Bajo del tercer piso, donde se encuentra nuestro apartamento, por las escaleras. Todo parece normal. Quizá Lily tiene razón y solo era un anuncio de una película pero...¿En qué anuncio de películas sale el mismísimo presidente?

No, no puedo dudar en este momento. Me arrepentiré después, seguro. Por suerte a una manzana de aquí cuento con un súper. Me desplazo rápido, de manera segura, tratando de ignorar el vello de mi nuca erizándose. No soy una persona que se caracterice por su valentía y llevo bastante dinero encima.

Entro al establecimiento y me fijo a mi alrededor. Varias madres con sus hijos hacen compras de última hora, un señor de avanzada edad observa las frutas y todo parece tranquilo. Quizá me estoy volviendo paranoica.

Pero esas imágenes...puedo sacrificar ponerme morena en una playa del Caribe por esas imágenes. O por el simple sentimiento de adrenalina que recorre mis venas en este momento.

Saludo con la mano a Sally, la cajera, compañera mía de la facultad.

- ¡Ey María! No te esperaba por aquí - comenta, apoyándose en la caja - ¿Vienes a por macarrones? - se queda un poco pensativa - O bueno, en tu tierra se llaman penne. ¿Vienes a por pennes María? - se ríe ante su propio chiste. Luego se pone mortalmente seria - Maldita sea, algún día tienes que invitarme a comer pasta. Tienes que hacerla como una diosa. Y yo...¡ADORO LA PASTA!

Contengo las ganas de coger la pistola de mis pantalones y abrirle un boquete en la frente.

- Que sea italiana no va ligado directamente a que sepa cocinar pasta Sally.

- María Rossi, diosa y señora de las pizzas - susurra Sally, aún en su mundo. Decido ignorarla y proseguir mi camino, acercándome a coger un carro de una de las esquinas.

Sally parece darse cuenta de que me he ido, porque sus ojos se posan en mí.

- Oh, tenemos las conservas en descuento - comenta desde lejos ya con un tono más profesional, aunque no parece demasiado profesional con esos lazos en sus dos trenzas - Compre una conserva, métala en la reserva.

- ¿Te lo has inventado tú? - pregunto al pasar a su lado, ya con el carrito en mi poder.

- Por supuesto. ¿Te gusta?

"La humanidad está condenada"

- Díselo a todos los clientes que pasen, seguro que aumentan las ventas.

Después de hacer mi buena obra del día, viendo la cara de felicidad de Sally, me dirijo, de hecho, al pasillo de las conservas. Si mi intuición se equivoca -que es lo más probable - Lily me internará en un manicomio por hacerla estar a base de conservas... ¿Dos meses? ¿Tres? Ya veré hasta dónde llega mi paranoia.

Meto la mano en el bolsillo del pantalón, siendo consciente del fajo de billetes.

"Podemos hacer una fiesta de conservas después de que digan que todo esto es una mísera broma"

Mi teléfono vibra justo cuando llego a la sección de conservantes. Lo saco y observo en la pantalla: "Mamá" mientras sigue vibrando. Me quedo unos segundos quieta, pensando si coger o no la llamada hasta que finalmente la rechazo, volviendo mi mirada a las latas de conservas. No quiero saber nada de estúpidas competiciones ahora mismo, ya la llamaré después.

Carne, tomate, atún, sardinas, verduras varias...

- Lily va a matarme.

Me paseo con el carrito lleno de latas por el resto de los pasillos. Podríamos estar un mes en el piso con eso. Nos vendrán bien para la época de exámenes.

Un niño se queda mirando mi carrito con los ojos muy abiertos, no sabiendo muy bien si se trata de una broma o qué. Le saco la lengua. Me mira como si le hubiese acribillado el corazón. Niños.

Cojo también varias bolsas de patatas fritas, algunos refrescos y pipas. Al menos así realmente parecerá que monto una fiesta cuando pague todo.

Viendo que no me cabe nada más en el carro lo dejo junto a Sally, a la que se le cae el chicle de la boca.

- Cuida tu lengua - le suelto como un acto reflejo y me aclaro la garganta - ¿Puedes cobrármelo?

Se recompone un poco de la impresión, viendo con tristeza su chicle tirado en el suelo.

