Hola amigos y amigas. perdon por la demora, pero las fiestas me mantuvieron ocupada. DBZ y DBS ni sus personajes me pertenecen, son obra de akira toriyama.
Capitulo 3
Los días comenzaron a pasar con mayor normalidad.
Vegeta ignoraba la presencia de su padre, quien compartía muy poco tiempo con la familia. El príncipe estaba decidido a no hablar más con el Rey, por lo que apenas habían intercambiado palabra.
El Rey pensaba qué argumento usar para persuadir a su hijo, o qué hacer para que se convenciera de sus errores, sin embargo, hasta el momento no había logrado mucho.
Bulma aún creía que el Rey era un hombre herido y buscaba hablar con él, y continuaba brindándole antenciones. "Eres ilusa e imprudente" le dijo Vegeta.
- Lo se. Ya me lo habías dicho antes – bromeó Bulma.
Sin embargo, la primera vez que la peliazul y el Rey estuvieron a solas, la balanza se torció a favor de las ideas de Vegeta.
El soberano estaba particularmente de mal humor. Se sentía frustrado de ver la terquedad de su heredero y la simplicidad de la mujer que lo acompañada día a día.
- ¿Hay algo especial que te gustaría comer esta noche? A los saiyayines les gusta mucho la comida, ¿verdad?- le había preguntado la mujer.
El Rey caminó rápidamente hacia ella y luego de golpear una pared con su puño le respondió.
- ¿Qué es lo que hiciste? – le dijo con enojo.- Mi hijo era el guerrero perfecto. Nadie nunca había sido como él, y míralo ahora: un débil y patético animal doméstico. ¿Qué hiciste para arruinarlo asi?
Bulma solo lo miró. Estaba verdaderamente molesto, y a los ojos de Bulma, también desesperado.
- ¿Qué preferirías escuchar?- preguntó la mujer.- Sabes muy bien que no tengo la capacidad de coaccionar a un Saiyayin.
El Rey se había acercado aún más a ella y la miraba de forma amenazante.
- Tal vez si desaparecieras tú y tus crías, él volvería a ser como antes.- señaló el Rey mientras apoyaba una mano en la pared, cerrando el paso de Bulma.
- No es la primera amenaza de Saiyayin que recibo- le explicó con una gran sonrisa- Si quieres mátame. Sin embargo, con mis hijos es diferente. No creo que puedas ni siquiera acercarte a ellos.
Bulma lo miró firmemente a los ojos. Él vio por primera vez tan de cerca su mirada decidida y cálida. Era la misma mirada de su nieto al momento de la pelea.
- ¿Qué quieres de Vegeta? ¿Por qué él?
Bulma río ante la pregunta, molestando aún más al Rey.
- Él me hizo la misma pregunta cuando nos conocimos.
- Debes dejarlo cumplir su destino. Hay millones de hombres por ahí que pueden suplantarlo aquí.
- Tal vez a tus ojos sí lo haya. Pero para mí es irreemplazable. Además, no lo estoy obligando a quedarse aquí. No me mires como si fuese Freezer.
El Saiyayin se mantuvo en silencio unos instantes solo mirándola. Observando a esa criatura extraña y débil. Buscaba en ella motivos para que su hijo renunciara a todo solo para quedarse allí. No era fuerte, no parecía muy inteligente, no tenía ningún poder especial. Era muy bella, no podía negarlo, pero criaturas hermosas había en todo el universo y no era motivo suficiente para hacer a un príncipe renunciar a su legado.
- Eres una criatura patética.- le dijo finalmente y se marchó.
Bulma suspiró profundamente. Ella esperaba que él no fuera tan exigente y estricto. Sabía que esa actitud afectaba a Vegeta.
Su esposo apareció en la habitación a los pocos minutos de que su padre se marchara.
- ¿estuvo aquí, contigo?- indagó
- Si. Se fue hace muy poco.
Bulma seguía haciendo sus cosas tranquilamente mientras Vegeta la observaba detenidamente, intentado verificar si se encontraba bien.
- ¿pasa algo malo, Vegeta?
- No- respondió el Saiyayin en voz baja.
- No intentes convencerme de que todo está bien. Te conozco lo suficiente como para saber que andas bastante conflictuado.- señaló ella con firmeza- Lo que me gustaría saber es por qué.
