

No le respondí. Debía admitir que era un poco romántico lo mucho que a él le desinteresaba la opinión negativa de su familia, pero a su vez me desesperaba la idea de que su madre efectivamente llegase a tener enfrentamientos con él por mi causa. Ya era suficientemente agotador para ellos el tener que lidiar con las horribles secuelas de un padre de familia muerto.

—No me refiero a si no les gusto como persona, Eithan, sobre todo a tu mamá. Yo puedo ser bastante encantadora cuando me lo propongo y haré que me adore —rodó los ojos, en respuesta a mi falta de humildad—. Se trata de la situación en la que nos encontramos. ¿No le parecerá inadecuado que le presentes a una chica con la que sostendrás una relación a distancia?

La cabina se sumió en un silencio, y estaba segura de que Eithan estaba pensándose una respuesta que me hiciera sentir más segura. El estaba tan angustiado como yo por nuestro futuro distanciamiento.

—Claro que no, tú eres la chica de quien me enamoré y ella no tendrá problemas con eso mientras me vea feliz contigo. Ya hemos hablado de esto. Te lo dije, haremos que funcione

"De quien me enamoré". Iba a matarme del corazón con comentarios de ese tipo.

—De acuerdo —accedí, ocultando mi desconfianza. Tampoco es que me atrevería a confesarle que invertía una buena parte de mi día fantaseando con un sinfín de posibles escenarios, todos incluyendo a Eithans dejándome, Eithans siendo infieles, Eithans enamorándose de una universitaria, Eithans cortando toda comunicación conmigo, Eithans…

—Te lo imploro, cabeza dura, ¿podrías dejar de ser tan necia por sólo un minuto de tu vida y relajarte?

Le jalé un mechón de cabello con tanta fuerza que lo hice gemir de dolor.

—No.

Ciertamente, no estuvo tan mal como pensé. Oliver Hayes y Catherine Lauper, los abuelos de Eithan, fueron los primeros en recibirnos. La señora Cathy me arrastró hasta la cocina y me sirvió una taza de café, sin dejar de parlotear con emoción sobre el decorativo de la casa. Cuando me comentó que yo le recordaba a estas muñecas de porcelana, me eché un vistazo en el espejo y retuve un gruñido, porque tenía razón. ¿Cómo no me va a elogiar? No sé por qué se me pasó por la cabeza que era una buena idea utilizar un vestido color crema muy de los cuarenta, y unas zapatillas muy de los cincuenta. Había empleado un lazo de seda para sujetar la porción esa porción de pelo que a veces estorbaba en mi cara. Evidentemente todavía no conocía lo que era la madurez. Tendría que comenzar a variar mi atuendo.

Esperé impacientemente a que la madre de Eithan apareciera, pretendiendo ser regia y digna en la cocina junto con Eithan y sus abuelos. Aparentemente había dormido todo el día y olvidó que tendría visitas durante la tarde, así que todavía no había terminado de arreglarse.

Después de media hora, escuché sus aceleradas pisadas rebotando en las escaleras. Corrió directamente en mi dirección apenas me vio.

—¡Hola, querida! Soy Elizabeth.

—Alba. Un placer —le sonreí con encanto, estrechando su mano con firmeza.

—Para mí es un placer conocerte. ¡Qué niña tan linda! Eithan habló un poco de ti, aunque no tanto como me gustaría

El interpelado rodó los ojos.

Durante las dos horas que conversé incesantemente con su madre, tanto durante como después del almuerzo, descubrí que Eithan tenía razón. La señora Elizabeth era una mujer sumamente adorable, pero innegablemente excéntrica. Supongo que entendía parte de la personalidad gruñona y dominante de Eithan, ahora que la conocía. No debía ser una tarea sencilla criarse con una mujer que parecía más una adolescente que una mujer adulta.

Entonces surgió el tópico del que todas las madres del mundo están obligadas a compartir con sus nueras: las anécdotas de la infancia.

—Por Dios, madre —gimió Eithan, tapándose el rostro—. Dime que este no es el momento en el que empiezas a mostrarle mis espantosas fotos desnudas de bebé sobre una mesa.

