Este también va para Gizz Malfoy Granger. Te quiero, amor.
Como le dije a LadyChocolateLover, esto aún tiene que empeorar antes de mejorar. Diría que lo siento, pero me encanta escribir drama #SorryNotSorry.
La frase de este capítulo es de un escritor español cuyos libros recomiendo mucho, especialmente Marina y la trilogía de El cementerio de los libros olvidados. No os arrepentiréis de leerlos.
NOTA: A partir de ahora empezaré a usar ~ · · · ~ para cambiar de personaje y · · · para cambiar de escenario dentro del pov un mismo personaje .
PRESCINDIBLE
‹‹¿Sabes lo mejor de los corazones rotos? Que sólo pueden romperse de verdad una vez. Lo demás son rasguños››.
Carlos Ruíz Zafón
Capítulo 2: Algo más
Hermione abrió los ojos al oír cómo se abrían las cortinas. La luz matutina la golpeó de lleno, haciendo que gimiera y se girara hacia el lado contrario de la cama. No sabía cuándo se había quedado dormida, pero no debía haber sido mucho tiempo atrás, porque aún tenía las mejillas ligeramente húmedas. Había pasado la mayor parte de la noche tumbada boca arriba en la cama de su antigua habitación, con la vista fija en la oscuridad del techo. Había llorado tanto que sentía que iba a deshidratarse en cualquier momento.
Había estado reflexionando mucho sobre los eventos de la noche anterior. Había repasado hasta el mínimo detalle de su relación con Draco desde que empezaron a salir, cuando volvieron a Hogwarts para terminar séptimo. Bueno, entonces fue cuándo formalizaron su relación y la hicieron pública, pero sus escarceos se remontaban a sexto curso. Le costó horrores perdonarle que no hiciera nada mientras su tía Bellatrix la torturaba en el suelo de su salón, en la mansión Malfoy, pero pareció tan arrepentido… ¿Cómo resistirse a sus promesas de amor incondicional? ¿Cómo no creerlo cuando juraba que no volvería a fallarle?
—Cariño… —Su madre se sentó en la cama, a sus espaldas, y acarició suavemente su cabello enmarañado—. ¿Quieres contarme qué ha pasado? Papá y yo estamos preocupados.
Hermione hundió el rostro en la almohada y negó con la cabeza. No estaba preparada para decir en alto aquello que siquiera se atrevía a pronunciar con claridad en su mente. Su madre suspiró.
—¿Por qué no te das un baño? Todavía no te has quitado ese vestido.
Era cierto: después de llegar a casa de sus padres, había subido directamente a su habitación y se había echado en la cama. Sus padres se habían quedado al otro lado de la puerta, sin saber cómo reaccionar. Finalmente, siguiendo el buen juicio que caracterizaba a los Granger, decidieron que lo mejor sería dar a su hija algo de espacio. Y lo más importante, algo de tiempo. Desgraciadamente para Hermione, el tiempo se había acabado.
—Sí —accedió; tenía la voz ronca de tanto llorar—, creo que un baño estará bien.
Se levantó y fue al baño en silencio. Llenó la bañera y se desnudó, evitando mirarse al espejo; si por fuera estaba la mitad de horrible que por dentro, no era una imagen que quisiera ver. Metió un pie en el agua; estaba ardiendo. Perfecto, pensó, así tal vez conseguiría eliminar el tacto de las manos y labios de él en su piel. Se frotó con fuerza, pensando en todas las otras pieles que habría tocado.
Sumergió la cabeza y se restregó los ojos con las manos, hasta que concluyó que el maquillaje y la sal ya habrían desaparecido casi por completo de su piel. Se quedó en esa posición hasta que sintió que se quedaba sin aire. Entonces, sacó la cabeza, se abrazó las piernas y apoyó el mentón en las rodillas. Tal vez así se haría más pequeña y sus problemas disminuirían con ella.
Suspiró.
—¿Qué ha sido de ti, Hermione? —susurró, formando espirales en el agua con el dedo.
