Disclaimer: Los nombres de Eithan y Alba son de mi propiedad, pero sus espíritus pertenecen a Stephenie Meyer, al igual que la mayoría de los personajes de la historia.
Chapter 21:
The True
E.
—Tienes que llamarla.
Incliné pesadamente la cabeza, topándome con las facciones de una muy iracunda Alice, taconeando impacientemente el suelo con el pie derecho.
—¿Y qué pretendes que haga? ¿Que le diga que recuperé la memoria pero que no podemos estar juntos? Si eso no la mata la angustia, la matará de un ataque de ira.
—No estoy diciendo que le digas la verdad, sólo digo que le ofrezcas una explicación que la haga sentir más tranquila. Ella está sufriendo mucho, ¿sabes? Podrías servir para algo y dejar de ser tan testarudo.
—No sé si es buena idea —negué con la cabeza, sumergido en la indecisión.
—Es tu novia, es tu pareja, y ella merece saber que su novio no la ha dejado en el olvido.
—¿Por qué me insistes ahora, Alice? No me habías dicho nada antes.
Ella reaccionó apretando los labios, en un intento de camuflar una mueca de desagrado.
—Me preocupa ella tanto como tú. No quiero que salga herida, igual que tú. Después de todo lo que pasó me prometí que no volvería a hacerte caso más nunca, pero por más que me enfurezca la idea, yo también pienso que es un error que se encuentren en este momento. Es muy peligroso. Y si no le he dicho nada a Bella es porque ambos hemos visto como se pondría, y eso solo empeorará las cosas para ella y la hará sufrir el doble. Es mi decisión, y me odio por ello, pero ya ha pasado suficiente tiempo. Llámala —ordenó, tendiéndome el teléfono con una mirada asesina—, o te juro que le diré todo.
Suspiré en cuanto desalojó la habitación. Me constaba por varios años de experiencia que las amenazas de Alice nunca eran en vano.
Me ensimismé durante un rato observando el teléfono que descansaba sobre mi mano, considerando taciturnamente el lógico planteamiento de Alice. ¿Sería buena idea tan solo llamarla, asumiendo que aquí no había pasado nada? ¿Qué iba a decirle? ¿Cómo prever su reacción?
Preparándome para la batalla, busqué su nombre entre los contactos y presioné "llamar". Le tomó sólo tres tonos atenderme.
—¿Hola?
El impacto que me produjo su voz distraída e indiferente fue tan atroz que me arrancó el aliento, por más innecesario que éste fuese para mi supervivencia. Tanto la defectuosidad de mis recuerdos humanos como las empañadas visiones de Alice no habían sido un medio honorable para hacerle justicia.
Había tenido el placer de deleitarme con el matiz de su voz en todas sus facetas, en sus entonaciones dulces, en sus susurros melancólicos, en sus seductoras persuasiones, en su canto afinado, y en esos insoportables gritos de protesta que durante siete largos años habían significado absolutamente todo para mí. Ahora que se me presentaba la oportunidad de escucharla de nuevo, sabía que mi imperfecta humanidad no la había valorado con la magnitud que yo lo hacía ahora.
—Alba —acaricié su nombre, cerrando los ojos, porque presentía que a partir de este momento todas mis defensas amenazaban con desplomarse para siempre.
—¡Eithan! —exclamó con la misma alegre incredulidad que aun persistía, el ruido de su alterada respiración colándose por el teléfono—. ¡Ay, Eithan!
Terminó con un corto sollozo. No me apresuré a contestarle en espera de que se repusiera de la impresión, pero lejos de tranquilizarla, mi silencio sólo pareció duplicar su ansiedad.
—Lo siento tanto —admití con una inexpresividad que no pretendía, pese a que el nerviosismo de Alba era tan contagioso que me estrujaba en las mismas entrañas.
—¡Oh, Eithan! ¡Lo siento yo! ¡Todo esto fue mi culpa! Si no me hubiese quedado dormida a lo mejor todo hubiese sido distinto. Un pequeño cambio, uno solo hubiese hecho la diferencia…
—No fue tu culpa. No te atrevas a responsabilizarte por lo que pasó —la atajé en el acto, asombrándome ante la ira que se apoderó de mí.
Estaba furioso. No, más que furioso. Se trataba de una rabia intensa, venenosa, completamente anómala y que hirvió en cada rincón de mi cuerpo, seguido de la sorpresa al reparar que era ella la causante de esa negativa. No podía recordar haberme sentido de este modo con ella en toda mi vida. ¿Qué mierda estaba sucediendo conmigo?
—Sé por qué hiciste lo que hiciste —proseguí, procurando aparentar ternura al modular las palabras—. Alice me ha explicado todo. Yo…. Yo sólo… Maldición.
Bien, eso no fue demasiado inteligente.
—¿Tú me odias? —fruncí el ceño por su cambio de rumbo—. Cielos, Eithan, ¡te quité todo! Pensé que hacía lo correcto pero ahora no estoy tan segura. Sólo dime si me odias y me alejaré de ti. Pero por favor… yo sólo… necesito conocer como son las cosas ahora. Necesito saber cómo seguiré adelante con mi vida.
—¿Odiarte?
La rabia regresó con el mismo vigor irracional que antes. Fue ella a quien yo abandoné. Fue ella quien pereció porque yo no estuve ahí para protegerla. Fue ella quien me amó lo suficiente como para absolverme de todas mis equivocaciones, permaneciendo a mi lado, interpretando el papel de una mujer totalmente ajena a la historia que ambos escribimos. Además de eso, había salvado mi vida tras ese maldito accidente, como también había consolado a mi madre durante los momentos en los que yo estuve ausente. Había estado a la espera de mi regreso, durante seis largos meses, ¿y lo único que se le ocurría pensar era que la odiaba?
