Disclaimer: Los nombres de Eithan y Alba son de mi propiedad, pero sus espíritus pertenecen a Meyer, al igual que la mayoría de los personajes de la historia.


.

.

.

NOTA DE AUTOR: Advierto que este capítulo es tan largo que podría abarcar perfectamente dos capítulos. Así que aconsejo que se aseguren de que tendrán tiempo, para poder leerlo con calma y sin presiones. Sin más que decir, ¡disfruten!


Chapter 17:

Blind Point

A.

Sus labios atraparon los míos antes de que me pusiera de puntillas. No me sobró tiempo para soltar un botón de su camisa, cuando suavemente me alzó de improvisto y me tumbó de espaldas contra la cama. La agresividad con la que me besaba, la manera en la que sus manos se movían inquietas por mi cuerpo… otro síntoma de una larga y estresante semana.

Tomó el dobladillo de mi blusa y la arrastró hacia arriba, sacándomela por la cabeza. Sus ojos se detuvieron en mi pecho.

—¿Qué es eso? —sonrió hacia mi nueva adquisición.

—Decidí pasar por lencería. ¿Te gusta?

—Me encanta —susurró en mi oído, tirando suavemente del lóbulo—. Tú me encantas.

Abrí los ojos a la completa oscuridad de mi habitación, sopesando el cúmulo de sensaciones arrastradas por el sueño. Meses atrás, me hubiese desplomado ante un recuerdo tan valioso como ese, pero la larga espera me había inmunizado con el paso del tiempo. Así que me conformé con encender un cigarrillo. Mi adicción a su consumo no había hecho más que incrementarse, solamente porque no encontré otra forma de regular mi ansiedad.

Me sentía bastante adormilada, incluso fumando. Me confundía no distinguir si acababa de experimentar otro de mis sueños, o si ya llevaba un bien rato despierta recordando experiencias con Eithan. En fin, supongo que a estas alturas daba lo mismo. Me había acostumbrado a mezclar la realidad con una buena dosis de fantasía, recordando e imaginando constantemente a Eithan durante los últimos seis meses.

Seis meses.

Los primeros fueron los más duros. Como era de esperarse, los síntomas de mi separación giraron en torno a un doloroso y perpetuo desconsuelo. Estaba consciente de que Eithan se encontraba a salvo, pero era inevitable que su ausencia me hundiera en un abismo de soledad. Mi comportamiento aparentemente iba acorde a la pérdida de mi pareja, lo sabía por la asquerosa mirada compasiva y lastimera de mis conocidos, empezando por Meryl, a quien escuché murmurar discretamente en el oído de su esposo que yo prácticamente había "enviudado", refiriéndose a mi compromiso con Eithan previo a su muerte. Me sentí en la obligación de romper relaciones con ellos. Todavía me pregunto porque la sigo resintiendo tan inmerecidamente por ese comentario.

¿Me odiará? Solía cuestionarme en silencio, con la vista clavada en el techo. ¿Me culpará por haber arruinado su vida?

El repique del teléfono me ocasionó un sobresalto que casi me saca de la cama.

—Hola, mamá.

—Hola cariño —en un intento por sonar animada, su voz se escuchó delatadoramente temblorosa. Sonreí con honestidad por sus esfuerzos—. ¿Te desperté?

—No, de hecho llevo despierta un rato.

Silencio absoluto.

Me obligué a apoyarme en mis rodillas, preparándome para el sermón. Me mortificaba preocupar a mi mamá por mi culpa. Detestaba no ser la única en abrir los ojos en medio de la noche con una angustia en el pecho y un nudo en la garganta. Ella se encontraba tan deprimida como yo por el simple hecho de que yo lo estaba, porque así son las madres, porque esa es su forma de amar. ¡Y cuánto la adoraba por eso!

Tragué espeso en un intento de aparentar un poco más de cordura.

—Estoy bien, mami.

—No te escuchas así —replicó con voz rota, a punto de llorar—. Me preocupas, cariño, por favor, déjame quedarme a vivir contigo un poco más.

—De verdad me siento bien —insistí con cansancio, dignándome a levantarme de la cama y abrir las cortinas para que la tenue luz se filtrara por las ventanas.

Después de la "muerte" de Eithan, pedí dos semanas libres en el trabajo y no volví a salir de mi dormitorio. Mi mamá, quien para ese momento estaba de vacaciones en la pequeña cabaña de su novio Albert, en Sequim, se enteró de la noticia gracias a una de sus amigas enfermeras y se materializó en Forks para apoyarme con el velorio. Posteriormente, me acompañó a casa con un voluminoso equipaje y una fuerte disposición a quedarse conmigo durante los siguientes dos meses. Agradecía que ella no estaba de turno en el hospital el día del accidente. Puede que haya logrado convencer al pueblo con mi patética historia, pero me hubiese sido extremadamente difícil persuadir a mi mamá si ella hubiese estado presente durante los acontecimientos. Tuve suerte al disponer de tiempo suficiente para ensayar en mi cabeza lo que le diría, o hubiese olfateado la mentira a kilómetros.

Tengo que admitir que toda esta experiencia me dejó algo muy claro: los Cullen eran inteligentes, unidos, respetuosos de la vida humana… e impresionantemente corruptos. Se hallaban inmiscuidos hasta la médula en una infinita cadena de actos delictivos que no se limitaba a la simple falsificación de documentos. Fue Alice quien me ayudó a hacer los trámites del traslado del cuerpo –un cuerpo suplente del cual jamás quise saber detalles- a Chicago, donde Elizabeth quiso enterrarlo junto a la tumba de su esposo.

Y eso nada más es una parte de la historia. Rescatar a Eithan y sacarlo de allí fue un proceso complicado. Con nombres distintos, identificaciones distintas, y un radical cambio de apariencia (después de todo, sólo habían transcurrido veintiséis años desde la partida de los Cullen y algunas personas todavía recordarían sus rostros) Alice y Carlisle consiguieron convencer al hospital de que trasladar a Eithan a la mejor clínica disponible era la única opción que tenían si querían salvarlo, y todo sin requerir de ningún pariente cercano porque, de alguna manera, lograron demostrar una conexión con el paciente lo suficientemente convincente como para que fuese legal decidir por él. Era admirable hasta que punto Alice había planeado todo en caso de que una eventualidad como esta ocurriera: partidas de nacimiento, licencias, pasaportes. Prescindieron no sé cómo ni con qué permiso del transporte aéreo del hospital, y terminaron utilizando un jet privado específicamente enviado por Jasper, y con unas específicas órdenes de jamás aterrizar en la clínica a la que supuestamente lo transportaban. Y todo sin dejar rastros.

Supongo que tiene sentido. Para evitar ser descubiertos, la extorsión, la amenaza y el chantaje inevitablemente debían formar parte de su vida, esas eran las consecuencias de querer pertenecer a la sociedad. Y si para salvar a Eithan yo tenía que ser partícipe de eso, estaría encantada y muerta de la risa.

