Disclaimer: Los nombres de Eithan y Alba son de mi propiedad, pero sus espíritus pertenecen a Meyer, al igual que la mayoría de los personajes de la historia.
Chapter 15:
Mundane
(Siete años más tarde).
A.
El ruidoso sonido del despertador me pareció exageradamente más atorrante de lo acostumbrado. En mis esfuerzos por detenerlo, mi móvil casi se desarma en pequeñas piezas cuando accidentalmente lo aventé al suelo con un manotazo.
—Cielo, levántate —mis palabras sonaban sofocadas contra la almohada—. Eithan…
—¿Qué hora es? —rezongó él. A estas alturas de la vida no me extrañaba su repulsión incluso a la más encantadora mañana. Madrugar no estaba estaba incluido top list de sus actividades favoritas. Tampoco en el mío, claro.
—Son las cinco.
Lo escuché gruñir por lo bajo.
—Jesús, es demasiado temprano. ¿Por qué no nos dejas dormir media hora más? ¿Qué diferencia hace?
—Ninguna, por eso pongo la alarma a las cinco. Vamos, saca tu trasero de la cama.
Eithan refunfuñó un poco y alargó el brazo para envolver mi cintura y estrecharme contra él. Apoyó sus labios gentilmente sobre mi clavícula, suspirando.
—¿A qué hora me dijiste que era tu entrevista?
—A las nueve. Luego pasaré por la lavandería a recoger mi vestido, recuerda que esta noche es el cumpleaños de Meryl.
Profirió un falso gemido sobre mi piel.
—¿Tenemos que ir?
—Deberíamos. No recuerdo la última vez que tomamos unas copas, ¿y tú?
—Pero, amor, podemos quedarnos aquí, hacer nuestra propia fiesta.
Me eché a reír cuando sentí las palmas de sus manos acariciando insinuantemente mis piernas. Después de permanecer unos minutos en cama forzando a nuestros perezosos cerebros a ponerse en marcha, lo convencí de meterse a la ducha para lavarnos juntos. Nuestra rutina de aseo seguía sintiéndose tan natural como de costumbre: él solía enjabonar mi espalda y yo la de él y, de vez en cuando, si no se nos hacía demasiado tarde y nuestro humor iba acorde con el ambiente, nos premiábamos con quince minutos de sexo rudo contra las baldosas.
Eithan tendió la cama mientras yo terminaba de escoger el mejor atuendo para la entrevista, y mientras él fregaba la loza de la noche anterior, yo todavía revoloteaba por la habitación sin tener idea de qué ponerme. Cuando la falda lila terminó por convencerme, Eithan me entregó una taza humeante de café recién hecho y salió disparado a la habitación para terminar de alistarse, entretanto yo me instalé a preparar unas sencillas tortillas de pimentón con pan integral.
La misma rutina.
Regresó a la cocina diez minutos después, con su pulcro traje y su maravilloso perfume. Aun tenía algo de cabello húmedo adherido a la frente.
Era como para comérselo a besos.
—Huele bien. ¿Te gustaría usar el auto hoy? —la expresión de mi cara debió ser suficiente respuesta—. Está bien, yo tampoco.
Si bien hace año y medio que residíamos en Manhattan, un solo mes bastó para comprender que pagar un taxi era mucho más barato que gastar dinero en la gasolina y mantenimiento del lindo BMW que Eithan se costeó tres años atrás, vendiendo su viejo Toyota e invirtiendo parte de sus ahorros y de los míos. Le habíamos sacamos todo el jugo que pudimos a nuestra flamante adquisición durante el primer año; Eithan me llevaba a cenar de vez en cuando, disfrutamos de fines de semanas enteros en las ardientes costas de Ohio hasta que nuestras pieles doraban, o salíamos a bailar. Ajustar su inexperto cuerpo para la danza me costó bastante tiempo, pero inscribirnos juntos en clases de baile nos ayudó a ambos a familiarizarnos a distintos ritmos de baile. Ahora, en medio del tráfico y los dolores de cabeza, el auto prácticamente se había convertido en una pieza decorativa del estacionamiento.
