¡Hola! Antes que nada, quiero responder a un review de un Guest (por favor, si vais a preguntar algo y tenéis cuenta de FF, dejadme el comentario desde vuestra cuenta, así puedo responder). Esa persona me preguntó si este fic era Dramione, porque da la sensación de no serlo. Sí que lo es, pero en cierta manera no. Es complicado, pero con el tiempo todo se aclarará.
PRESCINDIBLE
«La vida nos exige continuamente tomar decisiones. Siempre nos demanda nuevas respuestas. Tenemos que acostumbrarnos al cambio, a fluir, a adaptarnos».
Javier Urra
Capítulo 9: Volver
Hermione le tendió una mano. Will la miró sin comprender.
―Si no te coges de mí, no podemos desaparecernos ―explicó ella. Se volvió hacia sus padres y amigos―. Hablamos luego.
Will le cogió la mano; Hermione se concentró, visualizando el piso de Will, y se Desaparecieron. Cuando volvieron a abrir los ojos, estaban en el pequeño salón de Will.
Este se dirigió inmediatamente hacia el dormitorio. Hermione lo siguió.
―¿Qué pasa? ¿Por qué querías volver? ¡Will! ―exclamó.
―Aquí no, a casa. A Wisconsin. ―Abrió el armario y sacó una maleta―. Mi padre… está en el hospital. ―Hermione se llevó una mano a la boca, atónita―. Al parecer, nadie de mi familia, ni él mismo, creyó conveniente contarme que tiene cáncer ―explicó con rabia.
No paraba de coger cosas del armario y meterlas en la maleta sin ton ni son. Hermione suspiró; sacó su varita y con un movimiento, hizo que la ropa empezara a guardarse y ordenarse sola. Se acercó a Will y lo cogió por el brazo, obligándolo a sentarse en la cama. Le temblaban las manos.
Apoyó con suavidad sus manos en las mejillas de él. Quería decirle que todo saldría bien, pero los dos sabían que eso era un cliché, demasiado impersonal como para poder expresar algún sentimiento de verdad. En vez de eso, lo abrazó. Él la apretó contra su cuerpo como si así pudiera deshacerse de toda la preocupación, el miedo y el enfado que lo invadían.
Cuando se separaron, Will estaba ligeramente más relajado, pero no más tranquilo.
―¿Puedes llevarme al aeropuerto? ―le pidió.
―Claro.
Por el camino, Will llamó a su jefe para explicarle lo sucedido. Estuvieron discutiendo un buen rato, pero al final acordaron que le darían una semana de vacaciones para que arreglara sus asuntos. Como si algo así pudiera arreglarse.
El resto del trayecto trascurrió en silencio.
Hermione no sabía qué decir; en su cabeza, cualquier intento de darle ánimos sonaba superfluo, estúpido. Él, por el contrario, tenía demasiadas cosas dando vueltas por su mente como para siquiera pensar en decir algo.
Por suerte, había un vuelo de última hora directo al aeropuerto General Mitchell. Costaba un ojo de la cara, pero Will había cogido parte de sus ahorros para pagarse el viaje. Antes de embarcar, él y Hermione se dieron un bes de despedida.
―Llámame en cuanto llegues ―le hizo prometer ella.
Antes de atravesar las puertas de embarque, Will se giró una última vez a mirarla. Esbozó una sonrisa que casi llegó a sus ojos. Casi. Hermione le devolvió el gesto, pero tampoco consiguió que le saliera natural.
Cuando volvió a su coche, se quedó sentada un rato, pensando. ¿Por qué tenía la sensación de que algo no saldría bien? Odiaba los presentimientos: aquello era cosa de la profesora Trelawney, que veía muerte allá donde mirara. Negó con la cabeza con decisión, obligándose a tener pensamientos positivos. Seguramente el señor Darcy no estaba tan mal como todos creían. La medicina muggle estaba muy avanzada, podrían curarlo. Todo era cuestión de tiempo.
Arrancó.
Ya no podía hacer nada más que esperar a que Will la llamara.
