Disclaimer: Los nombres de Eithan y Alba son de mi propiedad, pero sus espíritus pertenecen a Stephenie Meyer, al igual que la mayoría de los personajes de la historia.
Capítulo 11
The Cliff
A.
La Universidad de Case Western Reserve iniciaría clases pronto, empujando a Eithan a apresurar su registro e ingreso. Pero el traslado de Eithan apenas comenzaba: debía efectuar una primera parada en Chicago para finalizar su mudanza, antes de abordar un último vuelo rumbo a Ohio, directo a su residencia.
Nuestra verdadera despedida nos había reunido en un encuentro suave, lento, e incluso dulce. Nos tomamos nuestro tiempo para apreciar cada centímetro, cada rincón de nosotros, como memorizando un largo mapa con la palma de nuestras manos y la punta de nuestra lengua. Pensé en todo lo que tendría que soportar antes de volver a tenerlo de esa forma conmigo, deseándome como lo había hecho. Siempre me había considerado una muchacha madura, me había preparado a mi misma para no malinterpretar los sentimientos en las pasiones adolescentes, pero esto era diferente. Lo que había desarrollado con Eithan… era extraterrenal, lo suficientemente intenso como para arrebatarme el aliento. Como un lazo que me afianzaba a él con acero.
Lo quería conmigo. Para siempre.
Cuando lo vi depositar sus cosas en el maletero, había temblado, y me había puesto de puntillas y lo había besado desesperadamente entre lágrimas, aferrándome con fuerza de su cuello porque sentía que la Tierra había perdido toda su estabilidad.
—Te extrañaré —sollocé, arrugando con mis puños la fina tela de su franela favorita. "I don't need sex. My government FUCKS ME every day", tenía grabado.
—Yo te extrañaré más —me acarició el rostro con sus manos—. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Te juro que lucharé por esto.
Luego, me había estrechado en sus brazos con fuerza y jurado su fidelidad en mi oído, asegurando que, pasara lo que pasara, era la mujer más especial que había conocido y que había iluminado todo su mundo. Y entonces, se fue.
La posibilidad de que Eithan me dejara se había convertido en uno de mis más profundos temores. Era como un pequeño monstruo, albergando pacientemente en las profundidades de mi existencia misma.
Mis pensamientos me llevaron al la escena de ruptura del bosque. El dolor que padecía en mis sueños cada vez que Edward Cullen negaba sus sentimientos hacia mí era una cosa, pero sentirlo en la vida real, con Eithan… no sabía hasta que punto me dolería si algún día se hastiaba de mí.
Una sacudida se alojó en mis huesos al recordar mi experiencia con la madre de Isabella. No fui capaz de contarle a nadie lo que me sucedió durante los cinco días posteriores a mi reunión con ella, ni si quiera a Eithan. Padecí en silencio, haciendo frente a la chica que acosaba mis sueños, mi mente y mi cordura.
Todo empezó el día en el que me encontré con su madre. Esa noche, con asombro, descubrí su nombre. Brotó de mis labios como un enigma, cuando me encontraba de rodillas sobre la cama, trenzando lentamente mi cabello con la mirada fija en la luna: Renée Dwyer. Probablemente lo había escuchado en algún momento, pero no sabía decir de dónde, simplemente lo supe. Así como también supe el color exacto de su cabello bajo el tinte, el número de tazas que ingería al día, qué días de la semana utilizaba fragancias cítricas, y de cuál color prefería las cortinas de satén de su sala. El verde. Su color favorito era el verde. Como el collar de esmeraldas que cargaba ese día.
Recordar a esa mujer trajo consigo una nueva ronda de imágenes mentales. Me mordí el labio con fuerza hasta que sangró por dentro, deseando que una energía defensora las ahuyentara de mi vida, pero los esfuerzos parecían en vano.
Decidí dar un paseo para despejarme. Lloviznaba, como de costumbre, y presté atención en no resbalar con mis botas impermeables mientras caminaba en dirección a la camioneta. Antes de abrir la puerta, la observé con detenimiento. Mi pickup no era la gran cosa; había sido un regalo de mi cumpleaños número dieciséis por parte de un buen amigo de mi madre, aunque yo estaba segura de que ese sujeto sólo deseaba deshacerse de ella. En ese entonces, a diferencia de mi mamá, yo no trabajaba ni contaba con ningún medio de transporte, por lo que a pesar de su prehistórica apariencia y ruidoso motor, me pareció más razonable aceptarla que gastar parte del fondo de mi universidad en comprar un auto nuevo. No me arrepentía en lo absoluto de la decisión.
Mientras la estudiaba, pensé en una camioneta diferente. Era roja en vez de azul, e igualmente desgastada, y por alguna razón sabía que se trataba de una Chevrolet muy antigua. Me pareció extremadamente natural imaginarme a mi misma sobre ella en compañía de un más joven y delgado Jacob Black, o siendo la copiloto de Edward cuando la conducía en mi lugar. Evocaciones borrosas de rastros, deformes, pero reales. Ahí estaban.
