Disclaimer: Los nombres de Eithan y Alba son de mi propiedad, pero sus espíritus pertenecen a Meyer, al igual que la mayoría de los personajes de la historia.
Chapter 19
A Unique Spirit
E.
Detuve mis pasos frente al borde de un monte empinado, desembocando en una extensa caída. La altura del ángulo me ofrecía la posibilidad de contemplar la majestuosidad del bosque, salpicado en una capa de gruesos grumos blanquecinos que se desdibujaba justo donde reaparecían las famosas Montañas Rocosas de Canadá.
Demasiado arriesgado, consideré tras una breve pausa, renunciando al deseo de recorrerlas por la simple necesidad de combatir contra el tedio. Había conseguido desplazarme cuidadosamente por las zonas más inhóspitas del país durante casi un mes sin matar a ningún mal parado sujeto, y no estaba en mis planes que ese arrebato de buena suerte concluyera hoy a causa de un descuido. A diferencia del resto de los sitios, las rocosas eran una zona bastante turística.
No había sido sencillo resistir a la tentación. En más de una oportunidad me obligué a mi mismo a permanecer completamente quieto resistiendo la urgencia de masacrar un pueblo entero, mientras que el cálido efluvio de la sangre humana se deslizaba por mis fosas nasales, prendiendo mi garganta al fuego vivo. Sí deseaba recuperar todo el autocontrol que me costó tantos años de dura e inquebrantable disciplina, no me quedaba otra opción más que castigarme a mí mismo y soportar el olor, por más enloquecedor que era ahora. Aunque, ya había pasado por esto antes, por lo que acostumbrarme al sentimiento no fue tan difícil como la primera vez.
Volví a trasladar mi mirada hacia abajo, sacudiendo la cabeza para ahuyentar el recuerdo de ese delicioso aroma. La curiosidad me hizo cambiar el peso de un pie a otro, producto exclusivamente de una reciente humanidad repleta de costumbres y no de un genuino agotamiento físico.
Se me escapó un gruñido cuando mis planes de lanzarme de clavado hacía el vacío se vieron frustrados. Al doblar mi cabeza me encontré con la figura agazapada de Alice, balanceándose graciosamente sobre la copa de un árbol a unos treinta metros de distancia, mientras me arrojaba una mirada acusatoria.
Vas a quebrar el suelo si haces eso. Temblará la montaña y harás todo un alboroto en las noticias.
Retuve la necesidad de realizar algún ademán arisco, canalizándolo con un leve encogimiento de hombros.
—¿Se va a morir alguien? —inquirí casi imperceptiblemente. Ella negó con la cabeza—. ¿Cuál es el problema, entonces?
No es propio de ti ser tan irresponsable. No seas rebelde, Edward.
Exhalé un suspiro resignado. Era cierto que aspiraba actuar como un desobediente simplemente por llevarle la contraria. Su habilidad para conocerme era incluso hasta terrorífica.
—¿Cuándo piensas volver?
Esta vez fue mi turno de mirarla reprobatoriamente. Pero ella, haciendo oídos sordos de mi observación, arrastró distraídamente la mirada a su alrededor, sin dejar de columpiarse de un lado a otro sobre una de las ramas.
No pude ocultar un gesto de lástima. Similar como ocurría conmigo, el aburrimiento también estaba acabando con ella, aunque había optado por no parecer ofensiva y se lo guardó para sí misma. En fin, ese ya era su problema. Ella estaba consciente de que "convivir" conmigo dentro de las precarias condiciones de vida de un nómada sería todo menos una experiencia asombrosa cuando tomó la decisión de acompañarme.
—Mira nada más como está tu ropa —le tomé el pelo, repasando nuestros atuendos. Aunque el resto de sus prendas permanecían intactas, ya hacia unas dos semanas que había desgastado sus zapatos, por lo que andaba descalza. Mi situación no era mucho mejor. Lo único que pude salvar de mi ropa eran mis pantalones, a medias.
Me fulminó con la mirada.
Eso es demasiado hipócrita viniendo de ti.
La imagen mental de ella desenganchándome la cabeza con una bola de demolición me arrancó una carcajada.
—Es en serio, Alice —volví a presionar, agregándole una desafiante seriedad a mi voz—. Vuelve a casa.
—Lo haré cuando dejes de ser tan obstinado y aceptes venir conmigo.
Eché el cuello hacia atrás, cerrando los ojos. Otro acto habitualizado cortesía de Eithan.
—Harás que Jasper me mate.
—No lo hará —percibí la irritante sonrisa en su voz mientras lo aseguraba—. Cada día lo convences más de que eres tú.
Hice una mueca, al tiempo en que me dejaba caer hacia atrás para hundirme en la nieve.
Apenas recobré cada aspecto de mi identidad original, había conseguido zafarme del insistente agarre de todos y me precipité en una carrera no direccionada. Puede que haya gritado un poco. Admito que asumí una actitud bastante infantil al huir de aquel modo, pero era verdaderamente inapropiado exigirle raciocino a masa de emociones impulsivas y agresivas como lo era yo en ese entonces. Alice y Jasper me siguieron para cerciorarse de que no cometiera ninguna estupidez, aunque la finalidad del último se centraba en proteger a Alice de mí.