· · ·
Era lunes y Hermione todavía no había tenido ninguna noticia de Will. No había pegado ojo en media noche y en el trabajo apenas prestaba atención. Menos mal que le habían dejado la mañana libre para trasladar sus cosas de sitio.
Su corazón le exigía que fuera ella quien llamara a Will, pero su buen juicio le señalaba que, si él no había llamado todavía, seguramente sería por una buena razón. Lo más seguro era que estuviera con su familia y se hubiera olvidado de todo lo demás; al fin y al cabo, hacía meses que no los veía. Querría pasar tiempo con ellos y estar con su padre. Averiguar cómo estaba, si podía hacer algo por él. Como si la mera presencia de un hijo pudiera volver inmortal a un padre. Ojalá.
Hermione se hizo jurar a sí misma que esperaría hasta la noche para tener noticias de él. Al fin y al cabo, no sacaba nada de llamar ahora: en Estados Unidos todavía era de madrugada. Lo último que quería era asustar a Will con su llamada o ser una molestia.
―No, esperaré hasta esta noche ―musitó.
Con el objetivo de distraerse, empezó a ordenar todos los papeles que guardaba en su escritorio. Los clasificó en tres montones: casos abiertos, casos archivados y material innecesario (y con innecesario quería decir que iría a parar a la buhardilla de sus padres, por si acaso). Después, empezó a meter sus objetos personales en una caja. Acarició con cariño, la foto que tenía encima del escritorio: era un día soleado de marzo y ella tenía siete años. Sus padres la habían llevado al parque de atracciones; para ello, habían tenido que arrancarle un libro de las manos. Hermione, que se había negado a subir a nada (aunque sí había aceptado a regañadientes el algodón de azúcar que le había comprado su madre), salía en la foto con cara de malas pulgas mientras sus padres sonreían.
Un repiqueteo en su puerta la distrajo. Cuando se abrió, apareció el Jefe de Aurores, Harry.
―¿Preparada para darnos órdenes a todos?
Hermione le sonrió.
―He pasado media vida intentando darte órdenes y nunca me has hecho caso. Imagínate ahora, que eres el Héroe del Mundo Mágico.
Harry se apoyó en su escritorio.
―Pero antes no podías despedirme ―señaló en tono de broma―. ¿Qué pasó ayer? ―preguntó, poniéndose serio.
―Era su madre; su padre está en el hospital. Tiene cáncer y, al parecer, está muy mal. ―Suspiró―. No sé nada más.
Harry se quedó pensativo.
―¿Has probado a llamarle? ―sugirió.
―Acordamos que él me llamaría. No quiero molestar.
―Espero que no sea nada grave. O nada inevitable, al menos.
Harry se mordió la parte interior de la mejilla. Parecía querer decir algo, pero no se atrevía.
―Venga, suéltalo ―dijo Hermione―. ¿Qué ha pasado? ¿A qué has venido realmente?
―¿Por alguna casualidad has hablado con Ginny? ―Ella negó con la cabeza; no había visto a nadie desde el día anterior―. Ah, bueno, entonces nada ―dijo antes de irse rápidamente―. ¡Adiós!
Y cerró la puerta de golpe.
Hermione se quedó mirando la puerta, atónita. ¿Qué clase de conversación había sido esa? Entrecerró los ojos; Harry ocultaba algo, lo sabía. Y él sabía que ella era muy buena en detectar las mentiras, por eso prefería evitarla. Tendría que hablar con Ginny…
Se encogió de hombros, resignada. Lo que tuviera que ser, tarde o temprano lo descubriría. Ya tenía bastante en lo que pensar.
Después de vaciar los dos primeros cajones, abrió el tercero y empezó a sacar sus trastos más viejos: la primera pluma que utilizó cuando empezó a trabajar en el Ministerio, una foto de su graduación, una lista de la compra (¿por qué guardaría aquello?)… Cuando lo retiró todo, observó que algo brillaba en el fondo del cajón.
Se quedó mirando el anillo.
Ya se le había olvidado que estaba allí. Hasta que existía.