Me monté sobre la vieja Studebaker y conduje hasta estacionar frente al instituto, rememorando mis momentos más felices. La cafetería del instituto era uno de los escenarios más usuales en mis sueños, así que eché el espaldar hacia atrás para proporcionarme comodidad, mientras me concentré a pensar. Extrañaba a mis compañeros de clase, alegres, unidos, vivaces, y recordando las instalaciones, las aulas y mi anterior rutina, brotaron nuevos presentimientos del lugar y nuevos extraños recuerdos.
Eran estudiantes, emergiendo de las profundidades del olvido como una familia de fantasmas; eran mis amigos, pero no los que estudiaron conmigo hasta hace unos meses. Eran otros, y aunque no conocía sus nombres, si recordaba sus rostros, sus voces, sus sonrisas.
Espectros del pasado, acechándome desde los rincones más insólitos de mi memoria.
Vestigios de lo que parecía ser una antigua vida.
Curiosamente, Renée Dwyer no fue la que determinó qué posición iba a adoptar con respecto a mi situación. De hecho, lo que me hizo considerar la posibilidad de estar vinculada a su hija de una forma sobrenatural fue el momento en el que me sentí extrañamente familiarizada con un tremendo repudio hacia Forks cuando, al día siguiente de la partida de Eithan, me asomé por mi ventana y contemplé los árboles, los helechos, la grama, los musgos. Todo era de un asqueroso y desesperante color verde, como si un alienígena hubiese vomitado sobre todo. No era propio de mí percibirlo de ese modo, yo amaba mi pueblo, pero el pensamiento vino a mi cabeza tan despectivamente que supe que ese rencor no venía de mí.
Venía de ella.
¿De verdad cargaba con el alma de Isabella Swan?
Me estremecí al pensarlo. ¡Era tan frustrante! Experimentar emociones que no me pertenecían, lidiar con el presentimiento de haber visto y hecho cosas que en verdad no había hecho, de imaginar escenarios no visitados y personas que no conocía y que sin embargo recordaba. Mi lado racional me rogaba que no me derrumbara, que todo lo que me estaba pasando no era más que ficción. Pero los anormales recuerdos que enfrentaba parecían tan auténticos que no estaba segura de que se tratara de una fantasía.
Y estos recuerdos no estaban conformados por elementos concretos o estructurados, eran más bien imágenes con una secuencia dispareja y desorganizada, pero muy reales, muy plasmadas. Me la había pasado dando vueltas por el pueblo para ver si lograban aflorar nuevas experiencias, paseándome de aquí a allá por el supermercado, por el instituto, por los bosques, y demonios, todo resultaba tan agobiante que apenas podía mantenerme en una pieza. ¿Estaría volviéndome loca? Creo me sentía un poco loca, porque, ¿qué clase de persona mentalmente cuerda estaría planificando violentar la propiedad privada del antiguo jefe de policía del pueblo para buscar pistas de su hija muerta?
La casa del señor Swan se encontraba en las afueras del pueblo, por lo que localizarla no fue para nada difícil. Todo el mundo sabía donde vivía, incluso yo. Aparqué a una distancia prudencial, de modo que el hombre no sospechara de mi pickup.
Nunca me había molestado en si quiera mirar la fachada del hogar de Charlie Swan hasta ahora. La casita era tan insípida como la mayoría de las del pueblo, pero el color verde pálido de la madera me hizo sentir inexplicablemente molesta y fuera de lugar. Sabía que debajo de toda esa pintura había color blanco incluso cuando nunca antes me había fijado en ella para comprobarlo, y odiaba a quien se le habría ocurrido de arruinarla de ese modo. Toqué el timbre dos veces y me escondí entre los arbustos. Al no sentir señales de movimiento, me detuve frente a un árbol cuya altura alcanzaba la ventana de la habitación de Isabella.
Ni si quiera me molesté en preguntarme cómo demonios sabía todo eso, necesitaba estar lo más lúcida posible para poder hacer esta locura. Me puse a estudiar el árbol mientras amarraba mi cabello con una coleta, calculando por cuál ángulo sería más apropiado apoyar por primera vez el pie. Cuando descubrí una pequeña depresión en uno de los costados, evité pensármelo mucho para no arrepentirme: me afinqué del sitio y me impulsé hacia arriba para sujetarme de una rama. Repetí la misma improvisada maniobra con extremo cuidado, pero dándome prisa para no ser descubierta, hasta que me encontré a la misma altura de la ventana, como a seis metros del suelo.
Me sentí muy decepcionada al notar que la distancia de más o menos un metro que me separaba de la ventana junto con la cortina semi-cerrada no me dejaron distinguir nada de lo que hubiese dentro de ese cuarto. Apenas pude notar el color amarillento del edredón de la cama y una mesita de noche con un marco de fotografía, pero a esta distancia, me resultaba difícil detallarla.
