- ¿Hola? - el extraño no alza la voz. Al parecer es consciente de los muertos.

"Maldita sea María, por supuesto que es consciente de los muertos, seguramente ha pasado por esto ahí afuera a diferencia de ti"

- Oye, me ha parecido ver a alguien desde abajo. No voy a hacerte nada - trata de convencerme con voz suave - Estoy buscando provisiones y mi furgo se ha quedado sin gasolina en el linde de la ciudad. Me he internado viendo que no hay muchos caminantes y he descubierto ese supermercado - se explica - Al girar la vista te he descubierto en la ventana y he decidido subir.

Echo un ojo por la mirilla de la puerta. Me encuentro frente a mi a un hombre atlético, de pelo largo y castaño y barba bastante abundante. Me quedo unos segundos mirando sus ojos azul cielo, buscando mentira en ellos. Al no encontrarla y justo cuando se está girando para irse, quito los tres pestillos y abro la puerta, manteniendo las distancias y apuntándolo con la pistola.

Él se queda unos segundos sorprendido al verme y luego me regala una gran sonrisa, levantando los brazos.

- Me llamo Paul Rovia - se presenta - Aunque todo el mundo me llama Jesús.

- ¿Vas armado? - pregunto analizándole de arriba a abajo. Se le ve demasiado bien aseado como para estar solo en esta apocalipsis.

El hombre saca una pistola de sus pantalones y me la tiende. Yo la cojo rápidamente, guardándomela en el lugar en el que debería estar la mía.

- ¿Algo más?

- Bueno, sé artes marciales, pero eso no puedo entregártelo.

Le hago un gesto para que pase sin dejar de apuntarle con el arma. Cierro la puerta y la aseguro.

- Vaya, esto es bastante alucinante - comenta mirando mi televisión, recubierta con cojines y con una diana pintada con maquillaje en el centro. Mi mirada se posa en el arco, apoyado contra la pared junto a la televisión, pero al ver que no hace ningún movimiento extraño para cogerlo me relajo un poco - ¿Sabes disparar?

- He aprendido a base de tutoriales de Youtube.

- ¿Tienes internet? - sus ojos se abren, asombrado.

- Me descargué unos vídeos de supervivencia cuando empezó todo. Me los vi seguidos tomando nota mientras se gastaba la batería - explico, relajándome paulatinamente con la charla - Para cuando se agotó tenía suficiente información como para ser autodidacta. No he salido de aquí desde que...desde que empezó todo.

Jesús echa un breve vistazo a su alrededor.

- ¿Te importa que me siente? Estoy molido.

Me quedo estática unos segundos. Ese hombre parece demasiado pacífico para ser normal.

- Puedes sentarte - nada más darle permiso, se deja caer sobre el sofá - Soy María Rossi. Disculpa que no me haya presentado - dejo su arma en una mesa y guardo la mía, aunque mantengo la mano sobre un cuchillo escondido en mi pantalón por si hace algún movimiento - Soy precavida.

- Es normal, dado el mundo en el que vivimos. ¿Esta es tu casa?

Asiento, apoyándome en la pared.

- Solo he salido un par de veces a por provisiones y armas - explico. No sé cuánto hace que no hablo con alguien pero eso me da más ganas de hablar - o a practicar el tiro al infectado cuando hay uno o dos.

- Yo los llamo caminantes - me mira. Es agradable mirar a los ojos a otra persona.

- ¿Quieres comer o beber? Está anocheciendo. Hay otro cuarto y puedes quedarte - no puedo creer que esté haciendo ese ofrecimiento y él tampoco parece creerlo. Debo estar desesperada por el contacto humano.

- No te preocupes, tranquila - me sonríe de medio lado - No quiero tenerte toda la noche con la mano sobre el cuchillo. De todas formas debo volver a mi furgoneta.

Noto cómo el sonrojo sube por mi cuello hasta mis mejillas. A él parece divertirle eso, porque hace una mueca entretenida. En un acto de estupidez cojo su pistola y se la devuelvo.

- Eres una caja de sorpresas María - acepta el arma guardándosela en el pantalón.

- Sé reconocer la bondad en las personas - elevo los hombros - iré a por unas latas. Puedes darte una ducha si quieres. El agua está fría, pero es agua al fin y al cabo.

- Yo también sé reconocer la bondad en las personas - me comenta antes de que me vaya - Vengo de una comunidad al este de aquí, a dos días de viaje. Se llama Hilltop. Somos en torno a cincuenta personas y es una zona segura.

Abro los labios sorprendida. Cincuenta personas. Viviendo en comunidad.

