¿He mencionado ya que este también va para Gizz? ¿No? Bueno, pues ya lo sabéis :) Gizz, espero que te alegre salir un poco de toda la espiral de drama en el que he metido a nuestra pareja.


PRESCINDIBLE


‹‹La felicidad es como una mariposa. Cuanto más la persigues, más huye. Pero si vuelves la atención hacia otras cosas, ella viene y suavemente se posa en tu hombro. La felicidad no es una posada en el camino, sino una forma de caminar por la vida››.

Victor Frankl

Capítulo 4: Montando el puzle

Pasaron dos semanas hasta que Hermione pudo quedar con sus amigos sin sentir tristeza o rabia al pensar en lo que habían —o mejor dicho, no habían— hecho. Ellos seguían insistiendo en verla, en pedirle perdón, pero ella no estaba preparada para mirar a la cara a la traición. Al final, cuando Harry se sentó en el jardín de su casa y aseguró que no se iría hasta que Hermione no lo escuchara, decidió que aquello debía acabar. El pasado solo servía para causar dolor y ella no pensaba regodearse en él. Necesitaba pasar página y, a veces, eso significaba perdonar y olvidar.

Una tarde decidió quedar con Ginny, Ron y Harry en una cafetería cerca del Ministerio.

—Lo sentimos mucho, Hermione —dijo Ron apesadumbrado.

—No pasa nada —aseguró ella. Después de mucho reflexionar, había llegado a la conclusión de que lo que le dijo Ginny aquel día era verdad. Se encogió de hombros—. De todos modos, tampoco os hubiera creído —aseguró, intercambiando una mirada cómplice con Ginny, quien sonrió—. Por cierto, ¿cuándo empiezas los entrenamientos? —preguntó a la pelirroja.

Los ojos de esta adquirieron ese brillo especial que siempre tenían cuando hablaba de Quidditch.

—¡La semana que viene! —exclamó, emocionada—. El Mundial empieza el nueve de julio —explicó— y jugamos contra Irlanda, así que… —Miró a su hermano de reojo, a sabiendas de que era un gran fan del equipo rival. Este le sacó la lengua, a lo que ella respondió golpeándolo en el brazo.

—¿Cómo le va a Luna? Llevo semanas sin saber nada de ella —preguntó Hermione, intentando que los hermanos no acabaran tirándose de los pelos.

—Creo que la última vez que escribió, ella y Rolf estaban en el Amazonas en busca de no-se-qué bicho raro —explicó Ginny.

—No conozco a ese Rolf, pero son tal para cual —dijo Harry entre risas.

Hermione rio. Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo mucho que había echado de menos aquello: sonreír, pasar un buen rato con sus amigos, divertirse. Siguieron charlando y bebiendo café hasta que Harry sacó un tema que llamó especialmente la atención de Hermione.

—¡Qué ganas tenía de que los malditos vecinos se fueran! —exclamó.

—¿Cuáles, los del heavy metal a las doce de la noche? —se mofó Ginny.

—Eso, tú ríete de mi desgracia. Estuve a punto de quitarles las ganas de escuchar música a base de crucios, pero no quería tener encima a Hermione echándome la bronca —bromeó el moreno.

—Y no te olvides de la multa —señaló Ron en tono divertido.

—Te haría precio solo por ser tú —siguió el juego Hermione—. Pero… ¿Entonces el piso ha quedado vacío? —preguntó con curiosidad.

—Sí. ¿Por qué? ¿Te interesa?

Hermione se quedó pensando. ¿Por qué no? Llevaba varios días pensando en buscarse algo para ella. Además, no podía vivir eternamente en casa de sus padres, aunque estos aseguraran que estaban encantados con tenerla de vuelta.

—Depende del alquiler.

—Tranquila, el alquiler no será un inconveniente —aseguró Harry.

—¡Serás rata…! —Ron miró a su amigo con fingido resentimiento—. ¡Pero si estás forrado!

Y así fue como Hermione pasó a convertirse en vecina de Harry. El barrio no era ninguna maravilla ni el piso tan espacioso y lleno de comodidades como el anterior en el que había vivido, pero Hermione era una mujer de gustos sencillos. Un mes después de aquella conversación ya estaba completamente instalada; había comprado algún que otro mueble y había pintado todo el piso, porque el rácano de su casero se había negado a pagar ‹‹lujos de niña mimada››, según él. A Hermione no le importó: así podía dar al lugar un toque personal.