Me las arreglé para bajar sin matarme, aunque en el proceso, mis manos y mis uñas padecieron la furia de la corteza del árbol. Mis palmas ardían como un demonio cuando mis pies tocaron el suelo, pero el dolor fue desplazado por mi frustración al no haber conseguido lo que quería. Supongo que hurgar exitosamente en propiedad ajena sólo se veía en las películas y las series de televisión.
Furiosa, seguí conduciendo hacia las afueras del pueblo, sopesando otras alternativas a la solución de mi problema. Con la adrenalina desapareciendo de mi sistema y mi integridad moral fuera de peligro, podía ponerme a pensar de nuevo en todo este retorcido asunto y mi siguiente paso. La casa de Los Cullen había sido demolida muchos años atrás, por lo que curiosear en la misma no era una elección. Ahora que había quemado todas mis alternativas y lugares pasables, sólo me quedaba una opción: volver a La Push.
Por obvias razones, Jacob Black era el único sujeto disponible y emocionalmente estable que podía proporcionarme información sobre Isabella. Ni si quiera se me ocurría una buena forma de abordar el tema sin parecer una completa desquiciada. Si Charlie Swan me hubiese corrido de su casa si me hubiese atrevido a importunarlo con un exhaustivo interrogatorio sobre su hija muerta, no imaginaba que la respuesta de Jacob fuera diferente. Probablemente terminaría echándome de la reserva con cuatro gritos bien merecidos.
Los empleados se alegraron de verme entrar al punto en el que casi se ponen a gritar. Después de haber saludado y abrazado a todos, me dirigí a la caja, sin sorprenderme de ver Alex jugando con su celular. Su mirada pareció iluminarse cuando alzó la cabeza y me vio para frente a él, haciéndole morisquetas.
—¡Alba! Niña, ¿cómo has estado? Pensé que no volverías más nunca.
Sonriendo de oreja a oreja, se aproximó para abrazarme. Alex era tan alto como Eithan, por lo que terminé rodeando su cintura, contenta y a la vez extrañada por su eufórico recibimiento. No sabía que me quisiera tanto.
—¡Hola, Alex! ¿Qué tonterías dices? ¡Claro que iba a volver!
—¿Cuándo te vas?
—En una semana. Empiezo clases el primero de octubre.
—Te extrañaremos.
Alex era como una versión joven y más pálida de Jacob, e igualmente guapa. Su piel no era tan canela, sino más bien de un trigueño suave, con los ojos más oscuros y un pequeño hoyuelo en la barbilla. Si no lo hubiese conocido tan bien durante todos estos meses, probablemente seguiría pensando que es muy bien parecido. Pero él era para mí algo así como un hermano muy, muy molesto.
—Y yo a ustedes —hice una pausa, dudando—. Hum, Alex, ¿tu papá está por aquí?
Él negó con la cabeza.
—Se fue hace un rato para resolver un problema, pero volverá más tarde.
—Ah, de acuerdo —mi decepción fue seguramente muy notable—, volveré dentro de un rato pero si lo ves, dile que estaré por la playa y que necesito hablar con él, por favor.
—Seguro, hermosa —me guiñó un ojo. Lo más aplaudible de Alex era su completa falta de interés a ser entrometido.
Caminé por la arena, con las manos en los bolsillos, pensando. Sí, las últimas noches me había sometido a la absurda idea de estar experimentado retazos de una vida ajena (en vista de no querer aceptar una seria enfermedad mental), y si mi misión era identificar la veracidad de mis supuestos recuerdos, ¿cómo demonios iba a lograrlo si la mayoría de ellos contaba con la participación de vampiros inmortales y licántropos adolescentes? ¿Cómo podría distinguir cuáles eran ciertos y cuáles no cuando las leyendas de La Push no hacían más que entorpecerlo con toda su estupidez paranormal? Tendría que esperar a que el jefe volviera para poder sacarle un poco de información más realista, si es que conseguía tener éxito. Pero, de no ser así, ¿qué otra cosa podría hacer para seguir recordando?
Mi mirada viajó hacia los acantilados.
Sabía que era probablemente la idea más estúpida de todo el mundo tomando en cuenta mi terror a las aguas, pero no se me ocurría otra cosa que aflorara sentimientos más intensos que el miedo, ¿y qué mejor que hallándome frente a frente con mi mayor temor? A lo mejor surgirían nuevas respuestas, y respuestas era lo que necesitaba.