- ¿Puedes pagar esto? - niega un poco, sacándose otra caja de chicles de su uniforme de trabajo - Retiro la pregunta, la cambio por otra mejor - se lo echa a la boca - ¿Qué narices pretendes hacer con todo esto María? Siento lo de la broma de los macarrones, no te la tienes que tomar tan en serio.

- Es para una fiesta que voy a hacer en casa - me excuso, sintiendo la pistola contra mi trasero. ¿Me estaré volviendo loca? - Voy a por otras cosas que necesito.

- ¿Una mega fiesta? ¿Tú? - es lo último que escucho, internándome en el pasillo de los utensilios de cocina. Una señora se avanzada edad me tapa los cuchillos.

- Disculpe, ¿me permite?

La señora me echa un vistazo, asintiendo amablemente.

- Perdona muchacha, a veces me quedo quieta en un lugar pensando cosas de anciana.

Cojo un cuchillo jamonero y otro de deshuesar, además de unas gasas, alcohol y unos coleteros. Nunca vienen mal. Cuando vuelvo a la caja Sally lleva la mitad de las conservas acumuladas en el otro lado. Una gota de sudor frío cae por mi cara al ver el precio.

Dejo los cuchillos y las gasas sobre la cinta transportadora y espero pacientemente hasta que termine.

- Visto lo visto... No sé si esto será en el campo, ya que no me has invitado - pasa una lata de judías.

- Aún no he invitado a nadie - me excuso - ¿Por qué me preguntas si es en el campo?

Mete la mano debajo del mostrador y saca cinco tipos distintos de navajas, presentándomelas mientras coge otra lata, esta vez de tomate.

- ¿Te mola alguna? No están mal de precio y para abrir las latas te vienen de miedo.

Miro el precio mientras me toco inconscientemente el bolsillo. De perdidos al río.

- Me llevo esa - señalo una negra con bordes plateados.

- ¡Genial! Mi jefe va a estar encantado con mi lema publicitario. En ti ha hecho mella DEL TODO chica - pasa unos pepinillos entretenida, llegando ya al final - ¿Con tarjeta o en efectivo?

- En efectivo - comento sacando el fajo de billetes mientras miro la factura antes de arrepentirme.

- - le taladro con la mirada pero ni siquiera lo nota. Está mirando el fajo de billetes con los ojos brillantes. - María Rossi, diosa y señora de las pizzas, ricachona escondida. ¿Sabes? Realmente pensaba que el profesor Laufeyson te dejaba que te lo tirases por las tetas pero era una hipótesis no confirmada. ¡Ahora se confirma una nueva! ¿Le has prometido un cochazo?

- Yo no me... - bufo - da igual.

Para qué tratar de desmentir un rumor que conoce media facultad. No quiero ni plantearme lo que dirán de mí a partir de hoy...si existe un mañana claro.

- ¿¡Qué has hecho María!?

Hago una mueca de fastidio cuando escucho a Lily gritar en cuanto entro al apartamento con dos bolsas llenas de conservas. Y aún me quedan cinco o seis al lado del ascensor.

- Sujétame la puerta - es la única explicación que le doy. Cuando estoy segura de que me hace caso voy entrado bolsas ante su atenta mirada, que se va abriendo más y más. - Esta es la última.

Observo el montón de bolsas en la entrada y la mirada iracunda de mi amiga.

- No pienso hablar de esto ahora - susurra, negándose a creerlo - No pienso...

- Lily yo... realmente... - al notar su tono siento, por primera vez, la necesidad de explicarme.

- No. Simplemente... No. Era una broma - me explica - Una estúpida broma y tú... ¿Cuánto te has gastado? ¿De nuestro dinero? Porque debo suponer que todo esto no puede ser tuyo. ¿Esto es el dinero de las vacaciones?

- Lily...

No me permite hablar, está demasiado enfadada. Entra en su cuarto y cierra la puerta. Yo también cierro la mía con cuidado, dejándome caer en la cama. Una broma. Todo había sido una broma.

Cojo la pistola de mis pantalones y la dejo sobre la mesita, al igual que mi libreta, guardando el suelto en el cajón. Viva yo y mis ansias de aventura. Mi deseo por cambiar la rutina diaria. Me acuesto así, con ropa, dejando que algunas lágrimas caigan por mis mejillas.

No soy más que una idiota.