Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. Sin embargo, la historia si es de mi propiedad.
Chapter 25:
Again
B.
Edward aceptó todas y cada una de mis lágrimas en silencio. Arrastraba delicadamente sus dedos a lo largo de mi columna vertebral una y otra vez, enviando un escalofrío por mi espina cada vez que su temperatura corporal se mezclaba con el aire gélido. Mis manos, las cuales empezaron convertidas en puño sobre el cuello de su suéter, ahora colgaban a mis costados. Estaba tan agotada de llorar que el cansancio inevitablemente se trasladó a mis párpados.
—¿Quieres que te lleve a la cama? —ofreció con voz dulce. Eran sus primeras palabras durante la media hora que permanecí acurrucada como un feto sobre su regazo.
—No —mi voz sonaba ronca a causa del llanto, así que tuve que carraspear para aclararla—. No voy a dormir. Vamos a hablar.
—Disponemos de todo el tiempo que desees para ello. Creo que lo mejor es que descanses primero. Estás exhausta.
—No —volví a rehusarme, en un tono suave y perezoso que contradecía a mi propia disposición.
—No hay prisa. No pienso irme a ninguna parte.
Sus palabras fueron como un detonador, despertando una ola de calor que hizo que el sueño se esfumara como en un chasquido de dedos.
—Eso es exactamente lo mismo dijiste la última vez, y mira lo falsas que resultaron ser tus promesas —espeté a regañadientes.
Edward no respondió, y tampoco me molesté a sacar mi cabeza de su escondite para comprobar la expresión de su rostro. Pero si pude sentir su cuerpo tensarse debajo de mí.
—¿Cómo entraste? —cambié de tema. Me enojaría muchísimo que él hubiese estropeado los cerrojos de la ventana intentando ingresar a la habitación.
—Alice se hizo cargo de mis cosas cuando me recogió del hospital. Aún conservo las llaves del apartamento —contestó simplemente.
—Demonios, entonces sí se me olvidó cerrar la ventana. ¿Y Lucifer? ¿Estaba aquí antes de que aparecieras?
—Ah, esa fea cosa. Sí, aquí estaba. Tuvimos una especie de encuentro y entonces desapareció.
Me alejé lo suficiente para mirarlo esta vez.
—¿No habrás…? —empalidecí, incapaz de terminar la frase. No sé qué pensaba el viejo Edward al respecto, pero al menos Eithan nunca fue un fanático de los animales domésticos exactamente. ¿Le desagradarían lo suficiente como para comerse a uno en venganza? ¿Habrá sido capaz de eso?
Sus ojos se abrieron con espanto al comprender mi miedo.
—¡Dios, no! Me refería a que literalmente desapareció, saltó por la ventana cuando me vio. Es una conducta normal en los animales repelernos. Reconocen que somos depredadores.
—Ah —dije, aliviada. Entonces se había escapado. Seis meses de cuidados echados por la borda. Extrañaría a ese gato, si es que nunca regresaba.
—¿Desde cuándo te gustan los gatos? —preguntó con curiosidad, mientras que sus dedos volvían a la tarea de acariciar mi espalda.
—No lo sé. Me sentía sola, supongo —contesté, cerrando los ojos con deleite ante su tacto. Estaba muy equivocado si pretendía que una conversación tan cotidiana como ésta suavizaría el impacto de la tormenta que se avecinaba—. Edward, tenemos que hablar.
El movimiento de sus manos se detuvo. Soltó un suspiro.
—Lo sé.
Sin aviso previo me escurrí de sus brazos y me levanté para encender la luz. Cuando me giré para encararlo ya no estaba sentado ahí, sino de pie con la espalda apoyada sobre la pared a un lado de la puerta de la habitación, cruzado de brazos.
Me acerqué lentamente hacia él, tomándome mi tiempo para apreciar el cambio, empezando desde arriba. Cuando Eithan fue transformado el largo de su cabello casi igualaba al que Edward solía tener, aunque él siempre lo manejaba peinado hacia un lado. Por ese motivo me sorprendió verlo convertido en un desastre, como si no hubiese dejado de revolverlo con sus manos. Justo como Edward.
Continué con su ropa. Su impecable vestimenta era indudablemente la marca de Edward; un suéter negro de mangas en cuello de V, pantalón semi informal marrón, y pulcros zapatos de vestir. Cuando regresé a su rostro, sus ojos eran amables pero cautelosos. No sonreía en lo absoluto, pero todo en su semblante me informaba que controlaba cuidadosamente cada una de sus expresiones para evitar cometer algún gesto que pudiera asustarme. Justo como Edward solía hacer conmigo.
Entrecerré los ojos, barriendo su cuerpo para encontrar algún rastro de Eithan, cualquier cosa, pero no conseguí ninguno. Edward había tomado su lugar.
Tragué pesado, sintiendo un pequeño estrujamiento de miedo en mi estómago. Volver a encontrarme con Edward era probablemente mi deseo más arduo, pero me ocasionaba cierto escándalo reconocer que casi ocho años de mi vida ya no significaran lo mismo. Por más que amara a Edward también me había enamorado de su reencarnación, y temía perder todas esas cosas que me habían hecho enamorarme de Eithan. Hasta este momento no me había puesto a considerar cuales podrían ser las consecuencias de traer a Edward de vuelta.
—¿Te sientes bien? —preguntó, arrugando levemente el entrecejo con preocupación.
—Sí, estoy bien —mentí, pasándome una mano por el pelo para esconder mi temblor. Entonces se me ocurrió una idea para esclarecer mis dudas—. Quemé toda tu colección de manga.
Su expresión tranquila decayó.
—¿Hiciste qué? —inquirió con incredulidad, como si de verdad no hubiese entendido lo que acababa de decirle.
No pude evitar sonreír con la satisfacción de herirlo así sea un poco. Por regla general, Edward era todo un señor del siglo pasado habitando en el cuerpo de un joven, y yo no recordaba que él tuviese una inclinación por ese tipo de entretenimiento cuando todavía era Bella. Esa particularidad era una característica única de Eithan. Toda esa mierda era un tesoro para él.
