Disclaimer: Los nombres de Eithan y Alba son de mi propiedad, pero sus espíritus pertenecen a Stephenie Meyer, al igual que la mayoría de los personajes de la historia.
Chapter 12:
The Meeting
A.
Alice fue la primera en romper en silencio.
—¿Me reconoces? —inquirió, con una mezcla de asombro y desconcierto en la voz.
Los ojos se me llenaron de lágrimas.
—¿Que si te reconozco? ¡Oh, Alice! No sabes lo que… ¡No sabes cuánto…!
Sus duras manos me afirmaron antes de que mi cuerpo diera contra el suelo. Apenas podía controlar los sollozos cuando me sostuvo con el mismo esfuerzo que a una pluma y nos acomodó en el sofá, conmigo a su lado. No me restringí de envolver los brazos en torno a su cuerpo, ni si quiera cuando su temperatura me causó un estremecimiento.
Me permitió llorar todo lo que quise sobre su hombro, inmóvil hasta el punto en que por un momento pensé que estaba desahogándome con una estatua. Y a pesar de mi euforia, no pude evitar disfrutar este momento como si se tratara del último. Mi cuerpo parecía reconocer que pasó demasiado tiempo desde que experimentó esta sensación e inhaló este perfume, empujándolo desconsoladamente a celebrar que al fin lo tenía de vuelta.
Después de un rato, sus pequeños brazos me obligaron a retroceder casi con insistencia, afirmándome en mi sitio, y sus ojos me estudiaron con la misma desconfianza con la que se mira por primera vez a un extraño.
—¿Estás bien? —preguntó educadamente. Su voz centellaba como campanas al amanecer.
—Sí —dije en un suave susurro.
—¿Cómo sabes quién soy?
Abrí la boca para responder pero la cerré de inmediato, dándome cuenta de que no sabía qué decirle. Algo no es estaba bien.
Mi cerebro tomó cartas en el asunto, analizando con atención lo ocurrido hace unos minutos. Hasta ahora, sabía que verla despertó en mí un reconocimiento emocional, tan repentino y fugaz que mi reacción hacia su presencia fue automática. Era esta desconocida sensación de amor y cariño hacia ella lo que me hacía comportarme tan irracionalmente. Claramente mi subconsciente la reconocía y le asignaba un valor emocional, pero no sabía por qué.
¿Quién es esta chica?, me pregunté. Intenté pensar en retrospectiva y mi mente se expandió de la misma forma en la que se abre un cofre con una llave antes de introducir la mano y remover los objetos. Recordarla no fue tan difícil. Su nombre era Alice, Alice Cullen. Tenía diecinueve años cuando fue transformada en… ¿vampiro? Era la esposa de Jasper Hale… ¿O era Whitlock? Estuvieron juntos antes de encontrarse con la familia de Carlisle, conformada por Esme, Rosalie, Emmett, Edward…
—Te recuerdo —contesté, insegura. Ella hizo una mueca perfecta.
—Supongo que es una pregunta bastante obvia, a juzgar por tu reacción. Lo que en verdad quise decir es: ¿sabes quién eres?
—¿Qué?
Pude captar cómo mi expresión perpleja descompuso su serenidad. Suspiró con calma, replanteando la pregunta.
—¿De dónde me conoces?
—Bueno, te conozco de… —fruncí el ceño, pensando—. Yo…
Se removió en su asiento de modo que su mirada hechizante se posara directamente sobre la mía. Sus ojos eran amarillentos como el topacio, casi dorados, como tantas veces había podido apreciar en mis sueños durante tantos años. No podía desprenderme de sus pupilas.
—¿Sabes quién eres? —repitió, sin si quiera parpadear.
Me puse en pie, alejándome de ella y de sus persuasivos ojos. No entendía cual era el empeño en hacerme la bendita introspección y eso comenzaba a ponerme furiosa. ¿Que quién soy? Soy Alba Reeves. Nací en Forks el doce de marzo de 2006 y he vivido en el mismo pueblo durante dieciocho años. Mi madre se llama Emma Marshall y mi padre Oscar Reeves, aunque este último me abandonó cuando era un bebé. He sido una niña muy feliz desde que tengo memoria. Mis amigos del Instituto se llaman Jennifer, Cameron, Oliver y Arthur. Estoy preparándome como bailarina de ballet clásico. Pronto iré a la universidad a estudiar Literatura y planeo construir un futuro con Eithan Grant, mi actual novio…
Sentí mi respiración paralizarse. Sí, ciertamente mi nombre era Alba Revees, pero sólo durante la mitad de mi vida. En realidad, mi primer nombre fue Isabella Swan… Bella, como prefería que me llamaran. Nací en el trece de septiembre de 1987 en Forks y viví ahí con mi madre sólo unos cuantos meses, antes de que abandonara a mi padre Charlie y se marchara conmigo. Crecí la mayor parte de mi vida en Phoenix, hasta que mi madre se casó con su nuevo marido, lo cual me incitó a tomar la decisión de mudarme nuevamente a Forks con mi padre. Conocí entonces a los Cullen. Me enamoré de Edward Cullen. Estuvimos juntos hasta que me dejó cuando cumplí mis dieciocho años. Mi sufrimiento duró sólo unos meses, y entonces... entonces...
