El universo de InuYasha pertenece a Rumiko Takahashi

Los derechos de la imagen de portada no me pertenecen.

Nansei

«Suroeste»

Parte I. Relatos del Sur

¿Cómo puedo alejarte cuando estás tan dentro de mi?

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I. II Primer Encuentro

No sería hasta muchos años después que la pequeña Kagome se enteraría de los complicados sucesos que había traído su existencia consigo, y como toda historia, debía ser contada desde el principio.

Era sabido por las cuatro casas cardinales que los señores del Sur eran amables y cálidos con todos. Nunca tenían conflictos porque rara vez eran hostiles. Además Eiji, poderoso y temido guerrero cuervo siempre sabía como resolver desacuerdos sin llegar a una batalla.

El Lord del Sur detestaba la guerra, había pasado por tantas en sus más de mil años que estaba asqueado de ellas y de las consecuencias que traían, pues nunca nadie salía vencedor de una.

Kai, señora del Sur, era una mujer cuervo preciosa, de larga y espesa cabellera negra, gentil y recatada que amaba enormemente a su compañero. Pero a pesar de su profundo amor, nunca fue capaz de brindarle un heredero por más suplicas que hizo a los Dioses.

Un día, embargada por la pena y el cansancio ante la perdida de su último hijo, la señora del Sur entregó su suspiro final.

Devastado por la tragedia, Eiji batió sus majestuosas alas negras y emprendió vuelo, abandonando el castillo por sesenta días y sesenta noches, en busca de algún consuelo para su enorme dolor o bien un enemigo que le pusiera fin a su ya marchita vida.

Durante la última noche, mientras observaba el cielo nocturno desde la rama más alta de un árbol, un llanto atrajo su atención.

Era el inconfundible sonido de un ser recién llegado al mundo, que no hizo más que recordarle a su amada y su heredero no nacido.

Bajó de un salto de su lugar de reposo, y se adentró en el bosque, llamado por la curiosidad que se manifestaba con el bombeo acelerado de su corazón, ansioso por ver al dueño de tan maravilloso sonido.

La encontró ahí, llorando sin consuelo bajo un árbol, en los brazos de una mujer humana que agonizaba en un estado que reconoció como famélico.

Movido por su solidaridad con todos los seres sin importar su especie, se arrodilló al lado de la joven dispuesto a ayudarla a pesar de que el olor a muerte ya la había atrapado, viendo inevitablemente a su amada Kai en ella.

La respiración de la humana era pesada y torpe, constándole más y más cada inhalación.

En sus brazos, el bebé no hacia más que retorcerse incómodo, buscando protección del frio característico de las noches de noviembre.

Eiji tocó el hombro de la chica, buscando su atención, obteniendo una mirada cansada y derrotada.

–Kagome…–el susurro fue tan débil, que si el Lord no hubiera sido un demonio no lo habría entendido.–Po…por favor.

El Lord nunca supo si la suplica de la mujer era por su vida o la de la pequeña, pues después de eso, la frágil humana cerró los ojos al tiempo que su ya débil corazón dejaba de funcionar.

El Daiyokai del Sur conmovido, tomó a la criatura que, como si hubiera entendido la situación, había dejado de llorar, guardando respeto.

La tomó con delicadeza de los brazos de la humana, pues no podía simplemente irse y abandonarla. Por lo que decidió dejarla en la aldea más cercana para que tuviera oportunidades de vivir.

No estaba muy familiarizado con el ritmo de crecimiento de las crías humanas, sin embargo, al observarla dedujo que no podía tener más de unos meses en el mundo.

Acarició con añoranza las cortas hebras negras pegadas a su pequeña cabeza, tan similares pero tan diferentes a las suyas, pues desprendían un destello azul que creaba una combinación admirable.

—Kai…–murmuró con la voz cargada de tristeza, tratando de imaginar lo que diría su compañera si estuviera a su lado en esa situación.

Llamada por el sonido, la bebé dirigió su mirada por primera vez al Lord del Sur, atrapándolo en esos orbes celestes que poseía, hipnotizándolo a tal grado que sentía la ternura por ese ser burbujear desde el fondo de su pecho.