En lugar de descargar mi furia acabando con el bosque o arrasando con la casa, llevé la mano al puente de la nariz y lo presioné con fuerza, esforzándome por dominar la oleada de cólera que me ocasionaba ese ridículo e injustificado sentimiento de culpa tan típico de Bella y que por alguna razón ahora me irritaba como nada me había irritado nunca.
—No, no, no, en lo absoluto, Alba. Lo que sucede es que no logro concebir una manera de expresar ni la más mínima fracción de lo que pasa en mi cabeza sin volverme loco —le expliqué como un autómata, sin perder la calma. Tenía que entender que ella estaba dirigiéndose a Eithan, a su inocente e indefenso prometido que ignoraba por completo los misterios de este mundo mítico repleto de amenazas. Ella aun no estaba enterada de que yo sabía la verdad sobre nuestra fatídica historia, así que era entendible que temiera por mi reacción. Sí, sí tenía sentido. Debía mantener eso en mente. No podía perder la cabeza por culpa de mis desacuerdos internos.
—¿Y entonces por qué no me llamaste? —inquirió, visiblemente dolida—. Perdona. Quise decir… ¿cómo has estado?
Como un verdadero miserable. No soy más que un desperdicio de persona sin ti y sin todo lo que alguna vez me hizo feliz. Pero aun así me merezco ser desgraciado por el resto de mis días, por todo lo que te hice.
—Ha sido difícil. No lo he sobrellevado nada bien —me limité a decir.
Profirió un gemido entrecortado.
—¡Perdóname, Eithan! Perdóname, por todo, lo siento, te amo, ¡te amo! —rompió en llanto, un llanto desgarrado que casi me parte el alma en dos.
—Lo sé. Mi vida es un infierno sin ti.
—Entonces, ¿qué esperas? —cuestionó con la misma inocencia de una niña, como si no pudiese comprender por qué no había hecho nada todavía para ir en su búsqueda—. ¡Por favor…! ¡O yo iré! No tienes que tocarme, sólo necesito saber que estás bien.
Excelente solución, si no fuera por mis instintos asesinos.
—No puedo. Todavía no he aprendido a controlarme. Hace aproximadamente un mes estuve cerca de perder la razón y casi acabo con la vida de un turista —mentí. En realidad, había trascurrido cuatro meses desde mi episodio con la chica en la carretera, pero necesitaba exagerar mi justificación para no verla si quería sonar convincente—. Aun soy demasiado prematuro, impulsivo. Y Alba, no estoy dispuesto a poner tu vida en riesgo de ese modo.
Hubo una larga pausa, seguido de un chillido de sorpresa.
—¿Significa que no volveremos a vernos más nunca?
—Por supuesto que sí —corregí con rapidez—: Me refería a que no me siento capacitado para reunirme contigo sin exponerte a un peligro. No todavía.
—¿Y cuánto tiempo debo esperar?
Maldición. Recordaba muy bien ese tonito de voz que anunciaba una tormenta. Me la imaginaba claramente con el entrecejo fruncido de preguntas, presionando los labios hasta convertirlos en una pálida línea. Era muy probable que existiera un abundante repertorio de insultos hacia mí rondando por su cabeza.
—Concédeme un año… Tal vez dos… —propuse tentativamente, casi con temor, y el estallido que le prosiguió reafirmó esta capacidad de predicción emocional mía, aprendida durante largos años de ensayo y error en convivencia en pareja.
—¡¿Dos años?! ¿Me estás diciendo que no nos veremos en dos años? ¿Estás loco? ¡No puedes hacerme esto, Eithan!
Apoyé los codos en mis rodillas, ocultando mi rostro con una de mis manos con un cansancio lejos de ser físico.
—Comprendo lo frustrante que es, pero es la única solución disponible que tenemos.
—No pienso aceptarlo.
Me tragué un gruñido de disgusto.
—Alba, ¿crees que te digo todo esto porque quiero fastidiarte? ¿No lo entiendes? No estoy listo. Si nos vemos, corro el riesgo de matarte. Te suplico, por favor, que no me lo hagas más difícil. Juro que iré por ti cuando esté completamente seguro de que no soy peligroso, pero mientras tanto es mejor permanecer así. No quiero que mueras. No podré soportarlo.
—No, Eithan. Te amo, no puedo soportar estar sin ti. Estoy cansada de toda esta monotonía. Por favor, déjame acompañarte. Encontraremos una forma. Sé que lo haremos. Estoy segura de que Alice…
Alba comenzó a suplicar con una desesperación que me obligó a levantarme de mi asiento para halar mi cabello con exaspero. Me destrozaba escucharla implorarme de esa forma, pero me destrozaba el doble saber que no podía hacer absolutamente nada para enmendarlo sin comprometer su propia vida. ¿Qué pasaría si me arriesgaba a acercarme a ella, así sea por un instante? ¿Cómo garantizar que no voy a romperle el cuello en un acto de torpeza o de imprecisión? ¿O peor aún, que no voy a matarla? ¿Cómo arriesgarme a arruinar su vida, tal como lo hice con la otra chica cuyo nombre nunca quise conocer? ¿Tal como arruiné su vida en el pasado?
No iba a permitirlo.
Así que, consciente de todo el daño que ocasionaría con lo que estaba a punto de hacer, obtuve el coraje para detener su discurso con el filo de la última palabra que deseaba proferir en esta vida.
—No.
Durante varios segundos reinó el silencio entre nosotros, sólo opacado por el tenue sonido de lo que seguramente era el televisor encendido y ubicado en algún canal de comedia. Por un instante llegué a preocuparme, pensando que tal vez se había desmayado, pero sentí que podía respirar –figurativamente- cuando escuché su pequeño y tembloroso carraspeo.
—Bien —murmuró, con una voz carente de toda expresión—. Que sea así entonces.
Y colgó el teléfono.