- Ya sabes que me molesta que mi padre siga por aquí- explicó
- Si, lo sé. Lo que no entiendo es por qué siento que crees que estás entre la espada y la pared. ¿Quién te presiona, Vegeta? ¿Es realmente tu padre, o somos los demás?
- ¿Qué insinúas, Bulma?
- Tengo la sensación de que estás intentando demostrarnos a tus hijos y a mí que perteneces a esta familia. ¿Quiénes convercernos a nosotros, a tu padre o a ti mismo?
Bulma se acercó a Vegeta y acarició su mejilla. Él no dijo nada y solo se limitó a cerrar los ojos.
- Ya no le des más vueltas al asunto y define qué es lo que quieres.
- No tengo que decidir nada- agregó rápidamente el príncipe.
- Entonces solo aclara esos sentimientos. Me pone enferma que tu padre piense que te obligo a permanecer aquí, sin embargo, me partiría el corazón que tú creyeras lo mismo.
- ¡Sabes que no es así!- gritó el Saiyayin con molestia
- Lo sé. Es solo que escucharlo de tu boca no está mal de vez en cuando. Recuerda que vivo suponiendo muchas cosas contigo.
Bulma se marchó dejando a Vegeta solo con sus pensamientos. ¿A que se refería su mujer cuando hablaba de demostrar que es parte de su propia familia?
Se supone que él no debería demostrar nada, ni elegir nada, ni aclarar ningún sentimiento. Pero a pesar de ello era evidente que tenía un conflicto. No era solo porque su padre continuará allí. Aún no se podía responder qué haría si apareciera nuevamente su planeta. Tal vez Bulma tenía razón cuando le decía que debía definir qué quería. Él quería estar con su familia, pero quizás, si su planeta apareciera, ese querer se haría más pequeño. Su deber como príncipe también era importante. Desde los valores de los saiyayines, eso estaría bien, pero desde los valores de la Tierra, esto sería reprochable. Como Saiyayin que vivía en la Tierra, estaba en un aprieto moral.
"¿Qué es lo que tú quieres?" Retumbó en su cabeza junto al rostro de la Bulma del sueño.
Vegeta fue en busca de Trunks para entrenar y olvidar así todos esos pensamientos que lo abrumaban, pero al ver a su hijo, con su personalidad tan alegre y amorosa recordaba los niños de su planeta. Los saiyayines no eran así. Solían ser crueles y su mayor anhelo era ser fuertes. Desean superar a sus padres y abuelos, y si podían derrotarlos, humillarlos y hasta matarlos para demostrarlo, mucho mejor. Así había más gloria.
Al contrario, su hijo siempre recordaba que su padre era el más fuerte, que algún día sería como él, pero lo decía con tanto orgullo y cariño que no se parecía en nada a un niño Saiyayin.
Vegeta sonrió y llamó a Trunks.
- Te enseñaré algo nuevo.- le explicó.
- ¿De verdad?, ¡genial!, aunque… debo irme más temprano hoy. Le prometí a mamá que la ayudaría con Bulla.
- No te preocupes, llegarás a tiempo- respondió Vegeta mientras recordaba que los niños saiyayines no ayudaban a sus madres, ni cuidaban de sus hermanos. – Bulla no tendrá que esperar.
Trunks cambió su mirada por una desafiante, y con ello, comenzó el nuevo entrenamiento.
En la noche, Bulma apareció en su dormitorio solo para buscar ropa limpia y decirle a Vegeta que no dormiría. Estaba a punto de resolver un obstáculo del proyecto que tenía en curso. El Saiyayin quería creerle, pero al mismo tiempo sospechaba que ella quisiera un poco de distancia. Le costó mucho conciliar el sueño y la cama se sentía muy fría sin su esposa. Al dormir, soñó con la nave de Freezer y su vida en el espacio. Vinieron a su cabeza tantas escenas que daba por olvidadas que se sorprendió de que hubiese podido esconderlas.
Bulma trabajaba en su laboratorio. Estaba muy cerca de resolver el dilema y cuando se concentraba, las horas se pasaban sin notarlo. Ni siquiera se había percatado de que el sol ya había salido y que la hora del desayuno ya había pasado.
Bulla estaba a solo dos habitaciones de distancia, sin embargo, cuando comenzó a llorar no pudo escucharla por el leve ruido de las máquinas. Vegeta y Trunks habían salido y nadie había ido a atender a la pequeña.
