Disclaimer: Los nombres de Eithan y Alba son de mi propiedad, pero sus espíritus pertenecen a Meyer, al igual que la mayoría de los personajes de la historia.


Chapter 16:

The End

A.

No me considero a mí misma así de estúpida. La única interpretación que se atrevería a cruzar la mente de cualquier ser humano mentalmente sano se resumía al siguiente: una escena comprometedora al otro lado del mostrador, en un ángulo claramente visible a través de la puerta de vidrio, incluso desde el otro lado de la calle. Cualquiera transeúnte podría echar un vistazo hacia el interior del local y apreciar tranquilamente.

Toda la sangre que previamente asfixiaba mi rostro huyó hacia mis pies.

—Estás molesto conmigo. ¿Cierto?

A pesar de su pose despreocupada, con las manos ocultas en los bolsillos y su mirada aparentemente imperturbable, la tensión en su mandíbula sobresalía.

—No lo sé, dime tú. ¿Debería estarlo?

Quiere matarme.

—Yo… —titubeé de forma patética, tragando saliva—. Supongo que debo explicarte lo que acaba de pasar allí.

—Supones muy bien —contestó educadamente.

—¿Podemos conversar en casa, al menos? Me estoy congelando.

Ladeó ligeramente la cabeza cuando algo a mis espaldas despertó su mirada curiosa, y me pregunté si Jared lo estaba observando de regreso. Mantuve mi misma postura tensa, con los puños apretados y mi mirada puesta sobre el suelo, demasiado acobardada por su presencia como para atreverme a virarme para comprobar si esta situación tan vergonzosa efectivamente me estaba sucediendo y no era solo una representación digna de una telenovela que mi mente había delirado a causa del cansancio.

En beneficio de mis nervios, Eithan sólo asintió con la cabeza. Por alguna razón había decidido sacar a pasear el auto, pero no me sentí el coraje para preguntarle sobre tema. Presentía que acababa de arruinar algún plan espontáneo conmigo.

Me entretuve el resto del camino jugueteando distraídamente con el reproductor de música mientras que él pretendía ignorarme, lanzándome ocasionalmente alguna mirada de soslayo cuando creía que yo no me daba cuenta. Me sentía avergonzada, exhausta y, si soy honesta, también un poco excitada. Discutir con Eithan era probablemente la cosa más emocionante que hubiésemos perpetuado en meses, pese a que definitivamente era una situación que debería evitarse a toda costa. Esto no era bueno.

Aventó su abrigo al sofá cuando cerré la puerta del apartamento. Durante un brevísimo instante me poseyó el impulso de gritarle que lo colgara en su lugar, pero preferí mantener mi boca cerrada. Estaba segura de que sólo buscaba provocarme para iniciar una discusión.

—¿Y bien? —rompió el silencio dándome la espalda, abriendo la puerta del refrigerador para servirse un vaso de agua—. ¿Me contarás qué te dijo el hippie artesano?

En referencia al pelo rubio amarrado en una cola y todas esas baratijas de cuero, el apodo que él le había asignado a Jared cuando lo conoció la primera vez siempre me arrancaba un montón de carcajadas. Era gracioso, pero esta vez no dije nada.

—Él… bueno, se me confesó hoy.

—¿Y entonces…?

—No pasó absolutamente nada —aclaré de forma lenta y precavida, sentándome sobre la encimera de la cocina—. Lo rechacé amablemente y me fui. Te lo juro.

—¿Y me puedes explicar por qué permitiste que su maldita nariz alcanzara la tuya?

—Yo… ¡no lo sé! ¡Me puse nerviosa!

Alzó una ceja. Claramente no estaba de humor para mis tonterías de mierda.

—Por favor. Tú eres una chica que no se deja tocar a menos que lo permitas. Te he visto patearle las bolas a los que se atreven a ponerte un dedo encima, ¿y me dices que te pusiste nerviosa?

—Yo… —bajé la cabeza, clavando mi mirada en el suelo. Ni si quiera tenía idea de por dónde empezar.

—¿Te gusta? —su voz se endureció, y mi cabeza salió disparada hacia arriba como un resorte.

—¡No!

—Pero te gusta saber que le gustas —interpretó Eithan con voz aguda, y se trataba de una afirmación.

—No le des tantas vueltas al asunto. No me gusta Jared, pero si te soy honesta, sí me gusta gustarle. No es como si le estuviese coqueteando de regreso, pero si así fuera, ¿no crees que pueda deberse a algo? Como que, no lo sé… ¿me siento mal? Quiero decir, ¿a quién no le va a gustar sentirse bonito por un segundo?

Para cuando solté las palabras, era demasiado tarde para arrepentirme. Lo siguiente que observé fue la escéptica y pétrea mirada de Eithan clavada en mi rostro.

—¿Es que no te sientes "bonita" conmigo, Alba? —inquirió, con voz incrédula.

—No me grites. ¡Y no! ¡No me siento bonita o atendida!

—Claro, lamento no tener cabeza para estar pendiente de ti las veinticuatro horas del día. Olvidé que no tenía derecho a tener una vida propia.