—La quemé toda. También lo hice con tus consolas de videojuegos, y borré del ordenador tu colección entera de música.
El pánico en su mirada duró solo unos segundos antes de que lograra ponerlo bajo control.
—Es justo —se limitó a decir, recargando su cabeza contra la pared.
Su actitud desinteresada sólo sirvió para sacarme de quicio.
—No puedo creer que hayas sido capaz de mentirme —se me quebró la voz. Se habían acabado las sutilezas. Necesitaba explicaciones. Necesitaba que me dijera qué había hecho yo para merecer su desconfianza.
Frunció el ceño con dolor, torciendo tenuemente una esquina de su boca.
—Sé que tal vez no me creas, pero yo tampoco puedo creerlo. Tienes toda la razón, absolutamente toda la razón de sentirte insultada. Mentirte fue probablemente la cosa más despreciable que haya podido hacer jamás.
—Pero, ¿por qué? —inquirí, dejando escapar el sollozo que llevaba conteniendo en mi garganta. Ya no me estaba a refiriendo a sus mentiras de este último año, sino a algo más antiguo que eso—. ¿Por qué lo hiciste? ¿Cómo fuiste capaz de abandonarme en ese bosque? ¿Cómo fuiste capaz de dejarme?
Y ahí estaba: la pregunta que me había atormentado desde que era una niña. Años y años de dudas y de resentimientos reprimidos, sin tener ninguna vía lógica de escape. Eithan fue un sujeto totalmente ajeno a su pasado como Edward, y no tenía sentido que le guardara un odio secreto a alguien que no era capaz de recordar sus pecados. Pero las cosas habían cambiado.
"¿Por qué lo hiciste?" solía preguntarle a la nada cuando niña, como si el tal Edward Cullen fuese a irrumpir por mi ventana sólo para aclarar mi conflicto post-pesadilla. "Ella te amaba. ¿Alguna vez Isabella Swan significó algo para ti?".
—Pensé que hacía lo correcto —murmuró, con el rostro aún más pálido de lo habitual, incluso para ser un vampiro—. Te dejé ir porque quería que tuvieras la oportunidad de llevar una vida feliz como una mujer normal. Conmigo sólo te mantenías al borde del peligro, arriesgando tu vida cada minuto que estaba contigo. Tenía que hacer algo, y me pareció que marcharme era lo mejor. Jamás hubiera sido capaz de no haber creído que estarías mejor sin mí.
—Que estaría mejor sin ti —repetí, bufando. La sola idea era simplemente ridícula—. Dijiste que ya no me amabas. Alice me dijo que eso también fue mentira, pero necesito escucharlo de ti. ¿Algo de eso era cierto?
Él negó con la cabeza, sin apartar sus ojos aterrorizados de los míos. Dio dos pasos firmes en mi dirección para sostener mi rostro con suma delicadeza, inmovilizándolo para que no pudiese hacer otra cosa más que mirarlo.
—Soy un buen mentiroso; tuve que serlo —susurró, pasando un dedo frío por un costado de mi rostro—. Yo no deseaba hacerlo, y creí que me moriría si lo hacía, pero sabía que si no te convencía de que ya no te amaba habrías tardado muy poco en querer acabar con tu vida humana. Tenía la esperanza de que la retomaras si pensabas que me había marchado. No pude haber estado más equivocado.
—Yo no me suicidé —aseveré con voz apagada.
—Lo sé, Alice me contó lo que pasó. Pero eso no quiere decir que lo que te sucedió no fue culpa mía. Esas alucinaciones… —apretó los párpados, como si el solo pensamiento lo rompiera desde adentro—. Jamás habrías saltado de ese acantilado de no haber sido por mí.
—Yo… descubrí que te recordaba con mayor claridad cuando hacía algo estúpido o peligroso —confesé mirándolo, sin poder contener las lágrimas—. Recordaba cómo sonaba tu voz cuando te enojabas. La escuchaba como si estuvieses justo a mi lado. Me atreví a hacer un montón de cosas estúpidas con tal de poder escucharte, y morí en el proceso.
Su frente helada descansó sobre la mía, sus brazos cayeron a sus costados, y cerró los ojos.
—Cuando te abandoné, aquella vez, pensé que sería casi imposible convencerte —su mágico aliento acarició mi rostro, y tuve que obligarme a mi misma a no desvanecerme del aturdimiento—. Pensé que te darías cuenta tan fácilmente de la verdad que yo tendría que soltar mentira tras otra durante horas para apenas plantar una semilla de una duda en tu cabeza. Mentí, y lo siento mucho, muchísimo, no solo porque te hice daño, sino porque fue un esfuerzo que no valió la pena. Me marché con la intención de brindarte una vida, y lo único que conseguí fue destruirla junto con todo lo que amabas. Créeme: jamás me perdonaré a mi mismo por haberte dejado. Viviré con esa decisión por el resto de mis días.
Tragué para dispersar la obstrucción en mi garganta. Me entró el impulso de consolarlo diciéndole que no pasaba nada, que todo estaba bien, pero no era más que una mentira. Una parte considerable de mí le echaba la culpa por todo lo que me había pasado, y el resentimiento era demasiado grande como para reservarlo para mí misma.
Parpadeé, dándome cuenta de que su propia desgracia personal no me afectaba como se supone que debería. La parte retorcida y vengativa de mí misma disfrutada de su sufrimiento, porque éste era la única retribución que conseguiría de él capaz de reparar superficialmente parte del daño que me desgarraba desde adentro.
Quería que sufriera. Quería que cada respiro le doliera de la misma forma que me dolió a mí.
—Mírame —exigí, con voz pausada y calmada, pero él no lo hizo. Mi corazón estaba tan desbocado ante su cercanía que pensé que se saldría de mi pecho—. Mírame, Edward —esta vez obedeció, penetrándome con el brillo cristalino de sus ojos dorados—. No voy a mentirte; te guardo rencor, y no quiero decir una sola palabra más al respecto porque en este momento no soy capaz de tener la maldita cabeza clara.
