Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. Sin embargo, la historia si es de mi propiedad.
Chapter 26:
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Edward.
El hogar de Emma Marshall no había sufrido mayores transformaciones desde la última vez que estuve en Forks. Bella tuvo la oportunidad de comentarme que su madre era una mujer apegada a las costumbres, y que poca emoción sentía ante la idea de correr riesgos y cambiar las rutinas de su vida. Por ese motivo comprendía que la pintura que cubría cada rincón de la casa conservara los mismos colores pálidos y apagados, y no pude evitar pensar que ésos eran los colores de la muerte.
La puerta yacía abierta, en recibimiento a todos los familiares y amigos que desearan sumarse a los discursos de pésame que llenaban el recibidor. Por supuesto, yo no formaba parte de aquél lúgubre grupo que se aproximaba hacia Albert Dell para ofrecer su apoyo y expresar sus aflicciones. Incluso, si es que llegase a existir suficiente simpatía que me impulsara a acercarme a estrechar su mano, el pobre hombre se alarmaría al reconocerme mucho más que al percibir la temperatura de mi cuerpo. Después de todo, habíamos compartido una cena de acción de gracias en aquellos días en los que yo todavía era humano y él no era más que el introvertido y parcialmente ignorante pretendiente de la madre de Bella. Probablemente se acordaría de mi rostro, y no solo por las fotos.
La realidad era que no existían razones lógicas para que yo estuviese aquí, víctima de toda esta farsa. Sin embargo, y pese a toda la pérdida que se cernía sobre mí, me fue demasiado difícil resistir el deseo de ver a mi madre para comprobar su estado emocional.
Inclinada frente a la ventana de la cocina, sus codos descansaban cómodamente sobre el granito frente al fregador, y sus manos sostenían una taza de té humeante. Su mirada perdida apuntaba hacia los árboles, y su mente vagaba, borrosa, en una serie de recuerdos salteados y desorganizados. En este momento su energía cognitiva no era utilizada para considerar hasta qué punto me extrañaba, como solía hacer cada minuto durante las pocas veces que regresé a Forks con el único objetivo de vigilarla a distancia. Su atención giraba en torno a Emma y en lo mucho que la echaría de menos. Si bien la relación entre Alba y yo jamás se hizo oficial mediante el matrimonio ambas siempre se comunicaron mutuamente en términos de familia política, forjando así un lazo de amistad que se afianzó después de mi muerte. Fue Emma quien en reiteradas ocasiones sostuvo su mano y ofreció su regazo para que mi madre llorara sobre él.
Mi madre exhaló un suspiro de resignación y caminó hasta Albert Dell para sentarse a su lado. Mientras que él lloraba, con sus manos apoyadas sobre su cabeza en un inmenso gesto de derrota, ella se limitó a seguir bebiendo de su té. Tanto la muerte de mi padre como la mía la habían endurecido, o al menos lo suficiente como para no derramar lágrimas en público.
La dirección de sus pensamientos cambió, enfocándose en la maravillosa mujer con la que su hijo tuvo la dicha de compartir su vida antes de morir, lamentándose el no haber hecho lo suficiente para agradecerle por haberlo hecho feliz hasta el último de sus días.
Sus pensamientos penetraron la fortaleza que temporalmente había construido para tolerarme a mí mismo, y el dolor volvió con más fuerza. Me llevé las manos al cabello, poseído por el común anhelo que un niño siente hacia su madre, y deseé de una manera casi irracional tener la oportunidad de rodearla con mis brazos para buscar consuelo en ellos. Pero eso era imposible. Jamás volvería a sentir esos brazos, y mucho menos cuando su inevitable muerte también la arrancara de mi vida, en un futuro demasiado cercano para los estándares de una criatura demasiado eterna.
Justo como hizo con Bella.
El malestar me descompuso, de modo que todos aquellos pensamientos y conversaciones que bloqueé hasta entonces tomaron la ventaja de bombardearme sin piedad alguna, uno tras otro, cada uno más insoportable que el anterior.