—Lamento que no puedas experimentar tu vida al máximo por estar conmigo. Olvidé que las relaciones no son gran cosa.

Eithan rodó los ojos y me dio la espalda, comenzando a andar en dirección a nuestro dormitorio.

—Sinceramente, a veces dices unas estupideces…

—¡No me vas a dejar hablando sola! —me interpuse rápidamente en su camino, apoyando mis manos sobre su pecho para impedir que diera un paso más—. ¿No quieres escuchar la verdad? Nos hemos estancado durante el último año, y nada de lo que yo haga parece llamar tu atención. No soy una estúpida, Eithan. No te estoy pidiendo que me beses los pies, te estoy pidiendo que te tomes la molestia de dedicar una media hora de tu día exclusivamente a mí. ¿Es mucho pedir acaso?

Él se llevó la mano a la frente y exhaló con cansancio, sin mirarme aun.

—No es eso, Alba, se trata de que tengo que mantener un promedio en el jodido postgrado para no ser expulsado y tengo demasiadas mierdas en la cabeza, y tú no haces más que reclamarme cosas sin sentido. ¿De verdad me exiges que sigamos comportándonos como unos adolescentes?

—¿Y si así fuera? —suavicé el tono de mi voz, deslizando mis manos hacia su nuca para retorcer entre mis dedos el cabello que se rizaba allí—. ¿Y qué si aun quiero el coqueteo, los besos y las salidas? Dame una sola razón por la cual eso sería malo.

Las líneas de tensión en sus facciones se fueron dulcificando.

—Ya crecimos. La gente madura.

Desenvolví mis brazos de su cuello y me alejé de él, reteniendo el doloroso instinto de empujarlo con fuerza por su completa incapacidad para comprender mis intenciones, por no compartir todo lo que yo había pasado por su causa.

Mis ojos se volvieron acuosos cuando me volví a mirarlo, lo cual suavizó la fina arruga que marcaba su entrecejo. Ver esos ojos suyos me destrozaba de una manera que él jamás entendería, porque él desconocía de aquellas fronteras entre mundos que nos atrevimos a cruzar, de aquél pasado caótico que compartimos.

—¿Acaso no entiendes que esto lo hago por nosotros? Nos hicimos una promesa, me prometiste que estarías conmigo, y yo te prometí lo mismo. Juramos que nos amaríamos siempre.

Eithan me observaba con una expresión totalmente perpleja. Si bien ambos conocíamos a la perfección de mis dotes como reina del melodrama, mi comportamiento iba mucho más allá de lo habitual. Podía ver a través de su ceño fruncido y su parpadeo nervioso lo mucho que le costaba adivinar las razones por las cuales me estaba desmoronando de este modo frente a sus ojos.

—Nena… —intentó acercarse, más yo lo aparté de un empujón. Mi mente era un remolino de recuerdos y mis palabras se volvieron un brote furioso de balbuceos incoherentes.

—Pero ya no vivimos en el mismo mundo mágico como alguna vez lo hicimos, y ya no existe una perfecta eternidad para nosotros —proseguí, respirando agitadamente—. Somos lo que somos y sólo quiero conservarlo, y sólo lo haremos si nos mantenemos juntos y seguimos felices. Ahora mismo, corro el riesgo de perderte. Todo el tiempo lo estoy corriendo. Sólo quiero asegurar que eso no suceda, y la única forma de hacerlo es enamorándonos una y otra vez, como siempre lo hicimos, para que no nos aburramos y terminemos separados.

Eithan hizo un ademán de tomarme en brazos, más yo escapé de su agarre y me confiné en el baño, me desplomé en el suelo, y me eché a llorar por todas las cosas que había tenido que enfrentar sola. Porque en este instante, cuando la fragilidad protagonizaba mi vida y mis apegos más antiguos afloraban, no eran los brazos de Eithan los que podrían otorgarme consuelo alguno, sino los del hombre subyacente que yacía muerto desde hacía tanto años.

En algún punto de la noche mi cuerpo se habrá quedado atrapado entre el de Eithan, porque a la mañana siguiente, desperté en sus brazos. No era una posición de mi particular agrado, no cuando me encontraba tan enfadada con él. No obstante, tuvo la suficiente sensatez como desenredar nuestros cuerpos y como para no perturbarme con algún discurso lastimero. Me dio los buenos días, me besó en la frente, y durante el resto de la mañana no nos dirigimos la palabra.

El día transcurrió con lentitud. Me sentía espantosamente, pero no estaba lo suficientemente calmada como para encender el celular y marcar su número para disculparme por haber perdido la cabeza la noche anterior. Ahora que el raciocinio había vuelto, infería lo ridículamente obtusa que me habría visto. Toda esta discusión me parecía una tontería.

El corazón me latió de prisa cuando me contactó al teléfono de la editorial, a eso de las doce.

—Buenas tardes, cariño.

No pude evitar esbozar una sonrisa.

—Hola. ¿Cómo estás? —respondí tímidamente.

—Muy bien. Quiero notificarte que te recogeré en el trabajo hoy.

—Oh. ¿Y eso?

—No pensarás que te abandonaré el día de tu cumpleaños, ¿o sí? No todos los días se cumplen veinticinco años.