—Eso es imposible, hijo. Esas fotos están en casa.

Me eché a reír a carcajadas. Si había algo que estaba dispuesta a tolerar gustosamente, era a Eithan desnudo con sus redondas nalgas de bebé, tan pequeño y gordito. De ninguna manera quería desperdiciar una oportunidad como esta, pero no quería hacerlo enfadar. Ya tendría otra oportunidad para engatusar a su madre con mis encantos diabólicos.

—Está bien, nada de fotos —accedí, alzando las manos en rendición—. Pero de todos modos me gustaría conocer los detalles vergonzosos de su infancia.

—Detalles vergonzosos es su tercer nombre —respondió Elizabeth con complicidad, fingiendo tristeza cuando Eithan abandonó la habitación mascullando entre dientes sobre la privacidad y la intromisión de las madres—. ¡Hijo, no te vayas! En fin. Siempre tan malhumorado.

—¿Siempre ha sido así? —pregunté con una sonrisa.

—Oh, no, de niño era peor. Durante los primeros años consideramos seriamente llevarlo a un especialista, porque era un niño muy introvertido y con unas manías demasiado extrañas.

—¿Cómo cuales? Cuéntemelo todo.

—No lo sé… No quiero que Eithan se enoje conmigo por hablar de sus cosas —admitió ella, frunciendo la boca con inseguridad.

—Eithan conoce minuciosamente todas las vergüenzas que he llevado en mi vida y mi niñez, y él a mi no me dice nada. Es injusto —insistí, sin molestarme en disimular mi curiosidad cotilla. Elizabeth se vio dubitativa al respecto, pero creo que mis ojos de cachorrito fueron lo suficientemente convincentes como para que accediera.

—Bueno, supongo que tienes razón —agitó delicadamente su copa de vino, mirando hacia el techo con aire pensativo—. Eithan era un niño raro. Feliz, pero raro. No le gustaba jugar a la luz del sol, lo que era un verdadero fastidio cuando queríamos llevarlo al parque, las piscinas del club o a la playa, porque prefería estar más tiempo jugando con la arena bajo la sombra del toldo que en la orilla. Era espantoso acostarlo en la cama, simplemente no quería dormir en las noches y se la pasaba el día siguiente con unas ojeras enormes, durmiéndose por todas partes. Aludía ser un vampiro y que los vampiros no duermen. Eso se lo creí por un rato —se rió—. Cuando se cortaba por accidente se lamía la sangre, aunque supongo que muchos niños lo hacen.

"En fin, Eithan fue un niño muy introvertido, callado, no tenía casi amigos y tampoco le interesaba tenerlos. Prefería ver televisión o jugar videojuegos antes que salir a compartir con sus compañeros de clase. Sin embargo, nunca nos dio problemas en la escuela, siempre estuvo interesado en sus tareas y sacaba calificaciones en promedio buenas, particularmente en las clases de dibujo. Aun así era muy solitario, se la pasaba todo el día pegado al televisor viendo películas y series policíacas y de acción. Yo lo regañaba todo el tiempo porque no quería que viese temáticas tan violentas y adultas siendo sólo un niño, sobre todo cuando tuvo su nueva fijación por los soldados al ver la clásica película Rescatando al Soldado Ryan. Durante casi un mes se la pasó fingiendo ser un soldado, insistiendo en que debía ir a la guerra y luchar honorablemente por su nación. Fue verdaderamente difícil quitarle la ilusión.

"De hecho, tal fue la influencia de tantas películas que una noche, mientras dormíamos, vino llorando para decirnos que su amada se había suicidado por su culpa y su vida ya no tenía sentido sin ella, que todo lo que quería era morir. La última parte me pareció en su momento bastante perturbadora, pues era difícil para mí creerme que Eithan comprendiera el significado de la muerte. Al siguiente día despertó como si nada. Después de eso me decidí por el bendito bloqueador de canales y con el paso del tiempo lo fue olvidando.

