Luego del "incidente" con Draco, y después de realizar nuevamente el hechizo para recuperar su apariencia como Jane, Hermione pidió al rubio que le permitiera terminar con su compromiso en la fiesta, y apenas ésta terminara, se reunirían a hablar de todo lo ocurrido.
- Te noto nerviosa, pequeña. ¿Algo que quieras contarle a esta vieja? – Preguntó pícaramente Charlotte, ya que había sido mudo testigo del encuentro entre la castaña y el rubio. Claro, lo que nadie sabía es que otro par de ojos, también habían estado atentos en todo momento a lo ocurrido y que, previendo un cambio de planes, corrió a enviar una lechuza a Londres.
- La verdad es que sí, abuelita – Decía una pensativa Hermione, mientras acariciaba suavemente sus labios – Pero lo hablaremos luego, antes quiero terminar con el compromiso de esta fiesta – Concluyó la castaña, mientras recobraba su postura.
Mientras, en otro extremo del salón, Draco no podía en sí de alegría, por fin había encontrado a su ratona, y esta vez no la dejaría ir.
- ¿Cómo estás querido Draquin? – Saludaba una atractiva Astoria, mientras bebía el champagne de su copa.
- ¿Por qué no te buscas un pobre iluso que requiera de tus servicios y me dejas en paz de una vez, Astoria?
- Pero qué sensible, Draquin – Y dedicándole una mueca burlona, se retiró del salón.
El rubio sólo rodó los ojos, y luego los dirigió hacia Hermione. Tan intensa fue su mirada, que la castaña no pudo evitar sonrojarse. Un rato después, Draco recibió una pequeña mariposa de papel, con un escueto mensaje: En una hora, en mi despacho de la mansión. Winnie, la elfa de mi abuela, te buscará y te llevará allí. El rubio sólo esbozó una sonrisa ladeada, logrando contener toda su ansiedad en una mueca.
Casi una hora después, en el despacho de la Mansión Leblanc
- ¡No sé qué hacer Theo! Draco ya sabe la verdad… sabe que soy la maldita sangre sucia que un día odió. Y Merlín… debo decirle sobre la existencia de mi pequeña Helena – Decía una angustiada Hermione.
- ¡Alto ahí Hermione! Jamás…jamás vuelvas a tratarte así – Decía un molesto Theo – Eres una hija de muggles, sí, pero que no se te olvidé que también eres heroína de guerra, y una de las brujas más poderosas e inteligentes desde Rowena – Concluyó suavemente, mientras se acercaba a ella.
- ¿Y de qué me sirvió todo eso Theo? ¿Ehh? ¿De qué me sirvió, si no fui capaz de proteger a mis padres? – Decía la castaña, casi en un susurro, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas.
- Ya hemos hablado de eso, princesa. No tenías cómo saber de ese ataque, ¡no podías evitarlo Mione! – Y con esto último, se acercó lentamente a la chica, y la envolvió en un abrazo reconfortante y lleno de cariño. En ese abrazo trató de decirle tantas cosas, que la amaba, que siempre estaría ahí para protegerla, que sin importar cuáles fueran sus caminos, y quienes estuvieran en ellos, ella siempre ocuparía el lugar más especial de su corazón.
- No sé qué habría hecho si no estuvieras a mi lado Theo – Decía la castaña mientras apoyaba su cabeza en el pecho del chico. Cómo le hubiera gustado amarlo, y darle la oportunidad que se merecía. Pero ella no era una mujer egoísta, y muy en el fondo de su corazón sabía que jamás dejaría de amar a Draco, por lo que no podía condenar a su querido amigo a una vida sin amor – Gracias por todo serpiente – Dijo esbozando una dulce sonrisa. Y aún abrazados, besó la mejilla de Theo, en señal de despedida.
- ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Maravilloso espectáculo Leblanc! – Exclamó una voz ronca y llena de veneno por los celos – Por lo visto Daphne siempre tuvo razón…
- ¡Theo! – Exclamó la castaña, nerviosa, al ver que su amigo golpeaba al rubio con fuerza
- ¡No me digas nada Mione! Este idiota estuvo a punto de insultarte una vez más, se lo merecía – Exclamaba un rabioso Theo. El rubio sólo lo observaba con rabia mientras sobaba su golpeado pómulo – Mejor me retiro antes de que esto se salga de control. Confío en que puedes contenerlo, pequeña – Le dijo en un susurro – Hasta pronto – Dijo despidiéndose con una sonrisa – Malfoy – Dijo serio, en señal de despedida, mientras se dirigía hacia la salida.