Después de casi tres semanas de una exhaustiva vigilancia a larga distancia, y sin molestarse en dirigirme la palabra, Jasper determinó que yo ya no representaba ningún peligro inminente para su pareja y se dio por vencido, marchándose a casa. No sólo porque Alice se lo hubiese pedido, sino porque merodear alrededor de mi pesimismo le resultaba físicamente intolerable y estaba rogando por un descanso. Alice, por otro lado, si se había quedado conmigo día y noche, hasta el sol de hoy.
La miré con el arrepentimiento de haber osado en pensar por un segundo en lastimarla. Lo juzgaba como un acto abominable, ahora que recordaba que en otra época de mi existencia hubiese estado dispuesto a morir por mantenerla a salvo. Jamás dejaría de estar en deuda con ella por todo lo que había hecho por mí. Ni todos los siglos del mundo bastarían para recompensárselo.
—Lo sé. Te dije que no hay nada que perdonar —con una sonrisa nostálgica, se adelantó a la disculpa que estaba elaborando. A continuación, se acuclilló para coger el impulso desde la copa del árbol y se lanzó hacia adelante con la fuerza de una bala, justo en mi dirección.
Mi primer pensamiento, causado por la recurrente disociación entre lo racional y lo instintivo, fue prepararme para corresponder a su ataque. Me reincorporé con rapidez, y estaba comenzando a extender los brazos para amortiguar su caída, pero un rápido vistazo a su sonrisa despreocupada bastó para frenar en seco al último minuto.
No pierdas el control. No pierdas el control, me recordé a mí mismo, apretando mis puños a mis costados.
Alice aterrizó frente a mí en medio de una grácil pirueta, de pie y tan diminuta como siempre.
Enojado, la miré con desaprobación. Ella apretó los labios.
Perdón. Se me pasó la mano.
—Muy bonito —preferí hacer énfasis en su espectáculo en lugar de advertirle que procurase tener más cuidado la próxima vez, sólo porque no quería tener confrontaciones innecesarias con ella. Confiaba en que su don era lo suficientemente eficiente como para avisarle de un drástico cambio de humor de mi parte, pero era mejor no tentar a la suerte.
Aceptó el elogio con un encogimiento de hombros. Su boca se abrió con la intención de decir algo, pero su cuerpo se quedó inmovilizado cuando una visión desenfocó su mirada, haciendo que sus ojos se perdieran en el vacío.
Durante el último mes había sido testigo de un sinfín de sus visiones. Invertir tiempo en cuestionarme la causa y protagonista del próximo había dejado de tener sentido, puesto que había aprendido a intuir cuándo alguno de esos panoramas guardaba relación con ella. Sí, me había familiarizado a recibirlos e interpretarlos, pero no a dominar la mezcla de emociones que se adueñaban de mí en cuanto aparecían y rebotaban hacia mi mente.
Ahh, el alivio fue casi instantáneo. Era el sabor de la anestesia recorriendo mis venas y adormeciendo mis músculos, como cuando se le restituye la droga a un drogadicto tras largas y agobiantes semanas de síntomas propios de la abstinencia.
La imagen era inmaculadamente nítida, lo cual me hizo sospechar que posiblemente se estuviese llevando a cabo en estos instantes. La tenue luz de la lámpara de lectura de nuestro dormitorio apenas alcanzaba a alumbrar la esbelta silueta de Alba, quien se encontraba sentada sobre sus rodillas en una de las orillas de la cama, con la cabeza gacha y el móvil pegado a su oreja. Había apartado su espesa cascada de cabello hacia su hombro, cubriendo el perfil izquierdo de su cuerpo.
—¿Cómo está Lizzy? —la voz de Emma resonó en medio del silencio.
Me paralicé en el acto, atento a cada palabra. Estaba seguro que se refería a mi madre.
Observé como Alba dejó caer el brazo sobre sus muslos, y sin alterar su postura, se quedó observando fijamente la pantalla del móvil sobre la palma de su mano.
—¿Tú qué crees? Mal —contestó a secas, sin despegar la mirada de él.
Detecté una entonación extraña en su voz mientras arrastraba las palabras. ¿Era sarcasmo? ¿Resentimiento? ¿Ambos, tal vez? No podía saberlo con certeza. El cabello no me dejaba tener acceso a su rostro, impidiéndome detallarla desde este ángulo.
—Sería bueno que volvieras a Forks para hacerle compañía. Ella está sufriendo —prosiguió, esta vez sin emoción.
No pude evitar hacer una mueca de dolor.
—Lo sé, cariño. Me gustaría volver para ayudarla, pero no pienso dejarte sola —Emma se adentró a las sabanas para acobijarse a su lado—. Pero lo haré si vienes conmigo.
Alba negó con la cabeza.
—Acabo de reincorporarme al trabajo. No puedo irme así como así.