…
Está de más decir que no estaba de humor para dedicarle una mirada a nadie. Ni si quiera cuando Jasper apareció por la puerta para invitarme a participar en una partida de damas chinas versión 2.0, adaptada a un complicado conjunto de reglas diseñadas por Jasper y Alice hace varios años, en sustitución de nuestro también complicado y muy engorrosamente estructurado juego de ajedrez que ya había pasado de moda para la familia.
—Tienes que calmarte, Edward —aconsejó Jasper, conservando la misma formalidad que de costumbre—. Estás haciendo lo mejor que puedes.
—Me tortura tener que dejarla sola —reiteré, sin despegar la mirada de la ventana.
—Estoy seguro de que ella entenderá.
Sonreí sin humor. Sí, claro.
—Vamos, ven con nosotros —insistió, haciendo un intento por animarme—. Emmett estuvo a punto de vencerme y está ansioso por una revancha, pero ya me aburrí. Me pidió que te dijera que me reemplazaras.
Sabía que él solo me lo comunicaba por ser cortés, porque era evidente que había estado escuchando su discusión. No existían secretos en una casa llena de dones paranormales y sentidos agudizados.
Crazy, toys in the attic I am crazy, truly gone fishing. They must have taken my marbles away, crazy, toys in the attic he is crazy…(1)
Normalmente hacía todo lo posible por bloquear los pensamientos de mi familia para no irrumpir en su intimidad, pero Alice había dedicado la última hora en repetir mentalmente todo el disco de The Wall en el mismo orden de la película, y ya iba por la última canción. Arrugué la frente, porque Alice no era una fan particularmente devota a Pink Floyd ni a ningún grupo psicodélico. De hecho, fue la primera en oponerse a la primera oleada de hippies que azotó a Estados Unidos durante los 60's y que arruinó "cualquier sentido del decoro", según sus palabras textuales. Esa declaración nos animó a Emmett y a mí a llevar pantalones de campana y bandanas en la frente con símbolos de la paz durante casi un año, sólo para sacarla de quicio. Fue divertido.
—Te creía una mujer de The Beatles, Alice —comenté con aire burlón desde mi cuarto. The Beatles eran la única excepción de Alice en el mundo de los come flores.
—Todo es culpa de Jasper. Me obligó a verla de nuevo el otro día —respondió desde el sofá de la sala, en donde consultaba una revista de moda en la que estaba subscrita.
Como un rayo, un pensamiento cruzó por su cabeza, más no pude discernir con precisión de qué se trataba porque fue interceptado rápidamente por más de Pink Floyd. Afortunadamente, las sobras que pude recoger me hicieron presumir que tenía alguna relación con Alba.
Me llevó menos de dos segundos bajar al primer piso y estar a su lado.
—¿Me estás escondiendo algo?
—Sí —eludió mi mirada.
—¿Serías tan amable de decirme por qué?
—No.
—Alice…
—No es nada grave, y prometo decírtelo cuando se te pase el mal humor, no quiero lidiar con tu irritabilidad en este momento. Estás más insoportable que nunca.
—Tiene razón. Siempre has sido quejumbroso, pero ahora te has puesto peor —convino Emmett, malabareando una ficha del tablero entre sus dedos.
Jesús, quería matarlos a los dos.
Dos días más tardes concluí que ya había tentado al destino lo suficiente. Anuncié que me iría de caza, a lo que Jasper se ofreció a acompañarme. Alice, Emmett y Rosalie se habían marchado a la escuela para introducirse en su papel de estudiantes, mientras que Esme y Carlisle se dirigieron puntualmente a sus respectivos empleos. Podría contar con los dedos de mi mano derecha las veces que Carlisle interpretó una profesión distinta a la medicina, por lo que no era de extrañar que se hubiese inclinado a ejercerla de nuevo apenas nos mudamos a Alaska. Esme era la más entusiasmada de los dos, ya que hacía muchos años que no practicaba la psicología y la estimulaba la idea de interactuar con tanta proximidad con los humanos de nuevo.
En cuanto a Jasper, ya era la cuarta vez que faltaba a la escuela, pero era demasiado evidente que ese detalle no podría importarle menos. Se había memorizado todas las clases de cada curso de cada año con la misma calidad que nosotros, no sentía una particular afinidad con sus nuevos profesores, y ni hablar de sus deseos de cenarse a los estudiantes. No obstante, si bien él todavía era el integrante de la familia a quien más le costaba adaptarse a nuestra dieta, esa sed descontrolada y urgente que lo volvía loco ya había desaparecido. Específicamente después del accidente en el cumpleaños número dieciocho de Bella. Ese había sido el detonante que él necesitaba para poner el doble de esfuerzo sobre su autocontrol, y los avances habían sido bastante sorprendentes.
Lo que más disfrutaba de Jasper era su carácter apaciguado, y él también parecía estar a gusto con mi compañía. No requeríamos de violencia juguetona ni de charlas forzosas para reafirmar nuestra amistad y, a diferencia de Emmett, Jasper sabía intuir cuándo concederme mi espacio. Su presencia era tan tranquilizadora que a veces olvidaba que él estaba justo a mi lado, lo cual lo convertía un excelente compañero de caza.
Ambos escuchamos el suave y lejano ronroneo de un motor en la carretera.
—Estamos acercándonos demasiado a la ciudad —advirtió Jasper, sacudiéndose del cabello una pizca de nieve que cayó desde la rama de un árbol.
Todavía no estaba demasiado saciado para mi gusto, pero tampoco me animaba la idea de cometer una más de mis imprudencias. Conteniendo la respiración, me di la vuelta para indicarle con un gesto que nos marcháramos, y fue entonces cuando los escuché.
—¿Seguro que es por aquí?
Casi me estrello con un árbol del corrientazo que atravesó mi cuerpo.
—¿Edward?