Mientras que en mi realidad Eithan existía, para el resto del mundo no era así. Si bien Alice había hecho muy bien su trabajo al solucionar el problema, fue a mí a quien se le asignó la tarea de contestar y rellenar todos los cabos sueltos con un montón de excusas que no supe de cual cabeza las saqué. En mi versión de los hechos, Eithan y yo, junto con Sally (Alice), quien era una gran amiga nuestra, viajamos a Forks con el objetivo de visitar a Elizabeth, pero por una cuestión de logística, Eithan terminó volando en una avioneta, y Sally y yo le seguimos después en otra. Por ende, él tomo el taxi y se estrelló estando solo, y nosotras alcanzamos a ver el auto destrozado antes de correr al hospital. Lo que ocurrió con Eithan fue una emergencia como cualquier otra, por lo que el hecho de que yo, su aparente prometida, no estuviese verdaderamente ahí cuando ocurrió todo, no fue un detalle que nos importunó, puesto que todo había sido tan rápido y confuso para las enfermeras y médicos activos esa noche que no le otorgaron demasiada importancia a esas pequeñeces.

Entonces sí, incuestionablemente sí. Yo estuve ahí. En eso Alice también fue bastante convincente. Por otro lado, como no se me ocurría otra manera de explicar cómo Eithan terminó a parar en avión privado, le dije a todo el mundo que Sally era asquerosamente rica y que ese fue un préstamo para ayudarnos.

Un asco de mentira.

Organizar un funeral ficticio me pareció la cosa más inhumana que pude haber hecho en toda en mi vida. Al menos tuve la suerte de contar con Alice y con mamá para llevar a cabo toda esa farsa, en vista de que la señora Elizabeth se encontraba demasiado consternada como para inmiscuirse en el papeleo.

El recuerdo del semblante inmutable de Elizabeth en sincronía con sus ojos vacíos me torturaba cada noche. Un velorio decente y un entierro digno para su hijo eran lo único que le quedaba en este mundo. Esas ceremonias eran las más representativas para ella, y yo no hice más que deshonrarlas al continuar con la mentira. Verla llorar frente a la urna de un cuerpo que ni si quiera era el de su hijo me hizo perder la compostura, pero saber que por el resto de su vida visitaría la tumba de un desconocido…. En más de una ocasión me vi tentada a decirle la verdad, pero terminé desistiendo. Eso solo ocasionaría un montón de problemas, y la amenaza de Alice fue bastante clara. Jamás me perdonaría si la traicionaba de ese modo.

Además, estaban los Vulturis, incuestionable figura de autoridad en el mundo vampírico. Ellos no lo pensaron dos veces antes de matar a Edward, y si fueron capaces de aniquilar a uno de los suyos por exponerse medio segundo al sol, la más grande de las nimiedades ¿qué les impediría acabar con toda un aquelarre por revelar un secreto? No, Elizabeth nunca podría enterarse de nada, porque no sólo peligraría la vida de los Cullen, sino también la de Eithan. No estaba dispuesta a perderlo por segunda vez y mucho menos en manos de los Vulturis, de nuevo.

La voz de mi madre me trajo nuevamente a la realidad.

—De acuerdo… pero por favor, llámame más a menudo. Me pongo a pensar tonterías cuando te desapareces.

—Es sólo que he estado ocupada —aquella parte no era mentira. Últimamente le dedicaba el máximo esfuerzo a la editorial y había duplicado mi disponibilidad para las clases de danza—. Mami, son las nueve, y tengo una alumna que vendrá a las once. Prometo llamarte más tarde, ¿de acuerdo? Mándale saludos a Albert de mi parte. Te amo.

—Y yo a ti, mi niña —se despidió, esta vez con un tono de voz más alegre.

Tomé una larga ducha, me preparé el desayuno y me enfundé en unos cómodos pantalones de yoga, junto con mis zapatillas de media punta. Mientras esperaba, abrí espacio desplazando los muebles hacia las esquinas e instalé la barra portátil frente al enorme espejo de la sala, no sin antes limpiar el suelo de linóleo. Normalmente sería yo quien visite la casa de mis estudiantes, pero con la condición de que debían tener por lo menos un espacio y una barra para practicar. De no ser así, las clases se realizaban aquí, y puede que el poco espacio no fuese un estímulo demasiado motivador, pero al fin y al cabo, mis servicios no eran nada costosos en comparación con otros precios. A Eithan nunca no le irritó tener a adolescentes revoloteando por toda la sala, solía brindarme mi privacidad para que la clase se realizara sin interrupciones. En el fondo, sabía que mis actividades le funcionaban como una excusa perfecta para jugar con sus videojuegos y ver su anime y sus películas de tiroteos.

Se me escapó una sonrisa al pensar en su cara. Extrañaba ser arrastrada a compartir sus gustos de ñoño.

Amanda tenía trece años y un serio problema con la abertura de caderas. Había estado viniendo todos los sábados durante los últimos tres meses, pero parecía que ninguna de mis correcciones surtía el efecto necesario.

—Ponte derecha —reprendí, halándola suavemente del cuello hacia arriba. Apenas estábamos calentando en la barra—, codos arriba. Relaja los hombros. Codos arriba, dije.

Vi una furia súbita en su mirada que desapareció en el segundo en el que se inclinó hacia atrás para realizar el cambré. Era exactamente la clase de mirada que yo les arrojé a mis profesores a escondidas, deseando en silencio que cayeran sobre su trasero. Ya me había acostumbrado a los ataques de odio de mis estudiantes, pues era normal, aunque ese malestar no les daba el derecho de quejarse. Así es como se enseñaba ballet clásico.

—¿Cuándo pasaremos al centro? —preguntó en voz baja, ejecutando unos cuantos frappés al ritmo de la música.

—Creo que nos dedicaremos hoy nada más a la barra, hay unas cosas que quiero pulir aun.

—Ay, pero, ¿por qué? Ya estoy aburrida de lo mismo.

Me tragué la acidez que meritaba su respuesta. No era la primera vez que Amanda me hablaba de esa forma. Ni si quiera yo, en mis años más rebeldes, había sido así de contestona.

—De acuerdo, vamos al centro entonces.

Me dirigí al reproductor de música y coloqué una pieza bastante lenta, esperando que el dolor que se concentraría en sus muslos mañana con todas las extensiones que le mandaría a hacer, le sirvieran de lección. Me tomé mi tiempo para dictar las instrucciones mientras ella me observaba atentamente. No había terminado de ejecutar el segundo ensayo cuando perdió el balance y su arabesque se desmoronó sin la más mínima elegancia.

—¡Lo siento, lo siento, lo siento! ¡No sé por qué me salió así de mal!

—¿Te digo por qué? Te faltó fuerza en los tobillos porque no los ejercitas lo suficiente. No extendiste bien la pierna de base y tus caderas y rodillas estaban cerradas. La posición del talón fue espantosa y tu pie no estaba en punta. Por otra parte, tu pie es extremadamente plano. Tienes que ejercitar el empeine, o las puntas te van a doler más y te va a costar más mantener el balance. Sé que estás acostumbrada a trabajar en el centro en tu academia, pero esta es una clase privada, aquí yo soy tu profesora, y si considero que tienes que permanecer en la barra indefinidamente entonces así será.