Algo cálido palpitó dentro de él mientras mantenía el contacto visual con la pequeña bebé, como si una atracción natural lo uniera a ella. De pronto la idea de dejarla en una aldea humana le pareció imposible, pues no quería pensar en la idea de no volver a verla nunca más.

Debía protegerla.

Fue con ese pensamiento en mente que Eiji, Lord del Sur, envolvió con cariño a la pequeña humana entre su Kimono y emprendió el vuelo de regreso a su territorio, dispuesto a cortar en dos a cualquiera que tuviera una objeción ante su recién encontrada heredera.

Sintió los brazos de Kai a su alrededor, mostrando su apoyo en la decisión que había tomado, confortándolo desde el fondo de su alma.

Asustada por la nueva altura, la bebé comenzó a llorar, haciendo al Lord soltar una pequeña risa. La primera en mucho tiempo.

—Todo estará bien–musitó, recordando entonces el susurro de la madre de la pequeña–. Yo te protegeré, Kagome.


Cuando los yokai que servían en el palacio del Sur sintieron la presencia de su amo regresar a sus terrenos, todo se alborotó.

Los guardias corrieron a recibirlo en la entrada principal mientras que el personal de limpieza y mantenimiento se apresuró en dejar todo aún más impecable para el recibimiento de su señor.

El imponente cuervo, de gran altura y larga cabellera oscura amarrada en una coleta alta, descendió con la gracia característica de un Daiyokai.

–He vuelto –saludó a quienes le rodeaban, mirando alrededor con sus profundos ojos rojos, inconscientemente buscando a su compañera, solo para después ser embargado de nueva cuenta por la pena al no encontrarla.

–Bienvenido, milord. –Le recibió una Yokai de cabellos verdes, denotando el enorme alivio que sentía al verlo de nuevo.

Eiji suavizó sus facciones, sabiendo que la mujer probablemente había sido la encargada de evitar que todo el palacio se sumiera en un caos absoluto debido a su repentina partida, después de todo, tenia más de dos siglos siendo la jefa del servicio.

–Gracias, Chioko. –Le dirigió un asentimiento de cabeza y se adentró a su hogar.

Inquieta por el movimiento, Kagome, quien había estado profundamente dormida hasta hacia poco, comenzó a llorar alertando a todos los presentes que habían comenzado a sentir la leve esencia humana entre las ropa de su señor.

–Milord, ¿ese llanto…?

–Es mi heredera. –Cortó Eiji de tajó antes de que su jefa del servicio pudiera decir algo más.

La conmoción no se hizo esperar en los rostros de los que estaban ahí presentes quienes no podían más que pensar que el Lord había perdido la cabeza por la pérdida de su mujer y su heredero.

El olor a desconcierto y molestia comenzó a inundar las fosas nasales del señor del Sur, en cuya mente ya comenzaba a trazarse un plan para proteger a su pequeña hija de la malicia de los demonios.

Dirigiéndose a Chioko nuevamente, Eiji ordenó:

–Envía una carta urgente a Inu no Taisho solicitando su presencia.


Cuando su padre lo llevó con él a responder el llamado del Lord vecino de las tierras del Sur, Sesshōmaru nunca imaginó el disgusto que se llevaría. Estaba tan furioso que realmente necesitaba matar algo.

Lo que sea. Cualquier cosa que le diera la suficiente batalla como para colmar los instintos asesinos que sentía en esos momentos hacia su progenitor.

Mientras recorría los pasillos del castillo Sur buscando la salida, muchos demonios le evitaban, consientes de que no era buena idea cruzarse con él en ese momento. Probablemente alertados por la furia que su aura despedía en ese momento.

El ambiente dentro del lugar era más que denso, y el heredero de Oeste podía estar seguro que era por esa cría humana y la decisión tan estúpida de el Lord del Sur de convertirla en su heredera.

Porque bien podía simplemente ser su protegida, pero llegar al extremo de darle el Sur, era para pensar que había algo mal con la mente del respetado guerrero cuervo.

Dobló por uno de los tantos pasillos y dentro de una de las habitaciones pudo sentir el claro olor de la fuente de su molestia.

