Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. Sin embargo, la historia si es de mi propiedad.
Chapter 29:
It
D.
Era definitivo: había perdido la cabeza.
Es que esa debía ser la única explicación para este acto de locura. O de suicidio.
Mis ojos se desviaron hacia la ventana, con la visión interrumpida por el cartel que torpemente instalé una hora atrás sobre el cristal. Las palabras estaban trazadas con la caligrafía más rústica que había hecho en mi vida a causa del nerviosismo, tanto que me preocupaba terminar espantando al pobre hombre nada más con mi letra.
Una ola de vergüenza me recorrió hasta la punta de los pies. Sinceramente no me reconocía a mí misma para nada: Me preocupaba lo que él pensara de mí. Esto no era natural. Era una demencia. ¿En qué mierda estaba pensando? ¿En qué clase de mundo alternativo desperté, en donde yo estaba lo suficientemente trastornada como para concederle voluntariamente a un completo extraño el ingreso a mi habitación… de noche? ¿A solas? Si Lucas llegara a enterarse… posiblemente reaccionaría destrozando sus pulmones a gritos, o intentaría hacerme entrar en razón a base de una buena paliza. ¿Tanta precaución y entrenamiento solo para que un violador, asesino o traficante se aprovechara de mi estupidez? ¿O para que mis órganos fueran a parar en un lindo e ilícito contenedor hacia China, México, o cualquier país jodido de Europa? ¿De verdad?
Deslicé mis manos sobre la ropa que cargaba puesta, que se trataba de los mismos shorts y la misma blusa de mangas con la que asistí a mi clase de arte de todos los sábados. Ni si quiera me había molestado en cambiar el atuendo. O en cenar, por lo menos. No había hecho más que pasearme a lo largo de mi habitación.
¿Por qué lo besé? ¿Qué, en todo lo sagrado que existe en este mundo, me llevó a hacerlo? ¿Por qué no acudí a un centro médico apenas desperté misteriosamente en mi habitación, sin zapatos, con el mismo vestido, y envuelta en una manta? Era de suponer que él me había traído hasta aquí a través de la ventana, y tenía la sospecha de que no le tomaría el más mínimo esfuerzo colarse de nuevo. Pudo tratarse de un pervertido que se aprovechó de mi inconsciencia para satisfacer sus fantasías. Pudo haberme matado. ¿Por qué no llamé a la policía? ¿Por qué no huí? ¿Qué estaba haciendo aquí todavía, esperando a que se apareciera?
Debí haberle contado a alguien, así sea a Lucas. No debí mentirle cuando el sonido de mi móvil me despertó a media noche, y su voz alterada me exigía una explicación por mi desaparición en el club. Lo correcto hubiese sido confesar que un desconocido me había traído a casa sin mi consentimiento, y no que me había devuelto por mis propios medios, bajo la excusa del malestar que me produjo haberme topado con Ashton. Lucas era mi mejor amigo, la única persona en el mundo a quien confiaría mi vida, y aun así tuve el descaro de mantener mi gran boca cerrada para encubrir a mi Príncipe Oscuro.
Proferí un sonido de frustración, frotando mi cabello con mis manos temblorosas. Quizá todavía estaba a tiempo de cambiar de idea, de retirar el cartel. E incluso si él lo había visto y se atrevía a entrar a la fuerza para atacarme, no dudaría un segundo en hundir un cuchillo en su garganta. Me defendería.
Empalidecí al recordar el tacto de su cuerpo, tan helado como el hielo y tan duro como el concreto. No, un cuchillo no funcionaría, no ocasionaría ni si quiera un rasguño. Yo lo había comprobado, y él parecía totalmente indestructible para mi abanico de herramientas. Resultaba real la memoria de mis dedos resintiéndose cuando los presioné con fuerza sobre sus hombros y su cuello y no hubo rastro de músculo, piel ni calor humano. O el dolor que experimenté cuando quebré una de mis uñas en un intento por lastimar esa mejilla que quedó ilesa, esa mejilla tan lisa y suave como el cristal. Y esos ojos… esos ojos tan imposiblemente dorados y auténticos. Nunca había conocido a nadie con un color parecido, ni si quiera en las inyecciones cosméticas de rutina. No era natural… Nada en él era natural.
Es inhumano.
