Capítulo 8. El umbral del dolor
Era la tercera y última semana de vacaciones de Hermione, y la castaña decidió invitar a sus padres a pasar unos días con ella. Los llevaría a pasear por el mundo mágico.
Aún no entendía cómo, pero había convencido a sus amigos de que ese domingo la dejaran sola. Tampoco serían muchas horas, ya que al medio día saldría a encontrarse con sus padres para almorzar juntos, y luego, volverían los tres a su departamento. Dejo comida a Crookshanks, aseó un poco el lugar, y se dirigió al estacionamiento. Estaba a punto de subir al asiento del piloto, cuando escuchó que alguien la llamaba.
- ¡Hermione! – Un agitado rubio llegaba a su lado.
- ¿Qué haces aquí? – Preguntó cortante, la castaña.
- Buenos días a ti también, princesa – Quiso ser irónico y lo logró, aunque por dentro temblaba de nervios. No era la primera vez que la veía luego del incidente con Astoria, había estado visitándola y observándola desde las sombras, pero no había tenido oportunidad de acercársele porque siempre estaba rodeada por sus amigos, sobre todo por el maldito Nott.
- Vamos Malfoy, ya no es necesario que mientas. Jugaste tu juego, ganaste, y fin. Eso era todo ¿no? – Se mostraba altiva, orgullosa e indomable, y eso al rubio, lo exasperaba y excitaba con la misma intensidad. Sus ojos castaños eran verdadero fuego.
- ¡Demonios Granger! Sí … ¡Sí! Sé que metí la pata, sé que te herí, que te mentí… Pero… sólo dame la oportunidad de escucharme – Dijo el rubio molesto, para relajar luego su semblante – Hermione… yo… te amo, siento que…si estoy lejos de ti un día más, me volveré loco.
- Basta Malfoy… Si ya terminaste con tu pantomima, me voy. Esta sangre sucia, debe recoger a sus padres.
- No es necesario el sarcasmo Mione, no es necesario que te llames de ese modo.
- Ya Malfoy, déjame en paz
- ¡Espera! Por favor… – Hermione lo miró a sus ojos, y vio la tormenta en ellos, la rabia, y ¿amor? – Habla conmigo. No me dejes así…
Ella pensó que quizá era el momento de escucharlo. No estaba segura de darle una oportunidad, pero si sabía que no debía dejar pasar mucho tiempo, sin decirle al rubio que serían padres. Quizás ellos no volvieran a estar juntos, pero su bebe se merecía un padre. Lo pensó mejor.
- Muy bien Malfoy, tú ganas. Mañana durante la mañana te buscaré en tu oficina. Te enviaré una lechuza para avisarte de la hora. Ahora, debo ir por mis padres – Y ante esto último, subió a su auto, y emprendió camino a reunirse con los señores Granger.
Aquel día, luego de muchos, el rubio por fin pudo sonreír. No sabía cómo lo logaría, pero conseguiría el perdón de Hermione, y la convertiría en su esposa y futura madre de sus hijos. Ese era su lugar, el único posible.
Ese día lunes, Draco se despertó feliz, por primera vez en muchos días. Por fin, tendría la oportunidad de hablar con ella. Estaba a punto de salir de su habitación, cuando escuchó el característico sonido de una aparición. Alarmado, se giró rápidamente con su varita en alto.
- ¿Qué haces aquí Zoe? – Preguntó el rubio bajando la varita. Frente a él, se encontraba la elfina de la mansión Greengass.
- Ooh… Zoe es una elfina mala. Zoe debe golpearse, señor, Zoe escapó a escondidas de la señorita Astoria – decía la pequeña elfina, mientras se golpeaba la cabeza contra la mesita de noche.
- ¡Basta Zoe! Ya deja de castigarte – Ordenó el rubio.
- Zoe lo siente, pero Zoe sabe que el señorito Malfoy ama a la señorita Granger y que la defenderá… y Zoe no quiere que a la señorita Granger le pase nada malo – decía nerviosa la pequeña criatura – Ella siempre ha sido buena con todos los elfos… Zoe sabe que la señorita Granger está en peligro…
- ¿Qué dices Zoe? – Preguntó el rubio preocupado – Dime todo lo que sabes ¡Ahora!