Soy Bella Swan.
Morí y nací el doce de marzo del 2006.
Mi nombre es Alba ahora.
—Yo… —me tembló la voz, temerosa de escuchar esa afirmación tan dolorosamente impactante—. Soy Bella. Bueno… era Bella. Mi nombre es Alba ahora.
Decirlo en voz alta resultó ser todavía más sorprendente, y mis manos fueron automáticamente hacia mi boca. Trazando una línea de tiempo con el orden de los acontecimientos, mi mente fue rellenando con coherencia cada uno de los vacíos para darle sentido a mis palabras, como piezas de un rompecabezas. Los recuerdos se amontonaban en mi cabeza uno detrás de otro conforme iba deshilachando los detalles y las causas: mi vida en Phoenix, mi madre Renée, mi padre Charlie, mi llegada a Forks…
Hola, me llamo Edward Cullen. No tuve la oportunidad de presentarme la semana pasada. Tú debes de ser Bella…
—¿Ya estás bien? —alguien me hablaba.
Alcé la cabeza para encontrarme con la mirada preocupada de Alice. Yo estaba sentada sobre el suelo, envolviendo mis rodillas con mis brazos y llorando en silencio.
—Creo que será mejor que te recuestes. Has permanecido con esa postura durante los últimos cuarenta minutos.
¿Cuarenta minutos?
Estaba tan pasmada que no supe en qué momento me levantó del suelo y me depositó de regreso en el sofá. Di un respingo cuando puso sus heladas manos sobre las mías. Observé la piel blanquecina de sus dedos.
—¿Qué dices? ¿Qué yo…? Yo… ¡Oh, Dios mío! —fue entonces cuando caí en cuenta de todo. Llevé las manos a mi cabello y tiré de él con fuerza, queriendo arrancarlos desde su raíz—. No, no, no, ¡no! ¡Esto no puede ser verdad! ¡No lo es! ¿Por qué esto está pasando? ¡Oh! ¡Charlie, Renée! ¡Mis padres! ¡Esto tiene que ser una pesadilla!
Mi cuerpo comenzó a sacudirse. Alice presionó fuertemente mis hombros y me obligó a mantenerme quieta.
—¿Bella? ¿Alba? Tienes que calmarte…
—¡Qué me calme! ¡Alice, esto tiene que ser un sueño! ¡Esto no puede ser verdad! —lloré, arrugando su bufanda con mis manos—. Dime que es mentira. Dime por Dios que nada de esto es verdad. Dime que me he vuelto loca.
Con el rostro contraído del dolor, negó con la cabeza.
—Me temo que nada de esto es un sueño y tampoco has enloquecido. Estoy aquí, y por algún motivo que todavía no logro entender tú también lo estás. Aparentemente eres quien me dijiste hace un momento. Puede que seas Bella.
Comencé a sollozar, y esta vez más fuerte que antes, mientras entendía al fin quien era y dónde me encontraba. La imagen de mis seres queridos circulaba en mi cabeza desde todos los ángulos posibles, entre todas las situaciones, y por un momento pensé que me moriría.
—¡Oh, Alice! —grité, contorsionándome del dolor que me aplastaba los huesos—. ¿Qué fue lo que hice? ¿Qué fue lo que hice?
—Te traeré agua.
De reojo, la vi levantarse y dirigirse la cocina. Regresó en un parpadeo con un vaso de agua y una aspirina, las cuales consumí obedientemente. Había logrado controlar mis sollozos, aunque mis manos aún temblaban. Me dejó tranquila durante varios minutos, esperando a que me calmara.
Todo este tiempo estuve equivocada. No era el pasado de una joven desconocida el que me torturaba. Era el mío. Mi subconsciente se encargó de mantener en lo posible mi vida, y ahora mi mente consciente había decidido finalmente traerla a la luz.