Me senté sobre mi colcha lentamente para contener los deseos de vomitar. ¿Inhumano? No, no, no. La idea era totalmente absurda. Era imposible que existiese en este mundo una criatura tan helada que pareciera tallada a partir de un mineral. Tenía que existir otra explicación. Tenía que haberla.
Levanté mi mano para observar con detenimiento la uña rota de mi dedo índice. Tal vez el refresco que Lucas me brindó había sido alterado por alguien malintencionado con alguna droga psicotrópica. Tal vez aquél increíble sujeto que yo misma acaricié con mis dedos formó parte de esa alucinación, y no era más que una fantasía de mi mente creativa. Tal vez yo era una niña ilusa y considerablemente solitaria al perder valiosas horas de sueño o de estudio esperando a que un atractivo hombre imaginario se asomara por mi ventana.
Un sonido cortó mi concentración. Fue un reflejo, más que todo, pero ya me había girado en posición de guardia en el preciso instante en que reconocí el familiar quejido de la madera arrastrándose hacia arriba. El estúpido cartel del que ahora me arrepentía abarcaba cada rincón del cristal y obstaculizaba mi visión, pero yo sabía qué es lo que estaba ahí. Una figura nocturna buscando su camino hacia adentro.
El instinto me gritaba que huyera, que tomara ventaja del tiempo que a él le tomaría ajustar su ancho cuerpo a las dimensiones de la ventana para entrar a la habitación. De hecho, una parte de mi cerebro ya trazaba un plan de emergencia para sacar a mi tía de la casa y escabullirnos por el patio trasero, corriendo tres cuadras exactas hasta dar con la casa del señor Gibbs, integrante activo de la policía de Los Angeles. En cierto modo, la alarma en mis pensamientos era inevitable. Desde muy joven había aprendido a suponer lo peor de las personas, y muchos de mis momentos cotidianos eran manejados en términos de posibles amenazas y defensas. Si una situación estaba teñida de riesgo, mi primera reacción era predecir los peores escenarios y trazar estrategias de escape alternativos.
Pero mis pies, en contraposición a mi propia voluntad se adhirieron al suelo, reacios a correr en la dirección contraria.
No podía moverme.
El terror se abalanzó sobre mí con tanta fuerza que tuve que reprimir en mi garganta los jadeos que rogaban por emerger. ¿Qué había hecho? Acababa de ofrecer una invitación indecente a un posible pervertido, poniendo en peligro mi vida y la de la tía Maddie en el proceso. Y la peor parte era la injusticia de recargar sobre él la responsabilidad entera de lo que sea que fuese a suceder esta noche: Yo le había permitido la entrada.
Y ni si quiera podría alzar una mano para defenderme. Estaba paralizada.
Algo me retenía aquí.
A este punto la ventana yacía abierta por completo. Esta era una de esas noches donde la luna y las estrellas se escondían tras las nubes, resaltando la presencia de la oscuridad implacable. Pero estaba completamente segura de reconocer el torso de un cuerpo justo antes de que dos largas piernas se deslizaran hacia dentro.
Supongo que era natural dar un salto de miedo con el acto, pero estaba muy sorprendida para hacerlo. ¿Cómo consiguió elaborar un movimiento con tanta elegancia, si el sentido común me dictaba que la parte superior de su cuerpo lógicamente sería la primera en aparecer? ¿No había usado una escalera? ¿Acaso él había… escalado hasta aquí? ¿O colgado desde mi techo?
Antes de que tuviese tiempo de imaginar una respuesta para mis cuestiones, él ya estaba dentro sobre sus pies. A simple vista, tenía exactamente el mismo atuendo de la noche anterior, un largo saco negro con camisa, zapatos y pantalón negros. Su piel era tan pálida que casi podría confundirla con la parte interna de una concha de mar. Y sus ojos… lucían imposiblemente más dorados y relucientes que en nuestro primer encuentro.
Fue al sentir la textura rugosa de los shorts de jean en mis muñecas que me enteré de que había abandonado mi postura defensiva. ¿En qué momento mis brazos se desplomaron a mis costados? Él estaba allí, a tan solo un metro de distancia, y yo me encontraba en una posición de absoluta desventaja. Si me atacaba, era poco probable que me alcanzaran segundos para protegerme, pero no me importó. No me importaba nada.