—Me gusta cómo estás vestida —se aproximó a mí cuando dejamos de desayunar, besándome el cuello de forma lasciva y tomándome de las caderas, bajando, bajando, hasta alcanzar el dobladillo de mi falda.
La espontaneidad del contacto me sorprendió, así que me dejé llevar por sus deleitosas caricias hasta que el maldito interruptor de la racionalidad en su cabeza me sacó de mi nebulosa felicidad.
—Llegaré tarde. Después —prometió, acomodando mi ropa y besando mis labios.
Bueno, no se podía tener todo en esta vida.
Nos despedimos con un breve beso en la entrada antes de que cada quien tomara su camino. En vista del tráfico, a Eithan le pareció que tomar el metro le haría llegar con mayor rapidez a la Universidad de Yeshiva, donde tomaba clases de postgrado en Arbitraje Internacional.
Cuando me confesó que lo habían aceptado, hace casi dos años, se me estrujó el corazón ante la sola idea de mudarme. A pesar de mi fascinación por la vibrante California y sus hermosas playas -donde viví sola durante los primeros dos semestres de mi carrera-, había sentido una especie de flechazo por Ohio, porque fue allí donde comencé a hacer mi vida con Eithan. Creo que la verdadera razón por la cual no quise mudarme en un principio era porque Ohio era lo más parecido a Phoenix que había experimentado, era como… volver a casa.
Fruncí los ojos, intentando no pensar demasiado en Renée.
Yo si decidí tomar un taxi tranquilamente, porque aun faltaban dos horas para la entrevista. Durante todo el camino me dediqué a juguetear con los anillos nerviosamente, repasando mentalmente una y otra vez mi aspecto. Me había recogido el largo cabello en un moño alto, grueso. Mi rostro portaba un maquillaje sencillo, pero los labios estaban teñidos de rojo carmín, el último grito de mi obsesión desde hacía varios meses. Me sentía presentable y decente, pero el nerviosismo estaba acabando conmigo. Esta era mi primera entrevista para que me admitieran para el postgrado en Letras Modernas, lo que significaba que había aprobado todo el proceso previo de postulación. Siempre me sentí especialmente interesada en la enseñanza, por lo que mi expectativa después de obtener la maestría era ser contratada para dar clases en alguna escuela o universidad. Ya había solicitado en un par de ocasiones el puesto de profesora, aquí y en Ohio, pero fui rechazada; en este mundo competitivo, mientras más especializaciones llenaran tu curriculum, mucho mejor. Al menos no me moría de hambre. Me había convertido en una de las encargadas de una pequeña editorial, y también desempeñaba un modesto papel en la edición de borradores.
Aunque no ganaba tanto como quisiera, algo era algo. Para recompensar la falta de dinero, contaba con los ingresos que obtenía dando clases privadas de ballet clásico los fines de semana en la mañana. Me había graduado como bailarina profesional en Ohio, más nunca me tomé la molestia de postular para ninguna compañía de ballet, por más pequeña e independiente que fuese, por dos simples razones; en primer lugar, jamás me sentí extremadamente apasionada al la danza, y en segundo lugar, estaban todas mis limitaciones. Para bailar profesionalmente en una compañía tenías que haber iniciado desde muy pequeño, y tu cuerpo tendría que haber adquirido durante el crecimiento una forma y una gracilidad muy peculiares, cosa que nunca desarrollé lo suficiente al haberme iniciado a la danza tan adulta, casi a los doce. No contaba con el peso, la altura, los pies, la técnica y la dedicación, y mucho menos la edad para ser admitida a estas alturas. Dentro del violento y desalmado mundo del ballet, tener veinticuatro años era ser demasiado viejuca para empezar a bailar. No obstante, el título de profesional me otorgaba la legitimidad de educar y capacitar a futuros bailarines, y ese dinero extra en los bolsillos no caía mal bajo ningún escenario.
