Bueno, aquí está otro capítulo de este hermoso fanfic, bendecido por Julio Cortázar, bueno tal vez no, pero es un intento. Por cierto, no entren a la universidad, es horrible. ;-;
Entre el ruido incesante de las sirenas y la absurda plática que tenían los paramedicos era casi imposible relajarse, la ceja me dolía como si una punta de clavo al rojo vivo fuese puesta en ella, por más que limpiaban, la sangre surgida de la ceja no para de salir.
Al llegar al hospital, empezó aquello que justamente detestaba, el papeleo, una enfermera me ayudó en todo momento, cambiaron mis ropas por un largo camisón gris y me llevaron a la sala de radio, donde entre murmullos de los propios doctores, determinaban lo que se haría para estabilizarme por lo menos hasta mañana. Pusieron las radiografías en mi pecho cual mueble y un hombre alto y de bata blanca me llevo a la sala de recuperación con otros enfermos.
Pusieron manos a la obra, con guantes frios empezaron a enyesar mi brazo y al poco rato lo suspenderían con un par de poleas y pesas. Con cada saturación en la ceja era otro clavo al rojo atravesando mi piel, doloroso pero curioso, de no ser por los constantes dolores abdominales hasta podría disfrutarlo.
Cerré los ojos cuando la última imagen en mi mente fue las estrellas brillantes de la noche opacadas por el ventanal sucio del hospital.
...
Los latidos de mi corazón y mis pies tan veloces era lo único que entre el medio de la noche estrellada y caótica se podría escuchar, las sucias calles de una Francia en tiempos de hombres no había espacio para considerar por que camino usar o en quien confiar. Revolucionarios y parte de las tropas francesas era lo último que quería ver al dar la vuelta errónea entre Lautx y 37, en el corazón de París, trate de ocultarme, pero me vieron de inmediato, revolucionarios y tropas con fines en comun, no deseaban intrusos en las reuniones secretas, pero el hambre y el amor son cosas que no se pueden evitar y menos en horas determinadas, el espíritu rebelde no solo se adjuntaban con lo político y las guerras.
Corrí, entre los callejones repletos de basura, muebles quemados y uno que otro cadáver en descomposición, la hazaña de escalar un muro para perderlos era más que un alivio, olía a guerra, a traición y sangre derramada por la inseguridad y el miedo, de atraparme, lo único que me llegaría sería una muerte instantánea en la guillotina. Salte del otro lado y el miedo me paralizó.
...
–Ash, tranquilizate, no te muevas demasiado–
Escuche una voz que reconocí de inmediato, abrí los ojos y ella, en una obra de poder acomodarme de nuevo, me cubrió con una sábana y volvió a sentarse en la camilla donde descansaba.
–¿Acaso eres sordo? Te repetí que no usaras la motocicleta...–
–Si, gracias Betty, estoy bien, gracias por preguntar...–
–Por lo menos no pasó a mayores, estarás en cama un largo rato...–
Voltee a ver la mesa de noche y una bandeja, un plato de sopa caliente y un pan, por fin sabotearía algo que no fuera sangre en mi garganta seca.
Elisabeth tomo el plato de sopa y comenzó a darme pequeños sorbos, con el primer sorbo de la cuchara basto para que el alivio se hiciera notar, por lo menos, hacia olvidar los dolores abdominales y por supuesto, al relamer mis labios el sabor a sopa hizo recordar el sueño, por lo general jamás soñaba con sabores pero esta vez, era casi como real.