Arrugó el rostro, y toda esa miseria en él me produjo un nudo en el estómago.
—Yo… no quisiera mentirte tampoco. Pero no puedo… —negó con la cabeza y ahogó un gemido, y luego volvió a mirarme—. ¿Alguna vez has sentido como si no te pertenecieras a ti mismo? ¿Cómo si por más que intentes deshacerte de ciertos pensamientos, éstos se empeñan en quedarse?
Asentí con la cabeza sin poder sentirme más identificada y mi enojo se redujo, pero sólo porque no podía evitar sentir simpatía por él. Con todo este rencor que llevaba dentro había olvidado por completo que él había pasado por la misma experiencia que yo y que debía sentirse tan desorientado como yo lo estuve durante los primeros años. En cuanto a vidas pasadas se refiere, ambos éramos iguales. Ambos estábamos igual de malditos.
—Ya no. Pero lo hice durante mucho, mucho tiempo —admití, separándome de él para tomar asiento en el borde de la cama, temiendo que la debilidad se apoderara de mis piernas si permanecía un segundo más de pie.
Edward se acercó hacia mí, pidiendo mi autorización para ubicarse a mi lado con un arqueo de cejas. Cuando asentí con la cabeza, se sentó dejando una distancia respetuosa entre nosotros. El alivio fue tan grande como mi decepción.
—Me interesa saber: ¿cómo fue para ti recordar? —preguntó, con el rostro mortalmente serio.
Reprimí una mueca. ¿Que como fue para mí el recordar?
Un puñal en el estómago, verdaderamente.
—Bueno… Fue confuso, sobre todo porque no tenía la menor idea de cómo sentirme con respecto a ti. Yo había conocido a este nuevo chico, Eithan, y no podía sentirme más enamorada. Por supuesto, eso fue antes de saber que tú eras ese chico. Me sentía culpable porque no tenía sentido para mí amarlos a los dos, pero una parte de mí me decía que si tú volvías era capaz de arrojar toda mi nueva vida a la borda por ti. Cuando pensé que habías muerto… —me detuve, tratando de dispersar esa horrible emoción—. Me sentí espantoso. Creo que no hubiese podido vivir en paz conmigo misma sabiendo que estabas muerto.
—¿Qué hay de tu familia? —preguntó, desviándose del tema. Por un segundo llegué a considerar que estaba haciendo lo posible por retrasar cualquier conversación relacionada con nosotros, pero su inexpresividad me hizo entender que estaba realmente preocupado por mí, así que no dije nada.
—Pensar en mis padres me hizo las cosas bastante difíciles, porque los extrañaba. Renée siempre fue una mujer optimista y fuerte, y no me sorprende que haya construido su vida sin mí. Alice averiguó que tiene una hija con Phil que se llama Juliet, y que todos se mudaron a Texas hace unos años. Juliet se parece un poco a mí… es decir, a mi cuerpo físico como Bella. Tengo una foto suya que nunca te enseñé guardada en alguna parte en el carrete de fotos de mi teléfono.
"Me dolía saber que durante todos estos años Charlie vivió en el mismo pueblo que yo, y que jamás cruzamos algo más que un saludo a distancia. Tantos años… y ni si quiera me tomé la molestia de preocuparme por él. Nunca dejaré de culparme por eso. En cierta manera, me mataba que él estuviese tan solo, y que yo no pudiese hacer nada por él. Se casó con otra mujer, ¿sabes? Cuando yo todavía era una niña. Pero el asunto no funcionó. Jacob mencionó que las malas lenguas del pueblo decían que ella quería tener un hijo, pero él no, y que ella lo dejó por eso.
—Charlie —Edward arqueó suavemente las cejas, como si algo acabara de llegarle a la mente—. Llegué a conocerlo una vez.
Eso despertó mi interés.
—¿Cuándo?
—Unos días después de llegar a Forks, creo.
—Nunca me lo dijiste —reproché, sintiendo un pinchazo en el corazón.
—Supongo que no le di importancia en ese entonces. De todas formas no logro recordar mucho.
Sus palabras me hicieron fruncir el entrecejo. Edward me había mencionado una vez que los recuerdos humanos se desvanecían con los años, y que evocarlos era una tarea difícil. ¿Quiere decir que él se olvidó de los ocho años que compartimos?
—Tú… ¿ya no recuerdas todo lo que pasó? —inquirí, con un nudo en la garganta.
Me sonrió con gentileza.
—No funciona así. El deterioro viene con los años, pero si dedico cierto tiempo de mi día exclusivamente para recordar es probable que dificulte el proceso de olvido. Lamentablemente es inevitable perder muchos detalles. En lo que concierne a nosotros… —parecía indeciso—. Te aseguro que la mayor parte de nuestra vida juntos -o al menos la parte más importante- se encuentra a salvo.
—¿Cuál de las dos? —pregunté, puede que con un poco más de agresividad de la que pretendía.
Noté que hizo un esfuerzo para parecer imperturbable.
—Me refiero a mi vida humana, por supuesto. Pero todos los recuerdos previos a mi… renacimiento, por decirlo de alguna manera, permanecen completamente intactos.
—¿Te refieres a cuando eras un vampiro antes? —asintió—. ¿A qué crees que se deba eso?
—Honestamente no estoy seguro. Carlisle y yo manejamos unas cuantas teorías, pero no son más que suposiciones basadas en el sentido común. Si la conversión vampírica perfecciona las aptitudes físicas y agudiza los sentidos, suena razonable que también sea capaz de activar o desbloquear ciertas áreas dormidas del cerebro más allá de las que conocemos hasta entonces. Esto explicaría la aparición de los dones o de la corrección en las limitaciones de los almacenamientos de memoria, pero en cuanto a recuerdos de vidas pasadas respecta no tenemos idea de cómo funcionan esos mecanismos, ya que estamos partiendo de un supuesto en el que todo se origina a partir del "alma" —sonrió sin humor—. Como verás, en realidad no tiene mucho sentido.
