Perdón por haber tardado un día más de lo que dije, pero este capítulo me ha costado bastante de escribir. Estoy un poco bloqueada en estos momentos, pero a pesar de todo, lo he logrado.
Todas sabéis qué toca en este capítulo, pero no esperéis un gran reencuentro. Al fin y al cabo, han pasado más de un año sin hablar ni verse, y no pueden tratarse ahora como si nada hubiera pasado.
Sin más, a leer :)
PRESCINDIBLE
«Hay que seguir la lucha con lo que podamos hasta donde podamos».
Benito Juárez
Capítulo 11: Cuestión de necesidad
Draco tenía el pelo ligeramente más corto, y había dejado de ponerse tanta gomina. También estaba más delgado, lo que aportaba más seriedad a su rostro. Aparte de eso, seguía teniendo el mismo porte aristocrático y la misma seguridad al andar. Y seguía llevando sus trajes oscuros, aunque solo fuera para ir a la esquina y volver. Sí, Hermione suponía que, en lo esencial, seguía siendo el mismo hombre que había conocido.
Todos estos pensamientos cruzaron como un relámpago por la mente de Hermione en los pocos segundos que tardó en llegar hasta donde él estaba. Por un momento, había considerado dar media vuelta y hacer como que no lo había visto, pero era demasiado tarde: sus miradas ya se habían cruzado. El corazón de Hermione estuvo a punto de salírsele del pecho; de entre todas las personas que pensó que podía encontrarse, había dado de bruces con la última de la lista.
Se detuvo a un metro de Draco. Permanecieron unos segundos en silencio. Por la expresión de desconcierto que lucía, él tampoco sabía qué decir.
Hermione fue la que rompió el hielo.
―Creía que seguías en Francia.
―No. ―Draco carraspeó―. He vuelto hace poco.
Antes de darse cuenta de lo que hacía, preguntó lo único que le chocaba en aquellos momentos:
―¿Qué haces aquí? ―Dándose cuenta de que había sonado muy brusca, se apresuró a añadir―: En mi zona, me refiero.
Draco cambió el peso de un pie al otro.
―Había quedado con Pansy. No sabía que vivíais en el mismo edificio. Pansy me dijo que no estabas…
Dicho así, sonaba a disculpa, a justificación de su presencia allí.
―No pasa nada ―respondió ella, aunque no podía negar que le molestaba (aunque fuera mínimamente) encontrárselo allí.
―¿Cómo estás? ―La preocupación en sus ojos parecía sincera.
«Mi novio ha tenido que volver a América porque su padre ha muerto repentinamente y no sé cuándo volverá, o si volverá. Además, acabo de encontrarme con mi ex, con el que no terminé muy bien que digamos, que ahora me pregunta cómo estoy, como si fuéramos viejos amigos que se ven después de mucho tiempo. ¿Tú cómo crees que estoy?».
―Bien ―terminó diciendo con un encogimiento de hombros―. Como siempre.
―Me alegro ―aseguró él. Lo dijo en un tono tan convincente que Hermione se lo creyó.
―Bueno... ―Hermione empezaba a sentirse incómoda con una conversación tan espesa. Ni Malfoy ni ella sabían cómo seguir (ni ella quería seguir, la verdad), aunque se notaba que él estaba más predispuesto a seguir hablando, aunque no supieran bien de qué.
―Nos veremos por aquí, supongo ―se despidió él―. Me ha alegrado verte ―repitió.
Hermione asintió, sin saber qué más decir. No podía coincidir en lo de alegrarse por verla, pero sí debía darle la razón en lo de que se verían otra vez. El mundo mágico era más pequeño de lo que parecía.
―Adiós.
Hermione siguió su camino, con unos ojos grises clavados en su espalda. Cuando llegó a la puerta de su edificio, echó un rápido vistazo casual hacia atrás, pero Draco ya no estaba allí. Solo cuando cerró la puerta se permitió soltar todo el aire contenido. Si no fuera porque el corazón le iba a mil, hubiera creído que lo que acababa de pasar había sido una alucinación. Eso, y que seguía usando la misma colonia.