—Es por aquí —afirmó una voz masculina sumamente familiar—. Puedo distinguir su rastro, tienen que haber pasado por aquí hace poco.
—A lo mejor ya están en casa. Es tarde.
¿Cómo mierdas había llegado Alba aquí, y acompañada de Jacob Black? ¡Y yo en plena cacería! ¡De todos los momentos del mundo… de todas las personas del mundo…!
—¡Maldición! —espeté, y en un involuntario acto de impulsividad quebré un árbol desde su base cuando azoté mi brazo en el aire.
Volví a maldecir en mi fuero interno, porque era evidente que el estruendo no pasaría desapercibido. No para un licántropo.
La reacción fue inmediata. El chirrido de las llantas fue cortante cuando el auto frenó en seco.
—¿Qué pasa? —Alba se preocupó, mientras que Jacob abandonaba el auto y cerraba la puerta en el proceso—. Jake, dime qué pasa.
Pasaba que Jacob estaba temblando. Lo sabía porque sus ansiosos pensamientos estaban inmersos en la concentración para no perder el dominio de sí mismo, ya que habían transcurrido muchos años desde la última vez que una amenaza despertó el irresistible instinto de transformarse en lobo. No había sentido el impulso de hacerlo últimamente, no desde…
De acuerdo, de acuerdo. Estoy fuera de práctica, pero no pasa nada. Debo recobrar de nuevo mi capacidad para convertirme en lobo y en humano a mi antojo. Concéntrate. ¿Qué es lo que me había funcionado las últimas veces? Cierto, contar las marcas de cerveza…
La mente de Jacob trabajaba a mil por hora. Hace siete años, cuando Alba todavía vivía en Forks, la manada había encontrado un rastro que los llevaba hasta ella. Jacob había estado merodeando su casa por las noches durante tres días porque sospechaba que un vampiro quería atacarla específicamente a ella. Ese era un acuerdo al que habían llegado la misma noche en que el líder los reunió para informar su descubrimiento, pero Jacob, doblemente preocupado por la seguridad Alba, tocó la puerta de su casa al día siguiente para advertirle que tuviese cuidado. ¿Por qué esto me resultaba tan familiar?
Me tomó varios segundos retroceder al pasado y a esos turbios recuerdos humanos. Habían transcurrido muchísimos años desde la última vez que Eithan pensó en el día en que vio por primera vez al imponente jefe de su novia; o al menos, específicamente el momento en el que lo conoció, ya que fue ese mismo día en el que besó por primera vez a Alba, y había sido un evento tan significativo en su vida que la pasión del recuerdo aun no se había desvanecido. Pero, minutos antes de eso, Jacob había irrumpido a la casa para advertirle de algo que no podía recordar. Había sido hace demasiado tiempo.
El pensamiento me redirigió a otro recuerdo, imposiblemente más borroso que el anterior. Eran tres o cuatro sujetos conversando de algo, y yo los espiaba entre las sombras. En ese entonces no sabía quiénes eran, pero ahora confirmaba que se trataba de la manada de Jacob. Jacob había intentado advertirle a Alba sobre Alice, porque había sido ella el vampiro que ellos detectaron deambulando por Forks. Alice había estado allí cerca de esa fecha para asegurarse de que Alba y yo nos encontráramos de una u otra forma, y en parte fue gracias a ella que coincidimos en el prado en el que besé a Bella por primera vez. Por su puesto, Alice no había esperado jamás que su regreso trajera consecuencias sobre los protectores ancestrales de la zona. Después de todo, desde el pacto con Ephraim Black, ninguno de nosotros se había acercado en lo más mínimo a la reserva, por lo que era natural pensar que su descendencia no desarrollaría el gen de la metamorfosis, a pesar de que no tuvimos la oportunidad de comprobarlo. De haber imaginado que esas volubles criaturas estaban sueltas por doquier jamás habría expuesto a Bella a que se hiciera amiga de uno de ellos.
El odio hacia mí mismo regresó. Había estado demasiado cegado con mis ideales hasta para prever un panorama tan obvio de ese tipo.
Bella corre un peligro grandísimo y todo esto es culpa de esa maldita chupasangre. Debimos haberla matado cuando tuvimos la oportunidad, no me importa que sea una Cullen. No puedo creer que nos dejamos persuadir por Sam en ese entonces. No puedo creer que accedí a formar parte de esto. Soy un maldito idiota.
Casi se me cae la mandíbula en el piso.
¿"Bella"?
¿Jacob sabía la verdad sobre Alba?
—Dos de ellos están cerca. Se acaban de detener —Jacob aclaró la incertidumbre de Alba.
—¿Dónde están?
—Más o menos allá. Pero ya no se mueven.
—¿Por qué?
—¿Y yo qué voy a saber?
Los pensamientos de Jacob eran bastante claros incluso a la distancia, llenos de exclamaciones y de palabrotas, de preocupaciones y de planes de escape alternativos. Los pensamientos de Alba eran… bueno, eran nada, porque en la cabeza de la chica que estaba parada allí no existía nada más que un rotundo silencio.
Casi me río de lo predecible de la situación. Por cómo funcionaba este retorcido patrón de eventos, no me sorprendía para nada que tampoco pudiese acceder a la mente de Alba.
Ella se bajó apresuradamente del auto y lo cerró de un seco portazo.
—Eres tan obstinada… —gruñó su compañero.
—Jasper, Emmett, Carlisle, Esme, Rosalie. Sólo Alice me conoce, pero yo sí los conozco a todos ustedes. Vine por Eithan.