Lo sacó y lo hizo rodar en los dedos. La verdad es que era muy bonito. Y elegante. Sin poder reprimirse, se lo probó; encajaba perfectamente en su dedo. ‹‹Claro que te queda bien, tonta, era para ti››. Se lo quitó casi con vergüenza y lo dejó caer en la caja. Le daba pena tirarlo, pero tampoco sabía qué hacer con él, así que se limitaría a cambiarlo de cajón.
~ · · · ~
Draco se fue directamente a casa después del trabajo, pero cuando llegó a su piso, se encontró con que la puerta no estaba cerrada con llave.
«Qué raro, yo diría que sí que cerré esta mañana…».
Sacó la varita, dejó su maletín en el suelo y entró sigilosamente. Quien fuera que se había atrevido a entrar en su casa, iba a pagarlo caro.
Oyó unas voces en el salón. Bajando la varita, maldijo a todos los directores de Hogwarts habidos y por haber. Se acercó allí a grandes zancadas.
―¿Se puede saber qué hacéis entrando en mi casa así como así? ¿Tanto costaba avisar de que veníais?
Blaise y Pansy se miraron y estallaron en carcajadas.
―¿Hace meses que no nos vemos y nos recibes así? Tan encantador como siempre, Draco. ―Blaise se levantó del sillón (su sillón, se recordó Draco) y le dio un abrazo―. Por cierto, qué confiado te has vuelto con los años; hemos abierto con un simple Alohomora.
«Nota mental: reforzar con magia la puerta principal».
―Que conste que la idea ha sido de Blaise. Yo quería mandarte una lechuza antes de venir ―se excusó Pansy, dándole un beso en la mejilla.
―Os diría que os sintierais como en casa, pero veo que ya lo estáis.
―Queríamos darte una sorpresa. ¿Whisky? —preguntó Blaise, levantando una de las botellas que le había robado de la cocina.
Draco negó con la cabeza.
―Me he pasado a bebedor ocasional. Y es un poco pronto para empezar a beber, ¿no crees?
El moreno se encogió de hombros.
—Seguro que en alguna parte del mundo ya es de noche. —Echó un trago—. ¡Demonios, me alegro de verte! —exclamó de forma jovial—. Entre que Theo anda desaparecido, Goyle trabaja y Pansy pasa más tiempo con Potter que sola, ya no queda nadie decente con quien salir por ahí.
—¡Eh! Yo no paso las veinticuatro horas del día con Potter —protestó la aludida―. Además, tú te pasas el día con Ginny, así que estamos empatados.
—Ya, eso es lo que tú dices…
Draco sonrió; había echado de menos a sus amigos.
—¿Qué opinan tus padres de tu novio, Pansy?
La morena esbozó una sonrisa ladeada y se apartó la melena negra hacia atrás.
—Están encantados. Imaginaos: su hija saliendo con el héroe que salvó al mundo mágico.
—Sí, San Potter es un regalo para este mundo —dijo Blaise en tono mordaz.
—Creía que a estas alturas los amigos de Weasley ya te caerían bien —señaló Draco.
—Y me caen bien, pero son demasiado…
—¿Gryffindor? —sugirió Draco con una sonrisa ladeada.
—Exacto. Necesito salir una noche sin tener a Ron mirándome con cara de querer asesinarme por haberme llevado a su hermanita al lado oscuro o a Hermione preocupada porque el día siguiente tiene que madrugar o…
Draco se tensó visiblemente; Pansy fulminó a Blaise con la mirada, pero ya era tarde. Su amigo tenía la fea costumbre de hablar sin pensar antes.
—¿Cómo está?
Draco no podía simplemente dejarlo pasar. El último año había sido una tortura. El trabajo lo mantenía ocupado, pero en cuanto se quedaba solo, no pasaba mucho tiempo hasta que sus pensamientos volvieran a ella. Los periódicos le servían para saber algo de ella, pero hablaban de ella con la suficiente asiduidad.
—La han ascendido a Jefa del Departamento de Seguridad Mágica —explicó Pansy. Draco ya lo sabía, pero se hizo el sueco—. Ginny se queja de que ya se pasa más tiempo en la oficina que en su casa y que ahora que será la mandamás, la verá todavía menos.
―Ja. Lo dice la que siempre está entrenando… ―musitó Blaise.