Regresé a mi camioneta casi corriendo y conduje en dirección al pueblo, pero no tomé la vía que me llevaría hasta ahí, sino que me desvié por la carretera en dirección al sur hasta que me encontré por encima de la playa, a la altura de los acantilados que bordeaban toda la costa. Todo el camino lo conocía muy bien. No era la primera vez que me entraba la curiosidad de querer asomarme por encima de la playa, aunque normalmente me limitaba a observar el espectacular Océano Pacífico perderse en el horizonte, sin acercarme ni una pisca a los peligrosos bordes de los acantilados. Pero supongo que situaciones desesperadas requerían medidas desesperadas, así que tendría que obligarme a acercarme todo lo posible a la punta, a ver si eso despertaba algo en mí.
La intuición fue la que me trajo hasta este momento, porque cuando me encontré en la saliente más alta de todas, a tan solo dos metros del borde de la roca, todo mi cuerpo comenzó a temblar, pero no por el miedo a caer.
El alma se me fue a los pies.
Me hallaba en la escena de la historia, justo en el lugar donde Isabella Swan decidió acabar con su vida al arrojarse por el precipicio, tantos años atrás. Simplemente lo supe, como uno más de mis presentimientos y sensaciones más extrañas. Fue una pura revelación. Sabía dónde estaba porque ya lo había visitado antes, no sólo en mis sueños.
Dentro de mí estalló una catástrofe. Podía sentir la carga eléctrica en el aire, el viento alborotando mis cabellos, el azote de la lluvia que había decidido hacer aparición, y absolutamente todo lo había experimentado. Fue allí cuando el miedo causado por el descubrimiento fue reemplazado por el terror, al encontrarme a tan sólo unos pasos de mi muerte.
Mi cuerpo se sacudía a causa de los temblores, del frío, del pánico, y las lágrimas y la lluvia apenas me permitían distinguir el camino cuando me acerqué al borde y miré hacia el vacío, donde las olas se rompían entre ellas y bañaban las rocas con la espuma. Aquello fue suficiente para toda una vida. La sangré huyó de mi rostro, sentí nauseas, y cuando estaba a punto de salir corriendo de vuelta a mi seguridad, una voz me susurró al oído:
Bella.
Me quedé helada. Yo reconocía esa voz, ese matiz suave, aterciopelado. Mis ojos se salieron de sus órbitas cuando discerní finalmente de quien se trataba.
Era el hombre que me había abandonado, el que me había roto el corazón, el que me había incitado a cometer esta locura dieciocho años atrás, llevándome a la muerte.
Era la voz de mi asesino.
—¿Edward? —siseé, prisionera de mi propia demencia.
Por favor, no lo hagas.
¿Hacer qué?, pensé, sin fuerzas para poder hablar.
No te atrevas a saltar.
¿De qué estaba hablando? No pretendía hacerlo. ¿Saltar? Sólo quería echar un vistazo. Yo no iba a saltar. Yo le tengo miedo a las alturas, al océano. Yo no iba a saltar. Yo no iba a saltar… yo…
Yo voy a saltar. ¿No era para lo que vine, en primer lugar? Mi intención era ponerme en peligro, escuchar a Edward de nuevo, ¿no? Lo de las motos había sido excitante y además funcionó, pero necesitaba algo más peligroso si quería escuchar a Edward. Jacob dijo que se zambulliría conmigo, pero estaba demasiado ocupado con la manada rastreando a Victoria. Billy me había asegurado que Jacob podía cuidarse perfectamente, así que mi preocupación se centraba en adormecer temporalmente mi sufrimiento, más que en el miedo de que fuera asesinado por una vampira vengativa. Yo sólo quería disfrutar un rato, ¿debía renunciar a ésta diversión sólo porque Jake no estaba disponible para acompañarme? Era la única forma de que Edward estuviese conmigo. Porque él me había dejado, porque no me quería.
No fui suficiente para él.
Nunca fui suficiente para ti, le recordé, sintiendo un agujero en el pecho tan desgarrador que me hizo encogerme. Siempre supe que no estaba a su altura, que Edward merecía algo mucho mejor que yo. ¿De verdad esperaba que se quedara conmigo para siempre? ¿Cómo iba él a hacerlo, cuando yo nunca tuve nada mejor que darle? ¿Cómo lo voy a culpar de dejarme, si yo no fui más que una tonta humana frágil y endeble, un micro-episodio más de su larga inmortalidad?
Detuve mis histéricos sollozos y me puse analizar todo con más calma. Ahora tenía la oportunidad de escuchar su voz de nuevo, una aventura más. ¿Por qué llorar en un momento tan alegre como este?
Sonreí, levantando los brazos.
Esto es una ilusión, advirtió, cuando estuve a punto de tirarme de cabeza. Tienes que retirarte.
¿Por qué?
Esto no es real.
Claro que sí, respondí, confundida.
No, no lo es. Alba, empleo mi otro nombre. (¿Desde cuándo tenía dos nombres?). Esto no es real.
Esto no es real.
Esto no es real.
Esto no es real.
¿Quién soy?