Hasta el infierno hubiese tenido más misericordia.
—¿De verdad eres tú, Bella? ¿En verdad sabes quién soy?
Intenté hablar, pero no me salía la voz.
—Sí, sí. Te recuerdo, Alice, a ti, a los Cullen, su secreto. A Edward… Los recuerdo a todos.
A continuación, y pese a mi sufrimiento, sus labios se abrieron en una amplia y encantadora sonrisa.
—Durante todos estos años jamás descarté la posibilidad de que te conocía. Y al fin puedo comprobarlo. ¡Estás viva!
Esta vez fue ella quien me estrechó en sus brazos. Me entumecí en el momento, en su delicioso aroma y en la textura de su diminuto cuerpo tan aparentemente frágil pero duro como el mármol, y fue inevitable que mi pulso se tranquilizara.
Su entusiasmo se extendió hasta sus piernas cuando dio pequeños brincos sobre el mueble, antes separarme de su cuerpo y sostener delicadamente mi cabeza entre sus manos, pero yo estaba demasiado alucinada como para reaccionar al contacto.
—Te ves tan… diferente. En el buen sentido, claro —determinó, examinándome con cuidado—. Sigues siendo muy bonita. Esto es simplemente increíble.
Me concentré unos segundos en internalizar los hechos y vincular todos los acontecimientos. Conforme los recuerdos de Bella tomaban su lugar, también lo hacía el raciocinio.
—Tú… ¿Cómo supiste quien era yo?
—Eso debería preguntarte yo a ti —señaló, acariciando mi cabello con gentileza—. Horas atrás tuve una visión tuya donde no sabías quien era, pretendía decir que me equivoqué de casa o cualquier otra excusa sólo para justificar mi presencia. De hecho, estaba pensando en la forma más rápida de ganarme tu amistad, porque no quería perderte de vista de nuevo ahora que sabía quién eras o… bueno, quien fuiste. Pero luego te vi saltando a mis brazos, justo como ahora. ¿Qué pasó?
—Supongo que... te vi los ojos. Me recuerdan a…
Callé. Alice lo entendió al tiro.
—Necesito que me cuentes todo.
Me aclaré la garganta, sin tener idea de por dónde empezar. Ella se acomodó en su asiento. Cualquier persona pensaría que se encontraba realmente agotada, pero yo conocía claramente las cualidades físicas de su condición como para saber que su actitud era simple cortesía, como invitándome a hacer lo mismo que ella. Seguramente pensaba que me desmayaría en cualquier momento. Creo que no faltaba mucho para que eso pasara.
—He soñado con mi vida como Bella desde que era una niña. Aspectos de mi vida, como la escuela en Phoenix, algunas cosas de mi niñez, y toda mi estadía en Forks. Yo… arrastré muchas cosas de mi pasado, pesadillas espantosas y recuerdos turbios y tormentosos, como cuando salté del acantilado y me ahogaba. He temido del océano durante toda mi vida, y llegué a pensar que eso se debía a que la historia de la muerte de la misteriosa chica le había dado tantas vueltas al pueblo que se me metió en la cabeza y me condicionó a temerle al agua, pero ahora sé nunca fue eso. Ahora sé que el único motivo por el cual estaba tan aterrada de tocar el mar es que yo… en el fondo, sabía cómo morí y no quería repetirlo, y aun así pasó de nuevo.
Guardé silencio. La catastrófica sensación de morir ahogada era demasiado dura para querer ser recordada, y yo era lo suficientemente desafortunada como para haberla experimentado dos veces.
—El punto es —proseguí—, que yo también he soñado contigo. Con todos ustedes —esperé que quedara bastante implícito a qué me refería, porque todavía no estaba lista para pensar demasiado en Edward—. Desde siempre. Siempre he sabido que eran vampiros, pero pensé que sólo era mi mente jugando con las leyendas de La Push. Siempre lo supe, pero nunca quise verlo. Y ahora, al verte… simplemente me acordé de ti y de todos, o al menos, de su mayoría. Estoy muy confundida.
¿Confundida? Estaba aterrada. Hasta hace unas semanas, llevaba una vida medianamente común al igual que cualquier persona en este mundo, cuando de la noche a la mañana descubro que soy nada más y nada menos que la reencarnación de Isabella Swan, la chica que me atormentó durante toda mi vida como un fantasma.
Un estremecimiento me recorrió mi cuerpo.
—Pero hay algo que no comprendo, ¿cómo me encontraste?