—Wow —exclamé, sorprendida ante la amplitud de su ingenio. Eithan era todo un guionista de Hollywood—. Muchos niños son así de imaginativos. Yo, a diferencia de Eithan si fui una niña muy social, aunque odiaba los deportes. Y mi imaginación también volaba, también tuve un amigo imaginario —si es que se podía contar a Edward como mi amigo imaginario—. No se preocupe, señora Elizabeth, yo también fui una niña rara. Le tenía miedo al agua. Todavía le temo.

—¡Oh! Eithan le tenía pavor al fuego. Es decir, verdadero terror. Se ponía a llorar cuando encendía la estufa y salía corriendo y se escondía, y era peor cuando veía a su padre encender sus puros con fósforos. Luego no dejaba que Richard se le acercara, huía despavorido.

—¿De verdad? Él no me había dicho nada —acusé, cruzándome de brazos.

—Se le pasó con los años. Es imposible que siga con eso si fuma como un desgraciado.

En un intento de salvar a Eithan de la ira de su madre, cambié de tema.

—Y… dígame. ¿Cuándo cambió?

—Como a los cinco o seis años, no lo recuerdo bien, aunque fue un cambio radical. En realidad, fui yo quien se lo impuse, cuando comenzó a sacarme de mis casillas. Un día regresó del colegio y nos contó que una muchacha hermosa se le acercó y le dijo que algún día la recordaría. Lógicamente, mi primera impresión fue asustarme, pero después de que Eithan me contó que esta desconocida chica brillaba como diamantes y tenía los ojos como el oro supe que seguramente lo soñó en el preescolar. Le dije que esa amiga no era real y me decidí finalmente por inscribirlo a la fuerza en el club de deportes y Richard lo inscribió en música. Después de un tiempo olvidó todas esas ideas ridículas, comenzó a socializar con otros, siempre salía con sus amigos y participaba en actividades deportivas en la escuela. A partir de ahí si me dio unos cuantos problemas, tuve que ir a la oficina del director más de una vez, pero sus notas siempre fueron buenas. En el colegio fue un muchacho muy alegre, con muchos amigos.

Deseaba reírme para conservar las apariencias, en serio, pero las características físicas de la amiga imaginaria de Eithan daban golpes en mi cabeza; piel brillante y ojos dorados, rasgos propios de los vampiros de mis sueños y de mi Edward Cullen.

Edward, Edward…

—¿Ya dejaron de decir idioteces de mí?

Eithan regresó de su largo paseo con la boca llena de algo que pude distinguir como pastelillos de chocolate. Colocó algunos encima de la mesita de centro, y nos hizo una seña que nos invitaba a comerlos.

—Pero apenas estábamos comenzando —protesté, llevándome un pastelillo a la boca.

—Están locas las dos. Ven conmigo, Alba, te enseñaré mi habitación.

—¿Y perderme toda la diversión? Eres un aguafiestas —argumenté con una torcida de ojos. Tiró de mi mano escaleras arriba y cerró la puerta de su habitación con una frustración falsa—. ¿Qué? ¿Ahora pretendes aprovecharte de mí?

—Créeme, ninguna de mis fantasías contigo incluyen a la chismosa de mi madre en el piso de abajo.

Traté por un momento de fingir que la oración no me excitaba ni un poquito, pero resultó bastante imposible cuando me sostuvo contra él, besando mi cuello y rasguñando mis caderas.

—Vamos, quiero ver tus cosas —me aparté de él con suavidad, ignorando su gruñido reclamo. El antiguo cuarto de Eithan estaba dispuesto con una cama sencilla y una biblioteca, la cual había ocupado con unos cuantos libros, películas, consolas y videojuegos, junto con unos cuantos mangas y animes que se trajo de su casa en Chicago. También contaba con unos reproductores de música pequeñitos. Su habitación temporal cumplía con todas las características que identificaban a Eithan como un adolescente masculino moderno común y corriente, hasta que de pronto ya no lo era—. ¿Qué es eso?

Su mirada voló en la dirección que marcaba la mía. Había un matero pequeño de flores amarillas sobre la ventana.

—Son azaleas —contestó con timidez.

—Muy lindas. ¿De tus abuelos?

Su rostro se encendió de tal forma que por un breve instante me consideré mentalmente inestable. ¿Acababa de ruborizarse?