Eres yo, esta vez, quien me habló no fue Edward. Era una voz femenina, una que no reconocí como mía. Sin embargo, supe que se trataba de mi misma. ¿Cómo podía esa conclusión tener algún sentido?
Lloré. No podía respirar.
Eso no es cierto.
Claro que lo es. Somos una sola persona.
No. Esta es mi vida. Todo es mío.
Nuestro, corrigió.
No...
Había soportado mucho tiempo sin respirar, pero no fui lo suficientemente rápida. La debilidad venció y se me doblaron las rodillas, impulsándome hacia adelante...
Y caí por el abismo. Atravesé la superficie de las heladas aguas con un impacto que casi me hace perder la conciencia.
Esta vez no tuve oportunidad de luchar. Ni si quiera pude encontrar mi salida a la superficie, porque el pánico y el miedo abarrotaron mis músculos, impidiéndome defenderme del embate de la corriente de la marea, el cual me arrastraba de un lado a otro sin dirección aparente como si fuese un simple harapo. Era más horrible que en mis peores pesadillas, sólo que esta vez no se trataba de un sueño.
Mi caída no era ficticia. Yo no iba a despertar.
El tener a la muerte aguardando a la vuelta de la esquina desbloqueó absolutamente todo lo que mi mente se había empeñado en reprimir durante tanto tiempo, y mientras me hundía en las profundidades, no pude evitar maldecir al destino por la irónica y cruel forma de jugar sus piezas. Ahora que lo veía todo con claridad, comprendía que acababa de perderlo todo, y sólo porque mi terquedad no me dejó ver más allá de mi egoísmo. Si no me hubiese empeñado en remover lo remoto… si tan sólo hubiese ignorado todo lo que me pasaba…
El universo me brindó la ventaja de desconocer todo el daño a mis espaldas para así ser genuinamente feliz. Pude haber cumplido mis sueños como una mujer normal: tener un futuro, amar y ser amada, pero lo desperdicié por completo. Y ahora que moriría, no existían motivos que me impidieran no recordar mi pasado. ¿Era este mi castigo por haber desaprovechado esta segunda oportunidad? ¿Morir llena de arrepentimientos?
Supongo que me lo merecía.
No importaba mi presenta o mi pasado. Mi vida como Isabella Swan ya no significaba nada. Este era el final.
Invertí tanto tiempo imaginando los rostros de mi antigua familia que apenas pude preocuparme por mi madre, quien se destrozaría cuando se enterara de que había muerto. Tampoco volví a escuchar la voz de Edward, aunque honestamente ya no me importaba. Cuando el agua inundó mis pulmones, el miedo que me llenó no se debió al simple conocimiento de que mi vida se acabaría. Mi miedo a morir se debía a que iba a estar sin él. ¿Por qué esperé a estar al borde de la muerte para darme cuenta de cuánto lo amaba?
Era él, era Eithan, era el brillo en sus ojos y la alegría de su risa. Había encontrado al amor, y una vez más, era condenada a perderlo para siempre. Y ahora que no estaríamos juntos, lamenté profundamente no haber hecho más por estar con él. Aparentemente estaba destinada a perder al amor de mi vida en cualquiera de mis existencias.
Me aferré a su imagen con todo mi esfuerzo mientras me desvanecía, pero no tuve tiempo de despedirme.
Sólo… me dejé ir.
…
Mi primera sensación al recobrar la conciencia, fue una dura opresión sobre mi pecho.
—¡Resiste! —alguien gritaba, más no me encontraba lo suficientemente lúcida todavía para diferenciar quien era, porque mi cuerpo estaba demasiado concentrado en expulsar automáticamente el líquido que me quemaba los pulmones y llenaba mi garganta. Ni si quiera las fuertes y constantes embestidas sobre mi pecho y mi espalda eran lo suficientemente dolorosas como para distraerme de sobrevivir.
Sentí un contacto abrasador sobre mi boca y mis pulmones hínchanse de aire, lo cual ayudó que escupiera más agua.
—Por favor, no te mueras, no te mueras. ¡Por favor!
¿Cómo no hacerlo? El mundo me daba vueltas y vueltas, como si el agua todavía estuviese zarandeando mi cuerpo con el fin de desgarrarlo, y un sonido insistente aturdía mis oídos. ¿Serían estas mis últimas alucinaciones, producto de la falta de oxígeno?
Pero no, yo ya no estaba en el agua, sino boca abajo, vomitando como si no hubiese mañana. Entonces, cuando sentí que ya no quedaba nada más que el inaguantable ardor de la sal en mi interior, me desplomé inmóvil, apenas sintiendo el momento en el que me dieron la vuelta y aquél calor delicioso me presionó la garganta.
De pronto fui consciente del frío punzante que me envolvía y mi cuerpo comenzó a temblar, sintiendo el suave choque de algo sobre mi cara. Aun llovía.
