El universo de InuYasha pertenece a Rumiko Takahashi
Los derechos de la imagen de portada no me pertenecen.
Nansei
«Suroeste»
Parte I. Relatos del Sur
¿Cómo puedo alejarte cuando estás tan dentro de mi?
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I. IX Verdad
Cuando Eiji hizo el trato con Inu no Taisho sabía que estaba en el umbral de su muerte, sabía que su cuerpo ya había dado todo lo que tenía que dar de sí, así que se aseguró por todos los medios el dejar protegida a Kagome en el tiempo que le quedara de vida sin él.
Las vidas humanas eran tan efímeras como un segundo en la vida de un demonio pero el demonio cuervo quería que Kagome pudiera explotar al máximo su longevidad y si era posible llevarla más allá, si es que se unía como compañera de un demonio.
Una pequeña parte de él tenía esperanzas de poder vivir un poco más al lado de su heredera, sin embargo, la enfermedad de sus alas comenzó a hacerse más notaria después de su regreso del Oeste y eso eran las claras campanadas de alerta que le enviaban los Dioses para informarle de su pronta partida, pues la vida de un cuervo recaía sobre sus alas y cuando estás se deterioraban ya no había marcha atrás.
Se recluyó en sus aposentos sin decir nada a nadie, permitiendo únicamente la visita de Chioko para que cuidará de él, siendo la única enterada de su delicada situación.
No quería que Kagome sufriera más de lo debido, pues no quería ver la tristeza en los ojos de su pequeña tan pronto. No tenía miedo a morir, pues su vida había sido larga y plena, además que apenas podía esperar para poder reunirse nuevamente con su amada esposa.
Lo único que le aterraba era el dejar sola a su dulce hija.
Para la joven sacerdotisa el comportamiento de su padre era extraño, pero tratándose de él rara vez le cuestionaba en su actuar, pues sabía que todo lo que hacia tenía un motivo específico del que tarde o temprano sabría.
No fue hasta seis días después que Chioko buscó a Kagome con el rostro desfigurado por la tristeza para informarle que el señor solicitaba su presencia en la habitación.
Un sentimiento amargo explotó dentro de la sacerdotisa. Tuvo miedo de seguir a la señora Chioko por los pasillos de su hogar hasta los aposentos de su padre, pero aún así lo hizo.
Las piernas le flaquearon como nunca cuando se encontró fuente a la pared deslizable pero se las arregló para mover una después de la otra cuando Chioko la abrió para ella.
La habitación de su padre estaba escasamente iluminada, solamente lo suficiente para que sus ojos humanos la guiaran a través de ella hasta el lado de Eiji sin tropezar con algo en el intento.
–Padre…–murmuró Kagome al sentarse junto al futon, sobre sus piernas, sintiendo lo débil que estaba su energía demoniaca.
¿Está muriendo? Pensó la sacerdotisa.
No solo su energía era débil, sus rasgos evidenciaban todo el cansancio que parecía sentir. Lo más impresionante eran sus alas, estaban en una condición tan deplorable que apenas le quedaban unas cuantas plumas.
–Mi Kagome…–inició Eiji.
Kagome tomó su mano con desesperación.
–No te esfuerces por favor, padre.
Kagome acarició su rostro con la mano libre, partiendo desde su mejilla hasta terminar el recorrido en un tacto suave sobre sus orejas, provocando una sonrisa débil en el rostro del demonio cuervo.
–Cuando eras solo una pequeña cría te encantaba jugar con mis orejas, ¿lo recuerdas?
Ante eso la sacerdotisa soltó una risita mientras asentía.
–En ocasiones solías jalar de ellas tan fuerte que Akira tenía que despegarte de mi –continuó relatando–. Recuerdo un día en que llegaste llorando desconsolada, tenías alrededor de seis años a mi lado, cuando te pregunté que pasaba me dijiste completamente desecha "Son mis alas, padre, ¿por qué no quieren salir mis alas?", me dejaste tan descolocado que no supe como responder a eso de inmediato, ¿cómo podía explicarte que jamás te brotarían esas alas que tanto deseabas? Por suerte, el joven Sesshōmaru llegó en buen momento y te distrajo lo suficiente como para que olvidaras el asunto por un rato, dándome tiempo de pensar en algo.
Kagome agachó la vista, sintiendo un dolor en el corazón al recordar la ultima vez que había visto al demonio y el trato tan frio que le había dado.
–En fin, tu naturaleza obstinada no te permitió dejar el tema por la paz y no pasó mucho antes de que me preguntaras otra vez por tus alas…
–Me llevaste al jardín donde entreno ahora –le interrumpió Kagome, sintiendo como las lagrimas se juntaban en sus ojos mientras recordaba–, me explicaste que solo ciertos tipos de yokai tenían alas…entonces te pregunté qué clase de yokai era yo y fue el día que me explicaste que yo era humana. Estaba tan triste por no ser tu hija, hasta que dijiste que fui un regalo que te dieron los Dioses luego de que perdieras a tu amada esposa…también fue la primera vez que dijiste que me amabas y que harías cualquier cosa por mantenerme a salvo.
