Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. Sin embargo, la historia si es de mi propiedad.


Chapter 24:

The greatest thing

B.

—Espera, Julian —rogué nuevamente, luchando porque mi voz se percibiera por encima de todo el esfuerzo físico que la aplastaba dentro de mi garganta.

Se volvió sin dejar de mostrar desaprobación con un fruncimiento de cejas.

—¿Otro descanso? Sólo han pasado treinta minutos.

Te dije que estaba fuera de práctica.

—Me decepcionas, Alba.

Deseaba soltar un buen taco, pero la necesidad de afincar mi peso sobre mis rodillas para recobrar el aliento superaba cualquier pulsión de violencia. La resistencia física jamás había sido mi fuerte. Pero Julian estaba más que acostumbrado al esfuerzo físico, dada su perfecta musculatura, esculpida a partir de horas y horas en el gimnasio en el que lo conocí hace cuatro meses cuando quise ingresar al mundo del fitness, en el cual fracasé estrepitosamente.

—¿No podemos seguir con las clases de yoga?

—Eres más flexible que un gato de mierda, así que esas no cuentan. Así es como te quiero ver, sudando, pasando trabajo como los machos.

—Creo que no eres el más indicado para hablarme de ser macho.

—Cierra la boca, intolerante del año 2000 —jugó él, gesticulando como si desplegara su simbólica bandera multicolor con orgullo. La discriminación hacia el homosexual era un concepto que había ido erradicándose con el paso de las décadas, y la libre expresión de las inclinaciones sexuales ya no era el blanco de la polémica desatada cuando Isabella Swan era una adolescente. Sin embargo, los jóvenes primer mundistas solían utilizar el término para bromear entre ellos, como si la homofobia fuese algo absolutamente ridículo e inimaginable que solo aparecía en los libros de historia. Eso de vivir en su propia burbuja de confort, ausente del mundo real, algún día le costaría caro.

Me puse de nuevo en pie, estirándome para relajar mi cuerpo acalambrado. Este tipo de conversaciones me hacía recordar que era usual para mí sentirme asaltada por un aire de supremacía cuando charlaba con mis cercanos. En cierto modo, era una mujer veintiañera con la experiencia y conocimientos acumulados entre 1987 y 2006. Las comparaciones entre ésta y mi antigua vida eran parte de mi día a día y generaban más disonancia de la se espera en una simple mujer que ha vivido la vida. Pero, a pesar de esto, la diferencia entre una mujer nacida en 1987 y yo era que, para aquella mujer hipotética, la evolución de la sociedad se instaló en ella de forma paulatina, mientras que para mí, el choque fue repentino y sin anticipaciones.

Recordaba haber clausurado muchas de mis redes sociales una vez que recuperé mis recuerdos de Bella, considerándolas un escape superficial y vacío. Ya no me sentía interesada por los shows televisivos modernos. Para mí, el mundo se había convertido en un nido de vanidades y carencias. Los padres cada vez más liberales, los adolescentes cada vez más desinhibidos, la música cada vez más espantosa, el sentido de la moda cada vez más descabellado, las protestas cada vez más sinsentido y repletas de inconsistencias. Con la tecnología avanzando a cada paso, los ciudadanos de clase media y alta solo se preocupaban por lucir bien y por tener sexo. Yo ya no contemplaba el mundo solo con los ojos habituados de Alba, sino también con la mente sensata y madura de Bella, la cual desaprobaba las nuevas tendencias. Su influencia me convirtió en una persona más interesada y más crítica. La televisión acumuló polvo en mi habitación y mis deberes académicos priorizaban por encima de cualquier diversión universitaria. La introversión se convirtió en un pequeño problema con el que tuve que hacer frente en mi iniciación a la vida universitaria; cuando anteriormente entablar amistades con mis pares resultaba pan comido, ahora la sola idea de estrecharle la mano a un desconocido me inundaba de cobardía. Alba Reeves, chica social y relativamente popular, a solo pasos de convertirse en un ratón de biblioteca. Incluso llegué a descuidar mi atuendo y mi aspecto.