Me dominó entonces el deseo irracional de extender mis brazos hacia él en una invitación muda. Mis intenciones eran claras; que me cargara entre sus brazos, que me depositara sobre la cama, y que tomara de mí todo lo que yo pudiese ofrecerle, incluso si no estaba muy segura de lo que eso significaba.
¿Qué me sucede? Me pregunté, horrorizada de mis pensamientos.
Al mirarme, sus ojos ya no chispeaban con la misma intensa emoción abrasadora de la noche anterior, sino con un conjunto de emociones más pequeñas que brillaban con intermitencia. Reconocí fácilmente a la añoranza mezclarse con la melancolía, la cautela con la timidez, la fascinación con el aturdimiento. Y había algo más, algo que me costaba identificar, algo…
Di un paso al frente, hipnotizada, y se me vino a la mente la imagen de los insectos, tan ingenuos e influenciables, atraídos por el encanto de la planta carnívora. Yo era una víctima de su embrujo, caminando hacia mi propia perdición, y eso me alegraba. Podría morir por su causa entre sus brazos, y lo haría con dicha, solo porque moriría con él. Sería feliz.
—Darice.
Toda la magia de esfumó, como si hubiese despertado de un sueño. Sentí la rapidez de mi raciocinio regresando para tomar su lugar, sacudiendo todo el deseo que me gobernaba hasta ahora, y recordé quien era y dónde estaba. Y con quién. ¿Había pronunciado mi nombre?
Antes de tuviese tiempo para pensar en algo, él se apresuró a decir:
—Me quedaré de este lado de la habitación, ¿de acuerdo? No me moveré de aquí —juró, alzando las manos al frente en un gesto compromiso.
Estreché mis ojos hacia él, ahora lo suficientemente despabilada como para estudiarlo. Sabía que era estúpido, ingenuo y extremadamente inocente de mi parte, pero le creí. Si sus intenciones conmigo no eran malignas, entonces, ¿qué estaba él haciendo aquí? ¿Por qué aceptó mi convocatoria?
Y yo, la chica que hasta hace menos de veinticuatro horas se caracterizó por una perspicacia mordaz, buena resolución de problemas y uso elocuente del sarcasmo en situaciones de crisis, exclamó:
—¿Por qué me besaste?
Y pude entender a partir del arco de sus cejas que él tampoco esperaba esa pregunta, en lo absoluto, y que era evidente que yo estaba presentando algún tipo de brote psicótico. Porque estaba convencida de que en mi sano juicio hubiese sido inconcebible la mínima posibilidad de que yo no solo fuese capaz de tentar a este hombre, sino también de reprocharle por corresponder a esa incitación.
—En realidad —corrigió, con la voz más educada y deliciosa que haya presenciado jamás—, tú me besaste a mí.
El calor se concentró en mi rostro con más velocidad de lo que a él le tomó exponer la frase entera. Mantenía una expresión tranquila, apaciguada, pero un brillo de diversión en sus ojos delataba su burla.
Me sentí encogerme, pero afronté mi vergüenza sin apartar mi mirada de la suya. Él pareció detectar mi incomodidad cuando se enserió por completo, enderezándose.
—Lo siento. Eso fue descortés —me miró a través de sus pestañas, luciendo verdaderamente arrepentido por su respuesta. Arrepentido por su respuesta.
Sentí que volvía a ser un poco más yo misma cuando respondí.
—Aunque no tanto como violentar sorpresivamente la habitación de una señorita, ¿no?
Estaba preparada para distintas respuestas de su parte. Enojo o vergüenza por ser retado, o la reacción más plausible, la satisfacción de un depravado orgulloso por su hazaña. Pero él se limitó a fruncir intensamente el ceño, con la mirada vaga y pensativa deambulando hacia sus pies.
Las emociones que cruzaron su rostro a continuación fueron tan fugaces que casi las perdí de vista. Confusión, que pasó a ser preocupación y finalmente en un horror que consiguió dominar al instante con un convincente antifaz de serenidad.
—Ese cartel que pusiste. ¿Estaba destinado a alguien más?
Sin lugar a dudas pretendió manifestar curiosidad únicamente, pero él no estaba lidiando con ninguna novata. Era una maestra en el arte de desenmascarar a los mentirosos. Leer a las personas era prácticamente mi segunda naturaleza, y su lenguaje corporal se evidenciaba a kilómetros de distancia. Él parecía sumamente preocupado, y… desilusionado.
