¡Hola! Pensaba actualizar el viernes, pero como no estaré en casa, traigo hoy el nuevo capítulo :)

He tenido una charla seria y vital para la vida del fic con Gizz (te quiero) y creo que durará más de diez capítulos, aunque no sé en qué medida esto puede interpretarse como una buena noticia jaja. Que nooo, que es broma. No todo puede ser siempre sufrimiento, ¿verdad? ;)

¡Muchas gracias por los reviews del último capítulo! Siento mucho no haber podido responderos, pero últimamente no paro quieta. Juro que en cuanto pueda, me pongo a ello :)

Y sin más... ¡A leer!


PRESCINDIBLE


‹‹Nunca se sufre tanto por amor como cuando volvemos a ver el objeto amado››.

Napoleón

Capítulo 5: Tres preguntas

Hermione se abrochó la cazadora hasta arriba, a pesar de que aquella noche de agosto soplaba una cálida brisa veraniega, algo raro en Londres. Culpa del cambio climático, seguramente.

Caminaba a pasos rápidos por las calles oscuras. Desde luego, Narcissa no estaba equivocada: su hijo no frecuentaba los mejores locales de Londres. Hasta el momento, ya se había cruzado con varias prostitutas y con un grupo de hombres que le habían gritado cosas obscenas cuando pasaba por su lado. Hermione se había limitado a ignorarlos y seguir adelante mirando siempre al frente.

Había dejado su varita en casa —era una imprudencia llevarla a un bar atestado de muggles— y ahora empezaba a arrepentirse. Desgraciadamente, vivía en una sociedad en la cual era peligroso que una mujer anduviera sola por ahí a altas horas de la noche. Se hubiera sentido más segura con la varita en su bolsillo.

Finalmente, llegó a la dirección que Malfoy le había mandado. Un cartel con la ‹‹n›› y la ‹‹e›› rotas iluminaba la entrada del garito. Había un hombre de negro apostado en la puerta, fumando un cigarrillo. Clavó la mirada en ella mientras se acercaba con paso decidido. Hermione ya tenía la mano en la puerta cuando el hombre la detuvo.

—¿Estás segura de que quieres entrar ahí, preciosa? —El hombre aspiró el humo de la última calada y tiró la colilla al suelo.

Hermione comprendió entonces que él no era el guardia de seguridad típico de una discoteca. No se ocupaba de controlar quién entraba, sino de asegurarse que ciertas personas salían.

—Vengo a buscar a mi… —La palabra ‹‹novio›› se le atragantó—. A un amigo —dijo—. Quizás sepas quién es: alto, rubio…

—Ah, el rubio teñido. —El hombre no parecía contento al hablar de Draco—. Viene cada pocas semanas, se pone a beber, discute con cualquiera por el menor motivo y espera hasta que lo echamos. Lo dejo venir solo porque deja buenas propinas. Lo encontrarás pegado a la barra. Llegó hace una hora, así que llevará unos… —Se puso a contar con los dedos— cinco whiskies.

Hermione frunció los labios. Demasiada bebida en tan poco tiempo. ‹‹Genial, ahora tengo que lidiar con un Draco borracho››, pensó mientras entraba en el bar. Arrugó la nariz al sentir el olor penetrante a alcohol, desinfectante y sudor. Miró a su alrededor: había dos tipos jugando al billar en una esquina, otros cuatro discutiendo a grito pelado en una mesa en la esquina y un hombre mayor y de aspecto rudo apoyado en la barra.

Y allí estaba él, sentado en un taburete en el centro de la barra. Tenía los hombros caídos y la espalda encorvada. Desde allí, pese a la poca luz que había, Hermione pudo distinguir que la camisa que llevaba estaba sucia y arrugada, al igual que los pantalones. Ni siquiera llevaba calcetines.

Hermione respiró hondo antes de acercarse. Cuatro meses había durado su tranquilidad. Se puso a su lado, a un metro de distancia, y apoyó un codo en la barra. Él debió de notar su presencia, porque detuvo el vaso a media distancia de su boca.