—No, no lo tiene —concordé, pensando en mi propia experiencia—. En mi caso, fue ver a Alice lo que me hizo recordar quién era. Por eso ambas acordamos que no se acercara a ti porque suponíamos que tal vez te sucedería lo mismo. Al principio pensé que era la mejor opción, pero luego, cuando deseé traerte de vuelta… —miré hacia mis manos—. Ya había pasado demasiado tiempo y no tenía sentido cambiar de opinión e intentarlo —alcé la cabeza hacia él—. ¿Entonces recuerdas todo? ¿Absolutamente todo?
—Una gran parte de los recuerdos de Eithan se desvanecerá eventualmente, pero los de Edward Cullen no han sido alterados. Yo soy… bueno. Supongo que Edward es la personalidad dominante aquí.
Lo miré boquiabierta, algo asombrada por la forma en la que se refería a "Eithan" y a "Edward" como dos entidades separadas. Podía entenderlo, ya que yo suelo manejar esa comparación conmigo misma por un asunto de practicidad o categorización, pero había terminado aceptando esas dos vidas separadas como partes de un todo. Por otro lado, Edward parecía mostrar todo lo contrario. Como si una lucha de fuerzas opuestas estuviese llevándose a cabo en su interior.
—No comprendo cómo pudiste matarte —discutí, recordando lo que sentí cuando me enteré de esa locura—. Incluso si me amabas y te sentías culpable por mi muerte. No sé como fuiste capaz de hacer una cosa como esa.
El se volteó hacia mí, con una sonrisa cargada de tristeza.
—Fui con los Vulturis porque moriste —susurró con miel en la voz y con rabia en los ojos—. Incluso aunque yo no hubiera tenido nada que ver con tu muerte me hubiera ido a Italia. Pero no quiero que te mortifiques por eso. No fue tan grave. No sufrí tanto —dijo, restándole importancia.
—¿Estás loco? ¡Eso no está bien! —mis palabras salieron sofocadas, avecinando el temblor que vibraba en mi cuerpo—. Dios, Edward. Ellos te mataron, te mataron. Ellos te destrozaron, te quemaron. Te…
Callé, demasiado perturbada ante el pensamiento de Edward desmembrado y muerto, convertido en nada más que una pila de escombros y cenizas. Pensé en sus facciones pálidas, en ese disco cuadrado de su mandíbula, en la línea recta de su nariz, en su maraña de cabello bronce y en esa curva suave de sus labios que se hacía hacia un lado cuando se deformaba en una sonrisa torcida. Pensé en todo eso, y en la forma cruel y vil en que desapareció. La imagen era tan insoportable que casi me pierdo en ella.
Edward había muerto. Sus ojos, su cuerpo, su sonrisa. Todo desapareció porque lo habían matado.
—Shhh, cariño. Todo está bien —Edward murmuró con voz calma, palmeando delicadamente mi espalda.
—No, no lo está —repliqué, hundiendo la cara entre mis palmas.
—Sí lo está. Aquí estoy. ¿Acaso no me ves?
El llanto cesó, y alcé la cabeza para mirarlo entre lágrimas. Efectivamente aquí estaba. Su cabello ya no era bronce sino marrón oscuro, aproximándose al negro, y ligeramente más ondulado que el anterior. Sus cejas eran más gruesas y tupidas, y existía una pequeña pronunciación en el hoyuelo del mentón que antes no estaba ahí. Su cuerpo era más definido y desarrollado a causa de la edad, sus facciones mismas lo estaban. Ya no eran un joven adolescente, puesto que se había congelado eternamente con la apariencia de un hombre. Pero su manera de mirarme era la misma. Su sonrisa era la misma.
Sonreí lentamente. Ciertamente Edward ya no era exactamente el mismo desgarbado y atractivo muchacho que conocí en otra vida, pero ésos seguían siendo sus labios, ése seguía siendo el cuerpo que había tenido el deleite de explorar con mis propias manos. Se había convertido en un hombre con una belleza que rayaba en lo insoportable, y la conversión sólo lo había hecho mejor. No tenía nada por lo cual quejarme.
Sin embargo, la nostalgia seguía ahí, pero no era un sentimiento nuevo para mí. Había aprendido a lidiar con el hecho de que la versión original de nosotros era un aspecto del pasado tan irrecuperable como inaccesible, un recuerdo lejano y doloroso que atesoraría hasta el último aliento de mi vida. Todos estos años de sufrir en silencio me habían enseñado que ésta era mi nueva vida, por más que me empeñara en añorar la otra. Durante ocho largos años la depresión fue recurrente, en esos momentos en los que Eithan pensó que me había quedado dormida cuando en realidad estaba batallando conmigo misma para no adentrarme a la oscuridad. Era simplemente imposible no caer en ella después de haberlo perdido todo. Pero las cosas habían cambiado. Ya no todo estaba perdido.
El alivio se extendió por mi cuerpo como una droga líquida. Ya no estaba sola en esto. Al fin ya no estaba sola. Ahora tenía a Edward para compartir y enfrentar esa amarga nostalgia juntos.
Abrí los ojos ante esa resolución, la breve sensación de calma sustituyéndose por una nueva preocupación. Yo ya había aprendido a aceptarlo tal cual era ahora, pero, ¿podía esperar lo mismo de él?
"Eres mucho más que hermosa", me dijo una vez en nuestro baile de graduación, y fue probablemente la primera vez que me describió de ese modo. Recordaba claramente lo diminuta que me sentía frente él y su perfecto traje de gala, mientras que ese vestido azul en el que Alice me metió apenas si lograba resaltar mis atributos. Sin embargo, él no me había quitado la mirada de encima en toda la noche, con una sonrisa risueña tallada en el rostro. Él de verdad creía que yo era hermosa.