Mis cejas se alzaron de la impresión. ¿Hoy era mi cumpleaños? ¡Qué despistada! Mi madre debía tenerme el teléfono reventado de llamadas.

—¿Y qué piensas hacer?

—Eso déjamelo a mí —respondió con voz enigmática—. Te recogeré a las siete. Y no quiero a ver a Jareds de mierda deambulando por ahí a tu alrededor, ¿entendiste?

Debo acotar que eso no sólo despertó mi curiosidad, sino que me intrigó lo suficiente como para erradicar toda mi productividad en el trabajo. Y cuando escuché el sonido de la corneta del auto a las siete en punto y comencé a recoger mis cosas con la estupidez que me caracteriza en momento de crisis, me despedí nerviosamente de mis compañeros.

—Adiós, chicas, ¡adiós, jefe!

No me detuve a escuchar una respuesta de parte de ninguno. Salí del local disparada como una flecha y tropezándome hasta con las corrientes de aire, encontrándome a Eithan apoyado sobre el capó del auto y mirando despreocupadamente al suelo. Al verme, me regaló mi sonrisa favorita, aquella torcida que me derretía el corazón.

—Feliz cumpleaños —susurró tiernamente, sosteniendo mi mentón para inclinarse y atrapar mi labio inferior entre los suyos. Se trató de un beso dulce, tierno, exageradamente cliché. Me sentí como una niña de nuevo.

—Hola —pronuncié, un poco ruborizada.

—Haremos algo especial hoy.

—¿Sí?

—Creo que te gustará.

—Ajá.

—No estamos muy elocuentes, ¿no?

Puse todos mis esfuerzos en hacerme la dura, pretendiendo que no deseaba sonreírle de vuelta.

—¿A dónde vamos? —accedí un poco en mi actitud, ingresando al auto. Eithan seguramente había comprado algún aromatizante, porque el interior despedía un intenso y empalagoso olor a banana.

—Vamos a casa para que te arregles —dijo, guiñándome un ojo.

Me guiñó un ojo.

Definitivamente algo se traía entre manos.

Cuando llegamos al apartamento, caminé decididamente hacia el armario. Le pregunté qué clase de atuendo debería escoger, a lo que él contestó que nada exageradamente elegante, por lo que me decidí por un vestido vinotinto de tirantes. Durante los diez minutos que me tomó elegir las prendas, él se duchó, y cuando salió con la misma naturalidad de rutina, esa toalla envuelta en la cintura, quise arrancársela de un jalón y meterlo conmigo a la cama.

Preferiría tragar jabón antes de demostrarle que su delicioso y atractivo cuerpo mojado y semidesnudo no me volvía loca, así que caminé dignamente hasta el baño, cerrando la puerta de un manotazo. Orgullo y dignidad por delante.

Estoy segura de escuchar su risa entrecortada al otro lado de la puerta.

Eran las nueve de la noche cuando decidí que me veía bien.

—¡Estoy lista!

Me detuve abruptamente, desconcertada con el panorama tan absolutamente inusual. Nuestra aburrida sala de estar se hallaba adecuadamente alumbrada a la luz de las velas, esparcidas en distintos puntos de la casa. Eithan se las había arreglado para adornar la mesa de nuestro comedor con un fino mantel, decorado a la medida con platos, cubiertos, copas, pétalos de rosa y oh, santa madre de las champanes, un champan. Un piano de jazz formaba parte de nuestro fondo musical.

Eithan se levantó del sofá y me ofreció su mano. Llevaba puesto un elegante paltó negro y unos pantalones de vestir a juego. Todo un deleite para la vista.

—¿En qué momento hiciste todo esto? —inquirí, aceptándola.

Esbozó una sonrisa arrogante.

—Soy un tipo muy veloz.

—Esto está… hermoso —admití maravillada, mientras me ayudaba a acomodarme en mi asiento—. ¿Cenaremos aquí?

—¿Para qué crees que son los platos? —se detuvo al intuir mi expresión insegura—. No te preocupes, la compré. No tendrás que intoxicarte con mi comida inservible.

Mientras digería mi bebida, él se encargó de traer la comida y servirla. Nos deleitamos con la exquisitez de los platos en un cómodo silencio, arrojándonos una que otra mirada o sonrisita insinuante. Toda la tensión negativa entre nosotros se había dispersado en el aire, abriendo paso a otra totalmente distinta, cuando sus ojos bailaron brevemente sobre mi escote.

—Es un lindo detalle de cumpleaños, Eithan. Gracias. Está hermoso.

No negaba el hecho de que era una romántica empedernida, pero las cursilerías de este tipo no solían formar parte de mi repertorio de preferencias, y él lo sabía. Me pareció correcto hacérselo saber.

Apartó su insistente mirada de mi pecho para sonreírme con modestia.

—Sé que toda esto que improvisé no es muy nosotros, pero se me ocurrió que sería bueno hacer algo diferente e íntimo. Quiero hacer bien las cosas.

—No digas eso. Me fascina. Es lo más bonito que han hecho por mí.

