A la mañana siguiente no me levanto. Escucho las bolsas sacudirse al pasar Lily por allí y luego su portazo. Jamás he faltado a clase, pero este será el primer día.
No es como si Laufeyson me echase de menos, ni sabe que existo. Ese maldito ser seductor. Las mates nunca me han gustado tanto.
A quién quiero engañar.
Termino por levantarme, derrotada y me acerco a la cocina para tomar un vaso de leche. Pateo una bolsa de conservas que hay en mi camino y me siento, apoyando mi cabeza sobre mi mano, observando el microondas dar vueltas.
Abro una bolsa de ositos de chocolate y empiezo a comer, ahogándome en mis propias penas. Quizá deba plantearme escoger el camino que me ha puesto frente a frente mi madre.
Me como otro osito.
Maldita droga que engorda.
Sin duda estar comiendo ositos en casa en vez de ir a clases es algo muy productivo.
Me levanto y voy hacia mi cuarto bolsa de ositos en mano y cojo mi libreta de la mesita, abriéndola en el acto por la primera página. "Tener una aventura" está tachado, cómo no y creo que debe permanecer así. Ya no hay aventura que valga, solo la que mi madre ha planteado para mí. La aventura de la condena: vivir mi vida haciendo algo que odio.
Mi madre...
¡Mi madre!
Tanteo mis bolsillos en busca del teléfono. Ayer con todo el drama se me pasó llamarla. Enciendo el móvil y veo que no tengo más llamadas perdidas. ¿El mundo se está acabando o qué? Suele insistir hasta que se lo cojo por no oírla.
Marco el número rodando los ojos y espero, golpeando el suelo con un pie impacientemente. Me echo un osito a la boca, esperando. Al final me salta el contestador.
- Quizá deba llamar a papá...
Un gran estruendo en la calle hace que me levante como un resorte, y la alarma de un coche resuena en el exterior formando un gran alboroto. Me acerco rápidamente a la ventana, viendo el panorama.
Dos coches se han estrellado en la calle de nuestro piso, formando una gran humareda y una cola tras ellos. Ruedo los ojos al ver a los demás coches de la fila pitar desesperados. ¿Son idiotas? Lo que deberían hacer es ayudar a los heridos. Estoy a punto de bajar a echar una mano cuando la veo, a través de la multitud.
La anciana de anoche del supermercado, sobre uno de los peatones. Parece estar comprobándole el pulso. Que una pobre anciana tenga que estar sola ayudando mientras la gente...¿Huye?
Me fijo mejor, decidida a no apartar los ojos de la escena. La anciana se yergue levemente, dejando verle bien la cara. Una cara llena de sangre por la víctima que se está comiendo.
Que se está comiendo...
No me lo pienso, simplemente salgo corriendo hacia la puerta y pongo todos los seguros que tiene. Luego rebusco en el mueble debajo de la tele. El portátil de Lily debe estar ahí.
Bingo.
Lo enciendo y en la pantalla de inicio me aparecen en mayúscula, brillantes y peligrosas, las letras de la palabra "contraseña". Me quedo unos segundos con los ojos cerrados. Hasta entonces la contraseña había sido LxM - Laufeyson x María - pero posiblemente la ha borrado por los comentarios hirientes que se ganaba por mi parte cada vez que lo comentaba.
- Bien... relájate María - me masajeo la sien, pensativa. No tengo ni idea de qué puede ser salvo algo que haya estado en su mente en ese momento.
Pruebo con su fecha de nacimiento, la mía, las típicas de tres ceros y tres nueves pero nada. El jaleo de la calle va a lograr hacerme perder la cabeza. Está bien.
"pelirrojapeligrosa"
Nada. Lanzo un suspiro.
"rimelverde"
El ordenador arranca. Elevo los brazos, triunfante y en cuanto tengo acceso al escritorio voy a Youtube y busco vídeos de supervivencia a la par que me los descargo. No vienen para nada mal, teniendo en cuenta lo que se acerca si no logran pararlo. Miro de reojo las bolsas llenas de comida y sonrío. Quizá todavía no estoy tan loca como parece.
De repente la imagen de Lily aparece en mi mente.
¡Lily está en la universidad!
Me levanto y me lanzo hacia la puerta, decidida a ir a por ella. Cuando toco el pomo me quedo quieta, mirando a la puerta de madera frente a mí y los tres cerrojos que he echado. Una idea fugaz se cruza por mi mente, deteniéndome.
"Si salgo ahí, moriré "
Pasándome la mano por el pelo, cojo el móvil de mi bolsillo y tanteo para llamarla. ¿Y si está en una situación de peligro y la condeno? No puedo hacerle eso tampoco. Por el contrario, me decido por los mensajes.
Lily ¿Estás bien?
Me quedo unos segundos mirando la pantalla del móvil, esperando.
Lily está escribiendo
Lanzó un suspiro de alivio al verlo.
Tienes que tener ovarios para hablarme María.
Y solo te respondo porque tú NUNCA escribes en clase.
¿Está en clase? Parece que todo va bien por allí. No puedo evitar volver a asomarme al exterior, viendo el caos que se ha formado en unos pocos minutos. Gente corriendo herida, con mordidas y arañazos. Algunos de los infectados persiguiéndoles en manada, otros devorando gente en el suelo. Algunos de los que habían sido atacados previamente...levantándose.
Escucha: Tienes que salir de ahí. Ya.
¿Qué narices significa eso? ESTOY EN CLASE. ¿Dónde estás tú?