—¿Quién eres tú, y qué has hecho con mi novia? —Eithan me tomó el pelo una de las tantas noches en la que hicimos una videollamada, cuando aún no había realizado el cambio de mi universidad hacia la suya para estar con él. Me había presentado ante él sin maquillaje, utilizando unos simples pantalones de mezclilla, sneakers y un inimaginablemente espantoso suéter de lana amarillo, un obsequio de mi madre en mi doceavo cumpleaños que por motivos biológicos o genéticos más allá de mi intervención todavía era de mi talla en ese entonces. No me había tomando la molestia de arreglar mis uñas, tampoco: simplemente no se me ocurrió hacerlo.

Esa noche comprendí que debía aprender a calibrar las preferencias de Alba y las de Bella, obligándolas a alcanzar un consenso. Tardé un par de meses, pero conseguí finalmente complacer ambos bandos y tomar las riendas de mi vida con normalidad, capturando lo mejor que ambos mundos me proporcionaban.

—Han abierto un nuevo bar en Brooklyn. Está tomando fama por sus fresas picantes servidas en vodka. Ridículo, ¿no? Quisiera echar un vistazo —Julian mencionó cuando comenzamos a trotar de regreso a mi apartamento.

—No lo sé, Julian…

Él desaceleró el trote y atrapó mi muñeca para instarme a detenerme, sin dejar de contemplarme con sus ojos marrones y tristes, enmarcados por una pequeña arruga entre ellos.

—Sé que aun no has superado lo de Eithan. Lo sé muy bien. Pero la vida sigue, y es injusto que desperdicies lo maravillosa que puede ser. Vive la vida, diviértete, goza. Estoy segura de que eso es lo que él hubiese querido.

Contraje los labios en un apretón. Julian era otro individuo que se sumaba a la colección de personas que conocían a Eithan como mi difunta pareja. Era imposible que fuese de otro modo.

—De acuerdo —accedí a regañadientes. "Vive la vida", "no te apegues a nada", "solo diviértete". Que insensibles eran las personas. ¿Dónde quedó la empatía?

—Excelente. Ponte hermosa —dio un suave pellizco a mi mejilla, jalándome con fuerza para seguir con nuestro maratón.

La escogencia de vestuario tardó mucho más tiempo de lo que demoré en prepararme la cena, comerme la cena, y tomar un baño de tina. Había tantos vestidos decorando mi guardarropa que no sabía dónde comenzaba un extremo y dónde finalizaba el otro. Alice estaría orgullosa.

En realidad, todo esto era culpa de Edward. Regresaba del trabajo, solo tres días después de haber retornado de mi inútil y fugaz viaje a Alaska, cuando se recibí un mensaje de texto de la banca electrónica notificándome sobre la transferencia de una cantidad de dinero con más dígitos de los que hubiese podido regodearme con varias décadas de trabajo, cortesía de "Edward Milton".

Naturalmente, mi primera reacción fue enfurecerme. Los Cullen eran criminales por definición, fanáticos del mercado bursátil, y además disponían de Alice. No podía ni comenzar a imaginar cuánto dinero ellos obtenían a partir de sus negocios sucios. ¿De verdad él creía que con ese trivial regalito se enmendaría una pizca de la innegable fractura entre nosotros?

Ese pensamiento había generado una segunda reacción, la cual fue la tentación de llamarlo de regreso para desatar una maravillosa partitura de insultos en su contra. No obstante, no estaba dispuesta a flaquear en mi determinación: Edward había perdido todo derecho de contactarme cuando decidió que lo que yo deseara no importaba en lo absoluto. Me negué a concederle una respuesta. A partir de allí, y durante las siguientes dos semanas, mi celular rebosó en llamadas de su parte al punto en el que me vi en la obligación de bloquear su contacto, inhabilitar a los usuarios desconocidos, y cortar la línea telefónica de mi apartamento para que dejara de molestarme.

La cuestión del asunto era que, con tanto tiempo libre y dinero en el bolsillo, ir de comprar no me pareció una mala idea en ese entonces. Los esfuerzos para contenerme eran dolorosos porque si bien parte de mi personalidad como Bella se asociaba a la modestia y a la sencillez, el carácter más consumista y materialista de mi forma moderna de empujaba a actuar como cualquier mujer neoyorkina con una tarjeta de crédito de saldo ilimitado. Terminé cediendo, y la culpa no persistió durante demasiado tiempo porque aquél gasto innecesario no significaba nada, no cuando cada centavo invertido era inmediatamente reintegrado a mi cuenta en el menor de los descuidos.