~ · · · ~
Hermione seguía como siempre. Esa era la única conclusión a la que Draco había llegado desde que se habían encontrado, dos días atrás.
No había esperado que ella se comportara con tanta cordialidad con él, la verdad. Obviamente, había pasado más de un año, pero el estatus de su relación era incierto. ¿Podía aspirar a ser amigos? ¿Viejos conocidos? ¿Ella preferiría ni saludarlo? No lo sabía.
Tal vez podrían quedar, así Draco podría disculparse de una vez y quitarse esa carga de encima…
―Draco, ¿me estás escuchando? ―Draco parpadeó. Su padre lo miraba desde su silla con expresión hastiada―. No, evidentemente no ―sentenció―. ¿Qué te tiene tan pensativo esta vez?
«El otro día me encontré por casualidad con la mujer de la que sigo enamorado».
―Vivo para buscar nuevas formas de complacerte, padre ―respondió.
―Un día te vas a atragantar con tanto sarcasmo, hijo ―respondió Lucius con dureza―. Y deja de intentarlo, porque parece ser que funciona más bien poco ―añadió con un ademán.
Draco torció el gesto levemente, pero por lo demás, no dejó que las palabras de su padre le molestaran.
―Bueno, ¿qué decías? Tengo trabajo que hacer. ―Miró la mesa de su hijo―. ¿Eso son puros? ―Señaló una caja―. No sabía que fumaras.
Su padre arrugó la nariz.
―Sí son puros y no, no fumo. Son un regalo de Hamilton.
Draco rio entre dientes.
―El hombre no puede ser más muggle.
Aquel comentario arrancó una pequeña sonrisa cómplice a su padre, algo que solo pasaba raramente. El señor Hamilton era tan parecido a Lucius Malfoy como lo eran las uvas y los zapatos de charol. De hecho, Pierre Hamilton era tan afable y risueño que Draco no entendía cómo se había hecho un nombre en el mundo de los negocios. Normalmente, los hombres como Lucius se comían vivos a los hombres como Pierre.
―Muggle o no, es mi socio, y tengo que acceder a alguno de sus… caprichos. Me ha pedido que le haga sitio a su hijastra. Al parecer, a la chica le apetece vivir aquí. Hemos acordado ponerla en tu sección, a tu cargo. ―Draco enarcó una ceja, sorprendido―. Intenta hacer que se sienta cómoda y que no estorbe mucho. Sobre todo intenta hacer que esté contenta, ¿estamos?
―Como quieras.
―Ah, y ni se te ocurra acercarte a ella más de lo debido.
Draco puso los ojos en blanco. El día que su padre dejara de decirle con quién salir y con quién no…
―Ya te dije que no estoy interesado en enredarme con nadie del sexo opuesto.
«En realidad sí, pero la única que me interesa no me tocaría ni con su varita».
―Bien, porque ambos sabemos que no tendríais nada serio y no la quiero quejándose a su padrastro.
Draco había conocido brevemente a Camille, pero le había bastado aquel encuentro para saber que no era la típica chica que se pasaría días llorando porque un hombre la había dejado o rechazado. Era más del tipo que dejaba.
Eso sin tener en cuenta que era imposible que llorara por un hombre.
―Tranquilo, padre. Camille no estaría interesada en mí ni aunque yo quisiera. ―Sonrió con satisfacción ante la expresión perpleja de su padre―. Juega en nuestra liga.
La expresión desconcertada de Lucius no varió. Draco resopló. Su padre iba siglos atrasado.
―Le gustan las mujeres, padre ―dijo lentamente, masticando cada palabra―. Es lesbiana.
―Ah. ―Lucius se quedó callado un segundo, pero asintió―. Mejor, así cuando vuelvas a tus escarceos ella no estará en tu radar.
―¡Y dale con lo mismo! ¿Por qué tengo la sensación de que mi vida sexual es nuestro tema de conversación más frecuente? ¿Quieres que me líe con alguna mujer de dudosa estirpe en concreto para poder criticarme y amenazar con desheredarme, como hiciste con Hermione, o qué?
