El universo de InuYasha pertenece a Rumiko Takahashi

Los derechos de la imagen de portada no me pertenecen.

Nansei

«Suroeste»

Parte I. Relatos del Sur

¿Cómo puedo alejarte cuando estás tan dentro de mí?

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I. XII Viaje

Para sorpresa de Kagome, su viaje había resultado menos solitario de lo que esperaba. Pensaba que estar viajando solo con Kirara le haría pensar en todo lo que había ocurrido y que solo haría peor el dolor por la reciente perdida de su padre, su hogar y Sesshōmaru.

Sin embargo, ser una sacerdotisa sin un lugar fijo requería más trabajo del que contempló, los demonios y espíritus estaban en revuelo, probablemente por la inestabilidad de los poderes del Sur y el Oeste, lo cual provocaba que las aldeas humanas pasaran por dificultades debido a esas criaturas.

Cada aldea que había visitado tenía alguna clase de problema que ella estaba gustosa de resolver, obteniendo a cambio alimentos y hospedaje si ella lo deseaba.

Se sentía extraña siendo tan respetada y admirada.

Seguro, en el Sur los demonios le respetaban porque si no su padre les castigaría, pero la hostilidad hacia ella hacía que toda clase de respeto careciera de valor.

Por eso mismo, se sentía sumamente satisfecha por ser reconocida por su propio poder entre su gente.

Jamás en toda su vida había convivido tanto con otros humanos, además de su tiempo con Midoriko y sus misiones ocasionales.

Sin embargo, no todo era tan maravilloso, pues el poder de la perla que custodiaba constantemente atraía demonios hacia ella, por lo que por más que disfrutara la compañía de otros humanos, no podía quedarse mucho tiempo en una aldea para evitar que fuera atacada.

También en ese tiempo había aprendido a mantener en secreto de los humanos que ella poseía la perla, pues había escuchado de varios hombres que también deseaban hacerse de ella e incluso estaban rastreando su paradero para poder satisfacer sus deseos egoístas.

Mientras ella estuviera viva jamás permitiría que el preciado objeto que le había confiado su maestra cayera en malas manos.

–¡Sacerdotisa! –Fue el gritó que sacó a Kagome de sus pensamientos.

Uno de los aldeanos de la aldea en la que se encontraba en ese momento había entrado agitado a la cabaña dónde ella se estaba quedando. El hombre sudaba, víctima del terror.

–¿Demonios? –Preguntó tranquila.

El aldeano asintió con la cabeza rápidamente.

Kagome apretó los labios, esa era la señal que le indicaba que debía marcharse del lugar. A veces la pasaba tan bien en las aldeas que la acogían que por un momento se olvidaba de su estancia era solo temporal.

No permitió que la tristeza entrara en ella, su mirada se tornó decidida y con seguridad se dirigió de nueva cuenta al hombre.

–No te preocupes –dijo mientras se inclinaba para tomar su arco y colocarse el carcaj de flechas en la espalda –, yo me haré cargo.

El aldeano le indicó la dirección desde la que se divisaban pues lo hombres que encontraban trabajando en el campo habían sido quienes habían visto al demonio en forma de gusano sobrevolar sobre la aldea, como si buscara algo.

Kagome se concentró para sentir la energía demoniaca, y se sintió aliviado cuando se dio cuenta que era un demonio de clase media que no le daría muchos problemas para purificarlo.

–¡Kirara! –Llamó la sacerdotisa a su compañera, quien de inmediato adoptó su forma más grande.


La purificación había salido sin mayores complicaciones. Los aldeanos la rodeaban con gran alegría, agradeciendo que ella estuviera ahí en ese momento para defenderlos del ataque, Si tan solo supieran, pensaba Kagome afligida por ser la responsable de que corrieran un peligro tan grande.

La joven sacerdotisa regreso a la cabaña apenas se dispersó el cúmulo de personas y con pocas ganas comenzó a colocar en su bolso de viaje las pocas pertenencias con las que contaba, pequeños artículos que había obtenido en su viaje como hierbas o la vasija que utilizaba para cargar agua.

–¿Kagome? –Preguntó preocupada una voz desde la puerta, la chica volteó siguiendo el sonido y contempló a la amable señora que le había dado asilo en ese corto tiempo. Le había costado enormemente a que ella accediera a llamarla por su nombre en lugar de "sacerdotisa".

Su esposo había sido asesinado hace años por ladrones, dejándola sola con su pequeño hijo, quien ahora tenía un poco menos de la edad de Kagome.

–¿Acaso te marchas, querida? –La chica reconoció autentica tristeza en su voz, y se sintió mal por hacer sentir a esa amable mujer de esa forma, siendo que ella no había hecho otra cosa más que tratarla como su hija a pesar de ser una completa desconocida.