—Estoy segura de que tu jefe no tendrá problema en concederte un mes más de luto.
—No, mamá. No puedo.
—¿Por qué?
—Sólo… no puedo.
Y con esas últimas palabras, Alice volvió en sí.
Hundí cansinamente el rostro entre mis manos. ¿Por qué? ¿Por qué no sentía segura de volver? ¿Eran los recuerdos? ¿Era mi madre? ¿O efectivamente estaba buscando cualquier excusa para mantenerse distraída?
Alice se acercó sigilosamente y se sentó a mi lado, apenas rozando mi brazo con su hombro.
Creo que está así por tu mamá, consideró, con la vista puesta en las montañas, la última vez que conversé con ella me dijo que se sentía culpable por no poder decirle la verdad sobre ti. Ya sabes.
Asentí con la cabeza.
—¿Podrías… intentar ver cómo está? ¿Por favor? —supliqué en un hilo de voz, inmerso en la desesperación de no poder hacer absolutamente nada para ayudar a mi propia madre. Aquello me estaba matando.
Ella apretó los labios, con expresión dubitativa.
Lo intentaré. Pero no te prometo nada.
—Gracias, Alice.
Alice había sido mi único medio de comunicación durante todo este tiempo. Gracias a sus frecuentes conversaciones telefónicas con Alba, podía descifrar qué tan bien o qué tan mal se encontraba emocionalmente, y eso sin contar con el montón de información extra que sus visiones me proporcionaban.
Pero monitorear los movimientos de mi madre era mil veces más difícil, pues Alice nunca se atrevió a establecer ninguna interacción con ella. Sólo había alcanzado a vislumbrarla de lejos durante algunos de sus viajes clandestinos a Illinois, cuando conseguía zafarse de Jasper para ir espiarme en la escuela. Apenas si había logrado capturar unos cuantos vistazos sobre ella en la última semana, y Alba, ignorando todo esto, se convirtió en nuestra propia fuente de información en todo lo que concierne a Elizabeth; lo suficiente como para convertirme en un ovillo mortificado en el suelo.
Mamá se había quedado sola. Sin su esposo. Sin su hijo.
Ella estaba sola.
—Ug. Lo siento. Nada de nada. —masculló tras unos minutos, enojada consigo misma por su incompetencia. Me sentí culpable de inmediato.
—No, Alice. Soy yo el que se equivoca al sobre exigirte demasiado. No tengo ningún derecho.
Me miró como si la hubiese insultado.
—Eres mi hermano. Claro que lo tienes. De todos modos, no es como si tuviese jaqueca. No tengo problema en instalarme en esto un rato más.
Sonreí. ¿Cómo no la iba a querer?
—De acuerdo. ¿Qué te parece si nos enfocamos en Alba? Me gustaría saber qué hará con lo que dijo Emma —… o cómo dormirá, cuando se duchará, qué comerá, en cual cafetería pedirá su mocaccino, o cuál de sus seis leotards vestirá para dar clases mañana, si es que lo haría. Pero eso no tenía que decírselo a Alice.
Alice ladeó la cabeza, mirándome de forma extraña.
—¿Por qué sigues llamándola "Alba"? —preguntó con curiosidad, haciendo un involuntario mohín en el proceso.
Abrí la boca, pero la cerré de inmediato, dándome cuenta de que no sólo no tenía idea de cómo responder a eso, sino que tampoco deseaba hacerlo. Si de por sí mi sola existencia era un acontecimiento fantástico, incuestionablemente ficticio a los ojos del mundo, toda esta nueva situación era tan disparatada que rayaba en lo novelesco. Tan aplastante que podía sentir el dolor físico en las costillas. Ni si quiera tenía la fuerza de pensar en ello sin querer desmantelar la mitad del bosque en un arrebato de mi furia.
—Alice…
—No la llames así —siseó estrechando cada vez más los ojos, con una furia que comenzaba a ebullir—. Es Bella.
—Por favor, Alice…
—¿Por favor qué?
—No me hagas esto —llevé mis manos al pelo, demasiado harto de todo como para seguir soportando el tono de su voz.
—Es que no te entiendo. Después de todo lo que ella ha hecho por ti, de todo lo que ha sufrido, ¿y tú ni si quiera tienes el coraje de llamarla por su nombre, de reconocerla? ¿Acaso se te olvidó quien es esa chica, Edward?
Cerré los ojos para no tener que seguir viéndola, pero eso no significaba que podía escaparme de sus tortuosos pensamientos. La perfecta recreación de Bella ahogándose, sus ojos abiertos en pánico, y siendo arrastrada por las aguas mientras se aferraba a la vida, me daba vueltas una, y otra, y otra, y otra vez. Sin alteraciones. Alice podía ser verdaderamente cruel cuando se lo proponía.
Mi rostro desfigurado de espanto fue lo que hizo que toda la ira de Alice se dispersara. Sacudió la cabeza, colocando suavemente sus dedos sobre mis nudillos y mirándome con preocupación.
Perdóname, me sobrepasé demasiado, admitió, llena de arrepentimiento.