Comencé a sentirme insegura. Es cierto que me sentí un poco acomplejada al principio con mi nuevo cuerpo, pero solo porque había cosas que no me gustaban de él y otras que extrañaba del anterior. ¿Pero qué pensaría él? ¿Se sentirá decepcionado de mi nueva apariencia ahora que ha recuperado sus recuerdos? Nunca fui una engañada. Siempre reconocí que no era físicamente tan proporcionada como antes, pero eso ahora me estaba comenzando a preocupar ahora que él contaba con un punto de comparación.
Me mordí el labio. Pero bueno, no era para tanto, ¿verdad? En la cama aprovechó incontables oportunidades de utilizarme hasta donde la elasticidad humana lo permitió. Haberlo complacido debería concederme alguna clase de merito o ventaja sobre el otro cuerpo, ¿no es así?
Me encogí en mi sitio, ruborizándome. No recordaba la última vez que había experimentado este nivel de timidez con él. Varios años, quizá. Ni si quiera cuando sospeché que se sentía atraído a su tonta compañera de la universidad había sentido tal inseguridad frente a su mirada.
—¿Te gusto? —pregunté de repente, tomándolo por sorpresa.
—¿Perdona?
—¿Te gusto… ahora? ¿Cómo soy ahora? —repetí, avergonzada de formular una pregunta tan patética en la vida.
Parpadeó, visiblemente nervioso.
—Por supuesto que me gustas, Bella. ¿Qué clase de pregunta es esa?
La forma en que pronunció mi nombre no salió bien. Sonaba forzado, por más que se esforzara en ocultarlo con su aparente calma.
—¡¿Entonces por qué demonios me mientes todo el tiempo?! ¡Estuve sola sin ti durante un año entero, Edward! ¡Un año! Me la pasé los primeros seis meses preocupadísima por ti y pensando en lo horrible que debías sentirse con tu nueva vida, ¡pero simplemente no te importó echarme a un lado como si no fuese nada!
—No quería ponerte en peligro —respondió, endureciendo la voz—. ¿Tienes idea de lo que me costó no saltarte encima cuando te vi? Pude matarte con tanta facilidad que ni si quiera te habrías cuenta.
—¿Te das cuenta de que estás diciéndome la misma mierda de siempre, no? "Es por tu seguridad", "Quiero que estés a salvo", "Lo mejor es que te mantengas apartado de mí". ¡Todo tu drama me tiene harta!
—Soy un neófito —rugió, con ojos centelleantes—. Soy irracional, impulsivo y violento y me cuesta controlarlo. Recuerdas la visión de Alice, ¿no es así? ¡Eso es lo que pudo haber pasado! ¡Pude matarte! No se trataba de un distanciamiento basado en mis ideologías personales, se trataba de una precaución real. ¡No podía permitirme exponerte a ese riesgo! ¡Jamás me lo perdonaría!
—¡Claro, porque la niña que está aquí es demasiado estúpida como para entenderlo! ¿Por qué no mejor le contamos unas cuantas mentiras para que se quede tranquila y no nos estorbe?
Toda su postura defensiva desapareció, y sus ojos se ablandaron.
—Me hago personalmente responsable de esa parte, y te concedo toda la razón porque sí, te mentí de nuevo y no estuvo bien. Debí buscar otra alternativa para sobrellevar la nueva situación pero honestamente no se me ocurrió ninguna tan simple y práctica como ésta.
—¿Alejarte de mí? —inquirí, mirándolo con odio.
—No: tú alejarte de mí. Sabía que si te decía que mi personalidad había regresado junto con la transformación te habrías angustiado y habrías hecho lo imposible por verme, y yo simplemente no estaba preparado para un encuentro a solas contigo. Sí, puede que décadas de mi entrenamiento psicológico me hayan mantenido bajo control durante todo el tiempo que conviví entre los humanos, pero hasta la disciplina más rigurosa puede flaquear en un cuerpo que no está acostumbrado a esa clase de abstinencia. Si estoy aquí es porque creo que ya soy capaz de controlarme. He entrenado lo suficiente durante el último año.
—Pero, ¿no deberías estar acostumbrado? —pregunté, ahora dominada por verdadera curiosidad y no por las pasiones—. Es decir, tú me dijiste que mi sangre era demasiado irresistible, la más irresistible con la que te hayas topado nunca y que eso hizo que toda tu disciplina se quisiera ir por la borda, justo como si fueses un vampiro recién nacido. ¿No sería más o menos lo mismo?
Negó rotundamente con la cabeza.
—Definitivamente no es lo mismo. Si hay algo peor que un vampiro entrenado frente una sangre llamativa, es un vampiro novato frente a una sangre llamativa. Y con respecto a si soy capaz de perder el control a causa del aroma de tu sangre, eso ya no es algo de lo que tengas que preocuparte. Su composición es distinta en esta vida y su olor ya no me desquicia.
Ladeé la cabeza, digiriendo sus palabras.
—¿Ya no más?
—Ya no más.
—Oh… de acuerdo.
Apreté los labios. No tenía la menor idea de cómo sentirme con esa información. Sabía que este panorama era el indicado para ahorrarnos un montón de problemas con los que tuvimos que lidiar anteriormente, pero en cierta manera mi sangre siempre me hizo sentir especial, y no de una mala forma. De hecho, era probablemente la única cosa en mí misma que me hacía sentir especial con él, por la manera en la que él la veneraba y la idolatrara como una exquisitez única en el mundo. Recordaba que una gran parte de nuestra relación Edward prácticamente vivió con su rostro hundido en mi cuello, o con su nariz acariciando los bordes de mis muñecas.
—¿Estás bien? —preguntó, luciendo preocupado.
—Yo… sí, claro. Sólo que… no lo sé. Supongo que ya no me siento tan única como antes —refunfuñé, encogiéndome de hombros.
Él pareció decepcionado.
—Si te sirve de consuelo, no puedo leerte la mente. Ese sigue siendo mi misterio más grande.