―¡No hablaría tanto de tu vida si te molestaras en sentar la cabeza de una vez! ―Draco abrió la boca para mencionar que una vez estuvo a punto de hacerlo, pero a Lucius tampoco le parecía bien su elección―. ¡Con alguien digno de esta familia! ―añadió su padre, leyéndole la mente.
Draco soltó un grito exasperado.
―¡Te juro que si ser gay fuera opcional, me casaría con un hombre solo para ver cómo te atragantabas con la tarta! ―exclamó.
―Disculpe que les interrumpa, señor Malfoy. ―La secretaria de su padre los interrumpió con un pequeño carraspeo y tono de disculpa―. Tiene una reunión en cinco minutos.
Draco y su padre se quedaron mirándose. Tenían tan interiorizado el terminar discutiendo que ya no sabían mantener una conversación normal. Menos mal que los habían interrumpido, porque hubieran acabado tirándose la caja de puros a la cabeza.
―Me voy, que yo también tengo trabajo ―anunció Draco, levantándose.
Cuando pasó por el lado de la secretaria, esta lo saludó con una sonrisa sensual, pero él la ignoró y pasó de largo. ¿Qué no entendería el mundo sobre no querer nada con nadie?
~ · · · ~
Solo cuando Hermione aceptó la videollamada y vio a Will al otro lado de la pantalla, se dio cuenta de lo mucho que lo había echado de menos.
―¿Cómo estás? ―preguntó.
Él le dedicó una de sus habituales sonrisas deslumbrantes.
―Ahora que te veo, mejor, aunque me gustaría más que estuvieras aquí. ―Miró a sus espaldas un segundo―. ¿Estás segura de que no puedes acercarte? Ya sabes, dando uno de esos saltos.
Hermione sonrió con tristeza.
―Podría meterme en un lío. La Aparición es peligrosa y los Trasladores tienen que estar permitidos por ambos países. Y no creo que a la presidenta de MACUSA le guste la idea. «Hola, señora Presidenta. Mire, es que echo de menos a mi novio no-maj, ¿me dejaría poner un traslador en Wisconsin para poder ir a visitarlo cuando quiera? Gracias».
Will hizo un mohín con los labios muy gracioso.
―Pues no entiendo por qué no se puede. Estos magos son tan raros…
Aquello consiguió arrancarle una carcajada a Hermione.
―¡Gracias por lo que me toca, eh!
Will sonrió con picardía.
―Un poco rarilla sí que eres, admítelo.
Hermione fingió ofenderse.
―Si ahora te pones quisquilloso…
―¡Eh, que yo no me he quejado! ―exclamó él.
Ambos se rieron. Cuando pasó el momento gracioso, se quedaron mirándose. Sus sonrisas fueron desvaneciéndose hasta que fueron sustituidas por expresiones serias.
―¿Qué ha pasado? Cuéntame. ―Para Hermione, los silencios eran más fáciles de interpretar que las palabras. A veces, desearía no ser tan intuitiva respecto a lo que la gente se callaba.
Will suspiró y se recostó en el sofá. Se pasó una mano por el pelo. Durante todo el tiempo de su relación, Hermione nunca había visto que le costara expresarse. Tal vez era porque nunca había tenido tantas preocupaciones como ahora.
―Estamos endeudados hasta las cejas ―anunció―. Las cosas en la granja no iban tan bien como papá quiso hacer creer a todo el mundo. Tuvo que pedir una hipoteca para salvar la producción de varios años malos, y luego otra para pagarnos los estudios a Laura y a mí. En total, debemos más de lo que podemos permitirnos, incluso si vendemos la granja y la casa ―explicó.
Hermione lo escuchaba con los labios apretados.
―¿Y qué haréis?
Él suspiró.
―Nos sale más rentable intentar solucionarlo que vender la propiedad. He revisado las cuentas y todavía les debemos a los trabajadores la paga de dos o tres meses, pero no estamos tan mal como pensaba. Sin embargo, necesitamos hacer saneamiento, recortar en gastos y… despedir a gente ―dijo con expresión compungida.
