Este, como todos, también va para Gizz.

Lo dije: las cosas siempre empeoran antes de mejorar. Este va a empeorar un poquito más. Espero que no me odiéis.


PRESCINDIBLE


‹‹Somos fácilmente engañados por aquellos a quienes amamos››.

Molière

Capítulo 3: Varios frentes

Hermione entró en el Ministerio con la cabeza alta, mirando al frente. Oía los susurros a su alrededor, sabía que era el centro de todas las miradas, pero decidió que no le importaba. Había ido allí a trabajar, no a esconderse por miedo a unos cuantos cotilleos. Que hablaran si querían.

Cuando llegó a su despacho, se encontró con una nota de su superior, ordenándole que fuera a verla inmediatamente. Hermione suspiró y se dirigió al despacho de Ollard. Recorrió diferentes pasillos, donde la gente callaba a su paso, hasta llegar al amplio despacho de Mina Ollard. Llamó y esperó a oír un escueto ‹‹Pase›› para entrar.

—Siéntese, señorita Granger.

Wilhelmina Ollard era una mujer de facciones y carácter severos, que había ocupado el cargo cuando se atrapó y aprisionó a Yaxley, su predecesor y un mortífago profeso. La mujer, que por aquel entonces no tenía ni la mitad de canas, se había encontrado con un nido de corrupción y desorganización.

—Dígame, ¿cuándo empezó a trabajar aquí?

—Hace poco más de un año, señora.

Ollard se inclinó hacia delante y clavó sus ojos oscuros en los de Hermione. Después, se llevó dos dedos al puente de la nariz y abrió un cajón. Sacó un periódico, que tiró encima de la mesa.

—Tendrían que implantar un filtro de veracidad periodística… —indicó, señalando la portada. Hermione mantuvo su vista fija en el rostro de la mujer. No necesitaba ver aquella mierda más de lo necesario. Ollard permaneció en silencio durante un instante—. Si necesita alejarse de… todo esto, no tengo problema en buscar a alguien que la reemplace.

—No será necesario —aseguró Hermione con rapidez. Necesitaba mantener la mente despejada.

Ollard sonrió ligeramente antes de volver a su adusta expresión.

—No esperaba menos. Bien. —Se levantó. Hermione la imitó—. Y, Hermione… eres joven —La miró con una sonrisa triste de empatía— y en los jóvenes el amor viene y va. Esto no es el fin del mundo. Ya he expedido una orden para prohibir la entrada al Ministerio a cualquier reportero de El Profeta, especialmente si es Rita Skeeter —enfatizó.

Hermione le dedicó una pequeña sonrisa —la primera en dos días— y le dio las gracias antes de volver a su despacho. Aquel día estuvo muy ocupada haciendo informes, por lo que no tuvo mucho tiempo para pensar en otra cosa.

Y así pasó la semana. De vez en cuando recibía alguna mirada de lástima y alguna pregunta del tipo ‹‹¿Cómo estás?››, seguida de una sonrisa condescendiente o unas palabras de ánimo. El summum llegó cuando se le acercó Isabella Thorne, subsecretaria del Comité de Disculpas a los Muggles, conocida por todos por su afición a los chismes. ¿Era su imaginación o la mujer se había relamido los labios? Hermione no iba a darle el gusto de contar nada. Justo cuando la regordeta mujer de mediana edad llegó a su altura, Hermione levantó una mano, adelantándose al bombardeo de preguntas disfrazado de ‹‹genuina›› preocupación.

—Sí, estoy perfectamente. —La mujer la miró sin comprender—. No, no quiero su ayuda. —Thorne se llevó una mano al pecho, ofendida—. Y sí, mi novio se follaba a otras. —Pasó por el lado de la mujer y siguió su camino—. Ahora ya puede ir a contárselo a las chismosas de sus amigas.