—¿De verdad? —pregunté, arropando con alivio sus palabras. La verdad es que no se me había ocurrido pensar acerca de mi silencio mental, pero descubrir que esa parte de mí misma seguía intacta, me generaba cierta sensación de felicidad.
—Sí.
Apreté los labios, solo para no darle el gusto de presenciar la sonrisa que deseaba liberarse en mi rostro.
—Quiero que sepas que esto no cambia nada. Sigo enfadada contigo —le recordé.
—Lo sé —contestó, cabizbajo.
—Me engañaste. Jugaste conmigo como si yo no tuviese libre albedrío. Me abandonaste en ese bosque y me rompiste el corazón. Luego viniste y volviste a destrozarlo con tus mentiras. Me arruinaste, Edward. Arruinaste nuestra vida.
Agachó la cabeza incluso más. Lucía tan indefenso que por un segundo sentí el impulso de acercarme para estrecharlo con mis brazos, pero desapareció cuando recordé todo lo que nos había pasado, y la ira regresó.
—No tienes idea de cuánto lo siento, Alba. Yo… lo siento tanto que apenas puedo decirte cuánto —gimió, presionando la palma de su mano contra su rostro.
La mención de ese nombre hizo que ampliara los ojos con desconcierto, y me aparté de él con violencia, demasiado impactada como para abrir la boca. Había estado tan distraída preocupándome por banalidades que había olvidado por completo que podría existir algo más complicado y complejo que un simple rencor humano completamente superable, algo que despertaba en sus ojos un desconsuelo espantoso cada vez que me observaba, como si no soportase ni si quiera mirarme.
—Necesito que me digas la verdad, ¿es que acaso ya no me quieres?
La mano que ocultaba sus ojos bajó tan rápido que el movimiento fue apenas un borrón.
—Claro que te quiero. Te amo —aclaró con desesperación, pero había algo más. Había algo en sus ojos que lo hacían parecer como si intentara convencerse a sí mismo en lugar de persuadirme a mí.
—Entonces, ¿por qué me miras así? —expulsé atropelladamente, al borde de un ataque de pánico. Su mirada halló la mía y vi la desilusión en ella, y asumí que eso era lo más cercano que él tenía a derramar lágrimas—. ¿No piensas contestarme? —insistí en débil un arrullo, dando un paso hacia él para rozar la línea de su mandíbula con la punta de mis dedos, y él cerró los ojos ante el contacto.
—Lo siento, Alba —repitió, congelándome en mi sitio. Y entonces algo estalló en mi interior.
Edward no se movió ni un centímetro cuando me hice hacia atrás, puesto que se había convertido en una estatua inanimada. Tanto el sufrimiento en su postura como su autodesprecio se sentían reales, pero aquello no era suficiente para satisfacer el deseo de venganza que comenzaba a resurgir en mi interior como un volcán. Quería que sufriera, pero no tenía la menor idea de cómo conseguirlo. Sabía que mis palabras eran probablemente la única herramienta que tenía para destruirlo, pero eso no era suficiente para mí.
Ya no era la ira lo que condujo mi comportamiento irracional. Era el más puro y doloroso sentimiento de traición.
Recorrí el dormitorio con mi mirada hasta que di con el perchero a un lado de la puerta, donde solía colgar mis bufandas. Caminé decididamente hacia él y lo alcé, me dirigí a nuevamente a un petrificado Edward, y tomando todas las fuerzas de mi débil cuerpo lo estampé contra su rostro. El impacto partió la madera por la mitad, de modo que la cabeza del perchero aterrizó en el suelo con un golpe seco, y pequeños astillas de madera volaron en distintas direcciones.
Edward abrió lentamente los ojos con su mejilla intacta, como si un pequeño sonido hubiese irrumpido en su concentración. Contempló primero la madera rota en el suelo, y luego miró la mitad del perchero que aun sostenía en la mano. Probablemente ni si quiera había sentido el golpe.
—¿Acabas de golpearme? —no parecía molesto o indignado, sólo sorprendido. Su expresión decía: "¿Cuál es el punto si no me duele?"
—¡Soy Bella! —exclamé, tan furiosa que el temblor de mis manos hizo que soltara la pieza rota de madera—. No Alba, ¡Bella! ¡Soy tu Bella!
Su rostro se cubrió de terror, como si acabase de darse cuenta de una metida de pata. La culpabilidad en sus ojos era tan evidente que estreché los míos, tratando de averiguar qué me estaba perdiendo.
—Te lo preguntaré una vez más: ¿Ya no me quieres? —mis palabras sonaban asfixiadas a causa de las lágrimas que querían escapar. La sola idea era tan espantosa que hacía que mi respiración se paralizara.
"¿Tú… no… me quieres?"
"No".
Sacudí la cabeza, tratando de esfumar el recuerdo.
—Lo hago —siseó con determinación.
—¿Igual que antes? —ambos sabíamos qué me refería. Clavé mis ojos en él, retándolo a que me contestara, pero en el fondo yo ya sabía la respuesta. Cuando vaciló al responder, agregué—: Es por eso que no querías verme, ¿no? No es que solo querías protegerme y ya. ¡Ya no me quieres como antes!
Me levanté de la cama, alejándome de él y retorciendo mis manos para contener el deseo de destrozar todas las piezas de la habitación al estrellárselas en la cabeza.
—Por favor no digas eso —suplicó con voz rota, haciendo un intento por alcanzarme.
Le lancé una mirada que lo dejó bien quieto en su lugar, y su brazo retrocedió, pero sus ojos permanecían igual de alarmados.
—¡No es que no te quiera! ¡Te puedo asegurar que no se trata de eso!
—¿Entonces qué es? —me viré, con mis manos convertidas en puños.
—¡No es desamor! Es nostalgia, nada más.
—Nostalgia —repetí, tratando de encontrarle el sentido a su lógica—. ¿Nostalgia de qué?