–Me temo que sí, señora Ruri –respondió con una sonrisa triste–, agradezco su hospitalidad, pero ya es momento de que continúe con mi viaje.

La señora Ruri se acercó rápidamente a la joven y la envolvió en un abrazo.

–Siempre serás bienvenida aquí, Kagome, nunca lo dudes.

Conmovida, la sacerdotisa hizo lo posible por contener sus lágrimas y apretó con fuerza el abrazo. En este punto de su vida, aún no podía acostumbrarse a las despedidas.

Abandonar una aldea siempre era difícil, pues las personas se reunían a su alrededor y la acompañaban hasta la salida, animándola con buenos deseos e incitándola a que vuelva pronto.

Cuando se sintió lo suficientemente alejada, estiró los brazos en busca de desperezarse y deshacer de la tristeza que la había embargado, recordándose que estaba haciendo lo correcto al irse, pues la seguridad de esas amables personas dependía de eso.

–¡Bien! Continuemos Kirara –Animó a su compañera mientras una enorme sonrisa surcaba su rostro.

Fiel como siempre, la nekomata respondió a su ama con su maullido característico y juntas se adentraron al bosque que tenían frente a ellas.


Sesshōmaru se encontraba más que impaciente mientras volaba, a pesar de que su rostro se mantuviera sereno; la esencia de Kagome estaba impregnada en tantos lugares que incluso para él estaba siendo complicado localizarla. La irritante sacerdotisa no le había mentido cuando dijo que iba a explorar.

Sin embargo, estaba seguro que no faltaba mucho para encontrarla y llevarla de regreso al Sur con él, pues su esencia comenzaba a hacer más y más fuerte.

Aun sabiendo que estaba cerca, estaba intranquilo, la irracional humana seguro ni siquiera había pensado en los enormes peligros que la asecharían una vez estuviera fuera de su protección, o peor, lo había pensado pero la pequeña ingenua pensaba que podría defenderse de todo lo que fuera por ella.

Era la odiada hija humana del Sur, los lores de cada casa cardinal detestaban la mera mención de su nombre debido a lo cerca que estuvo de obtener el control de un cargo tan importante como lo es el llevar una casa cardinal.

Y como si eso fuera poco, la perla maldita que protegía la hacía un blanco andante para cualquier criatura que conociera de su existencia.

En verdad, no podía entender en qué estaba pensando la humana terca cuando tomó la decisión de marcharse por su cuenta.

Descendió con gracia una vez estuvo lo suficientemente cerca, hizo lo posible por controlar su energía demoniaca para que Kagome no lo sintiera y se pusiera a la defensiva, era mejor si la encontraba desprevenida.

Caminó tranquilamente hasta que sus ojos pudieron divisar la pequeña figura de la sacerdotisa caminar mientras tarareaba a algo entre sus brazos, supuso que sería Kirara. Su mirada dura se suavizó solo un poco al obtener esa imagen de ella después de tanto tiempo de incertidumbre.

Su alerta se disparó con violencia cuando escuchó un correr agitado y violento entre los árboles, encontró rápidamente al responsable y situó su vista en el hacha atada a su espalda. No lo pensó un solo segundo antes de saltar hacia él.


A Kagome le gustaba la paz que le transmitían los bosques durante el día, la llenaba de tanta serenidad que siempre terminaba entonando una melodía que acompañara su andar. Aspiró el aire fresco con los ojos cerrados, llenando sus pulmones de esa esencia tan maravillosa, apretando un poco a Kirara en su pecho en el proceso.

El palpitar de la energía demoniaca que conocía a la perfección vibró dentro de ella, haciéndola girar apresurada en busca del dueño.

–¿Sessho-? –No le fue posible terminar la frase, pues con horror contempló como el demonio que tanto daño le había hecho rasgaba el hombro de Kioshi, el hijo de la amable señora Ruri. Observó al joven caer sosteniéndose la herida y a Sesshōmaru levantar la garra para terminar su ataque.

–¡DETENTE, SESSHOMARU! –El gritó había salido con tanta fuerza y desesperación que los pájaros volaron lejos de las copas de los arboles cercanos y el demonio de los cabellos color plata detuvo sus garras a solo unos milímetros de su objetivo, mientras sus ojos se abrían ligeramente por la impresión.

La sacerdotisa aprovecho ese momento para correr y posicionarse frente al joven Kioshi, cuya herida comenzaba a sangrar.

–¡¿Qué demonios crees que haces?! –Vociferó mientras se dejaba caer sobre sus pantorrillas para tratar de detener el sangrado.

Sesshōmaru no respondió, solo entrecerró los ojos, molesto ante la cercanía que esa molesta mujer parecía tener con el hombre que iba a atacarla.