Poco a poco, su mente empezó a reunir los fragmentos y juntarlos. Se dio cuenta de que llorar era fácil; lo difícil era asumir el rumbo inesperado que había tomado su vida. Su vida no había empezado con Draco Malfoy y, desde luego, no terminaría porque él había decidido serle infiel.
Ella era Hermione Granger, la bruja más brillante de su edad. Había ayudado a derrotar a Voldemort. Había sido torturada. Había estado a punto de morir en la batalla, pero había sobrevivido. Había empezado a trabajar en el Ministerio a los veintiún años, siendo ascendida a los pocos meses. Era una bruja respetada y una amiga e hija querida. No, Hermione Granger estaba lejos de dejarse hundir por una decepción amorosa. No sería recordada como la ex que no pudo superar una ruptura. Costaría, pero lo intentaría. Y Hermione no estaba acostumbrada al fracaso.
Pensó en las palabras de él la noche anterior: ‹‹No sé de qué te sorprendes››. Sí, sabía cómo era él en Hogwarts: tonteaba con todas, no mostraba cariño ni respeto por nadie y se metía con ella y sus amigos siempre que podía. Después, cuando se reencontraron en séptimo año, él se disculpó, le dijo que lo sentía. Y ella le creyó.
‹‹Estúpida››.
Salió de la bañera, se tapó con una toalla blanca y se acercó en el espejo. Después de limpiar el vaho con el antebrazo, se miró con atención. Los estragos de la noche anterior eran bien visibles: tenía los ojos hinchados, adornados por círculos negros debajo, mezcla de los restos del rímel waterproof y las ojeras por no haber dormido bien. Cogió un peine y tiró de su pelo hasta que no quedó ni un enredo. Quizá si empezaba por arreglar algo tan sencillo como su pelo, conseguiría arreglar también el destrozo que era su vida.
Se enfundó en unos vaqueros desgastados y una camiseta gris de los tiempos en que aún iba a Hogwarts. Bajó las escaleras con lentitud; decidir que era lo bastante valiente para enfrentarse a sus problemas y enfrentarse al mundo real eran dos cosas distintas. Cuando entró en la cocina, sus padres, que habían estado discutiendo en susurros, callaron de golpe. Intercambiaron una mirada preocupada, pero no dijeron nada. Hermione se sentó en la mesa, enfrente de ellos. Permanecieron en silencio durante un minuto, hasta que su padre no pudo contenerse más:
—¿Ha sido él, verdad? —preguntó—. ¿Qué te ha hecho? ¿¡Te ha pegado!?
—Me engañó —dijo Hermione sin apartar la mirada de las líneas oscuras de la madera.
Su madre se cubrió la boca con las manos; su padre soltó una exclamación airada. Se miraron, el señor Granger con cara de ‹‹Te lo dije››. Hermione cerró los ojos y esbozó una mueca de dolor. ¿Tan evidente era para todo el mundo? Al final era verdad eso de que el amor cegaba.
—¡Lo sabía! Ese malnacido…
El señor Granger tenía mucho que decir sobre ese hijo de perra, pero calló cuando su mujer tocó su brazo levemente, indicándole con una mirada que aquel no era el mejor momento para recordar a su hija el objeto de aquello que tanto la hacía sufrir. Margaret Granger se levantó, incapaz de permanecer inmóvil durante más tiempo.
—¿Quieres que te prepare unas tortitas? Con sirope de arce, como cuando eras pequeña.
Hermione dedicó a su madre una mirada vacía.
—¿Tú qué crees? —espetó.
Su madre volvió a sentarse lentamente. Hermione apretó los labios. ¿Pero qué estaba haciendo? ¿Por qué la pagaba con sus padres? Ellos solo se preocupaban por ella. No la habían presionado para que hablara, le habían dado tiempo para que llorara. Se le llenaron los ojos de lágrimas al pensar en su comportamiento.