Así que Jacob estaba aquí para ayudar a Alba a encontrarme a mí. ¿Es que ese perro no tenía nada en el cerebro? No me importaba si me conocía o si se arriesgaba a sí mismo por complacer a Alba, ¿cómo se atrevía a exponerla de esa forma a un vampiro recién nacido? Y hablando de eso, ¿cómo logró Alba convencer a un licántropo para que adentrara a las fauces de sus enemigos naturales? Conocía muy bien a mi tierna y caprichosa prometida, y sabía que cuando se lo proponía, podía llegar a ser una manipuladora de primera, pero, ¿cómo pudo él dejarse convencer por ella? ¿Había perdido la cabeza?
—¿Esa es… Bella? —Jasper articuló con los labios. Asentí rígidamente con la cabeza—. Y me figuro que ese es su amigo licántropo —volví a asentir—. Bien. ¿Qué quieres hacer?
—No lo sé —admití, tapándome el rostro con las manos. No se supone que esto tenía que pasar. Se supone que Alice iba a asegurarse de vigilar a Alba para evitar este tipo de eventualidades tan abismales. ¿Cómo se le ha podido escapar…?
Mi mandíbula se contrajo cuando el entendimiento me golpeó. ¡Esa Alice…! Obviamente era imposible que tuviese tiempo de advertirnos sobre esto, porque la presencia de los hombres lobos obstruía su visión. Ella estaba a ciegas. ¿Era eso lo que me estaba ocultando, que ya no podía ver a Alba? ¿Por qué no me dijo que había ido a buscar a Jacob Black? ¿Ella sabía de esto? ¿Acaso éste era una especie de complot para acorralarme?
Gruñí, demasiado furioso con la traición de Alice como para sentirme orgulloso de lo maquiavélicamente calculadora que era mi novia, incluso si su perverso plan implicaba ser escoltada por un hombre lobo. ¡Era tan irracional como siempre! Si en teoría, Alba y Bella eran la misma persona, ¿por qué tenía que tenía que seguir siendo tan imprudente? ¿Es que acaso no había aprendido nada de vampiros?
¿Qué le costaba al universo regalarme una mujer más sensata y precavida? ¡Maldita sea! Lo peor de todo es que yo en parte tenía la culpa de que fuera tan atrevida. ¿No le permití yo encaramarse en esa motocicleta infernal durante nuestra época universitaria, solo porque ella se negaba a perder una apuesta con el imbécil de Jorge Michael? ¿No fui yo quien la llamó gallina por tenerle miedo a las alturas, para encontrármela al día siguiente en aprietos cuando se le ocurrió la brillante idea de escalar hasta la cima de un árbol de donde los bomberos tuvieron que rescatarla? ¿No fui yo quien despertó su espíritu competitivo al burlarme de su debilidad y ella comenzó a hacer pirouettes en pointé sobre nada más y nada menos que una silla de madera, y solo para exponer su superioridad femenina? ¿Cómo había podido permitir semejantes riesgos con ella, que no era más que un imán para los peligros, incluso desde antes? ¿En qué momento dejé de comportarme como un caballero? ¡Era un milagro que no se haya fracturado la cabeza hasta ahora! ¡Mierda, yo sí que fui un adolescente estúpido!
Algún día, si es que llegábamos a superar todo este infierno, juro que la mataré por haber hecho esta tontería.
Creo que ya tomaste tu decisión, Jasper supuso, con una leve pizca de buen humor.
Lo miré, debatiéndome entre la razón y el corazón. Estaba enojado, sí, estaba sumamente furioso. Pero lo que predominaba era esa indecisión tan tortuosa que hacía flaquear todos los motivos por los cuales me mantenía apartado de ella. Tenía que resistirme. Sabía que la mejor decisión era correr en la dirección contraria, pero me sentía incapaz de llevarlo a cabo sabiendo que Alba estaba tan cerca… tan cerca…
Y yo la necesitaba. Santo cielo, necesitaba verla y cautivarme con sus hermosos ojos, una vez, sólo una vez, y luego me iría a prepararme para mi regreso. Ya me encargaría en otro momento de recompensarla por haberla hecho pasar por toda esta pesadilla, y si tenía que arrastrarme sobre mis propias rodillas durante décadas con tal de concederle algún tipo de venganza, accedería con encanto. Pero por ahora, solo anhelaba permitirme un momento con la mujer que en conocimiento de todos los riesgos había volado hasta aquí para venir por mí, y que me reduzcan a cenizas si eso no revolucionaba al hombre enamorado que llevaba dentro.
—Sí —contesté, y mis pies cobraron vida propia.
Caminé con Jasper con una lentitud precavida, hasta que sus figuras eran distinguibles. La emocionante expectación se convirtió en ira cuando observé como Jacob Black ceñía a Alba posesivamente de la mano, ocultándola detrás de su espalda para resguardarla con su enorme cuerpo. Él estaba tocándola, y eso no podía hacerme sentir más encolerizado. No sólo porque ese era el tipo de gozo que menos podía permitirme, sino porque no me convencía la idea de que Alba estuviese bajo la protección de un hombre lobo, la primera criatura capaz de lastimarla en un arrebato de locura, además de mí.
Ahí está, Jacob pensaba, resistiendo a los dos pensamientos opuestos circulando: sacar a Alba de aquí, o venir directamente a matarme, aunque solo era su instinto hablando por él. Realmente, no contaba con el atrevimiento de lastimar de ese modo a Bella asesinando a su pareja, sin importar que éste fuera un vampiro. Una vez más, Jacob pensaba en Alba en términos de "Bella".
Humm. Tal como Alice me contó, Jacob Black me demostraba ser enormemente leal a Bella, y asombrosamente estaba mucho más controlado de lo que me imaginaba que estaría una criatura de su especie. Supongo que estar cerca de él no suscitaba un riesgo tan grande para Alba, después de todo, pero no me importaba. No lo quería cerca de ella.
Él ya me había divisado y sus ojos estaban puestos en mí, pero Alba aun no podía verme a esa distancia. Terminé de dar los últimos pasos que me colocarían en su campo de percepción, y la vi sacar la cabeza por uno de los costados de Jacob para poder mirarme.