—Te vi —comenzó a explicar—. Incluso antes que ahora. He tenido visiones tuyas desde que eras un bebé. Al principio no le di mucha importancia porque supuse que no eras más que una humana con quien nos toparíamos en algún momento, pero llegué a preguntarme qué tenías de especial que mi don me empujaba tan insistentemente en tu dirección.
"Quiero que entiendas que mis visiones contigo fueron borrosas, breves y muy, muy esporádicas. Por algún motivo me resultaba difícil conectarme contigo. Sin embargo, llegué a presenciar cosas sencillas aunque significativas para ti. Tu primer recital de danza, tus concursos de deletreo, e incluso tu primer enamoramiento. Después de dieciocho años de eso empecé a hartarme, considerando que a lo mejor yo misma estaba empeñada en tu recuerdo y que había malinterpretado todo. Luego… —hizo una pausa vacilante, mediante estudiaba todas mis reacciones—. En fin, no sabía dónde estabas y mis visiones no me aportaban suficiente información como para localizarte, eran bastante breves. Pero la sospecha más ínfima se confirmo cuando te vi caer de un acantilado, y entonces supe quien eras. Era demasiada casualidad como para ignorarlo.
"Vi como te ahogabas y esperé a que salieras, pero todo se volvió negro y comprendí que habías muerto —se estremeció, con la expresión arrepentida—. Era como si se repitiera la historia, torturándome de nuevo con sus meticulosas garras. No pude soportar la culpa de no haber hecho nada para impedirlo, tenía que hacer algo, así sea para despedirme por última vez. Me subí a un avión sin importar las improbabilidades y mientras venía hasta acá tuve una visión tuya conversando tranquilamente con tu madre. Por alguna razón esta vez sí pude reconocer la fachada de la casa y vine hasta aquí, y… aquí estamos.
—¿Quieres decir que ya me habías visto caer por el acantilado antes?
—Te vi saltar hace dieciocho años, e igual que ahora, no saliste a la superficie. Sólo que para aquella ocasión efectivamente si moriste —sus manos viajaron a su rostro y lo ocultaron, antes de dejarlas caer a sus costados, mostrando un rostro repleto de tormento—. Moriste, Bella. Observé tu cuerpo tendido en urna y asistí a tu funeral. Presencié como te enterraban para siempre. Estabas muerta,y sin embargo, aquí estás, conversando conmigo como si nada hubiese pasado.
La miré atónita, sin fuerzas ni para derramar una lágrima. ¿Qué podía responder? ¿Qué cosa en este mundo podría ser lo suficientemente coherente como para justificar todo a lo que nos estábamos enfrentando? Sólo pude quedarme ahí, contemplándola, sin saber qué decir.
—Lo siento.
—¿Que lo sientes? —su mirada se endureció. De pronto, sus facciones se tornaron verdaderamente tétricas—. ¡Todo esto es culpa de Edward! Le dije que algo así terminaría ocurriendo, que te matarías del despecho, ¡pero no me escuchó! Y ahora, ¡míranos! ¡Toda una vida acabada!
—Yo no me maté, Alice —musité, tratando de ignorar esa punzada de dolor en mi pecho.
Edward se me adelantó y abrió la puerta. Me detuve en el umbral.
"¿Estaba abierta?"
"No, usé la llave que está debajo del alero" Entré, encendí las luces del porche y lo miré enarcando las cejas. Estaba segura de no haber usado nunca esa llave delante de él. "Sentía curiosidad por ti".
"¿Me has espiado?"
Esbozó una sonrisa.
"¿Qué otra cosa podía hacer de noche?"
Alice me lanzó una mirada enfurecida.
—¿Cómo que no te mataste?
—Te estoy diciendo que yo no me lancé para suicidarme —conforme escudriñaba los fragmentos en mi memoria, el dolor de cabeza incrementaba—. Había visto a unos chicos en La Push hacerlo por diversión y quise intentarlo. Pero como Jacob estaba… ocupado, decidí intentarlo por mi cuenta. No sabes cuánto lo siento.
—¿Quién es Jacob? —inquirió Alice. Vaya, excelente pregunta.
—Era mi amigo… es decir, es mi amigo. Es mi jefe, de hecho. Bueno, era mi jefe.
—No entiendo nada.
Suspiré, sin saber por dónde empezar.