La entrevista fue más corta de lo que esperaba, apenas unos veinte minutos. Me sentí segura, genuina, y prometieron que me llamarían. Estuve lista a eso de las nueve y media, y como ya había pedido la mañana libre en la editorial para asistir a la entrevista, aproveché mi tiempo libre para recoger mi vestido y el traje de Eithan de la tintorería.
Caminar en esta ciudad todavía resultaba una experiencia alucinante. Me sentía algo así como Carrie Brandshaw en la vieja serie de Sex and de City, circulando por las calles y las tiendas, rodeada de los olores, las luces, el ruido de las bocinas y el bullicio que cruzaba apresuradamente por mi lado. Manhattan era la ciudad del alboroto, en donde cada persona vivía dentro de su pequeña burbuja de compromisos y cada minuto estaba contado.
Me pareció extrañó no ver a Eithan cuando llegué a casa, así que lo llamé.
—Hola, mi amor. ¿Cómo te fue en la entrevista?
Si me hubieses llamado, lo sabrías, pensé con desdén.
—Creo que bien. Dijeron que me avisarían.
—¡Me alegro mucho, nena! ¡Felicidades!
—¿Vendrás a casa a almorzar? —Eithan tomaba clases solamente los lunes y miércoles en la mañana, y el resto de la tarde, junto con el resto de los días laborales, se dedicaba a trabajar.
Una vez que nos establecimos aquí, Eithan contactó con un viejo amigo de su padre que trabajaba en un bufete de abogados cerca de Brooklyn. A pesar de que no fue seleccionado para el puesto de asistente legal, el hombre lo refirió a otro bufete de menor prestigio cerca de Manhattan donde consiguió un puesto como abogado, afortunadamente. Menos mal. La ubicación de la propuesta original me hubiese tenido comiéndome de las uñas.
—¡Uy! Lo siento. Olvidé decirte que me quedé almorzando con algunos compañeros de la universidad —se excusó en medio de las risas de fondo que incluían las de una chica. Maravilloso.
—Vale, no hay problema. Nos vemos en la noche —pretendí que no estaba furiosa como el demonio.
—Sin falta. Hasta más tarde, preciosa.
Con un suspiro, guardé el móvil en mi bolsillo, enojada y celosa.
Muy, muy celosa.
Mi complejo de inseguridad comenzó hace cerca de seis meses, cuando decidí sorprender a Eithan en la salida de la universidad para invitarlo a almorzar, esperando por él con un cigarro que hurté de la caja que había comprado para él. Eithan odiaba verme fumando, y se culpabilizaba por haber permitido que el vicio me corrompiera también, a pesar de que mi consumo no fuera frecuente. Y allí estaba yo, de pie frente a la entrada principal, apreciando el aire de antigüedad que le proporcionaba esa fachada de ladrillos al edificio, cuando lo observé salir en compañía de una linda chica de cabello rubio corto, artificialmente rizado. Era un poco más alta que yo, y su rostro era la viva expresión de la ternura. Se puso en puntillas para susurrarle algo al oído, haciéndolo reír, y cuando sus miradas se encontraron, noté como la chica se encogía con timidez y le sonreía en respuesta.
Esa era la clase de reacción que Eithan ocasionaba en las chicas. Nunca molesté en preocuparme por eso, porque había aprendido a aceptar que el inocultable atractivo de Eithan arrastraría a una pila de seguidoras a sus espaldas. Pero esta vez fue diferente. Por primera vez, sentí un nudo de inseguridad en el estómago, el típico terror que las personas experimentan al imaginar perder a su ser amado a causa de terceros.