Apenas terminé de exponer mi alegato, el remordimiento me carcomió de repente. Sus ojos se llenaron de lágrimas y agachó la cabeza, torciendo la boca en una mueca de arrepentimiento. Reconocía perfectamente esa actitud y adivinaba lo que pasaba por su mente: que era inútil e incapaz de hacer nada bien. Sabía que tenía que ser exigente, pero no quería convertirme en una profesora ruin. La frustración acumulada me hacían pagarla innecesariamente con ella, y nadie se merecía llorar por culpa de mis desgracias.

—Lamento haber sido muy brusca, linda —me disculpé de corazón, instándola a mirarme—. Lo siento, me pasé de la raya. Pero me gustaría que entendieras que no hago nada para perjudicarte, al contrario, todo lo te digo lo hago por tu bien y porque quiero que seas exitosa. Te equivocaste en el centro, por eso quiero que te concentres en la barra primero porque es allí donde puedo corregirte mejor. Te prometo que en unas pocas clases mejorarás y nos dedicaremos al centro. ¿De acuerdo?

Ella asintió, agradecida, pero en parte rencorosa. Al menos me devolvió la sonrisa. Estaba segura de que también fantaseaba conmigo y mi trasero cayendo al suelo.

Mi alumna de las dos de la tarde se excusó por no asistir a la clase, algo sobre que su gato se había escapado. Complacida por contar con el el resto del sábado para descansar, brinqué con alegría hasta el sofá donde me esperaba un lindo y reparador sueño, que no pudo competir con el lindo y reparador mensaje de texto que vino justo después de apoyar mis rodillas.

Será mejor que pongas la alarma. Estaré frente a tu apartamento hoy a las doce de la noche. Lo siento, no pude cuadrar para más temprano.

No pude controlar la enorme y entusiasta sonrisa.

Te estaré esperando con perritos calientes. Hot dog. Como tú. ¿Lo captas?

Es un chiste terrible, Alba. Pero gracias, lo sé.

Idiota Jacob. Volví a sonreír, agradecida de que él jamás se había vuelto a dirigir a mí como Bella en todos estos años. Ambos sabíamos lo… extraño que resultaba para ambos. Especialmente para él.

El resto del día lo desperdicié echada en la cama viendo TV y tomando whisky. La calidez a la que me transportaba el alcohol era acogedora, sobre todo porque era en momentos como estos en los que me sentía más desconectada con la realidad, y podía permitirme reírme de los shows humorísticos que transmitían en los canales de comedia.

Me burlaba de un chico que tropezó con su patineta y cayó de bruces sobre su novia, cuando recibí una llamada entrante de un número desconocido. Tuve que aclararme la garganta.

—¿Hola?

—Alba.

Las risas se detuvieron.

Mi corazón también lo hizo.

—Eithan —murmuré, soltando el aire de golpe—. ¡Ay, Eithan!

El silencio que se extendió fue ocupado con el sonido de mi respiración, porque del otro lado de la línea, Eithan se había quedado mudo.

—Lo siento tanto —dijo por fin.

Los ojos se me llenaron de lágrimas cuando comencé a caminar en círculos por la sala.

—¡Oh, Eithan! ¡Lo siento yo! ¡Todo esto fue mi culpa! Si no me hubiese quedado dormida a lo mejor todo hubiese sido distinto. Un pequeño cambio, uno solo hubiese hecho la diferencia…

—No fue tu culpa —repuso con rapidez. Parecía torturado—. No te atrevas a responsabilizarte por lo que pasó. Sé por qué hiciste lo que hiciste. Alice me ha explicado todo. Yo…. Yo sólo… Maldición.

El corazón me latía desbocado. Siempre pensé en cómo me sentiría cuando este momento llegara. Me imaginé llorando, llena de júbilo y jadeando su nombre porque al fin podría escuchar su milagrosa voz, esa voz tan familiar que ahora resultaba música para mis oídos, porque la caricia melódica que flotaba en las palabras pronunciadas por sus labios era suficiente para dejarme sin aliento.

Porque ya no era la voz de los humanos. Ahora era la voz de los seres perfectos.

—Tú… ¿me odias? —estaba tan desesperada por saber la respuesta que no contaba con el valor de alargar nuestro primer contacto—. Cielos, Eithan, ¡te quité todo! —gimoteé, pensando en Elizabeth. Ella lo era todo para él—. Pensé que hacía lo correcto pero ahora no estoy tan segura. Sólo dime si me odias y me alejaré de ti. Pero por favor… yo sólo… necesito conocer como son las cosas ahora. Necesito saber cómo seguiré adelante con mi vida.

¿Odiarte? —repitió, con un deje amargura contenida. Casi parecía ofendido con mis palabras—. No, no, no. En lo absoluto, Alba. Lo que sucede es que no logro concebir una manera de expresar ni la más mínima fracción de lo que pasa en mi cabeza sin volverme loco.

—¿Y entonces por qué no me llamaste?

Me sentí traicionada cuando Alice me confesó que él no quería hablar conmigo aun. Pero alegó que el aislamiento era un comportamiento sumamente normal durante los primeros meses, porque los neófitos estaban demasiado concentrados pensando en sangre que toda la racionalidad se les iba de la cabeza. Dijo que no me preocupara, que ya recapacitaría. Yo no sabía lo que significaba ser un vampiro, así que no tenía mucho derecho a cuestionarla.

—Perdona, quise decir, ¿cómo has estado? —agregué de forma titubeante antes de que él respondiese. No quería sonar tan desconsiderada.

—Ha sido difícil. No lo he sobrellevado nada bien.

Casi me quise golpear a mi misma por mi estupidez. Eithan estaba sufriendo y yo no hacía más que comportarme como una perra egoísta al reclamarle por su abandono, pero no podía resistirlo. Lo había extrañado que ardía hasta en mis huesos, y no dejaba de pensar una y otra vez en lo desgraciada que era con toda la sarta de mentiras que Alice le había contado acerca de su amistad conmigo y mi relación con seres sobrenaturales, sin mencionar en lo absoluto su verdadera identidad. Había jurado llevármelo a la tumba, aun así eso significara seguir mintiéndole. Y detestaba hacerlo.

Pero sabía que Eithan me decía la verdad. Después de todo, Alice se había encargado de notificarme de todos los movimientos de Eithan desde su transformación. Estaba informada de su debilidad por la sangre, de su temperamento agresivo y de su desesperación al tener que adaptarse a su nuevo mundo. Los Cullen -quienes ahora se identificaban como los Milton-, le ofrecieron todo su apoyo durante el proceso. Se habían mudado a Alaska, para estar aislados.

Alice también me contó que no tuvo más opción que decirles la verdad a todos acerca de sus visiones y la conexión directa entre Eithan y Edward. Ninguno le creyó en un principio, incluyendo Carlisle o Jasper, quienes aportaron su colaboración por simple consideración a su causa, y nada más. Integrar a Eithan al grupo acarreó un montón de enfrentamientos entre los integrantes de la familia, pero ella insistió tanto que ya estaban comenzando a convencerse de la veracidad de sus palabras. Después de todo, ella era Alice. ¿Quién le llevaría la contraria por tanto tiempo?

Todos los recuerdos me trajeron de vuelta a este momento.