—Mamá. —Alargó una mano, que su madre cogió—. Papá. —Su padre le dio un pequeño apretón en la otra mano—. Gracias. Un par... Un par de tortitas estarían bien —se obligó a decir.
Su madre preparó comida para los tres. Hermione miró las tortitas bañadas en sirope como si de un animal muerto se tratara. Cualquier otro día las habría devorado en cuestión de segundos y habría pedido más, pero no tenía apetito. Aun así, se obligó a comer. Por su padre, que estaba rojo por la ira y lo único que lo calmaba era ver a su hija comer. Por su madre, que la observaba con expresión de angustia aunque fingiera estar concentrada en su propio desayuno. Y por ella misma, porque debía hacerlo.
Cuando ya iba por la mitad, sonó el timbre. El tenedor de Hermione se detuvo a medio camino hacia su boca. La castaña intercambió una mirada con su padre. El timbre volvió a sonar con insistencia. Y una tercera vez. Adam Granger se levantó con resolución. Hermione cerró los ojos y rezó por primera vez en su vida. Suplicó a todos los dioses que conocía que fuera cualquiera menos él. Él no, por favor.
Los dioses ignoraron su súplica.
—Adam... —La voz de Draco se clavó en Hermione como un puñal.
—Déjate de mierdas, hijo. —La voz del hombre dejaba claro que no estaba de humor para tonterías. No cuando se trataba de la felicidad de su hija—. Lárgate ahora mismo si no quieres que te dé tal paliza que desees no haber existido.
Hermione sonrió ligeramente. Aunque Draco era más alto, su padre estaba más fornido. Sin duda, apostaría por su padre.
—No pienso irme hasta que Hermione venga a hablar conmigo.
La castaña reconoció el tono de superioridad del antiguo Draco Malfoy. Casi podía verlo frente a ella, cruzado de brazos, con una sonrisa ladeada, como si con esa actitud pudiera conseguir lo que quisiera. Se oyó un forcejeo. La voz del señor Granger descendió hasta convertirse en un susurro. Adam Granger solo bajaba la voz cuando estaba realmente cabreado. Desde la cocina no se oía lo que el hombre decía, pero sí la respuesta.
—¡Quíteme... las manos... de encima!
Hermione se levantó con decisión.
—No tienes por qué hacerlo si no quieres —dijo su madre, sujetándola por el brazo—. Le diré a tu padre que lo eche de aquí.
La señora Granger fue a levantarse, pero Hermione la detuvo. Depositó un beso en la mejilla de la mujer antes de dirigirse hacia el vestíbulo. No podía permitir que los demás libraran sus guerras; era algo que debía hacer ella sola.
Cuando cruzó miradas con él, el mundo se detuvo. La asaltaron miles de recuerdos: ellos dos estudiando en la biblioteca, su primer beso, la primera vez que se acostaron, la reunión que celebraron para comunicar a todo el mundo que estaban juntos, las reconciliaciones después de cada pelea... Hasta que el recuerdo de cinco fotos cruzó su mente. Hermione apretó la mandíbula; centró la vista en la inmensidad grisácea de los ojos de Draco, pero se prohibió perderse en ella. No podía dejar que sus sentimientos la dominaran. «Que no te vea vacilar».
—Puedes irte, papá —dijo, sin apartar los ojos de los de él—. No pasa nada, estaré bien.
—Hermione, yo... —Draco vaciló. Hermione casi podía oír sus pensamientos; seguro que estaba buscando la mejor manera de volver a engañarla.
Ella se cruzó de brazos, marcando la distancia.
—Cualquier excusa que quieras ponerme ya ha pasado por mi mente. Y estoy segura de que tú ya conoces mis respuestas. —Su voz sonó vacía.
Una voz vacía para un envoltorio vacío.
—Haré cualquier cosa para compensarte. Lo que quieras —aseguró él.
Hermione sonrió con cinismo.
—Me hubiera bastado con que te hubieras conformado conmigo. No sé ni por qué te digo esto: debería ser algo obvio. —Entornó los ojos—. Menos para ti, claro. Tú necesitabas más, ¿verdad? Querías demostrar que Draco Lucius Malfoy puede tener a quien quiera, ¿me equivoco?