La dinámica de pareja entre Eithan y yo se había estancado desde nos trasladamos a Nueva York. No es que fuese terrible, sólo… aburrida. Nuestras responsabilidades eran tan absorbentes que solo conversábamos durante la cena, y ya no hacíamos el amor con la misma frecuencia que antes porque, además de la energía que dejábamos durante nuestros empleos, los trasnochos de Eithan elaborando proyectos y estudiando para duros exámenes lo privaban de cualquier impulso sexual, demasiado agotado como para esforzarse a tocarme. Lo comprendía, y jamás se lo reprochaba, pero lo extrañaba demasiado y me sentía sola. Para empeorar la situación, ya nunca salíamos a cenar, al cine, al teatro ni a discotecas. De hecho, ya no hacíamos casi nada.
Tenía miedo de que nuestra monotonía hiciera que él comenzara a mirar para otros lados, y si fijaba su atención en una chica más bonita, interesante o inteligente que yo, podrían comenzar las discusiones. Y no me refiero a aquellos desacuerdos tontos habituales en todas las parejas, sino a verdaderas discusiones. Sabía que él sería incapaz de engañarme, pero absolutamente nadie estaba a salvo de la probabilidad de que el amor de tu vida se enamorase de otra. Era el riesgo de estar en una relación.
Era el riesgo de ser humano.
…
—¡Vinieron, chicos!
—Feliz cumpleaños, Meryl —contesté, estrechándola en un abrazo. Meryl solía ser nuestra vecina, pero recientemente se había mudado a un lujoso y bonito departamento de la ciudad junto con su novio Carlos, otro gran amigo nuestro.
—Gracias querida, estás muy linda. ¡Y tú también, Eithan! ¿Te cortaste el cabello?
—Ya no soportaba parecer un hippie —exageró él, pasándose una mano por el pelo. Después de tantos meses con un look de cabello más largo de lo habitual decidió cortárselo, y honestamente pienso que fue la mejor decisión. Se veía más fresco, más varonil. Además, ahora lo tenía del mismo largo que cuando lo conocí.
El recuerdo me arrancó una sonrisa.
Después de las presentaciones, por cuestiones de la vida Eithan y yo terminamos separados. Dos horas más tarde, la distribución de los invitados en el apartamento era hilarante. Los caballeros se habían aglomerado cerca del bar, sosteniendo un caluroso debate sobre fútbol, chicas, autos, y todas esas tonterías masculinas. Mientras tanto, las chicas permanecimos en la sala para conversar cosas de… bueno, mujeres.
—Estás radiante, Mer —señalé, cuando se acercó para ofrecerme otra copa de vino—. La mudanza te hace bien.
—Es otra cosa la que me hace bien —respondió con misterio, dirigiéndonos una mirada de complicidad. Antes de que cualquiera de nosotras pudiese aludir a una insinuación pervertida, se quitó los guantes de cuero y expuso frente a nuestros ojos atónitos un anillo de compromiso. Estaba segura de que nuestros chillidos pudieron escucharse desde el otro edificio.
—¡Está hermoso! ¡Carlos se lució! —la elogió una de las chicas, cuyo nombre ya había olvidado.
—¿Verdad que sí?
—¿Cómo te lo propuso? —preguntó otra mujer.
—En nuestro restaurante favorito. Contrató a un violinista y todo, y el anillo estaba en mi copa. Sí sí, algo cliché, casi me lo tragué, pero no importa. Fue la cosa más bonita del mundo. ¡Lo amo tanto!
La envolví en mis brazos, brincando y llorando de la emoción. Los matrimonios me ponían tan sentimental.
—¡Estoy tan feliz por ti! Te deseo todo lo mejor del mundo.
—Gracias amiga, no sabes lo feliz que estoy. Pero dime, ¿qué hay de ti?
—¿Qué conmigo?
—¿Para cuándo habrá boda? —aclaró, entornando los ojos—. Vamos, Alba. Tú y Eithan han estado juntos toda la vida, ya es tiempo de un cambio. ¿De verdad nunca han pensado en casarse?
Si estuviese en mis manos, me casaría con Eithan ya mismo. Aquí, en el registro, en el patio del vecino o en una maldita capilla de Las Vegas.