Oyó gritos airados a sus espaldas, pero no paró de andar hasta que llegó a la parada de autobús que la llevaría a casa. Sentada en la primera fila de la planta superior, Hermione cerró los ojos y apoyó la cabeza en el cristal. ¿Por qué se sentía como si un dementor hubiera robado toda su felicidad? La parte más racional de su cerebro no paraba de repetir que debía superarlo ya, que ella era fuerte, pero su corazón contaba una historia muy distinta.

—Tengo que seguir adelante o nunca podré salir del pozo —murmuró, haciendo que la persona sentada en el asiento de al lado la mirara de reojo. ‹‹Seguramente pensará que estoy loca. Últimamente no sé quién soy››.

Cogió su móvil y mandó un mensaje a Ginny.

¿Quedamos para comer el domingo?

La respuesta no tardó en llegar:

¿En mi casa a las doce?

Hermione sonrió. Necesitaba una quedada de chicas.

Perfecto.

Cuando llegó el viernes por la noche, tomó una decisión de la que sabía que se arrepentiría.

—Mañana iré a por mis cosas —anunció durante la cena.

Sus padres se miraron.

—¿Quieres que te acompañemos? —preguntó su padre, sacando su lado más ‹‹voy a darle una paliza a ese gilipollas teñido si te pone un dedo encima››.

Hermione negó con la cabeza.

—No pasa nada, puedo defenderme sola.

—Llévate la varita —pidió su madre. Después de varios bocados en silencio, Margaret volvió a hablar—. ¿Estás segura de que puedes…? Quiero decir… ¿Estás segura de que no…?

—Mamá —interrumpió la castaña—, ¿tan débil me crees como para volver a volver a caer en su trampa?

—Claro que no cariño. Confío en ti —hizo un mohín de desagrado con los labios—, es de él de quien no me fío.

Hermione sonrió.

—Tranquila, papá me enseñó a meter un buen derechazo.

La mañana del sábado, Hermione se dirigió al piso que había compartido con Draco durante los últimos dos años. A las once en punto llamó a la puerta. Tenía llaves, pero se negaba a utilizarlas: aquella ya no era su casa. Nadie respondió, así que llamó de nuevo, esta vez de forma más insistente. Finalmente, cuando estaba a punto de rendirse, escuchó unas voces en el interior. Oyó un golpe y una voz—su voz— maldiciendo antes de que la puerta se abriera de par en par.

Un Draco Malfoy envuelto solamente en una toalla y con el pelo mojado la recibió. Hermione pudo reconocer las diferentes expresiones que adoptó su rostro: primero fue desconcierto por no reconocer quién era, después, incredulidad porque ella estuviera allí, y por último, triunfo porque creía haber logrado su objetivo.

—Sabía que volverías —sentenció, cruzándose de brazos y sonriendo de lado.

Hermione intentó obviar el hecho de que estaba tremendamente guapo cuando salía de la ducha, con el torso pálido cubierto de gotitas de agua y olor a limpio, y lo hizo a un lado con un movimiento de brazo.

—Vengo a por mis cosas —explicó—. Si no te has deshecho de ellas, por supuesto —añadió mientras se dirigía al dormitorio.

Justo cuando tenía la mano en el picaporte, la puerta se abrió, revelando a una morena semidesnuda que salía de la habitación. Hermione reprimió las ganas de llorar que sentía en ese momento y enarcó una ceja.

—No pierdes el tiempo —dijo, volviéndose hacia Draco. Él observaba la escena con una sonrisa de satisfacción en su rostro. ‹‹¿Por qué parece que disfruta con esto?››.

—No haberte ido —repuso él, encogiéndose de hombros.

Hermione se fijó de nuevo en la amante casual de su ex. Era todo lo que ella nunca había sido: alta, guapa, curvas de escándalo. ¿Si a Draco le gustaban las chicas con aires de modelos, por qué había salido con ella? Podría haber ahorrado muchos disgustos a ella y mucho tiempo y esfuerzos a él.

—Hola —murmuró la chica, roja como un tomate.