—Escúchame, yo...
La castaña levantó las manos; no soportaba oír su voz ni un segundo más.
—¿¡No lo entiendes!? ¡Me importa una mierda lo que tú quieras! ¡No soporto tenerte delante! —Draco parpadeó, pero no se movió—. ¡VETE! —gritó, llena de ira.
Él se quedó allí plantado durante lo que pareció una eternidad, hasta que cuadró los hombros y levantó el mentón.
—Cuando cambies de opinión, ya sabes dónde vivo —dijo en tono indiferente.
Hermione resopló. ¿Él se había comportado como un gilipollas, y era ella la que debía reflexionar sobre sus acciones? Qué pronto se había quitado la máscara al ver que no conseguiría nada con esa apariencia de novio arrepentido.
—No cometo el mismo error dos veces —respondió con todo el veneno que pudo. Él ya se alejaba cuando Hermione recordó una cosa—. Ah, Malfoy —llamó. Era incapaz de pronunciar su nombre. Draco se detuvo, pero no se volvió, sino que ladeó la cabeza—. Mi varita sigue en tu casa; mandaré a alguien a por ella. No la rompas, hazme el favor: la necesito.
Draco siguió avanzando, pero la castaña sabía que había captado el mensaje: no pensaba volver. No quería tener nada que ver con él. Ni siquiera sabía si podría perdonarlo alguna vez.
Hermione cerró la puerta y apoyó la cabeza en la madera. Una lágrima solitaria resbaló por su mejilla. Ahora solo tenía que convencer a su corazón de que debía olvidar todo lo que seguía sintiendo por él.
· · ·
Esa misma tarde, llamó a Ginny y le pidió que se pasara por casa de Draco a por su varita. Cuando la pelirroja llegó a casa de sus padres, dos horas después, no iba sola: Harry la acompañaba. Hermione torció el gesto, pero no protestó; al fin y al cabo, era su amigo. Pero eso no hacía que le apeteciera más ver a nadie. En fin. Al menos no había ido Ron también. No podría soportar el tono de superioridad del pelirrojo al decir que él ya sabía que Malfoy era un sinvergüenza y blablablá.
Sus padres tuvieron la delicadeza de irse a dar un paseo, así que estaban los tres solos.
—Toma —dijo Ginny, tendiéndole la varita. Hermione la cogió y la arrojó a un lado. La pelirroja estuvo mirándola con intensidad durante unos segundos. Hermione se sintió tan incómoda que apartó la mirada—. Supongo que no quieres oír lo que Draco me ha pedido que…
—Es verdad —cortó la castaña—. No quiero saber nada.
Se quedaron sentados en el salón en silencio durante varios minutos. Hermione no podía ni tenía ánimos para aparentar normalidad y los otros dos no saben cómo sacar un tema normal sin sentirse incómodos.
—¿Vas a ir mañana a trabajar? —Harry fue el primero en romper el silencio.
Hermione dudó un segundo, pero finalmente asintió.
—Por supuesto. Estoy deprimida, no enferma.
Harry asintió levemente, pero lanzó una mirada casi imperceptible en dirección a Ginny.
—Creo que es una buena idea que te quedes en casa, al menos durante un par de días. Que se las apañen sin ti durante una temporada —secundó Ginny.
Hermione miró a sus amigos detenidamente. Apenas era nada, pero la forma en que habían intercambiado miradas… Si no los hubiera conocido como lo hacía, lo habría dejado estar. Sin embargo, no podía.
—¿Qué pasa?
—Nada —se apresuró a responder Harry.
Hermione entornó los ojos.
—¿Sabes que siempre respondes rápido cuando mientes? —comentó Hermione. Miró a Ginny—. Y tú siempre aprietas los labios inconscientemente.
Nada más decirlo, sus amigos se miraron, sorprendidos. Mantuvieron una batalla mental durante unos pocos segundos antes de que la pelirroja suspirara.