—No sabía que Ginevra y tú fuerais tan amigas —señaló Draco. Pansy se encogió de hombros—. Te he preguntado cómo está, no qué hace. —Draco sabía que su amigo intentaba evitar un tema peliagudo—. ¿Terminó saliendo con aquel chico, verdad? ―preguntó, intentando no parecer demasiado interesado.
—Muy muggle, pero un buen tipo. Parece que se quieren —intervino Blaise.
—Me alegro.
El moreno enarcó una ceja con incredulidad.
—Te conozco y no es verdad.
—Lo digo en serio. He cambiado —aseguró Draco.
Blaise no cambió su cara de incredulidad, pero sacó otro tema de conversación.
—¿Has hablado con Theo últimamente?
Draco negó con la cabeza.
—Con el sermón que me echó la última vez, ya tengo bastante Theo para un año más, por lo menos. Antes de que me fuera dijo que tenía planeado irse a Alemania, ¿no?
—Creo que hace unos meses estaba en Eslovaquia. Qué hace allí, es algo que solo él sabe —explicó Pansy―. Yo creo que se aburre y necesita viajar para distraerse.
—Tranquilos, volverá pronto. Le he dicho que lo necesito aquí en unos meses.
Draco levantó las cejas.
—¿Por qué? ¿Qué pasa en unos meses?
Blaise esbozó una sonrisa carismática.
—Que va a haber un miembro menos en la familia Weasley.
―O uno más, depende de cómo se mire ―apuntó Pansy.
~ · · · ~
Hermione llegó a casa un poco más temprano de lo habitual. Hasta el día siguiente no tenía que ponerse al día con el trabajo que le había dejado su predecesora.
Su móvil vibró.
¿Te apetece cenar comida hindú?
Hermione sonrió: era Ginny. Seguro que venía para contarle eso tan misterioso de lo que Harry había rehusado hablar.
¿A las ocho en mi casa?
Hermione se duchó y, antes de que se diera cuenta, Ginny ya estaba en la puerta con dos bolsas que olían increíblemente bien.
―¡Merlín, no sabía el hambre que tenía hasta que has llegado! ―exclamó, dejando pasar a su amiga.
Se sentaron en la pequeña mesa de la cocina y empezaron a devorar el pollo al curry y el chow mein con verduras. Hablaron de mil cosas sin importancia: los entrenamientos de Ginny, la marcha de Will, el nuevo y más grande despacho de Hermione, la Liga Internacional de Quidditch…
―Y hablando de eso… ―empezó Ginny.
Hermione enarcó una ceja.
―Vaya, es la primera vez que te veo nerviosa por algo ―señaló.
―Shh, déjame hablar ―replicó la pelirroja―. La Liga empieza en seis meses; estaré viajando por toda Europa durante el siguiente medio año (eso contando que ganemos, aunque ya te digo yo que ganaremos; más nos vale), así que no tendré mucho tiempo para estar con vosotros.
―Ya. Llevas hablando de la Liga Europea casi desde el año pasado, cuando te seleccionaron para el equipo nacional. ¿Qué problema hay con que estés por ahí? Podemos ir a verte jugar y…
―No es eso lo que intento decir ―la interrumpió―. Blaise me ha pedido que me case con él.
Ginny se metió la mano en el bolsillo y sacó un anillo de diamantes y rubíes. Lo dejó encima de la mesa, a media distancia entre las dos, como si fuera una criatura extraña que acababa de descubrir.
Hermione miró el anillo y luego miró a su amiga, atónita. Ninguna de las dos respiró durante unos segundos.
―Eso es… Bueno, es… ―Hermione se levantó y rodeó la mesa para abrazar a Ginny con fuerza―. ¡Es fantástico! ¿¡Por qué no me lo habías dicho antes!? ¡Me alegro mucho por vosotros! ―Estaba a punto de llorar; Ginny rio―. ¿Cuándo te lo pidió? ¿Cómo? ¿Cuándo os casáis?
―A eso me refería cuando decía que la Liga empieza en seis meses: Blaise y yo hemos pensado casarnos antes de que yo esté demasiado ocupada con los partidos.