—No… son mías. Las traje, yo… me gustan las flores, me acostumbré a ser el único que las riega. A Elizabeth se le olvida, y no confiaba en que la vecina iría todos los días a regar las plantas de la casa así que me traje la mía —dijo nerviosamente, esquivando mi mirada de asombro.

¿"La mía", dijo?

—Eso es tan tierno, Eithan. Nunca en mi vida tendré que contratar un jardinero estando contigo.

Su rostro se transformó en una mueca amenazadora que oscureció sus ojos verdes. Tomó el folleto con el que estaba jugueteando desde hace unos instantes, y haciéndolo una bola, me lo tiró a la cabeza.

—Siga así, señorita. Ya seré yo quien se burle de último.

—Eres tan infantil —reproché, antes de que me tomara en brazos y me arrojara de bruces sobre su cama, haciéndome cosquillas y mordiendo mi oreja hasta que las risas eran tan fuertes que no podía respirar—. ¡Y violento! Tu mamá me contó que te metías en problemas en la secundaria. ¿Qué clase de cosas hacías?

—Ella es muy exagerada. Nunca fui tan estúpido, lo más alarmante que hice fue faltar a la escuela a veces, copiarme en clases, discutir con el profesor, derribar junto con unos amigos la puerta del salón y esconderla detrás del estante… Olvídate de eso último. Si fue bastante estúpido.

—Al menos no eras un bravucón que pateaba el trasero de los nerds de la banda y los obligabas a hacer tus tareas.

—Yo nunca estuve de acuerdo con agredir a otros a menos que se lo merecieran. Tampoco me peleé nunca con nadie. Como mucho llegué a molestar algunos. Cosas inocentes. Una vez inmovilizamos a un chico en uno de los postes de la cancha con cinta adhesiva.

—¡¿Por qué harían eso?!

—Porque… ¿quién no lo haría? Era rarísimo.

—Tú también eres raro.

—Pero yo tengo estilo. Ellos si eran unos perdedores.

—¡Eres terrible! —le grité, golpeando su brazo.

Permanecimos tumbados durante media hora, continuando con nuestras anécdotas, pero las palabras de la señora Elizabeth no dejaban de hacer eco dentro de mi cabeza.

—Tu mamá me contó de tus sueños infantiles, y de tus retorcidas historias, también —sus manos se deslizaban distraídamente sobre mi cabello desde la raíz. Comenzaba a sospechar que estaba algo obsesionado con él—. ¿Recuerdas algo de eso?

Eithan refunfuñó un poco.

—Mi mamá es una tremenda cotilla. No, no me acuerdo de nada. Cosas de chiquillos, supongo.

—¿Nada? ¿Ni si quiera de tu amiga imaginaria?

—¿Cuál amiga imaginaria?

—Ya sabes, la chica de ojos dorados y de cuerpo brillante.

—Ah, esa. No, honestamente no me acuerdo de casi nada de las cosas que pensaba de niño. Seguro fueron tonterías.

—¿No te parece interesante? —quise insistir, ladeando la cabeza por la confusión.

—No.

—La descripción de la chica es parecida a la de uno de mis vampiros.

Por la forma en que retiró su cabeza de mi cuello y arrugó el entrecejo, supe que había finalmente captado su atención.

—Vaya, tienes razón.

—Sí. ¿Crees que la conozcamos de algún lado?

—Alba, eso es absurdo. Son tonterías que imaginé cuando era un niño. Y tú ves demasiadas películas —me empujó en la cabeza con un dedo—. Además, ¿qué clase de vampiros que se respetan brillan a la luz del sol?

Minutos más tarde me dediqué a detallar su guardarropa. No era un muchacho muy organizado, en vista de la pila de ropa indebidamente doblada en uno de los rincones. Así que, mientras organizaba cada una de sus camisetas sin dejar de reprenderlo por todo este desastre, me cercioré de la colección de corbatas colgando en uno de los ganchos.

—Son de mi padre, Elizabeth las trajo para regalárselas a mi abuelo —contestó Eithan a mi silenciosa pregunta.

—Me encantan. ¿Por qué no te las quedas? Te verás hermoso cuando seas un serio abogado.