—Te creo —suspiró, y su voz adquirió un matiz serio—. Quisiera pedirte disculpas por cómo me he comportado contigo estos días. Después de pensarlo bastante, me puse en tus zapatos y creo que llego a comprender a qué te refieres con todo lo que me dijiste.

—¿En serio?

Asintió con la cabeza.

—Sé que te he abandonado, y prometo que te recompensaré —se levantó de su asiento y detuvo frente a mí, agarrando mis manos y colocándolas sobre su cuello para que lo abrazase—. Eres la chica más caliente y espectacular que existe en este planeta, no hay nada que se compare a la dicha de acostarme contigo. Así que no vuelvas a decir esas tonterías de antes, porque no es nada de eso. Sé que no he cumplido con mis funciones de novio correctamente. Espero poder corregirlo cumpliendo con mis funciones maritales.

Me esforcé en conservar la misma expresión severa con él, pero no pude resistirme. Esas eran las palabras que tanto anhelaba escuchar y...

Espera. ¿Qué?

—¿Funciones maritales?

Eithan sonrió de nuevo, pero esta sonrisa no era tierna, burlona, pícara o insinuante. Era el preludio de una promesa.

Acto seguido, hincó una rodilla en el suelo, sosteniendo mi mano con la misma delicadeza que al cristal, ante mi mirada estupefacta.

—Alba Christine Reeves: Cásate conmigo de una vez por todas.

Proferí un gritito ahogado.

—¡¿Es en serio?!

Me observó con una expresión indescifrable.

—No. De hecho, este es un ensayo. Eres increíble, Alba. ¡Es que no lo puedo creer! ¡Pareciera que no pudieses resistirte a la tentación de arruinar todos los momentos que…!

Con la mirada empañada, sostuve su rostro entre mis manos y callé toda su cháchara con un beso. Tener a Eithan arrodillado a mis pies proponiéndome matrimonio al estilo más tradicional era el escenario con el que más había fantaseado durante los últimos tres años de nuestra relación. Pero jamás imaginé que todo sería tan perfecto: tan sencillo, dulce, lejos de las extravagancias, de los lujos y las exhibiciones. Él supo recordar exactamente lo que yo era. Lo que éramos.

En medio del beso, sentí un aro frío y metálico deslizarse en mi dedo.

—Hey —reclamé entre risas, rompiendo el beso—. No he dicho que sí.

Contemplé con admiración mi hermoso anillo de compromiso, lo más parecido a mí que existía en esta vida. Hasta en eso Eithan supo conocerme.

—Vamos, Alba, no te hagas la dura. Te vi observar el anillo de Meryl como si se tratase de una fortuna. Sé que te morías por ser esposa de este prospecto fabuloso.

Se puso nuevamente de pie, y sus brazos envolvieron mi cuerpo. Mis manos viajaron con conciencia propia hasta ese rostro suyo que mis ojos ya conocían de memoria, y la conocedora yema de mis dedos acarició la rasposa textura de su piel afeitada. Él era tan hermoso, y tan mío.

Se me escapó una risita de felicidad ante ese pensamiento.

—¿Desde hace cuanto que lo tenías?

Se mordió el labio con nerviosismo. Oh-oh.

—Siete meses, más o menos.

—¿Qué? —no pude resistir golpearlo en el brazo—. ¡¿Y hasta ahora es que pensaste proponérmelo?!

Su frente se apoyó sobre la mía, sin dejar de observar mis ojos.

—Quería sorprenderte. Feliz cumpleaños.

Sonreí, sonreí tanto que casi se me rompen las mejillas, porque cuando sus labios encontraron los míos y me alzó hasta nuestra habitación, todas las inseguridades perdieron sentido, y de pronto me sentí completamente estúpida. Porque si bien él no recordase quien éramos, yo sí lo hacía, y eso debería ser suficiente.

Era un hecho que Edward jamás volvería. No de la forma que yo quisiera. Pero debería sentirme agradecida de que a pesar de esa limitación, él se encontraba ahí dentro, en alguna parte. Porque era este hombre, que ahora levantaba mi vestido y marcaba mi cuerpo, quien murió por cumplir su promesa de estar conmigo.

….

—Me iré a Forks por cuatro días para visitar a Elizabeth.

Di un respingo al escuchar su voz. Estaba demasiado distraída recordando la ardiente noche que tuvimos.

—¡Oh! ¿Cuándo?

—Conseguí un vuelo mañana a las tres de la tarde.

—¿Y qué pasará con las clases? ¿Y el trabajo? —pregunté, llevándome un sorbo de vino a la boca.

—Ya pedí permiso el lunes, y además, falleció hoy uno de los directores de la universidad, creo que de la Facultad de Artes. Sé que lo velaran mañana y el sábado y que el domingo lo van a enterrar, así que además de mañana nos otorgaron también el lunes libre por respeto al duelo. Él era una especie de eminencia en la universidad.

—Oh, qué triste noticia. ¿De qué murió?

—Un infarto. Tenía setenta y algo.

—¿Y ya le dijiste a tu mamá?

—¡Claro que no! La idea es que sea una sorpresa.