—¡Gracias a Dios! —exclamó esa voz angustiada que esta vez sí reconocí. Abrí los ojos, encontrándome a un empapado Jacob a centímetros de mi rostro—. Alba, cariño, ¿estás bien?
No le respondí, mi interior dolía como el ácido, pero logré asentir con la cabeza.
—Te sacaré de aquí, ¿de acuerdo? Te llevaré al hospital.
—No —grazné, tosiendo todavía más agua. Mi mano se aferró débilmente sobre alguna parte de su cuerpo—, no me dejes.
Jacob dudó con un rostro fantasmagórico, sin dejar de estudiar mi rostro, pero me obligué a cerrar los ojos de nuevo porque las molestas sacudidas de mi cuerpo no me dejaban enfocar la vista. Fue después de unos segundos que entendí que los temblores ya no venían de mí, sino de él.
—No voy a dejarte, pero necesitas ver a un doctor.
—Tengo frío… —mis dientes castañeaban tanto que no tenía fuerzas para explicarle que su cuerpo ardía como una llama y que lo único que deseaba era sentir calor. ¿Cuándo se había puesto así de caliente, que no me di cuenta?
Intenté rodearlo con los brazos, presionando hacia mí, pero el desfallecimiento hizo que cayeran inertes a mis costados. No obstante, Jacob comprendió mis intenciones, sentándose sobre la arena y envolviéndome con su enorme cuerpo para empezar a mecerme.
Permanecimos así no sé por cuánto tiempo. La calidez anormal que irradiaba su tacto me ayudó ignorar el azote de la lluvia sobre nuestros cuerpos, y creo que por un minuto llegué a quedarme dormida, pero me desperté cuando lo escuché sollozar junto a mi oído.
—Alex me dijo que me estabas buscando y que estarías en la playa —comentó, estremeciéndose—, cuando no te vi, yo sólo… tuve un presentimiento. Entonces te escuché gritar y corrí a salvarte —su voz se elevó una octava—. ¿En qué demonios estabas pensando, Alba? ¿Cómo se te ocurrió cometer semejante estupidez? ¿Es que acaso no te das cuenta de lo jodidamente peligroso que es esto?
—F-fue sin querer —repuse, tratando de mirarlo.
—¡¿Que fue sin querer?! ¡Pudiste acabar muerta, niña! ¡Muerta!
Ahora me sacudía con brusquedad, sin dejar de observarme con unos ojos colmados de locura, y yo sin tener ni si quiera la fuerza de protestarle que con tanto zarandeo iba a terminar de inducirme más nauseas. Sólo me le quedé viendo, deseando explicarle qué me pasaba, pero no sabía por dónde empezar. ¿Qué era lo que acababa de pasar hace un momento? Podría jurar que me estaba muriendo, pero aquí estaba… ¿Cómo…?
Me concentré en pensar en el momento en el que me caí, pero era como si una enorme pantalla negra se interpusiera entre mí y cualquier cosa en mi memoria. Estaba tan desorientada que apenas podía percibir quien era yo y quien era él, porque la cabeza me dolía como si un bloque de concreto estuviese sobre ella. Lo único que sabía era que hasta hace un momento estuve a punto de ahogarme.
—¿Viniste solo? —fue lo que logré decir.
El arrugó el gesto.
—¿Qué? Sí.
—L-la corriente era muy fuerte —tartamudeé—. Bajo esas circunstancias, sería imposible que alguien m-me hubiese sacado por su cuenta. Pero tú pudiste.
No me contestó. De hecho, creo que estaba demasiado desorientado para prestarme atención. Su pecho sólo subía y bajaba.
No sé qué me pasó. Podría jurar que no era yo quien manipulaba mi cuerpo cuando extendí la mano y la coloqué sobre su mejilla, obligándolo a corregir esa mirada perdida y distante para que la posara sobre mi rostro. Y entonces ya no veía al viejo Jacob Black, dueño de un negocio y padre de familia, mi tutor y mi jefe. Una imagen completamente distinta me llegó a la cabeza: otro Jacob, un chico desgarbado de dieciséis años de sonrisa radiante y fidelidad infinita. Ese era el muchacho que me salvó de mil maneras cuando nadie pudo hacerlo, el que me sostuvo la mano en los días más duros y juró que jamás me dejaría.
Pero, no entiendo, el Jacob que estaba frente a mí era diferente al de mis recuerdos. El Jacob de mi mente era jovencísimo y éste se veía mayor. Aunque, ¡claro! Debo estar confundida, porque yo lo conocí apenas hace unos meses… ¿no? Era imposible que lo conociese cuando tenía esa edad… ¿o sí? Aunque, ahora que lo pienso, solía ayudarlo a reparar las motocicletas… (¿mis motocicletas?) en su garaje. Vaya, ¿hace cuánto de eso? ¿Desde cuándo yo tenía motos? ¿Por qué lucía tan joven? ¿Qué edad tenía él?