Simulé una sonrisa de aceptación. Fingir. Eso se me daba bien.
—No hay problema.
Ella decidió que podía sacarle ventaja a mi condición.
Vamos. Estás sufriendo. No puedes seguir así, nos necesitas.
La sonrisa se desvaneció de mi rostro. Aparté la mirada, pero ella no se doblegó.
Sólo estás haciéndoles pasar una angustia innecesaria a todo el mundo.
—Por ti, no por mí —aclaré amargamente.
Todo estará bien, reiteró, No lo retrases más tiemp…
Sus pensamientos se quedaron ahí. Cerré los ojos, absorbiendo las imágenes que le llegaban a ella, y no pude evitar lanzar un gruñido de resignación y derrota.
Alice volvió en sí, diciéndome con una de sus sonrisas maníacas que ya no tenía escapatoria.
Gané. Te vienes conmigo.
…
Alice sabía que algún día tendría que volver, y que para cuando eso sucediera, mi aspecto sería más o menos como el de un pordiosero. Por eso escondió en el bosque algo de ropa dentro de varias bolsas de plástico y la localizó cuando íbamos de camino a casa.
Soltó una risita cuando terminaba de abrocharme la camisa.
¿Quién iba a imaginar que a Edward Cullen le gustarían los tatuajes?
Fruncí el ceño, sintiéndome insultado. ¿Tan viejo y cascarrabias me encontraba?
—No se ve mal… —rebatí, sin poder evitar echarle un vistazo al pequeño Voyager estampado en mi antebrazo derecho. A Alba le encantaba. Decía que me hacía lucir inteligente.
Es sólo que me parece gracioso. Siempre los consideraste vulgares.
—Eso era antes. Las cosas cambian —cerré el tema, encogiéndome de hombros. Había estado varios meses pensando en hacerme otro en la espalda. Probablemente lo hubiese hecho de no haberme convertido.
Alice no dijo más nada, presintiendo mi humor, y seguimos nuestro camino. Para evitar que nuestra carrera se malinterpretara como altercado –más por mi causa que por la misma Alice-, redujimos la velocidad, adoptando una cautelosa caminata humana.
Jasper se materializó frente a nosotros cuando bordeamos el último roble que daba hacia la casa, y sus ojos me escrudiñaron con recelo. En cuanto se volvió a Alice, el anhelo sustituyó toda la amargura de sus rasgos, luciendo tan maravillado como un ciego que ve por primera vez la luz.
—¿Estás bien? —preguntó con preocupación, tanteando con amabilidad la línea de su pequeño mentón con la punta de sus dedos. Le había sido muy desolador mantenerse apartado de ella durante una semana.
—Estoy bien, Jasper —aseguró Alice con fingida indiferencia, pero correspondiendo al deseo que emanaba de él.
El cariño que se profesaban era tan abrumador que me ardía en los ojos, y tuve que apartar la mirada, casi verde de la envidia que se apoderó de mí y que arrasó con cualquier otro sentimiento. Verlos quererse era un recordatorio constante de mi propio fracaso. De mi irrecuperable pérdida.
Durante los primeros ochenta años de mi existencia mi día a día había consistido en un perpetuo e interminable purgatorio, si es que "infierno" no era una mejor adjetivo para describirlo. Si bien la opinión de mis hermanos y padres adoptivos no difería demasiado, ellos habían encontrado una razón para vivir en sus propias parejas. Había presenciado el cambio en todos y cada uno de ellos a través de sus pensamientos y de sus afectos a lo largo de varias décadas. El amor los había modificado para siempre de una manera inalterable, de una forma que jamás se desvanecería. Yo en cambio, me había acostumbrado a la soledad. Jamás había tenido el placer de experimentar el amor por mi cuenta, aunque tampoco me sentía afligido por ello.
Hasta que llegó Bella. Y lo desperdicié todo.
Mordí mi mejilla para tragarme un gemido, apretando los párpados con la fuerza que ningún ser humano resistiría.
Qué absurdo. Ser ejecutado por los Vulturis era un juego de niños en comparación con esto. El recuerdo de Bella era tan desgarrador que me destrozaba desde adentro, tirando y jalando, y me urgía a doblarme de rodillas y añorar desaparecer de la faz de la tierra justo como debió haber sido en 1918, cuando el destino me sentenció a la muerte. Carlisle se equivocó exorbitantemente al creer que yo era un hombre que merecía la pena salvar. Yo debí morir allí. De esa manera, Bella no hubiese muerto.
Jasper arqueó una ceja en mi dirección, preguntándome el motivo de mi malestar. Si no estuviese poniendo toda mi energía en permanecer en una pieza, probablemente me hubiese reído cuando concluyó que me estaba sintiendo celoso.
—No es por Alice —esclarecí rápidamente—. Es por alguien más.
—Es por Bella —le explicó Alice con tristeza, adivinando la situación.
No respondí. Jasper tampoco.
Alice se movió, alentándonos a dirigirnos hacia la casa. No me sorprendí cuando Carlisle salió por la entrada y se detuvo a esperar por nosotros bajo el marco de la puerta, con una expresión endurecida.