Edward suspiró, desordenando su cabello con la mano en un gesto de nerviosismo. Luego, dio dos largas zancadas en mi dirección y sujetó mi mandíbula con una fuerza delicada, ignorando mis protestas para apartarlo. Sus ojos lucían desquiciados, sumamente salpicados por la ansiedad.
—Escúchame, escúchame bien y te suplico que no malinterpretes todo lo que te voy a decir. Bella, mi vida humana a tu lado fue mucho más maravillosa que mis fantasías más absurdas. Mi imaginación jamás podría haberle hecho justicia a lo que sentí durante todos los años que permanecí contigo. Contigo pude lograr todo lo nunca conseguí en otras circunstancias: pude disfrutar de un amor sin barreras. Por otro lado esta nueva oportunidad de permitió llevar la vida que siempre deseé para ti. Tuviste una experiencia universitaria como cualquier mujer normal, te graduaste, desarrollaste planes y cumpliste metas. Estuviste a punto de casarte, como cualquier mujer enamorada —su mano acarició el espacio donde anteriormente descansó mi anillo de compromiso—. Lograste todo lo que tanto esperaba de ti. Tú, Alba Reeves, eres la representación de todas las razones por las cuales tomé la decisión de salir de tu vida cuando te dejé en ese bosque.
"Pero eso no significa que no me siento sumamente arrepentido de que mis acciones indirectamente ocasionaran tu muerte. Desde que recuperé mis recuerdos, no hago otra cosa más que estancarme en ellos. Cada día, cada minuto de mi tiempo inevitablemente me redirige a algún aspecto del pasado que no puedo enmendar. Mis fantasías ahora han tomado una dirección diferente, y no son más que el producto de mi deseo de volver al pasado para impedir todo el desastre que ocasioné cuando me marché. Si estuviese en mi poder… si es que de verdad existe un ser benevolente y compasivo con el poder de concederme ese deseo, no dudaría un solo segundo en rescatar nuestras anteriores vidas. Hubiese detenido mi partida y no hubiese vacilado en convertirte en una de nosotros.
El aire se escapó de mi garganta. Las lágrimas se aglomeraron en mis ojos, y él tuvo que frotar sus pulgares bajo mis párpados para apartarlas.
—No te digo todo esto con la intención de hacerte sentir mal, pero no puedo seguir engañándote. Te extraño. Extraño la vida que vivimos, y me odio a mi mismo por haberla echado a perder.
—Pero… no lo hiciste… Es decir, sí lo arruinaste, pero no todo está perdido. Estamos juntos, ¿no? Diferentes, pero al menos estamos juntos —argumenté entre titubeos, alzando mis manos temblorosas para sostenerme de sus muñecas.
Él sonrió levemente, acariciando mi mejilla con delicadeza.
—Sí, lo estamos.
—Y puede que ya no luzca igual… y puede que tampoco sea ni la sombra de lo que era en el pasado, pero sigo siendo yo.
—Lo sé —dijo, sin dejar de tantear mi rostro con suavidad.
Lo miré fijamente tratando de localizar alguna mentira escondida bajo sus palabras, pero él parecía estar diciendo la verdad. Cerré los ojos cuando perdí la fortaleza de mis piernas, pero Edward me asió de la cintura y me mantuvo pie cuando éstas se doblaron, y luego me cargó como a una niña hasta la cama y me depositó sobre ella sin mi permiso.
No hice nada, demasiado absorta en mis propios pensamientos como para molestarme el discutirle el gesto. La verdad es que no estaba segura de cómo interpretar lo que me había dicho. ¿Podía realmente culparlo por sentirse de ese modo? ¿No me había sentido yo de la misma forma innumerables ocasiones? ¿No se me ocurrió en alguna oportunidad creer que mi necesidad de Eithan era producto de mi necesidad de quedarme con lo más cercano que tenía de Edward?
Fruncí el ceño, considerando sus palabras y aplicándolas a mi caso. ¿Deseaba yo lo mismo que él? En cierta manera, la idea de convertirme nuevamente en Bella Swan me mataba del fastidio. No quería regresar a ser una persona tan disociada de la sociedad y tan repleta de inseguridades. Pero si con eso lograra volver a estar con él, como antes, supongo que no era tan malo. Una parte de mí echaba de menos a la cobriza y joven versión de Edward, aquella de la cual me enamoré en primer lugar.
Pensé en estos últimos años. Mi vida humana como Alba fue realmente espléndida, porque logré hacer lo que quería sin tener que renunciar a nada. Estaba encantada con la idea de casarme con él, quería que nos ahorráramos lo suficiente como para comprar una buena propiedad en un lugar más espacioso, e incluso había comenzado a considerar la idea de tener hijos en el futuro.
Mi pecho se oprimió. Nuestra vida pudo haber sido hermosa y perfectamente normal de no haberse visto envuelto en ese maldito accidente de tránsito. Pudimos haber sido felices por el resto de nuestra mortalidad, pero esa oportunidad se había perdido para siempre. Ya no habría mortalidad. Ya no habría hijos.
—Un dólar por tus pensamientos.
Su comentario me trajo a la realidad. Él estaba de rodillas en el suelo, y su pulgar hacia círculos sobre el dorso de mi mano. Su semblante era serio, pero sus ojos ansiosos.
Lo observé con detenimiento, y después de pensarlo seriamente llegué a la conclusión de que prefería mi vida como Alba Reeves mil veces más que la de Bella Swan, pero eso ya no importaba. Edward se había convertido en vampiro y mis sueños de una vida mundana con él habían desaparecido para siempre.
Habíamos vuelto al mismo punto de partida.
Me alcé para quedarme sentada, virándome hacia él, y él se levantó para sentarse a mi lado en el borde de la cama.
—¿Y ahora qué?
—¿A qué te refieres?
—Digamos que decido perdonarte y volver contigo, cosa que evidentemente haré, ahora que te he recuperado. ¿Entonces qué? ¿Cómo procederemos ahora?
Él ni si quiera pareció pensárselo. Se inclinó sobre mí, su rostro a centímetros del mío, y sus labios cosquillearon en mi cuello antes de presionarlos contra él.