- Zoe escuchó a las señoritas Greengass conversando sobre la señorita Granger… Zoe sabe que no debe hablar mal de sus amas, pero ellas quieren dañar a la señorita Granger… Señorito Malfoy, Zoe las escuchó cuando decían que la señorita Granger sufriría mucho y luego reían – La elfina hablaba con rapidez, mientras sus grandes ojos miraban a todos lados – Zoe ya le ha dicho lo que sabe al señorito Malfoy, ahora debe volver a la Mansión Greengass antes de que sus amos se enteren que escapó.
Y diciendo esto último, la pequeña elfina se desapareció nuevamente, dejando a un confundido y preocupado Draco.
- Demonios! – Pensaba el slytherin, mientras pasaba nerviosamente sus manos por su rubia cabellera – Debo averiguar qué planean Daphne y Astoria – Pensaba mientras se dirigía a su oficina.
Hermione se encontraba desayunando con sus padres, pero su mente realmente no estaba ahí. Desde el día anterior no había dejado de pensar en Draco, no podía evitar sentirse nerviosa, le diría a Draco que sería padre, y realmente temía que el chico, al enterarse de que tendría un hijo mestizo, pudiese rechazarlo. Y es que, estaba tan confundida, recordaba sus conversaciones con Pansy y Ginny. Ambas sabían que su amor por el rubio seguía intacto, y ambas le aconsejaban que arreglara sus cosas con él, que no había razón para mantenerse separados cuando sólo bastaba con mirar a los ojos de ambos, para darse cuenta del amor que se profesaban.
- ¡Ratoncita… ratoncita!
- Eeeh? ¿Qué sucede mamá? Estoy aquí, no necesitas gritarme.
- Jajajaja... vamos hija, llevamos cinco minutos hablándote y parece que estás en otro planeta.
- Discúlpame mamá, sólo pensaba…
- Hermione – Miró a su padre, quien tenía un rostro serio como pocas veces le había visto – Hija, sabes que siempre consideraré que no existe hombre en el mundo que sea capaz de merecerte, ¿verdad mi ratoncita?, pero … ese chico Malfoy, sé que te ama, y sé que debe tener una buena explicación para lo que paso… ¿No has pensado en darle una oportunidad?
- Hija – Ahora era su madre quien le hablaba – Sabes que la decisión que tomes te apoyaremos y estaremos aquí para ti, al igual que tus amigos.
- Lo sé madre… y ¿sabes?... tienen razón, todos ustedes – Esbozó una hermosa y radiante sonrisa – Hablaré con Draco y nos daré una oportunidad, creo que ya se ha sentido lo suficientemente miserable ¿no?
Mientras sus padres emprendieron el camino a su casa en Londres, Hermione se dirigió a la oficina de Draco. Al llegar a la recepción del edificio, no tuvo problemas con el ingreso, los funcionarios ya la conocían y sentían cierta simpatía hacia la castaña. Además, sabían que había sido novia de su jefe, y sabían que él estaría encantado de recibirla. Ella quería sorprender a Draco, así que solicitó que no la anunciaran. Aquella mañana, lucía hermosa, estaba radiante.
Cuando estuvo en el último piso del edificio, preguntó por la oficina de Draco, y se dirigió hacia ella. Estaba a unos pasos de la puerta, cuando de pronto oyó algo. Conocía esas voces, sabía que no debía escuchar detrás de las puertas, pero no pudo evitarlo, y pronto descubrió que hubiese sido mejor no escuchar nada.
- No sé Draco, realmente me confundes. Aún recuerdo cómo me trataste aquella mañana en Suiza.
- Vamos Astoria, sabes que estaba algo alterado, pero todo fue producto de la tensión del momento… ¿De verdad crees que podría preferirla a ella? ¡Por Merlín, soy un Malfoy y es de una inmunda sangre sucia de quien estamos hablando! – Hermione cubrió su boca con sus manos, no quería creer lo que escuchaba.
- ¡Oh Draco! Por un momento pensé que de verdad te habías enamorado de la maldita Granger. Pero ahora sé que sólo lo hacías para molestar a tu padre – La castaña sentía la diversión en la voz de la rubia. De pronto notó que la puerta estaba algo entreabierta y se asomó por ésta. El slytherin estaba de pie, apoyado en su escritorio, mientras acariciaba los muslos de una acalorada Astoria, que se encontraba de pie entre sus piernas. Se sentía realmente asqueada ante el espectáculo.