La señora Elizabeth presintió que se sentiría demasiado sola si regresaba a Chicago, así que una semanas después de que Eithan se marchó a la universidad, prefirió continuar residiendo en casa de sus padres de forma indefinida. Se sentía muy feliz acompañando a aquella atípica y estrambótica parejita en su vejez. De hecho, se había vuelto bastante cercana a su madre durante los últimos años, y Eithan me aseguró que allá todos eran muy felices. La unión que podía surgir entre familias a causa de una muerte era una esperanzadora señal de que la vida podía llegar a ser buena.

—Bueno, estoy segura de que se volverá loca de emoción cuando sepa que celebrarás tu cumpleaños con ella y no conmigo —bordeé la mesa del comedor y me acomodé en su regazo, sin soltar mi copa de mi vino—. Te voy extrañar.

—Sólo serán unos días, tremenda dramática. Además, contigo ya lo celebré por adelantado —no pude evitar sonrojarme. Enredó su mano entre el cabello de mi nuca y me jaló hacia su boca. Su otra mano se aferró a mi cadera con fuerza—. Cristo. ¿Te he dicho cuánto me gustas con falda?

—Me hago una idea —sonreí, volviendo a besarlo.

Me levanté muy temprano la mañana del día siguiente sólo para preparar aperitivos y dulces para el camino, antes de despedirlo en la puerta. Ni Jared ni Melody, otra de las empleadas, fue a trabajar ese día. Tampoco tuvimos muchos clientes, así que me dediqué gran parte del día en editar el manuscrito y en suspirar como una atarantada sin dejar de admirar mi reluciente anillo, del cual no pretendía desprenderme por los siguientes ochenta años. Eithan, quien para la una de la tarde se encontraba en el aeropuerto pudriéndose del aburrimiento mientras esperaba abordar su vuelo, se mantuvo en contacto conmigo través de mensajitos, pero llegamos a perder la conexión cuando su vuelto terminó despegando.

Estaba algo cansada, y debido a la ausencia de clientela, le pedí permiso a Jared para cerrar la tienda más temprano de lo acostumbrado y me fui a casa. Me duché, cené, me serví una copa de vino y me puse a leer en la habitación mientras esperaba noticias de Eithan.

Lo único que sabíaera que en un momento me encontraba acurrucada leyendo las aventuras románticas de Martin y Bertha, y que al siguiente, mis ojos apuntaban al techo.

Conforme ajustaba mis ojos a la luz de la lámpara, la realidad cobró sentido, y maldije para mis adentros al comprender que me había quedado dormida. Me pregunté a qué hora habría llegado Eithan a Forks.

Conecté el celular al enchufe, dando un sobresalto con la llamada entrante que irrumpió en mi tranquilidad cuando aparato terminó de encenderse.

Se me dibujo una sonrisa en el rostro al reconocer el nombre. Seguramente me llamaba para felicitarme por mi compromiso.

—¿Alice?

—Hola, Alba —respondió su hermosa (y ¿angustiada?) voz.

—¡Hola! —me senté sobre la cama para fijarme en la hora. El bostezo casi no me dejó hablar—. Son las… Uy, ¡las once de la noche! ¡Que tarde es! ¿Qué sucede?

—Es Eithan. Tuvo un accidente —contestó, y todo mi cuerpo se congeló.

Por un breve instante, el mundo giró con violencia. Se trató de una fracción de segundo, lo suficiente como para sentirme mareada.

—¿Cómo que un accidente? —repetí, esperando ingenuamente que me dijera que había malentendido sus palabras. Pero aquella corrección no llegó—. ¿Cómo lo sabes? Quiero decir… Oh, Dios. ¿Dónde está?

—Está internado en el Hospital de Forks. Ya voy para allá, estoy abordando el avión.

—¿Y él está bien? ¿Qué es lo que sabes?

—No mucho. Sólo sé que el taxi en el que venía chocó con una camioneta que resbaló en el pavimento. Eithan está internado en urgencias —hizo una pausa—. Me traje a Carlisle conmigo.

¿Carlisle?

Me llevé una mano temblorosa a la frente. Presentía que me desvanecería de la impresión de un momento a otro, por lo que me puse lentamente en pie y me obligué a permanecer en este mundo.

—Alice, tomaré el primer vuelo que encuentre a Washington, llámame cuando tengas noticias.

Tuve tiempo de admirar la serenidad de mi voz antes de colgar la llamada. Marqué inmediatamente el número de Eithan, desconfiando de Alice, esperando con ansias que todo fuese un simple malentendido y que Eithan me atendiera con su vocecita irritantemente burlesca, regañándome por haberme quedado dormida. Pero cuando caí en el buzón de llamadas, supe que tenía que ponerme en marcha.

Mi reacción fue automática. Tomé un bolso y metí allí una muda de ropa y mi neceser de higiene de viaje. Mientras esperaba llegar al aeropuerto, en el asiento trasero del taxi, contacté con tres diferentes aerolíneas hasta que logré reservar un vuelo a las tres y media de la mañana.

Eché un vistazo en mi reloj de muñeca. Tan sólo eran las once y veinte de la noche.

Se me estrujó el corazón al pensar en la larga incertidumbre que me aguardaba.