Una descarga de deseo y anticipación atravesó mi cuerpo, mezclado con un evidente bochorno ante la manera en la que mi corazón bombeaba dentro de mi pecho como si estuviese al punto de un ataque cardíaco. Mi respiración se aceleró, y toda la sangre de mi cuerpo se acumuló en mi rostro.
Me pareció sentirlo sonreír contra mi cuello.
—A partir de ahora, haremos las cosas como tú lo desees —dijo, besándome de nuevo—. Mis ideales cambiaron, Bella. Ya no soy el mismo hombre limitado a sus tradiciones del siglo veinte. Si existe o no un Dios, honestamente ya no me interesa. Hace mucho que dejé de creer en él —se apartó para mirarme a los ojos—. Haremos lo que tú quieras. Jamás volveré a presionarte a nada, independientemente de si piense que es correcto o no. No volveré a hacerte daño haciéndote tomar decisiones en contra de tu voluntad.
Abrí los ojos como platos. Estaba impactada. No, alucinada es la palabra. ¿En serio Edward me estaba diciendo esto? ¿O es que acaso lo abdujeron los extraterrestres antes de venir para acá?
—¿Estás hablando en serio?
—Completamente en serio.
Incliné la cabeza, analizando la clara determinación de su cara. Hablaba en serio.
—¿Qué es lo que tú harías? —me aventuré a preguntar.
—Bueno, si no es mucha molestia, me gustaría que consideraras perdonarme y tenerme de vuelta, porque sinceramente no soporto la idea de estar sin ti otro año. No sé si sea capaz de hacerlo de nuevo —murmuró, tocando los contornos de mi mandíbula con la punta de los dedos—. Y si estás de acuerdo… quisiera transformarte lo más pronto posible. Simplemente no puedo permitir que te sigas exponiendo a los mismos riesgos de los mortales.
Mis ojos se abrieron tan desmesuradamente que comenzaron a dolerme, y me alejé de un empujón que me hizo rebotar hacia atrás. La ira que se cocinó en mi interior me nubló la visión, y en este momento desee poder contar con la fuerza de matarlo con mis propias manos.
—¡Excelente, Edward! ¡Me alegro saber que ahora que destruiste todo y no te queda nada más con lo cual conformarte y decidas quedarte conmigo! ¡Es muy halagador de tu parte!
Un jadeo escapó de su garganta.
—No quise decir…
—¡Tú… estúpido arrogante! Realmente no te entiendo. Soy humana, y tengo metas. O al menos, tenía metas. ¿No es esto lo que tú querías, acaso? ¿Que tuviera un futuro, que envejeciera?
Él negó con la cabeza, horrorizado.
—No quiero que mueras.
Le di la espalda y solté un sollozo, llevando mis manos a mi cabello para halarlo desde la raíz sin preocuparme en parecer como una completa lunática. ¿Cuántas veces no había deseado con escuchar esas palabras de su boca? ¿Cuántas veces no le supliqué que echara a un lado sus preocupaciones y me tomara para siempre? ¿Cuánto no estuve dispuesta a sacrificar por estar con él?
Estuve dispuesta a abandonarlo todo, pero solo porque nunca me había sentido especialmente apegada a nada en mi vida. Siempre fui completamente independiente de mis padres, y estuve dispuesta a fingir mi muerte y destrozar a Charlie y a Renée para cumplir mis deseos. Nunca, jamás, llegué a dudar un solo segundo en hacerlo. Para mí simplemente nunca fue una opción no hacerlo.
No pude evitar pensar en mi madre, Emma. Mi madre, mi hermosa madre, la persona más importante en mi vida además de Edward. Mi madre, quien había estado a mi lado en todo momento. Mi madre, quien me cuidó y mi amó desde un principio. Mi madre, quien nos sacó adelante ella sola sin ayuda de esa miseria de hombre que se hizo llamar mi padre y que me abandonó porque nunca me quiso. Yo ya no era la misma persona de antes. Yo tenía apegos. Tenía a mi madre.
Fui azotada por una ola de arrepentimiento. Había estado tan sumida en mi propio dolor que la aparté a un lado cada vez que deseó acercarse a mí para consolarme. A ella podría haberle pasado cualquier cosa; un accidente, una enfermedad, y yo habría estado demasiado ocupada sintiendo lástima de mi misma como para enterarme. Ella pudo morir en cualquier momento y yo ni si quiera habría estado en el mismo estado para tomar su mano.
No podía hacerle esto ella.
No a ella.
—Lo siento, Edward. Pero… no puedo, no puedo. No puedo dejar a mi madre sola. Me prometí a mi misma que jamás la lastimaría. Lo siento, pero no puedo permitir que me transformes. No soy capaz de dejarla sola. Yo lo soy todo para ella.
Él asintió, abriendo los brazos para que yo pudiese acurrucarme contra él y sollozar contra su hombro.
Si se sintió ofendido, no lo demostró.
Sin embargo, no pude ignorar la forma en la que tembló cuando me aferró contra su pecho.
MUCHAS gracias a quienes me comentaron para decirme cómo querían que manejara la historia. La mayoría optó por "VAMOS A PRENDER ESTA MIERDA", y o creo en la democracia, así que preparen palomitas de maíz y acomódense en sus asientos, porque se viene algo.
Quiero darle las gracias a TODOS por sus comentarios, favoritos y alertas. En esta ocasión estoy demasiado ocupada y no puedo permitirme normbrarlos en mis agradecimientos, así que lo dejaré para la siguiente actualización, la cual espero que sea pronto. ¿Vieron que si me lo propongo puedo publicar rápido?
Me gustaría saber qué piensan de este encuentro tan intenso. Déjenme un review. ¿Es como lo esperaban? ¿Cómo creen que debieron actuar? ¿Todavía piensan que Edward es un completo idiota? Porque yo ya llegué a perdonarlo.
¡Nos leemos pronto! ¡Saludos!