—Perdóname, Eithan —volví a decir, ahogando las lágrimas—. Perdóname, por todo, lo siento, te amo, te amo.

—Lo sé. Mi vida es un infierno sin ti.

—Entonces, ¿qué esperas? Ven. Por favor. ¡O yo iré! No tienes que tocarme, sólo necesito saber que estás bien.

No puedo —articuló cada letra como si éstas lo quebraran desde adentro—. Todavía no he aprendido a controlarme. Hace aproximadamente un mes estuve cerca de perder la razón, y casi acabo con la vida de un turista. Aun soy demasiado prematuro, impulsivo, y Alba, no estoy dispuesto a poner tu vida en riesgo de ese modo.

Parpadeé, completamente fuera de mí. No esperaba una respuesta como esta.

—¿Significa que no volveremos a vernos más nunca?

—Por supuesto que sí. Me refería a que no me siento capacitado para reunirme contigo sin exponerte a un peligro. No todavía.

—¿Y cuánto tiempo debo esperar?

Una pausa alarmante me dejó expectante al teléfono.

—Concédeme un año… Tal vez dos.

—¡¿Dos años?! —proferí, sintiendo toda la sangre yendo a mi cabeza—. ¿Me estás diciendo que no nos veremos en dos años? ¿Estás loco? ¡No puedes hacerme esto, Eithan!

No otra vez, quise agregar.

—Comprendo lo frustrante que es, pero es la única solución disponible que tenemos.

Ni si quiera la hermosura de su voz opacaba un poquito de mi rabia.

—No pienso aceptarlo.

—Alba —por la forma en que pronunció mi nombre, no supe distinguir si se trataba de una advertencia o de una amenaza. Pero sonaba definitivamente molesto—. ¿Crees que te digo todo esto porque quiero fastidiarte? ¿No lo entiendes? No estoy listo. Si nos vemos, corro el riesgo de matarte.

Mi rostro comenzó a arder. No podía creer lo fácil que le resultaba apartarse de mí. ¡Me enojaba la racionalidad de su discurso! Me enfurecía su repentina habilidad para llevar una conversación con la semántica y la elegancia propia de los vampiros. Y apoyándome en ese impulso, deseé poder negar cada una de sus palabras, más no lo hice. Por más decepcionada que estuviese, su coherencia era irrefutable.

Eithan prosiguió.

—Te suplico, por favor, que no me lo hagas más difícil. Juro que iré por ti cuando esté completamente seguro de que no soy peligroso, pero mientras tanto, es mejor permanecer así. No quiero que mueras. No podré soportarlo.

Sus palabras oscilaban entre desdicha y premura, lo que hizo que mis ojos se inundaran de lágrimas. Quise decirle que me sentía identificada con el dolor al que él se refería, porque ya había tenido que lidiar con su muerte. Así como él alguna vez también lo sintió. Un dolor al cual no pudo hacer frente y que lo impulsó a suicidarse.

La desesperación allanó toda mi capacidad de raciocinio. Comencé a rogarle, presa del miedo de perderlo para siempre. Porque en el fondo, aun aguardaba el terror a que él me abandonara de nuevo.

—No, Eithan. Te amo, no puedo soportar estar sin ti, estoy cansada de toda esta monotonía. Por favor, déjame acompañarte. Encontraremos una forma. Sé que lo haremos. Estoy segura de que Alice…

—No.

No. Rotundo, firme, fuera de discusión.

No.

Su absoluta negación no era compatible con el carácter de Eithan. Por un momento, sentía que estaba hablando con Edward. Todo él se sentía como Edward.

Un suave vértigo inundó mis sentidos, y tuve que sostenerme de la mesa para no caer. Mi mente involuntariamente voló veintiséis años en el pasado, cayendo en el lugar donde ocurrió ese momento de mi vida al cual había designado como el principio de mi fin. Todavía podía recordar el oro líquido de sus ojos convirtiéndose en hielo.

"¡Lo prometiste!" suplicaba yo, en un vano intento de que se quedase conmigo. "Me prometiste en Phoenix que siempre permanecerías…".

"Siempre que fuese bueno para ti", me había interrumpido él, sosteniendo la misma mirada turbia.

Cerré los ojos.

Por el bien de mí y de mi futuro con Eithan me había esforzado arduamente por ignorar esa época de mi vida, porque los recuerdos parecían hacerse más insoportables con el paso de los años. Eran, en esencia, un recordatorio de todo lo que había perdido. Mentiría si dijese que nunca extrañé tener al verdadero Edward conmigo. En más de una ocasión me encontré a mi misma contemplando a Eithan en silencio, pensando que él no era más que un sustito para llenar el vacío que dejó la pérdida del hombre de mi vida; añorando la miel de sus ojos, su cabello cobrizo, el frío roce de sus labios…

Me descubrí deseando tener el poder de reconstruir la historia e impedir que se marchase, de tenerlo conmigo y de vivir juntos para el resto de la eternidad, incluso si eso implicase deshacer mi vida como Alba y a todos a quienes amaba. Me sentía asqueada ante mi propio inconformismo, por reconocer que no había aprendido a valorar esta nueva vida ni esta nueva versión de Edward lo suficiente, pero sabía que esos sentimientos solían ser transitorios. Y justo cuando había conseguido aceptar nuestra inevitable naturaleza y había recobrado una vida con él, ¿me pasa esto?

A pesar de sus explicaciones, mi lado emotivo me obligaba a asumir su rechazo como si estuviese rompiendo conmigo, otra vez. Y aunque sabía que ese no era el caso, me sentía completamente desorientada.

¿De verdad estaba condenada a que se repitiese la historia?

—Bien —musité, asombrada por la pasividad de mi respuesta—. Que sea así entonces.

Tranqué el teléfono antes de que pudiese decir algo más, y me puse a dar vueltas inquietamente por la sala, pensando en cómo procedería ahora. Ahora que sabía que, dentro de los límites, él estaba bien, podía quitarme un peso de encima. Pero no se me ocurría ninguna solución para todo este asunto.

Dos años. ¿De verdad me estaba obligando a esperarlo por tanto tiempo? ¿Sin verlo, ni tocarlo? Por más que comprendiese sus intenciones de mantenerme a salvo, había estado separada de él el tiempo suficiente como para volverme loca. Él no sabía lo duro que era para mí escucharlo decir que se despedía de nuevo. ¡Él no lo sabía! Eithan estaba muy mal si pensaba que me quedaría de brazos cruzados mientras nos separábamos el uno al otro. Necesitaba encontrar un modo de convencerlo de encontrarnos. La pregunta era cómo.

Jacob tocó la puerta a las once y media de la noche, cuando tenía mi cabeza hundida en el sillón. Forcé una actitud positiva y la abrí, sintiendo sus fuertes brazos a mi alrededor antes de que pudiese terminar de alzar la cabeza al techo para verlo. La sorpresa ante su eufórico recibimiento me dejó noqueada, colgando como una muñeca de trapo.

—¡Hola, Jake! —dije con voz ahogada.

—Hola, niña.