Esforzándome por recobrar la calma, abrí los chats del celular para verificar si Alice me había actualizado con nuevas noticias, llevándome una decepción. Constaté en el registro cuatro llamadas perdidas, una de Alice y tres de un número desconocido, el cual se identificaba posteriormente a través de un mensaje de texto como el Hospital de Forks, notificando que Eithan estaba internado allí a causa del accidente automovilístico y que éste era el número de emergencia en su licencia de conducir.

Al regresar la llamada me atendió una recepcionista, explicándome calmadamente algo sobre Eithan ingresado en urgencias, algo sobre contusiones craneales, sobre costillas rotas y órganos vitales perforados. Algo sobre un estado crítico.

Estado crítico.

Tras una dolorosa bocanada de aire, continué con la inspección. Un sollozo brotó de mi garganta al descubrir los últimos mensajes sin leer que Eithan me envió horas atrás. Tuve que frotarme los ojos con violencia para aclarar la mirada empañada.

6:20pm: Ya aterricé en Seattle. Odio los aviones.

7:01: Ya veo cuánto me ignora usted, señorita.

7:33pm: Soy el tipo más jodidamente afortunado del mundo, pude reservar una avioneta. Sale a las ocho.

8:11pm: Saliendo.

9:10pm: Imagino que estás instalada en sueño REM. Ya estoy en Port Ángeles, voy a tomar un taxi. Te escribo al llegar.

Los mensajes finalizaban ahí.

Me entró un ataque de pánico espantoso. El conductor me pregunto si estaba bien. "Sólo lléveme rápido", contesté, y él se limitó a permanecer en silencio, permitiéndome llorar todo lo que quise hasta que llegamos al aeropuerto. Tenía que guardar la calma o no me sobraría el coraje necesario para enfrentarme a todo esto. No podía dejarme dominar por la necesidad de derrumbarme. No podía permitirme ese lujo. Eithan me necesitaba lúcida.

Casi me pongo a llorar de alegría. Podía cancelar la reservación, ¡un vuelo salía a la una de la mañana! Y como se podía comprar el boleto desde taquilla con cuarenta minutos de antelación, lo pagué. En primera clase, no importa, ¡lo conseguí!

Llamé a Alice al instante, pero no contestó. El teléfono repicaba, así que no podía estar en el avión sino en alguna zona con cobertura. ¡¿Por qué demonios no contestaba?!

—Alice, por favor, devuélveme la llamada cuando recibas este mensaje.

Me tomé un té mientras esperaba a que transcurrieran los treinta y cinco minutos previos al despegue, haciendo fila para abordar el avión.

Necesito estar calmada,repetía incesantemente como un mantra. Cálmate, respira. Cálmate, respira.

Gemí de éxtasis cuando el avión despegó con una reconfortante puntualidad.Tenía que distraerme si quería soportar los nervios durante las siguientes tres horas, así que mi mente me transportó a la noche de nuestro compromiso, al recuerdo de los labios de Eithan en mi cuello, sus manos acariciando mi cuerpo, su débil gruñido sobre mi boca…

Lloré un poco más.

Aterricé a las cuatro, y cuando pensé que mis planes marchaban medianamente bien, me informaron que la próxima avioneta programada para partir Forks estaba disponible a partir de las seis de la mañana. Casi arremeto contra el primer desafortunado que se me cruzara en el camino, y terminé echa un ovillo en el suelo, esforzándome en respirar, cubriéndome el rostro con las manos.

¿Qué se supone que iba a hacer ahora? A este paso llegaría a Forks a eso de las diez. Según la señorita, Eithan se encontraba en estado crítico. ¿Qué pasaría si empeoraba en el transcurso? ¿Y si no llegaba a tiempo para despedirme? ¿Ni si quiera tendré la oportunidad de acompañarlo en el momento de su muerte?

La posibilidad ante ese escenario cayó sobre mis hombros con una fuerza demoledora que me dejó sin aliento, y un hombre tuvo que ayudarme a trasladarme a un asiento cuando empalidecí y perdí el equilibrio.

No podía perder a Eithan.

No podía perder a Edward.

No otra vez, no esta vez.

No pude dormir durante las siguientes tres horas. Tres, porque la avioneta terminó despegando a las siete, no a las seis. Y nada que aparecían noticias de Alice. Ahora su teléfono aparecía apagado.

Me dije a mi misma que tenía que tranquilizarme, ser paciente con ella. Cuando me llamó, me dijo que estaba abordando el avión, pero no especificó de donde provenía. Podría encontrarse en cualquier parte del mundo en este momento. Confiaba en que si no me llamaba era porque simplemente no podía atender al teléfono, así que mientras no recibiese una llamada de su parte notificando la muerte de Eithan o una desmejora de su condición sabía que se encontraba relativamente a salvo.

Aterricé en Port Ángeles a las ocho, e inmediatamente tomé el primer taxi que me llevara al pueblo. Fue allí cuando mi celular finalmente timbró. Di un respingo tan alto que casi choco mi cabeza contra el techo del auto.

¡Gracias, gracias, gracias, gracias!

—¡Alice! ¡Gracias al cielo que apareces! ¿Cómo está Eithan? ¿Está bien? ¿Qué sabes de él?