La vida transcurrió y Hermione por fin pudo sentir que empezaba a juntar sus fragmentos, como si de un puzle se tratara, y que esas partes encajaban sin fisuras, sin cicatrices que saltaran a la vista. No podía negar que a veces pensaba en Draco y la asaltaba la nostalgia, el odio o la pena —o los tres a la vez—, pero ya no tenía una piedra en el corazón con sus iniciales grabadas. Ahora sí sentía que su vida fluía como un río.

Y como la vida puede ser de todo menos anodina, un día, al poco de estar viviendo en su nuevo piso, distinguió una figura alta y esbelta, con el pelo negro recogido en una coleta, parada frente a la puerta de su edificio.

¿Qué hacía Pansy Parkinson allí, cargada con una bolsa de comida india y las llaves del edificio en la mano?

Las dos chicas se quedaron mirándose sin saber bien qué decir. Hermione llevaba un tiempo intuyendo que su amigo se veía con alguien, pero había decidido que ya lo contaría cuando estuviera preparado. Aun así, nunca hubiera imaginado que esa persona era… Pansy.

—Bueno… Supongo que ahora ya lo sabes —dijo la morena a modo de saludo—. Le dije a Harry que era un sinsentido seguir ocultando esto y más teniendo a la sabelotodo del colegio viviendo debajo, pero…

—Harry puede ser muy cabezota a veces —señaló Hermione, diciendo lo primero que le pasó por la cabeza.

—Tú lo sabrás mejor que yo: lo aguantaste durante más años. —Pansy esbozó una sonrisa ladeada y siguió su camino hasta la tercera planta. Hermione, que también iba hacia arriba, la siguió.

—Así que Draco te puso los cuernos —soltó la morena. No parecía sorprendida.

—Al parecer lo sabía todo el mundo, menos yo —bufó Hermione.

Pansy negó con la cabeza.

—Oh, no lo sabía, pero lo intuía. O sea, es Draco Malfoy, ¿qué esperabas? En fin, mejor que lo hayas mandado a la mierda. Si te digo la verdad, yo le hubiera arrancado sus partes varoniles sin vacilar.

Aquello hizo que Hermione sonriera.

—Empiezas a caerme bien —dijo.

Pansy puso cara de asco.

—No te emociones, Granger. Yo no me junto con gryffindors.

—Ya —replicó Hermione, enarcando una ceja—. ¿Preguntamos a Harry, a ver qué opina él?

La otra sonrió y guiñó un ojo a Hermione.

—Pero es que él es especial: es el Niño que Vivió. Además siempre he pensado que está muy bueno. —Bajó la voz—. Pero que sea nuestro secreto.

—No te prometo nada, Parkinson. Ya sabes que nunca me han gustado las serpientes.

—¡Ja! —respondió la otra—. ¡Pero si casi se ha convertido en una costumbre esto de salir unos con otros!

—Por favor, dime que Ron no está saliendo a escondidas con Goyle. —Hermione fingió un escalofrío.

—¡Por Merlín, cállate! ¿Te imaginas? Ugh. —Las dos chicas rieron.

Se despidieron en el rellano de la segunda planta con un ‹‹Nos vemos››. Hermione entró en su piso pensando que no sería la última vez que la vería, no.

Pasó otro mes más; Hermione ya se había acostumbrado a su nueva rutina. Quedaba con sus amigos algunos sábados y comía en casa de sus padres los domingos. Iba a trabajar y a veces, si terminaba temprano, salía a dar una vuelta por el barrio. Había descubierto una pequeña librería de segunda mano a dos calles de su casa, y a quince minutos había un parque precioso, ideal para sentarse a leer.

Un día, salía del supermercado cuando chocó con alguien que le tiró las bolsas al suelo.

—¡Mira por dónde vas! —espetó Hermione, mirando el desastre que se había formado. Los tomates se habían desperdigado, al igual que las patatas, y el pan de molde se había deformado. Menos mal que no llevaba huevos.

—Lo siento. —Un chico unos años mayor que ella se agachó para ayudarla a recoger. Parecía americano.