Me apoyó delicadamente en el suelo, dándome la oportunidad de detallarlo. Jacob vestía una sencilla sudadera y unos discretos pantalones de jean. Su ancha sonrisa entre dientes hacía que se marcaran las pequeñas arrugas alrededor de sus ojos. A pesar de eso, parecía hacerse más guapo con los años. Era espantosamente envidiable. A nosotras la edad nos dejaba destruidas.

—Ya no soy una niña, es que tú eres el viejo cuarentón —repuse de manera nostálgica. Habíamos tenido una conversación parecida cuando vivía en Forks, antes de que toda mi vida se pusiese de cabeza.

—Para mí siempre serás una niña.

Sentí mi cara arder de tristeza cuando lo miré, preguntándome en silencio si existía algún elemento subyacente en su respuesta. No quise entorpecer nuestro encuentro con esos recuerdos.

Lo invité a pasar y a instalar sus cosas. Mientras se recostaba en el sofá, valorando el apartamento, sus ojos dieron con la botella de whisky a medio terminar que estaba en la cocina.

—Estamos un poco ebrios, ¿no?

Reí entre dientes, ignorando la parte en la que quería indiscriminadamente golpear algo a causa de la frustración.

—Más o menos. Llevo cinco tragos encima.

—Beber solo está mal. Está muy mal.

—Es por eso que tú me acompañarás —concordé, ofreciéndole un vaso con mucho hielo y la bebida—. Nunca me dijiste para qué venias. ¿Cuánto tiempo te quedarás?

—Sólo dos días. ¿Acabo de llegar y ya me estás corriendo? —su rostro adoptó una máscara de seriedad—. Obviamente estoy aquí por ti, no te he visto desde el funeral. Me siento tan culpable por no venir antes, pero es que Sarah… —hizo una pausa—, no importa. Tú… ¿cómo has estado?

Hice una mueca, sentándome junto a él. A diferencia del resto, Jacob si supo que Alice y Carlisle estuvieron en Forks. No es como si el hedor de vampiro pudiese desaparecer con un poco de desinfectante, claro. Pero jamás le confesé que Eithan fue transformado. Temía que mi torpeza desintegrara el tratado y que los Quileutes le declararan la guerra a los Cullen por haber matado a un ser humano, independientemente de que yo fui la responsable de esa decisión. Para Jacob, Eithan estaba muerto.

—Al menos no estoy anoréxica —intenté fallidamente bromear, mi risa sonando más como un gemido. Jacob me observaba preocupadamente con los labios presionados—. Mira, he estado mejor. Pero no quiero que hablemos de mí. ¿Cómo está Charlie?

Eso despertó una chispa juguetona en sus ojos.

—A decir verdad, te tengo una novedad. Un pajarito me contó que Sue lo ha estado visitando últimamente. Con respecto a lo demás, Charlie es Charlie, fuerte como un roble…

—Espera, espera, ¡rebobina ahí! ¿Sue? ¿Sue Clearwater?

—La misma.

—Vaya —silbé, recostando mi espalda. Me recorrió el alivio de saber que Charlie había estado recibiendo compañía femenina últimamente—. Sue Clearwater. Supongo que nunca es demasiado tarde para volver a enamorarse.

Jacob percibió la tristeza en mi voz, y tímidamente, alzó su mano para alcanzar la mía.

—No necesitas seguir angustiándote por Charlie, Alba. Es un hombre fuerte, y siguió adelante hace muchos años. Él estará bien.

Asentí, concediéndole la razón. No podía sentirme más agradecida de que mis padres hayan logrado superar mi muerte. Charlie continuaba haciendo su vida, esta vez al lado de una tercera mujer, aparentemente. Por otra parte, y contra todos los pronósticos, Renée seguía felizmente casada con Phill y tenían una hija de quince años llamada Juliet. Ni si podía sentir una gota de celos por mi media hermana. Renée merecía otra hija. Merecía ser feliz.

—Tu celular está vibrando.

El aviso de Jake me aturdió por un segundo.

—¿Ah?

—Que alguien está llamando a tu celular. Lo escucho vibrar.

Mi teléfono se hallaba en modo vibración, oculto entre las almohadas dentro de mi habitación, cuya puerta estaba cerrada. Rodé dramáticamente los ojos.

—Ah, perdona. No todos contamos con unos agudísimos sentidos caninos.

Dejé el trago sobre la mesa y corrí hacia la habitación, esperando que fuese una llamada de mamá o de cualquier persona menos de Alice, la última persona en el mundo con quien deseaba hablar en estos momentos. Pero sí, se trataba de ella. Cuatro llamadas perdidas, dos mensajes preguntándome si me encontraba bien. Me imaginé lo preocupada que podría estar cuando se dio cuenta de que ya no podía verme, horas después de haberme despedido de Eithan. Tendría que llamarla lo más pronto posible para asegurarle que no me había lanzado de ningún otro acantilado.

La perversidad del pensamiento me hizo reír, producto del alcohol más que de otra cosa. Ella no sabía que Jacob estaba aquí, ocasionando ese punto ciego en su visión que la privaba de verme. Punto ciego.

Su punto ciego.

Eso es.

Una larga sonrisa se extendió por mi rostro. ¡¿Cómo no lo pensé antes?! ¡Eso es! ¡Jacob era la solución! ¡Por supuesto! Nunca me tomé la molestia de ir en búsqueda de Eithan antes porque sabía que mis planes se atrofiarían cuando Alice lo viera venir. Ni si quiera se me ocurrió pensar en Jacob, porque una vez que ella me viera planear en llamarlo, se desplazarían de lugar antes de que pudiese montarme en el avión. Pero con Jacob de mi lado y mi completa ignorancia, Alice se encontraba literalmente a ciegas. ¡Podía hacerlo! ¡Podía ir hacia Eithan y ninguno de ellos se daría cuenta!

Las concepciones de moralidad y decencia cayeron sobre mí antes de que pudiese cantar victoria. Hacer esto implicaría involucrar a Jacob en un drama familiar que a él no le convenía. Si lograba convencerlo de esto, Jacob tendría que verse cara a cara con una familia entera de vampiros. Y algo me decía que a él no le agradaría mucho la idea de reunirse con los culpables secundarios de mi muerte. Sentí mi corazón oprimirse de la culpa y de la pena.

No puedo hacerle esto a Jake. No puedo. No a él.

Apreté los labios, sacudiendo la cabeza junto con mis inseguridades. Necesitaba llamar a Alice primero.

—¡¿Alba?!

—Hola, Alice. Estoy bien, no me morí ni nada de eso. Jacob está aquí.

—Ese… perro —masculló, con un tono siniestro. Todo el alivio se había reemplazado por otro sentimiento—. Me disculpo por ese comentario, me frustré. Si consideré que Jacob Black podría estar contigo, pero mi lista de experiencias caóticas en cuanto a ti conciernen me condicionó a imaginarme lo peor. Ya estaba enloqueciendo aquí.

—Sí, yo tampoco sabía que venía. Me cayó de sorpresa, pero debí avisarte apenas llegó. Tuve que suponer que te preocuparías.

—¿Estás borracha?

—Sólo un poco.

—Alba…

—Mira, Alice, sé de qué me quieres hablar. Puedes decirle a Eithan que respeto su decisión de mierda y que esperaré lo que tenga que esperar. Mientras tanto, no quiero saber nada del tema. Hablamos después.