- Tenemos una buena verja y vigilantes que nos protegen de los muertos. Vivimos en caravanas, pero podemos salir al aire libre y cultivamos gran parte de nuestra comida - sigue comentando, sin apartar la vista de mí - Yo suelo buscar comunidades para hacer trueques pero...no creo que haya problema con que vengas. También puedes quedarte aquí claro.

Me quedo unos segundos estática, sin saber muy bien qué decir. Una comunidad...personas con las que hablar, con las que compartir.

- Yo... Tendría que pensármelo - Puede ser una trampa. Todo puede ser una trampa.

- Lo entiendo.

Cojo dos latas de conserva de la cocina y las llevo al salón, utilizando mi navaja para abrirlas. Le entrego una a Jesús y ambos comemos, charlando como si nos conociésemos de toda la vida. No me había reído tanto desde antes del apocalipsis.

- Y luego le dije: ¡Hermano! ¡Ese es mi tomate!

Lanzo una risotada y me aparto las lágrimas de la cara. Maldito chiflado. Él también se ríe brevemente.

- ¿A ti te han robado algún tomate?

Niego, mordiéndome el labio para no volver a reírme. ¿Qué clase de tarado pregunta eso?

- Mis padres vinieron desde Italia por temas de trabajo. Soy de Atlanta.

Jesús silba.

- Eso está bastante lejos.

Asiento.

- Me mudé por la universidad. Soy...era - me corrijo - Estudiante de química. Compartía el piso con mi mejor amiga, Lily, que estudiaba medicina. Desde que esto empezó no la he vuelto a ver. A mi me pilló en casa.

- Lo lamento - me dice con sinceridad - Yo he perdido a mis amigos, mi familia, mi novio - advierto la última palabra - pero allí en Hilltop todos somos como una gran familia.

Sonrío de medio lado, imaginando el panorama. Un panorama que se me hace cálido y agradable.

- Creo que me encantará ir a Hilltop contigo.

- ¿Lo dices en serio? ¿Aceptas? - parece bastante feliz - Entiendo que pueda resultarte difícil alejarte del lugar que te ha acogido durante todo este tiempo y más con alguien que no conoces de nada.

- Es hora de que me desligue -elevo los hombros, aunque algo dentro de mi se retuerce.- No puedo estar aquí encerrada, tengo que empezar a tomar riesgos.

- Pues fantástico. Asaltamos el supermercado antes de que se vaya el sol, nos vamos a mi furgoneta y ponemos rumbo a Hilltop.

- Puede que te dé otra alegría esta noche - comento con una media sonrisa.

- No sé qué más puede sorprenderme - bromea.

- Hay una tienda de armas cerca del centro de la ciudad. - sus ojos brillan - Se tarda media hora a pie en llegar pero la alarma del instituto sigue encendida así que la mayoría de infectados están allí. Fácil de entrar, fácil de salir.

- Eso suena a bendición del cielo - lanza un suspiro - Teníamos armas, pero ya no. Hay otro grupo llamado los Salvadores. Nos quitan nuestros recursos y suministros a cambio de "protección" - hace las comillas con los dedos - que no necesitamos. No podemos hacer nada contra ellos y cada vez nos cuesta más defendernos de los caminantes.

- Pues os voy a suplir de armas, cortesía de la casa.

- Nos vas a suplir de armas - me corrige - Tú ya eres de los nuestros.

Jesús y yo hacemos inventario mientras metemos las cosas en la furgoneta. Él no puede verse más feliz. Durante la recolección de armas no hubo problema con ningún infectado, ni tampoco al recoger suministros. Casi todos, como bien había predicho, estaban concentrados en el instituto. Lo único malo es que ha caído la noche.

Lo que más me ha costado ha sido decidir qué me llevaba de la casa. Tengo muchos recuerdos, pero sé que eso solo es una pérdida de espacio. Al final terminé por llevarme los libros de medicina de Lily, mis armas y mi libreta.

Habíamos tenido que dar varios viajes con todo, pero con suerte la furgoneta estaba cerca. Cinco carritos de la compra después y teníamos todo listo.

- Realmente no me puedo creer que haya llenado esto - le da unos golpes a la furgoneta - Gregory va a adorarnos cuando regresemos con este botín.

- ¿Gregory?

- Es el líder de Hilltop. Un maldito cobarde, pero hay que convivir con él hasta que otro mejor ocupe su puesto.

Asiento, pensativa. Realmente yo también soy una cobarde.

- Ya solo queda la gasolina - suspiro - Mi sentido de la orientación es nulo pero hay una a un kilómetro más o menos del súper siguiendo la carretera.

Jesús lanza un vistazo al camino por donde hemos venido y luego al interior del bosque.

- Pues sí que he tenido mala suerte. - sonríe mirándome - O buena. Si me hubiese quedado tirado allí no te hubiese conocido. -señala la carretera - Debe estar a unos 500 metros de aquí. Es a la entrada de la ciudad ¿no?