Hermione se quedó parada.
―¿A cuándo te refieres con ese «antes»?
―A dentro de cuatro meses. Así tendríamos tiempo para organizar la boda e irnos de luna de miel. Creo que a Blaise le hace más ilusión que nos vayamos de viaje por ahí que casarse conmigo. Ya ves tú, como si hiciera algún trabajo que requiera descansar, el muy vago…
Hermione soltó una carcajada.
―Es lo que tienen los ricos, que se aburren con facilidad.
Esa frase le recordó a un momento no muy agradable de su pasado, pero se deshizo de él con una sonrisa.
―Entonces… ―Ginny se mordió el labio inferior y la miró con expectación― ¿serás mi dama de honor?
Hermione se llevó una mano al pecho; se sentía tan feliz por su amiga que apenas podía pensar en nada más.
―¡Por supuesto! De hecho, no te hubiera perdonado nunca que no me lo hubieras pedido. A no ser, claro, que le pusieras mi nombre a tu primera hija…
―¿Y que tuviera que vivir bajo la sombra de su talentosa tía? Pobre futura e hipotética hija mía ―replicó Ginny, sonriendo.
―Espera, ¿ibas a contarlo ayer, verdad?
―Sí ―afirmó la pelirroja―, de hecho, eres la única a la que no se lo había contado todavía. Mi madre casi muere del infarto; dice que es el segundo día más feliz de su vida, después del nacimiento de sus hijos.
―Técnicamente, debería ser su octavo momento más feliz, pero… ―señaló Hermione. Los viejos hábitos perfeccionistas no se dejaban atrás con facilidad.
―Hay otra cosa de la que tenemos que hablar ―El semblante de Ginny se volvió serio―: el padrino.
Hermione miró a los ojos de su amiga y lo supo. En el fondo, desde que le había dicho que se casaba, una parte pequeña de su cerebro ya sabía de quién tendría que ir cogida del brazo a la ceremonia.
―No pasa nada, Ginny. ―Hermione se obligó a sonreír ―. Es vuestra boda; es normal que Blaise quiera que su mejor amigo sea el padrino. La historia que tuve con Draco es cosa del pasado ―aseguró ―. No puedo decir que le he perdonado completamente, pero es algo que pasó hace más de un año y ya he pasado página. ―Cogió a Ginny de las manos y le dio un suave apretón. Tragó saliva―. Draco y yo nos llevaremos bien, ya verás.
Ginny parecía escéptica.
―Si se porta como un gilipollas, lo echaré de la boda de una patada en el culo ―aseguró.
Hermione rio.
―No te preocupes, eso puedo hacerlo yo misma.
· · ·
Con la emoción por la boda, a Hermione se le había pasado completamente llamar a Will. Comprobó su móvil; ni una llamada, ni un mensaje. Nada.
Se tumbó en el sofá y suspiró mientras contemplaba el techo. ¿Qué debía hacer?
Antes de que tuviera más tiempo para pensarlo, marcó el número de Will (que se sabía de memoria) y se lo acercó a la oreja. Sonó seis veces antes de que lo cogieran.
―¿Hola? ―preguntó ella.
―Hermione… Siento no haberte llamado. ―La voz de Will sonaba ronca, como si hubiera estado llorando.
―¿Cómo está tu padre? ―Ya se temía la respuesta, pero quizá…
Pasaron unos segundos en los que solo se oían sus respiraciones antes de que Will pronunciara seis palabras.
―Ha muerto. Mi padre ha muerto.
¡Draco vuelve! ¿Estáis contentas? ¿Cómo creéis que será el reencuentro entre Draco y Hermione? ¿Qué consecuencias creéis que tendrá la noticia de Will? ¡Pronto habrá boda Blinny! ¿Os hace ilusión la boda Blinny? ¡Porque a mí sí jaja! En definitiva... ¡Se avecinan grandes cambios!
Muchas gracias por la bienvenida, es gratificante reemprender la publicación de esta historia, a pesar de todos los dolores de cabeza xD. Por cierto: La próxima actualización será el 14 de abril.
¿Reviews?
MrsDarfoy