—No creí que vinieras. —Se bebió contenido del vaso de golpe—. Otro —pidió sin miramientos. Una mujer de unos cuarenta años lo miró con desaprobación, pero procedió a llenar el vaso de nuevo. Buenas propinas, recordó Hermione—. Y otro para ella —dijo, señalando a Hermione.

—No he venido aquí para beber.

Draco se giró para mirarla. Tenía la piel amarillenta, ojeras bajo los ojos y la mirada vidriosa. Parecía que no se había duchado en varios días, puesto que llevaba el pelo rubio, normalmente peinado hasta la perfección, grasiento y sin vida. Hermione apenas reconocía al hombre que tenía delante.

Sonrió de forma ladina.

—¿Entonces, para qué has venido, nena?

—Ni se te ocurra volver a dirigirte a mí como si fuera una de tus zorritas. —El tono de Hermione era afilado como un cuchillo. No iba a consentir más juegos estúpidos por su parte—. Vengo a llevarte a casa. Tu madre me lo ha pedido.

—Vaya, no sabía que mi señora madre pudiera rebajarse tanto —masculló, echando otro trago. Por su expresión, parecía que no disfrutaba con el sabor de lo que bebía; aun así, no soltaba el vaso.

—Si no te comportaras como un imbécil, ella no tendría que hacer nada —replicó Hermione—. Y yo no tendría que venir… —Miró a su alrededor con gesto de desaprobación— aquí.

—Dime —Draco la miró con sorna—, sigo importándote, ¿verdad? No habrías venido si me fueras indiferente.

—No —respondió Hermione sin inmutarse—, pero si no hago esto, nunca conseguiré librarme de ti.

Draco se levantó, tambaleante, y se acercó a ella. La cogió con fuerza por el brazo.

—¿Por qué no lo admites? —Le olía el aliento a alcohol y a algo agrio—. ¡Dilo! —Tenía la mirada desquiciada. En aquel momento más que nunca, Hermione deseó llevar su varita consigo—. ¡Admite que sigues enamorada de mí! ¡ADMÍTELO!

—Draco, suéltame —respondió Hermione con calma pero de forma firme. Forcejeó, intentando librarse de la presión de la mano de él, pero no lo consiguió. Empezaba a dolerle el brazo y su paciencia disminuía por segundos.

Los gritos llamaron la atención de los pocos presentes en el local. El hombre sentado al otro lado de la barra se acercó.

—Creo que la señorita no quiere tus atenciones, jovencito.

Draco parpadeó, desviando su atención hacia él.

—Métete en tus asuntos, viejo —espetó.

El hombre dejó caer una mano sobre el hombro de Draco.

—Suéltala —advirtió.

Draco soltó un suspiro, como si casi le doliera lo que iba a hacer, y dirigió un puño hacia la nariz del hombre. Este se tambaleó hacia atrás por el golpe y cayó sobre una silla, rompiéndola. Por el rabillo del ojo, Hermione vio que la camarera salía de detrás la barra y se dirigía hacia la salida. Hizo un gesto a alguien para que entrara.

—Draco. —Hermione empleó el mismo tono calmado que emplearía con un perro rabioso—. Vámonos de aquí.

Tenía que sacarlo de allí antes de que los metiera a los dos en un lío.

—Será mejor que hagas caso a la chica, amigo. —La voz del hombre de la puerta llegó hasta sus oídos en tono amenazador.

Draco soltó a Hermione, que se masajeó la zona dolorida, y miró al guardia con desprecio.

—¿O qué?

El hombre lo cogió por la camisa y lo tiró de él para sacarlo fuera. Draco poco podía hacer contra los músculos de un hombre de metro noventa y ciento cincuenta quilos.

—¡O esto!

El rubio, bebido y furioso, intentó arremeter contra él. No se daba cuenta —o no quería darse cuenta— de que tenía las de perder. Consiguió darle un puñetazo en la barbilla, pero el hombre ni se inmutó.