Asiento.

- Pues demos un paseo bajo la preciosa luz de la luna.

Ambos caminamos a paso rápido por la carretera, atentos a cualquier gruñido. Yo especialmente tensa.

- Allí - señala. Veo la gasolinera efectivamente a lo lejos - ¿Carrera?

- Puede haber infectados - miro la gasolinera entornando los ojos, sacando mi arco y una flecha - ¿Sabes? Es bastante sorprendente tu...¿astucia? - comento para quitarme el miedo del cuerpo. No puedo evitar susurrar.

Sus ojos brillan de forma inteligente, entretenido con la conversación.

- Mi astucia ¿eh?

- En un segundo te estaba amenazando con una pistola y al siguiente somos amigos de toda la vida.

Eleva los hombros.

- Será mi encanto natural - por la forma en la que lo dice sé que no es solo su encanto natural y realmente sí que sabe controlar a las personas. ¿Estaré cometiendo un error yéndome con él? - Además, nos conocemos ya de varias horas.

Cuando estamos frente a la gasolinera, un escalofrío me recorre la espalda. No se ve nada a través de los cristales impregnados de suciedad y la propia oscuridad. Escucho un crujido a mi espalda y pego un bote, acercándome instintivamente a Jesús.

- Puedes quedarte aquí a vigilar si así lo quieres - me pone la mano sobre el hombro y yo le miro de reojo - ¿Primera vez de noche?

Asiento.

- A los caminantes, para matarles, hay que darles en la cabeza - explica. De forma automática entro en estado de atención. Después de tantas clases ya estoy acostumbrada a notar cuándo algo me va a servir y cuándo no. Sé que hay que darles en la cabeza, no sé cuánto tiempo he estado jugando al tiro al infectado - Es mejor utilizar cuchillos o... - se agacha y coge una tubería, dando un golpe con ella en su palma abierta - Cualquier cosa que dé buenos golpes.

- ¿No es más fácil un tiro?

- El ruido ¿recuerdas? - frunzo el ceño. Cierto. Por algo aprendí a usar el arco. Me sonrojo ante mi propia inutilidad - Pistola solo en caso de necesidad. - hace una pausa, pensativo - Si algo sale mal y te encuentras con una muchedumbre, date un baño de sesos. No te huelen. Eso puede salvarte la vida.

- Entendido. - mis teorías se confirman.

- ¿Crees que estás preparada para entrar? - asiento - ¿Completamente?

- ¿Es que quieres entrar solo? - ruedo los ojos - Estoy todo lo segura que puedo. Deja de preguntarme.

Lanza una breve risa y comienza a darle golpes a la puerta.

- ¿¡Qué haces!? - exclamo en un susurro.

- Los atraigo. Atenta.

En pocos segundos un infectado se golpea contra la pared, retregándose contra los cristales desde dentro y llenándolos de sangre.

- ¿Ves alguno más?

Niego.

- Por ahora...no. Tampoco tengo visión nocturna - comento irónica, observando al infectado a través del cristal borroso.

Él me mira, bastante sorprendido en un principio. Luego me regala una media sonrisa.

- Wow, ese humor tuyo es... explosivo - comenta observando al zombie - No es normal encontrarse a alguien tan sarcástico con un casi desconocido.

Con un golpe seco de tubería abre la puerta y pasa, dirigiendo su mirada al lugar donde habíamos visto al muerto segundos antes. En breves segundos está definitivamente muerto en el suelo con un boquete en la cabeza.

- ¿Ves algo de provecho? - echo una ojeada, pero solo veo oscuridad.

- ¿Te respondo de nuevo con mi humor explosivo?

Entretenido, Jesús se gira hacia la salida.

- Vamos a por gasolina, no merece la pena. Ya volveremos otro día.

Un crujido hace que me quede estática, observando la oscuridad. Jesús parece no haberlo oído y sale tranquilamente. Me mantengo quieta, con los ojos clavados en la penumbra.

Lanzo un suspiro al aire. Me lo he imaginado.

Justo cuando me estoy dando la vuelta un muerto se lanza hacia mí, tirándome al suelo. Lanzo un fuerte chillido, pataleando y agarrándolo del cuello, tratando de defenderme en vano. Estoy sufriendo un ataque de pánico en este mismo instante.

Justo cuando su mandíbula está a centímetros de mi cara, Jesús aparece, dándole una patada de noventa grados al infectado y destrozándole el cráneo con una tubería.

Cuando se agacha a comprobar mi estado, me lanzo hacia él abrazándolo, con lágrimas en los ojos.

Quizá realmente, después de tanta preparación, no estoy lista para el mundo exterior.