Hermione decidió que no podía perder más batallas.

—Hola. —No alargó la mano para estrechar la de la desconocida más que nada porque no quería saber dónde habían estado esas manos—. Soy Hermione —Señaló a Draco—, su ex. ¿Y tú eres…?

—Amanda —respondió la chica, enrojeciendo aún más.

—Encantada —dijo Hermione con afectación—. Si no te importa… —Le hizo una señal para que la dejara pasar—. Vengo a por mi ropa.

—Oh… —La tal Amanda señaló la bata que llevaba puesta: la bata de Hermione—. Si quieres esto, yo…

Hermione entró en el vestidor y abrió la bandolera encantada —una igual al bolso que llevó a la boda de Bill y Fleur— y empezó a meter jerséis en el interior.

—No te molestes, es toda tuya. —Lo que le faltaba, quedarse algo utilizado por la chica de turno de Malfoy.

—Déjanos solos, nena —ordenó Draco. Amanda obedeció como un perrito faldero. Hermione se preguntó si ella también se comportaba así cuando estuvo con él.

Draco se acercó a Hermione, que seguía rebuscando entre los cajones. Como no se detuvo, la cogió por el brazo. Ella lo miró con perplejidad, pero no intentó liberarse.

—No tienes por qué hacer esto.

Hermione, una vez pasada la magia de sentir el calor de su mano contra la tela de la chaqueta, se apartó de él un paso, obligándolo a soltarla.

—¿Tú crees? —inquirió con sarcasmo. Siguió recogiendo ropa y doblándola con rabia antes de meterla de cualquier manera en el bolso.

—Bien, ¿qué quieres oír? ¿Que la cagué? ¡Vale, sí, la he cagado mucho! Y lo siento, ¿¡vale!? La he jodido mucho, pero yo te…

—No te atrevas a decirlo. —Hermione se acercó a él con la intención de golpearlo—. Dime, ¿con cuántas fue? —No pudo contener su lengua; quería saberlo.

Draco se encogió de hombros.

—¿Crees que llevo la cuenta? —se mofó.

—Eres un completo gilipollas.

En ese momento, Draco hizo algo impensable: cogió a Hermione por la cintura, la pegó a él y la besó. No fue un beso suave, sino uno duro, directo, casi suplicante. Hermione se quedó en shock durante un momento antes de empezar a golpear su pecho, intentando librarse del beso forzado. Pero él no la soltó, sino que la obligó a entreabrir los labios y metió la lengua en la boca de ella. Hermione, mientras tanto, intentaba librarse de las manos del rubio, que apretaban con fuerza su espalda. Finalmente, dio un puntapié a la espinilla de Draco, consiguiendo que la soltara y se llevara las manos a la zona golpeada con gesto de dolor.

A Hermione se le llenaron los ojos de lágrimas de rabia mientras eliminaba cualquier rastro de él con el dorso de la mano. Draco la miró con una sonrisa de suficiencia.

—Dime que no has sentido nada y te dejaré en paz.

Hermione no podía reprimirse más.

—¿Que te crees, que no sigo enamorada de ti? ¡Claro que sí, imbécil! Pero ¿sabes qué? —La castaña se dirigió hacia la puerta—. También te odio. No sabes cuánto desprecio siento por ti. Me das asco. ¡Solo tú eres lo bastante imbécil como para venir con cuentos de que me quieres horas después de haberte tirado a otra! —Soltó una carcajada seca. Lo miró una última vez antes de marcharse—. Por lo que a mí respecta, tú estás muerto —escupió la última palabra como quien lleva reprimiéndose mucho tiempo.

Pasó por la cocina, donde Amanda estaba sentada en el taburete de la mesa, mordiéndose las uñas. Evidentemente, lo había oído todo. Mejor.

—Cuidado con este, hará que te enamores de él y luego te romperá el corazón —advirtió con amargura—. A no ser, claro, que tengas suerte y solo te quisiera para follar.