El único olor que desentonaba con toda la esencia del lugar.

Un humano.

Sesshōmaru se adentró en la solitaria habitación, donde encontró acostada sobre el futon a la bebé humana, que a su vez era rodeada por otros almohadones para evitar que se hiciera algún tipo de daño.

Dormía plácidamente. Ajena a todo el peligro que rodeaba su minúscula existencia.

Se arrodilló a su lado, buscando que era aquello que la hacía tan especial como para que un demonio estuviera dispuesto a dar tanto por ella.

No veía nada fuera de lo común, así que probablemente Eiji simplemente había enloquecido por la pena.

Matarla ni siquiera representaría un esfuerzo para él, todo lo que tenía que hacer era aplicar una presión mínima sobre ese frágil cuello o atravesar el corazón con una de sus garras y todos sus problemas estaría resueltos.

Llevado por sus instintos, el heredero movió una de sus manos cerca de la infante, deteniéndose en el instante en que la criatura abrió los ojos, como si en su parpadear tuviera alguna clase de hechizo desconocido.

Se quedó petrificado, observando el brillo azul de los ojos de esa humana.

Eran antinaturales. Nunca había visto a un humano que poseyera ojos con una belleza equiparable a la de un Yokai.

No supo cuanto tiempo se quedó petrificado, perdido en esa mirada que no hacia más que escudriñarlo con curiosidad. Sin miedo o desconfianza.

Solo curiosidad.

Esto lo descolocó, pues no estaba acostumbrado a recibir esa clase de miradas, por lo regular, lo pocos humanos que se topaba, huían de él inmediatamente, inclusive algunos demonios lo hacían.

Sesshōmaru relajó sus garras, acercándose de nueva cuenta al pequeño cuerpo, de una forma diferente; más delicado, más cuidadoso, retrayendo sus garras para que la caricia que daría sobre su cabeza no fuera a dañarle.

Ese simple acto hizo que la niña humana soltara una enorme carcajada, encantada ante el tacto del desconocido frente a ella.

No podía matarla.

Lo deseaba tanto y aún así no podía.

–¡Sesshōmaru-sama! –Fue el grito de sorpresa que lo hizo salir de su trance con la pequeña. Volteó de reojo, reconociendo a una de las demonio que se encargaban de mantener el orden en el lugar, siendo ella probablemente la encargada de cuidar a la nueva heredera del Sur.

Se irguió de nueva cuenta, alejándose de la niña quien de inmediato comenzó a llorar ante la falta de cercanía.

La yokai se apresuró a ella.

–Lo siento mucho, a Kagome-sama no le gustan los extraños –excusó la joven demonio mientras la alzaba en sus brazos con suma delicadeza.

Sesshōmaru se marchó, sin decir una sola palabra y terminó por salir del lugar, como lo había planeado desde el principio.

De pronto su mente comenzó a crear toda clase de excusas sobre porque no debía matarla. Inició a razonar el hecho de que ese aparentemente simple acto detonaría la furia del Sur y de su padre, cosa que representaría una molestia aún mayor para su persona…

Mientras pensaba en las consecuencias que matar a la humana podría traerle, en la parte más profunda de su cabeza continuaba reproduciéndose la imagen de los enormes ojos azules que le miraban con toda la confianza del mundo. Como si fueran consientes de que él no la lastimaría cuando ni siquiera él mismo lo sabía.

Kagome…


¡Hola otra vez!

Wow, esto tuvo mejor recepción de la que esperaba x3 muchas gracias!

Creanme que trataré de seguir sus peticiones de capítulos más largos, pero nunca se me ha dado muy bien x)

La estructura de los capítulos corre en mi mente, siempre hay un momento hasta donde considero debo dejarlo y ya no doy para más.

Sin embargo, como compensación trataré de traerles actualización semanal.

¡Así que nos estaremos leyendo cada viernes! :D

Pero en fiiin, aaaah el primer encuentro de Sessh y Kag *suspiro* se viene el inicio de algo bueno *corazón*

¡Nos leemos el próximo viernes! Cuídense mucho hasta entonces ;D