—¡Eithan!
Sus orbes se ampliaron cuando me identificó, pero no se detuvo en mi rostro, sino que comenzó a barrer mi cuerpo con los ojos, empezando por la punta de mis pies. Escuchaba perfectamente el atractivo y nervioso pálpito de su corazón, y la boca se me hizo agua de solo imaginar el apetecible aroma de su sangre, la calidez de su sabor… Afortunadamente, lastimar a Alba no era una enorme preocupación en este contexto, porque confiaba plenamente en que Jasper y Jacob se encargarían de neutralizarme en caso de que perdiera la calma. Lo que me inquietaba era que ella me contemplase en la peor mis versiones, si es que permitía que el vampiro desalmado saliera la luz. Tal vez eso es lo que necesitaría para convencerse de que yo no estaba listo para estar con ella. Tal vez eso era lo mejor.
Planté mis pies firmemente en el suelo, y entonces inhalé.
Uno de mis principales temores era que la sangre de Alba fuera demasiado irresistible para mi nuevo cuerpo, tal como pasó con Bella. Y tras comprobar que tampoco podía leerle la mente a Alba, las probabilidades que su sangre fuese igual de atractiva que la de Bella superaba los límites. Pero, para mi grata sorpresa, eso no pasó.
El efecto era exactamente igual al que aparecía al ser expuesto a la sangre humana: el fuego en mi garganta regresó y la ponzoña inundó mi boca, y mis músculos se alistaron instintivamente para atacar. La sangre de Alba era sutil y dulce, muy dulce, incluso más que la de Bella. Pero no percibí ningún indicio de esa fiebre desmedida que sentí en un pasado con Bella. No existía nada más allá que el deseo natural de beber de ella. Sí, su sangre olía bien, pero era un poco demasiado dulce para mi gusto, y eso era mucho decir viniendo de un neonato. Era… muy corriente y…
De hecho… creo que podía manejarlo.
Motivado por ese pequeño rayo de esperanza, inhalé de nuevo, agregando esta vez una bocanada de aire profunda. ¡Agg! era doloroso y un poquito desquiciante, y debo admitir que las ganas de saltar sobre su cuello iban en aumento, así que comencé a respirar con la misma frecuencia que un ser humano para practicar un poco. Era difícil, pero no tanto como lo esperaba, a pesar de que todo mi cuerpo estaba tenso como un alambre del impulso de saltarle encima.
Supongo que todo hubiese podido ir medianamente bien si las mejillas de Alba no hubiesen adoptando un delicioso color rosa cuando sus ojos alcanzaron mi pecho.
Jasper lo advirtió al mismo tiempo que yo y discretamente sujetó mi mano con fuerza.
¡Contrólate!
Apreté los dientes y los puños, deteniendo abruptamente la respiración, pero el olor ya había dejado una huella de recuerdo y nada más de imaginármelo mi fuerza de voluntad comenzaba a perderse del mapa.
Maldición. No debí confiarme tanto en este primer encuentro. No había cazado lo suficiente, y estar cerca de Alba solo incrementaba mi sed. Esto en cualquier momento podría salírseme de las manos.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, antes de darme cuenta de lo agresivo que pude parecer. No era así como quería iniciar esta conversación.
—¿Cómo que qué hago aquí? Vine a buscarte —repitió, viéndome como si hubiese perdido la cabeza.
Alba se veía ridícula con esas dos gigantes y peludas chaquetas de invierno sobre ella y los enormes guantes azules que habrá adquirido recientemente en alguna tienda. Además de eso, su cuello era rodeado por una bufanda gruesa y felpuda que me negaba cualquier vistazo de esa deliciosa porción de piel. Me fue imposible ahuyentar las fantasías que comenzaron abordarme, fantasías en donde me inclinaba ligeramente sobre ella, desgarrando delicadamente la tela de su cuello, y presionando mi boca sobre él para poder saborearlo.
Detecté en el acto que mis pensamientos no estaban siendo impulsados por el ardor de la sed, sino por el deseo que me despertaba el recuerdo de su cuerpo. Pero no duró mucho tiempo. Alguna cosa hizo que su corazón se acelerara y ese sonido tan encantador intensificó el dolor en mi garganta. Ahora sólo me imaginaba a mí mismo hundiendo los dientes en su cuello sin ninguna piedad.
—Creí haberte dicho que me esperaras —le recordé, concentrándome en no pensar demasiado en su pulso.
—¿Por cuánto? ¿Dos, tres, cuatro años? Ya encontrarías una excusa para alargar ese tiempo. No soy tan idiota.
—Y me imagino que venir en busca de tu muerte no lo es —repliqué sarcásticamente.
—Pues yo no me siento nada muerta —refutó, cruzándose de brazos.
¡Esta mujer! ¿Cómo decirle lo exquisito lucían sus labios, rojos e hinchados por el frío? ¿De lo adorables que se veían sus ojos relampagueantes de indignación? ¿De lo admirable que era la apasionante determinación con la que defendía sus convicciones, independientemente de que éstas fuesen un enorme peligro para su vida? Eran éstas junto con otro millón de razones por las cuales yo la estimaba, pero eso no apartaba mi necesidad de recalcar lo irresponsable y estúpida que estaba siendo al venir a tentarme de esta manera.
—Quiero que te vayas —exigí, dejando una amenaza explícita en mi mirada.
—No.
—En este momento corres un gran riesgo conmigo —volví a recordarle.
—No me importa.
Esas palabras fueron como una bofetada en el rostro. Todo a mi alrededor se difuminó, y ya no me encontraba en medio de Alaska, sino en mi antiguo Volvo, abandonando Port Angeles después de una cita en La Bella Italia. Y no era Alba la que estaba sentada junto a mí, sino Bella, a punto de sufrir un colapso físico por mi manera violenta de conducir.