—Bueno, sí —finalmente dije, soltando una risita—. El matrimonio siempre ha quedado implícito en nosotros. Aunque acordamos casarnos siempre y cuando estuviésemos económicamente mejor establecidos.
—¿Y es que acaso no lo están ahora?
—Yo… bueno —titubeé, tomando su mano y acariciando el anillo con una mezcla de admiración y nostalgia—. Supongo que no estamos mal.
Alcé la cabeza en dirección al bar.
Eithan me estaba mirando.
…
Eran las once de la noche cuando llegamos al apartamento. Me deshice de los tacones en cuanto ingresamos al dormitorio, gimiendo de aprobación. Por más bonitos que se me vieran, nunca me terminaba de acostumbrar a ellos.
Era una cosa que Bella y yo definitivamente teníamos en común.
—La pasé muy bien —comentó Eithan, colocando su collar de cuero y su anillo de plata sobre la mesita de noche.
—Te dije que la pasaríamos genial —le recordé, repentinamente seria. Se estaba desabotonando la camisa—. No —le detuve, poniendo mis manos sobre su pecho—: Déjame hacerlo yo.
Eithan alzó una ceja, pero me sonrió con picardía. Sus labios atraparon los míos cuando me alcé para besarlo, y sus manos palparon mi trasero con ternura. Pero a pesar del evidente bulto de sus pantalones, me separó con gentileza, y su aliento acarició mi cuello.
—Amor, estoy bastante atrasado con un trabajo y necesito adelantarlo. ¿Qué te parece si dejamos esto para mañana en la mañana?
—Eso es mentira —empecé a hacer un berrinche—, tú nunca quieres dormir conmigo.
—Bueno, te prometo que esta vez me tomaré un café bien cargado y me pondré en marcha —me guiñó un ojo, sin dejar de sonreír.
Pero yo no le devolví la sonrisa.
—No me refiero sólo a las mañanas, Eithan. Quiero decir que… nunca quieres dormir conmigo.
—¿De qué estás hablando? —inquirió él, frunciendo el ceño—. Alba, yo siempre quiero dormir contigo. Es el placer número uno del mundo.
—Pero no lo haces.
Comencé a desvestirme, dispuesta a ponerme el pijama. En el rostro de Eithan surcaba una expresión preocupada.
—Las cosas no son como antes —proseguí, dejando de mirarlo—, antes eras mucho más atento conmigo. Ya no me besas como antes, apenas si me pegas los labios. Ya no haces… ninguna de las cosas que hacías antes. Me llamas sólo cuando te acuerdas y pareces distante todo el tiempo. Ya no hay pasión, no hay… nada. No me prestas atención ni porque me presente frente a ti desnuda y envuelta sólo con un maldito lazo. ¡Hasta hace un año no me quitabas las manos de encima! Ahora, cuando duermes conmigo… las veces que lo haces, pareciera que lo haces por compromiso, más que por el placer…
Cerré los ojos, contenta por haberme deshecho de todo ese manojo de inseguridades, pero no podía dejar de sentirme pequeña y distante a su lado.
—¿Es eso lo que te preocupa? —preguntó con desconcierto, sosteniendo delicadamente mi rostro—. ¿Crees que ya no me pareces atractiva? Lamento si lastimé tus sentimientos Alba, pero por Dios, eso es ridículo.
—¡No es ridículo! —repliqué, apartándolo de un empujón—. La otra vez cuando te esperé fuera de la universidad, estabas hablando con una chica, y vi como la mirabas.
—¿Cuál chica?
—¡La rubia de pechos grandes!
—¿Cuál r…? ¿Lucy?
—Me fascina como la reconoces. ¿Te gusta?
—¡No! Es sólo una compañera de la universidad, Alba.
—Pero vi como la mirabas —insistí, permitiendo que las lágrimas fluyeran libremente—. Hace tanto que no me miras así, y te ríes así, por mí. Tú… simplemente ya no me miras.