Eiji soltó un suspiro prolongado, pues su hija había dado justo en el clavo de lo que quería hablar.
–Cualquier cosa –recalcó el demonio acariciando tiernamente la mano que sostenía la suya, después tomó aire antes de continuar–; el día que te encontré, supe que eras especial y que tendrías un destino grande. Destino que, lastimosamente, yo no podría quedarme a ver…
–Padre, no…
–Escucha –pidió–. Siempre supe, con gran pesar, que tendría que dejarte pronto. Así que para poder protegerte de la ira de cualquier demonio que buscara arrebatarte las tierras que te he otorgado, llegue a un acuerdo con mi viejo amigo Inu no Taisho donde la clausula principal es tu protección.
Por alguna razón, Kagome intuía que no le agradaría el mencionado acuerdo por su padre.
–Acordamos que si su heredero se comprometía contigo, una humana, a cambio podría tener el control del Sur –hizo una pausa antes de agregar–: A tu lado, por supuesto.
El silencio inundó el lugar, la sacerdotisa no sabía qué decir. No estaba segura si la noticia era buena o mala. No sabía si estar feliz porque el puesto de señora del Oeste que tanto había temido fuera ocupado, jamás seria llenado debido a la promesa entre los antiguos lideres de casas cardinales. No sabía si estar ofendida o mortificada porque la habían atado a un acuerdo contra su voluntad a alguien con quien había tenido un último encuentro tan poco placentero.
–Ahora, en mi lecho de muerte, hija mía, y sabiendo lo poderosa que te has vuelto, te dejó a ti la decisión de tomar o no este trato.
El hecho de ser reconocida de esa forma por su padre la llenó de orgullo, saber que él la creía capaz de defenderse la tranquilizaba de sobre manera, pues le daba una seguridad en si misma que no sabia que necesitaba.
–Pero –advirtió Eiji–, debes tener en cuenta que no hay cosa que odien más los demonios que un humano con poder. Y aunque sé que puedes llevar el control del Sur, también sé que las otras casas cardinales no te la pondrán fácil e intentaran acabar contigo y de paso tomar la perla que estás encargada de proteger. Es por eso que tener a Sesshōmaru a tu lado te dará tranquilidad.
Kagome sabía que nada podía ser miel sobre hojuelas en el mundo de los demonios, lo había experimentado muchas veces como para saber lo fácil que era para ellos detestar a los humanos, y a pesar de que, sin contar a su padre, Sesshōmaru era el demonio en quien más confiaba, algo había cambiado fuertemente dentro de él de una forma que despertaba cierto recelo en ella. Por primera vez en su vida no sabía qué pensar de Sesshōmaru.
–Yo…no lo sé –admitió la joven.
El cuervo apretó su mano cariñosamente.
–Sé que harás lo correcto Kagome –le consoló–. Siempre lo haces.
La sacerdotisa se inclinó para besar la frente de su adorado padre, mientras dejaba que las lagrimas fluyeran, cubriendo el rostro del mayor con las espesas gotas.
–Gracias por todo, padre. –Murmuró imprimiendo en sus palabras la mayor sinceridad que había utilizado en su vida. De pronto se sintió como la humana más afortunada en el mundo por haber sido criada por alguien con la amabilidad del Lord del Sur, a él, su padre, le debía todos los años de inmenso amor que la habían rodeado a pesar de no compartir ni lazos de sangre o de especie.
Gracias a su enorme corazón jamás pasó frío o hambre, gracias a él logró fortalecerse y convertirse en la mujer que era.
El dolor de su partida le quemaba enormemente por dentro y cada lagrima derramada era más amarga que la anterior, nunca se había detenido a pensar realmente en lo mucho que amaba a su padre y lo doloroso que sería el no volverle a ver jamás.
Se aferró a las ropas del cuervo en un abrazo que le empapó el pecho de lagrimas mientras anhelaba fervientemente que ese momento se alargara lo suficiente para no tener que despedirse de él, aterrándose con la idea del último adiós.
Eiji la rodeó con su brazo, palpando su cabeza suavemente con sus manos. Se iba con paz, estaba seguro que había criado bien a su pequeña humana, confiaba en que estaría segura, con o sin Sesshōmaru.
Kagome era maravillosa.
–Sé fuerte. –Fue la última petición del cuervo padre mientras cerraba los ojos, dejándose envolver por la tranquilidad de la oscuridad, viendo la silueta de su amada Kai acercándose lentamente a él hasta envolverlo entre sus brazos.
Lo hiciste muy bien, querido.
¡Sobrevivimos otra semana! Yaaay (bueno, nosotros sí, pero mis personajes no :c)
Estoy muy feliz porque el capitulo anterior tuvo una muy buena recepción, espero seguir así :D
¡Y...! aquí una pregunta importante de princesssakura13:
Seguirás un poco el hilo de la historia original? Con Inuyasha y Kagome tras Naraku?
La respuesta es sí, pero todo a su tiempo. No había tenido la oportunidad de comentar esto, pero Nansei está planeado para desarrollarse en dos partes, es por eso que al inicio de cada capitulo especifico el "Parte I" porque esto es solo el principio c:
¡Nos leemos la próxima semana! Cuídense mucho :)