¡Oh!
Capturé mi labio inferior entre mis dientes con nerviosismo, un leve aleteo de pánico removiendo mi estómago. Si lo dejaba asumir que mi invitación era para alguien más, apenas un día después de lanzarme a besarlo…
—No, no. Yo… eso no… eso era para ti —susurré desordenadamente, sintiendo otra ola de calor asentándose en mis mejillas. Otro dato a saber de mí: yo nunca, jamás balbuceaba. Sin excepciones. Y acababa de sonar como una tonta.
Su entrecejo se aflojó, y casi se me paraliza el corazón de la emoción cuando una de las esquinas de su boca se curvó con alivio. Como… si le entusiasmara que yo haya hecho todo esto pensando exclusivamente en él. Y saber que yo le interesaba, así sea lo suficiente como para sentirse angustiado ante la idea de que yo le perteneciera a otra persona…
Parpadeé, empezando a enfurecerme verdaderamente conmigo misma por seguir perdiendo mi tiempo en explicaciones. Esto era insólito. ¿De verdad me preocupaba herir los sentimientos de este tipo?
—Pero ese no es el punto —remarqué impacientemente, sacudiendo levemente la cabeza para dispersar el desastre que su maldito rostro perfecto y sus malditos ojos atentos estaban ocasionando en mi cerebro—. Dejemos a un lado la parte en la que te invité a venir, lo cual fue una decisión estúpida, obviamente. Quiero explicaciones.
—Es razonable —concordó dulcemente.
¿Razo…?
Tuve que apretar fuertemente los labios para no insultarlo ahí mismo.
—Sabías dónde vivía —acusé, sin apartar la mirada de él, sin perder de vista ni el más diminuto parpadeo—. Incluso en cuál cuarto dormía. Y pienso que también me esperabas afuera del club cuando tropecé contigo. ¿Estabas siguiéndome?
Sus labios se apretaron sutilmente, un movimiento tan mínimo y moderado que no todos hubiesen percibido esa vacilación para responder.
—Sí.
—¿Por qué?
No contestó.
—O me dices la verdad —amenacé, inclinándome para recoger el bate que había colocado a los pies de mi cama—, o te muelo la cabeza. Tú decides.
Él seguía mirándome, esta vez con una expresión calmada. No se dignó a avistar el arma que mi muñeca derecha balanceaba juguetonamente. Era como si yo no representara ninguna amenaza que mereciera un solo segundo de su distracción.
Claro, porque sabe que con eso no podrás hacerle ni un rasguño.
Eché a un lado ese pensamiento. Imposible.
—Quiero hacerlo, y lo haré. Pero creo que en este preciso momento podría alterarte.
Por primera vez en mi corta vida, no pude evitarlo. Rodé los ojos.
—Amigo, eres un completo desconocido que besó a una menor de edad en la salida de un club, la raptó en su auto cuando se desvaneció en plena acera, mágicamente localizó dónde vivía, y la recostó sobre la cama de su cuarto. Eso, sin mencionar que entró por la ventana, ya que ella había olvidado las llaves y las cerraduras de las puertas estaban intactas. Y que aquí está de nuevo, entrando por la ventana. Si no me he "alterado" hasta ahora, te garantizo que nada más lo hará —hice una pausa, considerando—. Por otra parte, creo que es justo que sepa esto. Sé que no abusaste de mí. De haber sido así, lo sabría. ¿Qué otras atrocidades hiciste cuando me trajiste aquí completamente inconsciente?
La agudeza de mi alusión se reflejó en sus ojos, que se ampliaron con profundo espanto y consternación.
—Te prometo que no saqué beneficio de ti y de tu vulnerabilidad. En ningún aspecto.
—Bien —acepté con voz afilada, creyéndole, para mi sorpresa—. Asumamos que rompiste tu juramento al sindicato de depravados y decidiste hacer una excepción conmigo, respetando mi integridad como un honorable caballero.
—Darice, no soy un pervertido. No me dedico a aprovecharme de jovencitas indefensas.
Le resté importancia con la mano, aunque internamente me convirtiera en un charco en el suelo cuando dijo mi nombre.
—Como digas. ¿Qué otra cosa podrías sacar de esto? ¡Oh! ¿Eres de esos acosadores que se encaprichan con una mujer y la veneran a distancia porque demasiado tímidos como para acercársele? ¿Algo así como un Dante con su Beatriz? Porque eso es deprimente.