- Así es querida, además… necesitaba vengarme de todos aquellos años que Granger me fastidió en Hogwarts, y ¿qué mejor forma de hacerla sufrir que burlándome de ella? – Hermione observó cómo Draco sonreía cínicamente, abrazando a la rubia por la cintura – Sólo lamento que ya no la tendré cerca para seguir fastidiándola.
- ¡Oh mi amor! Pero eso no será problema – La rubia acariciaba los fuertes brazos de Draco, y a esas alturas, Hermione ya no podía contener sus lágrimas – Daphne se encargará de ella.
- ¿Qué planean Astoria?, ya sabes que puedes confiar en mí
- Mejor esperemos a que llegue Daphne – Y de pronto, sin que el rubio lograra reaccionar, Astoria se lanzó sobre él, para besarlo apasionadamente.
Hermione ya no pudo seguir ahí, se dio media vuelta y caminó hacia el ascensor. De verdad había llegado a creerle al rubio, de verdad había pensado en perdonarlo y también había decidido disculparse ella, por ser tan orgullosa y no haberlo querido escuchar antes. Pero qué estúpida se sentía. No podía definir sus emociones, se sentía burlada, pero llena de rabia, de ira. Tan inmersa iba en sus pensamientos, que no alcanzó a reaccionar cuando chocó de frente con una persona que venía caminando por el pasillo.
- ¡Ten más cuidado sangre sucia! Ahora tendré que quemar mi traje nuevo
- Señora Malfoy, con permiso – Fue lo único que logró articular la castaña, tratando de seguir su camino hacia el ascensor.
- ¡Un momento inmunda! – Daphne la sostuvo de un brazo, deteniéndole el paso – ¿Acaso estás llorando? Uuuuyy…. Pobre estúpida, no me digas que por fin aceptaste tu condición y por fin aceptas que un hombre como Draco, jamás podría estar realmente contigo.
- ¡Ya basta Malfoy! Suéltame de una vez – Se soltó bruscamente de la rubia – ¡Jamás vuelvas a dirigirte a mí de esa forma! – Y de pronto, todo quedó en silencio, nadie decía nada. Sólo observaban a la nueva señora Malfoy, sosteniendo su mejilla, mientras una airada Hermione mantenía la palma en el aire, luego de golpear a la mujer.
- ¡Maldita sangre sucia! ¡¿Cómo te atreves a golpearme!? Esto… esto no se quedará así.
- ¡Te lo diré por última vez Malfoy, déjame en paz, tú y tu maldita familia ya déjenme tranquila!
- ¿Qué sucede aquí? – Draco había salido de su oficina luego de escuchar el escándalo de gritos - ¿Hermione? – Preguntó sin expresión alguna en su rostro, sólo esperaba que la castaña no llevará ahí mucho tiempo.
- Granger para ti, Malfoy – Dracó deseó jamás haber recibido esa mirada, sólo había resentimiento en ella – Sólo… Sólo desaparezcan todos ustedes de mi vida, y déjenme en paz
- ¡Estúpido ratón de biblioteca! ¿Ya lárgate de aquí, no extrañas a tus papis, sangre sucia? Ellos deben estar extrañándote, tan solitos en el Londres muggle – Y por un minuto, la sonrisa de Daphne le provocó escalofríos. No supo por qué, pero por un instante, esa mujer le hizo recordar a Bellatrix.
- ¡Hasta nunca! – Y diciendo esto último, la castaña se largó del lugar.
Decidió caminar hasta su casa, necesitaba pensar, necesitaba llorar y desahogarse, porque luego de ese día, no permitiría que nada más la dañara. Hablaría con sus padres y les ofrecería vivir con ella. Algo en la mirada de Daphne, realmente la había asustado, y no quería que sus padres estuvieran desprotegidos.
Se sentía tan rota, pero no, ya lo había decidido y no volvería a caer por Draco, nunca más. Poco a poco, comenzaba a anidarse en ella, un deje de resentimiento y no podía permitirlo.
