En Londres…
- ¡Muy bien estúpidos! – Gritaba una desquiciada mujer – Espero que el plan les haya quedado claro y que sepan cumplir mis órdenes. ¡Es hora de que los mortífagos renazcan y concluyan la tarea que nuestro señor no pudo terminar!
Un grupo numeroso de encapuchados vitoreaba las palabras de su nueva líder.
- ¡Sí! Es hora de exterminar a esos asquerosos sangre sucia de una vez – decía lívido uno de los encapuchados.
- Bien, comenzaremos con San Mungo y Hogsmeade, así conseguiremos debilitar al Ministerio y crearemos el caos nuevamente. Ahora todos regresen a su vida, ya está todo planeado. Sólo deben esperar la señal para el ataque - Y diciendo esto último, la mujer se desapareció frente a todos.
Unas horas después, en París…
Draco se encontraba descansando en su habitación del hotel. Desde la firma del contrato que no podía sacarse a esa mujer de la cabeza. Jane Leblanc. Hermosa, sin duda. Imponente, también. No comprendía por qué se sentía tan impresionado por ella. Él aún amaba a Hermione y no perdía las esperanzas de encontrarla y explicarle todo lo que había pasado, para por fin, comenzar una vida juntos. No había un día que no la pensara, que no la extrañara. Cada mañana se despertaba con la imagen de su rostro sonriente en mente. De pronto alguien golpeó su puerta.
- Draco, soy yo, Astoria
- Un momento Astoria, ya abro - dijo hastiado mientras se dirigía hacia la puerta. La rubia aún lo lograba entender que jamás llegaría a algo con él.
- Buenos días querido – Saludó mientras lo besaba en la comisura de los labios
- Buenos días Astoria – dijo molesto el rubio - Dime que te trae por aquí para que puedas largarte de una vez.
- Por Merlín Draco, no puedes ser amable, aunque sea unos minutos… sabes que lo podríamos pasar muy bien juntos, si quisieras. ¿No recuerdas cómo nos divertíamos en Hogwarts? – Decía coquetamente la rubia mientras pasaba una mano por su espalda.
- ¡Ya basta Astoria! – Exclamó el rubio pasando las manos por su cabello, en un claro gesto de desesperación – ¡¿Es que acaso no tienes amor propio?! … Te he rechazado de todas las formas posibles y aún no logras entenderlo – los ojos de la rubia se volvieron vidriosos - Amo a alguien más Astoria
- ¡Claaro Draco! Amas a la maldita sangre sucia que te abandonó. ¿Has pensado que quizás ella ya no te ame?... ¿que quizás ya rehízo su vida?, y ¿quién sabe? Podría incluso estar con alguien más. Alguien mejor que tú Draco. ¡Alguien que jamás la haya maltratado como lo hiciste tú en la escuela, alguien que jamás le haya puesto los cuernos, ¡alguien que jamás haya sido un asqueroso mortífago!
- ¡Ya vete Astoria! ¡Veté o me olvidaré de que mi madre me educó como un caballero! – Gritaba el rubio enfurecido - ¡Vete de una vez!
- Bueno, hasta luego querido, nos vemos esta noche para la fiesta de Leblanc – Dijo calmada, retirándose de la habitación y dejando a Draco solo con sus demonios.
El slytherin cerró la puerta de un golpe seco, y se dejó caer derrotado hasta el piso. Pasó las manos por su rostro, irritado. Sabía que no había sido la mejor persona del mundo, pero Hermione llegó su vida para convertirlo en alguien mejor, para reparar su alma dañada y mostrarle que, a pesar de su pasado, sí tenía derecho a ser feliz. Y no sólo lo hizo con él, también lo hizo con sus amigos, con Pansy y Blaise, quienes lo habían disculpado con el tiempo, pero jamás quisieron tocar con él el tema de la castaña. Sabía que sus amigos debían tener conocimiento del paradero de Hermione, y que sufrían con él la falta de su amiga. Sin embargo, decidió respetar el juramento de lealtad que tenían con la castaña, y no volver a preguntar. Decidió que saldría a caminar por las calles de París. Eso lo relajaría. Además, debía comprar su traje para la fiesta de esa noche.
Llegó a una elegante tienda de diseñador, y decidió ingresar. Mientras caminaba por los pasillos, buscando un traje digno de un Malfoy notó cómo algunas vendedoras corrían de un lado a otro y murmuraban algo sobre una persona importante visitando la tienda. No le sorprendía, ya que así reaccionaban las personas cuando él ingresaba a alguna tienda de Londres. Siguió paseando por los pasillos, hasta que se decidió por dos trajes de la mejor calidad y caminó hacia los probadores. Terminaba de abotonar la camisa cuando escuchó un fuerte golpe seguido de unos quejidos femeninos al otro lado del pasillo, en el probador de damas. Como un caballero al rescate, salió rápidamente de su cubículo y se dirigió al otro lado del pasillo.
- Ejem… - Carraspeó aclarando su garganta – ¿Se encuentra usted bien? – Preguntó mientras golpeaba suavemente la puerta del probador.