Mi cabeza punzó de nuevo, impidiéndome concentrarme. No entendía nada, no lograba organizar mi cabeza.
Él solía tener pelo largo.
—G-gracias.
Me miraba petrificado, sin si quiera respirar. La única señal de vida venía de la chispa intuitiva de sus ojos, más no me respondió, de nuevo. Logró reaccionar segundos luego, colocando sus brazos debajo de mi cuerpo y alzándome como si fuese una muñeca de trapo antes de ponerse a trotar
—Te llevaré a casa.
El camino estuvo rodeado de nuestro silencio mientras conducía. Yo tiritaba, e incluso estuve a punto de quedarme rendida de nuevo, pero Jacob me despabiló cuando nos encontramos frente a mi casa. Mi mamá me dijo no tenía turno esta noche, así que esperaba que estuviese más dormida que un oso en plena hibernación.
—Gracias por salvarme… —le sonreí débilmente, modulando la claridad en mi voz—. Me gustaría poder decir más, pero estoy agotada. Prometo llamarte mañana.
—Ey ey, aguarda ahí, Alba. ¿Esperas entrar sola y como si nada? Voy contigo, me aseguraré de que tu madre te cuide bien esta noche.
Su amenaza hizo que recobrara un poco más la conciencia.
—Ni se te ocurra decirle lo que pasó —amenacé.
—Te acabas de tirar por un maldito acantilado. ¿De verdad esperas que no le diga nada a tu madre?
—¡Mamá se morirá de la angustia si se entera! ¡Por favor, Jake!
Ambos fruncimos el ceño. Jamás me había dirigido a él por su diminutivo.
¿O sí?
—Escúchame bien, chiquilla. Lo que acabas de hacer ha sido la cosa más estúpida del mundo. Tú sabes perfectamente lo que pasó con Bella por hacer esa maldita tontería y cómo terminó. Así que seme honesta, porque no encuentro ninguna otra explicación para que hicieras tremenda locura. ¿Acaso intentabas suicidarte?
Jacob parecía dispuesto a internarme él mismo en una clínica con todo el gusto del mundo, lo cual me estaba empezando a enfurecer, pero fue la mención de Bella lo que llamó mi atención y puso a mi cerebro en marcha de nuevo.
"Eres yo", me había dicho… ¿Quién?
—¿Por qué lo hiciste, Alba? —insistió Jacob, aturdiéndome.
¿Qué por qué lo hice? Lo hice porque necesitaba escuchar a Edward.
No, lo hice porque estaba buscando respuestas.
No, no. Yo no salté nunca, fue un accidente. Yo sería incapaz de saltar voluntariamente.
Yo si salté.
—Te dije que fue un accidente —la cabeza me daba vueltas—. Quería echar un vistazo, pero me resbalé y caí. Lo siento mucho Jacob, de verdad. Estoy bien, prometo llamarte mañana y explicarte todo con calma pero ahora necesito descansar o te juro que me voy a caer en cualquier momento. Por favor no le digas a mamá. Por favor, por favor, por favor…
Él dudó, sin dejar de examinarme, pero creo que fueron mis lágrimas lo que le hicieron dejar de estar a la defensiva.
—Ey, Alba, está bien, has pasado por mucho, será mejor que descanses, ¿de acuerdo? Prometo no decirle nada a tu mamá.
Asentí con la cabeza, agradecida por su comprensión.
—Gracias por salvarme.
Cuando entré a mi casa mamá dormía, como lo supuse. Estaba tan agotada que yacer sobre el duro suelo del recibidor parecía una idea encantadora, pero debía preocuparme por mí salud si no quería despertar con una pulmonía. Mi mente se puso en modo automático: me deshice de las ropas mojadas y las metí en la lavadora, me duché con agua caliente y restregué mi cuerpo con jabón hasta que la piel comenzó a resecarse porque no podía soportar ni una pizca de sal encima. Los minuciosos cuidados capilares que hasta ahora le habían otorgado a mi cabello un aspecto sano y brillante me importaron un bledo, me eché un montón de champú, salí de la ducha, me puse ropa limpia y me oculté bajo el grueso edredón. Ni si quiera supe cuando me quedé rendida a tal punto que no tuve sueños en toda la noche.
Eran las nueve de la mañana cuando me encontré a mi madre en la cocina preparando el almuerzo. Somnolienta, me detuve a comprobar la hora en el pequeño reloj del radio para descubrir que eran las doce del mediodía. Había dormido como diecisiete horas.
—Buenas mañanitas —se burló ella con sarcasmo, revolviendo los espaguetis—. ¿Qué vas a querer? ¿Cereal o almuerzo?
—Cereal —contesté, rehacía a la idea de comer tan pesado todavía—. Buenos días, mami.
—Tienes un aspecto terrible. Tu cabello parece un nido de perros. ¿Dormiste con el pelo mojado de nuevo?