En casa. Viendo cómo las personas se devoran unas a otras
Por la ventana
.Real
Voy a ser médico María, y no puedo seguir ...
Mira, se acabó. Nunca me han importado tus locuras
Pero estoy en clase, te he cogido creyendo que es importante
Hablamos en casa
¡ES IMPORTANTE!
Estás en peligro ¡Maldita sea!
¡Hazme caso por una vez en tu vida!
Viendo que no me coge el teléfono echo un vistazo a la puerta y luego a la ventana. No podía salir ahí. No podía desperdiciar mi vida así... Soy demasiado cobarde para desperdiciar mi vida así.
Me siento en el sofá, colocando el portátil sobre mis piernas, cerrando con fuerza los ojos y abriéndolos segundos después con decisión. Cojo el móvil, mordiéndome el labio y dejando caer una sola lágrima.
Adiós Lily.
No voy a llorar. No me voy a arrepentir. Lo he intentado. Esa idea se mantiene en mi mente durante unos segundos, autoengañándome.
Lo he intentado, lo he intentado, lo he intentado.
Cierro el móvil, dejándolo sobre la mesa y me centro en el portátil.
Era hora de ver unos vídeos de supervivencia.
Han pasado... ¿Cuánto? ¿Cuánto ha pasado? Ni siquiera estoy segura. Cuando se acabaron las conservas, salí al supermercado a por más. Nadie parecía haber pasado por allí tras la masacre. Nadie parecía quedar vivo en esa pequeña ciudad. Ahí fue cuando me atacó mi primer infectado. Entré en pánico en cuanto se abalanzó sobre mí y utilicé mi pistola en un acto reflejo, volándole la cabeza. No sabía que el ruido les atraía. Lo aprendí por las malas. La sangre del muerto me rebozó y por unos segundos no notaron mi presencia, hasta que mi olor se coló a través de la putrefacción que cubría mi piel. Aprendí también a camuflarme ese día.
Y aprendí, a base de perder la esperanza, que quizá yo sea la última persona viva del mundo.
Sé que ha pasado un otoño. También un invierno. Robé - si al acto se le puede considerar robar - dos pistolas automáticas de una tienda de armas del centro de la ciudad, así como un arco, un carcaj con flechas y varios cuchillos de caza. Sin duda son mejores que el cuchillo jamonero que compré tiempo atrás. Además, casi no pude contener la alegría al descubrir dos silenciadores entre unas cajas en la parte de atrás de la tienda. Soy una chica con suerte.
Transformé, en algún momento de aburrimiento, mi vestuario. Me puse una camiseta de tirantes negra para tener más movilidad contra los muertos, unos pantalones largos para evitar arañazos y unas botas, a las que les hice una pequeña rendija y las cerré herméticamente introduciendo un trozo de cristal roto y afilado en la punta. Toda precaución es poca. También me puse guantes, tratando de protegerme las manos de las flechas que estaba aprendiendo a disparar y dos brazaletes: si el muerto tiene ganas de comer, que muerda el cuero.
Al final pasaron los días conmigo metida en el piso, aprendiendo a disparar con el arco - las pistolas hacen demasiado ruido - , utilizando mis hasta entonces inservibles conocimientos de gimnasia para tratar de aprender algo de artes marciales, leyendo libros de medicina de Lily y observando a los muertos caminar como atontados por la calle.
No he vuelto a ver. Mi madre no me ha devuelto la llamada.
He perdido mucho. He perdido mis estudios, a mis amigos, posiblemente a mi familia...He perdido hasta mis sueños. Lo único que deseo perder y no he perdido aún es el miedo. A los gruñidos por la noche, las caras de los infectados en mis pesadillas.
Y hoy estoy apoyada en la ventana, mirando a la anciana del supermercado dar pasos lentos y torpes a lo largo de la acera. Desde ahí puedo ver la puerta del establecimiento. Quizá pueda pasarme y coger algo de champú, no parece que haya muchos infectados alrededor. Sé que al final tendré que irme de ese lugar, cuando agote los recursos del supermercado y tenga que internarme en la ciudad.
No se puede ir a la ciudad, allí están todos los muertos reunidos alrededor de un instituto del que todavía suena la campana. Además, el viaje es más largo que al supermercado de en frente y ya lo pasé suficientemente mal jugándome el pescuezo para ir a por las armas.
Entonces abro mucho los ojos, clavándolos en una figura humana. Ese infectado no camina atontado ni encorvado. Se mueve de forma sutil, como si danzase, fundiéndose con las sombras con la mirada fija en el súper. Durante unos segundos su mirada se clava en el piso y yo me agacho, con el corazón latiéndome a mil por hora, sopesando las posibilidades.
Eso de ahí abajo es un ser humano, uno de verdad. Es el primero que veo desde el comienzo del fin. Mi instinto me pide que baje corriendo las escaleras del piso y me lance hacia él para abrazarle, pero no me engaño. Los muertos son una amenaza, sí, al igual que los hombres. La humanidad ha cometido grandes atrocidades y yo no sé si ese hombre es bueno o es malo. Yo no dejo de ser una mujer por muchas volteretas que dé.
Aguanto la respiración cuando alguien da tres toques a la puerta con el puño cerrado. Alguien, no algo. Un muerto no hace ese sonido. Creo que ha sido un sueño pero cuando se repite desenfundo una de mis pistolas y me acerco a la mirilla.
Que Dios me dé fuerzas.