Hermione no se imaginaba al bueno de Will diciéndole a nadie que no podía seguir pagándole y que tenía que prescindir de ellos. Pero la vida era así: los tiempos difíciles creaban personas endurecidas.
―¿Puedo hacer algo para ayudar?
―¿No tendrás escondido por ahí medio millón de dólares, verdad? Prometo devolvértelo en la próxima vida. ―Negó con la cabeza―. Con que estés ahí ―alargó la mano― al otro lado de esta… fría y aséptica pantalla, me vale.
Hermione sonrió.
―Eso siempre.
· · ·
Hermione tenía la vista fija en la hoja que tenía delante, pero habría entendido lo que ponía igual de bien si hubiera estado escrito en arameo. No podía concentrarse; sus pensamientos volaban lejos de aquel informe, de aquel despacho y de aquel continente. Intentaba pensar en una manera de ayudar a Will, de aliviar su carga, pero no se le ocurría nada. Si le sobrara el dinero, sería otra cosa, pero desgraciadamente, ella no había nacido millonaria.
Dejó la pluma en la mesa con rabia y se levantó. Estiró los brazos, desentumeciéndose. No servía de nada estar allí calentándose la cabeza con algo que no podía solucionar. Pero tampoco aguantaba más tiempo allí encerrada.
Tomó la decisión súbita de que ya terminaría el trabajo más tarde y salió de su despacho a grandes zancadas. Si la memoria no le fallaba, Harry solía estar en el Departamento de Aurores sobre esas horas, a no ser que estuviera en un caso (algo que sabía que no pasaba, porque era ella quien gestionaba las salidas de los Aurores), así que fue a probar suerte.
La fortuna le sonrió, pues Harry tenía la misma cara de aburrida que ella mientras leía el periódico con desinterés. Cuando la vio, dejó El Profeta a un lado.
―¡Qué sorpresa! ¿Vienes a mandarnos trabajo? ―preguntó.
Hermione negó con la cabeza.
―¿Tienes planes para comer? Yo invito ―ofreció.
Harry sonrió.
―Bueno, si la jefa paga no puedo decir que no.
Fueron al Callejón Diagon, a un pequeño restaurante que había en la esquina con Flourish y Blotts. Se sentaron en una mesa al lado de la ventana.
―¡Qué gusto poder cambiar un poco de la comida de la cafetería del Ministerio! ―exclamó Harry, leyendo la carta―. En serio, alguien tiene que hablar con Kingsley: aquello se parece más a la comida de una cárcel que a la de la sede del Gobierno.
Hermione rio.
―Entre que nos saltamos el horario de trabajo y que nos quejamos, menudos funcionarios estamos hechos.
Harry esbozó una sonrisa pícara.
―Somos el Jefe de Aurores y la Jefa del Departamento de Seguridad; si no comemos en condiciones, no podremos salvar al mundo de los peligros que acechan ahí fuera.
Hermione suspiró.
―La verdad es que echo de menos la comida de Hogwarts. Aquello sí que eran unos buenos festines.
―Sí, la verdad es que si no fuera porque Voldemort intentaba matarme año sí y año también, Hogwarts era una maravilla ―bromeó.
Hablar con Harry siempre animaba a Hermione. Con el paso de los años habían dejado de verse tanto como en la escuela, pero siempre sería su mejor amigo.
Al final, irremediablemente, terminó contándole lo que le pasaba a la familia de Will.
―Puedo prestarle dinero si lo necesita urgentemente ―ofreció Harry.
Hermione lo meditó por un momento, pero desechó la idea rápidamente: a pesar de que su amigo era rico, Will necesitaba mucho dinero. Además, Hermione dudaba mucho que pudiera devolvérselo después.
―Gracias, pero creo que es mejor que busque otros modos.
Harry se quedó pensativo.
―Estoy pensando formas de ganar dinero rápido, pero como no venda cosas que no necesite, no se me ocurre nada…
«Cosas que no necesite…».
Aquellas palabras calaron en Hermione, y una bombilla se encendió en el fondo de su mente, pero ¿por qué?
De repente, lo recordó: ella tenía un objeto valioso por el que podía sacar dinero y que no necesitaba para nada: el anillo.