—Alba.

El corazón se me detuvo. Sólo eso. No hubo un "está peor", o un, "está mejor", o un, "estoy aquí". No hubo más nada.

La garganta se me cerró. Apenas si pude formular una palabra.

—Dime que no está muerto.

Del otro lado de la línea, hubo un suspiro.

—No está muerto.

Liberé de un sopetón todo el aire obstruido en la tensión de mis pulmones. Pude pensar de nuevo. El mundo volvía a recuperar sus colores.

—¡Gracias a Dios! ¿Sabes cómo está él? No he querido llamar al hospital, eso sólo me hubiese puesto mucho más nerviosa. Estaba esperando tu llamada. ¿Está muy grave?

—No, ya no. Alba, escucha. No te llamé antes porque sabía que estarías de acuerdo. Lo vi, así que… de todos modos no lo sabes aun, pero quiero que entiendas que tuvimos que hacerlo. Eithan estaba muriendo.

—¿Estar de acuerdo con qué? —pregunté inútilmente, como si no comprendiese a qué se refería. Pero yo era más inteligente que eso, y Alice lo sabía. Mi entendimiento tardó menos de un segundo.

Quise taparme los oídos y fingir que nada de esto estaba ocurriendo. Quise regresar al pasado y volver a nuestra pequeña cocina y convencerlo de quedarse. Quise tener el poder de impedir que Eithan jamás se hubiese montado en ese taxi, y que todo esto no fuese más que un mal sueño, otro episodio para la colección de pesadillas que acechaban mi vida.

Pero la vida es lo que es, y la muerte también.

Existía una sola criatura en el mundo capaz de llevar a cabo una conversión sin que existiese el riesgo de dejarse llevar por la tentación. Alice había sido lo suficientemente lista como para prevenir el más duro de los escenarios.

—Carlisle —razoné, cerrando los ojos.

Para cualquier otra persona en el mundo, recibir tal inimaginable noticia hubiese sido motivo para hundirse en la locura más incrédula. Pero ya en otra vida conseguí desenvolverme en ese místico mundo el tiempo suficiente como para sentirme familiarizada con su innegable existencia. Para mí nada de esto resultaba una barbaridad: era una realidad.

—Tuve que convencerlo de venir conmigo, como una póliza de seguro —argumentó ella, interrumpiendo mis pensamientos—. Supe que ninguna medida mortal podría salvarlo porque todo su futuro desapareció. Así que… lo siento, lo siento, lo siento tanto, Alba. Tuvimos que transformarlo. Era la única forma.

Me froté el rostro, negando con la cabeza, hasta que mi llanto fue sustituido por una tenue e involuntaria risita. Esto tenía que ser una broma. Tenía que serlo. Tanta precaución, tanto esfuerzo invertido por llevar una vida normal, sólo para regresar al punto en el que inició todo.

Pero aquél ataque de desesperación histérica duró solo unos segundos. Una vez que pude salir del shock, mi respiración se normalizó y abrí espacio para acoger el alivio de la noticia.

Eithan está vivo.

Eithan está vivo.

Mi breve arrebato de racionalidad fue nuevamente reemplazado por la angustia. Todo el cuerpo comenzó a temblarme.

—¿Dónde está? ¿Sigue en el hospital?

—No, nos lo llevamos hace media hora. Fue todo un problema sacarlo del hospital. No me quedó otra opción más que llamar a Jasper y pedirle que empezara a mover sus contactos para que nos enviasen un jet privado, porque necesitábamos un medio para trasladar a Eithan sin formar un escándalo.

—¿A dónde lo llevan?

—A Canadá, con el resto. Recién nos mudamos hace unos meses —la escuché gruñir en voz baja, desesperada. Su voz se tornó de un tono mucho más inusual—. Escucha Alba, sé que todo esto es muy repentino, pero la conversión apenas está iniciando. Todavía estás a tiempo de cambiar de idea.

Los ojos casi se me salen de las orbitas.

—¿Cómo así que cambiar de idea? ¿Qué quieres decir?

—Me refiero que aún podemos arrepentirnos —lanzó un suspiro—, a pesar de que él no me recuerde, en el fondo sigue siendo mi hermano y todavía lo amo. No me gustaría verlo morir, pero sería muy egoísta de mi parte que yo determine si vivirá o no. Estoy segura de que él volvió aquí sólo por ti, y si no quieres que sobreviva en esta… forma, dímelo y prometo que consideraré obedecerte. Todos conocemos lo que esta vida conlleva, y no necesariamente tiene que ser positivo; la mayoría de nosotros, en algún momento, deseó tener a alguien que se negase por nosotros.

Incliné mi cuerpo hacia adelante y enterré el rostro entre mis rodillas. Todo esto parecía una ilusión. Las palabras de Alice hacían eco en mi cabeza, dando vueltas y vueltas.

¿De verdad estábamos discutiendo la idea de asesinar a Eithan?

¿De matarlo?

—Prometo ser gentil —agregó Alice, en voz baja.

Me inundó una oleada de un pánico que me dejó frita. Si permitía a Alice acabar con la vida de Eithan, todo terminaría. Lo perdería para siempre. Y si Eithan moría, ¿qué sería de mí? ¿Sería tan egoísta como para continuar con mi vida?