Me sentí muy orgullosa de mi misma al colgar. Mi actitud sonó bastante convincente, la típica chica desdichada y vencida que ahogaba las penas en el alcohol. Alice no tendría motivos para pensar que estaba a punto de pasar por encima de ella y de las malditas órdenes de Eithan.

Ahora sólo quedaba la peor parte. Jacob.

Me esperaba en el sofá con los brazos cruzados. La cálida expresión de sus facciones había sido sustituida por un rígido gesto que me paralizó en la entrada de la sala. Su actitud reservada fue la señal de que estaba en problemas.

Me sentí morir mientras abría la boca para explicarme.

—No te molestes en mentir —se adelantó, con una mirada llena de desprecio—. Escuché todo, y me quedó bien claro. ¿Cómo has podido, Alba? ¿Cómo has permitido que convirtieran a Eithan en uno de ellos?

—No tuve otra opción —me excusé, comenzando a temblar—. Él iba a morir, Jacob.

—No importa —sostuvo él—. No eras quien para tomar esa decisión. Morir es mejor que convertirse en un asqueroso chupasangre.

—¿Qué no soy quien? ¡Era su novia! ¡Su futura esposa! —señalé mi anillo, aun en mi dedo—. No podía dejarlo morir. Tienes que entenderme, Jacob. Si tuvieses la opción de salvar al amor de tu vida, aun si eso implica convertirlo en vampiro, ¿no lo harías? ¿Acaso no hubieses hecho lo mismo por Sarah?

La mención de su esposa lo desencajó. Podría jurar que estaba considerando sus opciones cuando advertí la pequeña angustia en sus ojos.

—Jamás —sentenció con decisión. Yo bufé.

—¿Y tu hija?

Me sentí muy mal cuando dije eso y, además, lo que menos necesitaba era que Jacob me arrancara la cabeza.

—No metas a Isabella en este asunto.

—Mira, te creo, pero no comparto tu pensamiento. No soy un lobo. No tengo por qué sentir odio por los vampiros. ¿Quieres saber que hubiese pasado si dejo morir a Eithan? Me mato, Jacob. ¿Me escuchas? Corro a Forks y me tiro del mismo maldito acantilado, justo como la primera vez. Y si llegases a salvarme, lo haría de nuevo, una y otra vez, hasta terminar de matarme.

Jake empalideció. Podía imaginar sus recuerdos conmigo aflorar en su mente como en una película, sus brazos sosteniendo mi cuerpo inerte, y toda la pena que vino después. Sí, estaba jugando muy sucio, pero en este momento no podía pensar con claridad. Jacob no era nadie para juzgarme.

—Estás siendo cruel.

El temblor en su voz me despertó de mi trance. No podía creer lo que estaba viendo. Jacob me observaba con un resentimiento explícito en sus ojos vidriosos. ¿Cómo me había atrevido a hablarle de ese modo? Él fue mi mejor amigo. Jamás me abandonó, y yo estaba a punto de proponerle algo que lo apuñalaría por la espalda.

Corrí directo hacia él y me encaramé en su regazo, arrojando disculpas desesperadamente sobre su pecho.

—Lo siento, lo siento, lo siento tanto. Es que estoy tan cansada. Siento que ya no puedo soportarlo. Lo siento, no debí decir eso. Lo siento, lo siento…

Permanecimos en silencio durante varios minutos. Yo no paraba de llorar, mientras él solamente respiraba. Tampoco se animó a corresponder a mi abrazo. Algo me decía que lo había lastimado más de lo que se permitiría exteriorizar.

—Sabes que lo que hicieron es una violación al tratado, ¿verdad? Los demás tienen que saberlo.

Apretando los párpados, comencé a negar con la cabeza.

—Técnicamente no lo fue. Estaban yendo a Canadá para cuando yo di la orden de que lo mordieran —mentí—. Además, no fue una decisión de los Cullen, sino mía. Yo fui la responsable de lo que pasó. Ellos sólo me hicieron el favor.

—Por supuesto que sí. Ni si quiera después de todo lo que pasó pudiste desprenderte de ellos. Debí suponer lo que habías hecho. Sigues siendo tan estúpida como antes.

Si su intención era ofenderme o desquitarse con su evaluación, no lo consiguió, porque yo no podía estar más de acuerdo. Está claro que siempre fui una estúpida.

Su cuerpo ardía tanto que comencé sentir calor. Mi oreja estaba apoyada sobre su corazón, por lo que apreciaba su fuerte y desacelerado palpitar con claridad. Hace años que dejó de ser un chiquillo descontrolado e impulsivo. El Jacob actual era un adulto inquisitivo y racional.

—Mira, también lo siento —dijo finalmente, con voz dura—. Es tu vida. Hiciste lo que tenías que hacer.

—Necesito tu ayuda, Jake.

No me respondió. Creo que él sabía por dónde venían los tiros.

—Eithan no deja que me acerque a él. Dice que es peligroso para mí.

—Estoy de acuerdo.

—Es Eithan, Jacob. Es el amor de mi vida. La razón de mi existencia —dije, imitando las palabras de Edward—. No sabes lo miserable que he sido aquí, sola, sabiendo que él está vivo y extrañándome. Necesito volver con él, pero él no me deja. Yo sólo necesito demostrarle que podemos conseguir una forma de estar juntos mientras él supera todo este proceso. Él jamás me lastimaría —eso era una mentira. Las probabilidades de que Eithan saltara sobre mi garganta superaban los millones—, y en caso de que intente hacerlo, sé que los Cullen no lo permitirán. Ellos me ayudarán.

—Si los Cullen son tan considerados contigo, ¿qué pinto yo en todo esto?

—Recuerdas el don de Alice, ¿no? Ella puede ver el futuro. Pero no puede ver a los hombres lobo. Mientras estés conmigo, ella no sabrá lo que haré. Será demasiado tarde para cuando se dé cuenta de que estamos allá. Necesito que me acerques hasta Alaska, no necesitas quedarte conmigo siempre, sólo hasta que me reúna con los Cullen o que Eithan pueda verme, y luego puedes irte. Si él huye, está bien, al menos lo intenté. Sólo necesito una oportunidad. Por favor, Jake…

—Comprendo tu dolor, cariño. Sé cuanto significaba Eithan para ti, pero él ya no es el mismo. Nunca más. Sólo harás que te mate —quise mencionar que los vampiros eran perfectamente capaces de amar, pero algo me decía que mencionar a Edward sólo haría que se echara para atrás.

—Te equivocas. Sé que los vampiros son peligrosos, pero tú sabes que los Cullen son diferentes. No son tan malos como crees. Eithan tampoco lo es, tampoco ha matado humanos, y nunca me lastimaría intencionalmente. Puede que él ya no es un humano, pero sigue siendo el mismo chico. Tú lo conoces. Tú sabes lo mucho que él me quiere, incluso ahora, cuando no me deja acercarme a él por miedo a lastimarme. Te lo pido. Te juro que es lo último que te pediré en la vida.