—No podemos decir que no lo hayamos intentado.
Abrió su bolso y sacó un ejemplar de periódico. Hermione reconoció el formato: El Profeta. Ginny se lo tendió.
—Ha aparecido esta mañana.
Cuando Hermione lo desdobló, aparecieron dos fotos ante ella.
En la primera, salían ella y Malfoy cogidos de la mano. Hermione recordaba perfectamente cuándo se sacó: fue al principio de salir juntos, justo después de terminar en Hogwarts. Hermione había convencido a Draco para ir a dar un paseo por Hyde Park. ‹‹Demasiado muggle››, había dicho él. ‹‹Venga, hazlo por mí››, había suplicado ella. Y al final había accedido, haciendo inmensamente feliz a Hermione. Haciéndola creer que ella era importante para él. Qué ilusión más hermosa.
Hermione ya conocía la segunda foto. Era una de las cinco que había recibido. Concretamente, la de Draco con una stripper en el regazo. El rubio tenía el pelo deshecho y los primeros botones de la camisa negra desabrochados. Hermione recordaba perfectamente cuánto le gustaba Draco cuando iba de negro. Él a veces bromeaba, diciendo que se había convertido en mortífago solo para ir de negro.
Después de autolesionarse psicológicamente observando cada detalle de la foto, Hermione se tomó un momento para leer el título:
A Draco Malfoy le gusta más el mundo muggle de lo que pensábamos
(Artículo completo en las páginas cinco y seis)
Hermione vaciló antes de ir a las páginas con el artículo completo.
—Hermione… —Ginny se levantó para quitarle el periódico de las manos, pero Hermione se giró hacia el otro lado, quedando fuera de su alcance.
—No pasa nada —señaló con indiferencia—. Solo quiero saber qué mierda publican los buitres que trabajan en El Profeta. —Cuando vio el nombre de la periodista, todo quedó más claro—. Rita Skeeter… Debí haberla dejado encerrada en aquel frasco un par de años más.
Todos sabíamos que Hermione Granger no tardaría en fichar un nuevo objetivo. Primero fue el Niño que Vivió, pero como el pobre Harry Potter —a pesar de sus carencias maternales— fue inteligente, no cayó en su trampa. Después le llegó el turno a Victor Krum, pero la estrella de Quidditch se marchó justo a tiempo. Pero la voraz depredadora no desistió. En su incansable búsqueda de fama y un compañero cuyo atractivo superara sus posibilidades, la señorita Granger consiguió su objetivo: el heredero de los Malfoy, Draco Malfoy.
No pudo seguir leyendo por temor a echarse a llorar de nuevo, pero repasó rápidamente, muy por encima, la bazofia que escribía ese chiste de periodista que era Rita Skeeter. En el artículo, Skeeter ensalzaba los logros económicos de Malfoy y pintaba a Hermione como la peor novia del mundo: posesiva, celosa, dominante, lo que obligó al pobre Draco a buscar refugio en otros brazos.
Hermione cogió su varita y apuntó al periódico.
—Reducto —musitó, y el papel se desintegró—. Recordadme que nunca vuelva a comprarles un periódico. —Miró a sus amigos, que la observaban, varita en mano, por si debían intervenir—. Bueno, contadme algo. —Necesitaba desesperadamente cambiar de tema—. ¿Cómo van los entrenamientos, Ginny?
Estuvieron una hora más hablando de nimiedades, pero la conversación decayó hasta un punto insalvable.
Antes de que sus amigos se marcharan, Hermione preguntó:
—¿Qué te dijo Malfoy? —Quería saberlo. Cuánto más dolor absorbiera de golpe, más pronto podría digerirlo.
Ginny se tomó un tiempo antes de responder:
—Dijo que, si no vuelves dentro de una semana, no te molestes en volver.
Ese hijo de perra arrogante...
Lo advertí: esto empeoraría...
¿Reviews?
Gizz, espero que te guste :)
MrsDarfoy