Abrió la puerta principal —no sin antes dejar las llaves en el mueble de la entrada— y se dirigió al ascensor. Justo cuando las puertas metálicas se cerraban y Hermione había apretado el botón, la puerta del ático se abrió y de oyó la voz de Draco gritando:

—Me da igual si me amas o me odias. Si me amas, nunca saldré de tu corazón; si me odias, nunca saldré de tu mente. —Hermione cerró los ojos con fuerza. No le daría el gusto de responder a sus pullas—. ¡Hermione —gritó él, viendo que lo ignoraba. La castaña siguió sin hacerle caso—, pregúntales a tus amigos por las fotos!

Hermione frunció el ceño, pero no quería darle la satisfacción de preguntar, así que se marchó sin decir nada, pero con la quemazón de no saber algo que él sí sabía.

~ · · · ~

Hermione llegó al diminuto piso en el que vivía Ginny, ubicado en el Soho, cinco minutos después de la hora acordada.

La noche anterior apenas había dormido; su mente daba demasiadas vueltas a lo que había pasado por la mañana. Aún sentía la calidez de los labios de Draco presionando contra los suyos. Aún podía notar sus manos recorriendo su espalda. Se enfadó consigo misma por permitirse tener esos pensamientos.

‹‹¿Acaso has olvidado lo que te ha hecho?››, se recriminó mientras llamaba con fuerza quizás excesiva a la puerta de su amiga.

Tardaron varios segundos en abrir, pero no fue Ginny quien la recibió, sino Blaise. Hermione parpadeó, sorprendida y el moreno abrió mucho los ojos, claramente sin saber que Hermione había quedado con Ginny.

—Pasa —dijo finalmente, haciéndose a un lado.

Hermione fue hasta el salón–cocina y se sentó en el sofá. Blaise se acomodó en una silla. Permanecieron en silencio unos minutos; solo se oía el agua de la ducha.

—¿Quién era? —gritó Ginny desde el baño.

—¡Hermione! —respondió Blaise.

Unos segundos de silencio.

—¡Mierda! ¡Olvidé por completo que venías hoy! —respondió la pelirroja—. ¡Ahora salgo!

Hermione miró a Blaise.

—Entonces ¿habéis vuelto… otra vez?

Blaise y Ginny habían estado saliendo a etapas intermitentes desde que él volviera a Hogwarts para completar sus estudios junto con Draco y Hermione. Que la castaña recordara, habían cortado unas seis veces y se habían perdonado unas cinco. Seis, si contaba este… reencuentro. La última vez que lo dejaron fue en noviembre del año anterior. Poco después él, Draco y unos cuantos amigos más se iban a celebrar la Nochevieja juntos, ‹‹porque Blaise necesita animarse un poco››.

—No lo hemos hablado todavía —respondió él con vaguedad, pasándose una mano por el pelo.

—¿Qué tal te va? —preguntó ella.

—Bien. —Se encogió de hombros y sonrió—. Ya sabes, dilapidando la herencia de los Zabini, nada nuevo.

Hermione esbozó una pequeña sonrisa de cortesía, pero no añadió nada más. Al poco tiempo, Blaise, incapaz de soportar la tensión, habló:

—Oye, Hermione, siento mucho que se filtraran esas fotos… —Hermione se incorporó en el sofá y lo miró con atención, pero no dijo nada—. Qué cabrón el detective… Ayer mismo le estaba diciendo a Ginny que debieron contratar a alguien de más confianza para…

—¡BLAISE! —Ginny apareció por la puerta en ese momento, interrumpiendo a su… lo que fuera.

Lamentablemente para ella, la mente de Hermione ya había atado varios cabos.

Blaise miró a la pelirroja, que había palidecido notablemente y luego a Hermione, que permanecía impasiblemente vacía. Se cubrió los ojos con una mano.

—¿La he cagado, verdad? —murmuró.