- ¡Theo! – Llamó la castaña, antes que el chico se retirara de la habitación – Recuerda que mañana tenemos una reunión importante. Necesito que tengas a primera hora los documentos que te solicité, por favor.
- Todo está listo Jane, mañana a primera hora será – Concluyó, saliendo de la estancia.
- Maldito Nott – Decía un enfadado rubio.
- Mira Malfoy – Comenzó una molesta castaña – Si te cité aquí fue para aclarar las cosas y conversar sobre un tema importante, pero por lo visto, no has cambiado mucho. Sigues siendo el mismo celoso e impulsivo de siempre, aunque claro, en este caso no tienes motivos para ello, dado que tú y yo no somos nada – Dijo fríamente la chica, mientras el rubio sentía el golpe en su interior - Theo sólo es mi amigo, al igual que Harry, Ron y Blaise. Ha estado conmigo desde siempre, y jamás ha dejado de brindarme su apoyo y amistad sincera. Si no puedes entenderlo, es tu problema – Cómo amaba esa vena griffindor de su leona, pensaba Draco, mientras la oía hablar, al mismo tiempo que se reprendía mentalmente por lo ocurrido, pero es que cuando se trataba de ella, no podía contenerse. No podía siquiera pensar en que otro hombre pudiera poner sus manos sobre ella u obtener sus besos – ¿Y bien? ¿Hablaremos de una vez o sólo te quedarás ahí parado?
- Vaya Granger, veo que aún haces honor a tu casa - Hermione sólo rodó los ojos.
- Tic tac.. tic tac… se me agota la paciencia, Malfoy – Decía una empoderada castaña, aunque por dentro se sentía tan nerviosa, como la primera vez que la besó.
- Bien, bien… por favor, perdóname Hermione – Rogaba el rubio, con aflicción, mientras pasaba una mano, por su cabello – No pude controlarme, y cuando los vi ahí abrazados, sólo dejé que las palabras escaparan solas – ¿Me perdonarás ratona? – Preguntó tomando su mano, acariciándola suavemente. Por un momento, fue como si la castaña se desconectara completamente de su entorno y sólo podía observar esos ojos grises. De pronto, estuvieron a punto de besarse nuevamente, pero la razón de la Hermione, salida de no sabe dónde, la obligó a alejarse del rubio. Necesitaba pensar con claridad. Draco sólo sonrío para sus adentros.
- De verdad que no logro entenderte, Draco. Me engañaste con Astoria, dejando claro con tus actos, que no me amabas – Decía una melancólica castaña – De verdad que no te pega para nada el papel de novio celoso – y tomando aire, prosiguió – Insisto…Tú y yo ya no somos nada…
- ¡No Hermione! – Exclamó el rubio con prepotencia – No digas eso cuando acabas de responder a mis besos – Hermione no se dio cuenta en qué momento se había acercado tanto, hasta tenerlo sólo a unos centímetros. Tenía que decir pronto lo que debía para terminar con esa conversación. Cuando Draco estaba cerca, sus sentidos perdían la orientación.
- Jane – Dijo ella, escuetamente – Jane Leblanc, Draco. Hermione quedó enterrada en Londres y no se moverá de allí – Decía ya más recobrada de la cercanía del rubio – En fin, si te llamé aquí, es porque tengo algo muy importante que decirte, pero debes prometerme que conservarás la calma en todo momento - Concluyó, mientras se mordía el labio inferior, en señal de que estaba nerviosa.
- Bien. Tú dirás, Jane – Decía con voz seductora.
- Bien, seré directa. Necesito que unamos nuestros núcleos mágicos – Soltó sin casi respirar.
- ¿Qué tú qué? – Preguntó contrariado el rubio – No juegues conmigo, sabes la implicancia que tiene unir tu núcleo mágico al de otro mago o bruja.
- Por Merlín – Decía la castaña mientras se pasaba las manos por su rostro – es importante Draco… sabes que no lo pediría si no fuera realmente necesario.