¿Supiste como fue?
Fue un accidente, ¿no?
El avión se hizo pedazos en el mar. Todavía no han encontrado la causa técnica, pero se rumora que el piloto se suicidó y se llevó a todos los pasajeros con él.
¡Qué horror! ¿Sobrevivió alguien?
No, todos los pasajeros y tripulantes murieron. Hasta ahora no han podido encontrar los cuerpos.
¿Qué edad tenía su hija?
Acababa de cumplir veintinueve o treinta, creo.
Qué tragedia. Todo un futuro por delante.
¡Oh, pobre Emma! ¡El hospital no será lo mismo sin ella!
Albert, querido, no te pongas así. Toma, bebe esto.
Hemos perdido a una de las mejores enfermeras. Ella era tal dulce…
Albert está en shock. No es para menos. ¡Su futura esposa muerta, a solo meses de su boda!
¿Pero qué rayos hacían ellas viajando a Irlanda? ¿Para qué?
Querían pasar tiempo de madre e hija antes de la boda. Aparentemente la hija iba a mudarse de continente en cuanto su madre se casara.
¿Y esa muchacha alguna vez llegó a tener hijos?
No, su prometido murió en un accidente de tránsito hace varios años y ella se quedó soltera.
¡Una verdadera tragedia! ¡Una tragedia!
Edward Cullen.
Instintivamente abrí los ojos, ladeando la cabeza para encontrarme con el dueño de ese pensamiento.
Jacob Black avanzó hacia mí con paso lento y despreocupado, extrañamente confiado en que yo no lo atacaría. Al igual que la mayoría de los invitados, su atuendo era de colores oscuros, un acto que no era más que un simbolismo para asistir a las palabras que el sacerdote expuso ciertas horas atrás, pese a que no hubiese ningún cuerpo físico al cual velar. Desde las profundidades del bosque escuchaba la amenaza en los rugidos de su manada, cubriéndole las espaldas.
No vengo con intenciones de luchar. Pero no puedo mandar sobre ellos, Jacob pensó, clarificando que él no se consideraba lo suficientemente cobarde como para solicitar su protección para acercarse a mí.
Asentí. No me sorprendió que estuviese al tanto de la existencia de mi don. Bella me había hablado de eso.
—Entonces, ¿qué quieres? —contesté, sin molestarme en esconder el filo de mi voz.
Sólo quiero hablar. Me lo debes.
Comenzó a traer a flote deliberadamente una serie de recuerdos de treinta años de antigüedad, durante la época en la que él y Bella se hicieron amigos. Eran imperfectos, al igual que todo recuerdo humano que ha sido víctima del paso del tiempo, pero lo suficientemente nítidos como para permitirme deleitarme con ellos. Hace años que Bella me informó con la mayor cantidad de detalles posible sobre aquellos días, cuando le supliqué que me contara su versión de nuestra separación, y si bien su relato aplacó mi curiosidad, era refrescante al fin apreciarla desde otros ojos, incluso si dentro de estos recuerdos predominara su rostro inhumano y vacío. No quería perder ningún detalle de ese rostro.
—Ya sé muy bien que hiciste todo lo posible por protegerla. Así que sí, supongo que te lo debo.
Volví mi rostro hacia él, apenas lo suficiente para reconocer su llamado a la paz.
Sé que éste es tu territorio pero honestamente no me interesa. Ya una vez me negaron el derecho de despedirme de ella. No voy a aceptar que lo hagan de nuevo.
Su resentimiento era similar al ácido. En ese entonces Alice había vuelto al pueblo para ayudar a Charlie Swan a enfrentar su duelo, como también hizo acto de presencia cuando el funeral de Bella fue llevado a cabo. Recordó el momento justo en el que recuperó su cuerpo sin vida de la corriente del mar, seguido de sus vanos intentos por revivirla. También la desesperación que sintió cuando Sam Uley le negó su petición de romper el tratado para asistir al entierro. Esa era otra de las razones por las cuales me odiaba. El tratado que forjamos no lo dejó ver su rostro por última vez.