Me di cuenta de que mi pregunta lo había incomodado. Se removió en la cama, pasando una mano por su cabello.

—Yo… No las quiero. Prefiero comprar otras.

Me giré para enfrentarlo, esperando no estar siendo demasiado indiscreta con mis preguntas.

—¿Por qué?

Me pareció sumamente extraño cuando se mordió el labio. Jamás había pillado a Eithan ejecutando un gesto tan inconsciente, lo cual me hizo supone que, o dudaba en involucrarme a su privacidad, o tal vez se sentía nervioso. Estaba a punto de preguntarle si todo estaba bien cuando, inesperadamente, apoyó los codos en sus rodillas y hundió el rostro entre sus manos. Interpreté la desesperación del acto con muchísima confusión, pero el ligero movimiento de sus hombros al sacudirse me hizo comprender que estaba llorando. En medio de mi pánico, arrojé las cosas al suelo y trastabillé hasta llegar a su lado.

—Eithan, ¿estás bien? ¿Qué pasó? —detestaba que los nervios estimularan mi lado más estúpido.

—Estoy bien, sólo… Dios, Alba, necesito decírselo a alguien. Esto me ha estado jodiendo la vida durante años.

—¿Qué cosa?

Suspiró y recobró su compostura, mirándome con ojos vidriosos, pero mortalmente serios.

—Maldita sea, Alba, lo extraño. No tienes idea de cuánto lo quiero, de cuánto lo necesito, pero no quiero ser como él. Todavía le tengo mucha rabia.

Mantuve mi boca cerrada para que pudiese organizar sus ideas, acariciando su mano en un consolador gesto de comprensión. A cambio, él besó el dorso de mi mano, seguido de mis labios.

—Un año antes del accidente, lo descubrí engañando a mamá con su secretaria, una jovencita de no más de veinticinco años. Lo sé porque fui a su trabajo para almorzar con él y no toqué la puerta al entrar, encontrándome a la mujer montándolo como a un caballo. Es prácticamente un cliché. Está de más decir que la discusión que tuvimos fue monumental, y estuve a punto de correr a decirle a mamá lo que pasaba, pero él me convenció de no hacerlo. Sólo tenía dieciséis años, y de verdad le creí cuando me dijo que acabaría con ese amorío. Me dediqué a vigilarlo durante los siguientes meses, y nuestra relación se vio tensa. Me daban ganas de vomitar nada más de mirarlo. Pero la culpa me estaba matando. Ver a mi mamá todos los días actuar como si nada y a mi papá fingir que era todo un caballero simplemente me revolvía las tripas.

"Un mes antes de que muriera lo esperé a escondidas, lo seguí cuando salió del edificio para almorzar, y lo encontré nuevamente con la misma mujer compartiendo un muy apasionado beso. Esa noche lo enfrenté de nuevo y amenacé con decirle a mamá toda la verdad, y le restregué en cara el ser despreciable que era. Alba, te juro que por un momento sentí el impulso de partirle la cara de un golpe, no me importaba que fuera mi padre. ¿Cómo podía engañarla a ella? ¿Una mujer que lo adoraba? Hoy en día agradezco no haber abierto la boca en ese entonces. ¿Qué sería de mamá si se hubiese enterado? ¿Hasta qué punto la dañaría?

Sus ojos llorosos me imploraban que lo comprendiera, que compartiera su dolor. Y así lo hice, sintiendo el pesar ajeno circular en mi interior.

Me arrodillé en el suelo frente a él, envolviendo su rostro con mis manos, llevando mis labios a los suyos para ofrecerle el más dulce de los besos y estrechándolo en mis brazos con fuerza para que pudiese desahogar su llanto sobre mi hombro.

Una vez que Eithan pudo finalmente hacer catarsis, se reincorporó con toda la actitud de un hombre liberado. Demasiado liberado. Cuando se desvió de la carretera para introducirse en el bosque, se deshizo de su cinturón de seguridad y saltó sobre mí, dando por culminada nuestra noche con un poco de sexo dentro del auto. No es que me queje.