- Bueno, dame razones Hermione – Pidió con seriedad. Sabía que la ceremonia de los núcleos mágicos, era tan antigua como la magia, y sólo se utilizaba en caso de requerir una protección poderosa. Los engranajes de su mente comenzaron a funcionar con rapidez, analizando las opciones por las que Hermione querría hacer algo así. Sólo una posibilidad llegaba a su mente, pero deseaba pasarla por alto. Ella no sería capaz de esconder algo tan importante ¿o sí?
- Bien – Continuó Hermione, mientras tomaba una gran bocanada de aire, preparándose para lo que vendría - Necesito que conozcas a alguien, acompáñame por favor.
Y diciendo esto último, salió del despacho, seguida de cerca por el rubio, quien observaba todo con curiosidad, sin dejar de maravillarse por la elegancia de la mansión, claro que ocultando perfectamente sus emociones. Jamás dejaría de ser un Malfoy y como tal sabía esconder perfectamente sus sentimietos, excepto ante ella; todo era diferente con ella, porque con Hermione podía ser él, sin caretas. Por ella peleaba día a día por convertirse en una mejor versión de sí mismo. De pronto, observó la espalda de la castaña, sus rizos que caían libremente sobre su espalda, sus formas, su caminar, toda ella. La amaba. Tanto que dolía, malditas fueran las Greengass y todas sus maquinaciones…pero debía resistir, estaba a punto de descubrir algo grande. Tal como la castaña, siempre sospechó que la muerte de los señores Granger, no fue al azar, que había algo más cociéndose entre los adoradores de Voldemort que aún pululaban por ahí, ocultos en las sombras, esperando el momento preciso para atacar, y de una u otra forma, presentía que la familia Greengass estaba involucrada de alguna manera. De pronto, el llanto de lo que creyó, era un bebé, lo sacó de sus cavilaciones. Todos sus sentidos se pusieron en alerta, y la idea que hace unos minutos atrás, había considerado una locura, se hacía cada vez más probable. Unos pasos más allá, Hermione se detuvo junto a una puerta rosa. La chica ingresó al cuarto, y él la siguió. Dentro se encontraba Charlotte Leblanc, meciendo en sus brazos a un pequeño bulto rosa.
- Buenas noches abuela, nos dejas un momento, por favor – Dijo la castaña, nerviosa.
- Claro princesa. Ten a la pequeña Helena. Al parecer te ha estado esperando, porque no ha querido dormirse – Dijo la anciana mientras depositaba a la pequeña en brazos de su madre, con toda la dulzura y suavidad posibles – Señor Malfoy, hasta pronto.
- Hasta pronto madame Leblanc – Contestó educadamente el rubio.
- Draco…yo.. mmm… la persona a la que quiero que conozcas es… es…
- ¡Deja ya de balbucear Jane! – Dijo fríamente el rubio – y dime de una vez lo que me has estado ocultando todo este tiempo – Continuó mientras observaba al pequeño bulto en sus brazos. Y en ese momento lo supo, lo sintió, y su corazón estalló de alegría, aunque su rostro permaneció serio, sin mostrar rastros del cumulo de sentimientos que amenazaban por desbordarlo.
- Draco.. yo.. quiero que conozcas a la pequeña Helena, tu hija – y diciendo esto, bajó la cobija de la niña, dejando al descubierto un hermoso y rosado rostro de unos inmensos ojos grises. Para Draco el tiempo se detuvo, sólo podía admirar a la pequeña niña que lo observaba como estudiándolo, para luego obsequiarlo con una gran sonrisa, y finalmente estirar sus bracitos hacia el nuevo visitante.
- Quiere que la cargues – Dijo Hermione, mientras acercaba a Helena hacia su padre, con una mezcla inexplicable de sentimientos.
- Es mi hija… es … es maravillosa, Hermione – Decía el rubio, mientras miraba embelesado a la pequeña – Ven aquí pequeña Helena – Habló a la bebé mientras la cogía entre sus brazos – Soy tu papi, sí lo soy, y tú eres mi princesita – Le dijo, iluminando la sala con la sonrisa más sincera que haya mostrado jamás, mientras la niña tomaba uno de sus dedos con sus manitos. En ese momento, el rubio supo que, desde ese instante, esas manitos no sólo sostenían su dedo, sino que sostenían también su vida entera.
