Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. Sin embargo, la historia si es de mi propiedad.
Chapter 30:
The Test
D.
A la mañana siguiente, él se había ido.
Inicialmente me levanté de la cama, adolorida, pero no en un lugar que pudiese señalar físicamente. Era una especie de dolor mudo, casi imperceptible, y casi imposible de ubicar. De una u otra forma, me encontré palpando el lado vacío de mi colcha, esperando encontrarme con la firmeza de un cuerpo que el mío inexplicablemente parecía reconocer y ansiar.
Edward, pensé de forma inmediata, recordando su nombre. No pude evitar creer que le quedaba bien. Representaba muy bien ese rostro.
Me eché a reír ante el pensamiento, y no era una simple risa; carcajadas fuertes, casi macabras.
Había perdido la cabeza. Toda la maldita cabeza.
Lo que ocurrió después fue solo un cúmulo de actos automáticos. Me duché, bajé a desayunar, me centré en los deberes, y al final de la tarde estos fueron consignados a cada uno de mis profesores de manera electrónica. Fui rápida y eficiente, pues no tenía otra opción. Sin embargo, mi mente se encontraba dividida en dos partes: una presente, focalizada en mi vida, y la otra lejos, en el terreno de las fantasías, preguntándome una y otra vez a donde había ido Edward y si alguna vez regresaría.
Edward.
Edward, Edward, Edward.
Un hombre adulto, desconocido, había literalmente irrumpido en mi vida hace tan solo dos días, y yo se lo había permitido. Años y años de entrenamiento en defensa personal y simulaciones me habían preparado para mantener la cabeza clara para situaciones peores que esta, pero por la manera en la que mi comportamiento se suprimía frente a Edward, claramente no había aprendido nada.
Porque lo extrañaba. Se había retirado en algún punto de la noche, hace tan solo varias horas, y yo lo extrañaba. Me espantaba la idea de no volver a verlo. Empalidecía de solo imaginarlo.
¿Cómo era eso posible?
Cuando la noche se alzó, yo me encontraba en la cama, abrazando mis rodillas. La única lumbre de la habitación se trataba de una pequeña linterna en forma de cometa, de modo que la luz que proyectaba era de un color parecido al atardecer; ese punto exacto en el que los colores se mezclan de forma perfecta, y que siempre me había resultado tan difícil de replicar en pintura.
Me mordí el labio. Era tarde, pero Edward no aparecía. Me pregunté, después de esperarlo durante una hora, si involuntariamente habíamos construido algún sistema de comunicación por medio del cristal de la ventana. Tal vez mantener la ventana encerrada era indirectamente un mensaje de que permaneciera alejado. Así que me levanté y la abrí, procurando asomarme lo suficiente como para que Edward entendiera el punto, si es que se hallaba allí. Luego me dirigí hasta mi peinadora y me senté sobre el taburete, desenredando pacientemente las trenzas de mi cabello.
Edward apareció dos minutos exactos después, con impecable gracia, debo añadir. Al igual que ayer, fueron sus piernas las primeras en presentarse, seguido del resto de su cuerpo. Podía notar que se había cambiado la ropa, que seguía siendo oscura. Pero se había deshecho del saco.
Nuestras miradas se encontraron a través del espejo. Casi me lo como con los ojos, regodeándome en toda su perfección, mientras que él parecía dubitativo e inseguro, rozando la preocupación.
Así que le sonreí.
—Hola, Edward.
Como dije antes, no había aprendido nada.
Su rostro, hasta entonces tenso, pareció suavizarse, notablemente aliviado por mi recibimiento. Me ofreció una pequeña sonrisa de regreso.
—Tardaste —me anticipé, antes de que pudiese responderme.
Frunció el entrecejo, sin pasar de largo el reclamo en mi voz. Pareciera que todas mis acciones lo tomaran por sorpresa.
También a mí, amigo.
—Te pido disculpas —dijo con sinceridad.
Casi me río. Mi acosador estaba disculpándose por no haberme acosado desde más temprano. Correcto.
—De cualquier modo —prosiguió, su voz cambiando de matiz—. No quise venir a menos que me ofrecieras otra señal como la de ayer. Me pareció conveniente concederte algo de espacio, después de... lo que pasó.
Me encontré con su mirada a través del espejo. Su expresión era cautelosa, como si estuviese preparado a lanzarse sobre mí en cuanto comenzara a presentar otro ataque. Pero el único cambio que pude notar era un ligero incremento en los latidos de mi corazón.