La situación era hilarante; desde el momento en que Edward fue convertido de nuevo y durante los primeros seis meses de nuestro distanciamiento, había tenido que valerme por mí misma para sacar adelante el apartamento. Por supuesto, Alice estaba muy consciente de que jamás hubiese aceptado un solo centavo que proviniera de ella, y era incuestionable que ni en un millón de años Eithan hubiese podido costear lo que ahora adornaba mi cuenta bancaria. La sola idea de vivir en Manhattan era un sacrificio que habíamos pagado con sudor y con sangre a partir de préstamos, ahorros, créditos y mucho trabajo.

Pero ahora que la verdad había salido a la luz, ya no existían razones que impidieran a Edward hacer de las suyas a la antigua. Él se había encargado de que yo no padeciera de ninguna complicación económica. Hipoteca saldada, el seguro médico y del auto estaban al día, tarjetas de créditos abonadas. Sin que yo tuviese que mover un solo dedo.

Era un presumido imbécil.

Corner's Light no era la gran cosa. Un local como los otros, aunque debía admitir que los tragos parecían ser excelentes. Pero la idea fue instantáneamente desechada cuando Julian regresó sosteniendo algo parecido a una malteada con crema y estrellas decorativas.

¿Qué es eso? —pregunté, analizando el color rosa de su bebida desconfianza.

—Es algo así como una malteada a base de helado y vodka y dulce de leche, y me parece que algo de limón. Tienen todo un menú de tragos muy muy dulces.

—Es lo más horrible que he podido escuchar en mi vida —me reí, tomando un sorbo de mi propio trago para disimular las nauseas.

Julian esbozó una sonrisa traviesa que sólo pude definir como cómplice, al tiempo en que apoyaba un brazo amistoso por mis hombros.

—Hay alguien a las y nueve, y no te quita la mirada de encima.

—¿Qué?

—Desapareceré un rato. De nada.

No tuve tiempo para preguntarle a qué se estaba refiriendo exactamente. Ya se había ido.

—Hola.

Giré el cuello hacia la izquierda, topándome con la razón por la que el traidor de Julian había decidido abandonarme. Se trataba de un hombre elegante y muy apuesto, de un corto cabello negro, sonrisa deslumbrante, y una mirada que prometía muchos problemas.

—Hola —saludé cordialmente, haciendo un esfuerzo por no parecer incómoda frente a él. Con la madurez emocional absolutamente destrozada, un pretendiente era la última cosa con la que sería capaz de hacer frente en estos momentos. Estaba demasiado cansada para eso.

—Creo que tu amigo te abandonó —señaló. Seguí la dirección de su mirada hasta donde Julian conversaba entusiastamente con el que probablemente sería el primer ligue de su noche.

—Eso parece —forcé una sonrisa, agitando distraidamente el solitario cubito de hielo dentro de mi vaso vacío como si ese acto fuese la clave para desvanecerme de aquél sitio.

—Una mujer de whisky —asintió con aprobación—. Eso me gusta. Tráiganos dos más, por favor, con hielo — pidió educadamente al bar tender. No me tomé la molestia de intervenir para aclararle que no era necesario, porque él parecía ser de la clase de tipos que jamás aceptaba un "no" como respuesta. Y además, quería otro trago—. ¿Segura que eres lo suficientemente mayor para beber? ¿No vas a meterme en problemas, verdad?

No pude evitar sentirme un poco insultada.

—Tengo veintiséis años.

—Entonces no hay nada de qué preocuparse. Soy Michael —se presentó, tendiendo su mano.

—Alba —respondí con aburrimiento, estrechándola.

—Es un hermoso nombre. Dime, Alba. ¿Qué es lo que haces?

—Soy graduada en letras, profesora de ballet clásico a tiempo parcial y viuda a tiempo completo —solté con indiferencia, reprimiendo mi sonrisa conforme me llevaba el vaso a la boca. Me preguntaba cuál contratiempo se ingeniaría para justificar que con mucha desolación debía abandonar el lugar y dejarme sola.

Lejos de sentirse intimado frente a esta pieza de información que evidentemente hubiese espantado al más desesperado sujeto, la curiosidad encendió sus ojos.