—Jacob Black era mi mejor amigo. Solía frecuentar mucho en La Push para verlo. Fue el único que pudo sacarme de mi depresión cuando ustedes se marcharon. El caso es que por alguna razón del destino también lo conocí en esta vida. Hasta hace no mucho era jefe cuando trabajaba en su cervecería, y también nos hicimos buenos amigos, aunque no como antes, claro. Él fue quien me salvó de morir ahogada ayer.
Eso pareció llamar su atención. Me miró con perplejidad.
—¿Te saco él solo? ¿Sin ayuda?
—Sí…
Comprendí por donde iba a la cosa. Me resultaba tan natural sopesar la existencia de seres míticos que no tuve tiempo para considerar el hecho de que mi jefe era un hombre lobo y que una espectacular vampira de más de cien años se encontraba sentada en el sofá de mi sala.
Pensé en mi pasado como Bella con Jacob, tratando de recordar todo lo que involucraba. Recordé a los Quileutes, en el motivo de su transformación su tratado con los Cullen. Entonces recordé su fuerza y su velocidad, y un bombillo se encendió en mi cabeza. Alice tenía razón, resultaba imposible que un hombre haya podido sacarme sin ningún tipo de ayuda de la corriente de la marea. ¿Jacob continuaba transformándose? ¿Era eso posible? ¿Desde cuándo?
Alice esperaba pacientemente a que yo hablara, y aunque dudé, decidí que no había ningún problema en contarle toda la demencia a la que Bella se enfrentó.
—Jacob es un hombre lobo, al igual que también varios muchachos de La Push. Comenzaron a transformarse cuando ustedes volvieron al pueblo. Pero sus antepasados conocieron a Carlisle hace como cien años y llegaron a un acuerdo con él por ser diferente.
Me sentí un poco enojada porque ninguno de ellos me contó una cosa tan emocionante como esa, sino que tuve que enterarme de todo por Jacob, muchos meses después. Si los vampiros eran reales, ¿qué les costaba decirme que los licántropos también lo eran? Asumo que Edward tuvo algo que ver en eso.
Me concentré en el rostro de Alice para no volver a pensar en él. Recordarlo sólo era un distractor.
—Conozco el tratado, aunque todavía no me había encontrado con Carlisle. Licántropos. ¿Estás segura de eso, Bella? Jamás percibimos rastro de ellos —parecía bastante irritada por este hecho.
—Supongo que nunca abandonaron La Push. En fin. Son bastante fuertes, imagino que por eso logró salvarme.
Ella lanzó un bufido.
—Bueno, al menos eso explica el olor que bordea tu casa.
—¿De qué hablas?
—En vista de lo que me has dicho, sospecho que un licántropo pudo estar merodeando, y es reciente. Nunca había olido antes un efluvio como ese.
—¿Un hombre lobo estuvo aquí?
Ella se encogió de hombros.
—Me figuro que sí.
—A lo mejor fue Jacob —le expliqué, entendiendo—. Él me visitó hace unas semanas, pero también me trajo ayer.
—Sí, puede ser —respondió, no muy convencida—. De todos modos, Bella… Qué ridículo. Durante todo el tiempo que estuvimos lejos estuviste juntándote con licántropos, incluso ahora.
Medio esbocé una sonrisa.
—Aparentemente.
Sacudió su cabeza en desaprobación.
—Esto es tan absurdamente insano, parece mentira. Nadie pudo haber estado mejor que tú cuando los vampiros nos marchamos de Forks, pero tú decidiste juntarte con los primeros monstruos que te encontraste.
Algo similar al odio comenzó a corroer lentamente en mis venas. Lo reconocía por el calor en mi rostro y los temblores contenidos de mis manos, como si quieran golpear algo. No me molesté si quiera en pensar en mis palabras antes de expulsar mi vomito verbal.
—¿Cómo puedes decirme eso? —no podía creer que después de todo lo que había tenido que sobrellevar por su culpa, Alice se haya atrevido a acusarme de algo—. El que tuviera que relacionarme con los licántropos no es culpa mía. Además, a ningún de ustedes les interesé ni un ápice cuando tomaron sus cosas y se marcharon, ¡y con Victoria al acecho! ¿Qué esperaban que hiciera?
Alice se quedó helada.
—¿Victoria?
Volví mi cabeza hacia la pared, esforzándome en contener las lágrimas.
—Victoria estuvo aquí. Intentó matarme —dije en un hilo de voz.
Sacudió nuevamente la cabeza.
—Necesito que me expliques qué pasó.