Coloqué mi cepillo sobre la peinadora con extremo cuidado, controlando cada uno de mis movimientos.
Ese era el otro lugar en el que se había encontrado mi mente todo el día. No había dejado de pensar en lo que sucedió anoche. Era una especie de pensamiento reiterativo, invasivo. En ese momento, la noche anterior, simplemente… lo perdí. Así de insólito. Un minuto me encontraba conversando con Edward, y al siguiente, sus brazos de hielo me acunaban, y yo no podía detener el temblor, los sollozos, esa desesperación tan profunda que amenazaba con arrancarme la vida.
Tampoco podía controlar las palabras que brotaban una y otra vez de mis labios como un cántico.
—¿Por qué me dejaste? —gimoteaba, deslizando mis manos por sus hombros, con ese deseo macabro y urgente de arrancarlos de su cuerpo—. ¿Cómo has podido abandonarme? ¿Cómo pudiste?
¿Cómo pudiste?
¿Cómo pudiste?
¿Cómo pudiste?
Perdí la conciencia por segunda vez en menos de diez minutos. Al parecer, yo no había sido la única en perder el control, porque cuando desperté en medio de la noche, yaciendo boca arriba sobre mi cama, Edward se encontraba de rodillas en el suelo a mi lado, con su frente apoyada sobre las manos que sujetaban la mía.
—Lo siento, lo siento, lo siento, lo siento…
Sus sollozos eran tan desgarradores que no pude contener las lágrimas. Cuando me incorporé, hice un ademán de liberarme de su agarre, pero Edward permaneció tan estático como una escultura, con mi mano aprisionada entre las suyas como en dos bloques de cemento. Después de unos cuantos intentos fallidos, me di por vencida, y se me ocurrió utilizar el brazo que tenía disponible para acariciar su cabello, en un incómodo intento de consolar un dolor presuntamente inconsolable. Su llanto, aunque tenue, seguía presente cuando el sueño me buscó, y estoy convencida de que sus manos nunca soltaron la mía.
Me giré lentamente sobre el taburete para enfrentarlo. Él lo tomó como una señal para levantarse lentamente, y al observar que yo no ponía resistencia, se reubicó frente a mí, justo en el borde de la cama, con los codos apoyados sobre sus rodillas. Mi pulsó se aceleró al contemplar su hermoso rostro tan cerca del mío, y por más que deseara inclinarme hacia adelante para alcanzar sus labios, me desalentaba la idea de comportarme frente a él como una chiquilla inmadura y hormonal. Porque obviamente solo a mí se me ocurriría preocuparme por una cosa tan banal cuando existían verdaderas situaciones que sí merecían una estruendosa señal de alarma. Como el hombre de piedra y sin sangre en las venas a solo centímetros de distancia, por ejemplo.
—No he podido pensar en otra cosa —admití, silenciando mi discusión interna—. Necesito que me digas qué pasó cuando me caí. Todo fue tan… confuso. Y luego tú estabas llorando y pidiéndome perdón como un loco. ¿Con quién te estabas disculpando? Porque nada de lo que decías tenía sentido. Yo no te conozco para nada.
Por unos instantes, se limitó a observarme en silencio, como si no tuviese idea de por dónde empezar. Tras exhalar un largo suspiro, pareció organizar sus pensamientos.
—Primero que nada, me gustaría que me dijeras qué es lo que recuerdas.
—Bueno, nos encontrábamos conversando sobe tu... ¿condición, supongo? Me tomaste el pelo diciendo que eres un vampiro, y yo…
—No te estaba tomando el pelo —añadió educadamente.
—Sí, como digas. Yo propuse que podrías ser un alienígena… aunque, pensándolo con detenimiento, si pudo sonar estúpido. La hipótesis del robot es mucho más factible. Lo que sea. Luego de eso, tú… —fruncí el ceño, recordando—. Pronunciaste el nombre de alguien. No; de hecho, me llamaste con otro nombre. Bella, si no me equivoco. ¿Quién es ella?
Y, de nuevo, un ratón le comió la lengua.
—¿Hola? ¿Me dirás quién demonios es Bella? —comenzaba a perder la paciencia cuando, de pronto, se me ocurrió una explicación—. Oh. ¿Era ella a quien le pedía disculpas? ¿A esa tal Bella?
Ante su aparente incapacidad para poner el área de Broca* a trabajar, solo asintió.
