El universo de InuYasha pertenece a Rumiko Takahashi

Los derechos de la imagen de portada no me pertenecen.

Nansei

«Suroeste»

Parte I. Relatos del Sur

¿Cómo puedo alejarte cuando estás tan dentro de mi?

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I. IV Poder Espiritual

Midoriko no recordaba un solo momento en su vida en que no hubiera luchado.

Sus padres la abandonaron, pues su enorme poder espiritual, perceptible incluso para humanos comunes, no hacia más que atraer a demonios a su aldea, por lo que la dejaron sola en lo profundo de un bosque.

Estaba segura de que habría muerto de no ser porque un monje la encontró cuando estaba a punto de ser devorada por un demonio en forma de mono.

El monje la llevó con él y la dejó bajo el cuidado de la sacerdotisa de un templo en lo alto de una montaña, quien que se encargaba de mantener una barrera alrededor de la aldea de exterminadores que estaba al pie de la misma, por lo que no había otro lugar más seguro para ella y su desbordante poder.

En ese entonces, Midoriko tenia solo seis años, y desde ese momento la señora sacerdotisa se encargó de enseñarla a manejar su poder espiritual de forma adecuada.

Cada que acompañaba a su maestra a la aldea, terminaba fascinada ante los entrenamientos de los exterminadores. Le encantaba contemplar esa rapidez, esa agilidad ¡esa fuerza! Esa fuerza que tanto añoraba tener para que ningún demonio o humano pudiera dañarla jamás.

Fue en un momento de valentía que se atrevió a pedirle a uno de los maestros que le enseñara a usar armas y a luchar como ellos, pues quería sentirse segura y ser capaz de proteger lo que le importa.

Entrenó muy duro a partir de ese momento, por las mañanas practicaba el canalizar su poder espiritual a los objetos en el templo y por las tardes entrenaba su cuerpo en el dominio de distintas armas, adoptando a la espada como su favorita.

Cuando se sintió lista para partir de ese lugar, la señora sacerdotisa y el líder de la aldea de exterminadores se unieron para darle un regalo:

Su propia espada y armadura, forjadas en la aldea según las indicaciones de la sacerdotisa mayor para que pudieran seguir el ritmo de su poder espiritual.

En ese entonces tenía ya quince años y era el primer regalo que recibía.

Fue durante sus viajes sin rumbo fijo, dedicándose al exterminio de demonios y protegiendo aldeas, que conoció a los señores del Sur.

Esa fue la primera vez que intervino en un conflicto donde ambas partes implicadas eran demonios. Era tan injusto que por más aversión que sintiera ante esos seres no podía simplemente mirar a otro lado:

Un grupo de aves de fuego atacaban sin tregua a una mujer cuervo tendida sobre la hierba, visiblemente herida.

Sin mucho análisis previo Midoriko fue a su rescate con espada en mano.

Eran cinco demonios y sin dificultad cortó a uno de ellos de un solo tajo, lo que provocó la alerta en los demás que dirigieron sus ataques hacia ella. Midoriko no quería liberar energía que los purificara a todos, pues no quería dañar a la mujer, así que utilizó su fuerza bruta para derrotarlos.

Uno de ellos la atacó cobardemente por la espalda y habría sido un golpe fatal para ella de no ser por que fue detenido por las alas de un tengu macho e imponente que le ayudó a terminar con las aves en un suspiro.

–¡Kai! –Recuerda claramente el grito del hombre desesperado antes de abrazarla con un amor que no había visto expresar a ningún demonio con anterioridad.

Ni a ningún humano, si debía ser sincera.

Ambos estaban tan agradecidos con ella que la invitaron a dormir en su hogar esa noche, lo cual la consternó de sobre manera pues no estaba acostumbrada a recibir cordialidades de demonios.

En esa noche, ellos supieron toda su historia y ella la de ellos. Supo que esos demonios ave buscaban dañarla para incitar a una guerra con el este, probablemente orquestado por alguna otra casa cardinal.

La sacerdotisa quedó encantada con Kai, era una demonio tan dulce pero tan frágil que no podía salir mucho, por lo que Midoriko prometió visitarla cada que pudiera para contarle sus recientes aventuras.

Y así lo hizo durante dos años, hasta que supo de la muerte de su querida amiga. Después, no volvió a pisar el Sur en un tiempo.

Es por eso que le sorprendió cuando fue encontrada por unos cuervos, que reconoció como parte del ejercito de Eiji, que le dieron el mensaje por parte de su señor sobre que su presencia era necesaria.

Midoriko los siguió, sin dudar, pues su afecto por el Lord del Sur era, si bien no como el que sentía hacia Kai, lo suficientemente grande para acudir en su auxilio si él la necesitaba.

Se montó en Kirara, la compañera nekomata que se había unido a ella durante uno de sus recorridos, y siguió sin problema a los demonios cuervo por el aire.

Cuando arribó al lugar después de casi diez años, fue recibida con la misma mirada amable de Eiji que recordaba.

Seguía igual a cuando se había marchado, excepto por el evidente destello de tristeza que había dejado la partida de Kai.