Por primera vez pude saborear una porción de su propia miseria, y aquello solo alborotó un poco más de mi propio infierno personal. Nuestro dolor no era en lo absoluto comparable, porque aquel vacío que me consumía era mucho mayor al que sería capaz de experimentar nunca en su vida el más patético de los miserables. Sin embargo, no pude sentir más que simpatía por él. Él también había sufrido por su muerte.
—Lo lamento, Jacob.
Asintió con rigidez. Mis disculpas no significaban nada para él.
Solo quería que lo supieras todo lo que ella sufrió por ti. Nunca debiste cruzarte en su vida.
—Eso es algo en lo que ambos estamos de acuerdo.
¿Por qué tenías que regresar? La ira comenzó a crecer en él, y el temblor en sus manos se hizo notorio. Bella era feliz. Su vida como Alba era buena. ¿Por qué no solo la dejaste en paz?
Ahora ya no pensaba en Bella, sino en Alba, y en toda la luz que emanaba detrás de sus vestidos estampados y de su andar alegre. Admiraba su entusiasmo, su inteligencia y su obediencia en el trabajo, y recordaba la gracia que le ocasionaba cada vez que llegaba tarde a su turno de trabajo, con su respiración agitada y sacando apresuradamente todas las horquillas de su moño de ballet. Más de una vez tropezó intentando llegar en una sola pieza hasta el baño de las chicas para cambiarse de ropa, y eso hacía que los empleados se rieran y la acusaran de novata. Ella siempre respondió con una amplia sonrisa.
Cada pensamiento me atravesó como una hilera de dagas, pero no dejé de sonreír con sus recuerdos.
—Siempre deseé tener el poder de hacerla feliz. Nunca quise algo distinto para ella —expliqué—. Al principio, acogí la idea de quedarme con ella a lo largo de su vida humana. A Bella no le convenía malgastar su tiempo con alguien que no podía ser humano como ella, pero era la alternativa que yo podía encarar con más facilidad. Sabiendo, por supuesto, que cuando ella muriera, yo también encontraría una forma de morir. Pero me aterrorizaba que ella no pudiese ni si quiera llegar a su vejez si me quedaba con ella siendo humana, así que me fui… lo cual se ha convertido en el peor error de mi vida. Esperaba que mi decisión la forzara a que dejara de sentir eso tan fuerte que siente por mí, pero eso no hizo otra cosa más que matarnos a ambos en el camino.
"Y si la vida le dio una nueva oportunidad, ¿por qué he tenido que interferir en ésta también? No es algo que yo pueda responder, Jacob. No tenía idea… no tenía una sola idea de todo el pasado que llevábamos a rastras cuando la conocí en esta vida. Nuestra reunión fue completamente espontánea. No éramos más que un par de desconocidos, y a pesar de eso, terminé perdidamente enamorado de ella. Podrá parecerse absurdo, incluso novelesco, pero Jacob, yo siempre estuve buscándola aunque no fuera consciente de ello. Para mí no existió, y no existirá nadie más que Bella. Y habérmela encontrado en esta vida es una prueba de ello.
Con su furia dispersa, inclinó la cabeza, reflexionando con mis palabras, y entonces lo asaltó un recuerdo: un beso repleto de pasión. Fue involuntario, pero eso no hizo que mi rabia fuera menor.
—Supongo que ya te desquitaste. Si eso es todo lo que tenías que decir, ya puedes irte —espeté entre dientes, conteniendo el deseo de correr hacia él y atravesarle el pecho por atreverse a tocarla, aunque ni una pizca de mi ira fuera dirigida hacia Bella. Ella habrá tenido sus razones.
Torció el gesto, furioso consigo mismo por no haber podido controlar sus memorias a tiempo. En cierta manera nunca fue su intención que yo me enterara de lo que había pasado entre ambos. Era un momento que pretendía guardarse para sí mismo, y ahora le enfurecía que yo estuviera al tanto.