Parpadeé, entendiendo la situación. La más triste, imponente decepción hizo que mis hombros se desplomaran. ¿Me había estado confundiendo con otra persona? ¿Era esa la razón por la que se comportaba conmigo como si nos conociéramos de antes?
Esa cadena de pensamientos me redirigió a otra, sin lugar a dudas, la más insensata. ¿Así que él había correspondido a mi beso porque pensaba que yo era alguien más? ¿No significó para él lo mismo que para mí?
Respiré hondo, reprimiendo el gigantesco berrinche que quería surgir en forma de lágrimas y golpes al sentirme estafada por este hombre.
Estás loca.
—De acuerdo —recomponiéndome, pronuncié lentamente, sintiendo ahora un dejo de lástima por lo realmente confundido que estaba este tipo—. Sabes que no me llamo Bella, ¿verdad? Si la razón por la que me has perseguido como un acosador es que creías que yo era ella, te equivocaste de chica, amigo. Así que, a menos que yo tenga una gemela regada por ahí, padezca de amnesia, o haya despertado en un universo paralelo, no soy quien tú crees que soy.
—Lo eres —protestó, con un hilo de voz.
—No, no lo soy, Edward —me sentía como un adulto reprendiendo a un niño—. Me llamo Darice. Tú sabías mi maldito nombre sin que yo te lo dijera, por Dios santo. ¿Cómo puedes pensar entonces que soy otra persona?
—Tan solo no me creerías —gimió con frustración, escondiendo su rostro entre sus manos—. Mierda, Darice. He maquinado al menos mil formas diferentes de llevar esta conversación, y me aterra que no haya nada que yo pueda hacer para convencerte de lo que quiero convencerte. Claramente, eres escéptica, con una mente científica, y todo lo que ha pasado hasta ahora es tres veces más complicado de lo que fue la primera vez. Las cosas no serán tan fáciles esta vez.
—"¿Esta vez?", ¿de qué estás hablando?
Suspiró, descubriendo el rostro. Sus ojos desolados y adoloridos me observaron como si estuviese a punto de encarar a una sentencia de muerte.
—¿Puedes recordar lo que pasó? Cuando colapsaste. ¿Recuerdas lo que me decías?
—Honestamente, es lo único en lo que he podido pensar —después de todo, la principal razón por la que me encontraba soportando esta conversación tan ilógica era que estaba más preocupada por descifrar mi comportamiento de ayer que por atender a sus ideas delirantes—. Me sentí… poseída —concluí, a falta de otra explicación.
Porque, oh, recordaba tanto esa sensación. Como si, por breves instantes, le hubiese cedido el dominio a esa… esa cosa. Lo que sea que controlaba mi cuerpo en ese momento, no era yo. Ese dolor, y ese resentimiento que aun podía sentir en mi boca como bilis amarga… no eran míos.
Edward tenía razón en algo: era una mujer incrédula por naturaleza, más atea que la misma palabra. La psicología avanzaba, como todo en este mundo, y probablemente existía alguna explicación racional para lo que sacudió mi cabeza. A pesar de ello, mi mente escurridiza me llevó a buscar respuestas en lo paranormal, porque estaba bastante segura de que lo que pasó anoche no difería mucho de lo que mostraban las películas del género de terror.
Posesiones, fantasmas.
Seguro.
—Darice, ¿el nombre de "Bella" significa algo para ti? —preguntó Edward.
Me mordí el labio, reflexionando. No, la verdad es que no lo hacía, pero recordaba perfectamente lo indignada y horrorizada que me sentí cuando lo pronunció. Podría considerarlo como el estímulo antecesor a mi locura, pero las razones eran las que todavía no había descifrado.
—No —contesté.
—De acuerdo. Darice, te voy a contar una historia que probablemente te parecerá muy absurda. Pero necesito que me des tu palabra de escucharla hasta el final. Sin interrumpirme.
Arqueé una ceja.
—De acuerdo —repitió, más para sí mismo, desordenando su cabello nerviosamente.
Y entonces fui sumergida en una de las historias más fantásticas de mi vida. Una repleta de traiciones, mentiras, vampiros, hombres lobo, y vida después de la muerte.
Por supuesto, yo y mi gran bocota deseaban hacer de las suyas, pero me pareció extrañamente adecuado respetar las instrucciones de Edward. Permanecí erguida en mi asiento en perfecto silencio, conforme su relato brillaba, tropezaba, y luego mutaba hacia su desenlace final.