Torció los labios, y realmente me costó un poco reconocer si encontraba mi verborrea divertida o irritante. Estaba casi segura de que ambos.
—Simplificando la situación en su más pequeña expresión… —dijo pensativamente— digamos que lo que dices se ajusta bastante.
—¿Así que admites tener una obsesión conmigo? Eso está mal, amigo. Cómprate un perro, ve al psicólogo. O consíguete una prostituta. Puedes pagarles para que finjan amor, si te sientes tan solo.
Se le escapó una risa. Santa madre de las risas. ¿Es que todo en él era perfecto?
—¿Eres así de cruel siempre?
—Suelo reservarlo para los cretinos y los acosadores. Tristemente, el mundo está repleto de ellos.
Nos miramos en silencio durante varios segundos. Aunque parecía más bien una competencia de quien podría permanecer inmóvil durante más tiempo.
—Hace unos momentos insinuaste que te he perseguido —comenzó a decir—. Y sí, lo he hecho. Pero hablamos en términos micro. Lo macro… es un poco más complicado que eso.
—Ilumíname.
Suspiró.
—Tenías razón en cuanto a lo confusas que parecen ser mis acciones. Sabía donde vivías, por supuesto, y en cuanto te desmayaste decidí trasladarte hacia tu habitación, pero mis motivaciones jamás involucraron pensamientos eróticos ni similares. Hubiese sido más natural llevarte a una clínica, o esperar a que tus amigos te recogieran, pero la verdad es que te traje aquí porque sentía curiosidad por cómo reaccionarías sobre mí la próxima vez que nos viéramos.
—¿Asustándose como cualquier persona normal lo haría, tal vez?
Alzó la mirada, y sus ojos de gato me penetraron en la oscuridad.
—Sabes a qué me refiero —susurró, con expresión sombría. Su mirada voló hacia mi mano, donde mi dedo gordo contorneaba el borde uña rota ausentemente.
Mi corazón dio un vuelco. Él no podría estar hablando de… eso, ¿verdad? Eso no fue más que un invento mío. ¿No? Él no… no era posible que lo que vi anoche haya sido real. Claro que no.
¿Verdad?
—¿Podrías ser más específico? —indiqué, inalterable.
Sus ojos me estudiaron con absoluta precaución, antes de desviarse al arma que mi mano izquierda ocupaba.
—Eso no me hará daño.
Un sudor frío comenzó a recorrer mi espalda. Por sus palabras, por la seguridad con la que parecía estar al tanto de mis sospechas. ¿Estaba confirmándome que lo de anoche no había sido una alucinación?
Supongo que existía una sola manera de comprobarlo.
—Quítate la chaqueta.
Sus cejas casi se doblaron con curiosidad, pero obedeció, deshaciéndose de la tela en un cuidadoso movimiento y dejándola en el suelo. Evité hacer demasiado contacto visual con el vello delicado de su pecho asomando entre el cuello de la camisa, o en sus brazos musculosos, porque sí, aquello sería demasiado para el corazón de una chica.
—Extiende el brazo hacia mí —agregué—, con la palma hacia arriba. Y no hagas algo más —amenacé.
Reprimió una sonrisa al torcer los labios hacia abajo, y casi sentí deseos de poner mi bate de béisbol en acción. Al reparar en mi cara inexpresiva, recompuso su seriedad al instante, arremangando su camisa para enseñarme su pálido antebrazo derecho. Me llevé una gran sorpresa al reconocer el tatuaje del Voyager, la sonda que fue enviada al espacio hace más de setenta años, seguida de su gemela. Ya habían pasado dos décadas desde que la Tierra recibió información de parte de ambas sondas. Magnífico. El primer hombre atractivo e interesado en la ciencia con el que me topaba y era un maldito acosador. La vida era tan injusta.
Sin abandonar mi cara de pocker, me alejé lo suficiente para tomar las tijeras de pelo de la peinadora. Con extremo cuidado, me incorporé de nuevo frente a él, alzando las cejas en una silenciosa petición. Él asintió con la cabeza, sin perder un centímetro de su compostura ante el ataque que se le venía encima.