Me apartó lo suficiente para que mi nueva postura le permitiera verme a la cara, antes de que sus manos reposaran sobre mis mejillas. Podía ver el conflicto en sus ojos, los planes que trazándose, su mente batallando entre la razón y el cariño que aun me tenía. Después de pensárselo unos minutos, sus brazos cayeron inmóviles a sus costados. Sus ojos se habían congelado, convertidos en dos cuencas completamente inexpresivas.

—Lo haré, por ti, pero no me quedaré. Mi familia me espera.

Estaba oficialmente harta de volar. Después de caer en el Aeropuerto Internacional de Fairbanks y hacer la conexión al Aeropuerto de Delta Junction, ya no daba para más. Y, para colmo, no necesitaba ser sólo Bella o sólo Alba para afirmar que, a partir de ahora, Alaska encabezaría mi lista de los sitios más insoportables del planeta. Era endemoniadamente frío.

El estornudo que vino a continuación concordaba conmigo.

—Odio este lugar —maldije entre dientes, aumentando la calefacción del auto que acabábamos de rentar y acurrucándome en mi asiento. Jake me regaló una sonrisa comprensiva y me ofreció su chaqueta de invierno.

—Admito que tengo frío. Pero no la necesito tanto como tú —prometió, guiñándome un ojo.

—Esas son las ventajas de ser una cafetera andante.

Delta Junction era una pequeña ciudad localizada a unos 160 kilómetros de la ciudad de Fairbanks. Era cerca de allí donde los Cullen aparentemente se instalaban, como recuerdo a Alice comentarme meses atrás. Mi preocupación inicial era que ella me hubiese despistado para que me fuese imposible rastrearlos, pero después de una breve conversación con los amables habitantes del lugar, supe que Alice no mintió. Las descripciones de aquella enigmática y misteriosa familia recién mudada a la ciudad eran compatibles con las que recibí la primera vez que puse un pie en Forks: pálidos, hermosos y deslumbrantes, todo un ejemplo a seguir. El doctor Carlisle Milton trabajaba en el Delta Junction Public Health Center. Su mujer, Esme, era psicóloga en el Delta Juction Elementary School. En esta oportunidad, decidieron repetir la historia, por lo que el resto de la familia desempeñaba el papel de hijos adoptados de la pareja y estudiaban actualmente en Delta High School, Rosalie y Emmett en el último año, y Alice y Jasper en el penúltimo. Debido a que no hubo mención de Eithan durante nuestras averiguaciones, presumimos que no había salido a la luz pública y se mantenía en incógnito. Nadie le conocía.

Sin embargo, llegar a la casa de los Milton no parecía ser una vía cómoda o sencilla. Se encontraban ubicados en una mansión muy lejos de allí, perdida entre las montañas, sin vecinos en los alrededores, y donde las personas no se animarían a viajar ni con la intención de hacerles una visita. Con excepción de nosotros, por supuesto.

Conforme nos acercábamos a nuestro destino, mis nervios iban en aumento, y los de Jake también. Lo intuía por su manera de llevar el volante, por su expresión rígida y por sus nudillos pálidos de la tensión.

—¿Seguro que es por aquí? —le pregunté, observando por el cristal de la ventanilla del copiloto. Todo era árboles, nieve y soledad.

—Es por aquí —me aseguró, olfateando a través a la abertura de su ventanilla ligeramente entreabierta—. Puedo distinguir su rastro, tienen que haber pasado por aquí hace poco.

—A lo mejor ya están en casa. Es tarde —me dio un escalofrío, pensando en Eithan.

Minutos después, Jacob frenó el auto de golpe. Irresponsablemente no me había puesto el cinturón de seguridad, por lo que casi termino atravesando el parabrisas.

—¿Qué pasa?

En silencio salió, cerró la puerta y con un gesto de manos me indicó que me quedara en mi sitio.

—Jake, dime qué pasa —exigí de nuevo, comenzando a alterarme. Mis ojos se abrieron como platos cuando noté aquella serie de pequeños movimientos de convulsiones que recorría sus extremidades.

—Dos de ellos están cerca. Se acaban de detener.

—¿Dónde están?

Señaló con su dedo algún punto del bosque.

—Más o menos allá. Pero ya no se mueven.

—¿Por qué?

—¿Y yo qué voy a saber?

El corazón estaba que se me salía del pecho. ¿Y qué si era uno de los Cullen? ¿Alice, tal vez? ¿Correría a advertirle a Eithan que se marchara de una vez?

Haciendo caso omiso de las instrucciones de Jacob, me bajé del auto con un portazo y me posicioné a su lado, cruzándome de brazos. Esperaba que algún vampiro, si es que observaba, recibiese la silenciosa indirecta de que no pretendía acobardarme a última hora.

—Eres tan obstinada —siseó Jake por lo bajo.

—Jasper, Emmett, Carlisle, Esme, Rosalie —recité con una voz moderadamente alta, esperando atinar algún nombre—. Sólo Alice me conoce, pero yo sí los conozco a todos ustedes. Vine por Eithan.

Me sentía tan ridícula hablándole a la nada.

Nuestra espera se prolongó varios minutos, entre tanto Jacob y yo permanecimos inmóviles. Ya estaba comenzando a volverme loca con todo este suspenso cuando escuché a Jacob hablar.

—Bueno, ya vienen para acá —me advirtió en voz baja, protegiéndome automáticamente detrás de él. Me permití suspirar, casi contenta. Confiaba que vería a cualquier Cullen menos a Alice. La conocía lo suficiente como saber que ella no se andaba con ningún suspenso.

Fue entonces cuando lo vi, emergiendo de la maleza.

—Eithan —me pareció haber dicho, aunque no estaba segura de si llegué a abrir la boca. Estaba muda de asombro.

Lo reconocí principalmente por su altura, seguido de su cabello castaño. Por algún motivo no me atreví a mirar su rostro aún, así que dejé que mis ojos se pasearan por su ancho pecho, por sus fuertes brazos y por sus piernas, observando los jeans negros de apariencia desgastada, la camisa azul marina de botones y los deportivos marrones. Eithan nunca fue tan desgarbado como Edward, sino ligeramente más musculoso, pues siempre tuvo la costumbre de ejercitarse. Esos atributos mejoraron con el tiempo, su contextura había cambiado y su cuerpo se había adaptado a la edad, porque ya no hablábamos de un adolescente, sino de un hombre de veinticinco años hecho y derecho.

Una calma apaciguadora me recorrió los músculos, relajándolos en el acto. Entonces observé la delgada figura de Jasper flaquear a Eithan. Me miró por un segundo, sus ojos tan dorados y resplandecientes como siempre, antes de concentrase en Jacob, quien ya había dejado de temblar, pero que aún permanecía en alerta a mi lado, tenso como una tabla.

Preferí ignorarlo, pues él no era el motivo de mi visita. Decidí que ya lo había postergado lo suficiente, así que me atreví a detenerme en el rostro de Eithan. Mi corazón dio un vuelco.

A lo largo de estos meses, me la pasé una buena parte de mi tiempo imaginando como se sentiría contemplar todo el esplendor de su nueva naturaleza. Después de estar rodeada de vampiros el tiempo suficiente, estaba acostumbrada a esa hermosura deslumbrante que atontaba la mente y debilitaba las rodillas, como la que sentí cada vez que encontré alrededor de Edward.