La desesperación se extendió por todo mi cuerpo. No. Jamás conseguiría sobrellevarlo. Si Eithan se iba, yo me iba con él. Serían dos vidas acabadas en menos de un parpadeo.

Tomé la decisión en menos de tres segundos. Eithan no podía morir. No iba a morir.

¡NO!—bramé tan alto que casi se me quiebra la voz—. ¡Prométeme que lo salvarás! ¿Me escuchaste? ¡Déjalo como está!

Del otro lado de la línea escuché otro suspiro, pero esta vez de alivio.

—Te prometo que lo mantendré a salvo.

—¿Podrías llevarme con él?

—Alba, me encantaría, pero esa no es la mejor idea. Eithan será un neófito en menos de tres días, y se lanzará a la primera fuente de sangre que consiga apenas recupere la consciencia. No sobrevivirías. Además, el proceso es bastante doloroso, y es probable que él ni si quiera te preste atención. Tendrás que permanecer alejada de él por ahora.

Ahogué un sollozo.

Nuestra historia pasó frente a mis ojos. Mi primer día en el instituto. Aquél preciso instante en el que me salvó de ser arrollada por la camioneta de Tayler. Aquél momento en el que me rescató de la malicia de James. Nuestro primer beso en el prado, nuestro baile de graduación, mi primer cumpleaños juntos, nuestra primera ruptura en el bosque…

La reconstrucción de nuestra vida, nuestro reencuentro en el prado, nuestro segundo primer beso, nuestra vida en Ohio, nuestro compromiso. Nuestro futuro.

Todo se había terminado.

—Entiendo —discerní, aplastándome en el asiento—. Estaré llegando a Forks pronto. Dios, tengo que… tengo que hablar con su madre. Tengo que decirle que él… que él… santo cielo. ¿Qué demonios voy a decirle? ¿Cómo le digo que su hijo es un vampiro?

Una voz amenazante perfiló la reprimenda que me dirigió.

—No puedes decirle eso. Alba, por más doloroso que sea, a partir de ahora Eithan está muerto para el mundo. Tú siempre has sido una excepción, sí, una peligrosa excepción, porque sé que nuestro secreto está a salvo contigo. Pero yo no sé qué podría hacer esa señora. Si alguien más entera de nuestra existencia, y si los Vulturis eventualmente se enteran nos masacrarán a todos, si es que antes mis hermanos no me masacran a mí. ¿Entiendes lo que te digo?

Cerré los ojos. Claro que lo recordaba. Inmerecidamente lo recordaba.

—Sí.

—Inventa una excusa, pero no puedo permitir que le digas a nadie la verdad. No voy a correr ese riesgo.

—Sí.

—Resuelve tus asuntos pendientes. A partir de ahora, te ayudaré a distancia.

—Sí.

Colgué la llamada. El conductor me pregunto si me encontraba bien. Esta vez no dije nada.

Cuando me sentí lista para hablar, le di nuevas indicaciones para que me llevase a casa de la señora Grant. Me sentía hastiada, absorta completamente de este planeta. Ni si quiera recordé de qué forma terminé de pie frente a su casa, temblando como una hoja y absorbiendo el tono verde de sus ojos. Apenas si había envejecido durante los últimos años.

—¿Alba? —inquirió Elizabeth, mirándome de arriba a abajo—. ¿Está todo bien? ¿Qué pasó?

Negué con la cabeza, renunciando a toda la fortaleza que me había mantenido luchando. Lo siguiente que hice, fue echarme a sus brazos.


(Re-editado). 09/08/16.

LES DIJE que lo mejor estaba por venir. Ya a estas alturas deberían estar acostumbradas a mis giros dramáticos. A ver, ¿quien se esperaba una cosa como esta?

Me imagino que todavía están procesando lo que pasó, admito que este capítulo tuvo de todo. Lo hice especialmente largo porque no sé cuando actualizaré el siguiente, así que espero que hayan quedado satisfechas.

Quiero anunciar que les he asignado a Alba y a Eithan SU PROPIO TEMA musical! No es mío, sólo lo encontré, pero estoy segura de que disfrutarán escucharlo y muchísimo más después de haber leído este capítulo. Encontrarán la canción en mi perfil de FF.

Quiero darle las gracias por sus reviews a AlexaHale16 , somas, Bella Cullen Halliwell, Estrella masen, Adriu, EmmaCullenO'SheaPotterKiryuu , Luz Collen , choiamberc, Bella collen, Pili , ConiLizzy , Isis Janet , psialexa ,Liza de Cullen, Cullen-21-gladys, heychiquilla , MansenAbril, Galu91, Yoliki , labluegirl94, TsukihimePrincess, Martu Vampira, kkkgsdf, Dess Cullen , y los guest, y a todas quienes me comentaron en el capítulo pasado, ¡las amo!Contestaré a todos sus rr en lo que regrese del trabajo :)

ESPERO ANSIOSAMENTE A SUS REVIEWS CONTANDOME QUE LES PARECIÓ.

Hasta una siguiente actualización.