Lancé un suspiro resignado. No tenía otra salida, así que durante la siguiente media hora me dediqué a relatar los peligros en los que me vi envuelta, tratando de no pasar nada importante por alto. Le conté sobre mi desánimo, mi amistad con Jacob, mi aburrimiento y mi fijación por los peligros. Rememorar los detalles minúsculos de los acontecimientos hacía que me doliera la cabeza y que se me cansaran los ojos. Me percaté de que mis recuerdos relacionados con Edward me tomaban mucho menos esfuerzo, así que reculé cuando estuve a punto de confesar mis alucinaciones con él. No estaba lista para desplomarme aun y no quería presenciar nuevamente la mirada peligrosa de Alice.
Lo escuchó todo inmóvil y sin interrumpirme, sosteniendo una fina arruga en su frente hasta que se quedó grabada en su rostro como en una escultura.
—¿No sabes si lograron capturarla? —murmuró cuando terminé de hablar.
—No. Morí antes de que Jacob pudiera decírmelo.
Su expresión se alteró y posó su vista en el regazo.
—No sabes cuánto lo siento, Bella. Pude haberte salvado si hubiese procurado más seguir a mis instintos en vez de los de Edward. Podría comprender si me odiaras ahora.
Me horrorizó verla tan afligida. Alice estaba sufriendo, sufriendo de verdad, y yo no hacía más que lanzar indirectas para culpabilizarla de algo que desde un principio estuvo fuera de su alcance.
—No te odio, Alice —me apresuré a excusarme—. Lamento lo que dije. No es tu culpa, es mía. Fui yo quien se lanzó de ese estúpido acantilado.
Alice hizo un gesto de dolor, y entonces mi celular comenzó a sonar. Mi corazón se volcó al ver en la pantalla el nombre de Eithan. En medio de toda esta situación no había tenido tiempo de pensar en él ni una sola vez, y estaba segura de que no la tendría tampoco durante las próximas horas, como mínimo.
Pulsé el botón de "silenciar" y dirigí mi mirada a Alice, encontrándomela con sus ojos atentos bien fijos sobre el celular.
—¿Quién es Eithan? —preguntó con interés.
—Él es… —me aclaré la garganta—, bueno, es mi novio.
—Ya.
Me sentí tan culpable que no pude mirarla mientras lo decía. ¿Qué diría ella ahora que mi nueva vida trajo consigo nuevos lazos y nuevas experiencias? ¿Se sentiría traicionada?
Me mordí la lengua para contener el llanto porque por más que quisiera evitarlo, se alborotó todo aquello en lo que había evitado pensar. Y entonces, de repente, sentí la furia crecer dentro de mí. ¡Pero bueno! ¿Qué importaba lo que pensara Alice, al fin y al cabo? Edward me dejó muy claro que ya no me quería cuando me abandonó hace casi veinte años. Sí Alice era mi amiga, ¿no debería alegrarle que al fin haya encontrado a alguien que sí correspondiera a mi amor? ¿Un humano completamente normal, al igual que yo? En honor a la simpatía que Edward sintió por mí, si es que existió alguna, ¿no hubiese querido él lo mismo?
Me rendí. No pude eludirlo por mucho más tiempo, así me concedí llorar por él, mientras que los recuerdos de nuestros meses juntos se agrupaban uno tras de otro, vulnerando mis defensas y aplastándome hasta dejarme sin aire. Ahora que me permitía pensar más en nuestra pasajera relación me daba cuenta de que toda la vida estuve equivocada. Edward fue real,esreal. El amor que sentía con por él fue tan potente que mi espíritu se empeñó en conservarlo incluso traspasando las barreras de la muerte, torturando y endulzando mis sueños a lo largo de esta vida, como un tenue residuo del pasado.
Nuestro prado. La ruptura en el bosque. Mis alucinaciones. Todos esos meses de completa desdicha… Mis pasadillas con Edward no fueron mentira, fueron recuerdos. El príncipe de mis sueños era la sombra del hombre a quien había adorado con toda mi alma y que me había roto el corazón.
Alice terminó por estrecharme en sus brazos, consolando cada una de mis lágrimas, de mis sollozos, de mis jadeos desgarrados.
—Debí suponer como te pondrías. Perdón por haber sido tan indiscreta —se lamentó ella. Sonaba verdaderamente arrepentida.
—No, no, está bien Alice. Había evitado pensar en Edward porque no sabía cómo me sentiría, lo recuerdo con mucho detalle. Pero ahora que lo hice me cuesta mucho reconocer lo que todavía siento por él —me aparté para mirarla—. ¿No estás enojada, verdad?
Abrió los ojos como platos, alarmada.
—¿Por qué tendría que estar enojada?