Hermione levantó la vista y se encontró con los ojos castaños de él mirándola. Frunció el ceño, metió el último cartón de leche (que afortunadamente no había explotado) en la bolsa y se levantó.

—Esas bolsas parecen pesadas, ¿quieres que te ayude? —preguntó él, alargando la mano para coger una de sus bolsas. Hermione echó el brazo hacia atrás.

—¿No crees que es machista suponer que porque soy mujer no puedo cargar con las bolsas? —replicó con una pequeña sonrisa de suficiencia.

Él se quedó desconcertado, pero luego sonrió.

—Solo quería ser amable —repuso.

—No hace falta, gracias.

—Soy Will, por cierto. —El hombre alargó la mano, pero al verla cargada con las dos bolsas dejó caer el brazo. Enrojeció, seguramente sintiéndose muy estúpido.

—Hermione —respondió ella. Will enarcó una ceja, sin duda preguntándose de dónde procedería aquel nombre tan raro, pero tuvo la delicadeza de no preguntar—. Adiós.

Hermione echó a andar, pero pronto oyó unos pasos que indicaban que Will la seguía.

—¡Oye, mmmm…. Chica del nombre especial! —dijo—, ¿te apetece tomar un café algún día?

Hermione se quedó parada. No esperaba que un chico al que acababa de conocer le propusiera una cita. Se quedó mirándolo. Era guapo: alto, de ojos marrones y cabello negro. Y lo que era más importante: tenía una mirada sincera.

—Claro —respondió Hermione; él sonrió—. Cuando recuerdes mi nombre, hablamos —añadió. Siguió andando y sonrió para sus adentros con cierta tristeza. No estaba preparada. Era una lástima: el chico parecía simpático.

Volvió a encontrarse con él una semana después, en el mismo supermercado. Hermione estaba comprando unas manzanas cuando una figura se le acercó.

—Hermione. —Ella dejó caer una manzana por la sorpresa, pero recompuso rápidamente y dejó la bolsa en el carrito.

—Esto podría considerarse acoso, ¿sabes?

Will sonrió.

—Qué coincidencia que vivamos cerca de este supermercado y vengamos a comprar a la misma hora, ¿verdad? —Hermione miró sus manos vacías con escepticismo—. Vale —reconoció él—, vengo a por el café que se me debe.

—No aceptas un no por respuesta, ¿eh?

—¡Oh, vamos, he acertado tu nombre, me lo merezco! —Se quedó pensando, dubitativo—. No me digas que no te llamas así. Llevo toda una semana estrujándome el cerebro. ¡No sabes la de webs que he mirado buscando una combinación de letras que empezaran por la ‹‹h›› y…!

—Lo pillo —cortó ella. Lo miró con lástima—. Oye, te agradezco el detalle, pero no estoy interesada.

—¿Tienes novio? —Hermione no respondió, sino que se adentró en el pasillo de los lácteos—. ¡No me digas que tienes novia! —Se pasó una mano por el pelo con cara de consternación—. Estoy quedando como un tonto…

—Primero —Hermione se giró hacia él—: que no tenga pareja no significa que deba mostrar interés por el primer hombre que me ofrece una cita. Y segundo: no, no tengo novio. —Calló durante un segundo antes de añadir—. Cortamos hace un par de meses.

No sabía por qué le había contado aquello a un extraño. Desde luego, no lo había hecho con ánimo de despertar en él pena; solo quería que entendiera que no estaba emocionalmente preparada para establecer una conexión sentimental con nadie.

—Oh. —Will parecía desanimado y decepcionado—. Bueno, no te molestaré más… —dijo antes de alejarse lentamente.

Hermione cerró los ojos, frustrada. Había sido bastante desagradable con él. Y parecía realmente agradable. En un arrebato de locura, se dijo: ¿por qué no?

—Sin embargo… —exclamó. Will se giró con una sonrisa expectante en el rostro—. Creo que un café estaría bien —sonrió.

Y quedaron una tarde lluviosa de sábado en una cafetería cercana al piso de Hermione. Era tan fácil hablar con él… Así, descubrió que era americano, más concretamente nacido y criado en una granja de Wisconsin.

—¡O sea, que estás hecho todo un cowboy! —Hermione soltó una carcajada, imaginándoselo enfundado en unos pantalones vaqueros, con un sombrero de ala ancha en la cabeza y montando un toro.