"¿Qué hiciste entonces?" había preguntado, dispuesto extraer de esa misteriosa cabeza otra de sus fantásticas teorías acerca de mi naturaleza.
"Busqué en internet…", dijo ella, mientras la sentía ruborizarse.
"¿Y eso te convenció?"
"No. Nada encajaba. La mayoría eran tonterías y entonces…"
"¿Qué?"
"Decidí que no importa".
El dolor me superó. Era insoportable resignarse al hecho de que esos momentos jamás regresarían, puesto que habían sido aniquilados a causa de los engaños. Era inadmisible que me haya sentido en el derecho de provocar la muerte de lo único puro y noble que existió en este mundo. No era posible.
Abrí los ojos, y con el semblante desolado de Alba vino el remordimiento al tener que aceptar que esta mujer, tan perfecta y hermosa en toda su unicidad, no era la misma Bella de la que me enamoré la primera vez. Aunque ella supiera el origen de su antigua vida y sus antiguos afectos, y eso la convertía, por ende, en otra extensión de la misma esencia, no podía evitar sentir que estaba traicionado a Bella. La primera, la original, la mujer sin cuya existencia yo no podía vivir.
Comprendía lo absurdo que era cargar con esa idea. Después de todo, Alba era Bella, sólo que distinta. Incuestionablemente distinta. Y esta actitud de rechazo hacia ella me generaba disonancia, puesto que yo la amaba. Pero, ¿cómo se podía querer a dos mujeres tan fundamentalmente diferentes? ¿No era eso una traición al recuerdo de Isabella?
Entonces caí en cuenta de otra horrorosa epifanía: Alba jamás podría gustarme con la misma intensidad que me gustó siendo Bella. Lo que experimenté por ella en aquél entonces era un afecto inigualable y poderoso dentro de nuestra especie. Su recuerdo era sencillamente irreemplazable, y si tuviese la oportunidad de regresar el tiempo y tenerla de vuelta tal y como era, no me detendría a dudarlo. Era increíblemente espantoso admitir que siete años de mi vida humana con Alba difícilmente superarían los meses que compartí con Bella.
Volví a observar esos ojos que eran una réplica exacta a los de la mujer de mi vida, y toda la adoración que veía en ellos me hizo sentir como el hombre más cobarde y repulsivo. Ella seguía siendo ella. Ella seguía recordándome. Ella me había perdonado por todo, y aquí estaba, dispuesta a enfrentarse contra el mundo con tal de estar a mi lado. Y aquí estaba yo, asquerosamente acomplejado e insatisfecho porque las cosas no eran como yo quería. Como si ella tuviese la culpa de haber cambiado, mientras que yo era incapaz de dejar el pasado bajo tierra.
Me asombraba y me asustaba al mismo tiempo lo sumamente egoísta que podía llegar a ser.
—Tengo miedo de acercarme, de lastimarte —mascullé, y era la primera cosa honesta que le decía en todo el encuentro.
—No lo harás —titubeó, bajando los brazos junto con todas sus defensas, mientras sus ojos dolidos se llenaban de lágrimas—. Ya lo hubieses hecho.
¡Oh, amor mío, si tan solo supieras…!
—No es así de sencillo. Nunca lo fue.
—No pretendo irme.
—No te quiero aquí —volví a mentir, recuperando mi expresión de enojo para persuadirla de terminar de marcharse.
—Si no me quisieras aquí, si no confiaras ni un poquitito en tu propio autocontrol, hubieses pirado y ni te hubieses molestado en encararme —expuso, con sus insistentes ojazos indignados sobre los míos—. Pero aquí estamos.
—Esto podría terminar mal —repetí automáticamente, bajando la voz.
Sus mejillas volvieron a encenderse. Hubiese dado un paso al frente de no haber sido por la mano de Jasper que aun me sujetaba del brazo.
—¡Ay! —Alba gruñó, terminando de perder la paciencia—. ¡Ya basta de eso! ¡Me rindo! ¡Ya he tenido suficiente de todo tu dramatismo! ¿Qué? ¿Acaso vas a terminarme de nuevo? No. No voy a tolerar esa mierda. Ya bastante me aguanté todo tu dilema mental y no pretendo pasar por eso una segunda vez. Huéleme, saboréame, has todo lo que necesario hasta que te acostumbres, pero no me voy a ir. Te seguiré a cada rincón de este maldito planeta hasta que entiendas de una vez por todas que jamás te voy a dejar, y que tú no estás en ningún derecho de dejarme a mí tampoco. ¡Nunca más!
—Detente un segundo —le supliqué, porque no podía soportarlo. No podía soportar mirarla. No podía soportar no amarla de la forma en que ella se lo merecía.
—¿De verdad estás dispuesto a apartarme a un lado como si nada? —prosiguió, conteniendo un sollozo—. ¿No recuerdas todo lo que hemos pasado juntos? ¿Todo lo que nos prometimos?
—¡De eso mismo se trata, Bella! —exploté, sin poder contener las palabras que cambiarían nuestras vidas para siempre—. ¡Lo recuerdo todo!
El eco de mis palabras resonó vibrantemente en medio de la intemperie.
Ya estaba hecho.
Alba parecía consternada, su corazón latiendo al ritmo en el que asimilaba mi confesión. Su rostro perdió todo el color cuando la comprensión llegó finalmente a ella, y su mano voló hacia el brazo de Jacob para no tambalearse.
—¿Qué? —jadeó, sin aliento, llevándose una mano temblorosa a la frente—. ¿Tú…? —entonces alzó la mirada, y esos ojos atónitos y esperanzados se detuvieron en los míos como si fuese un desconocido al que contemplaba por primera vez en su vida—. ¿Edward?