—Lo siento mucho. Estoy seguro de que fue un gran hombre —la sonrisa se borró de su rostro, luciendo genuinamente arrepentido. Claramente él no era un amateur.

—Lo fue, y en realidad no estoy interesada en una relación ahora mismo, y no soy de los enredos de una sola noche. Vine con mi amigo —expliqué, fastidiada de indirectas.

Pero su sonrisa no se inmutó. ¿Es que acaso nada parecía perturbarle?

—Hasta donde tengo entendido nada de eso ha sido sacado a colación. Solo sentí que quería invitarte un trago. ¿Por qué no simplemente charlamos?

Desplacé disimuladamente mi vista hacia Julian, esperando que mi mirada desesperada incluyera alguna interacción telepática para que él se virara y comprendiese que necesitaba su auxilio. Pero ahora su mano descansaba sobre la cintura del mismo tipo de antes. Algo me decía que regresaría sola a casa esta noche.

Volví a mirar a sonrisa malvada -el nombre que ahora le había puesto en mi cabeza, ya que no recordaba cuál es que era su nombre- mientras barajeaba mis opciones. La noche era larga, y no es como si tuviese a nadie más que a Lucifer esperándome en casa.

—Sí, bueno. ¿Por qué no? —cedí, encogiéndome de hombros. Un trago más no está de más. Lo dejaría sin descendencia antes de que se atreviera a querer meterse entre mis pantalones.

Tras recordar su nombre y entablar una conversación extraordinariamente casual durante la siguiente hora, descubrí que Michael en realidad no era tan malo. Un mujeriego, indudablemente, pero un tipo lo suficientemente agradable como para hacerme pensar que, de no estar comprometida con un vampiro mentiroso, incluso consideraría darle una oportunidad. En el momento en que se retiró para ir a los sanitarios, me incliné sobre la barra para buscar a Julian. Esta vez él pareció acordarse de mi existencia y se encontró con mi mirada, alzando ambos pulgares con una expresión orgullosa. Tuve que poner todo mi empeño para no mostrarle el dedo medio.

En ese momento Michael regresó, luciendo un poco más que agitado.

—Tendrás que perdonarme, pero tengo que irme.

—¿Estás bien? —mis reflejos me hicieron alargar el brazo para tomar su mano, pero él la evitó como si yo portara alguna enfermedad contagiosa, mientras esquivaba deliberadamente mi mirada alarmada. Incluso bajo las luces de colores, su semblante estaba tan pálido que pensé que terminaría por desmayarse.

—Sí, sí. Es solo que se me presentó una emergencia. Fue un gusto conocerte —aseguró, pero esa chispa de locura en sus ojos me hizo sospechar que eso no podía estar más lejos de la verdad. Se alejó a trompicones del lugar antes de que pudiese elaborar una respuesta.

Suspiré, restándole importancia con otro sorbo de mi trago. Tanto Julian como su acompañante se habían esfumado.

Será en taxi, entonces.

Arrojé las llaves sobre la mesa de la cocina, expulsando un suspiro de alivio en cuanto me deshice de los tacones. Ligeramente mareada a causa del alcohol tropecé con mis propios pies en el trayecto hacia el dormitorio, sin molestarme en encender la luz. Mi único objetivo en la vida era tenderme en la cama y no despertar hasta el próximo sábado.

Pero no podía irme de manera irresponsable a la cama sin finalizar la noche adecuadamente. Lavé mi rostro, cepillé mis dientes, y retiré los lentes de contacto de mis ojos para depositarlos en su contenedor. Con los párpados prácticamente cerrados me metí en mi pijama favorito, aquél tan repleto de agujeros como un tiroteo, regresé al dormitorio y me derrumbé en la cama. Pero antes de permitirme el sueño, recordé que Lucifer no salió a recibirme.

—Lucifer —lo llamé esperando que maullara en respuesta, porque por lo general era un gato ruidoso—. Lucifer, ven a dormir.

Desinteresadamente volví mi cabeza hacia mi derecha, aterrorizándome al percatarme de que la ventana yacía abierta de par en par. Me precipité hacia ella, poniéndome de puntillas y con las manos apoyadas sobre el alfeizar, tratando de controlar la preocupación y la angustia que amenazaban por desestabilizarme en el suelo.