–Ka-Kagome…–murmuró Kioshi entre el dolor.

–Estarás bien, joven Kioshi –le tranquilizó Kagome mientras sacaba rápidamente la tela que solía usar para cubrir las heridas.

–¿Y bien? –Volvió a cuestionar la joven hacia el demonio, mientras trabajaba sobre el hombro del chico.

–Iba a atacarte. –Respondió el demonio mientras fulminaba al joven humano con la mirada, sin entender por qué Kagome se preocupaba por defender a su atacante. Era más estúpida de lo que suponía.

De inmediato, Kioshi respondió.

–¡Y-Yo jamás haría eso! –Se excusó, a lo que recibió una mirada aún más dura por parte del demonio que lo había atacado, por lo que se giró en dirección a Kagome –Cuando regresaba de cortar leña mi madre me pidió que te alcanzara para que te diera estas plantas medicinales.

Acto seguido, el hombre desenvolvió una bola de tela que contenía las plantas mencionadas.

Con esto, la furia que Kagome sentía hacia Sesshōmaru no hizo más que aumentar. Agachó levemente la mirada y aspiró aire profundamente, buscando calmarse.

–¿Qué haces aquí? –cuestionó la mujer con seriedad, sin dirigirle la mirada.

–He venido por ti.

–Entonces márchate –la respuesta de Kagome fue inmediata, descolocando al demonio. Después, se giró con delicadeza hacia el insípido humano y, para molestia de Sesshōmaru, cuestionó con voz más dulce –: ¿Puedes ponerte de pie?

El humano asintió, aceptando el brazo que la sacerdotisa le ofrecía para ponerse de pie, entonces ambos dieron media vuelta dispuestos a regresar a la aldea.

Sesshōmaru estaba incrédulo, ¿acaso la mujer se atrevía a darle la espalda de forma tan humillante…?

Soltó su látigo de veneno, cortando el terreno frente a la chica de cabellos oscuros.

–No te atrevas a darle la espalda a este Sesshōmaru.

Kagome giró la cabeza lentamente, con una mezcla entre furia y cautela en su mirada azul.

–Gracias a ti –hizo énfasis la chica – el joven Kioshi necesita atención urgente, no tengo tiempo para discutir.

La furia de Sesshōmaru se incrementó ante esa respuesta, ¿tanto le importaba ese estúpido humano que acababa de conocer? Qué tontería, podría simplemente matarlo y acabar con el problema, sin embargo, su instinto le decía que eso solo empeoraría su situación con Kagome. Pero ah, cuanto deseaba matarlo.

–No pienso volver al Sur –continuó la chica–, ya hemos aclarado las cosas y ambos decidimos cómo sería todo.

El demonio fue capaz de reconocer el reproche en su tono. Sabía que ella estaba tan inconforme como él con el absurdo acuerdo, pero era lo suficientemente obstinada como para no ceder.

La odió, la odió durante un efímero momento al darse cuenta que había dejado su orgullo de lado para ir en su búsqueda y ella no lo valoraba ni un poco. Le estaba tratando como si fuera una molestia.

–Tu terquedad te llevará a la muerte –advirtió Sesshōmaru, ocultando la molestia que le carcomia por dentro.

Ambos compartieron miradas duras, sintiendo la fusión entre dorado y azul bailar en una danza de guerra donde ninguno permitiría ser dominado por la intensidad del otro.

–Entonces que así sea –concluyó Kagome antes de girarse nuevamente mientras ayudaba a caminar a un consternado Kioshi, impresionado ante el intercambio verbal tan brutal que había contemplado, admirando la dureza de la sacerdotisa para enfrentar a un demonio de semejante calaña sin titubear.

Por su parte, Sesshōmaru contemplaba a la chica alejarse mientras pensaba en que debía matarla por semejante insolencia, en que debía hacerle ver que él no era ningún juego y que fácilmente podía acabar con su frágil vida.

Sin embargo, sabía que no podía matarla o hacerle daño de ninguna forma. No a ella.

Ese arrebato solo le hacía quererla más a su lado. Por primera vez en su vida aceptaba que se había equivocado en algo: Kagome era una compañera digna. Y no permitiría que nadie la alejara de él, ni siquiera ella misma.

–Que así sea…–susurró el demonio mientras una ráfaga de viento sacudía sus largos cabellos platinos.


¡Hola, volví!

Debo confesar que me encantó escribir este capitulo (no tienen idea de cuánto) así que estaba ansiosa por subirlo jsjsjs.

¡Feliz navidad adelantada! Cuídense mucho :D

Y si le quieren hacer un regalo a esta autora, no duden en dejar su opinión, ¡me gusta mucho leerlas!

Nos leemos pronto c;

[EDITO: Un par de detalles que no vi antes de publicarlo]