Sus últimas palabras se esparcieron en el silencio de la habitación, que parecía haberse paralizado en el tiempo. Ese pensamiento tan curioso me llevó a interrumpir, por primera vez, el contacto visual, para comprobar que el reloj marcaba las 12:01pm, para ser precisos. ¿Cuánto había transcurrido desde que había comenzado? ¿Hora? ¿Hora y media?
Tú eres la última reencarnación de Bella, hasta ahora.
Alcé tristemente la mirada hacia Edward, hacia ese semblante exhausto y tan extraordinariamente derrotado, y no pude más que sentir un profundo pesar hacia él, porque… santa mierda. De verdad estaba tomando esto completamente en serio.
—No sé qué esperas que diga —confesé con voz monótona.
—Solo lo que piensas. Eso estaría bien —susurró, resignado.
—Pienso que estás seriamente trastornado. Aislado de la realidad. ¿Es en serio, Edward? Dejando a un lado la parte de los vampiros heroicos, ¿de verdad esperas que me crea que eres la reencarnación de la reencarnación de la reencarnación de un pobre diablo del siglo XX, y que yo soy la copia de la copia de una lunática que se lanzó de un risco?
—Tristemente… así es.
—Pues tu configuración se volvió loca o algo así —resoplé.
Edward se levantó con brusquedad de su asiento, sobresaltándome. Me observó durante unos breves instantes, con una mano en la cintura, antes de cerrar los ojos y presionar el puente de su nariz con fuerza. Me vi sorprendida por la familiaridad de ese acto tan simple.
—Sigues convencida de que soy un androide —abrió los ojos, permaneciendo inmóvil—. Asumo que suena coherente, dentro de lo que cabe. Está bien. Resolvamos esta situación con la observación empírica. ¿Qué tengo que hacer para que me creas?
—¿Qué? —me reí.
No podía evitarlo. Todo esto era tan estúpido.
—Sólo dime qué demostración de mi parte te haría cuestionar tu realidad a favor de la que yo estoy planteando. Lo que sea, pídemelo, y haré todo lo que esté a mi alcance para concedértelo.
Me crucé de brazos, aceptando el reto. Era evidente que nada serviría para hacer que me creyera toda esa mierda, pero definitivamente quería ver a donde llevaba esto.
—Bien —me llevé la mano hacia el mentón, sintetizando—. Basándome en toda tu historia del más allá, tus hipótesis podrían resumirse en las siguientes: La primera, es que eres un vampiro. Y no un vampiro inmortal ordinario, sino uno prácticamente indestructible. La segunda —conté, enumerando con mis dedos—, es que existen dones como la telepatía y la clarividencia que, convenientemente para ustedes, solo los vampiros poseen. La cuarta corresponde a la existencia de los hombres lobo, aunque podemos dejar esa para después. Y la última hipótesis (y la más ridícula, personalmente hablando, claro), es que la vida después de la muerte se traduce en la reencarnación del espíritu. Ha sucedido contigo, y ha sucedido conmigo, solo que yo no lo recuerdo. ¿Es eso bastante acertado? —él asintió—. Entonces pienso que lo más natural sería empezar por lo básico. Debes alimentarte de un animal frente a mí.
Hubo una larga pausa.
—¿Estás segura? —preguntó, con voz calma.
—Es lo más lógico. ¿No? Los vampiros beben sangre. Quiero ver esos colmillos en acción.
Me miró, pareciendo considerar seriamente echar todo este asunto hacia atrás, pero terminó por asentir con la cabeza.
—Lo acepto. ¿Qué tienes en mente?
—Hum. Supongo que podría saltarme la escuela mañana. Podríamos buscar, no lo sé. ¿Una gallina?
A Edward no parecía hacerle gracia como yo estaba tomándome todo esto.
—Darice. Por más disparatada sea mi historia, accediste a ponerme a prueba. Necesita haber consistencia entre lo que te dije o lo que se supone debo demostrar.
Luego, tomándome completamente por sorpresa, se puso sobre sus rodillas. El impacto de tener a este hombre perfecto arrodillado frente a mí, observándome como si fuese la luz que ilumina sus mañanas, me quitó el aliento.
Y entonces volvió esa sensación. Ese deseo casi irresistible de que me envolviese entre sus fuertes brazos y me apartase lejos, muy lejos; del tedio, del sufrimiento, de la profundad soledad que sometía mi vida, y que nos dirigiera hacia el fin del mundo, hacia cielo o el infierno, si es que alguno existía.