Luego de dos horas, llegó a su departamento y se sorprendió al encontrarse a Ginny, Pansy y Blaise esperándola junto a su puerta.
- ¡Hola chicos! – Esbozó una débil sonrisa que no llegaba a sus ojos – ¿Qué hacen aquí?
- Bueno Mione, somos tus amigos ¿Acaso no podemos visitarte?
- ¡Oh! Sabes que sí Blaise, sólo es que me extrañó verlos aquí un día lunes – Les contestó suavemente mientras abría la puerta – Pero no insistan en fingir, saben que los conozco lo suficiente para notar que algo les preocupa.
- ¿Ehhh? – Preguntaron Ginny y Pansy al mismo tiempo, algo descolocadas.
En ese momento, alguien golpeó la puerta.
- ¡Vaya! Hoy es el día de las visitas – y se dirigió a abrir. Mientras, Ginny y las dos serpientes, se miraron con preocupación y ansiedad - ¡Chicos! No es que no esté feliz con su visita, pero deben aceptar que es extraño tenerlos a todos aquí – Los miró curiosamente, mientras Theo, Ron y Harry se unían al resto de los visitantes en la sala.
- Mione… princesa… será mejor que te sientes, tenemos algo que decirte – la voz de Harry se oía realmente triste.
- ¡Vamos Harry! Qué puede ir tan mal – Decía la castaña al mismo tiempo que se sentaba al lado de Theo.
- Ante todo, sabes que cuentas con nosotros, ¿verdad leona?
- ¡Ya Theo! Comienzan a asustarme, ¿qué puede ser tan terrible? – Esbozó una pequeña sonrisa hacia sus amigos – Después de todo, no es como si alguien hubiese muerto ¿no? - Todos contuvieron la respiración y la observaron con atención. Hermione los observó a todos y notó el cambio en la atmosfera. De pronto, una terrible angustia se anidó en su pecho - ¿Harry? … ¡Maldición Harry! ¡Dime ya qué está sucediendo!
- Mione, venimos del Londres muggle, al parecer hubo un ataque de una antigua célula mortífaga que aún sigue activa… Esta vez atacaron un barrio residencial al sur de Londres – Decía nervioso el pelinegro – Nadie sobrevivió.
- Un momento Harry… sólo espera un momento ¿sí? – la castaña se puso de pie y comenzó a hurgar en su cartera – Debo llamar a mis padres, se fueron esta mañana temprano, y no he hablado con ellos desde entonces – Seguía rebuscando un tanto desesperada – ¡Maldición Harry! ¿Dónde está ese maldito teléfono celular cuando lo necesito?
- Ya basta Mione, necesitamos que nos escuches – Ron, quien había hablado por primera vez, la miraba con una profunda pena.
- No Ron – Una vez más, las lágrimas caían por sus mejillas – Debo marcarles… yo… necesito escucharlos y saber que están bien…
- ¡Ya basta Hermione! – Theo se puso de pie y la abrazó por la espalda – Ellos no contestarán leona, ellos jamás contestarán porque fueron asesinados en el ataque.
Lo sabía, lo había sentido en su corazón. Sus padres, sus queridos padres habían sido asesinados por un maldito grupo de locos. Qué haría ahora sin ellos, por Merlín. No podía estar pasándole, la guerra había terminado, ella había arriesgado su vida, había robado los recuerdos de sus padres sólo para protegerles, y ahora, cuando debían estar bien, cuando todo había acabado, un maldito grupo de mortífagos rezagados iba y los asesinaba.
- No… No es cierto Theo, yo … yo los vi esta mañana. Ellos estaban bien, ustedes están equivocados. ¡No puede ser chicos! ¡No puede ser! – les gritó, mientras caía de rodillas al suelo – No ... no … no es cierto, es una mala broma chicos, hoy es el día de "burlémonos de la sangre sucia" – les decía mientras lloraba y se convulsionaba levemente por el llanto. Miró uno a uno a sus amigos, y allí en sus rostros, vio la terrible verdad – No puede ser… No… ¡Noooooooo!, ¡maldición! ¡Mis padres no Theo! ¡Mis padres NO! – y de pronto, todo comenzó a dar vueltas, y hacerse obscuro, no alcanzó a reaccionar y de un momento a otro cayó desmayada.
Sólo quedaba el dolor.