No le respondí, porque honestamente no lo recordaba. Creo que sí.
—¿Trabajas hoy?
—En la tarde, cariño. Me toca el turno nocturno hoy.
—Vale.
Me serví el desayuno y mastiqué con paciencia, lidiando con la pesadez de mis párpados. Dormir tantas horas sólo me volvía el ser más improductivo y flojo del universo. Cuando no resistí más el cansancio, me disculpé para volver a la cama.
—¿Otra vez, Alba? ¿Estás bien?
—Creo que cogí una gripe —argumenté, aunque probablemente lo haría, después de toda esa experiencia de ayer.
Mamá se aproximo para tocarme la frente.
—Si te da fiebre me llamas, nenita, aunque de todos modos creo que sabes qué hacer.
Al despertar de mi segundo letargo, eran las cinco de la tarde y aun me dolía la cabeza. No podía eliminar la desorientación de mi cuerpo y mi absoluto cansancio. De hecho, cuando llegué a la cocina, permanecí de pie frente al microondas durante casi un minuto pensando para qué me encontraba ahí en primer lugar. Cuando recordé que bajé a buscar una aspirina, me serví agua e ingerí la pastilla, y en ese momento sonó el timbre de la casa.
Reaccioné de inmediato, dándome palmaditas en la cara para despabilarme mientras corría escaleras arriba tropezando con todo lo que tenía en frente hasta encontrar una sudadera que cubriera mi desastrosa piyama.
—¡Un momento! —anuncié cuando bajaba, en caso de que el visitante creyera que no había nadie en casa, antes de abrir la puerta.
Primero fue la conmoción: el aire se me atoró en la garganta.
Ni mis sueños más reales le habían hecho justicia. Al fin y al cabo, yo no era más que una mujer sujeta a las infinitas limitaciones humanas, y esa criatura era tan desgarradoramente hermosa que las diferencias en nuestra naturaleza eran indiscutibles. Había transcurrido demasiado tiempo desde que pude deleitarme con una belleza como esa.
Mis rodillas temblaron cuando sus penetrantes ojazos dorados se clavaron en los míos.
El espació se torció y giró, tirando de mi cuerpo como si la gravedad se hubiese transformado, todo en una fracción de segundo. Cada uno de mis propósitos dejó de tener sentido porque comprendí que toda mi vida había permanecido completamente ciega.
Luego, vino el reconocimiento.
—Alice.
ChACHACHACHAN. ¿Qué les pareció? ¿Alguna se lo esperaba? ¡Por favor no me odien! *rueda en el suelo*.
AL FIN Alice decidió aparecer. ¿Que pasará ahora? ¿Como afectará eso la vida de Alba? Evidentemente lo sabrán en la próxima actualización. Por favor no olviden dejarme un review contándome que les pareció el capítulo. No saben cuanto me motiva e inspira leer sus comentarios. Como siempre, les aclaro que estaré respondiendo dudas y enviando adelantos a quienes me lo pidan.
Por otra parte, ¡Ya caaasi alcanzamos los 200 reviews! ¡Wow! ¡No esperaba este recibimiento en la historia, gracias chicas! Como de costumbre, quiero darle la bienvenida a las nuevas lectoras y agradecer por sus reviews a MarieLizCS, GPCS. Sonitha Pico,Jazmín-Li, DessCullen, LeslieCullenJb, Adriu, reinadenerds, MansenAbril, TsukihimePrincess, somasosa, Cullen-21-gladys, Andreagf17, Ayer Dormi, tary masen cullen , Little Whitiee, Isis Janet, Martu Vampira, Ale74, Emma Emmav, lunaweasleycullen14, GaLu Stark, Yoliki, Bella Cullen Halliwell, y pili, y los guest!
Nota importante: Quiero aclarar que como la historia ya empezó a ponerse picante, necesito tiempo para organizar los siguientes capítulos porque ya estamos metiéndonos en información auténtica de la saga de Meyer y necesito preparar bien el esquema de los siguientes caps para no cometer equivocaciones futuras. Es probable que tarde más de la semana acordada hasta ahora en actualizar el siguiente capítulo debido a esto, pero, sin embargo, prometo que el siguiente capítulo será bueno, así que espero que sea suficiente para que mi cabeza no cuelgue durante el tiempo que tarde en actualizar (prometo que no pasará las dos semanas).
En vista de mi anuncio anterior, le enviaré adelantos a quienes me lo pidan en los reviews para que la espera sea soportable.
Sin más que decir por ahora, ¡nos leemos en la siguiente actualización!
Vicky.
pd: en respuesta. mansenabril: no reconozco el fic y tampoco pude localizarlo :( a lo mejor fue eliminado de FF. Si quires adelantos, agrégame al FB, mi cuenta aparece en el perfil de FF. Sería más cómodo aclarar ls dudas por ese medio, en vista que no tienes cuenta en FF. Saludos!