Antes de que pudiese echarme hacia adelante y suplicar que todo aquello se me fuese concedido, Edward extendió su mano muy suavemente, con la palma hacia arriba, solicitando mi permiso para tocarme.
Coloqué mi mano sobre la suya, dura y helada. A este punto de mi delirio, sería capaz de acceder a cualquier cosa que él me pidiese.
—Necesito que me creas —su voz, dulce como la miel, fue tan agradable como una caricia—. Lo necesito, Darice, porque es la única forma de que puedas tomar una decisión. Estoy cansado de imponerme sobre ti. Pensé que había aprendido la lección, pero no lo hice, y por esa razón volví a hacerte daño. Incluso ahora, aquí, en tu presencia, suplicándote que le abras las puertas a un extraño, me sigo imponiendo. Porque pareciera que eso es lo único que sé hacer. Bien podría haber permitido que continuaras con tu vida humana sin conocerme en lo absoluto, limitándome a protegerte a lo lejos, pero tú me dijiste una vez que preferías saber la verdad antes que permanecer a ciegas, y me gustaría creer que estoy respetando tus deseos, incluso si no lo recuerdas.
Me preguntaba a quien se estaba refiriendo, si a Bella o a Alba, aunque ambas significaban prácticamente lo mismo para mí. Hipotéticamente hablando, claro. No es que nada de esto fuese cierto.
—Necesito que finjas que todo lo que te dije es en serio —continuó—. De esa manera, podré demostrarte que es verdad. Haremos las cosas a tu modo, pero solicito, con todo mi corazón, que se le atribuya toda la seriedad que parece merecer.
Sus ojos se habían convertido en algo precioso. Una mezcla dorada y desgastada de anhelo. Nunca había visto algo más hermoso.
Supe en ese preciso instante, con tanta certeza como con una rotunda escasez de pruebas o de razonamiento lógico, que no habría nadie en el mundo que me apreciaría, ni si quiera en una mínima parte, con la intensidad con la que este hombre lo hacía. Sea un androide, un vampiro, algún experimento genético, o cualquier otra cosa inimaginable; esta criatura –inhumana, de eso no cabía duda-, me amaba con todo su ser.
Y por eso supe, que nunca, jamás, correría peligro a su lado.
—Está bien —accedí, cuando al fin pude encontrar mi voz—. Te pondré a prueba. Y si logras convencerme, creeré en tu palabra. Lo juro.
Ni si quiera sé por donde empezar.
Quiero disculparme por desaparecerme un año. El tiempo vuela, de pronto, ha transcurrido un año y no me lo puedo creer.
Quiero aclarar que el fic no está abandonado, en hiatus ni nada por el estilo. Si desaparecí, es porque he tenido un año REALMENTE duro, pero no va al caso justificar ni dar razones. Jamás lo abandonaré, y estoy comprometida a actualizar lo más pronto posible.
Quiero que sepan que agradezco mucho a aquellas personas que me han acompañado hasta ahora, aquellas que me escribieron preguntando por mí, y pido mil veces perdón, porque espero que lleguen a acompañarme hasta el final. Como dije, al fic le queda, aproximadamente, 10 capítulos, aunque podría ser un poco menos. Básicamente nos encontramos en la recta final.
Cambiando de tema, y yendonos ya al contenido del fic: ¿qué les pareció? Pero sobre todo: ¿QUÉ creen que pasará ahora? Estaré esperando sus teorías. Sé que este capítulo fue algo corto, pero porque simplemente así debía ser. A partir de ahora, los capítulos recobrarán la longitud de costumbre. Incluso, es posible que se vuelvan un poco más largos. Ya veremos.
Esta vez estoy muy (muy corta) de tiempo, y no podré cumplir con mi ritual de agradecer y mencionar a todos aquellos que dejaron reviews en el anterior capitulo. No obstante, lo dejare para el siguiente, sin falta. Simplemente deben saber que AMO cada uno de sus reviews y que honestamente extrañé demasiado su acompañamiento a lo largo de esta aventura. Como dije, espero, realmente, que no hayan abandonado el barco y que aun sigan ahí, porque... wow, ¿789 reviews? Es mucho más de lo que alguna vez hubiese imaginado. Así que GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS.
Besos, abrazos, y les deseo a tod s una FELIZ NAVIDAD y un prospero AÑO NUEVO! (2019, aah, nos hacemos viejos!).