Lo dejé a él y su máscara de horror a mis espaldas cuando me encerré en el baño. Media hora después, cuando nos fuimos a dormir, él insistió en aclarar lo que había ocurrido, pero yo ya no quería seguir con esto. Me di la vuelta y me acurruqué en mi lado de la cama, sin desearle buenas noches. Él tampoco lo hizo.
No conversamos mucho la mañana siguiente. Eithan se limitó a una despedida muy superficial cuando se marchó al trabajo y yo tomé el metro para llegar al mío. Una muchacha recién graduada en Artes, de apenas veintitrés años, había mandado un borrador de su novela el mes pasado y aceptamos la oferta de publicarlo en nuestra editorial, por lo que yo me encargaría de todo el proceso de corrección y edición, y hoy empezaba.
La tarde transcurrió conmigo sentada frente al escritorio con la nariz hundida en el manuscrito de cuatrocientas páginas. A las siete de la noche ya habíamos cerrado, pero yo seguí inmersa en mi mundo hasta que alguien apoyó sobre mi escritorio una taza de humeante y delicioso café, dulce elixir de los dioses.
—Se te va a ir la vida ahí sentada —dijo una voz apaciguadora.
Jared tenía treinta y dos años de edad y recientemente se había divorciado. La editorial era de él y de su hermano Andy, pero cuando Andy se asoció con un amigo para hacerse cargo de un pub medio reconocido de Manhattan, Jared tomó las riendas del negocio y actualmente tomaba la mayoría de las decisiones. Como su profesión era el periodismo, solía alquilar los espacios del negocio para una que otra firma de autógrafos de libros de comunicadores sociales y demás, publicados y patrocinados por la editorial.
Me froté los ojos con fuerza.
—Lo siento, me quedé inmersa en esto. Dios, necesitaba un café.
—Un buen trago es lo que necesitas, de hecho. Últimamente te veo muy estresada.
—¿Tú crees? ¿Cómo te diste cuenta?
Se quedó de pie mirándome un buen rato, como meditando una respuesta. Finalmente, se encogió de hombros.
—Observarte es uno de mis pasatiempos favoritos.
El rostro me ardió de una manera en la que terminé encogiéndome en mi silla, mordiéndome los labios. No era ninguna ciega, sospechaba de antemano sobre la atracción que Jared tenía hacia mí, pero era la primera vez que se atrevía a manifestármelo tan abiertamente. Aunque, por más inapropiado que me haya parecido el comentario, no iba a negar el hecho de que me sentía sumamente halagada.
—Gracias, pero será mejor que me vaya. Buenas noches, jefe.
Empecé a arrojar las cosas en mi bolso de forma apresurada, pero Jared sostuvo mi brazo cuando estaba a punto de bordear el mostrador.
—Alba… Mira, creo que no es necesario decir lo que es obvio, ¿no? Me gustas, y muchísimo. Y sé que tienes novio, pero me gustaría saber si algún día aceptarías un café.
Casi ruedo los ojos.
—Un café, ¿eh?
Con una sonrisa tímida, se pasó una mano por la nuca, luciendo avergonzado.
—No voy a fingir que no pretendo otras intenciones, aunque podrías darme algo de crédito por intentar ser cortés, al menos.
—Lo sé, lo sé —respondí, sonriéndole de vuelta—. Mira, me siento muy halagada, pero no estoy interesada. Tengo novio y estoy muy enamorada de él. No tengo ningún problema en tomar un café contigo, sólo como amigos, pero me parecería un poco injusto para ti. No quiero que se compliquen las cosas.
—No tienen por qué complicarse —susurró, con una mirada tierna—, yo sólo quiero conocerte mejor, pero si tú no quieres…. Pues no me quedará de otra más que aceptarlo. Pero no te dejaré ir sin decirte algo antes.
Colocó un dedo bajo mi barbilla y me obligó a sostener su mirada, sus ojos azules tan profundos como el océano. Estábamos tan cerca que podía sentir la caliente vibración de su cuerpo sobre mi acelerado pecho.