Mi madre me envió a por víveres al día siguiente. El clima era un poco insoportable, pero todas las cosas indecorosas que quería que Eithan me hiciera sobre la encimera de la cocina fueron muy útiles a la hora de entrar en calor. Mi imaginación estaba volando más allá de la estratósfera cuando tropecé con una mujer en la sección de las zanahorias.

—¡Ay, mi niña! ¡Cuidado por dónde vas! —reprendió con una voz bastante chillona.

—¡Lo siento mucho, señora! —exclamé con preocupación, pero al alzar la cabeza para mirarla a los ojos, me quedé prendada de su rostro.

¡Mamá!, pensé, con toda la emoción de nuestro encuentro nublando mi juicio. ¡Mamá, mamá…!

Pero esta mujer no era mi madre. Era una señora de tercera edad bastante hermosa, con unos espectaculares y brillantes ojos azules. Me miraba con una sonrisa de disculpa, frotando su corta melena marrón perfectamente teñida.

—Está bien, cariño —respondió con voz serena, una diferente, mientras me observaba.

—No, no está bien —refuté con voz temblorosa, y algo parecido al escozor comenzó a irritarme los ojos.

No es mi mamá, me repetí a mí misma, como si tuviese que recordármelo.

—No te preocupes, yo también estoy distraída —su mirada era triste, pero su actitud completamente radiante—. Tienes unos ojos preciosos.

—¿Qué? —balbuceé con aturdimiento.

—Tus ojos son exactamente iguales a los de mi hija. Es increíble —alzó la mano para acariciar el contorno de los suyos, repletos de líneas de expresión—. Que niña tan linda.

—Eh, gracias —respondí, confundida tanto por su comentario como por el elogio—. A lo mejor la conozco, es un pueblo pequeño. ¿Cómo se llama?

—No la conoces. Se llama Bella, murió hace mucho.

Mi cabeza se alzó con tanta velocidad que no sé cómo no me dio tortícolis. No existían muchas Bellas muertas en este pueblo.

—¿Bella Swan? —al destino le encantaba jugarse con la ironía. ¿Cómo se hubiese sentido esa señora si le dijera que por culpa de la estupidez de su hija, yo no podía dormir en paz? Pero, oh, me arrepentí tan rápidamente por mi indiscreción, que quise huir de la vergüenza a causa de su mirada enfada—. Rayos, lo siento mucho, no quise ser grosera, es sólo que…

—No me expliques nada, niña, no me extraña que su nombre sea popular por aquí. ¿Ves esas señoras de allá? No han dejado de chismorrear y mirarme como si se sintieran en el derecho de opinar acerca de mi vida. Cotorras entrometidas. Odio este pueblo. Si fuera por mí, no volvería nunca, pero tengo que hacerlo, se acerca el cumpleaños de Bella y vine a traerle flores.

—Oh, bueno, estoy segura de que a ella le encantaría —no es como si tuviese muchas opciones de respuesta de pésame; no alcanzaban palabras suficientes en el mundo que pudiesen consolar a una mujer que había perdido a su hija. Sin embargo, tenía este… poderoso e irracional impulso de abrazarla para reconfortarla, porque verla tan desdichada me estaba partiendo el corazón y eso no estaba bien, no era saludable apropiarme de las emociones ajenas.

Yo te conozco.

Me percaté de las latas esparcidas por el suelo, y me agaché para recogerlas y meterlas en el carrito.

—Honestamente, creo que lo que ella menos hubiese deseado es que viniera para acá —a juzgar por la sonrisa de su rostro, pareciera que su mente hubiese volado en dirección a unos recuerdos a los que yo no podía acceder—. Pero no podré venir en marzo a visitarla, así que he traído una enorme reserva de rosas.

Me resultaba demasiado perturbador observar lo emocionada que se encontraba por haberle traído flores a su hija muerta, pero no dije nada. Mis dedos se retorcían detrás de mi espalda con nerviosismo porque quería escapar de ella, de esta charla, de estos recuerdos que definitivamente no me pertenecían.

Sin embargo, antes de retirarme como la cobarde que era, me detuve, porque algo en la fecha llamó mi atención.

—¿Por qué marzo? —me aventuré a preguntar.