—Lo has conseguido —dijo—. ¡Me has cabreado! —exclamó antes de propinarle dos golpes: el primero, en la cara, le rompió la nariz, y el segundo, en las costillas, lo dejó sin aire.

Hermione contempló la escena como si de una película se tratara. No intentó intervenir: sabía que no serviría de nada. Tal vez lo que Malfoy necesitaba era una buena paliza que lo hiciera volver a la realidad. Siguió a la pareja de hombres cuando el más grande arrastró al otro afuera.

Draco estaba tirado en el suelo boca arriba, luchando por respirar. Le salía sangre por la nariz, que ya había manchado la camisa blanca que llevaba —aunque estaba tan sucia que poca diferencia haría un poco de sangre en ella. Parecía no percatarse de que tenía la nariz rota, demasiado ocupado en llevarse la mano al costado izquierdo con gesto de dolor. El otro hombre lo miraba con los brazos cruzados y movía la cabeza con gesto de decepción.

—Nunca entenderé a la gente que desperdicia su vida siendo tan joven —suspiró.

—Yo me encargo. Gracias. —Se dieron un apretón de manos—. Soy Hermione.

—Eddie —se presentó él.

Hermione tiró de Draco hasta conseguir que se pusiera en pie y se pasó un brazo de él por encima de los hombros. Torció el gesto al sentir todo su peso sobre su espalda, pero solo necesitaba un lugar apartado para poder Desaparecerse.

—Ah, Hermione… —llamó Eddie. Hermione giró el cuello todo lo que pudo para verlo—. No te dejes arrastrar por alguien como él. Seguro que puedes conseguir algo mejor.

Hermione suspiró, pensando en Will. Ahora podría estar en un McDonald's, comiéndose una hamburguesa y hablando con un chico fantástico. Pero no, allí estaba, ayudando a su ex, que además estaba borracho y se comportaba como un verdadero cabrón. ¿Por qué la vida era tan zorra?

Arrastró a Draco hacia un callejón y comprobó que nadie les seguía. Lo cogió con fuerza por la cintura y se Desapareció. Cuando abrió los ojos, estaban en una calle poco transitada que había a tres calles del ático donde solían vivir juntos. Por suerte, en aquel momento no pasaba nadie por allí.

—Venga —instó—. No tenemos toda la noche.

—¿Por qué? ¿Has quedado? —preguntó Draco, soltando una risita.

—Habría quedado de no ser por ti —soltó Hermione sin pensar.

Draco se detuvo, obligándola a pararse bruscamente. Casi se caen.

—¿Con quién? ¿Tenías… una cita?

El tono de incredulidad de él hizo que Hermione se sintiera ofendida.

—No es asunto tuyo. Por mucho que te sorprenda, mi vida es algo más que tener que sacarte de bares porque estás borracho —respondió antes de obligarlo a seguir avanzando.

No entraba en sus planes ni sus deseos ponerse a hablar de su nueva vida con él. De hecho, estaba el último en la lista de gente con la que querría mantener aquella conversación. Pero no soportaba esa actitud. ¿Quién se creía? Era un antiguo novio, no la razón de su existencia. Él fue el primero, pero Hermione juraba por Merlín que no sería el último.

Llegaron al apartamento en silencio.

—¿Dónde tienes las llaves?

—En el bolsillo —respondió él con una sonrisa ladeada. Si pretendía que Hermione metiera la mano ahí, estaba muy equivocado.

—Sácalas —ordenó Hermione—. Si no lo haces, te dejo aquí, atado a la barandilla de las escaleras.

—Antes eras más divertida —resopló Draco mientras luchaba por sacar las llaves del bolsillo.

—Antes no tenía unos cuernos que no cabían por esta puerta —respondió ella con dureza.

—Ah, eso.

Hermione le arrebató las llaves de los dedos y abrió la puerta. Un olor agrio la invadió, provocándole arcadas.

—¿Cuánto hace que no limpias? —preguntó con cara de asco.

El rubio se quedó pensando.