Asentí, esbozando una triste sonrisa.
—Hola, Bella.
—¡Oh! —exclamó, tapándose la boca—. Yo... no puedo creerlo. Ya me había resignado a que este día nunca llegaría. ¿Cómo lo supiste? ¿Cuando…?
—Después de despertar.
—¿Qué? —se interrumpió para poder respirar—. ¿Has sabido de mí… de nosotros… todo este tiempo? ¿Por qué no me lo dijiste? —inquirió, con esa voz atascada por las lágrimas.
—Sabía que te alterarías cuando te dijera la verdad y que seguramente vendrías a buscarme, y yo no estaba listo aun. No lo estoy, pero, ¿cuándo me has hecho caso?
Me sentía más allá de la frustración. Esta era una conversación que tuvimos que sostener en privado, sin la molesta presencia de nadie a nuestro alrededor. Se supone que yo debía estar preparado para este reencuentro, plenamente inmune a la necesidad de matarla, llevando el mando de levantar su mentón y acariciar su rostro con la suavidad que ameritaba para luego ofrecerle el beso que los dos nos merecíamos después de toda la tormenta que hemos enfrentado. Pero no así. No con un público curioso y diez metros de distancia entre nosotros.
—Tú... siempre lo supiste —confirmó, con una voz repentinamente grave.
—Sí...
—Y me hiciste creer todo este tiempo que seguías siendo esta nueva persona. Eithan —expuso lentamente.
Asentí vergonzosamente con la cabeza.
Su rostro se quedó en blanco. No hubo ninguna expresión a la vista. No movió ni un sólo dedo. Sus emociones se habían convertido en una cosa completamente ilegible para mis capacidades. Hasta que la sangre empezó a subir, subir, subir.
Y entonces estalló.
—¡Eres un imbécil, Edward Cullen! —Alba gritó como no había gritado nunca en su vida—. ¡Eres un maldito imbécil, y no sabes cuánto te odio por hacerme esto de nuevo! ¡Maldito seas por esto!
¿Qué? ¿Dijo "Cullen"? ¿Por qué le dice Edward Cullen? Jacob alternó la mirada entre nosotros, sin comprender qué estaba pasando.
—Alba… —di un paso al frente.
—Ni lo pienses —Jacob amenazó, descargando todo el peso de su odio sobre mí.
Le devolví la mirada con ese odio duplicado. Nunca había sentido tantas ganas de matar a alguien como ahora.
—¿Dónde está Alice? —Alba se dirigió hacia mí sin mirarme.
—En la escuela, con los demás. No lo sé.
Resopló, cerrando los ojos como si cada una de mis palabras la deshiciera desde lo más profundo. Ella parpadeaba erráticamente, reteniendo discretamente las lágrimas con el movimiento. La conocía lo suficiente como para percibir que se hallaba en medio de una lucha interna por no demostrar debilidad frente a nosotros. No necesitaba ningún lector de mentes para saber eso.
—Jasper, hazme el favor de llamar a Alice y dile que la estaré esperando en su casa. Tengo unas cuantas cosas que decirle, y tú —espetó, apuntándome con la barbilla—. Será mejor que te desaparezcas de mi vista, porque no quiero volver a verte. No mientras te odie de esta forma.
Alba apretaba los puños en sus costados y sus ojos centelleaban de ira, excesivamente absorbida por ésta como para abrir paso a otra emoción. Girando sobre sus talones, regresó hacia el auto con Jacob cuidando sus espaldas, sin voltearse ni una sola vez para dedicarme una mirada.
Jacob puso el motor en marcha, y ambos desaparecieron entre los árboles.
—Bueno —Jasper rompió nuestro silencio, empezando a interesarse con el giro de los acontecimientos—. Esto no me lo esperaba.
El terror me inundó, contemplando el sitio vacío en el que minutos atrás estuvo Alba.
Y de pronto temí haber roto algo en ella imposible de reparar.
*Extracto de la canción "The Trial", de Pink Floyd.
Nota: el recuerdo de Edward con Bella fue extraído de Crepúsculo/Sol de Medianoche, del capítulo "Teoría".
Estoy segura de que ustedes tampoco lo vieron venir. ¿Eh?
Sé que más de una de ustedes estará totalmente en desacuerdo con Edward. Unas lo odiarán. Otras pensarán, "¿Qué demonios acaba de pasar?" y otras dirán: "¡Edward sería incapaz de pensar así sobre Bella!" Me gustaría explicarles por qué el se siente como se siente, pero hacerle una introspección a Edward tan pronto sería como arruinar la historia cuando más se pone picante. Tal vez pueda responder a alguna de sus dudas, depende de si la preguntan que ustedes me planteen no las spoilee demasiado. Así que si están confundidas (y estoy segura de que algunas lo están) sea cual sea la causa, capítulo, etc, déjenme un REVIEW y les responderé cuando mi tiempo me lo permita.
Por otro lado, ¿les gustó el capítulo? ¿Se esperaban una cosa así? ¿Están enganchadas con el POV de Edward, o ya quieren volver a la mente de Bella otra vez? Sé que les dije que para esta capítulo Bella y Los Cullen se encontrarían,. y originalmente iba a ser así, pero comencé agregar detalles y detalles y detalles y el capítulo se extendió tanto que sería demasiado incluir esa charla. Así que esa reunión queda pendiente para el próximo capítulo.
Gracias a CecyBlack , Tary Masen Cullen , Yoliki , kaja0507 , Cullen-21-gladys , TsukihimePrincess , Ari Black-18 , Dess Cullen, Adriu , Vikkii Cullen, somas, Chiarat , viky, Alba yasmin, Emma Emmav, y ANDY CULLEN por sus reviews! También quiero darles las gracias por las alertas, favoritos y quiero darle la bienvenida a las nuevas lectoras!
Hasta la siguiente actualización.