—¿Lucifer? —susurré, rezando al más insólito de los dioses para que su peluda cabeza asomara de alguna parte del edificio que daba cara al mío antes de que me volviese lo suficientemente loca como para despertar a mis vecinos.

—Bonita ropa.

Me giré tan sobresaltada que mi mano voló a mi garganta en un simple acto reflejo.

Yaciendo despreocupadamente sobre la silla de mi tocador entre las sombras, y con una sonrisa divertida bailando en sus labios, estaba Eithan.

No. Eithan no. Edward.

Edward.

Pareció como si el tiempo se detuvo cuando nuestras miradas se cruzaron. La luz de luna que se filtraba en la habitación se proyectaba sobre una porción de su rostro, reproduciendo un brillo plateado sobre su piel irrompible. Sus ojos brillaban como los de un gato. Ojos dorados, como topacio congelado.

Algo sucedió en ese momento. Me abordó una sensación tan esperada como inexplicable hasta cierto punto. Era como si hubiese sido despejada una carga de la cual no había sido consciente hasta ahora, una impresión que había perdido forma con el paso de los años pero que se encontraba allí, latente, en espera de ser liberada. Mi cabeza dio vueltas tratando de ponerle nombre a esa sensación, pero sólo podía sentir el escozor de su fuerza conforme abandonaba mi cuerpo. Era dolor.

Logré identificarlo en cuanto mi mente inevitablemente fue absorbida por aquella neblina de recuerdos. Era aquél dolor que oprimía mi pecho y que era tan antiguo como mi propio revivir. Ese dolor que siempre estuvo ahí, oculto bajo capas y capas de esfuerzos y experiencias. Ese dolor que fue el resultado de la desesperación y de la aflicción que me dominaron cuando pensé que mi mundo se había derrumbado, perdurando conmigo hasta el último aliento de mi vida y el cual no pudo ser barrido ni por la furia implacable del océano. Una maldición que ni la misma muerte fue capaz de erradicar; así como tampoco lo hizo el renacimiento, los sueños, las esperanzas albergadas que alimentaron mi vida durante todos estos años. Nada había podido eliminarla.

Nada hasta ahora.

El agujero en mi pecho al fin se había ido. No es como si hubiese sido sanado: es como si nunca hubiese existido.

Porque Edward estaba aquí. Él de verdad estaba aquí. Ya no se trataba de una fantasía diurna, de un suspiro desconsolado, de una súplica asfixiada contra la almohada. Después de todas estas décadas, después de toda la desesperanza, de las conspiraciones, él había vuelto.

Mi vida a su lado pasó como un parpadeo. Desde nuestro primer encuentro en aquella cafetería que ahora parecía ficción, hasta el último beso que compartimos en la entrada de este apartamento. Ahora lo veía sumamente claro: tanto el hombre que se sacrificó por pensar que me había perdido, como aquél asustado chiquillo que con desesperación confesó su amor por mí en la pequeña salita de mi antigua casa, siempre fueron la misma persona, sólo que él estaba demasiado dormido como para recordarlo. Pero él ahora lo recordaba. Él recordaba.

Has vuelto.

Y con la misma potencia con la que surgió, todo el resentimiento de estos meses se desvaneció en el aire. Ya no estaba segura de por qué estaba enojada con él en primer lugar. Sabía que eso sería pasajero, y que una vez que la emoción se mermara el rencor regresaría, pero en estos momentos eso no importaba. Nada importaba más que él.

—Esta situación me resulta algo familiar. ¿A ti no? —articuló su espléndida, espléndida voz, mientras que yo no paraba de contemplar su rostro, su sonrisa, su cabello desordenado, su maravillosa existencia.

Reí entre lágrimas, porque sí, debía lucir tan ridícula como la primera vez que Edward entró a hurtadillas a mi habitación y me sorprendió con un susto de muerte, al mismo tiempo en que yo luchaba por mantenerme en una pieza y que Charlie sospechaba de mis intenciones nocturnas en el piso de abajo. El recuerdo era tan doloroso y tan hermoso a la vez que casi no podía soportarlo.