- ¡Oh! La verdad es que no, me he enredado en la tela de un aparatoso vestido y creo que mi tobillo se ha torcido… Podría entrar y ayudarme, por favor – Por un momento esa voz le recordó a Hermione, pero sabía que su castaña era dueña de una sencillez que jamás la haría entrar a esos lugares.
- ¡Oh! Está bien, la ayudaré – Grande fue su sorpresa al ver de quien se trataba, aunque como buen slytherin, lo disimuló a la perfección - Jajajajaja… ¡Vaya Leblanc! Es cierto que todas las mujeres caen rendidas a mis pies, pero jamás imagine que a usted le llevara tan poco tiempo – Dijo mientras tomaba a la chica en sus brazos y la sentaba en un sillón cercano.
- Pffff… ¡Por Merlín! – Exclamó la castaña, nerviosa y ruborizada al mismo tiempo – ¿Podría tener peor suerte que encontrarme con usted en una situación como esta? – Preguntó exaltada la castaña – Maldito hurón ególatra – Comentó en un murmullo que el rubio no alcanzó a oír.
- Vamos Leblanc – Dijo con voz grave acercándose peligrosamente al rostro de la chica – Siempre es un placer encontrarse conmigo – dijo cerca de su oído con voz seductora.
La castaña, nerviosa, no lograba reaccionar. Su cuerpo se tensó por completo y un ligero rubor comenzó a cubrir sus mejillas. Y es que no podía negarlo, por mucho que proclamara a los cuatro vientos la inseguridad de sus sentimientos, sabía que lo seguía amando tanto o más que el primer día, y esta situación no hacía más que ponerla en evidencia. Por su parte, el rubio la observaba con atención, admiró con sorpresa el sonrojo en sus mejillas – Adorable – pensó. Le recordaba tanto a su castaña – Podría besarla en este instante – Se dijo a sí mismo. Por su parte, Hermione no podía apartar la vista de sus ojos – Plata líquida – se dijo. Sin darse cuenta en qué momento pasó, sus rostros comenzaron a acercarse, lentamente hasta quedar a centímetros. De pronto, una de las vendedoras que venía con más vestidos interrumpió el momento, y los chicos se alejaron rápidamente, como si se repelieran mutuamente.
- Bueno Leblanc, yo me retiro. Espero que dejes de ser tan torpe y que lo de tu tobillo no sea más que una torcedura – Dijo alzando una ceja y esbozando una sonrisa burlona – Será un placer verte esta noche en tu fiesta, y si me aceptas un consejo… el rojo es tu color. Con permiso.
- Desde luego para mí no será un placer verte otra vez Malfoy, adiós.
Y tras lanzar una última carcajada, el rubio salió de allí, sin perder la elegancia de su caminar aristocrático.
- ¿Se encuentra bien señorita Leblanc? – Preguntó una risueña jovencita
- Oh sí, sólo fue una caída sin importancia. Por favor, deme el vestido rojo, creo que después de todo me lo probaré – Pidió la castaña con una sonrisa nerviosa.
Y así transcurrieron las horas hasta caer la tarde. En una inmensa mansión, las dos mujeres Leblanc terminaban de alistarse para la fiesta de esa noche.
- ¡Oh Hermione! Te ves hermosa, cariño – Dijo Charlotte a su nieta, de forma dulce.
- ¿Eeeh? – Contestó una distraída castaña
- Desde la mañana que te noto algo distraída, querida, ¿quieres contarle a esta vieja lo que te tiene así?
- Es Draco, abuelita. De verdad creí que mis sentimientos por él, estaban sepultados. Pero luego del día de la firma, y de habérmelo encontrado accidentalmente esta mañana, todos esos sentimientos volvieron a mí como un caudal. Y lo peor de todo, es que Draco se siente atraído por Jane Leblanc… ¡Por Morgana, abuela! Hoy estuve a punto de besarlo – Declaraba confundida la castaña.
- No es Jane quien le atrae, pequeña. Es Hermione Granger, eres tú. Sigues siendo tú, con unos ligeros cambios, pero nunca lo suficiente para ocultarte a su amor. Es su corazón quien te reclama, aunque su mente aún no lo sepa.
- ¡Vamos abuela! Sabes que Draco nunca me amó, que todo fue una mentira. No puede ser que su corazón me reclame porque en él no hay amor por mí.
- Hermione, eres tan testaruda como él. Sólo espero que sepas abrir los ojos en el momento correcto, por ti… y por Helena.
- ¿Y qué tiene que ver Helena en esta situación, abuelita? – Preguntó a la defensiva, aunque sabía perfectamente a qué se refería la mujer.
- Lo sabes querida, pronto cumplirá un año y tendrás que hacer la ceremonia de los lazos mágicos. El tiempo se te agota, princesa, sabes que debes decirle a Draco la verdad, necesitamos de su núcleo mágico para dar protección a nuestra pequeña Helena.
- Lo sé abuelita, lo sé – Concluyó Hermione, con preocupación.