—Por haberme enamorado de otra persona, también.
Ella abrió todavía más esos hermosos ojos. Parecía que se saldrían de sus órbitas en cualquier momento. Y el observarla tartamudear por primera vez me dejó todavía más insólita. ¿Desde cuándo los vampiros tartamudeaban?
—¿Qué? No, Bella, claro que no… Eso está bien.
—Alba —corregí, molesta.
Ella parpadeó aturdida.
—¿Prefieres que te llame así?
—He sido llamada de esa forma durante los últimos dieciocho años —me puse de pie y sin remedio alguno comencé a caminar nerviosamente en círculos por la sala, temblando como una hoja—. Alice, ya no soy la misma persona que fui antes. Ahora tengo otra vida. Me gusta esta vida. No tiraré todo eso por la borda sólo porque tú decidiste aparecer.
—Jamás quise decir eso —empezó a decir, pero yo estaba demasiado alterada como para modular la acidez de mis palabras.
—Por más que me duelan mis padres, por más que ame a Edward… Maldita sea, por más intenso que sea mi pasado como Bella mi voluntad cambió. Mis prioridades cambiaron. Soy Alba Reeves, lo he sido por dieciocho años. Tengo otra madre a quien también amo, estoy perdidamente enamorada de otra persona. Iré a la universidad pronto y tendré un futuro, envejeceré, como Edward tanto quiso —el pecho me dolió nada más de pensarlo—. No dejaré que mi pasado me arruine todo esto.
¿Cómo podía explicarle lo difícil que era para mí enfrentarme a todo esto? En mi cabeza, todo circulaba con la naturalidad con la que se contempla el mundo desde el nacimiento. Para mí, mi vida pasada y presente difuminaban a tal punto en que me costaba localizar las diferencias, porque ambas se limitaban a una sola y continua existencia. Como si nunca hubiese olvidado, como si siempre hubiese estado ahí, sintiendo lo que sentía y viviendo todo lo que vivía. ¿Cómo demostrarle lo duro que era para mí lidiar con mi pasado? ¿Con todo el dolor? ¿Con todo lo que había perdido?
Lo perdí todo.
—No tienes que renunciar a nada de ello —susurró, sus ojos puestos en el suelo—. Mi intención jamás fue sacudir el pasado de este modo. La verdad es que venir no fue una buena idea.
Quería decirle que no se equivocó, que me alegraba tenerla de vuelta, pero no estaba segura de nada. Tenía que admitir que mi vida era mucho más sencilla sin todo este conocimiento, pero ahora que mi pasado salía a la luz no sabía hasta que punto eso afectaría en mi vida.
Pensé en Renée. La loca Renée. ¿Cuánto la habré hecho sufrir por mi imprudencia? ¿Y a Charlie? Todos en el pueblo sabíamos que se casó unos años después pero que ese matrimonio se desintegró en muy poco tiempo. Él estaba solo. ¿Cuál sería mi siguiente paso ahora que estaba consciente de su existencia? ¿Sería capaz de continuar con mi vida como si no hubiese pasado nada? ¿Sería capaz de abandonarlos?
Luego pensé en Edward. Edward, quien probablemente se encontraba en algún lugar del mundo, tan hermoso como eterno. Si Edward volvía… ¿qué haría yo? Lo extrañaba, eso era cierto. Su recuerdo me dolía tanto que me costaba el simple hecho de pensar en su rostro, pero ahora tenía a Eithan y sabía que no era correcto renunciar a él por un amor que desde un principio estaba destinado al fracaso. Edward era una criatura espectacular e inmortal, y yo no era más que una humana. ¿Cómo fui capaz de si quiera considerar el acabar con toda mi vida por estar con un ser que sólo me usó para mantenerse distraído? Él me dejó. ¿Cómo podía ser eso amor?
La posibilidad de que a Edward se le ocurriera presentarse de nuevo me hizo darme cuenta de algo. Él leía la mente. Y si Alice estaba aquí, ¿dónde estaba Edward?
—Alice. ¿Edward sabe de esto?
Al fin se atrevió a levantar la vista del suelo, más no respondió. Simplemente se limitó a mirarme en silencio. ¿Por qué no me respondía? ¿Había peleado con él?
Algo en sus ojos de alguna manera me llevó a pensar nuevamente en Eithan. Durante el mes y medio que llevaba conociéndolo, en ningún momento dejé de pensar que él y Edward cargaban cierto parecido, ni tampoco dejé de comparar esa mirada profunda de Eithan con la de Edward.