—Dame un minuto para que me vuelva a latir el corazón —respondí en un murmullo, tratando de imitar las palabras que más o menos dije en ese entonces, en aquella otra vida—. Oh, Edward…

No conseguí esperar a su aprobación. Crucé la habitación y me arrojé hacia sus brazos, chocando contra su cuerpo con una potencia que me costará unos cuantos moretones por la mañana, pero eso no me importó. Mis brazos se envolvieron en torno su cuello y enterré mi rostro en su pecho, apresurándome a aspirar de su nuevo aroma. Era ligeramente distinto al que recordaba, algo más dulce y totalmente indescriptible que no se asemejaba a ningún perfume del mundo y que decidí que me gustaba más, mucho más.

Por un breve instante Edward no respondió a mi abrazo o emitió reacción alguna. Abrí los ojos, encontrándome con la pálida piel de su cuello, tan tenso como si un cable estuviese tirando de él. Pero antes de que la preocupación se instalara en mi pecho comprendí con horror la imprudencia que había cometido.

—Lo siento —murmuré temerosamente, haciendo un ademán en apartarme porque era posible que mi cercanía lo estuviese torturando.

Pero ante el más ligero movimiento que logré concebir, sus manos cobraron vida para retener mi cintura con determinación, el frío tacto de sus pulgares dibujando círculos distraídamente sobre mi piel expuesta, un hábito que había adquirido cuando éramos tan solo un par de adolescentes. Ese gesto tan familiar y duradero casi consigue que me desmorone del llanto.

—Estoy bien —aseguró en la más hermosa de las melodías, alzándome de las caderas para que mis piernas se doblaran sobre su regazo. Me haló lentamente hacia él para acobijarme entre el círculo de sus brazos, y su oído descansó tiernamente sobre mi corazón—. Estamos bien.


AVISO IMPORTANTE: esta es una nota de autor larga. Su opinión es DETERMINANTE, así que me gustaría que la leyeran :)

Ok. Debo ser honesta, no estoy segura de como manejar la historia a continuación. Tengo cerca de seis diferentes escenarios que podría desarrollar a partir de aquí: uno buenos, otros no tanto, simplemente porque soy demasiado dramática como para controlar esas posibilidades.

Hasta ahora he intentado en lo posible seguir la tónica de Meyer en cuanto al... ¿nivel de estrés? Del fic, pero dándole una pizca de modernidad y de humor para hacer a los personajes más distintos y mundanos. Sin embargo, no sé si continuar con esa tónica dramática pero tranquila (lo cual conducirá a una solución para llegar al final relativamente Meyerniana, es decir, cero complicaciones) o irme a algo más oscuro con y darle un giro de 180 grados a la cosa (y si les soy honesta, es esto último lo que más deseo hacer).

Eso sí, SIEMPRE habrá final feliz, NO existe ninguna remota posibilidad de un final trágico ni triste en esta historia. El problema es el CÓMO llegaremos a él, y es eso lo que deseo consultarles.

Entonces, lo someteremos a votación. ¿Qué prefieren? ¿Seguir así de calmaditos, ponernos tiernos y realistas y eventualmente cerrar el fic entre rosas, o ponerle más suspenso a la cosa para eventualmente también cerrar el fic entre rosas? Si eligen la segunda opción (y por favor elijan esa jajaja) prometo que se reducirá el tiempo entre actualizaciones. Estoy tan emocionada imaginándome la cosa que no puedo esperar por comenzar a redactar y eso es bueno. La inspiración es la mejor amiga de las actualizaciones. Sin embargo, no sé que tan capaces serán de aceptar este pequeño cambio de rumbo que tengo en mente. Creo que es un riesgo que me atreveré a tomar si ustedes me conceden la oportunidad.

En fin. Para cerrar quiero darle las gracias por sus comentarios a ANDY CULLEN, Valro, Sofitkm, EliAnaGisele, nelsy, Ale74, Isis Janet, Yoliki, francinipottercullen, Twilight all my love 4 ever , Cullen-21-gladys, Sylvia N.Y, bbluelilas, somas, Chiarat, TsukihimePrincess, Guest, Hanna D. L, darky1995, Hellen Kinney-Taylor, Mimi, Gema Bascun, Valro, EugeniaOst32, IvrianC, Betsyrubble, val2901, choiamberc , kaja0507, La la land, Cullen-21-gladys, Hanna D. L , oliki , Almaewalani, lucila cullen grey, bluesweet, CecyBlack , TsukihimePrincess , pili, y todos los guest!