—Fuera —ordenó Ginny, señalando la puerta principal.

Blaise abrió la boca para protestar, pero se lo pensó mejor y se levantó. Se marchó sin despedirse, cerrando la puerta con cuidado. ‹‹Como si el daño no estuviera hecho ya››, pensó Hermione con amargura.

Miró a Ginny.

—Dime que no es verdad. —Se levantó, incapaz de permanecer quieta por más tiempo—. Ginny, dime que no sabías esto desde hacía meses. —La voz de Hermione se convirtió en una súplica. No soportaría otra traición. Su maltrecho corazón no estaba preparado para ello.

Ginny se acercó y sostuvo sus manos entre las de ella.

—Hermione… —La castaña contuvo las ganas que tenía de empezar a gritarle unas cuantas cosas no muy bonitas por la amistad de años que mantenían.

—Dilo rápido, así dolerá menos. ¿Quién más lo sabía?

—Harry —respondió Ginny—. Y Ron —añadió—. Y desde ayer también Blaise, aunque él no sabe mantener la boca cerrada…

—¿Por qué no me lo contasteis antes? —Hermione se cruzó de brazos.

—No nos hubieras creído —aseguró la pelirroja.

Hermione sintió como un puñal atravesaba su espalda.

—No, tienes razón. Era mucho mejor divertiros a mi costa durante todos estos meses, ¿verdad? ¡Cómo os habréis reído de mí! —Se secó las lágrimas con rabia: ya estaba harta de llorar porque los demás actuaban a sus espaldas.

—¿Qué crees, que no me hubiera gustado decírtelo en cuanto lo supe? —Ginny frunció el ceño y también se cruzó de brazos—. Dime: ¿nos hubieras creído? —La miró a los ojos con determinación—. Respóndeme con total sinceridad. ¡Porque hasta ahora te has comportado como si él fuera lo más maravilloso que haya podido pasarte en la vida! Entiendo que pudieras perdonarle todo lo que te hizo en Hogwarts, pero…

—¡Oh, perdona, pero yo que recuerde, tú ya salías con Blaise cuando yo empecé con Draco! —recriminó Hermione, sin poder creer que fuera tan hipócrita de echarle en cara aquello—. No puedes ser tan hipócrita, Blaise era tan gilipollas y nos trataba igual de mal que Draco.

Ginny entrecerró los ojos. Cuando habló, lo hizo muy lentamente, como quien habla a un animal herido.

—No es lo mismo y lo sabes.

La afirmación golpeó a Hermione de lleno en el pecho. Se paró un segundo a pensar. Pues claro que no era lo mismo: Ginny y Blaise tenían —y seguían teniendo— una relación más conflictiva, pero siempre se habían dicho las verdades a la cara, hirieran al otro o no. En cambio, ella…

—Podríais haberlo intentado —susurró—. Podrías haber intentado hacerme comprender, en vez de dejarme pasar todos estos meses a su lado, creyendo que era el novio perfecto, creyendo que no podía tener más suerte al tener una vida tan buena. He vivido en una mentira durante meses, Ginny, y no sabes cómo duele. —Se señaló el pecho con un dedo—. Es como si tuviera un taladro aquí que no parara de perforar cada vez más hondo. No puedo más.

Con un suspiro hastiado, se encaminó hacia la salida. Ginny no trató de detenerla, gesto que Hermione agradeció. Estaba cansada de discutir, cansada de que, cuando parecía que podía empezar a olvidar —aunque solamente fuera durante un breve instante—, algo volviera a abrir su herida. Acumulaba tantas heridas procedentes de tantos frentes distintos que su alma parecía un campo de batalla.


A partir de aquí las cosas mejorarán poco a poco, pero no prometo amor y felicidad en todos los caps #IRegretNothing

No sé si habéis notado que FF vuelve a funcionar mal con respecto a los reviews, por lo que responderé a cualquier review en cuanto esto se arregle :)

Mil besos,

MrsDarfoy