El Rey Vegeta se acercó a ella y su enojo con Bulma creció aún más. Esa mañana se había levantado decidido a volver a hablar con esa mujer. Esperó en el delicado cuarto de Bulla, pero la peliazul no aparecía. "Tarde o temprano deberá aparecer" había pensado, sin embargo, el llanto de la niña lo empezaba a fastidiar, por lo que la tomó de la blanca ropa y la llevó con él. Sentía el ki de su madre.
Entró con molestia y decisión. Esa mujer lo iba a escuchar. ¿Qué estaba haciendo para perder el tiempo?.
Cuando Bulma se percató de que estaba allí dirigió su mirada a la calmada niña.
- ¿estaba llorando? – preguntó mientras se quitaba los guantes engrasados.
El Rey Vegeta miró a la niña. Ya no lloraba. Levantó la mirada y vio la gigante nave que se levantaba frente a él. Sin darse cuenta, Bulma le había quitado a la niña de las manos y la colocó en un artefacto de tela sobre la mesa de trabajo.
- Creo que le recuerdas a Vegeta. Se calmó muy fácilmente- señaló Bulma.
El soberano volvió nuevamente su atención a la peliazul.
- ¿Qué se supone que estás haciendo? – dijo retóricamente. Sin embargo, la mujer estaba tan concentrada en su trabajo que no notó el tono de su voz.
- Es una nave con dirección a distancia. Puede atravesar todo el universo sin necesidad de un piloto. Sin embargo, y a pesar de las advertencias, aún estoy intentando resolver cómo hacer para que viaje al futuro y regrese.
El Rey Vegeta no sabía si molestarse aún más con ella o preguntar por sus invenciones. Él pensaba que era una mujer tonta e inútil, pero parecía muy hábil con la tecnología.
- Es imposible viajar en el tiempo- agregó finalmente.
- Mi hijo ya lo hizo. Vino del futuro más de una vez. Es decir que, ya construí una máquina de tiempo. Sin embargo, esto es distinto, es como una forma de… hacer envíos al futuro. Me gustaría ayudarlo a reconstruir su hogar.
El soberano estaba muy confundido, pero en lugar de hacer más preguntas, recordó por qué buscaba a la peliazul.
- Eres una pésima mujer, madre y esposa. – bufó el Saiyayin.
Bulma no parecía sorprendida y eso enfadó y desconcertó al Rey.
- No es necesario que des tantas vueltas. ¿Qué quieres de mi? – preguntó la peliazul mientras trabajaba.
- Quiero que desaparezcas de la vida de Vegeta.
- Pensé que ya habíamos hablado de eso. No es tan sencillo como lo haces parecer. Además, si estás aquí nuevamente, significa que aún no has podido hacerlo cambiar de idea. – respondió Bulma.
El Rey Vegeta cayó en la cuenta de que era verdad. De nada serviría que insistiera con esa humana, por lo que se marchó rápidamente hacia el exterior de la casa, se sentó en el techo y observó todo a su alrededor.
Era un lugar tranquilo. Hacia tiempo no disfrutaba de la paz. Su planeta nunca estaba en paz, sin embargo allí era diferente. Había tanta calma. Desde que había llegado, esa era la primera vez que podía descansar. Todos esos últimos días los pensamientos lo habían abrumado. No lograba comprender cómo era posible que su raza pudiese contarse con los dedos de su mano, y sus descendientes fueran mestizos.
El Rey reconocía que su nieto era muy fuerte, pero tal vez hubiese sido más fuerte si Vegeta hubiese buscado a una mujer mejor. Esa criatura lo confundía. Se había equivocado con lo de la inteligencia, pero no con respecto a su fuerza. Era una madre y una esposa tan débil. Se comporta con tanta soltura, tanta informalidad. Las mujeres saiyayines eran estrictas y duras para fortalecer a sus hijos. Pero esta humana era todo lo contrario.
El Rey veía a los hijos de Vegeta desde allí. Ellos estaban en el jardín. El niño llevaba a su hermana y la ubicó cerca de las flores. Ambos reían. Él le hacía caras extrañas y jugaba con algunos juguetes que había en una pequeña caja. Eran tan frescos. El Rey los miraba y no concebía que fueran saiyayines. "Se comportan peor que un plebeyo" pensaba. Sin embargo, no podía ignorar que ese niño mal educado lo había vencido. Necesitaba hablar con él. Tal vez aún podía encaminar a ese niño. No se iba a perder la oportunidad de intentarlo, por lo que emprendió vuelo en dirección a los pequeños.