Con una dosis de valor, alcancé su brazo para rodear su muñeca con mis dedos. Su piel era suave como la seda y fría como un muerto, y cuando ejercí presión sobre mis dedos con la intención de pellizcar una porción de su piel, éstos resbalaron sobre la superficie. Era como jugar con el brazo perfectamente esculpido de una estatua.
Fue terrorífico como el infierno, pero no permití que la angustia me dominara. Así que sin más preámbulos, tomé la hoja más filosa de la tijera y deslicé sobre las venas de su muñeca con fuerza.
El platino de la tijera chilló, y el sonido de fricción fue tan insoportable que me estremecí de dolor. Estaba tan indignada por no poder hacerle daño que comencé a pinchar zonas de su cuerpo al azar con la punta de las tijeras, pero era como picotear sobre un mineral más duro que el diamante.
Después de intentarlo un más de un decenar de veces en todas las zonas estratégicas como muñecas, cuello, sienes, muslos, abdomen y nariz, boca, grité con frustración, alternando la mirada entre sus hermosos ojos y su desprotegida e inexplorada entrepierna.
Se rió, intuyendo mis pensamientos.
—Puedes intentarlo, aunque el resultado no será diferente —dijo, encogiéndose de hombros.
Desquebrajando hasta los cimientos la máscara de inexpresividad que había construido durante todo este rato, alcé mi mirada incrédula hacia él, echándome hacia atrás. Al demonio, ya no tenía sentido fingir que su presencia no me ocasionaba ni una pizca de miedo, no después de esto. Él era completamente antinatural y yo estaba absoluta y jodidamente aterrada por esa mierda.
—Carajo —insulté, casi sin voz. Su ropa estaba repleta de los agujeros y roturas a causa del filo de las tijeras y él no parecía ni un poco adolorido por ello—. No eres humano.
—No, no lo soy —murmuró.
—Tú… ¿estás vivo?
Sus ojos centellaron con una emoción más profunda que el océano. Esbozó una triste sonrisa.
—Júzgalo por ti misma.
No tuvo que pedírmelo dos veces. Cerré la distancia entre nosotros en un santiamén, convencida de que no me lastimaría y mucho menos después de intentar apuñalarlo. Alcé la mirada para capturar sus ojos, los cuales no dejaban de apuntar hacia mí con melancolía. Luego flexioné el brazo, para que la palma de mi mano descansara sobre su pectoral, justo por encima de su corazón.
No había pulso.
Retiré la mano al tiempo que ejecutaba un pequeño salto hacia atrás. Lo recorrí de los pies a la cabeza con los ojos, maravillada ante la alternativa que asomaba en mi cabeza.
Procesé minuciosamente todo lo que había percibido hasta ahora. Inteligencia, personalidad, empatía, una presunta deficiencia para responder a ciertas situaciones, lo que lo conducía a ser inoportuno e irrazonable. Lo cual tenía sentido. Ninguna tecnología era perfecta en materia de comportamientos sociales, pero debía admitir que esta cosa parada frente a mí superaba cualquier expectativa concebida en los libros de cyberpunk. ¿Piel sintética, metal caliente y sonidos de engranajes poco engrasados? Qué va. Esta gente lo había hecho a lo grande.
—Carajo —repetí, sonriendo ampliamente por el descubrimiento—. ¡Eres un robot!
La sorpresa repentina en su rostro fue tan auténtica y humana en todos los aspectos que podría aplaudir de admiración. Desde la curva automática de sus cejas hasta su gesto boquiabierto, haciendo juego con unos ojos abiertos como platos.
Él me miró a los ojos, genuinamente estupefacto.
Y luego estalló a carcajadas.
—¿Esa ha sido tu conclusión esta vez? ¿Que soy un androide? —inquirió, apenas controlando la risa—. ¿Nada de arañas radioactivas ni kriptonita?
—¿Como en las historietas de Marvel y DC Comics? ¿A qué imbécil se le ocurriría esa idea?
—Te sorprenderías —contestó, sin dejar de sonreír ante su pequeña broma privada.
Me crucé de brazos, sintiéndome repentinamente ofendida por su reacción. Por otro lado... ¿A qué se habrá referido al decir "esta vez"?
—Pues no comprendo por qué mi teoría es más descabellada. Es obvio que eres el resultado de años de progresos en inteligencia artificial. Y uno muy apuesto, debo agregar. Los diseñadores claramente son mujeres.
—No soy un robot.
—Eso es exactamente lo que diría un robot.