–Eiji-sama –saludó con respeto al tiempo que hacia una reverencia, como era su costumbre.

–Midoriko –correspondió el saludo, reconociendo los cambios perceptibles en el rostro de la sacerdotisa que ya no era una muchacha adolescente, sus rasgos ya maduros delataban lo rápido que pasaba el tiempo para los humanos–. Ha sido un tiempo, vieja amiga.

Midoriko sonrío, entendiendo lo que el Lord intentaba decir.

–Bueno, no todos contamos con magnifica sangre yokai, milord.

Eiji soltó una carcajada.

–No has cambiado en nada –sonrío, para después posar su atención en Kirara–, y veo que has tenido buena compañía. Acompáñame dentro.

La sacerdotisa regresó el gesto, mientras seguía al señor del sur a través de un extenso pasillo con Kirara en su forma pequeña en sus brazos, hasta un enorme salón con una mesa de té en el centro, donde la pequeña yokai se situó al lado de las piernas de su ama.

–¿A qué se debe tan inesperado llamado, Eiji-sama? –Inquirió Midoriko mientras observaba a Chioko servir el té.

En respuesta Eiji ordenó que abrieran la puerta corrediza:

–Kagome ven aquí –llamó–, quiero que saludes a alguien.

Tímida, la pequeña asomó la cabeza por la puerta y avanzó lentamente hacia Midoriko.

Una vez frente a ella hizo una reverencia de noventa grados para presentarse:

–Mucho gusto, soy Kagome.

Cuando se incorporó tomó su lugar al lado de su padre, sentada sobre sus pantorrillas.

–Es mi heredera. –Explicó Eiji, de forma casual.

Por supuesto, la sorpresa no hizo esperar ante lo dicho, pues la humanidad en la niña era evidente y la sacerdotisa necesitaba una explicación ante eso.

–Un placer, Kagome –se las arregló para decir con un tono dulce–, mi nombre es Midoriko.

Cuando terminó de hablar, sintió un palpitar dentro de ella que la obligó a cerrar los ojos. La sacerdotisa se concentró y aspiró fuertemente por la boca, asegurándose de lo que sentía.

–Tiene poder espiritual. –Reconoció, para después mirar a Eiji fijamente– ¿Es por eso que me has llamado?

El nombrado abrió los ojos con sorpresa, cosa que descolocó a Midoriko.

–Te he llamado porque quiero que la enseñes a protegerse de demonios –hizo una pausa antes de continuar, analizando el nuevo dato obtenido–, pero…¿me estás diciendo que podría ser una sacerdotisa?

Midoriko aspiró de nueva cuenta, sintiendo el ambiente del lugar. Cuando abrió los ojos se encontró con la profunda mirada azul de la niña, que la miraba con un enorme interés. Vio la pureza bailar en ese precioso iris y reconoció en ella mezclado el brillo de un enorme poder espiritual.

–Sí –confirmó, más para si misma–. Sí, definitivamente. Con el correcto entrenamiento podría explotar enormemente el poder que lleva dentro.

Una felicidad inesperada burbujeó dentro del cuerpo del demonio cabello oscuro.

–¿Crees que podrías hacerlo?

La sacerdotisa sopesó la idea durante unos segundos, admirando de nueva cuenta a la niña, sintiendo como su aura de pureza la abrazaba, como si purificara todo lo que entrara en contacto con ella.

Su poder era diferente al suyo, no hacia daño, era…era como si su sola presencia fuera un cobijo cálido para el alma, sea demonio o humano.

–No tengo problema –aceptó–, pero…¿por qué quieres que se proteja?

El rostro de Eiji mostró una sonrisa triste.

–Es…es una larga historia.


Cuando Eiji terminó de relatarle lo sucedido, Midoriko no pudo evitar reflejarse en ella, probablemente su madre había sido exiliada de alguna aldea debido al poder espiritual de la niña que no hacia más que atraer demonios.

Incluso podría apostar su vida a que la fuerte conexión que sentía el Lord del Sur hacia ella era precisamente por la enorme fuerza espiritual que palpitaba en su interior, pues no había mayor prueba de su enorme poder que el precioso celeste que brillaba en sus ojos, llenos de la pureza del poder de una sacerdotisa.

Se guardó esa información para ella, pues no quería que el demonio se sintiera manipulado de alguna forma y decidiera quitarle el hogar tan hermoso que había decidido darle a la niña.

Midoriko se prometió a si misma que daría todo dentro de sí para lograr que Kagome pudiera defenderse de ese mundo tan cálido pero peligroso en el que había acabado envuelta, para que ningún ser –humano o demonio– pudiera dañar a esa alma tan pura.


Oh bueno, sobreviví otro viernes x3

Hoy no tengo mucho que decir salvo que espero que hayan disfrutado el capitulo.

Y queee...paciencia, paciencia. Ya no falta tanto para ver a nuestra Kagome adulta c;

No duden en decirme en un review tanto si lo amaron como si lo odiaron jeje

Pd. ¿Alguien más extrañó a Sesshy en este capitulo o fui solo yo? :c