¿Desquitarme? Desquitarme sería arrancarte la cabeza en este momento, y ni aun así estaríamos a mano.
—Podría haber accedido en otro tiempo, y definitivamente en otras circunstancias, y con gusto habría dejado que me mataras. Pero las cosas cambiaron, y no puedo permitir que acabes conmigo, Jacob Black. Todavía tengo muchos asuntos pendientes por resolver.
Él no iba a arriesgarse a lanzarse sobre mí, por mucho que lo deseara. Su esposa se lo había suplicado. Así que sus ojos me fulminaron con profundo odio y gruñó, girando en sus talones para regresar por donde vino.
Pero antes de adentrarse en el bosque, se detuvo y susurró:
—Puede que jamás debió conocerte. Puede que solo le hayas arruinado la vida, aunque puedo ver que en realidad la aprecias, en tu retorcida manera. Pero ella nunca renunció a ti. Y saber que has permitido que ella muriera de nuevo… y de una manera tan tonta, tan disparatada, no tiene justificación. Si me lo preguntas, me parece que su muerte… incluso en la primera vez… Todo fue en vano —se viró para mirarme por última vez—. Debiste convertirla en alguien como tú. Al menos, ya no estaría muerta.
Y desapareció entre los árboles.
Sus palabras fueron sabia agudeza, desquebrajándome desde el interior. Era exactamente lo mismo que yo pensaba cuando le propuse a Bella la alternativa de transformarla en una de nosotros para que nunca más tuviésemos que separarnos, ya que tenía que haber algún propósito detrás del maleficio que nos trajo de la muerte. Transformarla era la única solución lógica en este misterio.
Ella se negó. O al menos, así lo hizo los primeros tres años. Estaba considerando seriamente la opción de aceptar mi petición, ahora que su madre se casaría y contaría con el apoyo y el aprecio de una pareja suficiente como para afrontar que ella se hiciera pasar por muerta. Pudimos haber estado juntos.
Estuvimos tan cerca...
El móvil comenzó a vibrarme en el bolsillo, y no tardé un segundo en responder.
—¿Qué tienes, Alice?
—Hasta ahora, se han registrado cerca de 397.732 nacimientos en el intervalo de horas en el mundo que corresponderían al 18 de Julio en Nueva York, por poner el huso horario de un estado arbitrario. La mayor proporción de esta cifra se distribuye en el continente de América, y en Estados Unidos, nacieron unos 2.528 bebés, 79 de ellos en el estado de Washington —hizo una pausa—. Diría que sería lo más evidente comenzar por ahí.
—Naturalmente —estuve de acuerdo. La experiencia nos decían que existían más probabilidades de que Bella hubiera reencarnado cerca del lugar en el que nació por primera vez, aunque eso no era un hecho absoluto. Para empeorar la situación, el avión se había hundido en algún lugar del Océano Atlántico, una referencia demasiado amplia como para asegurar que ella regresaría con una ciudadanía como estadounidense –si es que regresaba-.
Aparté ese pensamiento lejos de mí.
—Edward… —Alice inició, pero la detuve antes de que pudiese terminar de decir lo que yo ya sabía.
—No voy a rendirme, Alice.
—Lo sé. Pero no logro verla. Tal vez…
—No.
—Perdóname, estoy siendo extremadamente pesimista. La última vez que tomó nueve años contactar con ella. Todavía tenemos una oportunidad. La encontraremos, Edward.
Por supuesto que lo haría.
Siempre lo hacía.
Primero que nada: guerra avisada no mata soldado. No me digan que no se los advertí.
Reclamos, sugerencias ( insultos) y dudas, dejen un REVIEW y contestaré. Además, ha habido 3 actualizaciones en un mes y eso ha sido bastante. Como tardaré más en actualizar de nuevo, les enviaré un breve adelanto del siguiente capítulo si me lo piden.
Hasta la siguiente actualización.