Pero en ningún momento me esperé que esta nueva presencia fuera tan impactante. Su belleza resultaba visiblemente devastadora conforme se aproximaba, antes de detenerse a varios metros de nosotros. Absurdamente, me encontré agradeciéndole a las fuerzas del universo por haber traído mis lentes de contacto para poder apreciarlo todo.

Eithan siempre fue hermoso, eso jamás lo puse en duda. Pero la inmortalidad lo había repotenciado el doble. Su rostro resaltaba ahora sus mejores atributos de una forma casi exquisita. Nariz recta, ancha mandíbula, ese precioso hoyuelo en el mentón. Su piel tenía una apariencia suave y tersa que inmediatamente quise comprobar con la punta de mis dedos. Lo necesitaba cerca. Quería admirarlo a centímetros de distancia, digerir cada detalle de todo ese espectáculo

Sus ojos fueron lo último que vi, y debo decir que no fue el color ambarino que los teñía lo que me dejó paralizada, sino la mirada severa que dirigía en mi dirección. Estuve tan concentrada ensimismada en su belleza que no me percaté de la pequeña arruga en su entrecejo, de la leve torsión de sus labios, o de la ligera tensión en su mandíbula, detalles que capté entrecerrando los ojos. Él me estaba mirando, y no se veía nada contento con mi presencia. Mantenía una expresión ruda, calculadora, casi irritada.

Parpadeé, aturdida, y bastante ofendida con su recibimiento.

—¿Qué haces aquí? —espetó él entre dientes, y Jacob aumentó la presión en mi muñeca. A pesar del enojo, la voz de Eithan repicaba tan resplandeciente como una campana.

Mi reacción fue automática.

—¿Cómo que qué hago aquí? —casi grité, respirando con dificultad—. Vine a buscarte.

Creí haberte dicho que me esperaras —gruñó, apretando los dientes.

—¿Por cuánto? ¿Dos, tres, cuatro años? Ya encontrarías una excusa para alargar ese tiempo. No soy tan idiota.

—Y me imagino que venir en busca de tu muerte no lo es.

—Pues yo no me siento nada muerta.

Ambos nos miramos con odio.

—Quiero que te vayas.

—No.

—En este momento corres un gran riesgo conmigo.

—No me importa.

No sé si fueron mis palabras, pero la expresión en su cara logró suavizarse. Sus ojos pasaron de ser fríos, a absolutamente cordiales.

—Tengo miedo de acercarme, de lastimarte —expuso, con la voz más dulce y melodiosa de todas.

—No lo harás —tartamudeé, tratando de sonar segura, aunque no lo estaba consiguiendo—. Ya lo hubieses hecho.

Eithan negó con la cabeza. Mi corazón latió como loco cuando, enfocando los ojos, vi que me sonreía.

—No es así de sencillo. Nunca lo fue.

Nos miramos el uno al otro durante un largo rato. Pero yo no estaba dispuesta a dejar que me hiciera cambiar de opinión.

—No pretendo irme —declaré con firmeza, sin dejar de mirarlo.

El enojo vino con un fruncimiento automático del ceño.

—No te quiero aquí.

Sentí un pinchazo en el corazón, llevando inevitablemente a recordar el prado, la ruptura, su despedida. Y pese a todo el dolor que me ocasionaba, esta vez no me dejé engañar.

Nunca más.

—Si no me quisieras aquí, si no confiaras ni un poquitito en tu propio autocontrol, hubieses pirado y ni te hubieses molestado en encararme. Pero aquí estamos.

—Esto podría terminar mal.

La sangre hirviente se concentró en mi cabeza. Ya no era yo quien hablaba. Era una mujer que había perdido por completo el control.

—Ay, ¡ya basta de eso! ¡Me rindo! ¡Ya he tenido suficiente de todo tu dramatismo! ¿Qué? ¿Acaso vas a terminarme de nuevo? No. No voy a tolerar esa mierda. Ya bastante me aguanté todo tu dilema mental y no pretendo pasar por eso una segunda vez. Huéleme, saboréame, has todo lo que necesario hasta que te acostumbres, pero no me voy a ir. Te seguiré a cada rincón de este maldito planeta hasta que entiendas de una vez por todas que jamás te voy a dejar, y que tú no estás en ningún derecho de dejarme a mí tampoco. ¡Nunca más!

—Detente un segundo —suplicó, cerrando los ojos. Pero yo no había terminado de soltar la dinamita. En este precioso instante, ya no estaba dominada por la ira, sino por una tristeza que me abatió de repente y me hizo romper en llanto, destrozada por su testarudo rechazo.

—¿De verdad estás dispuesto a apartarme a un lado como si nada? —musité, dejando salir un sollozo—. ¿No recuerdas todo lo que hemos pasado juntos? ¿Todo lo que nos prometimos?

Sus ojos se posaron sobre los míos. Ya no vi furia, tristeza, represión o arrepentimiento; vi una completa locura.

Casi me desmayo con lo que dijo a continuación.

—De eso mismo se trata, Bella. Lo recuerdo todo.

Fin de la primera parte.

.

.


Re-editado.

Creo que el final quedó bastante conciso. Como digo siempre, los huecos y cabos sueltos se irán llenando a lo largo de los capítulos.

Este no es el final de la historia, sino de su primera parte, así que vamos por la segunda. El fic seguirá actualizándose aquí mismo, por su puesto.

Muchos capítulos a partir de ahora serán relatados desde el punto de vista de Edward. ¡Oh, si, como lo leen! Después de tanto tiempo, ¡nuestro querido vampiro está de vuelta!

Quiero aclarar, además, que no prometo actualizar pronto el siguiente capítulo por varias razones: ya la historia comenzará a ponerse oscura, y se me viene encima el reto más grande de todos hasta ahora: entrar en la mente de Edward Cullen. Eso significa que tengo tarea. Re-leer sol de medianoche, hojear los libros de la saga, etc. Por eso diseñé este capítulo especialmente largo, para que la espera fuese lo suficientemente soportable.

Debo admitir que este ha sido el capítulo más emocionante que he escrito, por lo que, de todos los capítulos narrados hasta ahora, me resulta casi indispensable que POR FAVOR me dejen un REVIEW comentándome que les pareció, porque necesito que me digan si tantos meses de esfuerzo por mi parte y de espera por la suya me han servido de algo, y si lo he hecho bien hasta aquí. Necesito saber si sienten que la estoy cagando, hahaha. Así que por favor, ¡no dejen de comentar!

Dudas, aclaraciones, sugerencias y reclamos, ya saben dónde dejarlos. Sin más que decir, me despido.

Vicky.

PD: Quiero agradecer por sus reviews a: vero ,GPCS. Sonitha Pico, Ari Black-18 , choiamberc , Adriu, somas, labluegirl94, Isis Janet, Bella Cullen Halliwell, Dess Cullen ,Luz Collen, TheFearOfYou ,Cullen-21-gladys, TsukihimePrincess, Tary Masen Cullen , Yoliki, heychiquilla ,Bitah , arreola061 , Pili , bluesweet , y todos los "guest"!