—¿Cuánto hace que te fuiste?

Hermione lo condujo hacia el dormitorio. Necesitaba una ducha, un café y dormir doce horas seguidas.

—Venga, quítate la ropa.

—¿Tienes algo en mente? —dijo él, desabrochándose el primer botón de la camisa.

Hermione puso los ojos en blanco.

—Sí: una ducha.

La castaña miró a su alrededor, asqueada. Las sábanas no se habían cambiado en meses y la ropa que había desperdigada por el suelo parecía estar en un estado de suciedad similar.

De repente, Draco se llevó una mano a la boca y salió corriendo hacia el baño. Segundos después se oyó cómo vomitaba. Hermione arrugó la nariz; lo que le faltaba. Cuando Draco tiró de la cadena, Hermione lo siguió al baño. Él estaba sentado en el suelo, al lado del váter, con los brazos apoyados en las rodillas y la cabeza apoyada en la pared.

—Creo que estoy algo mareado —sentenció.

Hermione se cruzó de brazos. Empezaba a disfrutar secretamente de verlo hecho mierda. Que probara de su propia medicina. Aunque, claro, no podía compararse a lo que ella había sentido. Pero ya era algo.

—¿Ah, sí? ¡No me digas! ¡Venga, arriba! —dijo mientras tiraba de él para volver a ponerlo en pie.

Lo sentó en el retrete y mojó un poco de papel higiénico para limpiarle la sangre de la nariz. Él esbozó una mueca de dolor, pero no se quejó. Luego, empleó la varita de Draco para arreglarle la nariz. Sonó un crujido seco, pero él aguantó el dolor con estoicidad.

Después, abrió el agua de la ducha y lo metió dentro, ropa y todo. Draco abrió mucho los ojos y soltó un grito ahogado cuanto sintió el agua congelada golpearlo con fuerza. Intentó salir, pero Hermione lo contuvo, mojándose también ella en el proceso. Cuando creyó que ya estaba suficientemente despejado, lo sentó en el retrete de nuevo, buscó una toalla limpia y le ordenó que se secara mientras ella iba a preparar un café.

Rebuscó en la cocina, que iba a consonancia con el desastre del resto de la casa, hasta que encontró café. Mientras lo preparaba, se sentó en una silla —la única libre de trastos que encontró— y se puso a reflexionar.

No tendría que estar allí. Debería haber dejado a Draco tirado en la inmundicia, coger la puerta e irse por donde había venido. Al fin y al cabo, no le debía nada. De hecho, era él quien estaba en deuda con ella: una explicación, paz y una cura para el corazón no vendrían mal.

La cafetera soltó un pitido agudo. Hermione se levantó, vertió el líquido negro en un vaso —después de limpiarlo tres veces— y se dirigió a la habitación. Buscó un pijama limpio y se lo tiró a Draco dentro del baño. Ya lo había visto desnudo varias —muchas— veces, pero quería mantener esa barrera ahora que ya no estaban juntos.

Draco salió del baño solo con los pantalones del pijama puestos y el pelo mojado. Tenía un buen moratón en las costillas del costado izquierdo. Hermione apartó la vista. No, la herida aún no había cicatrizado. El rubio se sentó en la cama. Hermione le tendió la taza de café, que él cogió. Cuando bebió el primer sorbo, hizo un gesto de asco.

—Sabes que no me gusta el café solo.

—Los borrachos no tienen derecho a elegir. Y yo no soy tu elfina doméstica.

Draco se tapó la nariz con dos dedos y se bebió todo el café de un trago.

—Puaj —dijo, tumbándose sobre la cama.

Allí, con los ojos cerrados y una expresión pacífica, casi parecía como si nada hubiera pasado entre ellos. Hermione carraspeó.

—Me voy.

—Espera —pidió él, aún con los ojos cerrados.

Hermione vaciló. Finalmente, decidió que cinco minutos más allí no podían hacer más daño del que ya había sufrido. Se sentó en la cama, al lado de él.

—¿Qué?