Ya regresaron. Esto afectará tanto a Esme…
—Hola, Alice, Jasper… Eithan —Carlisle saludó, y asintió con la cabeza en mi dirección, por mera cortesía. Luego, con una nota de ánimo y sin dejar de mirarme, añadió—: Supe que habías decidido adaptarte a nuestra dieta. Debo admitir que quedé bastante sorprendido cuando Alice me lo informó. Comprendo lo molesto que puede llegar a ser al principio, pero te aseguro que has hecho lo correcto.
Le sonreí con agradecimiento. Él simplemente estaba intentado ser amable, y su asombro no era falso. La experiencia y la historia nos habían enseñado que el instinto más innato de los neófitos era sentirse atraído y perseguir la sangre humana. Ni si quiera consideraban la idea de beber sangre animal. En vista de esto, todos se habían sorprendido cuando mi primer impulso fue cazar presas animales en vez de ir en búsqueda de víctimas humanas.
—Carlisle —vociferó Alice con intención convincente—, quiero pedir tu permiso para ingresar a la casa con… Eithan —arrugó la nariz. Le fastidiaba llamarme así—. Tengo algo muy importante que decirles a todos. Bueno, tenemos.
Escuché a Rosalie bufar desde su habitación.
Carlisle suspiró.
—Si es sobre el mismo asunto…
—Sí lo es —lo interceptó con impaciencia, abandonando toda la ternura de su voz—. De verdad, es indispensable que nos escuchen.
Sentí toda su tristeza cuando me miró de nuevo. A diferencia de los demás, Carlisle siempre ha sido un hombre de fe. Desde su punto de vista, nuestra existencia no desacreditaba su profunda convicción en cuanto a la existencia de Dios. De hecho, la afianzaba, y era ese el motivo por el cual él era el más susceptible a tener una mente más abierta. Pero a pesar de esto, y en que confiaba ciegamente tanto en las habilidades como en las buenas intenciones de Alice, le parecía extremadamente improbable la idea de que yo hubiese regresado, por más que lo deseara. No tenía idea de qué pensar al respecto.
Hizo una mueca casi imperceptible, reconsiderando sus opciones. Por una parte, sabía que darme el acceso a la casa traería una serie de inconvenientes, pero por otro, se sentía responsable de mí, porque por más que haya sido Alice quien le insistió en transformarme, fue él quien tuvo la última palabra. Nunca había estado en sus planes convertirme para después abandonarme desinteresadamente al mundo. Era demasiado ético para eso. Y aunque se regañaba a sí mismo por haber actuado con tanto impulso y bajo toda la desesperación de Alice, sabía que ya era muy tarde para arrepentirse. Su solución más inmediata era convencer al resto para que me acogieran como un nuevo integrante de la familia.
Su mirada indecisa viajaba rápidamente entre los tres, sopesando la idea de pedirle a Alice que me mantuviese lejos unas cuantas semanas más hasta que los demás –gruñendo y lanzando improperios desde el segundo piso- lograran tranquilizarse. Finalmente, cedió. Sabía que Alice no dejaría de insistir hasta salirse con la suya.
—Por supuesto. Eres nuestro invitado, Eithan. Adelante —se hizo a un lado, permitiéndonos el paso.
El bombazo no se hizo esperar. El resto se apareció en menos de un segundo.
—¿Por qué diablos le permiten la entrada? —protestó Rosalie.
—Llévate a tu amigo, Alice —dijo Emmett.
—¡Estas siendo irresponsable! —aseguró Esme, estrechando sus ojos hacia Carlisle.
—Escuchen… —Alice empezó, masajeando sus sienes en un claro gesto de frustración, pero sus palabras fueron ignoradas en medio de los reclamos que llenaban la sala.
Sentí una punzada de dolor ante el rechazo de mi propia familia. Me sentía completamente fuera lugar, viéndolos a todos sin poder hacer nada, percibiendo su desprecio colectivo. Yo no era más que un intruso para ellos. Un charlatán, un farsante.
Emmett descruzó los brazos y se dirigió a Alice con lástima en su rostro.
—Mira, Alice. Te aprecio, pero no comprendo por qué te empeñas en seguir con este circo. No sé si es que la muerte de Edward te volvió loca, y no me extrañaría si así fuera, pero ya fue suficiente de esto. Estás angustiando a Esme.
Mi cabeza salió disparada hacia arriba cuando por fin me di cuenta. Emmett estaba sufriendo. Había estado tan disperso en mi propio descontrol durante nuestro último encuentro que no me percaté de hasta qué punto mi muerte le había afectado. Le encolerizaba de sobremanera que un desconocido insistiese en deshonrar el recuerdo de su hermano favorito.
Me lanzó una mirada mortífera en cuanto ese pensamiento cruzó por su cabeza, recordando la existencia de mi don.
—No sé como conseguiste engañar a Alice —continuó diciendo, sosteniendo mi mirada—. No tengo nada personal en contra de ti, de verdad. Simplemente no soporto que te aproveches de ella, y no voy a permitir que lo hagas con nadie más.