—El doce de marzo el aniversario de su muerte. Su padre y yo solemos hacer una pequeña misa —terminó de pagar su compra en efectivo y me dirigió una sonrisa de amabilidad—. Muchas gracias por haberme ayudado, preciosa, despreocúpate aquí, le pagaré a un empleado para que me ayude con las bolsas. Fue un gusto en conocerte.

Embargada en mi propio estupor, apenas logré asentir con la cabeza en despedida, observándola marchar en un paso irregular hasta su camioneta a través de la ventana. La sangre desapareció de mi rostro cuando sus últimas palabras empezaron a tener sentido.

El doce de marzo era mi cumpleaños.

...

Las manos me temblaron durante el resto del camino.

Mientras conducía a casa, la posibilidad de que existiera una conexión directa entre mí y e Isabella Swan me daba vueltas y vueltas. Era sencillamente imposible para mi mente trastornada ignorar un descubrimiento como este. ¿Cómo es que no lo supe antes? Tendría que haberlo escuchado en algún momento, a pesar de que el incidente hubiese ocurrido hace casi veinte… no, dieciocho años, si tomaba en cuenta el hecho de que la fecha de su muerte coincidía con la de mi nacimiento. Las personas raramente recordarían ese tipo de detalles. A lo mejor alguien me lo había mencionado, pero era demasiado pequeña para recordarlo. O tal vez nadie lo recordaba. No lo sabía.

Los sueños, las pesadillas, la fobia al agua. ¿Y sí…?

¡No pienses en eso!

No pienses en eso.

Apreté con fuerza mis manos sobre el volante, anticipando la llegada del ataque de pánico que podría costarme la vida si no prestaba atención a la carretera.

Doce de marzo. ¿Cuántas personas en el pueblo recordarían la fecha exacta de su muerte? Amigos cercanos que vivieran en el pueblo, alguno que otro habitante de La Push… Las malas lenguas del pueblo pudieron haber alcanzado mis oídos ingenuos. Tenía que haberlo escuchado por accidente, porque no creía que alguien fuese lo suficientemente cruel como para decirme en mi cara que mi nacimiento era un mal augurio o que estaba maldita por el simple hecho de nacer el día de su muerte. Mi madre sería incapaz de decírmelo, principalmente. Los únicos que sabían de mi cumpleaños eran mis compañeros del instituto, y a ninguno de nosotros podría importarnos menos la muerte de la loca Swan. Las pesadillas, los sueños, todo sería producto de mi traumatizada mente tras enterarme de alguna forma que en este momento no podía llegar a recordar, el día y el año que nos vinculaba. Yo era sólo eso: una niña incrédula, supersticiosa, y algo mal de la cabeza. Sólo eso.

No pienses en eso.

No pienses en eso.

No pienses en eso.

Y entonces... los recuerdos comenzaron.


(Re-editado. 30/12/2016)

Aclaratoria: Según lo que entendí leyendo Luna Nueva, el 12 de marzo fue la fecha en la que Bella se arrojó del acantilado, debido a que el intento de suicidio de Edward se llevó a cabo tres días después en el 15 de marzo, Día de San Marcos.

A ver... ¿qué tal? ¡Les dije que la acción estaba por comenzar!

SE ACABÓ EL JUEGUITO, así que finalmente nos ponemos serios en esta historia. Les aconsejo cargar palomitas y chocolates para el próximo sábado, porque la siguiente actualización será bastante impactante.

Como dije en algún momento, le enviaré adelanto a quienes me lo pidan en los reviews.

Creo que es todo. ¡Espero sus reviews! Recuerden que estoy respondiendo a dudas que tengan.

Sin más que decir.

Vicky.

PD: como siempre, quiero agradecer por sus reviews a PititaMasenSwan, Luisamarie22, .9, CataAlarcon, Ayer Dormi, Little Whitiee, Lady Stew, Yoliki, pili, mariees , Isis Janet, Emma Emmav, Krom, Cullen-21-gladys, lunaweasleycullen14 , GPCS. Sonitha Pico, Bella Cullen Halliwell, Dess Cullen, MonZe Pedroza, Serena Princesita Hale, somasosa, y todos los "guest". Sus comentarios me motivan, chicas.