Hermione se levantó de golpe y cogió su bolso. Se acercó a Harry, le dio un rápido beso en la mejilla y se alejó.
―¡Eres un genio! ―exclamó―. ¡Tengo que hacer una cosa, nos vemos luego! ¡Paga tú esta, te prometo que yo invito a la siguiente!
Volvió a su despacho en la mitad de tiempo del que necesitaría normalmente y abrió el último cajón con tal fuerza que se salió del mueble. Lo dejó en el suelo y rebuscó entre las carpetas que había dentro. Allí estaba, tan reluciente como el primer día, el que hubiera sido su anillo de compromiso. Lo levantó en alto, admirando el diamante engarzado en la parte de arriba. «Es la primera vez que me alegro de que Draco tenga gustos caros», pensó.
Se miró el reloj: todavía tenía cuarenta y cinco minutos hasta reincorporarse al trabajo, tiempo más que suficiente para ir y volver.
· · ·
Hermione no podía presentarse en la joyería donde Malfoy había comprado el anillo y pedir que le devolvieran el dinero casi dos años después, por lo que su mejor opción era ir a un prestamista. No era una ilusa, sabía que lo que le darían por el anillo, por caro que fuera, no serviría para pagar todas las deudas de Will, pero al menos ayudaría.
La tienda era un lugar aséptico, con un par de sillas a un lado y un mostrador con una mampara de cristal que separaba al tasador de los posibles clientes. La mujer que se encargaba del negocio en aquellos momentos era una señora de unos sesenta años, entrada en carnes y con expresión de soberano aburrimiento.
―Buenos días ―saludó Hermione. La mujer se limitó a mirarla de arriba abajo, probablemente evaluando si podía tener algo de valor para ella―. Me gustaría saber cuánto podría darme por esto.
Cuando se sacó el anillo del bolsillo y se lo dio, la cara de la mujer se iluminó. Hermione casi podía ver cómo se relamía los labios.
Le tendió el anillo, que fue examinado minuciosamente durante unos minutos que a Hermione le parecieron eternos.
―Esto es un diamante real ―musitó la mujer, más para ella misma que como pregunta.
―¿Y bien? ―preguntó Hermione.
―¿No era tu príncipe azul, eh?
La bruja torció el gesto y sonrió.
―Me salió rana.
Dejando el anillo a un lado, la mujer la miró con seriedad.
―Por una joya así, podemos darle doce mil libras ―seguro que el anillo costaba mucho más, pero Hermione no estaba en posición de exigir―, pero no disponemos de esa cantidad aquí ahora mismo. Además, tenemos que comprobar que el anillo no figura en ninguna lista de objetos robados. Son los procedimientos habituales, lo siento.
―¿Cuándo tendría el dinero, entonces?
La mujer revisó unos papeles.
―Puedo darle cinco mil dólares en dos días, si tiene prisa, y el resto en una semana.
Hermione negó con la cabeza.
―Puedo esperar a recogerlo todo junto.
Cuando salió de la tienda, se sintió ligeramente mal por vender algo que no era suyo, pero al fin y al cabo, Malfoy se lo había regalado, así que podía hacer con él lo que quisiera, ¿no?
¿Qué os ha parecido? ¿Hace bien Hermione vendiendo el anillo? ¿Qué pensáis de que Camille se mude a Londres? Ay, releo lo que he escrito hasta ahora y pienso en lo fácil que es a comparación de todo lo que vendrá...
¡Nos vemos dentro de dos semanas!
¿Reviews?
-OFFTOPIC-
Han empezado a salir los premios de los Amortentia Awards. No he ganado Drama, pero me alegro porque el premio se lo ha llevado "Y consumir tu cordura", de la maravillosa MeriAnne Black. Sin embargo, sí que he ganado el premio a Mejor Romance con "Una rápida sucesión de terribles infortunios", lo cual ha sido una sorpresa. No creo que lo mereciera, pero a pesar de mi opinión, quiero agradecer si me votasteis. Vuestro apoyo significa mucho más que cualquier premio, y esto lo digo de corazón.
MrsDarfoy