Parpadeé, sintiendo una mezcla de asombro y orgullo. Interesante. No sabía que un arranque de determinación de Emmett podía dar paso a un liderazgo que este momento casi desplazaba al de Carlisle. Supongo que no se había presentado ninguna situación que lo ameritara.
—¡Maldita sea con ustedes! ¿Podrían dejar de comportarse como unos trogloditas?
Alice terminó por estallar, paseando su mirada retadora sobre nuestras grandes expresiones de sorpresa. No recordaba escucharla insultar en voz alta de ese modo desde 1995
—Edward, termina de probarles quien eres y acabemos con esto de una maldita vez. Han sido demasiados años de este asunto infernal. Estoy fuera.
—¿Así que es eso? ¿Pruebas?
Reparé en la mirada asesina de Rosalie. También le intranquilizaba lo que mi presencia pudiese ocasionar en la estructura de la familia. Ah, y me odiaba, también.
—Tú lees las mentes —prosiguió—. Tal vez posea un don parecido al de Aro —conjeturó, mirando a un mudo Carlisle de forma angustiada, antes de volverse a mí—. Incluso si nos revelas cosas que son un secreto y que sólo Edward conocía, podría ser un engaño.
—No creo que sea un engaño.
Jasper habló por primera vez, y todos se giraron confundidos hacia él, como si acabaran de darse cuenta de su presencia. Habían olvidado por completo que él estaba allí, apreciando la disputa en silencio en una de las esquinas, pasando completamente desapercibido.
Me relajé notablemente cuando sus ojos dieron con los míos, reconociéndome al fin.
Las esquinas de mi boca se levantaron con alivio. Había estado anticipando su participación desde que ingresé a la casa, porque estaba al tanto de su reciente cambio de parecer. Esa había sido la visión que Alice tuvo hace unas horas: era sólo cuestión de tiempo antes de que todas las piezas cayeran en su lugar y Jasper terminara de convencerse de que Alice decía la verdad.
—¿Tú también, Jasper? —inquirió Emmett con incredulidad, demasiado anonadado con su afirmación como para controlar la mueca de su boca.
—Comprendo lo innegablemente increíble o irracional que parecerá lo que les voy a decir. Pero he tenido el tiempo suficiente para reanalizar la situación, y no me queda otra opción más que inclinarme a favor de Alice.
Alice se acomodó en uno de los asientos del sofá con el entusiasmo de una fanática a punto de presenciar el desenlace de su novela favorita.
Jasper la ignoró.
—Lo he estado estudiando durante las últimas semanas —dijo, apuntándome con un cabeceo—. Ni Alice ni yo intervenimos en su decisión de imitar nuestra dieta durante el tiempo que estuvimos con él. Él la adoptó solo. En más de una ocasión percibimos el efluvio de algún malaventurado turista en el aire, y cada vez que pasaba, él se frenaba en seco, repesando la situación. Y sin importar el dolor, la angustia y el deseo de ir a por ella, no lo hizo. Corría en dirección contraria, o se quedaba inmóvil hasta que el viento cambiaba su curso. No necesitamos imaginar todo el esfuerzo que requiere llegar a ese grado de autocontrol. Su autodeterminación, siendo un renacido, era… sorprendente. Admirable. Nunca había visto algo así.
—De acuerdo, el tipo tiene un autocontrol increíble, pero, ¿qué tiene eso que ver? —preguntó Emmett con rudeza, tratando de ocultar su curiosidad.
—No lo entiendes, Emmett. Hasta sus movimientos se perfeccionaron cuando aprendió a no lanzarse desesperadamente sobre su presa. La última vez que lo vi cazar… la técnica con la que lo hacía… todo era familiar, casi impecable. Era… como ver a Edward.
Hizo una pausa para ver sus reacciones. Permanecieron en silencio, alentándolo a continuar.
—Entonces, pensé: Asumiendo que Alice estuviese equivocada y él sólo se estuviese aprovechando, ¿por qué mentirnos? ¿Qué podría ganar él pretendiendo ser alguien que no era? ¿Por qué molestarse en renunciar al placer de beber sangre humana, si no somos más que un puñado de desconocidos? ¿Por qué nuestra opinión es tan importante para él? Sus emociones fueron las que terminaron de convencerme.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Esme con timidez, avergonzándose de su propia curiosidad.
Jasper la miró, dulcificando su voz para ella.
—La primera vez que mencionó a Bella, su interior fue pura desesperación. Era dolor, pérdida, odio. No le presté atención en esa ocasión porque cualquier cosa podría haberlo hecho sentir tan desorientado, y supuse que también estaba obteniendo información extra de su naturaleza a través de nosotros. Pero ese sentimiento no cambió.
En esta ocasión, Jasper se dirigió hacia mí, aturdido y apenado en parte, al darse cuenta de que hablaba como si yo no estuviese aquí. Sentía que me merecía una explicación por su comportamiento y por el mío.