Él se apoyó de la pared y cruzó los brazos sobre el pecho, imitando mi posición con expresión divertida.
—Hasta donde tengo entendido, un robot podría o estar plenamente consciente de su naturaleza, o eficientemente programado para desconocer la misma, y yo no me identifico con ninguna de esas opciones. No soy un humano, y mucho menos un androide. No soy una cosa ni la otra.
—Pues yo diría que eres un pretencioso.
Sonrió levemente, entrecerrando un ojo juguetón.
—Bien. Supongo que a veces me siento un poco pretencioso.
Hice un ademán con la mano.
—Tonterías. Los robots no pueden tener sentimientos.
—¿Y qué te hace pensar que no pueden? —inquirió, con ojos brillantes de curiosidad.
—Solo han sido codificados para imitar y emitir respuestas agrupadas en una enorme base de datos —alegué, alzando la barbilla—. No es más que aprendizaje por imitación.
—Igual que con los humanos —señaló, alzando una ceja.
—¿De verdad estoy teniendo un debate filosófico sobre robots con un robot?
—Realmente no es así, ya que no soy un robot. No lo soy, Darice.
Reprimí mi exasperación. Encantador sería otra cualidad a agregar a su serie de programaciones. ¿Cuándo dejaría de derretirme al escuchar mi nombre en sus labios?
—Vale. Si no eres un robot, ¿entonces qué eres?
Ladeó ligeramente la cabeza, mirándome precavidamente desde su postura tranquila. Parecía como si los pros y los contras de revelar sus secretos batallaran en una lucha por el poder.
—¿"Vampiro", resultaría demasiado para tu moderna actitud naturalmente escéptica?
Respondí con un fruncimiento de ceño. ¿Ahora se burlaba de mí?
—Los vampiros no existen —refuté amargamente.
—Existen, solo que no como se manifiesta en el conocimiento común.
—¡Eso es ridículo! ¿Cómo puede un ser mitológico ser más factible que una inteligencia artificial super avanzada?
—No estoy diciendo que sea más factible. De hecho, tu razonamiento es bastante acertado, pero no es la verdad.
Bufé, ardiendo de rabia por tomarme el pelo con tanto descaro. Una bofetada era lo mínimo que se merecía por hacerme pasar por estúpida, pero sabía que probablemente terminaría de camino al hospital con una mano fracturada.
—Cambié de idea. Decidí que no eres un robot —afirmé con determinación.
—¿Alguna otra teoría? —Él parecía estarlo disfrutando.
—Así es —añadí una pausa dramática, pretendiendo con mi actuación que hablaba completamente en serio—. Pienso que eres un alienígena.
Hizo una mueca.
—¿Quién es el ridículo ahora?
—¿Ridículo por qué? Vivimos en un universo infinito de probabilidades infinitas donde dentro del marco de la ciencia es perfectamente factible que un alienígena haya decidido a aterrizar en la Tierra para mezclarse entre los humanos. Solo que tú has decidido obsesionarte con una chica común y corriente que te arrebató el aliento... figurativamente hablando. Porque si no tienes pulso, los de tu especie seguramente tampoco respiren...
Fui interrumpida por un gruñido de advertencia que emergió de las profundidades de su pecho. Suave, animal, una furiosa y espeluznante alarma de peligro. El terror me detuvo en seco.
—Estás siendo absurda, Bella —siseó, frustrado.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Cómo me llamaste? —musité, con voz apagada.
Cerró la boca de golpe. Parecía tan desconcertado como yo por sus propias palabras.
—Discúlpame, no quise...
—Me llamaste Bella —lo detuve, sintiendo la inexplicable e incomprensible necesidad de romper en llanto.
Había una emoción extraña deslizándose en mi interior como una serpiente. Algo antiguo y desgarrador que no podía explicar con palabras y que en pocos segundos me sacudió cada célula, pulverizando mis pensamientos. Cada instante lo sentí como en cámara lenta: colapsé sobre mí misma, temblando, y de pronto me encontraba jadeando por aire, asfixiada a causa de la tira invisible ceñida al cuello. Puntos negros llenaron mi visión.
Unos brazos firmes y helados se envolvieron a mi alrededor, soportando mi peso sin dificultad alguna cuando mis rodillas cedieron. Una voz desesperada bramaba ni nombre, pero no le encontré sentido esforzarme en responderle, porque sabía que yo no era la mujer que él estaba buscando.