—¿Puedo hacerte tres preguntas? —preguntó el rubio a su vez.

Hermione apretó los labios.

—Depende de qué quieras preguntar.

—¿Te hice mucho daño?

Hermione abrió mucho los ojos. No se había esperado aquella pregunta tan repentina. ¿A qué venía aquello ahora?

—¿Hace falta que responda?

—Quiero oírlo —dijo él—. Por favor —añadió.

—Sí. —La voz de la castaña era apenas un susurro.

—¿Eres feliz? —Hermione podía leer el mensaje oculto en aquella pregunta: ‹‹¿Eres feliz sin mí?››.

—Sé que con el tiempo seré tan feliz como antes. Con la diferencia de que ahora no viviré engañada —añadió. No podía mentir y decir que todo iba de maravilla, porque eso significaba mentirse a sí misma. ¿Por qué no admitirlo? Las cosas no podían ir mucho peor de lo que habían ido.

Él asintió.

— ¿Es… es por él? —vaciló al preguntarlo, como si no quisiera saber la respuesta.

—¿Esta es tu tercera pregunta? —Hermione le dio una oportunidad para rectificar. Ambos sabían que no iba a responder a eso.

Draco pareció considerarlo por un segundo.

—No.

Hermione esperó, pero respiraba de una manera tan acompasada que parecía haberse quedado dormido. Se levantó, procurando no hacer ruido.

Ya tenía un pie fuera del dormitorio cuando la voz de Draco la detuvo:

—¿Crees que podrás perdonarme alguna vez?

La tercera pregunta. Hermione se enfureció al percibir el tono de esperanza que se escondía detrás del miedo a ser rechazado. ¿Cómo tenía el valor a preguntar aquello después de todo lo que había hecho? ¡Por Merlín, pero si ni siquiera le había pedido perdón!

—No —respondió—. Me hiciste mucho daño. La confianza es un tesoro muy valioso, Draco, y cuando se pierde no hay vuelta atrás. Yo te quería muchísimo, pero tú decidiste que mi amor no era suficiente.

Merlín, hasta entonces no se había dado cuenta de cuánto necesitaba decir aquellas palabras en voz alta. Podría haber seguido. Podría haberle contado cuánto había llorado. O que a veces no era capaz de mirarse en el espejo, porque no podía creer lo equivocada que había estado con él. O que ahora le costaba confiar en un chico maravilloso, porque él había sembrado en ella la semilla de la desconfianza y no sabía cómo deshacerse de la sensación de que, al final, todos la traicionarían.

Podría haberle dicho todas esas cosas, pero decidió que ya había tenido suficiente. Lo que necesitaba era pasar página. Seguir adelante.

—Puedo… Puedo cambiar. —Hermione cerró los ojos. ‹‹No, por favor, ahora no››—. Puedo compensarte por todo, Hermione. Aunque no lo parezca, te quiero.

Había tanto dolor y anhelo en su voz que Hermione estuvo a punto de rendirse. Durante un segundo, pensó en lo feliz que había sido con él y en que quizás decía la verdad.

Sin embargo, una parte de ella sabía que no podía perdonarlo.

—Es demasiado tarde, Draco. Debiste pensar en eso antes de romperme el corazón —dijo.

Y se marchó con la intención de no volver nunca.

~ · · · ~

Cuando Draco despertó el día siguiente, con una resaca de caballo y la sensación de haber sido atropellado por un coche tres veces, se encontró con una nota en la cocina. Reconoció al instante la letra pulcra y curvada de Hermione.

Ordena este desastre.

Entonces se preguntó si se refería a la casa o a su vida de mierda. Miró a su alrededor Limpiar todo aquello sería mucho más fácil que limpiarse a sí mismo.

Mejor empezar poco a poco.


Bueno, pues otro capítulo con un poco más de drama... Prometo que algún día pararé de hacer esto. Creedme, si no lo creyera absolutamente necesario para una trama más o menos lógica y creíble, no lo haría. O tal vez sí: me encanta el drama ;)

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MrsDarfoy