—Más o menos. Pero mi padre quería que viera un poco de mundo antes de decidir qué quería hacer con mi vida. —Abrió los brazos—. Así que aquí estoy, un granjero de Wisconsin trabajando como informático en Londres.

Siguieron hablando durante dos horas. Cuando Will preguntó a Hermione por su trabajo, ella se removió en su asiento, incómoda.

—Trabajo para el gobierno —explicó. No especificó para cuál—. Ya sabes, llevo cafés, transcribo informes… —La ambigüedad era su mejor arma.

Afortunadamente, él no era de los que presionaban.

—Vaya, vaya… Un nombre raro… Un trabajo ultrasecreto… ¿Debería tenerte miedo? —bromeó él.

Hermione sonrió.

—Si yo te contara...

Cuando se despidieron, Hermione volvió a su casa con una sonrisa en el rostro. Había sido muy agradable poder conversar con un hombre sin que cayera sobre ella la sombra de Draco, como había temido en un principio. No, no estaba preparada para empezar una nueva relación, pero Will parecía simpático, así que ¿por qué no quedar con él para hablar y pasar un buen rato?

Cuatro meses después de que Draco y ella terminaran, Will le mandó un mensaje preguntando si quería ir a cenar con él esa misma noche.

Nada muy lujoso. Una hamburguesa y patatas fritas.

Hermione se mordió el labio.

Es tarde.

Era su única excusa.

¿Qué más da?

La respuesta la hizo reflexionar. ¿Quería ir a cenar con él?

Por supuesto.

Entonces, ¿por qué no decía que sí?

Fácil: tenía miedo.

Estaba aterrada de volver a abrir su corazón, especialmente tan poco tiempo después de que se lo rompieran. No quería empezar a desarrollar sentimientos hacia un chico que parecía todo bondad y sinceridad y luego descubrir que no era como ella pensaba. No sería la primera vez que juzgaba mal el carácter de alguien. No estaba preparada para pagar el mismo precio otra vez.

Se enfadó consigo misma, por dejar que Draco siguiera teniendo tanta influencia sobre ella. ¿Por qué no podía tener una cita con un chico que parecía genuinamente interesado en ella?

Deslizó un dedo por el teclado hasta llegar a la ‹‹s››.

Justo en ese momento, llamaron al timbre.

Hermione dejó el móvil sobre la mesa y fue a abrir. ¿Quién sería? Había quedado con Harry —y por ende, con Pansy— para cenar, pero no aquel día, sino el sábado por la noche. Aún era viernes.

Cuando abrió la puerta, vio a una mujer rubia de pie ante ella. Llevaba el pelo pulcramente peinado, recogido en la nuca. Sus labios, pintados de rojo, estaban tan apretados que solo se veía una línea de color sangre. Iba vestida con elegancia, pero discreción: chaqueta negra que combinaba con la falda y los zapatos negros; todo, por supuesto, tremendamente caro.

¿Qué demonios hacía en su casa Narcissa Malfoy?

—¿Puedo pasar? —preguntó la mujer. Hermione no respondió, pero se hizo a un lado para dejarla entrar.

—Señora Malfoy…

—Déjate de formalismos, por favor, querida —dijo ella, sentándose en una silla en el salón.

—Narcissa —rectificó Hermione—. No quiero parecer maleducada, pero… ¿Qué quieres?

No había visto a su ex familia política desde que Draco y ella cortaron. La verdad es que antes de eso tampoco los había visto mucho. Lucius estuvo más de un año enfadado con su hijo por salir con ‹‹una asquerosa sangre sucia››, palabras literales. Cuando por fin lo aceptó, la relación se limitó a unas cuantas comidas tensas. La culminación de la tensión llegó cuando ambas familias se conocieron; una experiencia que Hermione no desearía repetir por nada del mundo.

De todas formas, del matrimonio Malfoy, Narcissa había sido la más receptiva o, al menos, la más resignada. Solo por esto Hermione estaba manteniendo aquella conversación con ella. A no ser que quisiera que perdonara a su hijo, en cuyo caso podía irse a tomar viento fresco.

—Es Draco.

Hermione se tensó al oír ese nombre.