Más tarde, en el salón de eventos de la Mansión Leblanc
Por fin había dado inicio la fiesta de celebración de los 50 años del conglomerado Leblanc. Allí se encontraban los cientos de invitados disfrutando de una magnifica velada, cuando Charlotte y Jane Leblanc los interrumpieron, subiendo al escenario, para agradecerles a todos su presencia y brindarles una cálida bienvenida. En ese momento fue cuando Draco la vio y se quedó inmóvil ante la visión que tenía frente a él; Jane lucía realmente radiante. Llevaba un vestido rojo ceñido hasta su cintura, desde donde caía libremente acariciando sus piernas. Su maquillaje era suave y su cabello iba recogido en un moño simple que dejaba admirar su níveo cuello y hermosas facciones. Todo a juego con unos aretes de diamantes que a Draco le pareció haberlos visto antes. No podía explicarlo, pero de un momento a otro sintió como su boca se secó y sus latidos se aceleraban. No lo entendía, era todo tan extraño. Allí estaba, admirando la belleza de esa mujer, y al mismo tiempo era Hermione quien no podía salir de sus pensamientos. Quizás se estaba volviendo loco – Después de todo, no sería tan raro habiendo tenido a la loca de Bellatrix en la familia – Se dijo a sí mismo.
- Por favor, Draco. Compórtate – Dijo su padre, a su lado – Leblanc es nuestra socia, y no quiero que arruines nuestros negocios porque no puedes evitar correr detrás de una falda.
- Lo siento padre, saldré a tomar un poco de aire – Dijo molesto, retirándose del salón.
Caminó hacia un balcón lejano, perdido entre sus pensamientos. Cuán confundido estaba. Sabía y sentía que amaba a Hermione, pero su mente le estaba jugando una mala pasada con Jane Leblanc. Cuando la tenía al frente, era como si fuese a Hermione a quien estuviera viendo, y eso, revolucionaba todos sus sentidos. Iba tan ensimismado que, al llegar al balcón, no se dio cuenta que ya había alguien más apoyada en la baranda.
- ¿Tampoco le agradan las aglomeraciones de gente, señor Malfoy? – Oyó preguntar a una suave voz – Sólo deseo que esta fiesta termine pronto – dijo Hermione esbozando una dulce sonrisa. Draco sólo se acercó, y se paró a su lado, mientras se apoyaba en la baranda y observaba el cielo.
- La verdad Leblanc, es que sólo me sentí un poco indispuesto y decidí salir por un poco de aire.
- ¡Oh! Creí que eso sólo nos pasaba a las mujeres, Malfoy – Dijo divertida la castaña. El rubio sólo se giró a mirarla con un gesto que no supo descifrar.
- Bueno, Leblanc, es nuestro lado femenino que, a veces, se manifiesta – Hermione no pudo evitar estallar en carcajadas y Draco la observó, primero ofendido, para luego unirse a sus risas hasta que de pronto se hizo el silencio y se observaron atentamente - Esta noche estás arrebatadoramente hermosa, Leblanc. Te dije que el rojo era tu color – Y diciendo esto, se acercó a ella hasta que sus rostros quedaron a centímetros. Draco puso una mano en su brazo y la otra en su mejilla.
- ¿Qué hace, señor Malfoy? – Preguntó Hermione tratando de parecer segura, aunque sus piernas ya temblaban de los nervios.
- Lo que quiero hacer desde que entraste hace unos días a tu sala de reuniones – Y diciendo esto último, la besó. Partió como un beso tierno, y luego más pasional para terminar en un beso necesitado. Fue como si miles de fuegos artificiales hubieran estallado en ese momento. Draco sintió como una corriente inexplicable bajaba por su espalda, mientras ella ponía sus brazos alrededor de su cuello y acariciaba su cabello. El rubio sólo cerró sus ojos, y se dejó llevar por el momento. Y entonces, fue cuando todos sus sentidos se activaron, cuando su mente se sincronizó con su corazón y por fin lo entendió todo - ¡Es ella!... ¡Por Salazar! Es Hermione. Sus besos saben a chocolate y su cabello a vainilla – Pensaba mientras comenzaba a faltarle el aire – Qué idiota eres Draco, siempre ha sido ella, sólo había que saber mirar – Se reprendió mentalmente.
Para desgracia de ambos, necesitaban aire para respirar por lo que tuvieron que concluir el beso, aunque el rubio la tomó de la cintura y se negó a soltarla. Se acercó a su oído, y le habló con voz seductora – ¿Cuánto tiempo más pensabas esconderte de mí, princesa? – y murmurando un conjuro no verbal, hizo desaparecer los efectos del hechizo con el que Hermione había hecho algunos cambios en su físico. Luego, cerrando sus ojos, juntó su frente con la de ella, aspirando ese aroma que tanto había extrañado – No dejaré que vuelvas a escapar otra vez, Mione – Y allí, en ese balcón, bajo el cielo estrellado de París, nuevamente la besó como si no hubiera un mañana.