—Eres la niña más linda e inteligente que he visto en mucho tiempo. Tienes una forma de ser preciosa, me fascinas, y además —frotó suavemente su pulgar contra mi mejilla—, te ves tan tierna cuando te ruborizas.
Por un breve, breve, muy breve segundo, quise que me besara. No porque en verdad lo deseara, en lo absoluto, sino porque mierda, su comentario me recordó tanto a Edward cuando me estaba conquistando que me dieron ganas de llorar. Y, por otra parte, hacía tanto tiempo que nadie me decía algo tan lindo que por un segundo me permití sentirme hermosa de nuevo.
Edward, Edward...
Mi rostro debió encenderse como un farolito porque él comenzó a reírse, pero cuando comenzó a inclinar su rostro hacia el mío automáticamente me eché hacia atrás, rompiendo el contacto.
—No vuelvas a hacer eso. Me haces sentir incómoda —le exigí con molestia, aclarándome la garganta.
—Lo siento —suspiró—. No se volverá a repetir.
—Bien —acordé, apartándome de él sin mirarlo—. Entonces me voy. Buenas noches.
Caminé decididamente a la salida, con la vista clavada en el suelo que pisaba, y chocando bruscamente con alguien en cuanto puse un pie fuera del local. Casi me muero al ver de quien se trataba.
—¿Eithan?
Y estaba furioso.
—Hola, Alba.
(Re-editado. 30/12/16).
Lo sé, sé que quieren matarme. Lamento MUCHO la tardanza de MESES, estuve muy complicada y no tuve tiempo de actualizar. Les aconsejo seguirme en mi página de FB (la encontrarán en mi perfil) que es donde suelo ponerlas al día con lo que me pasa y como va la historia. Y como no quiero extenderme con excusas voy a ir al grano dejando unas cuantas notas MUY importantes:
1) NO voy a dejar el fic, NO lo pondré en HIATUS, NO NADA. Estuve muy ocupada, pero eso es todo, terataré de ser más puntual y prometo que la siguiente actualización tomará menos de dos semanas (lo digo con honestidad porque el próximo capítulo está prácticamente listo).
2) Sé que están confundidas con el cambio radical de la historia. Quiero aclarar que con esto no quiero ocasionar otro drama innecesario, un triángulo amoroso, una ruptura de los protagonistas ni mucho menos. Sólo quise plasmar lo que implica la convivencia en pareja, porque no quiero que uds. se vayan creyendo que Alba y Eithan son perfectos, que nunca discuten o que jamás se han enfrentado a un problemita "humano" en su relación. Por algo se titula "mundane". Es la rutina, lo mundano, lo común y lo ordinario, y no por eso significa que su relación es menos Hermosa.
4) ESTA SIGUE SIENDO UNA HISTORIA DE EDWARD Y BELLA. ¿O creen que hemos llegado tan lejos para leer sólo a los jefes de Alba enamorándose de ella? Jajaja, no, agárrense, ¿creían que ya habían visto todo lo más emocionante? ahora es que comienza lo bueno, muajajaja.
5) Sé que hay muchos huecos, como qué pasó con Alice, Jacob, etc... eso lo sabremos en capítulos posteriores, no se preocupen :)
6) Como sé que soy una infiel que no cumple sus promesas con la frecuencia que debería les dejo aquí mismo un
ADELANTO DEL SIGUIENTE CAPÍTULO:
—¿Hola?
—Hola Alba —respondió una voz angustiada.
—¿Alice? —me senté sobre la cama para fijarme en la hora. El bostezo casi no me dejó hablar—, son las once de la noche. ¿Qué sucede?
—Es Eithan —respondió ella, y todo mi cuerpo se congeló—, tuvo un accidente...
Por favor, por favor, por favor, déjenme un LINDO REVIEW contándome que les pareció el capítulo, y si tienen alguna duda, sugerencia (queja) etc, con gusto les contestaré.
¡Hasta pronto!