—Te vi encerrado en tu propio dolor, por el sentimiento de culpa que te llenaba cada vez que Alice mencionaba a Bella. Era… insoportable estar cerca de ti —hizo una mueca de desagrado—. Actuabas exactamente como si la conocieras, como si te importara. Te sentías genuinamente atormentado por su muerte. Por eso me atreví a experimentar contigo, pensando intencionalmente en ella para asegurarme de que la asociación era correcta, y el sentimiento era siempre el mismo. Pero cuando Alice se dedicaba a ponerte al día sobre el resto de nosotros, a contarte sobre nuestra vida, me confundía demasiado tu intenso cariño hacia Carlisle y Esme, tu afecto hacia Emmett, hacia mí, sobre todo Alice, e incluso tu profundo desprecio hacia Rosalie.
"Tienen razón con lo que dijeron hace unos momentos. Con un don tan práctico como lo es la telepatía, se pueden fingir los recuerdos. Se pueden simular las actitudes. Pero no puedes fingir las emociones; no si yo estoy presente para desenmascararlas. Nadie es tan buen actor —echó una ojeada a su alrededor, antes de detenerse en mí, endureciendo su rostro hasta sus facciones se convirtieron en piedra—. Puede que tú seas un lector de mentes. Pero yo soy un lector de almas. Y la tuya expulsaba "Edward" por todos lados.
Se hizo un silencio sepulcral, conforme los demás internalizaban las palabras de Jasper. Ninguno podía negarlo: la duda había hecho mella en ellos. Lidiar con la locura de Alice era una cosa. Estaban acostumbrados a ella. Pero observar a Jasper, el sujeto más racional e incrédulo del mundo, confirmándola, era un evento más que difícil de digerir. Estaban desconcertados.
Mientras mis ojos recorrían a mi familia y capturaban en ella todo el desconsuelo, la duda, el miedo, la esperanza, y la profunda tristeza en cada línea de sus caras, supe a la perfección por qué Alba… por qué Bella, me ocultó quién era durante tantos años; a mí, a Charlie Swan, a su madre, Renée. Ahora que me encontraba en una posición similar a la de ella, entendí lo difícil que resultaba la simple idea de lastimar a aquellos a quienes más amas. Una vez que estaba hecho, era muy difícil dar marcha atrás.
Comencé a sentir una irracional y creciente ira hacia Alice. A diferencia de Alba, quien si pudo ahorrarnos este drama para facilitar nuestras vidas, era demasiado tarde para que yo pudiese imitar esa actuación. Alice nunca me concedió la oportunidad de elegir cuando tomó la decisión de reincorporarme a la familia de Carlisle sin mi consentimiento.
La rabia se apaciguó tan pronto como apareció, porque me enfoqué en controlar meticulosamente cada una de mis emociones. Ahora me sentía culpable. Responsabilizar a Alice por mi propio sufrimiento, por preocuparse por mí, era mucho más que caer bajo. Ella tenía razón. Necesitaba terminar con esto de una buena vez.
—Si me disculpan, se me ocurre otra cosa.
Todos y cada uno de ellos levantó las cejas cuando por fin solté mi voz. No esperaban que fuera lo suficientemente atrevido como para a abrir mi boca, porque eran ellos quienes controlaban el poder aquí, no yo.
Dejé que mis ojos volaran hasta el imponente piano colocado en medio de la sala, mi piano de cola. Alice me había comentado que había sido Esme quien persuadió al resto de la familia a conservarlo, y todos habían llegado al acuerdo silencioso e implícito de no tocarlo, porque no querían faltarme el respeto. Era ese el motivo por el cual el que me encontrara avanzando hacia el instrumento hizo que todos se pusieran rígidos en alerta, atentos a cada movimiento.
—¿Qué haces? —chilló Rosalie sin moverse de su sitio, temerosa de que yo lo destruyera, y uno de sus recuerdos me inundó. Era ella, limpiándolo, puliéndolo, y afinándolo con absoluta dedicación. Ella había asumido por su cuenta la responsabilidad de mantenerlo impecable y en perfectas condiciones durante todos estos años.
Aparentemente las sorpresas aun no se acababan. Decir que me encontraba impactado por ese gesto viniendo de Rosalie era un eufemismo. Pero ya podría satisfacer a mi curiosidad en otro momento. Por ahora, sólo contaba con unos pocos segundos para demostrar un punto antes de que mi cabeza saliera volando por la ventana.
Levanté mi mirada hacia ellos y, con mucho cuidado, hice ademán de sentarme frente al piano.
—Voy a tocar una canción —procuré que mi voz se exhibiera de forma tranquila y controlada, como si supiese exactamente lo que estaba haciendo—: prometo que no lo estropearé. Si después de esto no quieren volver a saber nada de mí, me iré.
Sin decir nada, todos los pares de ojos se posaron sobre Carlisle, en busca de su aprobación. Miró a Alice primero con una amenaza implícita, y después de analizarme durante unos segundos con sus ojos dorados centellantes de duda, terminó por asentir con la cabeza. Esperaba que Alice no permitiera que yo destrozara un recuerdo como aquél.