Eithan. Edward. Carlisle me dijo que él tenía los ojos verdes cuando era humano…
De repente, Alice dejó de estar sentada y se puso de pié tan rápido que pareció un borrón en mi vista.
—Tendremos que dejar esta conversación para después. Tengo que irme —advirtió, con cierto rastro de frustración en la voz.
—¿Qué sucede?
—Tus amigos vienen para acá, los escucho.
—Pero, ¿por qué? Ustedes han venido antes y se han mezclado con las personas. ¿Qué tiene de diferente ahora?
Alice pareció dubitativa.
—A lo mejor no me recuerdan.
—¿Y por eso te vas? —pregunté, horrorizándome nada más de la posibilidad de que se fuera para siempre. Sus labios dibujaron una apretada línea.
—¿Quieres que me quede?
—Por supuesto que sí.
Ella suspiró.
—En ese caso, lo mejor será que los confronte.
—¿Confrontar? —repetí, sintiendo la sangre huir de mi rostro. Me sonrió tranquilizadoramente.
—Todo estará bien, Bel... Alba. Sólo necesito recordarles el tratado, si es que aun sigue vigente. De lo contrario, escaparé si las cosas se complican. Prometo que no me atraparán.
—Voy contigo —ofrecí, tomando su mano—. Si les digo que te conozco sabrán que no eres peligrosa y no te harán daño.
—No es como si tuviésemos otra opción —sus manos fueron hasta sus sienes y luego resopló, exasperada—. Esto no puede ser. Escucha, me habías dicho que fue el tal Jacob quien se rescató del agua ayer, ¿no?
—Sí.
—También aseguraste que era un licántropo.
—Sí, sí.
—Hay una cosa que me impresionó, y fue el hecho de que no vi que te sacaran del agua. Después de verte caer por segunda vez, puse todos mis esfuerzos en buscarte y no pude ver nada sino un día después. Y ahora, por más que lo intente, sigo sin hacerlo.
—¿No puedes ver a los hombres lobo?
Asintió la cabeza.
—Eso parece.
Me tomó del brazo y me jaló hasta la puerta de la cocina, la que daba hacia el bosque.
—Mantente detrás de mí —advirtió.
—Sí —aseguré, antes de atravesábamos el umbral.
Ok. ¿Hola? ¿Siguen vivas? Al parecer la cosa se empezó a poner buena, ¿no? Jjaajaja.
ESPERO EN SERIO que les haya gustado el esperado encuentro con Alice! Sé que deben tener MUCHAS dudas, todavía hay muchos cabos sueltos, ¡pero prometo que pronto lo sabremos todo!
Ok, ya sé que muchas pensarán "Es obvio que Eithan es Edward, por qué Alba/Bella no se da cuenta?" Pues si estamos hablando de un vampiro inmortal no creo que esa posibilidad pase por su cabeza (Recuerden que Bella murió creyendo que Edward no la amaba, así que no tiene motivos para pensar que Edward se suicidó por ella). Ademas, independientemente de las similitudes, Eithan es físicamente distinto a Edward y también cuenta con una personalidad diferente.
No olviden dejarme un REVIEW contándome qué les pareció el capítulo, me interesa saber que está pasando por sus bellas cabecitas. Recuerden también que estoy respondiendo cualquier duda (que no implique spoilers), y enviaré adelanto del siguiente capítulo a quienes me lo pidan. ¡Si a alguien NO le he enviado adelanto porque no me di cuenta, por favor decírmelo!
(Por otra parte, he abierto un nuevo POLL (encuesta) en mi perfil de FF! He estado pensando escribir varios Outtakes de esta historia, pero por mayoría quiero saber primero sobre cual personaje prefieren en principio para ser publicado primero antes que el resto).
También, quiero darle la bienvenida a las nuevas lectoras y agradecer por sus reviews a denisse, Clau, Allana Zakra, Belleza, bitha-granger, Pao199, Illusion-addicted, Krom, pili, Isis Janet, lunaweasleycullen14, GPCS. Sonitha Pico, TsukihimePrincess , somasosa, Adriu, Emma Emmav, Bella Cullen Halliwell , Andreagf17, Serena Princesita Hale, teffycs , Dess Cullen, AleCullenn, mariees, apenasmediavoz, Cullen-21-gladys, arreola061 , Jazmin Li , Yoliki, y los guest!
TRATARÉ de actualizar el siguiente sábado, chicas. Cualquier duda estoy disponible en Facebook. ¡Saludos!
Vicky.