—No sé qué os habrá contado, pero no pienso…

Narcissa levantó una mano.

—Estoy al tanto de sus… deslices —Hermione soltó un bufido indignado—, pero no he venido a suplicar que vuelvas con él. Entiendo lo que hizo y por qué estás enfadada. ¡Merlín, yo ya le hubiera arrancado las pelotas! —Suspiró—. Creía haberlo educado de otra forma; me equivoqué. —La miró con intensidad—. He venido porque, a pesar de todo, sigue siendo mi hijo y necesito saber… ¿Has hablado con él en los últimos meses? —preguntó, dejando entrever un ligero matiz de ansiedad.

—No. —Hermione se cruzó de brazos—. Ni quiero, la verdad.

Narcissa no se inmutó ante el tono hostil de la castaña; era entendible, dada su situación.

—Lucius y yo llevamos meses sin saber nada de nuestro hijo —explicó—. Hemos ido a su casa, pero lleva semanas sin dormir allí. Hemos hablado con Blaise, pero no sabe dónde está; no responde a sus llamadas.

Hermione enarcó una ceja. A decir verdad, no le importaba lo más mínimo si Draco había decidido desaparecer de la faz de la tierra. Como si estaba durmiendo debajo de un puente en aquel momento.

—Ya es mayorcito para tomar sus propias decisiones.

Narcissa se levantó y empezó a frotarse las manos. Era la primera vez que Hermione la veía actuar con algo que no fuera la más perfecta apatía disfrazada de buena educación.

—Nos han dicho que lo han visto en bares y discotecas de mala muerte. —Hermione puso los ojos en blanco. ‹‹Qué raro de él››, pensó con sarcasmo—. Lo único que hace es beber hasta que está tan borracho que tienen que echarlo del lugar. —La voz de Narcissa ya no ocultaba toda la preocupación que sentía.

—Lo siento por él, pero… —Mentira, pero no quería ser tan maleducada— no es problema mío.

Narcissa se acercó a ella.

—Sé que no nos debes nada: nunca nos hemos portado como debíamos contigo. Tampoco le debes nada a mi hijo: se ha comportado como un verdadero imbécil y no merece nada de tu parte. Pero, por favor, te lo pido como madre: ayúdame a traerlo a casa. Sé que a ti sí que te escuchará.

Hermione cerró los ojos. Otra vez no, pensó. Cuando ya creía que había dejado toda esa mierda atrás, Draco volvía de una forma u otra para amargarle la vida. ¿Por qué no podía autodestruirse él solito? ¿Por qué tenía que arrastrarla a ella?

Miró a Narcissa con resignación.

—No quiero saber nada del apellido Malfoy después de esto —dijo—. Y tampoco prometo nada.

Narcissa asintió.

—Me parece justo. —Sin decir más, se dirigió a la salida—. Gracias —dijo antes de irse. Sonaba sincera.

Hermione arrastró los pies hasta el salón. De repente se sentía exhausta. ¿Por qué no había dicho que no y ya está? Era estúpida y merecía todo el daño que pudiera hacerle aquel reencuentro.

Cogió su nombre y mandó un mensaje a un número que conocía de memoria. Sabía que a pesar de no haberse puesto en contacto con ella —Hermione había bloqueado su número—, no tardaría en responder. Y así fue.

Inferno, St Mary Street, 66.

Hermione cogió su chaqueta y envió otro mensaje a un número diferente antes de irse derechita a su infierno personal.

Lo siento, otra vez será. Esta noche no puedo.


Antes de que me odiéis, tres de cosas:

1. Sí, sé que puede parecer que Hermione se ha rendido muy fácilmente, que ha perdonado a sus amigos demasiado rápido, pero entendedla un poco. A mi parecer, está demasiado cansada de todo el drama que se ha instalado en su vida y permanecer enfadada no solucionará sus problemas. Al final, ¿no es eso lo que hacemos todos?

2. Will es amor. Ya está, solo quería decir eso.

3. Narcissa debería estar enfadada con su hijo, sí, lo sé. No digo que no lo esté, pero recordemos que en los libros ella lo único que quiere es proteger a su hijo a toda costa. La reprimenda vendrá después, primero toca conseguir que su hijo no se meta en problemas.

Espero que os haya gustado :) ¿reviews?

MrsDarfoy