—Darice —repitió la voz, y un segundo de lucidez me impulsó a guiar mis ojos hacia el hombre que se cernía sobre mí, con el rostro descompuesto por el pánico—. Darice, estás teniendo un ataque de pánico. Necesito que respires.
Sus ojos lucían tres veces más espléndidos a esta distancia. Eran oro puro, miel solidificada, eran ámbar y topacios. Eran vida dorada, que me transportaba a los paisajes más cálidos y me acariciaban el cuerpo con una dosis de paz que adormecía mis manos.
—¿Cómo te llamas? —inquirí a medias, sintiendo a la oscuridad aproximándose para arrastrarme con ella.
Sus ojos asustados vibraban mientras recorría mi rostro en busca de algo. El contacto de su mano fue tan ligero como el toque de una polilla sobre mi piel.
—Edward —susurró, deslizando su dedo pulgar sobre mi mejilla.
—Edward —repetí, y mi último pensamiento fue que ese era el sonido más hermoso del mundo—. Te conozco.
Hola holaaaa.
Quiero pedirles disculpas por la demora de tres semanas, pero honestamente me costó un mundo escribir este capítulo. Me resultó algo difícil meterme en la piel de un personaje tan... dinámico como Darice. Como podrán ver, Bella es temeraria en cualquiera de sus vidas, solo que en distintos grados. Bella se lanzaría a una batalla con la preocupación de proteger a otros, Alba lo haría impulsada por la ira, y Darice estaría encantada de llevar consigo un machete y un martillo.
*Una aclaratoria importante: Se me olvidó totalmente abordarlo en la nota de autor del capítulo pasado, así que aclaro esto. Más de una persona me ha dicho por medio de reviews y mensajes privados que les sorprendía que Alice no haya podido prevenir la muerte de Alba. Pues están en lo correcto al inferir eso, pero en realidad existe una razón bastante sencilla para que Alice no haya visto venir el accidente. Tal vez es demasiado obvio. Estaré esperando sus teorías.
No habrá demasiado suspenso después de esto. Darice irá conociendo la verdad a lo largo de los capítulos, simplemente no existen razones para que no sea así. Los siguientes capítulos se orientarán bastante hacia su mutuo descubrimiento, justo como ocurrió en el primer libro de la saga, Crepúsculo, cuando Edward y Bella se estaban conociendo y se enamoraban. Por otro lado, además de conocer la historia de Darice, descubriremos qué fue lo que hizo Edward durante todos estos años.
Otro punto importante es: no sé si habrán notado la evolución de Edward a lo largo del fic. Primero, teníamos a Eithan, un personaje totalmente distinto y ajeno a su pasado. Cuando recupera su vida como Edward, tenemos a un neófito rebelde y violento. Conformen pasan las semanas y él pone su ira bajo control, conviviendo con Los Cullen, vemos que sus pensamientos son más parecidos al Edward de Meyer (obviamente, construido a partir del análisis que hice del primer borrador de Sol de Medianoche que lamentablemente Meyer nunca terminó), y no sé si notaron el cambio en Edward después de que Alba muriese, en el anterior capítulo, cuando conoció a Darice por primera vez. ¿Notan ese cambio? Porque yo lo hice. El Edward que tenemos ahora es muy distinto al que tuvimos en el pasado, y creo que lo reflejé como pude.
Ahora quiero conocer sus opiniones: ¿Cuál creen ustedes que es ese cambio? ¿Qué ven ustedes en su personalidad que es diferente a, por ejemplo, lo que veíamos en los capítulos 19, 20 o 21? Me gustaría leer sus opiniones.
Para finalizar, quiero agradecerles enormemente por las alertas, favoritos, mensajes privados, y reviews que me han aportado. Son un sol resplandeciente. También quiero agradecer a Xi0t , GaByMaY91 , somas , kaja0507, Marttha Cullen Dollanganger , caritoreh, bbluelilas, Chiarat, Mitzuki19 , Hanna D. L , Cullen-21-gladys, Erizo ikki , CecyBlack, Adriu, Ale74, Dess Cullen , PititaMasenSwan, Isis Janet , lunaweasleycullen14 , Kookiemonsterh , y todos los "guest", quienes me comentaron en el último capítulo. ¡Gracias!
¡Hasta la próxima!