Cuando por fin me acomodé en el asiento, comencé a ponerme nervioso. Habían transcurrido casi veintiséis años desde la última vez que toqué esta pieza en específico. No tenía idea de cómo resultaría, hasta que una visión de Alice hizo que levantara uno de sus pulgares en mi dirección, diciéndome que todo estaría bien.
Acaricié la superficie con las yemas, y maniobré rápidamente con mi mano derecha una escala de notas con el fin de familiarizarme con mi nueva fuerza. La inseguridad me hizo vacilar, pero cuando las puntas de mis dedos presionaron sobre las teclas para iniciar, la ejecución se desenvolvió de forma tan automática y natural que hasta tuve tiempo para impresionarme de mi mismo. Interpretar la pieza fue pan comido: tan sencillo como caminar. Recordaba con suma precisión la textura de las teclas bajo mis dedos, el volumen de las notas, el tiempo de los compases, los adornos que debía agregar en cada vuelta de la pieza.
Era como si la melodía jamás se hubiese ido.
Ahora comprendía de dónde había sacado mi aptitud para la música, o por qué había insistido tanto a mi padre en que me inscribiera en clases de piano cuando era un niño. El piano siempre fue mi instrumento favorito. Nunca me había gustado alardear frente a nadie, y aunque mis mentores habían insistido en que yo era una especie de niño prodigio -y ese era el motivo por el cual me contrataron como profesor de música con tan sólo dieciséis años-, mis habilidades modernas se habían quedado cortas. Era imposible competir contra cien años de arduo entrenamiento en el teclado.
Esme ahogó un jadeo entre sus manos cuando reconoció su canción favorita. Era el tributo sin nombre al amor que yo había visto entre Carlisle y ella por tantos años. Era su canción.
Y entonces, llegó a su inevitable fin. La última nota permaneció fresca en el aire, rebotando contra las paredes de la casa, hasta que el eco del sonido se desvaneció con el viento.
Me levanté. No era necesario alzar la cabeza para comprobar el estupor de mi familia, pero lo hice. Me observaban boquiabiertos y con ojos completamente desorbitados, aterrorizados, como si estuviesen en presencia de un fantasma.
Bueno. Prácticamente lo era.
—¿Qué caraj…? —la voz de Emmett tembló.
A Alice la habían tachado como mentalmente inestable desde que obligó a Carlisle a salvarme. Los argumentos de Jasper no habían sido suficientes para probarle al resto quien era yo, porque era su apreciación subjetiva contra la de todos los demás. Pero esto era diferente. Acababa de interpretar algo que yo mismo había compuesto, y que nadie, absolutamente nadie, hubiese sido capaz de reproducir ni de cerca con la exactitud y la precisión que yo acababa de demostrar.
En el momento en que Esme salió disparada hacia mis brazos, ya los había abierto para ella.
—Mi niño, mi niño, mi niño… —repitió una y otra vez sin cesar contra mi pecho, en medio de un llanto sin lágrimas.
Cuando mi mirada se cruzó con la de Carlisle y distinguí el antiguo e incomparable afecto de un padre, supe que los tenía.
A todos.
Como siempre digo: lamento mucho la demora, he estado más ocupada de lo que calculé. AL menos espero que este capítulo tan largo haya recompensando un poco el largo mes de espera.
Pero bueno. ¿Qué les pareció? :D! Ya sé, ya sé. TODO sigue siendo demasiado confuso, sobre todo el asunto de Alba/Bella. Sé que no dejé muy claro que piensa Edward al respecto, que dejé más dudas de las que solucioné, pero les prometo que con el pasar de los capítulos se irá revelando como Edward lo enfrenta.
Por ahora los capítulos serán desde el POV de Edward. Si van hacia mi perfil de FF y acceden a mi cuenta de FB, verán entre las publicaciones una imagen editada de Eithan/Edward transformado en vampiro.
Por otro lado, hace tiempo mencioné que le había asignado a Edward y a Bella una canción que los representaba en esta nueva vida. Podrán encontrara en mi perfil de FF, también,
En fin, espero que les haya gustado el capítulo. Ya lo saben: dudas, sugerencias y reclamos, déjenlos todos en un review y se los responderé cuando tenga la oportunidad :)
¡Hasta una siguiente actualización!
Vicky.
PD: Quiero darle la bienvenida a las nuevas lectoras, y darle las gracias a EugeniaOst32 , Chiarat, GaByMaY91, kaja0507 , darky1995, Alba yasmin , , PCullenIam , Sofia , bbluelilas , Isis Janet , Bella Cullen Halliwell, somas , Galu91, .cabrera.x, Yoliki, Luz Collen, Bella collen, Martu Vampira , arreola061, Dess Cullen, gra, Adriu , bluesweet, Ari Black-18 , Pili, TsukihimePrincess , Cullen-21-gladys , ConiLizzy, Ale74, Tary Masen Cullen, PoliFP13 , CecyBlack, y TODOS y cada uno de los "Guest" :)
